martes, 6 de abril de 2010

Via Crucis

Via Crucis. Son momentos para pensar en el camino de la Cruz. San
Josemaría así rezaba: "Señor mío y Dios mío, bajo la mirada amorosa de
nuestra Madre, nos disponemos a acompañarte por el camino de dolor,
que fue precio de nuestro rescate.
Queremos sufrir todo lo que Tú sufriste, ofrecerte nuestro pobre
corazón, contrito, porque eres inocente y vas a morir por nosotros,
que somos los únicos culpables.
Madre mía, Virgen dolorosa, ayúdame a revivir aquellas horas amargas
que tu Hijo quiso pasar en la tierra, para que nosotros, hechos de un
puñado de lodo, viviésemos al fin in libertatem gloriæ filiorum Dei,
en la libertad y gloria de los hijos de Dios".
Amado Jesús Mío, por mí vas a la muerte, quiero seguir tu suerte,
muriendo por tu amor. Perdón y gracia imploro, transido de dolor. F.
Carvajal cita la anécdota de un pueblecito alemán, que quedó
prácticamente destruido durante la segunda guerra mundial. Tenía en
una iglesia un crucifijo, muy antiguo, del que las gentes del lugar
eran muy devotas. Cuando iniciaron la reconstrucción de la iglesia,
los campesinos encontraron esa magnífica talla, sin brazos, entre los
escombros. No sabían muy bien qué hacer: unos eran partidarios de
colocar el mismo crucifijo era muy antiguo y de gran valor-
restaurado, con unos brazos nuevos; a otros les parecía mejor encargar
una réplica del antiguo. Por fin, después de muchas deliberaciones,
decidieron colocar la talla que siempre había presidido el retablo,
tal como había sido hallada, pero con la siguiente inscripción: Mis
brazos sois vosotros... Así se puede contemplar hoy sobre el altar.
Somos los brazos de Dios en el mundo, pues Él ha querido tener
necesidad de los hombres. El Señor nos envía para acercarse a este
mundo enfermo que no sabe muchas veces encontrar al Médico que le
podría sanar. «Si todos los hijos de la Iglesia -decía Juan Pablo I-
fueran misioneros incansables del Evangelio, brotaría una nueva
floración de santidad y de renovación en este mundo sediento de amor y
de verdad». De nuestra unión con Jesús surgirá ese ser Jesús que pasa
en el mundo, a través nuestro. Por eso podemos rezar con el Cura de
Ars: "Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último
suspiro de mi vida.
Te amo, Dios mío, infinitamente amable y prefiero morir amándote que
vivir un solo instante sin amarte.
Te amo, Dios mío, y sólo deseo ir al cielo para tener la felicidad de
amarte perfectamente.
Te amo, dios mío, y sólo temo el infierno porque en él no existirá
nunca el consuelo de amarte.
Dios mío, si mi lengua no puede decir en todo momento que te amo, al
menos quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro.
Ah! Dame la gracia de sufrir amándote, de amarte en el sufrimiento y
de expirar un día amándote y sintiendo que te amo.
A medida que me voy acercando al final de mi vida te pido que vayas
aumentando y perfeccionando mi amor. Amén".
Jesús, gracias porque eres comprensivo, rezando incluso por los que te
matan: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34).
Con esto me vences, más que con el temor. Aunque he sido tu enemigo,
mi Jesús: como confieso, ruega por mí: que, con eso, seguro el perdón
consigo. / Cuando loco te ofendí, no supe lo que yo hacía: / sé,
Jesús, del alma mía y ruega al Padre por mí".
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con
tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios
para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de
todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en
igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para
mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con
él en el regazo de tu infinita misericordia.

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