sábado, 17 de abril de 2010

Jueves de la octava de Pascua: Jesús nos ofrece la paz, participar en su familia de hijos de Dios, por su Resurrección


Hechos (3,11-26): Después del milagro, "todo el pueblo, lleno de
asombro, corrió hacia ellos, que estaban en el pórtico de Salomón. Al
ver esto, Pedro dijo al pueblo: "Israelitas, ¿de qué os asombráis?
¿Por qué nos miráis así, como si fuera por nuestro poder o por nuestra
santidad, que hemos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su
servidor Jesús, a quien vosotros entregasteis, renegando de Él delante
de Pilato, cuando este había resuelto ponerlo en libertad. Vosotros
renegasteis del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la
liberación de un homicida, matasteis al autor de la vida. Pero Dios lo
resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Por
haber creído en su Nombre, ese mismo Nombre ha devuelto la fuerza al
que vosotros veis y conocéis. Esta fe que proviene de Él, es la que lo
ha curado completamente, como vosotros podéis comprobar. Ahora bien,
hermanos, yo sé que vosotros obrasteis por ignorancia, lo mismo que
vuestros jefes. Pero así, Dios cumplió lo que había anunciado por
medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer. Por lo
tanto, haced penitencia y convertíos, para que vuestros pecados queden
perdonados. Así el Señor os concederá el tiempo del consuelo y enviará
a Jesús, el Mesías destinado para vosotros. Él debe permanecer en el
cielo hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció
antiguamente por medio de sus santos profetas". Y sigue Pedro
hablándoles de cómo Moisés habló de Jesús… Es su segunda predicación
que leemos en el libro de los Hechos. Jesús, aunque ha muerto, es
todavía el dueño de la vida, esto es, el que conduce, como un nuevo
Moisés, a la salvación y a la libertad al nuevo pueblo de Dios (3,15).
Las tres primeras predicaciones de Pedro (2,14-39; 3,12-26 y 4 8-12)
son realmente muy semejantes y pueden ser ejemplo de lo que fue la
predicación de la Iglesia de Jerusalén en su período inicial, un
resumen de la cual se encontraría también en Mc 1,14.
"Jesús, tu resurrección es una potencia de vida, de alegría, de
exaltación. El brinco del hombre que no había andado jamás en toda su
vida y que se echa a andar súbitamente es el símbolo de la humanidad
salvada. ¡Que cada vez que salga de un pecado, sea con esa alegría!
-En efecto, el pecado, más que la enfermedad física, es lo que daña a
la humanidad. La verdadera parálisis es la de la voluntad encogida,
incapaz de reaccionar-. Danos, Señor, plena salud de alma y cuerpo...
de alma sobre todo.
-"Sin embargo, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que
vuestros jefes". Es siempre el mismo evangelio que continúa.
"Perdónalos, decía Jesús, no saben lo que se hacen..." "Estáis
perdonados, decía san Pedro, porque habéis obrado por ignorancia".
Está ejerciendo el poder de atar y de desatar, un poder que le dio
Jesús: «todo lo que ates en la tierra, será atado en el cielo».
-"Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean
borrados; así vendrá la consolación por parte del Señor". El perdón es
el "tiempo de la consolación". ¡Admirable fórmula! ¿Concibo mis
confesiones, como una participación en la resurrección? No cuento con
apoyarme en la fuerza de mi voluntad, sino en la fuerza de «Aquél que
resucitó a Jesús de entre los muertos» (Noel Quesson); el Dios de los
patriarcas ha glorificado a Jesús, en quien culmina el profetismo más
espiritual de Israel, el del Siervo de Dios. La pasión de Jesús, de
donde puede arrancar la conversión de los oyentes; conversión que
comporta: arrepentimiento, que quiere decir apartarse del mal, y
conversión, que significa volver a Dios.
b) "Yo estaré con vosotros", fue la promesa de Jesús que continúa con
su Espíritu en este Evangelio de la primitiva Iglesia. Como decía
Álvaro del Portillo: "El encargo que recibió un puñado de hombres en
el Monte de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana
primaveral allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas las
características de una misión imposible". "Recibiréis el poder del
Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la
tierra" (Hechos 1, 8).
Las últimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión
parecían una locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos
hombres sencillos —ni ricos, ni sabios, ni influyentes— tendrían que
llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.
Menos de trescientos años después, una gran parte del mundo romano se
había convertido al cristianismo. La doctrina del Crucificado había
vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la
resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones.
Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todavía hoy el cristianismo
sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. Sólo la
gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través
de hombres que se sabían investidos de una misión y la cumplieron.
El Salmo (8,2.5-9): "¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre
en toda la tierra! Quiero adorar tu majestad sobre el cielo: / ¿qué es
el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? /
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y
esplendor; / le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo
pusiste bajo sus pies: / todos los rebaños y ganados, y hasta los
animales salvajes; / las aves del cielo, los peces del mar y cuanto
surca los senderos de las aguas". Nos ayuda a cantar las maravillas
que Dios hace con la luz de la poesía. Aquí vemos la grandiosidad de
la creación, «obra de tus dedos» divinos, «obras de tus manos». Dios
se inclina sobre el hombre y le corona como si fuera su virrey: «lo
coronaste de gloria y dignidad». Todo esto nos va bien recordarlo ante
las tentaciones, dice S. Ambrosio: "por ello, cuando seas tentado,
recuerda que te está preparando la corona. Si descartas el combate de
los mártires, descartarás también sus coronas; si descartas sus
suplicios, descartarás también su dicha».
El Evangelio (Lucas 24,35-48): "los discípulos contaron lo que había
pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del
pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio
de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados,
creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por
qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies;
soy Yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos
como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los
pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y
estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos
le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.
Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé
cuando todavía estaba con vosotros: 'Es necesario que se cumpla todo
lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los
Salmos acerca de mí'». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que
comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el
Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se
predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a
todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos
de estas cosas»".
Después de María Magdalena, Jesús se aparece a los discípulos, con el
deseo de la paz: «La paz con vosotros» (Lc 24,36). Así disipa los
temores y presentimientos que los Apóstoles han acumulado durante los
días de pasión y de soledad. Pienso que las preguntas que angustian a
las personas de hoy son: "¿de verdad hay Dios, o estaré solo cuando
sufra, sobre todo cuando llegue la muerte?" "¿me salvaré, si hay un
más allá?" En "La doble vida de Verónica", una chica vive en Polonia y
tiene una brillante carrera como cantante, pero padece una grave
dolencia cardiaca. En Francia, a miles de kilómetros, vive Verónica,
otra joven idéntica que guarda muchas similitudes vitales con ella,
como sus dolencias y su gran pasión por la música. Ambas, a pesar de
la distancia y de no tener aparentemente ninguna relación, son capaces
de sentir que no están solas... Es una de las últimas películas del
director polaco Kryzstof Kieslowski, protagonizada en un doble papel
por una magnífica Irène Jacob: es un fascinante y hermoso film de
imborrables imágenes que plantea, como en otras películas del
inquietante director, la presencia de Alguien que nos cuida más allá
de lo que vemos. Es más, que nos sugiere corazonadas, qué es lo que
hay que hacer, sin saberlo, antes de que pase algo malo, por la
experiencia "del otro"… para mí es un símbolo, de Quien ha pasado por
lo que nosotros pasamos…
a) "Él no es un fantasma, es totalmente real, pero, a veces, el miedo
en nuestra vida va tomando cuerpo como si fuese la única realidad. En
ocasiones es la falta de fe y de vida interior lo que va cambiando las
cosas: el miedo pasa a ser la realidad y Cristo se desdibuja de
nuestra vida. En cambio, la presencia de Cristo en la vida del
cristiano aleja las dudas, ilumina nuestra existencia, especialmente
los rincones que ninguna explicación humana puede esclarecer". San
Gregorio Nacianceno nos exhorta: «Debiéramos avergonzarnos al
prescindir del saludo de la paz, que el Señor nos dejó cuando iba a
salir del mundo. La paz es un nombre y una cosa sabrosa, que sabemos
proviene de Dios, según dice el Apóstol a los filipenses: 'La paz de
Dios'; y que es de Dios lo muestra también cuando dice a los efesios:
'Él es nuestra paz'». Cuando leo este Evangelio en Misa, en el
colegio, los niños asistentes ante el anuncio de Jesús: "la paz sea
con vosotros" responden "y con tu espíritu", y es cierto: la
resurrección de Cristo es lo que da sentido a todas las vicisitudes y
sentimientos, lo que nos ayuda a recobrar la calma y a serenarnos en
las tinieblas de nuestra vida. Las otras pequeñas luces que
encontramos en la vida sólo tienen sentido en esta Luz. «Es necesario
que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los
Profetas y en los Salmos acerca de mí...»: nuevamente les «abrió sus
inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,44-45),
como ya lo había hecho con los discípulos de Emaús. "También quiere el
Señor abrirnos a nosotros el sentido de las Escrituras para nuestra
vida; desea transformar nuestro pobre corazón en un corazón que sea
también ardiente, como el suyo: con la explicación de la Escritura y
la fracción del Pan, la Eucaristía. En otras palabras: la tarea del
cristiano es ir viendo cómo su historia Él la quiere convertir en
historia de salvación" (Joan Carles Montserrat).
b) "¡No temáis!" Nos dice también hoy el Señor: En mi vida personal,
en la vida del mundo, de la Iglesia, evoco, hoy, una situación en la
que falta la esperanza. Pero Tú estás aquí, Señor, "en medio de
nosotros".
-Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Jesús les dijo.
"¿Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón estos
pensamientos? Ved mis manos y mis pies, ¡que soy Yo! Palpadme y ved
que el espíritu no tiene carne ni huesos..." En su alegría no se
atrevían a creerlo. Jesús les dijo: "¿Tenéis aquí algo que comer? Le
dieron un trozo de pescado asado, y tomándolo lo comió delante de
ellos. Para esos semitas que ni siquiera tienen idea de una distinción
del "cuerpo y del alma", si Jesús vive, ha de ser con toda su persona:
quieren asegurarse de que no es un fantasma, y para ello es necesario
que tenga un cuerpo... La resurrección no puede reducirse a una idea
"de inmortalidad del alma", como decían algunos niños al comentar el
texto: "será un fantasma", o bien "es su alma en cuerpo virtual"... Es
una presencia real. Pero no es el cuerpo que murió, que ahora está con
sus heridas sin que los nervios y músculos y huesos sufran los
dolores; como no resucitará uno de nosotros con el cuerpo demacrado y
arrugado de un anciano al morir, o con las deformidades sufridas por
la enfermedad o una mutilación. Ya hemos hablado de que será un cuerpo
sin materia corpórea, fuera del espacio y del tiempo podrá aparecerse
a quien quiere y como quiere, como un disco duro del ordenador alberga
todos los momentos de la vida, o una película puede presentarse en
cualquiera de sus secuencias, así la resurrección transforma y
quedaremos transfigurados, para poder salir del universo material, y
penetrados por el Espíritu de Dios, como Cristo, aparecer en
cualquiera forma. "Nosotros esperamos como salvador al Señor
Jesucristo, que transfigurará el cuerpo de nuestra vileza conforme a
su Cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para someter a sí
todas las cosas", dirá san Pablo (Flp 3, 21).
La Eucaristía, una parcela del universo, un poco de pan y de vino, es
así asumida por Cristo, "sumisa a Cristo" como dice san Pablo, para
venir a ser el signo de la presencia del Resucitado, y transformarnos
poco a poco a nosotros mismos, en Cuerpos de Cristo. ¡He aquí el
núcleo del evangelio! ¡He aquí la "buena nueva"! ¡He aquí la feliz
realización del plan de Dios! ¡He aquí el fin de la Creación! ¡He aquí
el sentido del universo! Si nos tomamos en serio la Resurrección, esto
nos compromete a trabajar en este sentido: salvar al hombre, salvar el
universo, sometiéndolo totalmente a Dios"; ese "Dios con nosotros" se
queda, podemos espiritualizarnos con Él...
-"Les dijo: Esto es lo que Yo os decía estando aún con vosotros...
Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las
Escrituras", los sufrimientos del Mesías, la resurrección de los
muertos, la conversión proclamada en su nombre para el perdón de los
pecados... A todas las naciones, empezando por Jerusalén. Vosotros
daréis testimonio de esto. "Jesucristo es ahora realmente el Señor,
que tiene poder sobre todo el universo, sobre todos los hombres, y que
da a los hombres la misión de ir a todo el mundo. En cierto sentido,
todo está hecho en Cristo. Pero todo está por hacer. ¿Trabajo yo en
esto? ¿Doy testimonio de esto?" (Noel Quesson).
c) Así lo pedimos a la Virgen, la mujer que inaugura esta familia de
Jesús, que se formó en la Sagrada Familia, que se amplió con los
Apóstoles y que hoy se amplía con el bautismo a todos los hombres,
para que sean hijos de Dios: «Este es el día en que actuó el Señor,
sea nuestra alegría y nuestro gozo» (aleluya), quien nos « llamó a
salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa» (comunión), y
queremos ser esos del coro que cantamos en la Entrada: «Ensalzaron a
coro tu brazo victorioso, porque la sabiduría abrió la boca de los
mudos y soltó la lengua de los niños. Aleluya» (Sab 10,20-21).
Queremos entrar en este tesoro escondido en el campo de este mundo y
en el frondoso bosque de las sagradas Escrituras, del que habla San
Ireneo: «Si uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan
de Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque Él es el tesoro
escondido en el campo (Mt 13,44), es decir, en el mundo, ya que el
campo es el mundo (Mt 13,48); tesoro escondido en las Escrituras, ya
que era indicado por medio de figuras y parábolas, que no podían
entender según la capacidad humana antes de que llegara el
cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el advenimiento de
Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: "Cierra estas palabras y
sella el libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que muchos
lleguen a comprender y abunde el conocimiento" (Dan 12,4)», esta paz
que Jesús nos anuncia. "Fijémonos en el saludo inesperado, tres veces
repetido por Jesús resucitado cuando se apareció a sus discípulos
reunidos en la sala alta, por miedo a los judíos. En aquella época,
este saludo era habitual, pero en las circunstancias en que fue
pronunciado, adquiere una plenitud sorprendente. Os acordáis de las
palabras: "Paz a vosotros". Un saludo que resonaba en Navidad: "Paz en
la tierra" (Lc 2,14) Un saludo bíblico, ya anunciado como promesa
efectiva del reino mesiánico. Pero ahora es comunicado como una
realidad que toma cuerpo en este primer núcleo de la Iglesia naciente:
la paz de Cristo victorioso sobre la muerte y de las causas próximas y
remotas de los efectos terribles y desconocidos de la muerte. Jesús
resucitado anuncia pues, y funda la paz en el alma descarriada de sus
discípulos. Es la paz del Señor, entendida en su significación
primera, personal, interior…aquella que Pablo enumera entre los frutos
del Espíritu, después de la caridad y el gozo, fundiéndose con ellos
(Gal 5,22) ¿Qué hay mejor para un hombre consciente y honrado? La paz
de la conciencia ¿no es el mejor consuelo que podamos encontrar?... La
paz del corazón es la felicidad auténtica. Ayuda a ser fuerte en la
adversidad, mantiene la nobleza y la libertad de la persona, incluso
en las situaciones más graves, es la tabla de salvación, la
esperanza...en los momentos en que la desesperación parece
vencernos.... Es el primer don del resucitado, el sacramento de un
perdón que resucita" (Pablo VI).

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