martes, 6 de abril de 2010

JUEVES SANTO : por la mañana, en la Basílica de San Pedro el Papa, como todos los obispos, celebra su Misa con su presbiterio.

El pastor, el Obispo, se reúne con sus sacerdotes y una representación
del pueblo para la consagración de los santos óleos, con los que se
realizará durante el año la celebración de los sacramentos del
Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los Enfermos,
para que el Espíritu Santo acuda en diversas circunstancias de la
vida. Y los significados del aceite, fortaleza, agilidad, medicina,
buen olor: se relacionan con el Espíritu de Dios: «Santifícalos en la
verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los
envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que
también se consagren ellos en la verdad» (Juan 17,17ss). Cuando Jesús
dice «Yo me consagro», se dedica a Dios, y como ya es el Ungido, se
hace a la vez sacerdote y víctima, «Yo me consagro» es «Yo me
sacrifico»: se entrega al Padre por nosotros. Podemos comprender la
súplica que el Señor ha presentado al Padre por los discípulos, por
nosotros. «Conságralos en la verdad»: que entren en su sacerdocio, la
institución de su sacerdocio nuevo para la comunidad de los fieles de
todos los tiempos. «Conságralos en la verdad»: ésta es la verdadera
oración de consagración para los apóstoles. El Señor pide que Dios
mismo los atraiga hacia sí, al seno de su santidad. Pide que los
sustraiga de sí mismos y los tome como propiedad suya, para que, desde
Él, puedan desarrollar el servicio sacerdotal para el mundo. Esta
oración de Jesús aparece dos veces en forma ligeramente modificada. En
ambos casos debemos escuchar con mucha atención para empezar a
entender, al menos vagamente, la sublime realidad que se está operando
aquí. «Conságralos en la verdad». Y Jesús añade: «Tu palabra es
verdad». Por tanto, los discípulos son sumidos en lo íntimo de Dios
mediante su inmersión en la palabra de Dios. La palabra de Dios es,
por decirlo así, el baño que los purifica, el poder creador que los
transforma en el ser de Dios. Y entonces, ¿cómo están las cosas en
nuestra vida? ¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios?
¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda
ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente?
¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto
de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro
pensamiento? ¿O no es más bien nuestro pensamiento el que se amolda
una y otra vez a todo lo que se dice y se hace? ¿Acaso no son con
frecuencia las opiniones predominantes los criterios que marcan
nuestros pasos? ¿Acaso no nos quedamos, a fin de cuentas, en la
superficialidad de todo lo que frecuentemente se impone al hombre de
hoy? ¿Nos dejamos realmente purificar en nuestro interior por la
palabra de Dios? La humildad es estar en la verdad de nuestro ser, y
esa obediencia que se somete a la verdad, a la voluntad de Dios.
«Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad»: esta palabra de la
incorporación en el sacerdocio ilumina nuestra vida y nos llama a ser
siempre nuevamente discípulos de esa verdad que se desvela en la
palabra de Dios
Contaba Benedicto XVI: "Cristo dice de sí mismo: «Yo soy la verdad»
Conságralos en la verdad, quiere decir, pues, en lo más hondo: hazlos
una sola cosa conmigo, Cristo. Ponlos dentro de mí. Unión con Cristo,
único sacerdote, participar de él. Nos abandonamos en él. San Pablo
decía a este respecto: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive
en mí» (Gálatas 2,20). En el «sí» de la Ordenación sacerdotal hemos
hecho esta renuncia fundamental al deseo de ser autónomos, a la
«autorrealización». Pero hace falta cumplir día tras día este gran
«sí» en los muchos pequeños «sí» y en las pequeñas renuncias. Este
«sí» de los pequeños pasos, que en su conjunto constituyen el gran
«sí», sólo se podrá realizar sin amargura y autocompasión si Cristo es
verdaderamente el centro de nuestra vida. Si entramos en una verdadera
familiaridad con Él. En efecto, entonces experimentamos en medio de
las renuncias, que en un primer momento pueden causar dolor, la
alegría creciente de la amistad con Él; todos los pequeños, y a veces
también grandes signos de su amor, que continuamente nos da. «Quien se
pierde a sí mismo, se guarda». Si nos arriesgamos a perdernos a
nosotros mismos por el Señor, experimentamos lo verdadera que es su
palabra.
Estar inmersos en la Verdad, en Cristo, es un proceso que forma parte
de la oración en la que nos ejercitamos en la amistad con Él y también
aprendemos a conocerlo: en su modo de ser, pensar, actuar. Orar es un
caminar en comunión personal con Cristo, exponiendo ante Él nuestra
vida cotidiana, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y
alegrías: es un sencillo presentarnos a nosotros mismos delante de Él.
Pero para que eso no se convierta en una autocontemplación, es
importante aprender continuamente a orar rezando con la Iglesia.
Celebrar la Eucaristía quiere decir orar. Celebramos correctamente la
Eucaristía cuando entramos con nuestro pensamiento y nuestro ser en
las palabras que la Iglesia nos propone. En ellas está presente la
oración de todas las generaciones, que nos llevan consigo por el
camino hacia el Señor. Y, como sacerdotes, en la celebración
eucarística somos aquellos que, con su oración, abren paso a la
plegaria de los fieles de hoy. Si estamos unidos interiormente a las
palabras de la oración, si nos dejamos guiar y transformar por ellas,
también los fieles tienen al alcance esas palabras. Y, entonces, todos
nos hacemos realmente «un cuerpo solo y una sola alma» con Cristo.
Estar inmersos en la verdad y, así, en la santidad de Dios, también
significa para nosotros aceptar el carácter exigente de la verdad;
contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la
mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la
fatiga de la verdad, para que su alegría más profunda esté presente en
nosotros. Cuando hablamos del ser consagrados en la verdad, tampoco
hemos de olvidar que, en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa.
Estar inmersos en Él significa afondar en su bondad, en el amor
verdadero. El amor verdadero no cuesta poco, puede ser también muy
exigente. Opone resistencia al mal, para llevar el verdadero bien al
hombre. Si nos hacemos uno con Cristo, aprendemos a reconocerlo
precisamente en los que sufren, en los pobres, en los pequeños de este
mundo; entonces nos convertimos en personas que sirven, que reconocen
a sus hermanos y hermanas, y en ellos encuentran a Él mismo.
«Conságralos en la verdad». Ésta es la primera parte de aquel dicho de
Jesús. Pero luego añade: «Y por ellos me consagro yo, para que también
se consagren ellos en la verdad» (Juan 17,19), es decir,
verdaderamente. Pienso que esta segunda parte tiene un propio
significado específico.
La víspera de mi Ordenación sacerdotal… Mis ojos se detuvieron en este
pasaje: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad». Entonces me
dí cuenta: el Señor está hablando de mí, y está hablándome a mí. Y lo
mismo me ocurrirá mañana. No somos consagrados en último término por
ritos, aunque haya necesidad de ellos. El baño en el que nos sumerge
el Señor es Él mismo, la Verdad en persona. La Ordenación sacerdotal
significa ser injertados en Él, en la Verdad. Pertenezco de un modo
nuevo a Él y, por tanto, a los otros, «para que venga su Reino».
Queridos amigos, en esta hora de la renovación de las promesas
queremos pedir al Señor que nos haga hombres de verdad, hombres de
amor, hombres de Dios. Roguémosle que nos atraiga cada vez más dentro
de sí, para que nos convirtamos verdaderamente en sacerdotes de la
Nueva Alianza. Amén".

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