lunes, 5 de abril de 2010

MARTES SANTO: Jesús sufre traición y penas de todo tipo, pero sabe que es necesario pasar por ahí, para salvarnos

Isaías nos cuenta su vocación, como Dios desde siempre nos ha pensado
y amado: "El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de
mi madre pronunció mi nombre… el que me formó desde el seno materno
para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le
reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi
fortaleza. Él dice: …yo te destino a ser la luz de las naciones, para
que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra". Gratuidad
total de la llamada y del amor de Dios. ¡Dios es el primero en amar!
«En esto consiste su amor: no hemos amado nosotros a Dios, es Él quien
nos ha amado» (Juan 4,7).
Dos comparaciones describen al Siervo: será como una espada, porque
tendrá una palabra eficaz («mi boca, una espada afilada»), y será como
una flecha que el arquero guarda en su aljaba para lanzarla en el
momento oportuno. En este segundo canto aparece ya la oposición, el
Siervo no tendrá éxitos fáciles y más bien sufrirá momentos de
desánimo: «yo pensaba: en vano me he cansado, en viento y en nada he
gastado mis fuerzas». Le salvará la confianza en Dios: «mi salario lo
tenía mi Dios». Confianza que subraya muy bien el salmo: «a ti, Señor,
me acojo, no quede yo derrotado para siempre... sé tú mi roca de
refugio... porque tú fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde
mi juventud». Jesús es el verdadero Siervo, luz para las naciones, el
que con su muerte va a reunir a los dispersos, el que va a restaurar y
salvar a todos. Hoy veremos cómo le van a traicionar: lo anuncia Él
mismo, «profundamente conmovido». También sabemos qué van a hacer sus
seguidores más cercanos: uno le negará cobardemente, a pesar de que en
ese momento asegura con presunción: «daré mi vida por ti». En la vida
de los que se aman, muchos dicen esas palabras, pero luego no son
fieles en su amor… las personas demuestran el amor por las obras, no
por lo que dicen. Los otros huirán al verle detenido y clavado en la
cruz. La queja del Siervo («en vano me he cansado») se repite en sus
labios: «¿no habéis podido velar una hora conmigo?... Padre, ¿por qué
me has abandonado?». En verdad «era de noche». A pesar de que Él es la
Luz. Nuestra atención se centra estos días en este Jesús traicionado,
pero fiel. Abandonado por todos, pero que no pierde su confianza en el
Padre: «ahora es glorificado el Hijo del Hombre... pronto lo
glorificará Dios». A la vez que admiramos su camino fiel hacia la
cruz, podemos reflexionar sobre el nuestro: ¿no tendríamos que ser
cada uno de nosotros, seguidores del Siervo con mayúsculas, unos
siervos con minúsculas que colaboran con Él en la evangelización e
iluminación de nuestra sociedad?, ¿somos fieles como Él? Tal vez
tenemos momentos de crisis, en que sentimos la fatiga del camino y
podemos llegar a dudar de si vale o no la pena seguir con la misión y
el testimonio que estamos llamados a dar en este mundo. Muchas veces
estas crisis se deben a que queremos éxitos a corto plazo, y hemos
aceptado la misión sin asumir del todo lo de «cargar con la cruz y
seguir al maestro». Cuando esto sucede, ¿resolvemos nuestros momentos
malos con la oración y la confianza en Dios? ¿podemos decir con el
salmo: «mi boca contará tu auxilio... porque tú, Dios mío, fuiste mi
esperanza»? Estos días de Semana Santa y, sobre todo, en el Triduo
Pascual tenemos la oportunidad de aprender la gran lección del Siervo
que cumple con su misión y por eso es ensalzado sobre todos (J.
Aldazábal).
El Salmo es de abandono: "A ti, Señor, me acojo: / no quede yo
derrotado para siempre; / tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
/ inclina a mí tu oído, y sálvame. // Se tú mi roca de refugio, / el
alcázar donde me salve, / porque mi peña y mi alcázar eres tú. / Dios
mío, líbrame de la mano perversa (…) / porque tú, Dios mío, / fuiste
mi esperanza y mi confianza, / Señor, desde mi juventud. // En el
vientre materno ya me apoyaba en ti, / en el seno tú me sostenías, /
siempre he confiado en ti (…) / Llena estaba mi boca de tu alabanza /
y de tu gloria, todo el día. // (…) Dios mío, me instruiste desde mi
juventud, / y hasta hoy relato tus maravillas". Es el momento
dramático que tendrá el momento máximo el Viernes Santo, y que empieza
hoy cuando leemos: «En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de
noche» (Jn 13,30). Siempre es de noche cuando uno se aleja del que es
«Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». El pecador es el que
vuelve la espalda al Señor para ser egoísta. San Agustín describe el
pecado como «un amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios». Una
traición, un no querer depender de Dios, "no tener necesidad del amor
eterno, sino que deseamos dominar nuestra vida por nosotros mismos»
(Benedicto XVI). Se puede entender que Jesús, aquella noche, se haya
sentido «turbado en su interior» (Juan 13,21). "Afortunadamente, el
pecado no es la última palabra. Ésta es la misericordia de Dios. Pero
ella supone un "cambio" por nuestra parte. Una inversión de la
situación que consiste en despegarse de las criaturas para vincularse
a Dios y reencontrar así la auténtica libertad. Sin embargo, no
esperemos a estar asqueados de las falsas libertades que hemos tomado,
para cambiar a Dios". Según denunció Bourdaloue, «querríamos
convertirnos cuando estuviésemos cansados del mundo o, mejor dicho,
cuando el mundo se hubiera cansado de nosotros». Seamos más listos.
Decidámonos ahora. La Semana Santa es la mejor ocasión. En la Cruz,
Cristo abre sus brazos a todos. Nadie está excluido. Todo ladrón
arrepentido tiene su lugar en el paraíso. Eso sí, a condición de
cambiar de vida y de reparar, como el del Evangelio: «Nosotros, en
verdad, recibimos lo debido por lo que hemos hecho; pero éste no hizo
mal alguno» (Lc 23,41, Jean Gottigny).
En el Evangelio, "estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos,
se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que
uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros,
sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba,
estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le
dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el
pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es
aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, lo
toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el
bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo
pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía.
Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle:
«Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los
pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche".
Es difícil llegar a comprender la profundidad de los sentimientos de
Jesús en vísperas de su muerte. Y es también muy difícil llegar a
saber qué pudo sentir su corazón cuando al hecho inexorable de su
muerte se añadía la humillación de la traición de los propios
compañeros, por eso cuando nosotros nos sentimos traicionados podemos
pensar que Él nos comprende… pasó por eso. Es fácil que el corazón
naufrague, cuando se le añade amargura sobre amargura ("servicio
bíblico latinoamericano"). El diablo, como un perro, ronda ladrando
para atcarnos… y de hecho pecamos con frecuencia. En la Colecta
pedimos: «Dios Todopoderoso y eterno, concédenos participar tan
vivamente en las celebraciones de la Pasión del Señor que alcancemos
tu perdón», perdón más fuerte que nuestras flaquezas: «Dios no perdonó
a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros» (Rom
8,32, diremos antes de la comunión). Y en la Postcomunión volvemos a
pedir: «Señor, Tú que nos has alimentado con el cuerpo y la sangre de
tu Hijo, concédenos que este mismo sacramento, que sostiene nuestra
vida temporal, nos lleve a participar de la vida eterna». A esto viene
Jesús estos días, como recuerda San Andrés de Creta hablando de Cristo
como luz: «La Encarnación de Cristo es como el sol que penetra e
ilumina las almas, las cuales ya no permanecen a oscuras por causa de
las tempestades de este mundo, que las envanecen y aturden, o por
efecto de la abundancia de las riquezas y de las dotes y cualidades
que las ofuscan y pervierten. La gloriosa Luz de Cristo es Luz que de
verdad ilumina. Y es un misterio que junto a Cristo, que es la verdad,
"Luz de las naciones", pueda haber gente con oscuridad… "Era ya de
noche. Y también el que salió era noche. El día habló al día, esto es,
Cristo a sus discípulos, y la noche anunció a la noche de la
sabiduría, esto es, Judas a los infieles judíos para que viniesen a Él
y, persiguiéndole, le prendiesen".
Lluís Roqué i Roqué (amigo mío, murió santamente) comentaba: "Hoy
contemplamos a Jesús en la oscuridad de los días de la pasión,
oscuridad que concluirá cuando exclame: «Todo se ha cumplido»"(Jn
19,30); a partir de ese momento se encenderá la luz de Pascua. En la
noche luminosa de Pascua —en contraposición con la noche oscura de la
víspera de su muerte— se harán realidad las palabras de Jesús: «Ahora
el Hijo del hombre es glorificado, y Dios es glorificado en Él» (Jn
13,31). Puede decirse que cada paso de Jesús es un paso de muerte a
Vida y tiene un carácter pascual, manifestado en una actitud de
obediencia total al Padre: «Aquí estoy para hacer tu voluntad» (Heb
10,9), actitud que queda corroborada con palabras, gestos y obras que
abren el camino de su glorificación como Hijo de Dios. Contemplamos
también la figura de Judas, el apóstol traidor. Judas mira de
disimular la mala intención que guarda en su corazón; asimismo,
procura encubrir con hipocresía la avaricia que le domina y le ciega,
a pesar de tener tan cerca al que es la Luz del mundo. Pese a estar
rodeado de Luz y de desprendimiento ejemplar, para Judas «era de
noche» (Juan 13,30): treinta monedas de plata, "el excremento del
diablo" —como califica Papini al dinero— lo deslumbraron y
amordazaron. Preso de avaricia, Judas traicionó y vendió a Jesús, el
más preciado de los hombres, el único que puede enriquecernos. Pero
Judas experimentó también la desesperación, ya que el dinero no lo es
todo y puede llegar a esclavizar. Finalmente, consideramos a Pedro
atenta y devotamente. Todo en él es buena voluntad, amor, generosidad,
naturalidad, nobleza... Es el contrapunto de Judas. Es cierto que negó
a Jesús, pero no lo hizo por mala intención, sino por cobardía y
debilidad humana. «Lo negó por tercera vez, y mirándolo Jesucristo,
inmediatamente lloró, y lloró amargamente» (San Ambrosio). Pedro se
arrepintió sinceramente y manifestó su dolor lleno de amor. Por eso,
Jesús lo reafirmó en la vocación y en la misión que le había
preparado".
Había una niña que veía la Pasión, en una representación teatral, y al
ver la desesperación de Judas se le oyó decir a la pobre: "¡mamá, ¿por
qué no va a la Virgen?" Y es verdad, podía haber ido a buscar el
consuelo, el perdón…
Jesús, con Juan recostado en su pecho… Sí, Tú, Señor, has aceptado
estos gestos sencillos. No te has avergonzado de haber necesitado este
afecto... de poder hablar con verdaderos amigos... Pedro le dice que
pregunte al Maestro…: Pedro toma la iniciativa - prioridad oficial-,
pero es Juan el que hace el encargo delicado. Cada uno tiene su sitio
particular. Todos no pueden hacer todo. Ayúdame, Señor, a cumplir bien
mi cometido, y en mi sitio. Durante estos días santos, quisiera, a mi
manera, vivir contigo, Señor. Ofrecerte mi amistad. Procuraré pensar
mucho más en Ti en el curso de estos días venideros… Tu soledad ¡oh
Jesús! es total. Has ido hasta el límite de la condición humana. El
hombre que más solo se encuentre a la hora de la muerte, puede
reconocerse en Ti (Noel Quesson).
"Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me
buscaréis… adonde yo voy, vosotros no podéis venir… Simón Pedro le
dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no
puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por
qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde
Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no
cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces»". Jesús que
va al cielo, Pedro que le hará traición, pero sabrá transformar el
remordimiento en arrepentimiento.

Hoy nos da pena que el Evangelio de la Misa termine con el anuncio de
que los Apóstoles dejarían solo a Cristo durante la Pasión. A Simón
Pedro que, lleno de presunción, afirmaba: yo daré mi vida por ti, el
Señor respondió: ¿conque tú darás mi vida por mí? Yo te aseguro que no
cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces.
Por eso terminaremos con algo que viene del lunes cuando iban a
Jerusalén. Jesús y los Apóstoles habían salido muy temprano de Betania
y el Señor sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía
hojas, se acercó por si encontraba algo en ella; pero cuando llegó no
encontró nada más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y la
increpó: "¡que nunca jamás coma nadie fruto de ti!". Sus discípulos lo
estaban escuchando.
Al atardecer regresaron a la aldea y no repararon en la higuera
maldecida. Pero tal día como hoy, al volver de nuevo a Jerusalén,
contemplaron aquel árbol, antes lleno de hojas, que estaba seco. Pedro
lo dijo: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. Jesús
les contestó: "Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que
diga a este monte: arráncate y échate al mar, sin dudar en su corazón,
sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido".
Durante su vida pública, para realizar milagros, Jesús pedía una sola
cosa: fe. A dos ciegos que le suplicaban la curación, les había
preguntado: ¿creéis que puedo hacer eso? -Sí, Señor, le respondieron.
Entonces les tocó los ojos diciendo: que se haga en vosotros conforme
a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos. Y cuentan los Evangelios
que, en muchos lugares, apenas realizó prodigios, porque a las gentes
les faltaba fe.
También nosotros hemos de interrogarnos: ¿cómo es nuestra fe?
¿Confiamos plenamente en la palabra de Dios? ¿Pedimos en la oración lo
que necesitamos, seguros de obtenerlo si es para nuestro bien?
¿Insistimos en las súplicas lo que sea preciso, sin descorazonarnos?
San Josemaría Escrivá comentaba esta escena del Evangelio. «Jesús
-escribe- se acerca a la higuera: se acerca a ti y se acerca a mí.
Jesús, con hambre y sed de almas. Desde la Cruz ha clamado: sitio!
(Juan 19,28), tengo sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras
almas y de todas las almas que debemos llevar hasta Él, por el camino
de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del
Cielo».
Se llegó a la higuera, no hallando sino solamente hojas (Mt 21, 19).
Es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que
tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen
sacrificios ni obras? Los discípulos se maravillaron ante el milagro,
pero de nada les sirvió: pocos días después negarían a su Maestro. Y
es que la fe debe informar la vida entera. «Jesucristo pone esta
condición», prosigue San Josemaría: «que vivamos de la fe, porque
después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que
remover... en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos
obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe
con humildad».
María, con su fe, ha hecho posible la obra de la Redención. Juan Pablo
II afirma que en el centro de este misterio, en lo más vivo de este
asombro de la fe, se halla María, Madre soberana del Redentor. Ella
acompaña constantemente a todos los hombres por los senderos que
conducen a la vida eterna. La Iglesia, escribe el Papa, contempla a
María profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la
eterna vocación del hombre según el designio providencial que Dios ha
predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente presente y
partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la
vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve
socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y
el mal, para que "no caiga" o, si cae, "se levante". María, Madre
nuestra: alcánzanos con tu intercesión poderosa una fe sincera, una
esperanza segura, un amor encendido (Javier Echevarría).

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