viernes, 16 de abril de 2010

Misa del día de Pascua

La Resurrección de Jesús, fundamento de nuestra filiación divina, la
fe en ella se convierte en fuente de esperanza y causa de la alegría

Cristo con su resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de
los hombres una fiesta. Los ha colmado de gozo al hacerles vivir no ya
una vida terrestre sino una vida celestial. Rezan las primeras
homilías que conservamos: "Soy Yo, en efecto vuestra remisión; / soy
Yo, la Pascua de la salvación; / Yo el cordero inmolado por vosotros,
/ Yo vuestro rescate, / Yo vuestra vida, / Yo vuestra luz, / Yo
vuestra salvación, / Yo vuestra resurrección, / Yo vuestro rey... / Él
es el Alfa y el Omega / Él es el principio y el fin. / Él es el
Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, / el caudillo, el Señor, / aquel
que ha resucitado de entre los muertos / aquel que está sentado a la
derecha del Padre...." La misa de Pascua está llena de gozo, del gozo
de la Vida que nos comunica el Resucitado. La misa de hoy la tenemos
que entender y celebrar sobre todo como un encuentro con el
Resucitado tal como lo disfrutaron los discípulos el mismo día de
Pascua. "Este es el día en que actuó el Señor, / que sea un día de
gozo y de alegría. / Este es el día en que, vencida la muerte, /
Cristo sale vivo y victorioso del sepulcro. / Este es el día que lava
las culpas y devuelve la inocencia, / el día que destierra los temores
y hace renacer la esperanza, / el día que pone fin al odio y fomenta
la concordia, / el día en que actuó el Señor, / que sea un día de gozo
y de alegría. / Hoy, Señor, cantamos tu victoria, / celebramos tu
misericordia y tu ternura, / admiramos tu poder y tu grandeza, /
proclamamos tu bondad y tu providencia. / Que sea para nosotros el
gran día, / que saltemos de gozo y de alegría, / que no se aparte
nunca de nuestra memoria / y que sea el comienzo de una vida / de
esperanza, de amor y de justicia".
"Creer en la resurrección... es el acto de participar en la creación
ilimitada... Tener fe, si es que yo alcanzo a descifrar la imagen
cristiana, es percibir en su identidad la resurrección y la
crucifixión. Sostener la paradoja de la presencia de Dios en un Jesús
crucificado, es decir, en el fondo de la desgracia y de la impotencia,
un Jesús abandonado de Dios. Tener tal fe es adquirir la libertad de
hombre sobre toda ilusión, la del poder y la del tener. Dios no es ya
el emperador de los romanos, ni aquel tipo de hombre estimado por los
griegos como ejemplar de belleza y de fuerza..., sino más bien la
certeza de que es posible creer un futuro mejor, nuevo, pero tan sólo
si se identifica con aquellos que en el mundo son los más despojados
y los más aplastados... Tal amor y la esperanza en la resurrección se
identifican. Porque no hay amor más que cuando un ser es para nosotros
irreemplazable, y nosotros estamos dispuestos a dar por él nuestra
propia vida... Cuando de verdad estamos dispuestos a tal donación y
entrega por el último de los hombres, es entonces cuando Dios está
con nosotros; he aquí el poder de transformar el mundo" (R. Garaudy).
"Señor Dios, que en este día nos has abierto las puertas de la vida
por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a los que
celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo, ser
renovados por tu Espíritu para resucitar en el reino de la luz y de la
paz", pedimos en la Oración colecta.
Los judíos tenían el poema de las cuatro noches. La primera noche fue
cuando YHWH se manifestó en el mundo para crearlo. El mundo estaba
informe y vacío y las tinieblas se extendían sobre la superficie del
abismo, y la palabra de YHWH era luz y brillaba. Y la llamó primera
noche. La segunda noche, cuando YHWH se le apareció a Abraham anciano
de 100 años y a su esposa Sara, de noventa años, a fin de cumplir lo
que dice la Escritura: "Es que Abraham, a los cien años de edad, va a
engendrar y su esposa Sara, de noventa años, va a dar a luz un hijo?"
Pues bien, Isaac tenía 37 años cuando fue ofrecido en el altar. Los
cielos se inclinaron y bajaron e Isaac vio sus perfecciones. Y la
llamó la segunda noche. La tercera noche fue cuando YHWH se apareció a
los egipcios en medio de la noche; su mano mataba a los primogénitos
de Israel, para que se cumpliera lo que dice la Escritura: "Israel es
mi primogénito". Y la llamó la tercera noche. La cuarta noche será
cuando el mundo llegue a su fin para ser disuelto. Los yugos de hierro
se romperán y las generaciones perversas serán aniquiladas. Moisés
subirá de en medio del desierto y el rey Mesías vendrá desde lo alto.
Uno avanzará a la cabeza del rebaño y su palabra caminará entre los
dos y ellos marcharán juntos. Es la noche de la pascua para el nombre
de YHWH, noche reservada y fijada para la liberación de todo Israel a
lo largo de sus generaciones.
Es el día en que Jesús «manifiesta plenamente el hombre al mismo
hombre y le descubre su altísima vocación» (Gaudium et Spes 22). El
gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús
está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que
vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán
Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe
maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura.
Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del
creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el
que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo
captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de
amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso
de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no
captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien
Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de
Cristo.
"Ver y creer" de los discípulos que han de ser también los nuestros.
Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor.
Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del
bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos.
Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de
creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.

Los Hechos de los Apóstoles (10,34a.37-43) nos muestran a Pedro que
tomó la palabra y dijo: "Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en
el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la
cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios
con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando
a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él. Nosotros
somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron
colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo
hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había
designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su
resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio
de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de
los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su
nombre, el perdón de los pecados". Tenemos aquí un compendio de la
predicación de Pedro, que habla solidariamente con todos los
apóstoles: "Nosotros somos testigos..." ¿de qué? De que Jesús es el
Cristo, el Señor. Hay una identidad entre el Cristo predicado y el
Jesús histórico, y esta misma identidad constituye la sustancia de la
fe cristiana. En esta predicación vemos que Dios ha mostrado que hay
que admitir a los paganos sin imponerles la ley mosaica; una apertura
hacia todos del hecho cristiano, y el subrayar la resurrección de
Jesús el tercer día es también no sólo determinación temporal, sino
una afirmación histórico-salvífica, como ya se ha visto estas semanas.
Hoy se cumplen las escrituras, como dirá Jesús a los de Emaús: la ley
y los profetas (Pere Franquesa). Este quinto discurso de Pedro en
Hechos es, en sus detalles, estructura y estilo una composición de
Lucas, pero presenta los temas básicos de la predicación cristiana
primitiva, del "kerigma" como suele decirse. Mirar la luz de Jesús,
esta estrella, creer en este Ungido, eso es la Pascua, una fiesta de
liberación. Creer en el Cristo de Dios es nuestra alegría y nuestra
vida, es perdón y reconciliación, es paz y principio de vida eterna
("Caritas").

El Salmo (117,1-2.16ab-17.22-23) canta: "Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo… Dad gracias al Señor porque es
bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: /
eterna es su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, / la
diestra del Señor es excelsa. / No he de morir, viviré / para contar
las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos, / es
ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un
milagro patente".
Compuesto para la liturgia hebrea, este salmo recibe un puesto
destacado en la cristiana, que encuentra reflejados en él los
misterios redentores de la vida de Cristo. El Señor cantó este salmo
al finalizar la Última Cena: así consta en las anotaciones de los
salterios más antiguos. Y así la primera Eucaristía encontró en este
salmo una admirable conclusión. Con los sentimientos que se contienen
en él, nuestro Salvador se encaminó hacia la vía dolorosa que le
introduciría en la gloria del día eterno. Pero antes, el designio de
su Padre era permanecer en la Cruz hasta el final, como dijo Juan
Pablo II: "Si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de
que Dios es Amor estaría por demostrar." Nos habla de alabar a Dios
"porque es bueno", y nos dice Jesús que "Nadie es bueno sino sólo
Dios". Esto nos consuela, cuando vemos que alguien nos falla… "Con
esta contestación quería decir: Si quieres llamarme bueno, comprende,
entonces, que Yo soy Dios" (S. Agustín). Dad gracias al Señor porque
es bueno, porque es eterna su misericordia: nuestro Dios está vestido
de un manto de misericordia, le precede la ternura y le acompaña la
lealtad, y, desde siempre y para siempre avanza sobre una nube en
cuyos bordes está escrita la palabra Amor. Israel está en condiciones
de confirmar esta noticia: desde pequeño fue tratado con cuerdas de
ternura; fue para él -el Señor- como la madre que se inclina para dar
de comer a su pequeño y luego lo levanta hasta su mejilla para
acariciarlo, y, en su borrascosa juventud lo acompañó con su brazo
tenso y fuerte hasta instalarlo en la tierra jurada y prometida. Esta
noticia de su eterno amor lo pueden también constatar todos los fieles
en cuyas noches brilló el Señor como una antorcha de estrellas, y fue
sombra fresca para sus horas de calor. ¡Gloria, pues, eternamente a
Aquel que vela nuestro sueño y cuida nuestros pasos!
"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el
día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo". Esta
es la liturgia de Pascua en el corazón del año. Pero para el verdadero
cristiano, cada domingo es Pascua y cada día es domingo. Por eso cada
día es Pascua, es «el día que ha hecho el Señor, el día en que actuó
el Señor». Cada día es día de victoria y alabanza, de regocijo y
acción de gracias, día de ensayo de la resurrección final conquistando
al pecado, que es la muerte, y abriéndose a la alegría, que es la
eternidad. Cada día hay revuelo de ángeles y alboroto de mujeres en
torno a la tumba vacía. ¡Cristo ha resucitado! «Este es el día en que
el Señor ha actuado». ¡Ojalá pudiera decir yo eso de cada día de mi
vida! Sé que es verdad, porque, si estoy vivo, es porque Dios está
actuando en mí con su infinito poder y su divina gracia; pero quiero
sentirlo, palparlo, verlo en fe y experiencia, reconocer la mano de
Dios en los sucesos del día y sentir su aliento a cada paso. Este es
su día, glorioso como la Pascua y potente como el amanecer de la
creación; y quiero tener fe para adivinar la figura de su gloria en la
humildad de mis idas y venidas. «La diestra del Señor es excelsa, la
diestra del Señor es poderosa. No he de morir: viviré para contar las
hazañas del Señor». Que la verdad de fe penetre en mi mente y florezca
en mis actos: cristiano es aquel que vive el espíritu de la Pascua.
Espíritu de lucha y de victoria, de fe y de perseverancia, de alegría
después del sufrimiento y vida después de la muerte. Ninguna desgracia
me abatirá y ninguna derrota me desanimará. Vivo ya en el día de los
días, y sé que la mano del Señor saldrá victoriosa al final. «El Señor
está conmigo, no temo: ¿qué podrá hacerme el hombre?» Día a día,
necesito a mi alrededor a mi gente, mis amigos, que afirmen esa misma
convicción y confirmen mi fe con el don de la suya, que canten conmigo
la gloria de Pascua para que todos nos unamos en el estrecho vínculo
de la fe y la alegría: «Diga la casa de Israel: eterna es su
misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan
los fieles del Señor: eterna es su misericordia. Dad gracias al Señor,
porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Carlos G. Vallés).
"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular"
(v. 22)… Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de
gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf
Mt 21,42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles:
"Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis
desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo
el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos" (Hch 4,11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: "piedra
angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado".
La segunda frase que comenta también Juan Pablo II es la que cantaba
la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén:
"¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21, 9; cf Sal
117,26). La palabra "misericordia" que abre y cierra la composición
"traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de
Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres
clases de personas: todo Israel, la "casa de Aarón", es decir, los
sacerdotes, y "los que temen a Dios", una expresión que se refiere a
los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los
miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor
(cf vv 2-4)".
San Pablo a los Colosenses (3,1-4): "Ya que habéis resucitado con
Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a
la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la
tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida
en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también
vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria".
Los primeros relatos que tenemos de la pascua son las cartas
apostólicas, que recogen lo que vivían los primeros cristianos en su
primitiva liturgia: el hecho de la resurrección. Pensar en las cosas
de arriba donde está Jesús, "gustar" de esas cosas… son reminiscencias
de esos himnos litúrgicos que recibe S. Pablo y que re-piensa en su
teología: es posible la nueva vida; porque todavía no se ha
manifestado, es necesario dar frutos de vida eterna. Nuestra vida se
mueve entre el "ya" y el "todavía-no".
Hay, por lo tanto, un camino que recorrer y un deber que cumplir.
Estamos en ello, en el paso o trance de la decisión. Hay que elegir, y
nuestra elección no puede ser otra que "los bienes de arriba". Lo cual
no significa que el cristiano se desentienda de los "bienes de la
tierra", si ello implica desentenderse del amor al prójimo. Pues los
"bienes de arriba", es decir, lo que esperamos, es también la
transformación por el amor del mundo en que habitamos. Cuando Cristo
aparezca, se mostrará en Él nuestra vida y entonces veremos lo que
ahora somos ya radicalmente, misteriosamente ("Eucaristía" 1982). El
paso de lo de "abajo" a lo de "arriba" no se realiza por prácticas
ascéticas, gnosis o misterios, sino por la confesión de fe en Cristo
Jesús. La contraposición entre las cosas de arriba y las de abajo ha
influido fuertemente en la teología y en la piedad cristiana, y ha
dejado a un lado con frecuencia la realidad de la vida. Basta recordar
algunos textos de oraciones, incluso litúrgicas. Buscar las cosas de
arriba no significa despreciar los bienes de la tierra para poder amar
los del cielo. La responsabilidad del progreso material no se puede
separar de la moral cristiana. La piedad ha valorado excesivamente
algunas prácticas destinadas a mortificar el cuerpo para liberar el
alma (P. Franquesa).

El Evangelio de Juan (20,1-9) dice que "el primer día de la semana va
María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro,
y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón
Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se
han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más
rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las
vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro
siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el
sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en
un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que
había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces
no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de
entre los muertos".
Después que hubieran puesto la experiencia de Jesús resucitado por
escrito, la fe de los primeros cristianos quiso conocer los hechos
anecdóticos, los acontecimientos según el orden de los sucesos, y
antes de que murieran los Apóstoles se fueron recogiendo los relatos,
que se fueron escribiendo según el orden de los Evangelistas, y con
sus variantes y tradiciones fueron componiéndose los Evangelios. Según
lo que me parece entender, las cosas serían algo así como: primero
Jesús se aparece en su interior a la Virgen y le comunica, en la
madrugada del domingo, es decir hoy, que ha resucitado. Este gozo lo
comunican los ángeles a las mujeres, que anuncian la nueva a los
Apóstoles, primero Simón y Juan que van y creen, al ver los lienzos
como "desinflados". María Magdalena se queda allí, y habla con Jesús
creyendo que es el hortelano hasta que la llama por su nombre: "María"
y ella le reconoce. Esto nos hace ver que Jesús en su cuerpo glorioso
–que no tiene materia, que puede pasar por espacios sólidos y cruzar
en el mismo tiempo varios lugares- se aparece a quien quiere, y quizá
también a quien está preparado para ver, como vemos en la siguiente
aparición, los de Emaús: por el camino les explica las Escrituras, y
se encienden al ver que desde Moisés y los profetas hablan de que
Jesús tiene que sufrir antes de resucitar (toda la cuaresma hemos
leído estos pasajes) y luego le dicen que se quede (se hace de noche,
cuando Él no está) y Él cena con ellos, y al partir el pan lo
reconocen. En esta aparición vemos las dos escenas de la Misa: la
lectura viva de la Palabra que enciende nuestros corazones, y nos
prepara para verle en la fracción del pan, segunda parte de la Misa,
en la mesa del altar. Luego, siguiendo con las apariciones, lo hace
aquella misma noche de pascua a los apóstoles ya reunidos, y luego el
domingo siguiente –es una repetición dominical- y otro más en el lago,
y luego por último el día de la Ascensión.

En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la
controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de
haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su
resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más
aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda
claro que no ha habido robo.
La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto
enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. De hecho,
se nota un cierto tira y afloja: "El otro discípulo" llega antes que
Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y
ve la situación, pero es el otro discípulo quien "ve y cree".
Seguramente que "el otro discípulo" es "aquel que Jesús amaba", que el
evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De
hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin
haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le
permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería
vencido por la muerte (Josep Mª Grané).
S. Agustín también comenta este pasaje: "Entró, vio y creyó (Jn 20,8).
Oísteis que creyó, pero no se alaba esta fe; en efecto, se pueden
creer tanto cosas verdaderas como falsas. Pues si se hubiese alabado
el que creyó en este caso o se hubiera recomendado la fe en el hecho
de ver y creer, no continuaría la Escritura con estas palabras: Aún no
conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Cristo
resucitara de entre los muertos (Jn 20,9). Así, pues, vio y creyó.
¿Qué creyó? ¿Qué, sino lo que había dicho la mujer, a saber, que se
habían llevado al Señor del sepulcro? Ella había dicho: Se han llevado
al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto (Jn 20,2).
Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el
cuerpo y creyeron que había desaparecido, no que hubiese resucitado.
Al verlo ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se
fueron". En este día santo "lucharon vida y muerte / en singular
batalla / y, muerto el que es Vida, / triunfante se levanta"
(Secuencia de Pascua).
c) Ratzinger escribió también una Meditación para el día de pascua:
"¡Qué conmoción sacudiría al mundo si leyéramos un día en la prensa:
«se ha descubierto una hierba medicinal contra la muerte»! Desde que
la humanidad existe, se ha estado buscando tal hierba. Ella espera una
medicina contra la muerte, pero, al mismo tiempo, teme a esa hierba.
Sólo el hecho de que en una parte del mundo la esperanza de vida se
haya elevado de 30 a 70 años ha creado ya problemas casi insolubles.
La iglesia nos anuncia hoy con triunfal alegría: esa hierba medicinal
contra la muerte se ha encontrado ya. Existe una medicina contra la
muerte y ha producido hoy su efecto: Jesús ha resucitado y no volverá
ya a morir. Lo que es posible una vez, es fundamentalmente posible y
así esta medicina vale para todos nosotros. Todos nosotros podemos
hacernos cristianos con Cristo e inmortales. ¿Pero cómo? Esto debería
ser nuestra pregunta más viva. Para encontrar la respuesta, debemos
sobre todo preguntar: ¿cómo es que resucitó? Pero, sobre eso, se nos
da una simple información que se nos confía a todos: Él resucitó
porque era no sólo un hombre, sino también hijo de Dios. Pero era
también un hombre real y lo fue por nosotros. Y así sigue, por su
propio peso, la próxima pregunta: ¿cómo aparece este «ser-hombre» que
une con Dios y que debe ser el camino para todos nosotros? Y parece
claro que Jesús vive toda su vida en contacto con Dios. La Biblia nos
informa de sus noches pasadas en oración. Siempre queda claro esto: Él
se dirige al Padre. Las palabras del Crucificado no se nos refieren en
los cuatro evangelios de un modo unitario, pero todos coinciden en
afirmar que Él murió orando. Todo su destino se halla establecido en
Dios y se traduce así en la vida humana. Y siendo así las cosas, Él
respira la atmósfera de Dios: el amor. Y por ello es inmortal y se
halla por encima de la muerte. Y ya tenemos las primeras aplicaciones
a nosotros: nuestro pensar, sentir, hablar, el unir nuestra acción con
la idea de Dios, el buscar la realidad de su amor, éste es el camino
para entrar en el espacio de la inmortalidad.
Pero queda todavía otra pregunta. Jesús no era inmortal en el sentido
en el que los hombres deseaban serlo desde tiempos inmemoriales,
cuando buscaban la hierba contra la muerte. Él murió. Su inmortalidad
tiene la forma de la resurrección de la muerte, que tuvo lugar
primero. ¿Qué es lo que debe significar esto? El amor es siempre un
hecho de muerte: en el matrimonio, en la familia, en la vida común de
cada día. A partir de ahí, se explica el poder del egoísmo: él es una
huida comprensible del misterio de la muerte, que se halla en el amor.
Pero, al mismo tiempo, advertimos que sólo esa muerte que está en el
amor hace fructificar; el egoísmo, que trata de evitar esa muerte, ese
es el que precisamente empobrece y vacía a los hombres. Solamente el
grano de trigo que muere fructifica.
El egoísmo destruye el mundo; él es la verdadera puerta de entrada de
la muerte, su poderoso estímulo. En cambio, el Crucificado es la
puerta de la vida. Él es el más fuerte que ata al fuerte. La muerte,
el poder más fuerte del mundo, es, sin embargo, el penúltimo poder,
porque en el Hijo de Dios el amor se ha mostrado como más fuerte. La
victoria radica en el Hijo y cuanto más vivamos como Él, tanto más
penetrará en este mundo la imagen de aquel poder que cura y salva y
que, a través de la muerte, desemboca en la victoria final: el amor
crucificado de Jesucristo".

Por último, un pensamiento sobre la Pascua, el día que transforma las
penas en alegrías. El enigma mayor de la condición humana es la
muerte. ¿Como es que el hombre, con deseos de ser feliz, muere? Es el
misterio del dolor, de la cruz, que no tiene explicación. Un proceso
de transformación, como una purificación del amor, que nos prepara
para la felicidad que es estar con Dios. Realidad misteriosa que no es
el final, pues cuando se acaba nuestra estancia aquí en la tierra
comienza otra, la vida continúa en el cielo. La muerte no es el final
de trayecto, la vida no se acaba, se transforma…
Jesús también muere, y ha resucitado. Y nos dice: "Yo soy el camino…".
La muerte es una realidad misteriosa, tremenda, y del más allá no
sabemos mucho, sólo lo que Jesús nos dice: "Yo soy la resurrección y
la vida…"
Dios, que es amor, nos hace entender que el amor no se acaba con la
muerte, que después de esta etapa hay otra para siempre. Que Dios no
quiere lo malo, pero lo permite en su respeto a la libertad, sabiendo
reconducirlo con Jesús hacia algo mejor… la muerte para la fe
cristiana es una participación en la muerte de Jesús, desde el
bautismo estamos unidos a Él, en la Misa vivimos toda la potencia
salvadora de la muerte hacia la resurrección.
Las fuerzas atávicas del mal, que volcaban en un inocente sus traumas
y represiones (el chivo expiatorio) que por el demonio se vierte toda
la agresividad en contra del Mesías, quedan truncadas. Pues en la
muerte de Jesús esas fuerzas quedan vencidas, el círculo del odio
queda sustituido por el círculo del amor; una nueva ola que alcanza
–con su Resurrección- todos los lugares del cosmos en todos sus
tiempos. "En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra
si mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es amor en su forma más radical" (Benedicto XVI). Se establece la
redención, la vuelta al paraíso original, a la auténtica comunión con
todos y todo. Y cuando estamos en contacto con Jesús, en la comunión,
también estamos con los que están con Él, de todos los lugares de
todos los tiempos, con los que queremos y ya se han ido de nuestro
mundo y tiempo.
Este es el misterio pascual de Jesús, el paso de la muerte a la Vida,
la luz que se enciende con la nueva aurora. El cuerpo que se entierra
es semilla –grano de trigo que muere y da mucho fruto- para una vida
más plena, de resurrección.
El amor humano nos hace entender ese amor eterno, pues el amor nace
para ser eterno, aunque cambiemos de casa quedamos unidos a los que
amamos. Jesús nos enseña plenamente el diccionario del amor, nos habla
del amor de un Dios que es padre y que nos quiere con locura, y
dándose en la Cruz, hace nuevas todas las cosas, en una renovación
cósmica del amor: las cosas humanas, sujetas al dolor y la muerte,
tienen una potencia salvífica, se convierten en divinas.
En este retablo de las tres cruces, vemos a la Trinidad volcar su amor
en el calvario. Y junto a Jesús, su madre. Allí ella también entrega a
su hijo por amor a nosotros. Allí también está el buen ladrón que
dice: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino", y Jesús le da
la fórmula de canonización: "en verdad te digo que hoy mismo estarás
conmigo en el paraíso"; es un misterio ese juicio divino en el amor.
Juntos se fueron al cielo.
Estos días queremos vivir el misterio, abrir los ojos como las mujeres
al buscar a Jesús en la mañana de pascua, y les dice el ángel, aquel
primer domingo: "¿por qué buscáis entre los muertos aquel que está
vivo? No está aquí, ha resucitado". Queremos ver más allá de lo que se
ve, beber de ese amor verdadero que es eterno, para iluminar nuestros
días con ese día de fiesta, de esperanza cierta.

El evangelista Juan nos relata dos hechos. María Magdalena, la más
madrugadora, va al sepulcro y se encuentra la losa quitada, el
sepulcro vacío. No creyó. Se limitó a contar lo que le pareció más
razonable: "se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
El segundo hecho es la visita temprana de Pedro y Juan, avisados por
las palabras de María Magdalena. Salen corriendo. Naturalmente corre
más y llega antes Juan, pero espera a que Pedro llegue y entre. Pedro
ve el sepulcro vacío, pero también las vendas por el suelo y el
sudario, cuidadosamente plegado y puesto aparte. Juan vio lo mismo.
Vio y creyó. Vio la tumba vacía y las vendas y el sudario aparte, y
creyó que Jesús había resucitado. Y creyeron en las Escrituras y en
las palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección.

-El evangelio. El evangelio es la Buena Noticia de la resurrección de
Jesús. Más que un hecho, es un acontecimiento que cambia la vida y el
mundo. Pues si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos.
Por eso es una buena noticia, la mejor para los seres mortales. En el
evangelio se anuncia lo imposible, sí, pero también lo irrenunciable,
la resurrección, la vida después de la vida, el triunfo y
desmitificación contra la muerte. Morir ya no es morir, es sólo un
paso, el tránsito hacia la vida perdurable y feliz. Así lo entendieron
los apóstoles. No entendieron sólo que la causa de Jesús perduraba, ni
que Jesús pasaba a la historia de los inmortales. Entendieron que
Jesús estaba vivo. Y comprendieron que su promesa de vida eterna era
una promesa que se cumpliría a pesar de todo.

-La evangelización. Y así lo proclamaron a los cuatro vientos,
haciendo hincapié en su experiencia: nosotros somos testigos, lo hemos
visto todo. Hemos vivido con él, hemos asistido atónitos a su muerte
y, cuando todo parecía acabado en la frialdad de la tumba, la tumba
está vacía y el muerto ha resucitado. Y nosotros con él. Evangelizar
es siempre eso, anunciar la Buena Noticia, proclamar la resurrección
del Señor, anunciar a todos que la muerte ha sido vencida, que la
muerte no es el final, que la vida sigue más allá de la muerte. Jesús
ha derribado de una vez por todas el muro de la desesperación humana.
Ya hay camino hacia una nueva humanidad, porque lo imposible ya es
posible por la gracia y con la gracia de Dios. ¿Lo creemos?

-La fe que vence al mundo. Creer en la resurrección de Jesús no es
sólo tener por cierta su resurrección, sino resucitar, como nos dice
san Pablo. Creer es realizar en la vida la misma experiencia de la
vida de Jesús. Es ponernos en su camino y en el camino de nuestra
exaltación, resueltamente y sin echar marcha atrás. Jesús entendió su
exaltación como subida a la cruz, como servicio y entrega por todos,
dando su vida hasta la muerte. El que ama y va entregando su vida con
amor, va ganando la vida y verifica ante el mundo la fuerza de la
resurrección, porque en "ésto hemos conocido que hemos pasado de la
muerte a la vida, en que amamos a los hermanos", en que estamos
dispuestos a dar la vida y no a quitarla. Sólo esta fe viva, esta
experiencia de la nueva vida inaugurada por el Resucitado, puede
discutir a la muerte y a la violencia su dominio. Sin esa experiencia,
nada de lo que digamos sobre la resurrección podrá convencer a los
otros. Tenemos que ser testigos de la resurrección, resucitando y
ayudando a alumbrar la nueva vida.

-El testimonio. Creer es ser testigos de la resurrección. Creer es
resucitar, vencer ya en esta vida por la esperanza la desesperación de
la muerte. La fe en la resurrección de Jesús es la única fuerza capaz
de disputar a la muerte, y a los ejecutores de la muerte, sus
dominios. La muerte es el gran enemigo, el mayor enemigo del hombre.
El poder de la muerte se evidencia en el hambre, en las enfermedades y
catástrofes, en la violencia y el terrorismo, en la explotación, en la
marginación, en las injusticias, en todo cuanto mortifica a los
hombres y a los pueblos. Creer en la resurrección es sublevarse ya
contra ese dominio de muerte. Es trabajar por la vida, por la
convivencia en paz. Es trabajar y apoyar a los pobres y marginados, a
los desprotegidos, a los oprimidos. Y debe ser también plantar cara a
los partidarios de la muerte, a los asesinos, a los violentos, a los
explotadores, a los racistas y extremistas. Porque sólo trabajando
para la vida puede resultar creíble la fe en una vida eterna y feliz
("Eucaristía 1995").

En el evangelio, María Magdalena, la primera que ha visto la losa
quitada del sepulcro, corre a informar del hecho a los dos discípulos
más importantes, Pedro, el ministerio eclesial, y Juan, el amor
eclesial. Se dice que los dos discípulos corrían «juntos» camino del
sepulcro, pero no llegaron a la vez: el amor es más rápido, tiene
menos preocupaciones y está por así decirlo más liberado que el
ministerio, que debe ocuparse de múltiples cosas. Pero el amor deja
que sea el ministerio el que dictamine sobre la situación: es Pedro el
primero que entra, ve el sudario enrollado y comprende que no puede
tratarse de un robo.
Esto basta para dejar entrar también al amor, que «ve y cree» no en la
resurrección propiamente dicha, sino en la verdad de todo lo que ha
sucedido con Jesús. Hasta aquí llegan los dos representantes
simbólicos de la Iglesia: lo que sucedió era verdad y la fe está
justificada a pesar de toda la oscuridad de la situación. En los
primeros momentos esta fe se convertirá en verdadera fe en la
resurrección sólo en María Magdalena, que no «se vuelve a casa», sino
que se queda junto al sepulcro donde había estado el cuerpo de Jesús y
se asoma con la esperanza de encontrarlo. El sitio vacío se torna
ahora luminoso, delimitado por dos ángeles, uno a la cabecera y otro a
los pies. Pero el vacío luminoso no es suficiente para el amor de la
Iglesia (aquí la mujer antes pecadora y ya reconciliada, María
Magdalena, ocupa sin duda el lugar de la mujer por excelencia, María,
la Madre): debe tener a su único amado. Ella le reconoce en la llamada
de Jesús: ¡María! Con esto todo se colma, el cadáver buscado es ahora
el eterno Viviente. Pero no hay que tocarle, pues está de camino hacia
el Padre: la tierra no debe retenerle, sino decir sí; como en el
momento de su encarnación, también ahora, cuando vuelve al Padre, hay
que decir sí. Este sí se convierte en la dicha de la misión a los
hermanos: dar es más bienaventurado que conservar para sí. La Iglesia
es en lo más profundo de sí misma mujer, y como mujer abraza tanto al
ministerio eclesial como al amor eclesial, que son inseparables: «La
hembra abrazará al varón» (Jr 31,22).
El ministerio predica. Pedro predica, en la primera lectura, sobre
toda la actividad de Jesús; el apóstol puede predicar de esta manera
tan solemne, meditada y triunfante sólo a partir del acontecimiento de
la resurrección. Esta arroja la luz decisiva sobre todo lo precedente:
por el bautismo Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo, se ha convertido en el bienhechor y salvador de todos; la
pasión aparece casi como un interludio para lo más importante: el
testimonio de la resurrección; pues testimonio debe ser, ya que la
aparición del Glorificado no debía ser un espectáculo para «todo el
pueblo» sino un encargo, confiado a los testigos «que él había
designado» de antemano, de «predicar al pueblo» el acontecimiento, que
tiene un doble resultado: para los que creen en él, el Señor es «el
perdón de los pecados»; y para todos será el «juez de vivos y muertos»
nombrado por Dios. La predicación del Papa es la sustancia de la Buena
Nueva y la síntesis de la doctrina magisterial.
El apóstol explica. En la segunda lectura Pablo saca la conclusión
para la vida cristiana. La muerte y resurrección de Cristo,
acontecimientos ambos que han tenido lugar por nosotros, nos han
introducido realmente en su vida: «Habéis muerto», «habéis resucitado
con Cristo». Como todo tiene en él su consistencia (Col 1,17), todo se
mueve y vive con él. Pero al igual que el ser de Cristo estaba
determinado por su obediencia al Padre, así también nuestro ser es
inseparable de nuestro deber. Nuestro ser consiste en que nuestra vida
está escondida con Cristo en Dios, ha sido sustraída al mundo y por
tanto ahora no es visible; sólo cuando aparezca Cristo, «vida
nuestra», podrá salir también a la luz, juntamente con él, nuestra
verdad escondida. Pero como nuestro ser es también nuestro deber,
tenemos que aspirar ante todo a las cosas celestes, a las cosas de
arriba; aunque tengamos que realizar tareas terrestres, no podemos
permanecer atados a ellas, sino que hemos de tender a lo que no
solamente después de la muerte sino ya ahora constituye nuestra verdad
más profunda. En el don de Pascua se encuentra también la exigencia de
Pascua, que es asimismo un puro regalo (Hans Urs von Balthasar).

«ESTE ES EL DÍA» Este es el día que hizo el Señor. Un día que empezó
aquella madrugada del sábado al lunes de hace dos mil años y que
perdurará para siempre. De lo que ocurrió ese día arranca «todo» para
el cristiano.
Es verdad que, como dijo Pedro, «la cosa empezó en Galilea»,
concretamente en Nazaret, cuando el ángel se llegó a María y le dijo:
«Dios te salve, llena de gracia...». Pero, cuando las cosas empezaron
a «tener sentido de verdad» fue aquella mañana de resurrección. Es
decir, hoy.
Porque daos cuenta. La muerte de Jesús cortó por lo sano todas las
ilusiones de los apóstoles y de sus seguidores. ¿Quiénes eran los
apóstoles? Gentes que «lo habían dejado todo y le seguían». ¿Por qué?
Porque «una rara virtud salía de El y curaba a todos». Porque «tenía
palabras de vida eterna». O porque, como los de Emaús, «esperaban que
fuera el futuro libertador de Israel». Lo cierto es que «a aquel
profeta poderoso en obras y palabras, los sumos sacerdotes y los jefes
lo condenaron a muerte y lo crucificaron». Y entonces, a todos sus
seguidores, se les hundió el mundo. Y sobre sus vidas y sobre su
corazón, cayó una losa, tan grande y fría como la que cayó sobre el
sepulcro de Jesús. «Causa finita». Fin.
Pero no. Más bien: Principio, Aurora definitiva. Día «octavo» de la
Creación. «La primavera ha venido. Y todos sabemos cómo ha sido». Leed
despacio el evangelio de hoy, y el de ayer-noche, y el de todo este
tiempo. Y veréis cómo van «resucitando» todos: la Magdalena, los de
Emaús, y los apóstoles desconcertados. Escuchad su grito estremecido
que se les sube por los entresijos del alma: «Era verdad, ha
resucitado y se ha aparecido a Simón».
Es decir, tras el aparente fracaso de Cristo crucificado, que da al
traste con todas sus ilusiones, la resurrección trajo un cambio
radical en su mente y en su vida. Dio «sentido» a todo lo que los
discípulos antes no habían entendido: al valor de la humillación, del
dolor, de la pobreza; comprendieron aquella obsesión de Jesús por el
Padre, la fuerza del «mandamiento nuevo», distinto, imprescindible.
Todo lo entendieron.
Y así, la resurrección se convirtió para ellos en la piedra
fundamental de su fe, en el convencimiento de la divinidad de Jesús, y
en el núcleo de toda su predicación. Eso. Ya no pensaron en otra cosa.
Esa fue su chaladura: declarar oportuna e inoportunamente que «ellos
eran testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús». Y que
«creer eso, era entrar en la salvación». Ese fue su pregón. Y ésa debe
ser la única predicación de la Iglesia.
Lo que ocurre es que, a partir de ahí, los hombre se dividen en dos:
los que no creen y piensan que todo acaba con la muerte. Y prefieren
no pensar en ella, aunque la ven cabalgando por todos lados, de un
modo inevitable. Y se agarran a la «filosofía de la dicha», ya que el
tiempo corre que vuela. Y proclamen como Camús: «No hay que
avergonzarse de ser dichosos». Y, segundo los que creemos, a pesar del
tormento de la duda y la humillante caducidad de las cosas. Los que
hemos aceptado el kerigma de Cristo resucitado. Porque algo nos dice
en nuestro interior que no pueden quedar fallidas nuestras ansias de
inmortalidad. Y, sobre todo, porque como dirá Pablo: «Si Cristo no
hubiera resucitado, seríamos los seres más desdichados». Por eso,
dejadme que os repita: «La primavera ha venido. Y todos sabemos cómo
ha sido» (Elvira).
LA PRIMAVERA HA VENIDO. No hace falta ser profeta, ni experto en
sociologías y sicologías, para reconocer que la vida del hombre es un
tejer y un destejer, una línea ascendente de ilusiones y proyectos, y
otra descendente, en la que todos terminamos cantando aquello de «las
ilusiones perdidas, hojas son, ¡ay! desprendidas, del árbol del
corazón».
Cada uno hemos escalado una vereda de primaveras diciendo que «la vida
es bella». Y cada uno también, de pronto, nos hemos encontrado en una
niebla de tristezas, quebrantos y soledades. Añadid el despojo que
hacen los años... Y entenderéis al poeta: «Todo el mundo es otoño,
corazones desiertos..., palomares vacíos de las blancas palomas que
anidaron ayer». Sí, con los años, después de combatir en mil batallas,
hacemos el recuento de las «bajas» y nos llenamos de melancolía;
acaso, de desolación.
EL SEPULCRO VACÍO.-He aquí una primera realidad reconfortante. ¡Qué
malo hubiera sido que María Magdalena hubiera descorrido la piedra y
hubiera embalsamado a Jesús! A estas horas sus seguidores, si
quedábamos, estaríamos diciendo: «Ni contigo, ni sin ti, tienen mis
males remedio». Pero, no. Encontró el sepulcro «vacío». Y tuvo que
comprender que sus ungüentos eran regalos inútiles, alivios ridículos
para un cuerpo inmortal. «¡No estaba allí! ¡Había resucitado!» Allá
sólo estaban las reliquias de la muerte: «unas vendas, un sudario».
Constataciones de un dolor superado y redentor. Agua pasada. Banderas
de la muerte, humilladas por el huracán de la Vida.
Por eso, comprendió -y nosotros con ella- muchas cosas. Por ejemplo:
1.° Las sagradas escrituras.-«Era verdad», dijeron los de Emaús. Y
«era verdad» es lo que nos vemos obligados a decir todos los que
creemos. -Y nos referimos a todo lo que anunciaron los profetas, a
todo lo que predijo Jesús. Desde entonces, el creyente sabe que la
muerte y resurrección de Jesús son el broche final de toda la obra
salvadora de Dios. La Creación, el pecado, las vicisitudes del pueblo
de Israel, la Encarnación, la Cruz..., encuentran su culmen en la
«Resurrección». ¡Aleluia!
2.° Comprendemos también «nuestra incorporación a Cristo». San Pablo
lo pregona en la segunda lectura de hoy: «Si hemos muerto con Cristo,
también viviremos con El, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado,
ya no muere más...». Lo dice de mil maneras: «Si nuestra existencia
está unida a El en una muerte como la suya, lo estará también en una
resurrección como la suya». ¡Aleluia, Aleluia!
3.° No ha lugar al pesimismo.-Efectivamente, vistas desde esta
panorámica, todas las tristezas y quebrantos que el hombre va
acumulando, todas las enfermedades y soledades, todas las
incomprensiones y frustraciones, empiezan a «tener sentido». Si al
final de la vida el hombre tiene la sensación de que todo se le vuelve
«otoño», con la resurrección de Jesús, tiene la certeza de que todo es
primavera. Eterna primavera. Los árboles del «cielo nuevo y la tierra
nueva» que ya no acabarán. Antesala del «séptimo día». O mejor,
amanecer del Día Primero. Día sin ocaso. Ocasión propicia para
escuchar a Pablo: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los
bienes de arriba». Y volver a cantar: «¡Aleluia, aleluia, aleluia!»
(Elvira).
EL «PASO» Y LOS «PASOS». Durante esta semana que acaba de terminar,
las calles más típicas de nuestras viejas ciudades, a pesar del clima
de secularización reinante, han visto desfilar escenas bellísimas y
entrañables, memoriales de nuestra fe, escultura dolorida y
procesional de la Pasión del Señor, catequesis vivas -de hoy, de ayer
y de mañana-, para quienes se quieran dejar interpelar. Joyas del arte
y de las creencias de nuestro pueblo. Celebración popular de estos
extremos de amor, por los que quiso «pasar» el Hijo de Dios. Son «los
pasos» de la Pasión. Todos ellos -la entrada en Jerusalén, la cena, el
prendimiento, la flagelación, la crucifixión, el descendimiento, los
cristos yacentes- son «pasos hacia la muerte».
Pero he aquí que, en esta noche recién terminada, ha cambiado la
decoración. Han desaparecido los «pasos de la muerte» y sólo
contemplamos el «Paso hacia la Vida»: la PASCUA. El gran PASO con
mayúscula y definitivo. La Vigilia que ayer noche celebrábamos nos ha
introducido en ese Paso ya para siempre. Y ésa es nuestra Vida.
Repasad la liturgia de esta madrugada. Y veréis que todos los símbolos
que en ella vemos expuestos, todas las lecturas que hemos proclamado,
todas las aclamaciones que hemos cantado, dicen lo mismo: «El Señor no
es un Dios de muertos, sino de vivos». Eso eran las lecturas del A.T.
Hablan del Dios que es «creador», del Dios que «libera a Israel», del
Dios que, con el diluvio, «hace brotar una naturaleza nueva». Es
decir, un Dios que desborda vida. Y la bendición del fuego, el desfile
del cirio pascual por entre las tinieblas del templo, el canto del
pregón pascual, el gloria a toque de campanillas, lo mismo. Son
proclamaciones de que el Hijo de Dios ha vencido a la muerte, tal y
como lo anunció: «Yo soy la resurrección y la vida».
Pero… aunque todos, hoy, parecemos proclamar el derecho a la vida y
hemos avanzado asombrosamente en logros médicos increíbles, sin
embargo, paradójicamente, vamos inventando más descarados sofismas
para aparcar de la vida a muchos seres, generalmente indefensos,
absolutamente menesterosos, juzgando de esta manera que esas vidas no
eran necesarias.
Pero… aunque hemos conseguido cotas indiscutibles en cuanto a nivel de
vida y a calidad de existencia, es posible, casi seguro, que esa
«calidad» la hemos centrado únicamente en la vertiente material del
hombre, en sus posibilidades de confort y de consumismo; y no en su
dimensión espiritual.
Y frente a todas las ofertas de «vida efímera» que nos brindan por
ahí, la Fuente de «vida verdadera» sigue siendo Dios. El, «a través
del sufrimiento liberador del crucificado» y de la «resurrección con
Cristo», nos regala la oportunidad de «vivir una Vida Nueva». Por eso
decimos que «nuestra Pascua es Cristo». Porque, frente a todos los
«pasos de la muerte» nos ha traído el «PASO HACIA LA VIDA» (Elvira).
Pero en el primer momento la protagonista es la Magdalena. Cargada iba
de perfumes y llorando camino del sepulcro del Jesús que le había
cambiado la vida y se la había llenado de alegría. ¡Pero qué impresión
tan fuerte cuando vio el sepulcro abierto y las vendas depositadas y
plegadas sobre el sepulcro! (Juan 20,1). Corriendo ha ido a anunciar
lo que ha visto a los Apóstoles. Pedro y Juan escuchan y reciben el
mensaje de María Magdalena y van corriendo al sepulcro. "Entonces
entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al
sepulcro; vio y creyó". Sólo en esta ocasión dice el Evangelio que
alguien cree en la Resurrección al ver el sepulcro vacío. El
evangelista tiene en cuenta que la mayoría de lectores a quienes no se
les ha aparecido Cristo Resucitado, han de creer sin haberle visto.
Juan quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto el
sepulcro vacio, y antes de sus apariciones personales, no es necesario
verle resucitado, para creer en la resurrección.
Los Apóstoles que hoy vemos radiantes de fe, han pasado de la actitud
de zozobra de los momentos de la Pasión, que comenzó en aquella
oración del Señor en el huerto, a descubrir la presencia del
resucitado y convertirse con las mujeres en testigos cualificados de
la buenanoticia. Pedro y el "otro discípulo" representan al fiel
Israel ante Jesús como una fuente de agua viva, como una semilla de
vida (Jn 12, 24).
Para él fue un hecho inesperado, insólito, nuevo: "No había aún
entendido la Escritura que dice que El había de resucitar de entre los
muertos". Los Apóstoles se fueron. Y María se quedó junto al sepulcro,
llorando... "Se volvió hacia atrás y vió a Jesús allí de pie, pero no
sabía que era Jesús. Jesús le dijo: "Mujer, por qué lloras? ¿A quién
buscas?". -"María". -"Maestro" (Jn 20,11). Cristo se aparece a una
mujer, porque como fue una mujer la causa del pecado de Adán, ha de
ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por
tanto, la liberación del pecado.
"Jesús le dijo: 'Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis
hermanos y diles que subo al Padre mío y vuestro'" (Jn 20,17). María
deja alejarse a su Amado. San Juan de la Cruz cantará con voz sublime
el alejamiento del Amado: "¿Adónde te escondiste, Amado, - y me
dejaste con gemido? -Como el ciervo huiste - habiéndome herido, - salí
tras tí clamando - y eras ido".
Otra vez María en busca de los discípulos. El amor es activo, no puede
estar quieto. "Qui non zelat non amat", dice San Agustín. El encuentro
con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarle. La
experiencia de la belleza y del amor impone psicológicamente la
comunicación de lo que se experimenta, de lo que se goza. Por eso sólo
puede anunciar a Cristo con fruto, quien ha experimentado su amor. Los
apóstoles son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el
que bien conocían, vivo entre ellos después de la resurrección. Vieron
que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos, conversando
con ellos, comiendo con ellos. No anunciaron una idea de la
resurrección, sino al mismo Jesús resucitado, con una nueva vida, que
no era retorno a la mortal, como Lázaro, sino inmortal, la vida de
Dios. Ha vencido a la muerte y ya no morirá más.
Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la
resurrección habría sido inútil. María Magdalena hizo, como Juan y
Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar. Es el mejor
remedio para curar la depresión. San Ignacio aconseja "el intenso
moverse" contra la desolación (EE 319). De esta manera, la sabia
colaboración de todos, ha conseguido la manifestación de Cristo
Resucitado.
Proclamemos que "este es el día grande en que actuó el Señor: sea el
día de nuestra alegría y de nuestro gozo" (Salmo 117). Exultemos de
gozo con toda la Iglesia, porque éste es el gran día de la actuación
de las maravillas de Dios. "¿De qué nos serviría haber nacido, si no
hubiéramos sido rescatados?" (Pregón Pascual).
Y así como Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya
ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La resurrección
se va haciendo momento a momento. Es como el crecimiento de un árbol,
que no crece de golpe, sino imperceptiblemente. Tendremos tanta
resurrección cuanta muerte. Con el auxilio de la gracia siempre
actuante en nosotros. "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu
Resurrección, Señor Jesús" (J. Martí-Ballester).
En el templo de la Sagrada Familia de Barcelona, la figura de Cristo
atado a la Columna, tiene la columna rota. Como en la película Las
crónicas de Narnia se rompe la piedra del sacrificio al morir el león
bueno, por amor, y luego resucitar. Cristo rompe el mundo viejo del
pecado y crea el mundo nuevo de la gracia. Crea al hombre nuevo.
"Celebremos la Pascua, no con levadura vieja (de corrupción y de
maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad (1
Corintios 5,6).
"La cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret" (Hechos
10,34). Jesús ha vivido en Nazaret la mayor parte de su vida. En
Nazaret ha crecido, se ha desarrollado. Ha pasado de niño a
adolescente, de joven a adulto. De Nazaret guarda recuerdos
imborrables. De su dulce vida familiar de trabajo, silencio, oración
en familia y personal solitaria. De sus horas de oración, donde ha ido
descubriendo la ternura del Abbá, el cariño dulce y absorbente que ha
ido llenando su corazón día a día, donde ha ido creciendo en edad y en
sabiduría y gracia. Allí ha ido descubriendo la voluntad del Padre y
ha resuelto seguirla hasta la muerte, con la fuerza del Espíritu
Santo.
Cristo hombre muere y vuelve a la tierra, como Adán. Antes de morir
había entregado su espíritu al Padre. Su espíritu, su alma, la que le
informaba hombre vivo. Porque el Verbo, no se había separado de él. El
Padre le devuelve el espíritu y su cuerpo, al recibir de nuevo el
alma, resucita y vive como hombre vivo, siguiendo unido a la persona
divina. No dejará nunca de ser hombre, como nunca dejará de ser Dios.
Pero, aunque Cristo ha hecho brotar el manantial, hemos de acercarnos
a la fuente para sacar agua: "Sacaréis aguas con gozo de las fuentes
de la salvación" (Is 12,3). Jesús no nos chapuza en el agua a la
fuerza.
Como al hombre que llevaba treinta y ocho años paralítico le pide
permiso para curarlo: "¿Quieres curarte?" (Jn 5,6), respeta nuestra
voluntad libre. ¿Quieres curarte de tus viejos pecados, de tus
defectos viejos? ¿De tu levadura vieja? Acude a la fuente. El
sacramento de la penitencia actualizará en tí la Resurrección.
Dice Juan que los Apóstoles no habían comprendido qué era la
resurrección (20,9). Es difícil de comprender, porque es un misterio,
que sólo se comprende por la fe.
Estamos celebrando la Eucaristía, el sacramento de la fe. En él Cristo
muere y resucita hoy, y cada día. Por nosotros, para quitar de
nosotros la levadura vieja.
"Nuestra víctima pascual: Cristo, ha sido inmolada" (1 Corintios 5,7).
Celebremos la Pascua resucitando con él y colaborando con su Espíritu
para permanecer resucitados siempre, inmolándonos con Cristo, para ser
también víctimas con él, "extirpando lo que hay de terreno en
nosotros: lujuria, inmoralidad, pasión, deseos rastreros y codicia"
(Col 3,5); "pues hemos muerto con él, y nuestra vida está escondida
con Cristo en Dios" (Colosenses 3,1), para gloria de Dios Padre, que
por la fuerza del Espíritu Santo, ha resucitado y exaltado a su Hijo,
constituyéndolo Señor. Y "cuando se manifieste él glorioso, que es
nuestra vida, os manifestaréis también vosotros gloriosos".
Glorifiquemos al Señor porque "este es el día en que actuó, y es la
causa de nuestra alegría y gozo. Porque su diestra es poderosa y
excelsa. Y porque resucitando a Jesús, nos promete que también nos
resucitará a nosotros y nos hará partícipes de su vida gloriosa. No he
de morir, no nos ha creado el Señor para la muerte, sino para la vida.
Viviremos para cantar las hazañas del Señor" (Salmo 117). A El
triunfante y glorioso la gloria por los siglos. Amen (J.
Martí-Ballester).
"Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
está Cristo, sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de
arriba, no en las de la tierra. Estáis muertos y vuestra vida está
escondida con Cristo. Cuando Él se manifiesta en vuestra vida,
entonces os manifestaréis gloriosos con Él" (Col. 3, 1-4). Procuraré
transmitir a los demás la alegría de mi fe tratando de hacerlos
felices. "Entonces de todas la tumbas esparcidas por los continentes
de nuestro planeta, hay una en la que el Hijo de Dios, el hombre
Jesucristo, ha vencido a la muerte. El árbol de la vida del que el
hombre fue alejado por su pecado, se ha revelado nuevamente a los
hombres en el cuerpo de Cristo. Aunque se multipliquen siempre las
tumbas en nuestro planeta, aunque crezca el cementerio en el que el
hombre surgido del polvo retorna al polvo, todos los hombres que
contemplan el sepulcro de Jesucristo viven en la esperanza de la
resurrección" (Karol Wojtyla, Signo de Contradicción).
Cristo, al caer la tarde del día de Pascua, exhaló su aliento sobre
los apóstoles y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. El Espíritu que
desde el inicio -desde siempre- reposa sobre Jesús y lo conducía, el
Espíritu de Dios, ahora Jesús lo da a los suyos. Se lo da realmente
-recibid-. El que es Sacramento del Padre, convierte la Iglesia en
sacramento suyo y le da el poder divino de la reconciliación-perdón de
Dios. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a
quienes se los retengáis, les queden retenidos. Porque es
resurrección, Pascua es perdón, vida, posesión del Espíritu, fuente de
la vida sacramental de la iglesia y de cada uno de los cristianos. Por
eso es paz -presencia saciadora de Dios- y es alegría en el ESpíritu,
por Cristo Señor nuestro. El gran regalo de Pascua que nos libra del
miedo. "No temas: Yo soy el primer y el último, yo soy el que vive.
Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo
las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que veas: lo
que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde".
Fortalecidos y seguros por la vida sacramental avanzamos hacia el
futuro con Jesús, nuestro verdadero Pontífice. Con él la iglesia es el
puente que une el presente y el futuro, lo natural y lo sobrenatural.

-COMPROMETIDOS POR LA FE. Sólo desde la fe los signos sacramentales
tienen sentido, son realmente significativos. Y la fe -don de Dios-
debe ser aceptada y confesada. Y recibimos y profesamos la fe en el
interior de la comunidad. Pero es preciso que, tanto esta recepción
como la confesión, sean personalizadas. La fe nos compromete, comporta
una nueva manera de vivir. Cada uno debe decir el "Señor mío y Dios
mío" de Tomás, en comunión con los demás, ciertamente, pero dejándose
comprometer personalmente en ello. En los sacramentos y en la
eucaristía sobre todo -en la misa que estamos celebrando- tenemos que
saber "ver" a Jesús resucitado a través de los signos e iluminados y
guiados por la palabra apostólica, que es luz para que los que no
hemos visto ni tocado al Cristo histórico podamos adherirnos a su
persona y seguir con él su camino de amor al Padre y de servicio y
entrega a los hermanos.
Cada domingo somos invitados a hacer la experiencia de la fe que la
celebración del misterio pascual reanima y aumenta los dones de la
gracia haciéndonos conocer mejor qué bautismo nos ha purificado, qué
Espíritu nos ha regenerado y qué sangre nos ha redimido para que los
frutos del sacramento pascual perduren siempre en nosotros y nos hagan
testimonios de la salvación en medio de nuestro pueblo (J. M.
Aragonés).

¿Qué hacer con los obstáculos? La piedra en la puerta del sepulcro no
supuso un freno para las mujeres. Se ponen en camino, sin saber cómo
removerán la losa... Ellas nos pueden... Pero, al llegar, se la
encuentran quitada. Eso sucede siempre que ponemos lo que está de
nuestra parte.
Optimismo, que nos hace santamente audaces en la vida interior y en el
apostolado: a no medir las cosas con criterios humanos: "no puedo, no
sé, es que no me entenderán"... Contar con la gracia de Dios, fuerza
sobrenatural que nos asegura la victoria en nosotros y en los demás -a
través nuestro- si nos comportamos como verdaderos instrumentos.
La alegr'a por la Resurrecci-n de Cristo se ha de contagiar a otras
almas. No podemos ocultar la victoria que supone respecto a los
poderes del mundo. El Viernes Santo, es el aparente éxito de los
poderes de la tierra. El Domingo de Resurrección es el triunfo de
Dios.
Y entonces el corazón del cristiano desborda de gozo al comprender un
poco más el Amor de Dios que nos ha amado hasta el extremo de morir en
la Cruz, acompañado de tantos padecimientos, sin ningún consuelo
humano... Y, al poco tiempo, aparece Jesucristo glorioso.

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