lunes, 5 de abril de 2010

Día 24º. VIERNES TERCERO (12 de Marzo): el amor de Dios está por encima de todo; dejarnos amar por Él, dejar que brote de nuestro corazón, como una fuente, el amor a los demás

Oseas fue un profeta muy maltratado por el sufrimiento, y se fue
volviendo dulce hasta cantar el amor de Dios, que siempre es fiel,
aunque los hombres no lo sean: "Israel, vuelve al Señor, tu Dios…
Decidle: Perdona todas nuestras culpas para que recobremos la
felicidad y te ofrezcamos en sacrificio palabras de alabanza". Los
muchos juegos no nos pueden llenar el corazón, ni la wii, ni nada:
"Asiria no nos puede salvar; no montaremos ya en los caballos, y no
diremos más «dios nuestro» a la obra de nuestras manos, pues en Ti
encuentra compasión el huérfano". Y en cuanto decimos: "perdona" ya
está todo arreglado… "este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la
vida, se había perdido y se le ha encontrado" (Lc 15,32). Quien no
encuentra el camino de Dios, quien no se deja hallar como oveja
perdida, pierde el sentido de la vida (F. Raurell). "Yo los curaré de
su apostasía, los amaré de todo corazón", el Señor es como un
jardinero que nos cuida: "Seré como el rocío para Israel; él florecerá
como el lirio y echará sus raíces como el olmo. Sus ramas se
extenderán lejos, hermosas como el ramaje del olivo, y su fragancia
será como la del Líbano. Volverán a sentarse en mi sombra; cultivarán
el trigo, florecerán como la viña y su renombre será como el del vino
del Líbano… Yo lo atenderé y lo protegeré. Yo soy como un pino siempre
verde; de mí procede todo fruto". Florecerán como la vid; su renombre
será como el del vino del Líbano. Sorprendente acumulación de imágenes
de prosperidad y de felicidad. Frescor. Fecundidad. Belleza.
Fragancia. Flores. Solidez. Hay que "saborear" cada una de las
imágenes: el rocío... el lirio... el árbol frondoso... el vino... los
perfumes... las frutas... Y estamos en plena cuaresma, en medio de la
cuaresma. ¡Y Dios nos promete todas esas cosas!" (Noel Quesson). "Que
el sabio comprenda estas cosas, que el inteligente las entienda,
porque los caminos del Señor son rectos; por ellos caminarán los
justos, mas los injustos tropezarán en ellos". Oseas era también el
profeta y el poeta del amor. Ese amor es aún más hermoso. No es sólo
un amor que promete la felicidad, si se es fiel. Es un amor que
perdona y que pide «Volver». Nos dice: «¡Vuelve!». Como dos esposos
que se perdonan. Como dos amigos que reemprenden su amistad después de
una temporada de frialdad. He de escuchar esas palabras de ternura.
La roca del agua en el desierto, y el camino de Dios son como el hilo
de las lecturas de esta semana. Todo nos lleva a hacer la voluntad
divina, vivir el mandamiento del amor. Además, Jesús, al hombre
"espiritual, lo sació con miel, y no con agua, para que los que crean
y reciban este alimento tengan la miel en su boca" (Orígenes), como
hemos dicho con el salmo: "Oigo un lenguaje desconocido:… Clamaste en
la aflicción, y te libré, te respondí oculto entre los truenos, te
puse a prueba junto a la fuente… ¡ojalá me escuchases Israel! No
tendrás un dios extraño, …yo soy el Señor, Dios tuyo, que saqué del
país de Egipto; abre la boca que te la llene… te alimentaría con flor
de harina, te saciaría con miel silvestre". Siempre hay una referencia
al desierto, porque fue una experiencia fuerte de desierto, de Dios.
"Uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta
pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le
contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es
el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo
es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento
mayor que éstos».
Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él
es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón,
con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo
como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y
Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás
lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle
preguntas".
La Ley de Cristo es el amor a Dios y al prójimo. San Bernardo dice que
el amor no necesita que "sirva para nada", "su mérito y su premio se
identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él
mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma
práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor", es
como participar de Dios. Amar, en lo del día a día: en detalles de
espíritu de servicio, como bajar la basura o recoger la mesa, hacer la
cama pero antes el trabajo bien hecho: escuchar en clase, hacer los
deberes y estudiar y luego disfrutar con lo que nos gusta, cultivar
aficiones de leer, escribir, música, y todo tipo de juegos… la
conversación amable, la serenidad cuando los nervios asoman.
Cuando nos conectamos al Señor, podemos cargar las pilas, y ningún
momento mejor que el de la Acción de Gracias después de comulgar. Como
sabes, cuando comemos algo, durante un rato sigue siendo lo que es,
pero pasado un tiempo lo convertimos en nuestro cuerpo. Por eso,
después de comulgar y por unos diez minutos, tenemos a Jesús dentro de
nosotros, al mismo que nació de María Virgen, que convertía el agua en
vino, que sanaba a ciegos y cojos, al mismo que murió clavado en la
Cruz para perdonarnos de nuestros pecados. Por eso, ¿por qué no
aprovechas al acabar la Misa para quedarte un rato sentado hablando
tranquilamente con Él, que está físicamente dentro de ti? Es el mejor
momento para darle gracias por todo lo que te ha dado en tu vida, para
pedirle por tus familiares y amigos, para pedirle perdón por tus
pecados y para pedirle que te ayude a sacar adelante aquellas cosas
que necesitas. ¡Gracias, perdón y ayúdame más! Continúa hablándole a
Dios con tus palabras (José Pedro Manglano).
«El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa,
porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de
Siena), por eso o nos cargamos de amor de Dios o nos engancharemos a
lo primero que nos ofrezcan en la tele, y hoy Jesús nos hace una
receta en la que une dos citas bíblicas, nos dice. «Ama al Señor, tu
Dios» (Dt 6,5) y otro lugar del Levítico: «Ama a los otros» (Lev
19,18), Jesús nos da la receta de la nueva Ley, que "cocinada" a fuego
lento, con el amor del Espíritu Santo, al "baño María" nos da la mejor
comida, la más sabrosa, exquisita, la de que hace felices a los demás
y de paso a nosotros, porque para ser feliz hay que darse. Jesús ama
al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo
hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos
que se aman con el amor del Hijo.
Es la "buena nueva" que mi vida toda debería estar proclamando. ¿Amo
yo, efectivamente? ¿A quién amo? ¿A quién dejo de amar? ¿Cómo se
traduce este amor? ¿Quién es mi prójimo? Como tú mismo... Como tú
misma...", ¡no es decir poco! ¿Cómo me amo a mí mismo/a? ¿Qué deseo yo
para mí? ¿Cuáles son mis aspiraciones profundas? ¿A qué cosas estoy
más aferrado? ¿Qué es lo que más me falta? Y todo esto quererlo
también para mi prójimo. No debo pasar muy rápidamente sobre todas
estas cuestiones. Debo tomar, sobre ellas, una decisión en este tiempo
de cuaresma.
-"No estás lejos del reino de Dios." ¡Jesús felicitó a un escriba! "El
Reino de Dios" = ¡amar!, ¡a Dios y a los hermanos! ¡Tantas veces se ha
hecho el encontradizo! En la alegría y en el dolor. Como muestra de
amor nos dejó los sacramentos, "canales de la misericordia divina".
Nos perdona en la Confesión y se nos da en la Sagrada Eucaristía. Nos
ha dado a su Madre por Madre nuestra. También nos ha dado un Ángel
para que nos proteja. Y Él nos espera en el Cielo donde tendremos una
felicidad sin límites y sin término. Pero amor con amor se paga. Y
decimos con Francisca Javiera: "Mil vidas si las tuviera daría por
poseerte, y mil... y mil... más yo diera... por amarte si pudiera...
con ese amor puro y fuerte con que Tú siendo quien eres... nos amas
continuamente".

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada