viernes, 2 de abril de 2010

Día 18º. SÁBADO SEGUNDO (6 de Marzo): la vida es un ir volviendo a la casa del Padre, con la conversión

Reza el profeta: "Como en los días en que salías de Egipto, muéstranos
tus maravillas. ¿Qué dios es como Tú, que perdonas la falta y pasas
por alto la rebeldía…?" sigue diciendo que "ama la fidelidad. Él
volverá a compadecerse de nosotros y pisoteará nuestras faltas. Tú
arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados". Dios ha
salido a buscarnos como el pastor busca a la oveja perdida. Dejémonos
encontrar y salvar por Él... Dios nos ama; dejémonos amar por Él y nos
transforme de pecadores en justos y en hijos suyos. Las ovejas
alocadas, perdidas en el monte bajo, esperan que vaya el pastor a
liberarlas y conducirlas a los verdes pastizales. A veces veo que no
controlo, que estoy como loco, como una cabra, un potro salvaje, y me
da mucha paz pensar: existo, porque Dios se enamoró de mí. Me quiere
como soy. En mí todo es gracia: nací de un sueño de amor de Dios –que
está loco por mí- y me tiene un amor gratuito. Podemos decir: "¡Dios
me quiere como soy! No tengo que hacer nada para que me quiera... ¿no
es alucinante?" A una persona cuando se lo dijeron se le llenaron los
ojos de lágrimas y dijo: "-me han estafado. Me han engañado". Es que
le habían dicho que el amor de Dios hay que merecérselo y ganárselo a
base de méritos. Claro, como eso es imposible, nunca se había sentido
digna y, por tanto feliz. No conocía el significado de "dejarse amar
por Dios". Por eso nos decía Juan Pablo II: "¡abrid las puertas de
vuestro corazón a Cristo!" Porque en Cristo el corazón de Dios se
vuelca en mí como hijo, más allá de la realidad concreta de mis obras
buenas o malas. Cuántas angustias se han causado, por no explicar bien
cómo es Dios, mostrándolo como "justiciero"... toda justicia divina
hay que entenderla desde esa misericordia, todas las verdades de
doctrina, hasta el infierno: que no lo ha hecho Dios para nosotros,
sino que es la triste posibilidad de no amar, la autoexclusión de
quien no quiere amar a Dios y a los demás. ¿Es al mismo tiempo cierto
que las obras son meritorias? Sí, y pienso que sólo podemos captar la
Misericordia cuando abrimos el corazón, es como un chorro inmenso que
está siempre –el Amor que siempre está como cayendo del cielo- pero
del que sólo podemos llenarnos según nuestro recipiente, la medida de
nuestro corazón. Tomaremos más gracia según nuestro corazón: si tengo
un dedal, tomaré todo lo que me quepa: un dedal. Si tengo un pantano,
cabrá un pantano de cielo. ¿Cómo se ensancha el recipiente, el
corazón? Con el amor, cuando se da; y es algo que se retroalimenta: la
grandeza del amor se multiplica cuando se da: eso lleva a fijarse en
lo bueno, en lo positivo de los demás, en sus cualidades, virtudes,
acciones...
Hoy es iluminador este espíritu de Santa Teresita, que nos muestra un
Dios todo amor y misericordia, donde la justicia queda explicada con
la ternura. Escribe poco antes de su muerte: "dice el Evangelio que
Dios vendrá como un ladrón. A mí vendrá a robarme con gran delicadeza.
¡Como me gustaría ayudar al Ladrón!... no tengo ningún miedo del
Ladrón. Lo veo lejos y en vez de gritar: ¡al ladrón!, lo llamo
diciéndole: ¡por aquí, por aquí!" Este espíritu del Evangelio es útil
para impregnar todas las cosas de la vida: vida en familia, escuela,
compañerismo, trato con los vecinos, la educación... Mirando una
imagen de Jesús con dos niños, explica con inocencia profunda: "soy yo
este pequeñito que ha subido al regazo de Jesús, que alarga tan
graciosamente su piernecita, que levanta la cabeza y lo acaricia sin
temor. El otro pequeño no me gusta tanto; le han dicho algo..., sabe
que debe tratar con respeto a Jesús". Tantas veces la educación
–también la religiosa- ha sido cargada de un respeto que da miedo, y
lo que más ayuda al ambiente de nuestro tiempo, lleno de miedo e
inseguridad, es esa paz y esperanza de sentirnos queridos, pese a
nuestras equivocaciones e incertidumbres. Cuando se encuentra vacía de
obras buenas de cara al juicio que llega a su muerte, dice la Doctora
de la Iglesia que Jesús "no podrá pagarme –según mis obras-... Pues
bien, me pagará según las suyas".
Una oración humilde y confiada en Dios, es la que nos ofrece Miqueas
hoy; el Señor:
"- es como el pastor que irá recogiendo a las ovejas de Israel que
andan perdidas por la maleza;
- volverá a repetir lo que hizo entonces liberando a su pueblo de la
esclavitud de Egipto;
- y no los castigará: Dios es el que perdona; ésa es la experiencia de
toda la historia: «se complace en la misericordia», «volverá a
compadecerse», será «compasivo con Abrahán, como juraste a nuestros
padres en tiempos remotos»;
- «arrojará a lo hondo del mar nuestros delitos». Es una verdadera
amnistía la que se nos anuncia hoy.
Por eso cantamos en el Salmo: "bendice al Señor, alma mía, y nunca
olvides sus beneficios. El perdona todas tus culpas y cura todas tus
dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de
ternura… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a
nuestras culpas… aparta de nosotros nuestros pecados".
Dejarse amar por Dios. Hoy vemos que se acercaban a Jesús todos los
publicanos y pecadores para oírle. Los fariseos y los escribas
murmuraban: "Este acoge a los pecadores y come con ellos." Y Jesús les
dijo entonces la parábola del hijo perdido y encontrado... por su
padre. La parábola del Padre que no desespera jamás de sus hijos. Es
el "padre", y no el hijo, el que constituye el centro de la parábola.
Un padre amoroso, respetuoso de la libertad y de la autonomía de sus
dos hijos. Con la muerte en el alma deja partir al menor; pero con la
esperanza de que será adulto algún día y comprenderá el amor de su
padre. Un hijo disconforme, que quiere vivir su vida, que rehúsa el
estar sometido, que cree que será más libre si está totalmente
independizado. Es una rebelión típica de nuestro tiempo y de todos los
tiempos: "el rechazo del padre"... el rechazo de Dios. Característica
del mundo moderno. Fenómeno global del ateísmo.
"Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre,
dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió
sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que
tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida
licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en
aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al
servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su
campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las
bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba".
El pecado siempre se presenta primero como agradable, atrayente,
seductor. El Maligno es suficientemente hábil para de momento,
disimular su "juego". Vivir su libertad, reivindicar su autonomía...
es positivo bajo un cierto aspecto. Eres Tú, Señor, quien nos has dado
esta sed de libertad. Haz que seamos más lúcidos, Señor.
"Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen
pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo
iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y
contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de
tus jornaleros'".
-Danos, Señor, este valor... saber reconocer nuestro mal y tomar la
postura eficaz para probar que es verdadera nuestra decisión.
"Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su
encuentro, lo abrazó y lo besó".
Es así como el padre acoge al hijo "rebelde". Incansablemente, leo y
vuelvo a leer estas palabras.
"El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no
merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores:
'Traed en seguida la mejor ropa y vestidlo, ponedle un anillo en el
dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero engordado y matadlo.
Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la
vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta".
-Eres Tú, Jesús, quien ha inventado este relato. Eres Tú quien ha
acumulado todos esos detalles del retorno del hijo pródigo. Escucho tu
voz. Trato de imaginar las inflexiones de tu voz cuando decías esto
por primera vez. Querías darnos a entender algo muy importante. ¿Cómo
reaccionaron tus oyentes? ¿Qué hicieron después de haberlo oído?
¿Vinieron a confiarte sus pecados? ¿Oíste confesiones, Señor? ¿Qué
confidencias te hicieron? Los "hijos pródigos" de Dios comprendieron
delante de quién se encontraban, y ¡cuán grande era su suerte de tener
tal Padre!
"El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó
la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de
los sirvientes, le preguntó que significaba eso. El le respondió: 'Tu
hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado,
porque lo ha recobrado sano y salvo'. El se enojó y no quiso entrar.
Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace
tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de
tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis
amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado
tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.
Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo
mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano
estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido
encontrado'".
-Hijo mío, todo lo mío es tuyo. Fórmula de amor. Y el padre se ve
obligado a decirla también al hijo mayor quien, aparentemente, se
había quedado "en la casa", ¡pero que tampoco había comprendido gran
cosa del amor que su padre le tiene! El menor, precisamente a causa de
su pecado, y de su vida lejos del hogar... y a causa también del
perdón que acaba de recibir, comprenderá mejor ahora ¡cómo y cuánto es
amado! ¡Gracias! (Noel Quesson).
Comenta san Ambrosio: «No temamos haber despilfarrado el patrimonio de
la dignidad espiritual en placeres terrenales. Porque el Padre vuelve
a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que
nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no pierde
lo que da lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque
Dios no se alegra de la perdición de los vivos. En verdad, saldrá
corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello, pues el Señor es
quien levanta los corazones, te dará un beso, señal de la ternura y
del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las
sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero Él
te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él sin
embargo te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con
un banquete».
Hoy vemos la misericordia, la nota distintiva de Dios Padre, en el
momento en que contemplamos una Humanidad "huérfana", porque
—desmemoriada— no sabe que es hija de Dios. Cronin habla de una hijo
que marchó de casa, malgastó dinero, salud, el honor de la familia...
cayó en la cárcel. Poco antes de salir en libertad, escribió a su
casa: si le perdonaban, que pusieran un pañuelo blanco en el manzano,
tocando la vía del tren. Si lo veía, volvería a casa; si no, ya no le
verían más. El día que salió, llegando, no se atrevía a mirar...
¿Habría pañuelo? «¡Abre tus ojos!... ¡mira!», le dice un compañero. Y
se quedó boquiabierto: en el manzano no había un solo pañuelo blanco,
sino centenares; estaba lleno de pañuelos blancos.
Nos recuerda aquel cuadro de Rembrandt en el que se ve cómo el hijo
que regresa, desvalido y hambriento, es abrazado por un anciano, con
dos manos diferentes: una de padre que le abraza fuerte; la otra de
madre, afectuosa y dulce, le acaricia. Dios es padre y madre...
«Padre, he pecado», queremos decir también nosotros, y sentir el
abrazo de Dios en el sacramento de la confesión, y participar en la
fiesta de la Eucaristía: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este
hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida». Así, ya que «Dios nos
espera —¡cada día— como aquel padre de la parábola esperaba a su hijo
pródigo» (San Josemaría), recorramos el camino con Jesús hacia el
encuentro con el Padre, donde todo se aclara: «El misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Concilio
Vaticano II).
El protagonista es siempre el Padre. Que el desierto de la Cuaresma
nos lleve a interiorizar esta llamada a participar en la misericordia
divina, ya que la vida es un ir regresando al Padre.
Todos somos hijos de Dios y, siendo hijos, somos también herederos. La
herencia es un conjunto de bienes incalculables y de felicidad sin
límites, que sólo en el Cielo alcanzará su plenitud y seguridad
completa. Hasta entonces tenemos la posibilidad de marcharnos lejos de
la casa paterna y malgastar los bienes de modo indigno a nuestra
condición de hijos de Dios. Cuando el hombre peca gravemente, se
pierde para Dios, y también para sí mismo, pues el pecado desorienta
su camino hacia el Cielo; es la mayor tragedia que puede sucederle a
un cristiano. Se aparta radicalmente del principio de vida, que es
Dios, por la pérdida de la gracia santificante; pierde los méritos que
ha logrado durante su vida, se incapacita para adquirir otros nuevos,
y queda de algún modo sujeto a la esclavitud del demonio. Fuera de
Dios es imposible la felicidad, incluso aunque durante un tiempo pueda
parecer otra cosa.
En el examen de conciencia se confronta nuestra vida con lo que Dios
esperaba, y espera de ella. En el examen, con la ayuda de la gracia,
nos conocemos como en realidad somos. Los santos se han reconocido
siempre pecadores porque, por su correspondencia a la gracia, han
abierto las ventanas de su conciencia, de par en par, a la luz de
Dios, y han podido conocer bien su alma. En el examen también
descubriremos las omisiones en el cumplimiento de nuestro compromiso
de amor a Dios y a los hombres, y nos preguntaremos: ¿a qué se deben
tantos descuidos? La soberbia también tratará de impedir que nos
veamos tal como somos: han cerrado sus oídos y tapado sus ojos, a fin
de no ver con ellos (Mateo 13, 15).
Todos nosotros, llamados a la santidad, somos también el hijo pródigo.
"La vida humana es, es cierto modo, un constante volver hacia la casa
de nuestro Padre. Volver mediante la contrición... Volver por medio de
ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos
revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la
familia de Dios" (San Josemaría). Hemos de acercarnos a la Confesión
sin desfigurar la falta ni justificarla. Con humildad, sencillez y
sinceridad. Con verdadero dolor por haber ofendido a nuestro Padre. El
Señor, por Su misericordia, nos devuelve en la Confesión lo que
habíamos perdido por el pecado: la gracia y la dignidad de hijos de
Dios. Y la vuelta acaba siempre en una fiesta llena de alegría
(Francisco Fernández Carvajal).
San Pedro Crisólogo (hacia 406-450) obispo de Rávena, doctor de la
Iglesia en sus Sermones hablaba de ese "Me pondré en camino, volveré a
casa de mi padre", que nos pasa a todos por la cabeza, y decía: "El
que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma
conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el
pecado y exclama: "Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre."
¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le
viene por el hecho mismo que se trata de su padre. "He perdido mi
condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre.
No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo
amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a
favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de
nuevo a su hijo por el perdón. "Aunque culpable, yo iré donde mi
padre."
Y el padre, viendo a su hijo, disimula inmediatamente la falta de
éste. Se pone en el papel de padre en lugar del papel de juez.
Transforma al instante la sentencia en perdón, él que desea el retorno
del hijo y no su perdición... "Lo abrazó y lo cubrió de besos" (Lc
15,20). Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar
de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por
esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus
abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna,
cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna
deshonra". "Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado"
(Sl 31,1)."
El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite
terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra
las costumbres orientales- "corre" al encuentro del hijo al que ve de
lejos, sino que le devuelve la filiación que había "perdido": eso
significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno
de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además,
en la fiesta por "este hijo mío".
El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de
hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta.
Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los
reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano ("ese hijo
tuyo") cosa que el padre le recuerda ("tu hermano"). El padre no le
niega razón a que el hijo mayor "jamás desobedeció una orden", es un
"siempre fiel", uno que "está siempre con el padre" y todo lo suyo le
pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la justicia "a secas":
el menor "no merece", pero "es bueno" festejar. La misericordia supone
un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen,
pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos,
mira al caído y lo hace grande. Vamos a pedir a la Virgen que nos
dejemos amar por el Señor, y transformar en lo que Él quiera.
Llucià Pou Sabaté

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada