lunes, 5 de abril de 2010

Día 33º. DOMINGO QUINTO (21 de Marzo): “vete en paz, y no peques más”. Vamos a aprender a comprender a los demás como Jesús hizo con la pecadora

"Dice Yahveh, que trazó camino en el mar, y vereda en aguas
impetuosas". La lectura de Isaías nos recuerda el paso del mar Rojo y
de cómo Dios protegió a su pueblo, y todo esto es figura de nuestro
bautismo y nos anuncia "algo nuevo que ya está brotando": es un nuevo
Éxodo, un retorno del exilio, que tendrá las maravillas del primero.
Así como en el desierto surgió el agua para que beba el pueblo, ahora
surgirán aguas vivas… "Mirad que realizo algo nuevo..." La Palabra de
Dios lo proclamará definitivamente en la Pascua de Jesús: "Haré que
todo sea nuevo" (Ap 21,5).
"Los ojos de Dios están puestos en los justos", Dios se complace en
ellos. Sus oídos están siempre atentos a las peticiones y a las
súplicas de sus fieles. Cuando uno clama a Dios, lo escucha y lo
atiende, le libra de sus angustias, porque el Señor está cerca de los
atribulados, de los abatidos y perseguidos, y él les devuelve la vida
y la esperanza. El salmista insiste en la confianza, en la idea de la
pronta intervención de Dios. El justo está bajo las alas protectoras
del Señor y nada le puede afectar.
"El que cava una fosa caerá en ella, el que deshace una pared es
mordido por el áspid" (Eccl 10,8).
El salmos canta "gritos de alegría. Entonces se decía entre las
naciones: ¡Grandes cosas ha hecho Yahveh con éstos!
¡Sí, grandes cosas hizo con nosotros Yahveh, el gozo nos colmaba!...
Los que siembran con lágrimas cosechan entre cánticos.
Al ir, va llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando
trayendo sus gavillas".
San Pablo (Filipenses 3,8-14) nos dice hoy que "juzgo que todo es
pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,
por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a
Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de
la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene
de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su
resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de
entre los muertos. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya
perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo,
habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no
creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé
atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta,
para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo
Jesús". Cada vez que un cristiano intenta mantenerse fiel a Dios,
vivir esperanzado, perdonar a sus enemigos, ahogar el mal a fuerza de
bien, amar y hacer el bien a quienes no puedan devolvérselo, poner en
riesgo su vida, salud, fama o bienes por amor o por la causa de la
justicia, vivir en paz y alegría en medio de las dificultades,
participa de la fuerza de la resurrección, resucita con Cristo (Col
2,12; "Eucaristía 1989").
Le presentan a Jesús una mujer pecadora, y le dicen: "Moisés nos mandó
en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?"
Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús,
inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como
insistieron, Jesús contestó: «Aquel de vosotros que esté sin pecado,
que le arroje la primera piedra.»
E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro,
comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que
seguía en medio.
Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?»
Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno.
Vete, y en adelante no peques más.»"
El nuevo éxodo de la primera lectura nos lleva hacia la mirada de
Cristo, que nos da vida: "Mírame... para que yo sepa que existo" (A.
Baggio). La mirada es muy importante, y las personas rechazadas por
nuestra mirada serán condenadas, quizás, a llevar durante toda su vida
una marca de soledad, de rechazo, de insignificancia. También una
mirada indiferente puede ser "homicida". Su mensaje, en efecto, se
puede traducir así: "Para mí tú no existes. Negándote importancia, te
niego el derecho a la existencia". Una mirada de indiferencia tiene la
capacidad de borrar a una persona. Una mirada libre es una mirada que
no se limita a tocar de soslayo a las personas que encuentra. No es
una mirada rápida. No es huidiza. Sabe pararse y acoger. Acoger, pero
no forzar. Es necesario que, cada mañana, purifiquemos nuestra mirada.
Se trata, en efecto, de:
-Desvincularla de todo instinto de posesión.
-Desarmarla de los varios elementos de hostilidad, agresividad,
malignidad, dureza.
-Darle capacidad de sorpresa y de maravilla que hace nuevas las cosas
y las devuelve el gusto del descubrimiento del otro.
-Hacerla atenta al otro. O sea capaz de ver al otro como yo quisiera
ser visto. Así, la atención se hace expresión de respeto y vehículo de
liberación. Solamente la atención que nace del amor declara al otro:
"Te reconozco el derecho de ser lo que eres. Deseo que seas todo lo
que puedes ser" (A.Baggio). Sí, solamente si conseguimos una mirada
purificada, las piedras comenzarán a caer de nuestras manos
(Alessandro Pronzato). Jesús hace nuevas las cosas, y el orden nuevo
está hecho de respeto, de delicadeza, de comprensión, de amor. Dirá:
"Vuestros juicios siguen normas humanas; yo no llevo a nadie a juicio"
(Jn 8,15). Y quedan solos, la mujer, que estaba en el centro y Jesús:
"sólo dos han quedado -dice S. Agustín- la miseria y la misericordia".
Ahora es cuando Jesús se encuentra realmente con la mujer, a la que
mira cara a cara al templo que le pregunta "¿Nadie te ha condenado?"
La mujer se encuentra frente a Jesús con su pobre humanidad, con su
culpa y su vergüenza. "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no
peques más". Significa que nosotros, a ejemplo de Jesús, no debemos
condenar nunca a nadie, y hemos de ayudar a todos a combatir el
pecado. Equilibrio de Cristo, entre la comprensión para con el pecador
y severidad para con el mal, difícil de imitar (Joan Llopis).
Curiosamente todos los textos de la misa de hoy remiten al futuro, a
la salvación de Dios que crea algo nuevo y hacia la que nos dirigimos.
Y esto precisamente como introducción a la semana de pasión. Pero
justamente aquí se realiza lo nuevo, la salvación definitiva; y toda
nuestra vida consistirá en dirigirnos hacia esta acción de Dios.
El evangelio nos muestra a pecadores que, en presencia de Jesús, se
permiten acusar a una mujer pecadora. Jesús, que aparece escribiendo
en el suelo, está como ausente. Sólo dos veces rompe su silencio: la
primera vez para reunir a acusadores y acusada en la comunidad de la
culpa; y la segunda para -como nadie puede ya condenar a otro-
pronunciar su perdón. Ante su mudo sufrimiento por todos, toda
acusación deberá enmudecer también, pues «Dios nos encerró a todos en
desobediencia», no para castigarnos, como querrían los acusadores,
sino «para tener misericordia de todos» (Rm 11,32). Nadie se atreve a
tirar la primera piedra; Jesús ha sufrido por todos para conseguir el
perdón del cielo para todos nosotros, ya nadie puede condenar a otro
ante Dios.
Si Jesús nos perdona, dice S. Pablo, puedo estar «olvidándome de lo
que queda atrás», nada tiene ya valor: todo es abandonado como
«basura» para ganar lo que nos gana la pasión y resurrección de
Cristo. Esto, lo que nos ha ganado, es nuestro verdadero futuro, hacia
el que nos dirigimos directamente, sin mirar a derecha o izquierda,
mirando siempre hacia delante, con los ojos puestos sólo en la «meta».
Porque esta meta nos ha «alcanzado» por Cristo»-, y por eso sigue
corriendo como si aún no la hubiera conseguido. Vuela más alto, "sobre
las alas de la fe", dice la canción: siempre hacia lo que está por
delante. Si corremos al encuentro de Cristo, todo mirar atrás, hacia
una falta del pasado, para afligirse por ella, sólo puede hacernos
daño, pues la falta está ya perdonada.
"Mirad que realizo algo nuevo": «No recordéis lo viejo» (primera
lectura). En Israel era una costumbre profundamente arraigada recordar
el comienzo de la salvación, la salida de Egipto: ciertamente pensando
que este hacer memoria era recordar las raíces, la identidad del
pueblo, que fortalecía la fe en el Dios que camina actualmente con el
pueblo. Re-cordar es re-vivir en el corazón, pero Dios no quiere que
Israel permanezca cautivo de este recuerdo del pasado, sobre todo no
ahora, pues eso significaría pensar en el tiempo del exilio: el Señor
promete algo nuevo, y es ciertamente algo que «ya está brotando», cuya
presencia se puede «notar», al igual que en la Nueva Alianza el
Espíritu Santo que se otorga a los creyentes será una «prenda» de la
vida eterna. De este modo Dios traza una camino para Israel, a través
del desierto, hacia la vida eterna; y para nosotros, que estamos
redimidos, traza un camino que conduce a la bienaventuranza eterna
(Hans Urs von Balthasar). "Mirad que realizo algo nuevo; ya está
brotando, ¿no lo notáis?"
El hijo pequeño del domingo anterior, ahora es sustituído por la mujer
pecadora. El hermano mayor cascarrabias de la parábola, es reemplazado
por los que quieren matarla a pedradas. Y en la escena Cristo se pone
en el lugar del Corazón del Padre, que reanima, cura y celebra la
fiesta del perdón:
-"Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ninguno te ha condenado?".
Entre el corazón destrozado de la mujer avergonzada y Jesús, manso y
humilde de corazón, hay estrecha unión:
-"Tampoco yo te condeno. Anda y no peques más". Esta mujer ha
estrenado el brote nuevo de la misericordia, que anunció Isaías. "Su
suerte ha cambiado, como los torrentes del Negeb". El no peques más la
está introduciendo en el mundo de gracia, que Jesús ha venido a
instaurar.
¿Quién no ha tirado piedras alguna vez? Ante Cristo, luz que conoce
los rincones más escondidos, escuchemos sus palabras, y pidamos que
nos purifique con este sacrificio para que nos convirtamos en seres
libres, como esa mujer, y que aprendamos a no juzgar y a no condenar,
y "a conocerlo a él y la fuerza de su resurrección, para llegar un día
a la resurrección" (Filipenses 3,8). Es la manera de caminar hacian
una sociedad más habitable y fraterna (J. Martí Ballester). Perdonar
siempre. Un día, la Madre Teresa de Calcuta, encontró sobre un montón
de basura una mujer moribunda que le dijo que su propio hijo la había
dejado abandonada allí. La Madre la recogió y la llevó al hogar de
Kalighat. Aquella mujer no se quejaba de su estado sino de que hubiera
sido su propio hijo quien la dejó allí. No podía perdonarle... La
Madre Teresa, que quería que aquella mujer muriese en gracia de Dios,
trataba de convencerla:
-"¿Debe perdonar a su hijo? -le decía. Es carne de su carne y sangre
de su sangre... Sin duda hizo lo que hizo en un momento de locura y ya
estará arrepentido... Pórtese como una verdadera madre y perdónelo...
Si ha pedido a Dios que le perdone sus pecados debe perdonar el que su
hijo cometió con usted. Si lo hace, Dios recompensará su generosidad
con un lugar en el Cielo". La mujer se resistía, pero la gracia
terminó venciendo.
-"Le perdono, le perdono... dijo por fin llorando". Poco después moría.
Dios mío, dame gracia y amor para perdonar siempre: que ningún día me
acueste guardando rencor a alguien, aunque me parezca que tengo
motivos. ¡Me has perdonado Tú a mí!
Coméntale a Dios con tus palabras algo de lo que has leído. Después
termina con la oración final (José Pedro Manglano).

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