lunes, 5 de abril de 2010

Día 29º. MIÉRCOLES CUARTO (17 de Marzo): Dios, Señor de la historia, en Jesús nos muestra su misericordia, y nos da la Vida

"Así habla el Señor: En el tiempo favorable, yo te respondí, en el día
de la salvación, te socorrí. Yo te formé y te destiné a ser la alianza
del pueblo, para restaurar el país". El amor de Dios es maternal. Nos
dice por el profeta: -"En tiempo favorable, te escucharé, el día de la
salvación, te asistiré". Sabemos que el conjunto de la población
judía, entre los años 587 al 538 antes de Jesucristo, fue deportada a
Babilonia, lejos de su patria. Esa experiencia trágica fue objeto de
numerosas reflexiones. Los profetas vieron en ella el símbolo del
destino de la humanidad: somos, también nosotros, unos cautivos... el
pecado es una especie de esclavitud... esperamos nuestra liberación.
Es momento para detenerme, una vez más, en la experiencia de mis
limitaciones, mis cadenas, mis constricciones, no para estar dándole
vueltas y machacando inútilmente, sino para poder escuchar de veras el
anuncio de mi liberación.
-"Yo te formé, para levantar el país..., para decir a los presos:
«Salid». No tendrán más hambre ni sed, ni les dañará el bochorno ni el
sol". Anuncios del Reino de Dios «en el que no habrá llanto, ni grito,
ni sufrimiento, ni muerte», como pedimos en el padrenuestro: ¡Señor!
venga a nosotros tu Reino. Con la resurrección de Jesús, se repitió
esas mismas promesas: "llega la hora en que muchos se levantarán de
sus tumbas...".
-"¡Aclamad cielos y exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de
alegría. Pues el Señor consuela a su pueblo, y de sus pobres se
compadece". ¿Cómo puedo yo estar en ese plan? En medio de todas mis
pruebas, ¿cómo vivir en ese clima? Y en el contexto del mundo, tan
frecuentemente trágico, ¿cómo permanecer alegre, sin dejarse envenenar
por el ambiente de derrota y de morosidad? Comprometerme, en lo que
está de mi parte, a que crezca la alegría del mundo. Dar «una» alegría
a alguien... a muchos.
-"Sión decía: «El Señor me ha olvidado». ¿Acaso olvida una mujer a su
niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque una
llegase a olvidarlo, Yo, no te olvidaré. Palabra del Señor
todopoderoso". Hay que detenerse indefinidamente ante esas frases
ardientes, que Jesús nos recordará, para darnos pistas de cómo entrar
en el corazón de Dios, que nos ama con amor maternal. Dios no nos
olvida nunca: gracias, Señor, porque Tú no me olvidas jamás (Noel
Quesson).
Dios se ve también como pastor que guía su pueblo. Es la historia de
salvación, porque Yahvé ha estado siempre presente. En la historia de
Israel, como en la nuestra, podemos ver cosas que nos gustaría haber
hecho mejor: pues tenemos una cosa que se llama "tiempo" y con la
experiencia de ayer hacerlas bien a partir de ahora. Es lo que dice
San Agustín: «La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento,
somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado,
disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las
pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad».
El salmo sigue con en este mensaje, central de hoy: «el Señor es
clemente y misericordioso... el Señor es bueno con todos, es fiel a
sus palabras, el Señor sostiene a los que van a caer». Con tal que
sepamos acoger ese amor, como nos dirá Jesús: "el que escucha mi
palabra tiene la vida eterna, no es juzgado, ha pasado de la muerte a
la vida". La muerte ha sido vencida con su muerte, que conecta con lo
que hemos leído: "los muertos oirán su voz...", los muertos
espiritualmente son vivificados por la palabra de Jesús y dice la
oración de hoy: «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el
premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les
perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde
confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón». Esta idea sigue en
la Comunión («Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él»: Jn 3,17) y en la
Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos
recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste
como auxilios de nuestra salvación»: "No tendrán hambre, ni sufrirán
sed, el viento ardiente y el sol no los dañarán, porque el que se
compadece de ellos los guiará y los llevará hasta las vertientes de
agua. De todas mis montañas yo haré un camino y mis senderos serán
nivelados... ¡Griten de alegría, cielos, regocíjate, tierra!
¡Montañas, prorrumpan en gritos de alegría, porque el Señor consuela a
su pueblo y se compadece de sus pobres!" Y que nadie diga: "El Señor
me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí". Pues dice Dios: "¿Se
olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus
entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!"
El evangelio anuncia las maravillas de "vida" que marcan el Reino
inaugurado: el Hijo da la vida a los muertos. " Jesús les dijo: Mi
padre sigue trabajando y yo también trabajo". De la manera que lo
decía, se veía que así como Dios tenía el "taller del mundo" abierto
para ir haciendo el bien también en sábado, Jesús tenía que cumplir la
misión de salvador. "Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo:
porque no sólo violaba el sábado sino también llamaba a Dios Padre
suyo, haciéndose igual a Dios". ¿Los judíos son fanáticos? Ven en
peligro su ley, la Torá. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título
para tratar la Torá como Él lo hace.
Luego Jesús va explicando que él y el Padre son una cosa, y de cómo
están en sintonía perfecta, incluso en resucitar muertos, y luego dice
algo sorprendente: "Os lo aseguro; quien escucha mi palabra y cree al
que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha
pasado ya de la muerte a la vida", o sea que el que cree ya vive como
en el cielo, y el que no cree es "vivir sin Dios y sin esperanza en el
mundo" (Ef 2,12). Cada uno de nosotros ha de ayudar a Jesús para dar
la Vida auténtica a los demás, Jesús continúa pasando en el mundo en
ti, en mí, en los santos.
Huellas en la nieve. En Logroño; un diciembre especialmente frío; la
ciudad cubierta de nieve. San Josemaría tiene unos 14 años y va camino
del colegio. De pronto, algo llama poderosamente su atención: -Pero...
¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién
pertenecerán?
A cierta distancia descubre un religioso carmelita descalzo que se
dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.
"¡Son suyas!, se dice Josemaría, ¡Pobre sacerdote! ¡cuánto frío estará pasando!"
Este hecho le remueve el corazón.
"Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué
es lo que yo debo hacer por Él?
Nadie se da cuenta, pero a "partir de ese momento, siente grandes
deseos de acercarse a Dios. Comienza a oír la Santa Misa y a comulgar
a diario; a confesarse más a menudo; a ofrecer todos los días
sacrificios por amor a Dios y a los demás."
Señor, y yo ¿qué deberé hacer por Ti? Continúa hablándole a Dios con
tus palabras.

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