domingo, 18 de abril de 2010

Lunes de la segunda semana de Pascua: Jesús nos invita a nacer de nuevo, a una vida de la gracia, de hijos de Dios.

Hechos (4,23-31): "Puestos en libertad, fueron a reunirse con los
suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y
los ancianos. Después de escucharlos, hicieron todos juntos, en voz
alta, esta oración a Dios: «Soberano Señor, tú eres el Dios que has
hecho el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos; el que por
boca de nuestro padre David, tu siervo, dijiste: ¿Por qué se amotinan
las naciones y los pueblos hacen proyectos vanos? Se levantan los
reyes de la tierra y los príncipes conspiran a una contra el Señor y
su Mesías. Así ha sido. En esta ciudad, Herodes y Poncio Pilato se
confabularon con los paganos y gentes de Israel contra tu santo siervo
Jesús, tu Mesías, para hacer lo que tu poder y tu sabiduría habían
determinado que se hiciera. Ahora, Señor, mira sus amenazas y concede
a tus siervos predicar tu palabra, y extiende tu mano para curar y
obrar señales y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús».
Acabada su oración, tembló el lugar en que estaban reunidos, y
quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y anunciaban con absoluta
libertad la palabra de Dios".
-Una vez libres, Pedro y Juan volvieron junto a sus hermanos. Después
del milagro de la curación del tullido, Pedro y Juan pasaron una noche
en la cárcel. ¡El primer Papa en la cárcel! por haber curado a un
enfermo y haber anunciado la resurrección de Jesús. Ahora también
algunos abogados querrían meterlo en la cárcel con motivo de su viaje
a Inglaterra… Te ruego Señor, por todos los que están «encarcelados»
por haber dado testimonio de su fe... por todos los que tienen
dificultad en ser testigos, porque el ambiente en que viven es
opresivo y constituye a su alrededor algo así como una cárcel que les
impide vivir y anunciar a Jesucristo.
Los hermanos elevaron la voz hacia Dios: "¿Por qué esa agitación de
las naciones?" El primer reflejo de esa «comunidad de hermanos» es
orar. No es un grupo humano ordinario, es un grupo que se sitúa
delante de Dios. Inmediatamente, dilucidan la situación en la que
viven -¡un arresto de dos de los suyos!- por medio de la Palabra de
Dios. El suceso vivido es confrontado a esa Palabra: eso es orar...
ver nuestras cosas con ojos de Dios.
«¿Por qué esas naciones en tumulto, y esos vanos proyectos de los
pueblos? «Se levantaron los reyes de la tierra contra el Ungido del
Señor. «Pero Dios, desde el cielo se sonríe. "Os anuncio el decreto
del Señor: Tú eres mi Hijo... te doy en herencia las naciones!" ¡Qué
valentía y audacia debieron sacar de tales plegarias!
-Efectivamente, en esta ciudad se han aliado Herodes, Poncio Pilato y
los pueblos paganos con Israel... La aplicación concreta es también
inmediata, y sin inquietarse por preocupaciones diplomáticas. Son
pobres. No tienen nada que perder. Se atreven a enfrentarse al Poder
político y religioso dominante. -Ten en cuenta, Señor, sus amenazas y
concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con valentía.
Hacía poco que este mismo Pedro temblaba de miedo ante unas criadas
del sumo sacerdote. Y ahora se halla rebosante de audacia y valentía.
Ser apóstol no requiere tener cualidades excepcionales, ni
competencias extraordinarias. Ninguno de los apóstoles tiene
instrucción. Concede, Señor, a todos los cristianos, a todos los
bautizados que sepamos dar testimonio en todos los ambientes en los
cuales vivimos.
-Acabada su oración todos quedaron llenos del Espíritu Santo. Este
estribillo se repite continuamente en los primeros tiempos de la
Iglesia. Es el tiempo del Espíritu. Es el fruto de la resurrección.
¡Señor, elévanos! ¡Señor, envía tu soplo sobre nuestras vidas! ¡Señor,
llénanos de tu Espíritu! y danos la gracia de serle fieles. En este
tiempo pascual, haznos descubrir la devoción al Espíritu Santo. El
espíritu va unido a la plegaria: «acabada su oración...» Concédenos la
perseverancia en la oración para llenarnos del Espíritu. -Entonces
predicaron la Palabra de Dios. El apostolado, la evangelización, se
derivan de ello. No hay conflicto en ellos entre «contemplación» y
«acción». Pasan sin interrumpir de la oración a la proclamación del
Evangelio (Noel Quesson).
Después de la liberación de Pedro y de Juan, la comunidad cristiana
ora rememorando las palabras del Salmo 2, interpretadas como una
profecía de la pasión y de la resurrección del Mesías. Se trata de la
primera oración comunitaria de la Iglesia. La persecución provoca y
acentúa una mayor unión de sentimientos y el recurso a Dios, que
escucha la súplica de la Iglesia reunida. En la acción eucarística, al
hacer presente la actuación salvífica de Dios en Cristo, pedimos y
recibimos la fuerza del Espíritu, que se ha de manifestar en el
testimonio valiente de nuestras palabras y de nuestras obras. San
Agustín habla muchas veces sobre la oración y sus cualidades y
eficacia: «Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos
mal, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición.
Mal, con poca fe y sin perseverancia, o con poca humildad. Mal, porque
pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no
convenientes para nosotros».
Sea lo que sea lo que nos pase a nosotros -podemos perder la libertad
e ir a parar a la cárcel- lo que pedimos es que la Palabra nunca se
vea maniatada. Que pueda seguirse anunciando la Buena Noticia del
Evangelio a todos. Si para ello hacen falta carismas y milagros,
también los pedimos a Dios, para que todos sepan que se hacen en el
nombre de Jesús. El temblor del lugar de la reunión se interpreta en
la Escritura como asentimiento de Dios: Dios escuchó la oración de
aquella comunidad. Los llenó de su Espíritu, como en un renovado
Pentecostés. Y así pudieron seguir predicando la Palabra, a pesar de
los malos augurios de la persecución.
Ojalá supiéramos interpretar y «rezar» nuestra historia desde la
perspectiva de Dios. Por ejemplo, a partir de los salmos. Los salmos
que rezamos y cantamos se cumplen continuamente en nuestras vidas. Con
ellos no hacemos un ejercicio de memoria histórica. Cuando los rezamos
pedimos a Dios que salve a los hombres de nuestra generación, alabamos
a Dios desde nuestra historia, meditamos sobre el bien y el mal tal
como se presentan en nuestra vida de cada día, protestamos del mal que
hay ahora en el mundo, no por el que existía hace dos mil quinientos
años. Como la primera generación aplicaba el salmo 2 a su historia (y
el salmo 21, a Cristo en la cruz: ¿por qué me has abandonado?),
nosotros los tendríamos que hacer nuestros, con su actitud de
alabanza, de súplica o de protesta. Una oración así da intensidad y a
la vez serenidad a nuestra visión de la historia, la eclesial, la
social, la personal. Otra lección que nos da la comunidad de
Jerusalén: ¿tenemos ese amor a la evangelización que tenían ellos?
¿Estamos dispuestos a ir a la cárcel, o soportar algún fracaso, o
entregar nuestras mejores energías para que la Buena Nueva de Cristo
Jesús se vaya extendiendo en nuestro entorno? ¿Andamos preocupados
por nuestro bienestar, o por la eficacia de la evangelización en medio
de este mundo a veces hostil?
Dios ha constituido a su Hijo en Señor y Mesías de todo lo creado.
¿Podrá alguien oponerse al Plan de salvación de Dios? Dios nos ha
unido a su propio Hijo como se unen la Cabeza y los demás miembros del
cuerpo. Dios nos ha constituido en la prolongación de la encarnación
de su Hijo, para que, a través de la historia, la Iglesia sea la
responsable de hacer que la salvación llegue a todas las naciones,
hasta el último rincón de la tierra. La Iglesia vive en medio de
tribulaciones y persecuciones dando testimonio de su Señor, muerto y
resucitado para que seamos perdonados de nuestros pecados y tengamos
vida nueva. Su Señor le ha prometido a su Iglesia que los poderes del
infierno no prevalecerán sobre ella. ¿Podrá alguien oponerse al Plan
de Dios sobre nosotros? Por eso vivamos confiados en el Señor, pues Él
hará que su Iglesia reine, junto con su Hijo, eternamente.
El Evangelio (Juan 3,1-8) nos dice que "había entre los fariseos un
hombre importante, llamado Nicodemo. Una noche fue a ver a Jesús y le
dijo: «Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos, porque
nadie puede hacer los milagros que Tú haces si no está Dios con él».
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede
ver el reino de Dios». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede uno nacer de
nuevo siendo viejo? ¿Es que puede volver al seno de su madre y nacer
de nuevo?». Jesús respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y
del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la
carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañe
que te diga: Es necesario nacer de nuevo. El viento sopla donde
quiere; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a dónde va; así es
todo el que nace del Espíritu»".
A partir de hoy, durante todo el Tiempo Pascual, leeremos el evangelio
de Juan. Empezando durante cuatro días por el capítulo tercero, el
diálogo entre Jesús y Nicodemo. El fariseo, doctor de la ley, está
bastante bien dispuesto. Va a visitar a Jesús, aunque lo hace de
noche. Sabe sacar unas conclusiones buenas: reconoce a Jesús como
maestro venido de Dios, porque le acompañan los signos milagrosos de
Dios. Tiene buena voluntad. Es hermosa la escena. Jesús acoge a
Nicodemo. A la luz de una lámpara dialoga serenamente con él. Escucha
las observaciones del doctor de la ley, algunas de ellas poco
brillantes. Es propio del evangelista Juan redactar los diálogos de
Jesús a partir de los malentendidos de sus interlocutores. Aquí Jesús
no habla de volver a nacer biológicamente, como no hablaba del agua
del pozo con la samaritana, ni del pan material cuando anunciaba la
Eucaristía. Pero Jesús no se impacienta. Razona y presenta el misterio
del Reino. No impone: propone, conduce. Jesús ayuda a Nicodemo a
profundizar más en el misterio del Reino. Creer en Jesús -que va a ser
el tema central de todo el diálogo- supone «nacer de nuevo», «renacer»
de agua y de Espíritu. La fe en Jesús -y el bautismo, que va a ser el
rito de entrada en la nueva comunidad- comporta consecuencias
profundas en la vida de uno. No se trata de adquirir unos
conocimientos o de cambiar algunos ritos o costumbres: nacer de nuevo
indica la radicalidad del cambio que supone el «acontecimiento Jesús»
para la vida de la humanidad. El evangelio, con sus afirmaciones sobre
el «renacer», nos interpela a nosotros igual que a Nicodemo: la Pascua
que estamos celebrando ¿produce en nosotros efectos profundos de
renacimiento? El día de nuestro Bautismo recibimos por el signo del
agua y la acción del Espíritu la nueva existencia del Resucitado.
Celebrar la Pascua es revivir aquella gracia bautismal. La noche de
Pascua, en la Vigilia, renovamos nuestras promesas bautismales.
¿Fueron unas palabras rutinarias, o las dijimos en serio? ¿Hemos
entendido la fe en Cristo como una vida nueva que se nos ha dado y que
resulta más revolucionaria de lo que creíamos, porque sacude nuestras
convicciones y tendencias? Nacer de nuevo es recibir la vida de Dios.
No es como cambiar el vestido o lavarse la cara. Afecta a todo nuestro
ser. Ya que creemos en Cristo y vivimos su vida, desde el Bautismo,
tenemos que estar en continua actitud de renacimiento, sobre todo
ahora en la Pascua: para que esa vida de Dios que hay en nosotros,
animada por su Espíritu, vaya creciendo y no se apague por el
cansancio o por las tentaciones de la vida (J. Aldazábal).
El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios. En el
Ofertorio rezamos: «Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia
exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste
motivo de tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno».
El buen fariseo, Nicodemo, se muestra abierto, reconocido ante Jesús,
pero no expresa su modo de pensar. Jesús se lo descubre: mira, entrar
en el Reino es cambiar de raíz en el modo de pensar y sentir. Hay que
nacer de nuevo, según el Espíritu. ¿Tú quieres ser 'hombre nuevo'? En
la Entrada decimos: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos,
ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Aleluya» (Rom
6,9). Jesús manifiesta a Nicodemo el misterio del bautismo, como nuevo
nacimiento a la vida divina y como entrada en el Reino de Dios. Todo
está relatado en orden al Bautismo. Comenta San Juan Crisóstomo: «En
adelante nuestra naturaleza es concebida en el cielo con Espíritu
Santo y agua. Ha sido elegida el agua y cumple funciones de generación
para el fiel... Desde que el Señor entró en las aguas del Jordán, el
agua no produce ya el bullir de animales vivientes, sino de almas
dotadas de razón, en las que habita el Espíritu Santo». Y San Agustín:
«No conoce Nicodemo otro nacimiento que el de Adán y Eva, e ignora el
que se origina de Cristo y de la Iglesia. Sólo entiende de la
paternidad que engendra para la muerte, no de paternidad que engendra
para la vida. Existen dos nacimientos; mas él sólo de uno tiene
noticia. Uno es de la tierra y otro es del cielo; uno de la carne y
otro del Espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad... Los
dos son únicos. Ni uno ni otro se pueden repetir».
En un diálogo íntimo, Nicodemo le pregunta a Jesús por su misión.
Jesús le contesta: es preciso nacer de nuevo. Se trata de un
nacimiento espiritual por el agua y el Espíritu Santo: es un mundo
completamente nuevo el que se abre ante los ojos de Nicodemo. Estas
palabras constituyen un horizonte sin límites para todos los
cristianos que queremos dejarnos llevar dócilmente por las
inspiraciones y mociones del Espíritu Santo. La vida interior no
consiste solamente en adquirir una serie de virtudes naturales o en
guardar algunas formas de piedad. Tenéis que despojaros del hombre
viejo según el cual habéis vivido en vuestra vida pasada, decía San
Pablo a los Efesios. Es una transformación interior, obra de la gracia
en el alma y de nuestra mortificación de la inteligencia, de los
recuerdos y de la imaginación. Así como la imaginación puede ser de
gran ayuda en la vida interior, para la contemplación de la vida del
Señor, podría convertirse en "la loca de la casa" si nos arrastra a
cosas vanas, insustanciales, fantásticas y aun prohibidas. Su
sometimiento a la razón se consigue con mortificación.
Dejar suelta la imaginación supone, en primer lugar, perder el tiempo,
que es un don de Dios. Cuando no hay mortificación interior, los
sueños de la imaginación giran frecuentemente alrededor de los propios
talentos, de lo bien que se ha quedado en determinada actuación, en la
admiración que se despierta alrededor, lo que lleva a perder la
rectitud de intención y a que la soberbia tome cuerpo. Otras veces la
imaginación juzga el modo de actuar de otros y lleva por lo tanto a
cometer faltas internas de caridad, porque lleva a emitir juicios
negativos y poco objetivos: sólo Dios lee la verdad de los corazones.
Vale la pena que hoy examinemos cómo llevamos esa mortificación
interior de la imaginación, que tanto ayuda a mantener la presencia de
Dios y a evitar muchas tentaciones y pecados. La mortificación de la
imaginación no está en la frontera del pecado, sino en el terreno de
la presencia de Dios, del Amor. Purifica el alma y facilita que
aprovechemos bien el tiempo dedicado a la oración; nos permite
aprovechar mejor el tiempo en el trabajo, haciéndolo a conciencia,
santificándolo; nos permite vivir la caridad al estar pendiente de los
demás. La imaginación purificada nos ayuda en el trato con Dios porque
nos ayuda a meditar las escenas del Evangelio y a meternos en él como
un personaje más. Imitemos a la Santísima Virgen, que guardaba todas
estas cosas –los sucesos de la vida del Señor- y las meditaba en su
corazón (Francisco Fernández Carvajal).
El tiempo pascual es un tiempo de plenitud: la resurrección de Jesús
ha revelado su "ser' profundo... su misterio divino. Era bastante
natural, en este momento del año, colocar el evangelio que ha ido más
lejos en la contemplación de la "Persona" de Jesús. El tema
fundamental de san Juan podría expresarse así: El Hijo único de Dios
se ha encarnado y ha sido entregado por el Padre al mundo a fin de
revelar y comunicar a los hombres las riquezas misteriosas de la vida
divina. Ser bautizado, es renacer. Es como si todo volviera a empezar.
Es una resurrección. Un nuevo ser. Señor, haz que yo renazca, nuevo
cada día. -Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del
Espíritu, es espíritu. "Nacido de la carne"... "Nacido del
Espíritu..." Dejo resonar en mí esta oposición. Yo sé lo que es la
"carne": es la naturaleza humana con sus posibilidades y sus
límites... es una maravilla frágil. Adivino lo que es el "Espíritu"...
es la potencia divina. Desde mi bautismo, habita en mí el Espíritu de
Dios. Yo he "nacido del Espíritu". ¿Pero es realmente verdad que soy
"espiritual", que soy "espíritu"? ¿Qué exigencias debería tener esto
en mi vida cotidiana? -El viento sopla donde quiere. Oyes su voz. Pero
no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo hombre nacido del
Espíritu. En griego, la misma palabra "pneuma" designa a la vez el
"viento" y el "espíritu". La imagen es sugestiva: Jesús subraya el
carácter "misterioso, invisible, difícil de controlar, del viento. No
se sabe de dónde viene ni adónde va. Estar bautizado es ser conducido
por ese soplo divino invisible. ¿Acepto yo que sea Dios, el Espíritu,
quien me impulse hacia adelante, quien me conduzca "no sé adónde"? "El
viento sopla donde quiere." ¡Vivir con lo invisible! "Lo esencial es
invisible para los ojos", escribía A. Saint-Exupery en el "Pequeño
Príncipe". -No te maravilles si te he dicho: "Es preciso renacer."
Sí, es una novedad radical... un "hombre divinizado", un hombre
animado de una vida superior, un hombre participante actualmente de la
vida divina. Es conveniente hallar de vez en cuando el tiempo para
pensar en ello, para realizar esta vida de verdad: la oración, tiempo
privilegiado de empalmar con el Espíritu (Noel Quesson).

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