sábado, 17 de abril de 2010

Viernes de la Octava de Pascua: Jesús es la piedra angular por la que somos salvados


Hechos (4,1-12): "Mientras los Apóstoles hablaban al pueblo, se
presentaron ante ellos los sacerdotes, el jefe de los guardias del
Templo y los saduceos, irritados de que predicaran y anunciaran al
pueblo la resurrección de los muertos cumplida en la persona de Jesús.
Estos detuvieron a los Apóstoles y los encarcelaron hasta el día
siguiente, porque ya era tarde. Muchos de los que habían escuchado la
Palabra abrazaron la fe, y así el número de creyentes, contando sólo
los hombres, se elevó a unos cinco mil. Al día siguiente, se reunieron
en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas, con
Anás, el Sumo Sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los miembros
de las familias de los sumos sacerdotes. Hicieron comparecer a los
Apóstoles y los interrogaron: "¿Con qué poder o en nombre de quién
hacéis eso?" Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: "Jefes del pueblo
y ancianos, ya que hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un
enfermo y de cómo fue curado, sepan ustedes y todo el pueblo de
Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de
nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y
Dios resucitó de entre los muertos. Él es la piedra que ustedes, los
constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular.
Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el
cual podamos alcanzar la salvación".
¡Encarcelados «por haber anunciado la resurrección»! La defensa de los
apóstoles, con gallardía y libertad de espíritu, recuerda lo que Jesús
profetizó de que el Espíritu Santo les recordaría lo que debían decir.
Han ido a parar a la cárcel. El mismo sanedrín que dispuso la muerte
de Jesús ahora los intimida. Pedro -portavoz de los demás apóstoles
también ahora, como lo había sido en vida de Jesús- no se calla:
aprovecha la ocasión para dar testimonio del Mesías delante de las
autoridades, como lo había hecho delante del pueblo. Ya no tiene
miedo. Es su tercer discurso, y siempre dice lo mismo: que los judíos
mataron a Jesús, pero Dios le resucitó y así le glorificó y
reivindicó, y hay que creer en Él, porque es el único que salva. El
amor que Pedro había mostrado hacia Cristo en vida, pero con debilidad
y malentendidos, ahora se ha convertido en una convicción madura y en
un entusiasmo valiente que le llevará a soportar todas las
contradicciones y al final la muerte en Roma, para dar testimonio de
Aquél a quien había negado delante de la criada. Ya Jesús les había
dicho que les llevarían a los tribunales, pero que no se preocuparan,
porque su Espíritu les ayudaría. Aquí Lucas se encarga de decirnos,
como hará en otras ocasiones en el libro de los Hechos, que Pedro
respondió «lleno de Espíritu Santo» (J. Aldazábal). Hoy, que se sigue
juzgando a Jesús y a los suyos, queremos llenarnos de fe, y verle con
gloria, para juzgar a vivos y muertos. Y su reino no tendrá fin…
Salmo (118,1-2.4.22-27): "¡Aleluya! ¡Dad gracias al Señor, porque es
bueno, porque es eterno su amor! / Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor! / Que lo digan los que temen al Señor: ¡es eterno
su amor! / La piedra que desecharon los constructores es ahora la
piedra angular. / Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a
nuestros ojos. / Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y
regocijémonos en él. / Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad. /
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" –"Este es el día en que
actuó el Señor". Cristo rechazado por los suyos, ha resucitado y es el
centro de todas las cosas, piedra angular porque de él depende todo.
Son cantos que vamos repitiendo a lo largo de estos días, para que
vayan calando en nuestra alma…
Evangelio (Juan 21,1-14): "Jesús se apareció otra vez a los discípulos
a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón
Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los
hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Voy a
pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y
subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer,
Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era Él.
Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?" Ellos
respondieron: "No". Él les dijo: "Tiren la red a la derecha de la
barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que
no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro:
"¡Es el Señor!" Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la
túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los
otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces,
porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra
vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan.
Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar".
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces
grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red
no se rompió. Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los
discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que
era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo
mismo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se
apareció a sus discípulos".
El lago de Genesaret es un lugar privilegiado de la naturaleza. Sus
aguas dulces son fruto de las altas cumbres del monte Hermón y las
vierte a su vez en el Jordán. Le rodea una vegetación arborada y su
entorno son prados, en las épocas primaverales se llenan de pequeñas
flores que le dan un colorido agradable a la vista. La temperatura es
deliciosa, ya que es un clima levantino. Los puertos de pescadores se
suceden a poca distancia unos de otros, ya que la pesca es abundante.
Es también un lugar privilegiado por Dios, por la presencia de Jesús:
allí realizó muchos milagros y expuso el núcleo de su predicación: el
Sermón del monte. Nazaret está cercana, pero alejada de sus orillas;
entre las poblaciones que se encuentra allí se puede contar a Betsaida
-lugar de nacimiento de Pedro, Juan, Felipe, Andrés y Santiago-
Cafarnaúm -donde vivían Pedro y Andrés cuando Jesús les llamó
definitivamente-, Magdala -lugar de la conversión de la mujer
pecadora, Tesbhita -donde realizaron la segunda pesca milagrosa, la de
los peces contados, la de los 153 peces grandes-, Tiberíades
-localidad romana de mala fama entre los judíos-, y otras junto a
pequeños puertos de pescadores. Este es el marco, pero lo decisivo es
lo que ocurre a los que viven en ese lugar tan grato y amable.
Han sentido la llamada, y la han seguido. San Josemaría Escrivá
conectaba con las pescas milagrosas, la primera que sonaba como un
grito de guerra: "duc in altum!" -¡mar adentro!, y esta segunda, que
tiene muchas facetas: por ejemplo, la actividad sacerdotal, que a la
orilla espera las almas que llevan los miembros de la Iglesia, en su
acercar amigos a Jesús. Pero nos referiremos ahora a lo que este santo
aplicaba al "Apostolado en la vida ordinaria": "Veamos ahora aquella
otra pesca, después de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Pedro ha
negado tres veces al Maestro, y ha llorado con humilde dolor; el gallo
con su canto le recordó las advertencias del Señor, y pidió perdón
desde el fondo de su alma. Mientras espera, contrito, en la promesa de
la Resurrección, ejercita su oficio, y va a pescar. A propósito de
esta pesca, se nos pregunta con frecuencia por qué Pedro y los hijos
de Zebedeo volvieron a la ocupación que tenían antes de que el Señor
los llamase. Eran, en efecto, pescadores cuando Jesús les dijo:
seguidme, y os haré pescadores de hombres. A los que se sorprenden de
esta conducta, se debe responder que no estaba prohibido a los
Apóstoles ejercer su profesión, tratándose de cosa legítima y honesta.
El apostolado, esa ansia que come las entrañas del cristiano
corriente, no es algo diverso de la tarea de todos los días: se
confunde con ese mismo trabajo, convertido en ocasión de un encuentro
personal con Cristo. En esa labor, al esforzarnos codo con codo en los
mismos afanes con nuestros compañeros, con nuestros amigos, con
nuestros parientes, podremos ayudarles a llegar a Cristo, que nos
espera en la orilla del lago. Antes de ser apóstol, pescador. Después
de apóstol, pescador. La misma profesión que antes, después.
¿Qué cambia entonces? Cambia que en el alma -porque en ella ha
entrado Cristo, como subió a la barca de Pedro- se presentan
horizontes más amplios, más ambición de servicio, y un deseo
irreprimible de anunciar a todas las criaturas las magnalia Dei , las
cosas maravillosas que hace el Señor, si le dejamos hacer. No puedo
silenciar que el trabajo -por decirlo así- profesional de los
sacerdotes es un ministerio divino y público, que abraza exigentemente
toda la actividad hasta tal punto que, en general, si a un sacerdote
le sobra tiempo para otra labor que no sea propiamente sacerdotal,
puede estar seguro de que no cumple el deber de su ministerio.
–Simón Pedro dijo a Tomás, a Natanael, a los hijos de Zebedeo y a
otros dos: "Voy a pescar." Le replicaron: "Vamos también nosotros
contigo."" Estamos en Galilea, en la orilla del hermoso lago de
Tiberíades. Pedro vuelve a su oficio, y ahí va a buscarle el Señor,
ahora como antes.
-"Salieron y entraron en la barca, y en aquella noche no cogieron
nada". Nada. Nada. El fracaso. El trabajo inútil aparentemente. A
cualquier hombre le suele pasar esto alguna vez: se ha estado
intentando y probando alguna cosa... y después, nada. "Pienso en mis
propias experiencias, en mis decepciones. No para entretenerme en
ellas morbosamente, sino para ofrecértelas, Señor. Creo que Tú conoces
todas mis decepciones... como Tú les habías visto afanarse penosamente
en el lago, durante la noche, y como les habías visto volver sin
"nada"...
Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han
entregado a Él: y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo,
no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana!
Cristo está vecino, y no se lleva una mirada de cariño, una palabra de
amor de sus hijos.
-"Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos
no se dieron cuenta de que era Él". Pronto descubrirán su "presencia"
en medio de sus ocupaciones profesionales ordinarias. Por de pronto,
Tú ya estás allí... pero ellos no lo saben.
Los discípulos -escribe San Juan- no conocieron que fuese Él. Y Jesús
les preguntó: muchachos, ¿tenéis algo que comer? -"Díjoles Jesús:
"Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?"" Conmovedora familiaridad. Una
vez más, Jesús toma la iniciativa... se interesa por el problema
concreto de estos pescadores.
Esta escena familiar de Cristo, a mí, me hace gozar. ¡Que diga esto
Jesucristo, Dios! ¡Él, que ya tiene cuerpo glorioso! Echad la red a la
derecha y encontraréis. -"¡Echad la red a la derecha de la barca y
hallaréis!" Escucho este grito dirigido, desde la orilla; a los que
están en la barca. Trato de contemplarte, de pie, al borde del agua.
Tú les ves venir. En tu corazón, compartes con ellos la pena de no
haber cogido nada. Tú eres salvador: No puedes aceptar el mal.
Echaron la red, y ya no podían sacarla por la multitud de peces que
había. Ahora entienden. Vuelve a la cabeza de aquellos discípulos lo
que, en tantas ocasiones, han escuchado de los labios del Maestro:
pescadores de hombres, apóstoles. Y comprenden que todo es posible,
porque Él es quien dirige la pesca.
-"Echaron pues la red y no podían arrastrarla tan grande era la
cantidad de peces". Como tantas otras veces, has pedido un gesto
humano, una participación. Habitualmente no nos reemplazas; quieres
nuestro esfuerzo libre; pero terminas el gesto que hemos comenzado
para hacerlo más eficaz.
-"Dijo entonces a Pedro, aquel discípulo a quien amaba Jesús: "¡Es el
Señor!"" Ciertamente es una constante: ¡Tú estás ahí, y no se te
reconoce! te han reconocido gracias a un "signo': la pesca milagrosa,
un signo que ya les habías dado en otra ocasión, un signo que había
que interpretar para darle todo su significado, un signo que ¡"aquel
que amaba" ha sido el primero en comprender! Si se ama, las medias
palabras bastan.
El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas
delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente
hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la
ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es
el Señor!
Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistióse la túnica y se echó al
mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de
maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde
llegaremos nosotros?
Los demás discípulos vinieron en la barca, tirando de la red llena de
peces, pues no estaban lejos de tierra, sino como a unos doscientos
codos. Enseguida ponen la pesca a los pies del Señor, porque es suya.
Para que aprendamos que las almas son de Dios, que nadie en esta
tierra puede atribuirse esa propiedad, que el apostolado de la Iglesia
-su anuncio y su realidad de salvación- no se basa en el prestigio de
unas personas, sino en la gracia divina. No hacemos nuestro
apostolado. En ese caso, ¿qué podríamos decir? Hacemos -porque Dios lo
quiere, porque así nos lo ha mandado: id por todo el mundo y predicad
el Evangelio - el apostolado de Cristo. Los errores son nuestros; los
frutos, del Señor".
-"Jesús les dijo: "¡Venid y comed!" Se acercó Jesús, tomó el pan y se
lo dio, e igualmente el pescado". Siempre este otro "signo" misterioso
de "dar el pan"..., de la comida en común, de la que Jesús toma la
iniciativa, la que Jesús sirve... La vida cotidiana, en lo sucesivo,
va tomando para ellos una nueva dimensión. Tareas profesionales.
Comidas. Encuentros con los demás. En todas ellas está Jesús
"escondido". ¿Sabré yo reconocer tu presencia?" (Noel Quesson).
«El Señor condujo a su pueblo seguro, sin alarmas, mientras el mar
cubría a sus enemigos. Aleluya» (Sal 77,53), comenzamos diciendo en la
Misa de hoy, y rezamos en la Colecta: «Dios Todopoderoso y eterno, que
por el misterio pascual has restaurado tu alianza con los hombres;
concédenos realizar en la vida cuanto celebramos en la fe». E
insistimos en el Ofertorio: «Realiza, Señor, en nosotros el
intercambio que significa esta ofrenda pascual, para que el amor a las
cosas de la tierra se transfigure en amor a los bienes del cielo». El
medio para la santificación es sobre todo la Comunión: «Jesús dijo a
sus discípulos: "Vamos, comed". Y tomó el pan y se lo dio. Aleluya»
(cf. Jn 21,12-13), hoy representada en esta comida que Jesús ofrece a
los discípulos, ahí se aplican los méritos de su resurrección, como
pedimos en la Postcomunión: «Dios Todopoderoso, no ceses de proteger
con amor a los que has salvado, para que así, quienes hemos sido
redimidos por la Pasión de tu Hijo, podamos alegrarnos en su
Resurrección». Oigamos a San Hipólito: «Antes que los astros, inmortal
e inmenso, Cristo brilla más que el sol sobre todos los seres. Por
ello, para nosotros que nacemos en Él, se instaura un día de Luz
largo, eterno, que no se acaba: la Pascua maravillosa, prodigio de la
virtud divina y obra del poder divino, fiesta verdadera y memorial
eterno, impasibilidad que dimana de la Pasión e inmortalidad que fluye
de la muerte. Vida que nace de la tumba y curación que brota de la
llaga, resurrección que se origina de la caída y ascensión que surge
del descanso... Este árbol es para mí una planta de salvación eterna,
de él me alimento, de él me sacio. Por sus raíces me enraízo y por sus
ramas me extiendo, su rocío me regocija y su espíritu como viento
delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda y huyendo de
los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de rocío... Él es
en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente... Cuando temo a Dios,
Él es mi protección; cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi
premio; y cuando triunfo, mi trofeo...».
Benedicto XVI hizo referencia a este pasaje en el comienzo de su
pontificado: "El signo con el cual la liturgia de hoy representa el
comienzo del Ministerio Petrino es la entrega del anillo del pescador.
La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio,
viene después de la narración de una pesca abundante; después de una
noche en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en
la orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez,
y he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para
sacarla; había 153 peces grandes y, "aunque eran tantos, no se rompió
la red" (Jn 21,11).
Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus discípulos,
se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los discípulos
habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús
invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba
Pedro, dio aquella admirable respuesta: "Maestro, por tu palabra
echaré las redes". Se le confió entonces la misión: "No temas, desde
ahora serás pescador de hombres" (Lc 5,1.11). También hoy se dice a la
Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar
de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para
el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera.
Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta
tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua,
resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para
convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de
hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las
aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad,
sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y
nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así
es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a
Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las
alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios.
Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar a Dios a los
hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida.
Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la
vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada
uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de
nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada
hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el
Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los
otros la amistad con Él. La tarea del pastor, del pescador de hombres,
puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en
definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que
quiere hacer su entrada en el mundo.
Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del
pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita la
llamad a la unidad. "Tengo , además, otras ovejas que no son de este
redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá
un solo rebaño, un solo Pastor" (Jn 10, 16), dice Jesús al final del
discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina
con la gozosa constatación: "Y aunque eran tantos, no se rompió la
red" (Jn 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto,
quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes!
Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible
para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos
memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor,
acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una
sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser
servidores de la unidad!
En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el
Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro.
Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de
entonces: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las
puertas a Cristo!" El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del
mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de
su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la
libertad a la fe. Sí, Él ciertamente les habría quitado algo: el
dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la
arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a
la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una
sociedad justa.
Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes.
¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo - si dejamos entrar a
Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él
-, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no
tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más
bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y
vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no!
quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada - absolutamente nada -
de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta
amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se
abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana.
Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos
libera.
Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de
la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros,
queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo
da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid
de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.
Amén".
Es deliciosa la escena del desayuno con pescado y pan preparado por
Jesús al amanecer de aquel día. Después de que casi todos le
abandonaran en su momento crítico de la cruz, y Pedro además le negara
tan cobardemente, Jesús tiene con ellos detalles de amistad y perdón
que llenaron de alegría a los discípulos.
Noches de trabajo infructuoso: "Te empeñas en andar solo, haciendo tu
propia voluntad, guiado exclusivamente por tu propio juicio... y, ¡ya
lo ves!, el fruto se llama "infecundidad". Hijo, si no rindes tu
juicio, si eres soberbio, si te dedicas a "tu" apostolado, trabajarás
toda la noche —¡toda tu vida será una noche!—, y al final amanecerás
con las redes vacías… Algunos hacen sólo lo que está en las manos de
unas pobres criaturas, y pierden el tiempo. Se repite al pie de la
letra la experiencia de Pedro: Maestro, hemos trabajado toda la noche,
y no hemos pescado nada. Si trabajan por su cuenta, sin unidad con la
Iglesia, sin la Iglesia, ¿qué eficacia tendrá ese apostolado?:
¡ninguna! —Han de persuadirse de que, ¡por su cuenta!, nada podrán. Tú
has de ayudarles a continuar escuchando el relato evangélico: fiado en
tu palabra, lanzaré la red. Entonces la pesca será abundante y eficaz.
¡Qué bonito es rectificar, cuando se ha hecho, por cualquier motivo,
un apostolado por cuenta propia!" (S. Josemaría, referencia a la
primera pesca). "Escribes, y copio: ¡Señor, Tú sabes que te amo!
cuántas veces, Jesús, repito y vuelvo a repetir, como una letanía
agridulce, esas palabras de tu Cefas: porque sé que te amo, pero
¡estoy tan poco seguro de mí!, que no me atrevo a decírtelo claro.
¡Hay tantas negaciones en mi vida perversa! ¡Tú sabes que te amo! Que
mis obras, Jesús, nunca desdigan estos impulsos de mi corazón".
Insiste en esta oración tuya, que ciertamente Él oirá" (idem, después
de la segunda pesca). Con Jesús, frutos. "Nosotros también podemos
tener noches malas y fracasos en nuestro trabajo, decepciones en
nuestro camino. Podemos aprender la lección: cuando no estaba Jesús,
los pescadores no lograron nada. Siguiendo su palabra, llenaron la
barca. Ese es el Cristo en quien creemos y a quien seguimos: el
Resucitado que se nos aparece misteriosamente -en la Eucaristía, no
nos prepara pan y pescado, sino que nos da su Cuerpo y su Sangre- hace
eficaz nuestra jornada de pesca y nos invita a comer con Él y a
descansar junto a Él. Podemos sentirnos contentos: «dichosos los
invitados a la Cena del Señor». Por una parte, esto nos invita a no
perder nunca la esperanza ni dejarnos llevar del desaliento. Nuestras
fuerzas serán escasas, pero en su nombre, con la fuerza del Señor,
podemos mucho. Pero, por otra parte, nos hace pensar que si fuéramos
los unos para con los otros como Jesús: si ante el que trabaja sin
gran fruto y tiene la tentación de echarlo todo a rodar, fuéramos tan
humanos y amables como Él, si supiéramos improvisar un desayuno
fraterno en ambiente de serenidad y amistad para el que viene cansado,
si le dirigiéramos una palabra de interés y de ayuda, sería mucho más
fácil seguir trabajando como cristianos o como apóstoles, a pesar de
los fracasos o de las dificultades" (J. Aldazábal).
Con lo que le damos, el Señor nos da mucho más. Comenta San Agustín:
«Con esto hizo el Señor una comida para aquellos siete discípulos
suyos, a saber, con el pez que habían visto sobre las brasas y con
algunos de los que habían cogido y con el pan que ellos habían visto,
según la narración. El pez asado es Cristo sacrificado. Él mismo es el
pan bajado del cielo. A este pan se incorpora la Iglesia para
participar de la eterna bienaventuranza. Y por eso dice: "Traed los
peces que ahora habéis cogido", para que cuantos abrigamos esta
esperanza podamos por medio de estos siete discípulos, en los cuales
se puede ver figurada la totalidad de todos nosotros, tomar parte en
tan excelente sacramento y quedar asociados a la misma
bienaventuranza. Esta es la comida del Señor con sus discípulos, con
lo cual el Evangelista San Juan, aun teniendo muchas cosas que decir
de Cristo, y absorto según mi parecer en alta contemplación de cosas
excelsas, concluye su Evangelio».
El Concilio Vaticano II enseña: "El Verbo de Dios, por quien todo fue
hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y
recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia
humana, "punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la
historia y de la civilización", centro de la humanidad, gozo del
corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a
quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo
juez de vivos y de muertos". "Es precisamente esta singularidad única
de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por
lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la
misma : "Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el
Principio y el Fin" (Ap 22,13)".

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