domingo, 15 de noviembre de 2009

Sábado la 27ª semana de Tiempo Ordinario. Madura está la mies… para quien escucha la palabra de Dios, como la Virgen, modelo perfecto de bienaventurada porque pone en práctica lo que el Señor le pide

Profecía de Joel 4, 12-21. Así dice el Señor: «Alerta, vengan las naciones al valle de Josafat: allí me sentaré a juzgar a las naciones vecinas. Mano a la hoz, madura está la mies; venid y pisad, lleno está el lagar. Rebosan las cubas, porque abunda su maldad. Turbas y turbas en el valle de la Decisión, se acerca el día del Señor en el valle de la Decisión. El sol y la luna se oscurecen, las estrellas retiran su resplandor. El Señor ruge desde Sión, desde Jerusalén alza la voz, tiemblan cielo y tierra. El Señor protege a su pueblo, auxilia a los hijos de Israel. Sabréis que yo soy el Señor, vuestro Dios, que habita en Sión, mi monte santo. Jerusalén será santa, y no pasarán por ella extranjeros. Aquel día, los montes manarán vino, los collados se desharán en leche, las acequias de Judá irán llenas de agua, brotará un manantial del templo del Señor, y engrosará el torrente de las Acacias. Egipto será un desierto, Edom se volverá árida estepa, porque oprimieron a los judíos, derramaron sangre inocente en su pais. Pero Judá estará habitada por siempre, Jerusalén, de generación en generación. Vengaré su sangre, no quedará impune, y el Señor habitará en Sión.»

 

Salmo 96,1-2.5-6.11-12. R. Alegraos, justos, con el Señor.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.

 

Evangelio según san Lucas 11,27-28. En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: -«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.»

 

Comentario: 1.- Jl 3,12-21. La segunda página que leemos del profeta Joel es impresionante. Es una descripción poética y "apocalíptica" -género de revelaciones llenas de imágenes y símbolos- del día del Señor, el día de su juicio sobre la historia. ¿A qué se refiere el profeta: al final de la plaga, a la venida del futuro Mesías, al juicio definitivo de Dios sobre la historia? Joel se imagina una gran asamblea de todas las naciones en "el valle de Josafat", que no hay que intentar localizar demasiado, porque "Josafat" significa "valle de la decisión", o "del juicio", o "Dios juzga". Las imágenes de la siega y de la vendimia le sirven para expresar el juicio sobre el bien y el mal que tendrá lugar aquel día. No es un anuncio pesimista y angustiante. Para los que se han esforzado por seguir a Dios, es un presagio de esperanza: "el Señor protege a su pueblo, auxilia a los hijos de Israel", porque en aquel día "el Señor habitará en Sión".

Nos resulta útil a todos mirar hacia el futuro. Dios es Padre, y nos está cercano, pero también es nuestro Juez. Al final de su evangelio (Mt 24-25), Mateo escenifica, con un género literario parecido, este juicio de Dios, con la decisión sobre los buenos y los malos.

Es de sabios recordar que al final del camino nos espera este examen, para que nos vayamos preparando a él en la vida de cada día. Eso sí, con una marcha impregnada de esperanza, porque con Cristo Jesús se han inaugurado ya los tiempos finales y "Dios habita en Sión" y los que creemos en él y le seguimos podemos mirar con esperanza su juicio. El Juez del último día es el mismo Jesús en quien creemos y a quien recibimos con fe en la Eucaristía. La respuesta divina a la oración y penitencia del pueblo había sido la promesa de bendiciones materiales. Ahora se añaden los dones espirituales: la efusión del Espíritu, el anuncio de los signos precursores del «día de Yahvé» y de la salvación de Sión.

En contraste con los tiempos antiguos, cuando la palabra de Yahvé era rara (1 Sm 3,1), en el tiempo mesiánico será abundante. Todos los israelitas serán profetas, es decir, sabrán descubrir el verdadero sentido religioso de la vida y de los acontecimientos. Las fórmulas «soñarán sueños» y «verán visiones» explican qué significa ser profeta: se creía que los sueños y las visiones eran los medios ordinarios de comunicación con Dios. San Pedro vio cumplida esta profecía el día de Pentecostés (Hch 2,17). Por tanto, en el tiempo mesiánico habrá una íntima comunicación entre Yahvé y el pueblo escogido. Israel no dependerá de un héroe ni de un profeta ocasional; toda la nación poseerá esos carismas y se convertirá en la comunidad ideal.

Juntamente con la efusión del Espíritu se menciona el juicio vindicativo de Dios contra las naciones paganas. Siguiendo la norma del género apocalíptico, la intervención de Dios se describe como una convulsión del cosmos. El sol, la luna y los demás astros eran tenidos por dioses en el mundo gentil. La destrucción de estas divinidades simboliza la manifestación de Dios. Dios diríamos nosotros hará que salten en pedazos los ídolos de ios hombres. La advertencia del profeta es también válida para nuestros días: sólo quien es fiel a Dios no se verá defraudado.

El fragmento termina con una alusión al juicio de las naciones paganas. Para los profetas, la vuelta del cautiverio de Babilonia representa el comienzo de la era mesiánica, y el triunfo de Israel supone la condena de sus enemigos. Este juicio se llevará a cabo en el "Valle de Josafat", nombre que puede traducirse por «juicio de Yahvé» o «Yahvé juzgará». se trata pues, de un nombre simbólico que no corresponde a ningún lugar geográfico. Puede ser también una alusión a la victoria de Josafat, cuando-Yahvé destruyó a los enemigos de Judá (2 Cr 20,13-30); en ese caso querría indicar que tal hecho se repetirá. Nosotros estamos en mejores condiciones que los primeros lectores para entender en qué consiste la victoria mesiánica y la condena de los enemigos (J. Aragonés Llebaria).

En la página que meditaremos HOY, el «Día de Yahvéh» es descrito con imágenes convencionales que se encuentran en todos los apocalipsis y que el evangelio mismo utilizará (Mt 24). No hay que tomarlas en sentido literal, lo que podría conducir o bien a un miedo facticio, o a un error de apreciación. Jesús ha insistido a menudo en que no se sea demasiado curioso sobre la «hora» del fin del mundo. Lo que cuenta es estar siempre a punto.

-Despiértense la naciones... Efectivamente, a menudo, duermen inconscientes de lo que verdaderamente está en juego, a lo largo de la historia. Jesús, hablará también de la «vigilancia» (Mc 13,33; Lc 21,36). A menudo, ¿seré yo acaso de aquellos que duermen su vida, en lugar de vivirla verdaderamente? El envite del Juicio está ya puesto. No hay tiempo que perder.

-Suban hasta el valle de Josafat... «Todas las naciones se reunirán ante el Hijo del hombre» (Mt 25,32). Tampoco aquí tiene sentido «imaginar» materialmente esta reunión: en una cierta época, ¡los judíos se hacían enterrar en el valle de Josafat para estar más cerca del lugar de la reunión! La significación profunda es que el juicio será universal: nadie escapará del juicio colectivo e individual... naciones y personas... grupos e individuos. Seré juzgado. «Mi» vida está ya en juicio, en cuanto al tiempo vivido. ¡De ahí la importancia del tiempo que me queda de vida!

-Meted la hoz: la mies está madura. Venid, pisad que el lagar está lleno y las bodegas rebosan, tan grande es su maldad. Cosecha y vendimia: dos imágenes que señalan el término de una maduración. La humanidad crece y madura. La obra de Dios está en crecimiento: no se la puede juzgar antes de la cosecha final. ¿Qué es lo que está madurando en mi vida?

-El sol y la luna se oscurecen, las estrellas retraen su fulgor. La oscuridad: otra imagen sorprendente. El cosmos entero participa del gran debate en cuestión. Nadie cae fuera del poder soberano de Dios. Los astros mismos, que parecen tan lejanos, tan estables, tan fuera del alcance del mundo, están totalmente sometidos a Dios... con más razón el hombre, ese ínfimo polvillo, en el inmenso universo estelar.

-De Sión el Señor hace oír un rugido y de Jerusalén, su voz: el trueno. El cielo y la tierra se estremecen. La "voz de Dios", ruidosa como un trueno. Hay que haber vivido ciertas tempestades en la montaña para comprender este último símbolo. Ante los millones de voltios del más pequeño relámpago, el hombre no puede pasarse de listo. El rayo del Sinaí permanecía en la memoria de Israel como signo mismo de la «manifestación de Dios" - teofanía.

-Sabréis entonces que Yo soy el Señor, vuestro Dios. Antes del último Día, se puede ignorar y aún rehusar depender de Dios. Aquel día, las pretensiones humanas de autonomía aparecerán como un ridículo infantilismo. Señor, que no aguarde yo ese día para someterme a Ti, libremente y en el amor.

-Aquel día los montes destilarán vino y las colinas fluirán leche... Egipto será devastado y Edom, un desierto desolado. Continúan las imágenes. Felicidad para los fieles. Desgracia para los impíos. No tratemos de imaginar. Creamos, en profundidad que no puede ser de otro modo (Noel Quesson).

Dios convoca a juicio a las naciones, que son comparadas con las uvas que se echan al lagar para ser pisadas, pues el Señor las triturará a causa de sus maldades, y a causa de haberse levantado en contra de su Pueblo Santo; en cambio, a los suyos, el Señor los protege y les manifiesta su amor liberándolos del mal y haciendo que la salvación brotará como un río desde el templo del Señor en Jerusalén para todo el mundo. Así el Pueblo de Dios sabrá cuánto lo ama el Señor que hizo Alianza con sus antiguos Padres, y que es fiel a la misma con los hijos de los patriarcas. Dios nos ama y por medio de su Hijo hecho uno de nosotros nos libra de la mano de aquella serpiente antigua, o Satanás, que hizo estragos en el corazón de los hombres. Dios se levanta así para aplastar la cabeza del maligno y librarnos de sus manos, para que libres de nuestra esclavitud a él vivamos, ahora, como hijos de Dios y trabajando para que la salvación del Señor llegue a todo el mundo. Así nos manifiesta el Señor cuánto nos ama en verdad. Por eso vivamos ya no como siervos del pecado, sino como hijos de Dios.

2. Es la confianza a la que nos invita el salmo: "alegraos, justos, con el Señor, justicia y derecho sostienen su trono... amanece la luz sobre el justo y la alegría para los rectos de corazón". Todos deseamos oír las palabras amables del Juez: "muy bien, siervo bueno, ya que has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho: entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25,21).

Dios se manifiesta con gran poder, de tal forma que incluso aquellos que se levantaban como si fueran montañas se derretirán como la cera; en cambio para los justos el Señor es motivo de alegría y regocijo. Dios quiere iluminar nuestra vida con su amor salvador. Cristo es para nosotros como el Sol que nace de lo Alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Vivamos con rectitud no sólo escuchando y meditando la Palabra de Dios, sino poniéndola en práctica de tal forma que podamos mantenernos en pie el día de la venida del Señor.

Comentaba Juan Pablo II: "La luz, la alegría y la paz, que en el tiempo pascual inundan a la comunidad de los discípulos de Cristo y se difunden en la creación entera, impregnan este encuentro nuestro… celebramos el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte. Con su muerte y resurrección se instaura definitivamente el reino de justicia y amor querido por Dios. Precisamente en torno al tema del reino de Dios gira esta catequesis, dedicada a la reflexión sobre el salmo 96. El Salmo comienza con una solemne proclamación: "El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables" y se puede definir una celebración del Rey divino, Señor del cosmos y de la historia. Así pues, podríamos decir que nos encontramos en presencia de un salmo «pascual». Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la dependencia del ser creado con respecto al Creador; también es la convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios. Todo ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección de Jesús.

Recorramos ahora el texto de este salmo… Inmediatamente después de la aclamación al Señor rey, que resuena como un toque de trompeta, se presenta ante el orante una grandiosa epifanía divina. Recurriendo al uso de citas o alusiones a otros pasajes de los salmos o de los profetas, sobre todo de Isaías, el salmista describe cómo irrumpe en la escena del mundo el gran Rey, que aparece rodeado de una serie de ministros o asistentes cósmicos: las nubes, las tinieblas, el fuego, los relámpagos.  Además de estos, otra serie de ministros personifica su acción histórica: la justicia, el derecho, la gloria. Su entrada en escena hace que se estremezca toda la creación. La tierra exulta en todos los lugares, incluidas las islas, consideradas como el área más remota (cf Sal 96,1). El mundo entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un terremoto (cf v 4). Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y sólidas según la cosmología bíblica, se derriten como cera (cf v 5), como ya cantaba el profeta Miqueas: "He aquí que el Señor sale de su morada (...). Debajo de él los montes se derriten, y los valles se hienden, como la cera al fuego" (Mi 1,3-4). En los cielos resuenan himnos angélicos que exaltan la justicia, es decir, la obra de salvación realizada por el Señor en favor de los justos. Por último, la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria divina, o sea, de la realidad misteriosa de Dios (cf Sal 96,6), mientras los "enemigos", es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza irresistible del juicio del Señor (cf v 3)…

Al cuadro que describe la victoria sobre los ídolos y sus adoradores se opone una escena que podríamos llamar la espléndida jornada de los fieles (cf. vv. 10-12). En efecto, se habla de una luz que amanece para el justo (cf. v. 11): es como si despuntara una aurora de alegría, de fiesta, de esperanza, entre otras razones porque, como se sabe, la luz es símbolo de Dios (cf 1 Jn 1,5). El profeta Malaquías declaraba: "Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3,20). A la luz se asocia la felicidad: "Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre" (Sal 96,11-12). El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye el imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo".

Antes de dejar el salmo 96, es importante volver a encontrar en él, además del rostro del Señor rey, también el del fiel. Está descrito con siete rasgos, signo de perfección y plenitud. Los que esperan la venida del gran Rey divino aborrecen el mal, aman al Señor, son los "hasîdîm", es decir, los fieles (cf v 10), caminan por la senda de la justicia, son rectos de corazón (cf v 11), se alegran ante las obras de Dios y dan gracias al santo nombre del Señor (cf v 12). Pidamos al Señor que estos rasgos espirituales brillen también en nuestro rostro".

3.- Lc 11,27-28. Ayer oía Jesús unos improperios por parte de sus enemigos. Hoy, un piropo amable por parte de una buena mujer. Jesús aprovecha esta alabanza para dedicar, a su vez, una bienaventuranza a "los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen". Con lo cual, ciertamente, no está desautorizando a su madre: al contrario, está diciendo que su mayor mérito fue que creyó en la Palabra que Dios le había dirigido a través del ángel. El evangelista Lucas, que es el que más habla de María, la está poniendo aquí, en cierto modo, como el modelo de los creyentes, ya que ella tomó como consigna de su vida aquel feliz propósito: "hágase en mí según tu Palabra".

Podemos aprender de María la gran lección que nos repite Jesús: que sepamos escuchar la Palabra y la cumplamos. Es lo que alaba hoy en sus discípulos, lo que había dicho que era el distintivo de sus seguidores (Lc 8,21) y lo que valoró en María, en contraposición a Marta, demasiado ajetreada en la cocina.

El mismo Lucas presenta a la madre de Jesús como "feliz porque ha creído", según la alabanza de su prima Isabel, y la que "conservaba estas cosas en su corazón": la que escucha y asimila y cumple la Palabra de Dios.

La verdadera sabiduría -y por tanto, la verdadera bienaventuranza- la tendremos si, como María, la primera discípula de Jesús, sabemos escuchar a Dios con fe y obediencia. Ahora que la Iglesia, en la reforma postconciliar, ha redescubierto el valor de la Palabra de Dios, podremos decir que somos buenos seguidores de Jesús -y devotos de la Virgen- si mejoramos en nuestra actitud interna y externa de escucha y de cumplimiento de esa Palabra. Entonces es cuando se podrá decir que construimos nuestra casa sobre roca firme, y no sobre arena movediza (J. Aldazábal).

-Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la gente le dijo gritando... Lucas es el único que relata ese episodio de este modo. Una vez más, en su evangelio, se realza a una mujer. Cuando tanta gente importante, escribas y fariseos sabios, acusan a Jesús de estar a sueldo del "Señor del estercolero"... esta humilde mujer anónima, proclamará su admiración por Jesús.

-"¡Dichosa la madre que te llevó en su seno y que de su leche te alimentó!" El texto griego es más directo y más popular: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que chupaste!" Es una expresión judía bastante típica para hablar de la maternidad. A las mujeres que se compadecieron de Jesús, camino del Calvario, El les dijo: "dichosos los vientres que no han parido y los pechos que no han amamantado", porque vendrán desgracias terribles sobre vuestros hijos. Jesús pensaba en la ruina de Jerusalén que veía venir- (Lc 23,29) Aquí, por el contrario, esa mujer elogia a la madre de Jesús, y, a través de ella a su hijo. Esa mujer de pueblo no se ha dejado impresionar por las críticas que ha oído; está subyugada por la grandeza de Jesús, y, muy sencillamente, ¡envidia a su madre! Sí, ¡ciertamente! Y no lo olvidemos en el día de HOY. Una de las satisfacciones, uno de los honores profundos, que puede experimentar una mujer son los hijos de ella nacidos y por ella educados. No convendría que las otras "fecundidades" espirituales, profesionales, sociales que son también muy reales, nos hicieran olvidar aquella.

-Entonces repuso Jesús: "Más dichosos son aún los que oyen la palabra de Dios y la cumplen". Jesús había ya dicho esto, al hablar de su madre, en el mismo evangelio (Lc 8,21), pero en otra circunstancia. También nosotros repetimos las ideas que llevamos más adentro en el corazón. En contraste -"Mas dichosos aún"...- con la maternidad carnal de su madre, que es grande y realmente gloriosa, Jesús exalta la grandeza de la fe. Notemos una vez más que Jesús no opone "contemplación" y "acción"; la verdadera bienaventuranza comporta los dos aspectos, inseparables el uno del otro: - contemplar, escuchar, orar... - actuar, poner en práctica la Palabra, comprometerse... Y es evidente que Lucas, no ve aquí una crítica a María, él, que la ha presentado, precisamente con las mismas palabras como "dichosa por haber creído" (Lc 1,45) y "guardando en su corazón" los acontecimientos concernientes a Jesús (Lc 2,19)

-"Dichosos los que..." Esta fórmula de bendición se encuentra cincuenta veces en el conjunto del Nuevo Testamento... veinticinco veces de los labios mismos de Jesús en el evangelio. Dios aporta la dicha. Dios desea la felicidad. ¡No una cualquiera! Dichosos los pobres, los mansos, los afligidos, los puros, los que construyen la paz, los perseguidos por la justicia... Dichoso, ese servidor que su amo, a su regreso, encontrará vigilante... Dichosos los que escuchan la palabra de Dios... Dichosa la que ha creído -María- el cumplimiento de las palabras que le fueron dichas... Dichoso aquel para el cual Jesús no es ocasión de escándalo. Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis... Dichoso tú, si aquel a quien has prestado dinero no puede devolvértelo... Dichoso aquel que cenará en el Reino de Dios... Dichosos vosotros cuyos nombres están inscritos en el cielo... Dichosos sois vosotros si sabéis ser servidores los unos de los otros, hasta lavaros los pies... Dichosos los que creerán sin haber visto… (Noel Quesson).

Las bienaventuranzas eran una forma especial de felicitar a quienes recibían la gracia divina. Bienaventurados eran aquellos que habían alcanzado el favor de Dios y lo gozaban en el presente. Una entusiasta mujer del pueblo le dirige a Jesús una bienaventuranza, pues lo consideraba un personaje especial. Alguna gente se entusiasmó con Jesús y lo felicitaron por su familia, por su procedencia, por la importancia que iba adquiriendo como Maestro y profeta. Pero, Jesús sabía perfectamente lo engañoso que resulta el juego de las adulaciones: hoy te elogian, mañana piden tu cabeza. Por eso, le plantea a la mujer una manera diferente de verlo. Pues, él no estaba allí para darle brillo al nombre de su familia, sino para cumplir la voluntad de Dios. La primera bienaventuranza estaba dirigida a ensalzar al pequeño grupo familiar; un pequeño resto que se salvaría por la acción del profeta. Jesús cambia esta perspectiva con otra bienaventuranza que fija un alcance universal a la salvación de Dios. La salvación ya no es de un grupo, un clan o una raza precisa. La salvación es patrimonio de todos aquellos que realizan el Reino de Dios entre los seres humanos. De este modo, Jesús antepone la ética a la ascendencia familiar, religiosa o confesional. La bienaventuranza de Dios, su bendición y esperanza permanecen con aquel que practica su palabra. Entonces, la salvación no proviene de pertenecer a determinada familia ni a cierta confesión religiosa. La salvación viene de una actitud justa ante el prójimo y ante Dios. Hoy, solemos ponerle mucho énfasis a determinar si es de la izquierda o la derecha, de arriba o de abajo, de esta confesión o de la otra. Sin embargo, el evangelio nos enseña que lo valioso es nuestra práctica humana. Si estamos del lado de Dios realizando su plan sobre la humanidad o estamos del lado contrario, junto a los egoístas a quienes no duele el sufrimiento de tantas personas marginadas como hay en el mundo (servicio bíblico latinoamericano).

Encontramos en este pasaje de Lucas, la aclamación de una mujer que simboliza el resto de Israel: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! Esta mujer es representante de una pequeña parte del pueblo que se escapa de la destrucción y constituye el núcleo del pueblo salvado por Dios, según el lenguaje de los profetas.

Muchos en el pueblo siguieron creyendo con sinceridad en los privilegios históricos de Israel. Pero Jesús, rechaza esta postura de privilegio y ello golpea a los seguidores del pasado. Jesús ha proclamado una sociedad alternativa, en la que todo hombre y mujer, de cualquier condición, raza, cultura, y religión, tenga cabida.

Ni la sangre ni la carne ya son la norma de Jesús. Él rompe con la tradición judía y amplía el horizonte del Reino a toda persona que quiera recibir a Dios como el único soberano de su vida. Jesús, lo deja claro. No es la pertenencia a Israel lo que da la garantía de acceder al Reino de Dios, sino al escuchar la Palabra de Dios y el ponerla en práctica. Quien hace fructificar en su vida con actitudes palpables y con acciones reales lo que ha escuchado, ése es verdaderamente dichoso, para Jesús.

Una gran dificultad a nivel cristiano es creernos que somos bienaventurados por haber recibido los sacramentos o por asistir diaria o semanalmente a misa. Eso para Jesús no cuenta, si nuestra vida no está de acuerdo con su propuesta del Reino, y si no demostramos que caminamos con fidelidad y en crecimiento constante por su proyecto.

La única realidad que garantiza el Reino en nuestras vidas son las actitudes coherentes con sus valores. El Reino no se mide por actos de piedad ni por actos de caridad. El Reino se mide por la justicia que tengamos en la vida y la forma responsable como asumamos nuestra existencia. De esta manera seremos dichosos como fue María, no por ser la madre de Jesús, sino por escuchar atentamente la Palabra, meditarla en su corazón y ponerla en práctica. No sin sentido confesamos a María como "la primera evangelizada y evangelizadora". Ella supo pasar de la relación madre-hijo, a la relación de discípulo-Maestro (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

Jesús no repite los elogios tributados a María, pero los confirma, mostrándonos que la grandeza de su madre viene ante todo de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en su corazón (2,19 y 51). "Si María no hubiera escuchado y observado la Palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada" (S. Crisóstomo). Cf. Mc 3,34: Y dando una mirada en torno sobre los que estaban sentados a su alrededor, dijo: "He aquí mi madre y mis hermanos. Jesús no desprecia los lazos de la sangre; pero les antepone siempre la comunidad espiritual (Lc 11,28). María es la bendita, más porque creía en Cristo que por haberlo dado a luz (S. Agustín).

No es la cercanía física de María a su Hijo Jesús lo que la hace bienaventurada, sino el escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica constantemente. Ese debe ser el mismo camino que recorra la Iglesia: Sentarse a los pies de Jesús para dejarse instruir por Él; pero después hacer vida esa Palabra del Señor, de tal forma que, no sólo en la vida privada, sino haciendo el bien a todos aquellos con quienes nos encontremos en la vida, manifestemos que la Palabra de Dios y su santo Nombre no se han pronunciado inútilmente sobre nosotros. Por eso nosotros no somos dichosos, bienaventurados ante Dios, sólo por caminar junto a Él; no podemos contentarnos con escuchar la Palabra de Dios. Es necesario que, a pesar de las persecuciones y burlas, permanezcamos fieles a nuestro Dios y Padre en la realización de su voluntad, que Él nos ha manifestado por medio de Jesús, su Hijo, nuestro Salvador.

A esta Eucaristía no podemos venir sólo a dar culto a Dios y a escuchar su Palabra. Hemos de abrir los oídos de nuestro corazón para que la Palabra que Dios pronuncia a favor nuestro se haga vida en nosotros produciendo abundancia de frutos de buenas obras. Sabemos que somos frágiles y que muchas veces nos puede dominar el desánimo, o el enemigo que constantemente acecha a nuestra puerta; por eso hoy acudimos al Señor, pues de su Altar, en el que celebramos su Misterio Pascual, brota para nosotros un manantial de agua viva, que nos perdona, que nos santifica, que nos fortalece. Al entrar en comunión de vida con el Señor, su Espíritu se convierte en nosotros en un torrente de agua que brota hasta la Vida eterna. Por eso, quienes participamos de la Eucaristía vamos como portadores de la fe que hemos depositado en Cristo, y de la Vida que Él nos ha comunicado. Dichosos nosotros que, llenos de la Gracia que procede de Dios, podemos vivir con fidelidad las enseñanzas del Señor yendo tras las huellas de Aquel que es para nosotros Camino, Verdad y Vida.

Y poner la Palabra de Dios en práctica no puede limitarse a una puesta en práctica de la misma de un modo personal, sin meternos con los demás ni para bien ni para mal. Hemos de ser como el terreno fértil que permite que la Palabra sembrada en nosotros rinda en abundancia sus frutos de amor, de paz, de justicia, de cercanía a los pobres para remediar sus necesidades, de preocupación constante por llamar al camino recto a los pecadores saliendo a su encuentro, aún cuando tengamos que ir hasta donde han desbalagado alejándose del Señor, no para perdernos con ellos, sino para ayudarles, con amor, a volver al Redil de la Iglesia. Así entendemos que poner en práctica la Palabra de Dios significa dar cuerpo a Cristo en nosotros, pues revestidos de Él, nos convertimos en un signo sacramental de su amor salvador para todos, pudiendo decir constantemente: Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió; y la voluntad del que me envió es que no pierda a ninguno de los que Él puso en mis manos, sino que, por salvarlos dé, incluso si es preciso, mi propia vida por ellos.

Que María interceda por nosotros para que, como Ella, aprendamos a ser fieles a la Palabra de Dios, siendo constantes en practicarla con mucho amor a Dios y a nuestro prójimo. Entonces seremos bienaventurados eternamente (www.homiliacatolica.com).

Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia Madre: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» (Lc 11,27). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada —¡sobre todo!— por el hecho de haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la Palabra de Dios.

A veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. ¡No!: los cristianos creemos que Dios nos tiene reservado un destino de felicidad. Dios quiere que seamos felices, afortunados, bienaventurados. Fijémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: «Bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados...». «Bienaventurados los pobres, los compasivos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que creerán sin haber visto» (cf. Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Jacques Maritain.

Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la alegría de vivir, porque creemos en una vida sin fin, eterna. María, la Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo— sino, sobre todo, por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. Como escribía el poeta: «Poder decir "madre" y oírse decir "hijo mío" / es la suerte que nos envidiaba Dios». Que María, Madre del Amor Hermoso, ruegue por nosotros (Jaume Aymar i Ragolta).

 

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