miércoles, 14 de abril de 2010

Edit Stein y la cruz

Santa  Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, participó en el
misterio de la cruz. Fue doloroso desprenderse de su amada familia
religiosa. "Pero estaba convencida de que ésta era la voluntad de Dios
y de esta manera podía evitarles males mayores". Así escribía Edith
desde Echt. Hacia finales del mismo año 1939 manifestaba su gratitud
por haber encontrado un puerto seguro de paz. Pero sin embargo "está
en mí siempre vivo el pensamiento de que en este mundo no tenemos
morada permanente. No deseo otra cosa sino que se cumpla en mí la
voluntad de Dios. De El depende que me quede aquí el tiempo que
quiera, y lo que acaecerá después... No tengo por qué preocuparme,
sino orar mucho para permanecer fiel en cualquier situación".

Oración y fidelidad a su propia vocación: ésta era la disposición de
sor Teresa Benedicta frente a la posible deportación y a la muerte. A
medida que recibía noticias alarmantes de Alemania, iba tomando fuerza
poco a poco su intuición del martirio, hasta convertirse en
preparación convencida. Ya desde el ultimo año que pasó en Colonia se
había sentido en profunda armonía con la reina Ester del Antiguo
Testamento, esa mujer fuerte, valerosa, dispuesta a ofrecer su propia
vida por la salvación de su pueblo. Ahora Edith puede decir:

"Estoy segura de que el Señor ha aceptado mi vida por todos.,. Ester
había sido escogida de entre su pueblo precisamente para interceder
ante el rey por ese mismo pueblo suyo. Yo soy una pequeha Ester pobre
e impotente, pero el Rey que me ha escogido es infinitamente grande y
misericordioso. Y éste es un gran consuelo".

Era un pensamiento que no la abandonaba nunca. En 1941, para el
onomástico de la Priora, Madre Antonia, compuso una poesía titulada
Diálogo nocturno, en la que el protagonista era la reina Ester. En el
momento trágico, Ester se acerca al soberano para implorar la
salvación de su pueblo. Sumergida en una experiencía extática
nocturna, se le aparece "un monte desnudo, y en el monte una cruz, y
en la cruz estaba enclavado Alguien que sangraba por mil llagas. Y
nosotros fuimos asaltados por la sed de saciarnos todos de salvación
de la fuente que brotaba de esas llagas". Pero de repente desaparece
la cruz. Su mirada se fija en una "luz dulce, beatificante, salida de
las llagas de ese Hombre que acababa de morir alli en esa cruz... Él
mismo era la Luz, la eterna Luz, esperada desde hacía mucho tiempo:
resplandor del Padre, salvación del pueblo". Ester encarnaba la
particular religiosidad de sor Teresa Benedicta, para quien ella no
era ya la figura bíblica ligada al Antiguo Testamento. Como éste
continúa en el Nuevo, así también Ester, a través de la visión
nocturna de Cristo Crucificado y de Cristo Luz, penetra en el nuevo,
en el signo de la experiencía de la cruz. Lo mismo acaece en Edith.
Ofrece su vida por el pueblo hebreo y su ofrenda es aceptada, no como
la de una mujer hebrea, sino porque está iluminada por la fe en el
inmenso valor redentivo del sacrificio de Cristo, porque está
sumergida en el misterio de la Cruz y sostenida por la luz de la
resurrección.

La cruz constituye el centro de toda la vida espiritual de Edith. Pero
de manera especial cuando se encarniza la persecución contra los
hebreos, en el Carmelo se sitúa incondicionalmente al pie de la cruz.
E1 domingo de pasión de 1939 pidió licencía para ofrecerse como
"víctima de expiación al Sagrado Corazón de Jesús por la verdadera
paz". Aquellos días redacta su testamento, que termina con estas
palabras: "Desde ahora acepto la muerte que Dios me tiene reservada
con perfecta sumisión a su santísima voluntad y con alegria. Ruego al
Sehor que reciba mi vida y mi muerte pare su honor y alabanza... como
expiación por la incredulidad del pueblo hebreo".

En los escritos de estos últimos años predomina también el tema de la
cruz revelando en ella un profundísimo anhelo de ensimismarse en
Cristo crucificado, de ser con El y en El víctima de expiación. Nacen
sus meditaciónes para la renovación de los votos: Las bodas del
Cordero (1939), Ave Cruz (1940) y su estudio sobre la idea inspiradora
de la vida y obra de san Juan de la Cruz, para la que escoge el título
de Scientia crucis.

Al cabo de tres años de permanencia en Echt, sor Teresa Benedicta
tenía que ser incorporada al nuevo Carmelo. Pero los superiores no se
decidían... Los motivos no eran muy claros. ¿Incertidumbre?
¿Sentimientos inconscientes de rechazo a una "extranjera"? ¿Había
suficiente conveniencía como para dar este paso? Edith se abandonó
confiada en las manos de los superiores. "Estoy contenta en cualquier
caso". Pero no podía menos de decir a su Priora: "Una scientia crucis
se puede adquirir solamente si se tiene la gracia de probar hasta el
fondo la cruz. De esto he estado convencida desde el primer momento, y
he dicho en mi corazón: Ave Cruz, spes unica!".

Mientras escribía esta cuartilla, Edith pensaba también en su hermana
Rosa, llegada a Echt, después de muchas travesías. Los superiores
habían rechazado su petición de quedarse en el Carmelo como hermana
externa. También la incertidumbre con respecto a Rosa, fuertemente
sentida por sor Teresa Benedicta, la confirma en su silenciosa pero
decidida orientación únicamente hacia la Cruz: "Como Jesus, en el
abandono antes de su muerte, se entregó en las manos del invisible e
incomprensible Dios, así tiene que hacer también el alma, arrojándose
a ciegas en el oscuro total de la fe, que es el único camino hacia el
Dios incomprensible". Quiere "el desapego definitivo de la vida y la
elevación por encima del finito, en la sublimación de cualquier otro
padecimiento humano".

Segun Edith, se tiene "una teología de la cruz que mana de la
experiencia íntima" de San Pablo y se trata en ella de "una verdad
viva, real y activa, en la que entrevé "la norma de vida de los
Carmelitas Descalzos". Descubre en San Juan de la Cruz un auténtico
mensaje concentrado en el "verbo sobre la Cruz... que invade a todos
los que se abren a su acción". Y, a pesar de todo, "la cruz no es en
sí misma fin. Ella se corta en la altura, y hace una invitación a la
altura... símbolo triunfal con el que Cristo toca a la puerta del
cielo y la abre de par en par. Entonces brotan todos los haces de la
luz divina, sumergiendo a todos los que van en pos del Crucificado".
Pero para llegar allí es preciso  "pasar con El por la muerte de cruz
crucificando como El la propia naturaleza con una vida de
mortificación y de renuncia, abandonándose en una crucifixión llena de
dolor y que desembocará en la muerte como Dios disponga y permita.
Cuanto más perfecta sea tal crucifixión activa y pasiva, tanto más
intensa resultará su unión con el Crucificado y tanto más rica su
participación en la vida divina".

Sobre esta base está el camino hacia la experiencia mística, como lo
ve Edith. El Dios trascendente puede revelarse al alma como Persona
que se comunica con infinito amor, tocándola en lo más intimo de su
ser. Pero también con su acción poderosa "de inserirse en el destino
de las almas", obrando ''el renacer del hombre bajo la acción de su
gracia santificante", Dios se revela. Cómo? En la noche de la fe como
Tiniebla Divina. Los caminos del conocimiento de Dios, a los que
dedica un breve estudio sobre la teología simbó1ica del
Pseudo-Dionisio, recorren el camino de la theologia negationis o de la
experiencia mística de la oscuridad. Para Edith, Dios tampoco se ha
revelado más que en la "impenetrabilidad de sus misterios", acogida en
actitud de fe, de esperanza y de amor. "Lo que nosotros creemos que
vemos es solamente un reflejo fugaz de lo que el misterio divino
oculta hasta el día de la claridad futura. Esta fe en la historia
secreta debe confortarnos", escribía en 1941 en una carta (carta 283),
debe procurarnos la paz.

No hay duda de que sor Teresa Benedicta vivió sus últimos meses la
noche de la fe, guiada por San Juan de la Cruz. Al contemplar la vida
del místico Doctor del Carmelo que se sumerge en sus padecimientos de
la última etapa, descubrió en su muerte la sublime conformidad con
Cristo "alcanzada en la cumbre del Gó1gota" (Scientia Crucis, 45).
Pocos meses después de haber escrito estas líneas, también ella
llegaba a la última estación de su via-crucis. Arrancada de su
monasterio, camino al encuentro de la Cruz del Gó1gota de Auschwitz.

Desde enero de 1942 se daba cuenta de que su presencia en el Carmelo
de Echt podía acarrear consecuencias desagradables para la comunidad.
Holanda estaba ocupada por Alemania, y a través de una sutilísima red
se multiplicaban los centros de las SS. Tanto Edith como Rosa fueron
llamadas a Maastricht y tuvieron que dar informaciones por su propia
cuenta. Se les exige también que lleven en el vestido la estrella
amarilla, señal de que eran judías. Sor Teresa Benedicta trató por
todos los medios posibles de encontrar una visa para Suiza para poder
refugiarse en el Carmelo de Le Paquier. Pero la respuesta esperada no
llega. ¿Qué hacer? ¿Esperar para tener por lo menos los documentos? ?Y
marchar después?

Aqui hay que pensar en que el Carmelo de Echt, situado en una pequeña
ciudad holandesa, conocía muy poco de la triste realidad política y
antisemítica del momento. Para salir, Edith hubiera tenido que dejar
el país vestida de hábito religioso, sin un franco en el bolsillo, con
la estrella judía sobre su pecho, y de este modo atravesar toda
Alemania, expuesta a continuos peligros. Nadía la hubiera acompañado
para ayudarla y defenderla. Quizás se hubiera encontrado un camino
para abandonar Holanda clandestinamente, vestida de seglar en medio de
su rectitud, de su sinceridad y verdad absoluta en todo, no se sentía
inclinada a huir. Más aún, no había que excluir en Edith una
misteriosa intuición de que el plan divino con respecto a ella estaba
a punto de realizarse. En efecto, la hora del sacrificio efectivo se
acercaba.

La causa para que estallaran el odio y el plan de exterminio de los
hebreos holandeses fue la protesta de la Iglesia contra la deportación
de los hebreos. La respuesta de las SS fue inmediata. Los hebreos
bautizados, sacerdotes y religiosas de origen hebreo, fueron
arrestados y deportados a campos de concentración. Entre ellos estaban
Edith y Rosa. Dos oficiales alemanes de las SS llegaron al monasterio
de Echt. Sor Teresa Benedicta fue obligada a abandonar el convento en
el termino de cinco minutos. A la puerta, la esparaba Rosa. Sor Teresa
Benedicta le tomó la mano y le dijo: "ven, vayamos por nuestro
pueblo". Se entiende, el pueblo judío.

En un breve escrito (Expiación mística) había rubrayado: "E1 Salvador
no está sólo en la Cruz... Todo hombe que en el transcurso de los
tiempos soportó con paciencia un destino duro pensando en los
padecimientos del Salvador y que asumió sobre sí voluntariamente una
vocación expiatoria, ha contribuído con esto a aligerar la carga
enorme de los pecados de la humanidad y ha ayudado al Señor a llevar
su peso. Más aún, Cristo, la Cabeza, realiza la obra redentora a
través de aquellos miembros de su Cuerpo Místico, que se le unen en
alma y cuerpo para su obra de salvación... E1 sufrimiento reparador,
aceptado voluntariamente, es lo que en realidad une más con el Senor".

Con esta convicción Edith Stein quiso llevar valerosamente y con
fuerza extraordinaría hasta el final su misión en la Iglesia. Hoy no
hay duda de que las hermanas Stein, poco después de su llegada a
Auschwitz-Birkenau fueron asesinadas en la cámara de gas. Edith tenía
51 años, Rosa 59. Un testigo ocular, Luis Schlütter, que poco antes de
salir de Westerbork intercambió algunas palabras con Edith, refiere
este testimonio suyo: "Cualquier cosa que pueda acaecer, estoy
preparada para todo. Jesús está también aquí en medio de nosotros". Y
Jesús tenía que estar entre los pobres judíos que, con el espasmo del
terrible tóxico, terminaron su vida encerrados en el subterráneo de la
"casa blanca" de Auschwitz.

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