lunes, 5 de abril de 2010

Día 32º. SÁBADO CUARTO (20 de Marzo): Jesús, el justo que sufre injustamente, y así nos salva

"Yo era como un manso cordero, llevado al matadero, sin saber que
ellos urdían contra mí sus maquinaciones: "¡Destruyamos el árbol
mientras tiene savia, arranquémoslo de la tierra de los vivientes, y
que nadie se acuerde más de su nombre!". Señor de los ejércitos, que
juzgas con justicia, que sondeas las entrañas y los corazones, ¡que yo
vea tu venganza contra ellos, porque a ti he confiado mi causa!" Jesús
que, como un cordero, morirá para quitar el pecado del mundo. Es como
un corderito inocente, pequeña víctima que no merece ser sacrificada.
La liturgia del cordero pascual, que tomaban los israelitas en
recuerdo de la salida de la esclavitud de Egipto, representa a Jesús,
cuyo sacrificio es útil al pueblo entero.Todo hombre que sufre es una
imagen de Cristo sufriente. Todo sufrimiento, sobre todo si es llevado
conscientemente y ofrecido, colabora en la redención y contribuye a
salvar el mundo en unión con Jesús. "Te ofrezco, Señor, en este día,
mis propios sufrimientos... Te ofrezco también todo el peso de todos
los sufrimientos de todos los hombres en el mundo. Ayúdales a
descubrir, en lo posible, que su sufrimiento no está "perdido", sino
que puede adquirir una misteriosa significación. Y que todo «viernes
santo» conduce a la aurora de Pascua" (Noel Quesson). Un sacrificio
agradable a Dios es el de la pureza de corazón. "Por defender su
pureza, San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se
arrojó a un zarzal , San Bernardo se zambulló en un estanque helado...
Tú, ¿Qué has hecho?", escribía san Josemaría. Así huyeron de las
ocasiones, y cortaron las tentaciones los santos. Tú, como ellos,
tienes tentaciones. Madre mía, que como ellos sea fuerte para no
ponerme en ocasión de pecado (no ver la tele solo, por ejemplo) y para
cortar desde el principio las tentaciones. Cuando las tenga, rezará un
bendita sea tu pureza, y, así contigo, seré más fuerte (José Pedro
Manglano).
-"Destruyamos el árbol en su vigor. Arranquémoslo de la tierra de los
vivos, a fin de que se olvide su nombre".
Comenta Benedicto XVI, en su Misa de inauguración de pontificado, que
"era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí
mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen
cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor
podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los
hombres, el Dios vivo, se ha hecho Él mismo cordero, se ha puesto de
la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados.
Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: "Yo soy el
buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas", dice Jesús de sí
mismo (Jn 10,14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste
es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos
que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el
mal y creara un mundo mejor", como quieren hacer los abusones, los
prepotentes. "Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no
obstante, todos necesitamos su paciencia. Dios, que se ha hecho
cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por
los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y
destruido por la impaciencia de los hombres", que además juzgan...
¡Qué error compararse con los demás! Leo Trese cuenta esta historia:
Pedro había sido un hombre muy favorecido por la vida. Había tenido
unos padres cariñosos y una niñez feliz. Su mente era despierta y
siempre sacó buenas notas. Tuvo éxito en la vida y su posición social
era más que desahogada. Se casó con una mujer guapa, excelente ama de
casa y buena madre de familia; además adoraba a Pedro a quien
consideraba el mejor hombre del mundo... En resumen: Que tuvo una
existencia feliz, en una atmósfera tranquila, libre de tensiones y de
frustraciones. Su vida, pues, había sido irreprochable, gozando de una
merecida buena reputación.
La vida de Juan había sido otra cosa. Tuvo una juventud amarga, pues
sus padres se llevaban mal, discutían constantemente y amenazaban con
separarse. Fuese por sus taras emocionales, fuese porque no era
demasiado inteligente, sus notas eran casi siempre malas. Obtuvo a
duras penas un título universitario casi por condescendencia, y luego
un modesto empleo, justo para malvivir. Sin posibilidades para
ahorrar, temía siempre caer enfermo o sufrir un accidente grave. Había
vivido en un barrio modestísimo, ruidoso y poco recomendable, con
casas antiguas y apiñadas. Su mujer era apática y además gruñona. Tal
vez por eso Juan bebía demasiado, perdía los nervios con frecuencia y
decía palabras malsonantes.
Ambos eran católicos y cumplían con sus deberes religiosos. Pedro iba
a Misa y comulgaba a menudo; Juan, sólo los domingos, las fiestas de
guardar y algunas otras fiestas señaladas. Dios se los llevó casi al
mismo tiempo, y los dos comparecieron ante Él para ser juzgados.
Fueron ambos al Cielo, pero el juicio les deparó sorpresas
considerables. La de Pedro consistió en que no obtuvo el puesto que se
esperaba. "Sí, fuiste bueno -le dijo Dios-, pero ¿cómo no ibas a
serlo? Apenas tuviste contrariedades ni problemas. Tus pasiones eran
por naturaleza moderadas y no tuviste en tu vida fuertes tentaciones.
Has sido un hombre virtuoso, sí, pero debías haber sido un hombre
santo.
Juan, por su parte, tuvo una sorpresa todavía mayor, porque pasó por
delante y quedó situado más alto. Sin duda podías haber sido mejor -le
dijo el Señor- pero, al menos, luchaste. No te compadeciste en exceso
de ti mismo y nunca tiraste la toalla. Teniendo en cuenta tus
insuficiencias y tus circunstancias, no lo hiciste mal del todo y
aprovechaste muchas de mis gracias...
Tú, ¿por quién te ves representado? El Señor nos pide que seamos
santos. No te compares con el resto de la gente pues puede sucederles
lo que a Juan. Jesús, que sólo me compare contigo y que te imite en
todo.
Sigue el Papa: "Una de las características fundamentales del pastor
debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama
Cristo, a cuyo servicio está. "Apacienta mis ovejas", dice Cristo a
Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y
amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa
dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios,
de la Palabra de Dios; el alimento de su presencia, que Él nos da en
el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo
decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor.
Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a
vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal
como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante
los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos
lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros".
«Señor, Dios mío, A Ti me acojo, líbrame de mis enemigos y
perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren
sin remedio. Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que
hay en mí...Tú que sondeas las mentes y los corazones, Tú que eres un
Dios justo, apoya al inocente".
Jesús, ahora en cuanto a su origen, provoca discusiones y postura
diversas. Se ignora lo más profundo de su personalidad: su origen
divino. Jesús es presentado hoy como el nuevo Jeremías. También él es
perseguido, condenado a muerte por los que se escandalizan de su
mensaje. Será también «como cordero manso llevado al matadero». Confía
en Dios: si Jeremías pide «Señor, a ti me acojo», Jesús en la cruz
grita: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Pero Jesús
muestra una entereza y un estilo diferente. Jeremías pedía a Dios que
le vengara de sus enemigos. Jesús muere pidiendo a Dios que perdone a
sus verdugos (J. Aldazábal). «Que tu amor y tu misericordia dirijan
nuestros corazones, Señor» (oración). Que Jesús, « como cordero manso,
llevado al matadero» (lectura), nos guíe hacia esa palabra de
esperanza, por su palabra que llena de gozo: «Jamás ha hablado nadie
así» (evangelio).
La confianza y la imagen emocionante del cordero manso, llevado al
matadero que ha inspirado el canto del Siervo de Dios en Isaías
(53,6-7) y le ha hecho símbolo de la Pasión del Cordero de Dios (Mt
26,63; Jn 1,29; Hch 8,32) es cantado por San Juan Crisóstomo: «La
sangre derramada por Cristo reproduce en nosotros la imagen del rey:
no permite que se malogre la nobleza del alma; riega el alma con
profusión, y le inspira el amor a la virtud. Esta sangre hace huir a
los demonios, atrae a los ángeles...; esta sangre ha lavado a todo el
mundo y ha facilitado el camino del cielo». Y San León Magno:
«Efectivamente, la encarnación del Verbo, lo mismo que la muerte y
resurrección de Cristo, ha venido a ser la salvación de todos los
fieles, y la sangre del único justo nos ha dado, a nosotros que la
creemos derramada para la reconciliación del mundo, lo que concedió a
nuestros padres, que igualmente creyeron que sería derramada».
También el cristiano está llamado a encarnar esos sentimientos
redentores de Jesús: "Se necesitan –dice Juan Pablo II- heraldos del
Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del
hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias
y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de
Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes
evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al
Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos mande
nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy."

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