viernes, 13 de noviembre de 2009

Miércoles de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud, prepara la Iglesia; por eso envió a los apóstoles a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, y a todos nos llama al apostolado

 

 

Lectura del libro de Esdras 9,5-9. Yo, Esdras, al llegar la hora de la oblación de la tarde, acabé mi penitencia y, con el vestido y el manto rasgados, me arrodillé y alcé las manos al Señor, mi Dios, diciendo: -«Dios mío, de pura vergüenza no me atrevo a levantar el rostro hacia ti, porque nuestros delitos sobrepasan nuestra cabeza, y nuestra culpa llega al cielo. Desde los tiempos de nuestros padres hasta hoy hemos sido reos de grandes culpas y, por nuestros delitos, nosotros con nuestros reyes sacerdotes hemos sido entregados a reyes extranjeros, a la espada, al destierro, al saqueo y a la ignominia, que es la situación actual. Pero ahora el Señor, nuestro Dios, nos ha concedido un momento de gracia, dejándonos un resto y una estaca en su lugar santo, dando luz a nuestros ojos y concediéndonos respiro en nuestra esclavitud. Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud; nos granjeó el favor de los reyes de Persia, nos dio respiro para levantar el templo de nuestro Dios y restaurar sus ruinas y nos dio una tapia en Judá y Jerusalén.»

 

Salmo Tb 13,2.3-4.6. R. Bendito sea Dios, que vive eternamente.

Él azota y se compadece, hunde hasta el abismo y saca de él, y no hay quien escape de su mano.

Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles, porque él nos dispersó entre ellos. Proclamad allí su grandeza, ensalzadlo ante todos los vivientes: que él es nuestro Dios y Señor, nuestro padre por todos los siglos.

Veréis lo que hará con vosotros, le daréis gracias a boca llena, bendeciréis al Señor de la justicia y ensalzaréis al rey de los siglos.

Yo le doy gracias en mi cautiverio, anuncio su grandeza y su poder a un pueblo pecador.

Convertíos, pecadores, obrad rectamente en su presencia: quizás os mostrará benevolencia y tendrá compasión.

 

 

Santo evangelio según san Lucas 9,1-6. En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: -«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes.

 

Comentario: 1.- Esd 9,5-9. No todo fue fácil en la reconstrucción de la sociedad y de la vida religiosa, a la vuelta del destierro. Una generación entera que ha nacido y vivido en tierra pagana no cambia así como así de sensibilidad y costumbres sociales y religiosas. Por ejemplo, había bastantes matrimonios mixtos entre israelitas y paganos, lo que parecía poner en peligro la pureza de la fe yahvista. Esdras, uno de los sacerdotes artífices de esta vuelta, se expresa ante Dios con esta oración tan sentida: reconoce las culpas del pueblo y la contaminación que han sufrido de las costumbres paganas, agradece a Dios el don de la vuelta -"nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud"-, y le pide su ayuda en la tarea de reconstrucción también moral de la sociedad.

Las situaciones de decadencia y desgracia suelen tener muchas veces sus causas en el abandono de los valores humanos y cristianos. Es bueno que, si nos toca experimentar algún período de estos, nos reconozcamos también nosotros culpables. Juan Pablo II, en la carta en la que nos convocó para el Jubileo del 2000 (Tertio millennio adveniente, 33-36), nos invitaba a hacer examen de conciencia y a reconocer la parte de culpa que todos tenemos "por los pecados que han dañado la unidad querida por Dios para su pueblo", o por haber permitido "métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad", y la responsabilidad que podemos tener en "la indiferencia religiosa que lleva a muchos a vivir como si Dios no existiera". El Papa afirma que la Iglesia "no pueda atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes". "A las puertas del nuevo milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestro tiempo". Son palabras que nos ayudan a aplicar a nuestro tiempo lo que Esdras pedía para el suyo, invitando a sus contemporáneos a levantar paredes materiales -del templo o de sus casas- pero sobre todo, a levantar los valores que habían descuidado. Hemos pasado esta puerta pero el ejemplo de Juan Pablo II podría ser seguido por muchos…

Para poder comprender la página que leeremos, debemos situarla en su contexto. Cuando toda una corriente bíblica -libros de Rut y de Jonás- parecía favorecer los matrimonios mixtos, con miras universalistas... Esdras, en cambio, prohibió severamente a los judíos que se casasen con extranjeras. Ese nacionalismo estrecho, ese racismo, diríamos hoy nosotros, era un reflejo defensivo: la pequeña minoridad de judíos que regresan a Palestina corría el riesgo de perder su identidad, adoptando las costumbres paganas. Esdras se coloca a ese nivel religioso.

-Yo, Esdras, a la hora de la oblación de la tarde, salí de mi postración y con las vestiduras y el manto rasgados, caí de rodillas, con las manos extendidas hacia el Señor, mi Dios. La causa de esa gran postración es el profundo dolor de Esdras por los abandonos de la Fe, consecutivos a los casamientos con mujeres paganas. Debemos ser respetuosos con las religiones de los demás; también resulta con frecuencia dramático ver como algunos creyentes abandonan su fe. Es un problema de todas las épocas. Este texto debe movernos a rogar por todas esas familias que se encuentran HOY en situaciones semejantes.

-"Dios mío, siento harta vergüenza y confusión, para levantar mi rostro hacia Ti". La conciencia del pecado. Esta es una gracia a pedir, sobre todo HOY en que en tantos de nuestros contemporáneos parece haberse borrado, casi completamente, el sentido del «mal». La psicología moderna, y esto es un bien, nos ha revelado los resortes escondidos y complejos del alma humana. Es verdad que nuestras culpabilidades son a menudo atenuadas por todo un conjunto de condicionamientos que pesan sobre nosotros. Sin embargo, con relación a nosotros mismos, en primer lugar es indispensable que agudicemos nuestra lucidez para no deslizarnos hacia la irresponsabilidad. Luego, con relación a los demás, es catastrófico dañarlos sin que nos demos cuenta de ello. En fin, con relación a Dios, es capital situarse ante El con la verdad: Dios es perfectamente santo y trascendente y yo soy pobre y frágil.

-Nuestras faltas se han multiplicado, nuestros pecados han crecido hasta el cielo. Esdras no se sitúa al nivel de una conciencia individual del pecado. Dice «nuestros». Se siente solidario de todo el mal que pueda haber cometido el conjunto del pueblo. HOY todavía, estamos sumergidos en un mal colectivo que gangrena nuestros ambientes, nuestra sociedad. Basta mirar a nuestro alrededor, escuchar las informaciones de cada día para tener conciencia de esa «marea negra», de esa «polución moral" que destruye a la humanidad. La fórmula de Esdras a ese nivel colectivo no es excesiva: ¡el mal nos "sumerge y crece". Hasta el punto que todos nosotros corremos el riesgo de cruzarnos de brazos diciendo: "¿qué podemos hacer?".

-A causa de nuestras faltas fuimos entregados a la espada, a la deportación, al saqueo, al oprobio. Sin llegar a establecer una relación absoluta entre la desgracia y el mal, hay que reconocer que muchos sufrimientos provienen del pecado de los hombres.

-Mas ahora, en un instante, el Señor nuestro Dios, con su misericordia nos ha permitido escapar dándonos una liberación. El sentimiento de postración da lugar a la acción de gracias (Noel Quesson).

Esdras, cargando con un pecado que no había cometido: casarse con alguna mujer extrajera como lo habían hecho los sacerdotes, levitas, jefes y algunos otros del Pueblo elegido, desobedeciendo la orden de Dios en este aspecto; ahora, Esdras confiesa ese pecado ante Dios, como si fuera suyo; reconoce el gran amor de Dios y su misericordia y se acoge a Aquel que se compadece de todos. Pide su perdón y agradece el permitirles encontrar protección y refugio en su templo, e incluso el que Judá y Jerusalén se conviertan en lugar y ciudad de refugio, donde no les alcance la ira de Dios por su pecado. Quienes creemos en Cristo, en Él hemos recibido la manifestación más grande del amor misericordioso de Dios, que vuelve su mirada, llena de compasión, hacia nosotros y nos ofrece su perdón y su paz. En Cristo no sólo encontramos refugio, sino que adquirimos la dignidad de hijos de Dios, ya que Él, cargando sobre sí nuestras miserias, nos ha dado el perdón y nos ha hecho partícipes de su vida y de su Espíritu. Tratemos de no perder, a causa de nuestros pecados, nuestra unión con el Señor; sino que, por el contrario, abandonando nuestras esclavitudes al mal llegue a nosotros en mayor abundancia la gracia de Dios.

2. Tob 13.2.4.6-8. En vez de salmo, hace eco a la lectura de hoy la oración de Tobías, que también sabe lo que es la culpa y el castigo y la ayuda de Dios para la conversión: "él nos dispersó entre los gentiles... veréis lo que hará con vosotros, le daréis gracias a boca llena... convertíos, pecadores, obrad rectamente en su presencia".

El himno no corresponde a la deportación de los israelitas a Asiria en el s. VIII a. C., el contexto histórico del momento, sino que supone la destrucción de Jerusalén y la cautividad de Babilonia y por eso sitúa la escena en el siglo VI a. C. Está compuesto para ser recitado en la diáspora, en cualquier circunstancia. En el canto –que tiene diferencias, en varias versiones- late la esperanza de la reunificación del pueblo judío en torno a una Jerusalén maravillosamente reconstruida, esperanza que continúa hasta la venida de Jesús que con la Iglesia, la Nueva Jerusalén, hace realidad todas las profecías de la que ha de aparecer gloriosa al fin de los tiempos (Ap 21,2-22,15; Biblia de Navarra).

Hacia este cántico pareciéramos remontar una buena parte del cántico de María en el Evangelio de san Lucas. Dios ha hecho grandes cosas por nosotros, por eso hemos de darle gracias. Más aún: estando en un país que no conoce a Dios hay que considerar eso como una luz, que Dios enciende por medio de sus elegidos, a favor del pueblo infiel en que los hijos de Dios viven su destierro para invitarlo a la conversión, a portarse rectamente, pues ¿Acaso en alguna otra ocasión el Señor los volverá a amar como ahora que tienen entre ellos al Pueblo elegido de Dios? Quizá esta sea la última oportunidad de conocer, amar y servir a Dios. Por eso no hay que dejar que la gracia de Dios caiga en saco roto. Dios nos ha dado la última oportunidad de salvarnos; y esto no puede ser sino en el Nombre de Jesús, por nuestra fe en Él y por recibir el Bautismo que nos hace ser miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. No sólo tomemos conciencia de ese amor tan grande del Señor hacia nosotros, sino que vivamos de tal forma que en verdad permitamos que el Señor haga a favor nuestro y por medio nuestro grandes obras para todos los pueblos. Que la Iglesia sea, en el mundo, el lugar y el tiempo oportuno para que todos, desde el más pequeño hasta el más grande, conozcan al Señor y lo amen.

3.- Lc 9,1-6 (ver paralelo Mt 9,36-10,8). Jesús ya había elegido a los doce apóstoles. Ahora les envía con poder y autoridad a una primera misión evangelizadora. Lo que les encarga en concreto es que liberen a los poseídos por los demonios, que curen a los enfermos y que proclamen el Reino de Dios. Para este viaje misionero, les encomienda un estilo de actuación que se ha llamado "la pobreza evangélica", sin demasiadas provisiones para el camino. Les avisa, además, que en algunos lugares los acogerán bien y en otros, no. Sacudirse el polvo de los pies era una expresión que quería significar la ruptura con los que no querían oír la Buena Noticia: de modo que no se llevaran de allá ni siquiera un poco de tierra en sus sandalias.

Ésta es la doble misión que Jesús encomendó a la Iglesia: por una parte, anunciar el evangelio y, por otra, curar a los enfermos y liberarlos de sus males también físicos y psíquicos. Exactamente lo que hacía Jesús: que iluminaba con su palabra a sus oyentes, y a la vez les multiplicaba el pan o les curaba de sus parálisis o les libraba de los demonios o incluso les resucitaba de la muerte. El binomio "predicar-curar" se repite continuamente en el evangelio y ahora en la vida de la Iglesia. Se puede decir que durante dos mil años se está cumpliendo la última afirmación del evangelio de hoy: "ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes". ¡Cuánto bien corporal y social ha hecho la comunidad cristiana, además del espiritual, sacramental y evangelizador! También deberíamos revisar como comunidad y cada uno personalmente el desprendimiento que Jesús exige de los suyos. Los misioneros -la Iglesia- deben ser libres interiormente, sin demasiado bagaje. No deben buscarse a sí mismos, sino dar ejemplo de desapego económico, no fiarse tanto de las provisiones o de los medios técnicos, sino de la fuerza intrínseca de la Palabra que proclaman y del "poder y autoridad" que Jesús les sigue comunicando para liberar a este mundo de todos sus males y anunciarle la noticia de la salvación de Dios. No trabajamos a nuestro estilo, sino según las consignas de Jesús. Porque no somos nosotros los que salvamos al mundo: sólo somos conductores -es de esperar que buenos conductores- de la fuerza salvadora del Resucitado y de su Espíritu (J. Aldazábal). El Catecismo 863 señala: "Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (AA 2)".

Es curioso notar que Lucas relata "dos veces" unas consignas de "misión" casi equivalentes: - aquí van dirigidas a los "Doce" (Lucas 9, 1-6); - en el capítulo siguiente van dirigidas a los "Setenta y dos" (Lucas 10, 1-12).

Papa, obispos, sacerdotes, laicos... son "enviados" a la misión. Todos reciben las mismas consignas de "pobreza":- a los Doce, se les dice: "No toméis ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto;" - a los Setenta y dos, se les dice: "No llevéis ni dinero ni alforja, ni sandalias..."

-Habiendo convocado Jesús a los doce les dio poder y autoridad para: 1º Expulsar todos los demonios y curar las enfermedades... 2º Proclamar el reino de Dios... Se pusieron pues en camino y fueron de aldea en aldea, 1º Anunciando la "buena noticia"...2º Curando en todas partes... La "misión" se resume pues en dos puntos precisos: uno es una palabra, una proclamación... otro es un acto propiamente dicho, una curación. Esos dos aspectos de la evange1ización se hacen a la vez. No hay anterioridad del uno respecto al otro. En la misma página Lucas los cita en un orden distinto. El misionero no puede contentarse con sólo "palabras", son necesarios "actos" concretos que muestren a los hombres que éstos contribuyen a liberarlos de la impronta del mal: expulsar los demonios, curar al hombre, liberar... Pero el misionero no puede tampoco contentarse con sólo "actos", es preciso que sus palabras expliciten lo que hace: decir que el reino de Dios está actuando allí, proclamar el evangelio... En una época reciente se ha desconfiado de un apostolado que parecía publicitario y se ha insistido en que el discurso, la predicación, eran menos importantes, para revelar a Jesucristo, que un cierto estilo de vida. En este sentido "toda la vida del cristiano" ha de ser evangelizadora. Pero, de ningún modo se debería llegar a que unos cristianos no afirmasen jamás explícitamente su fe en Jesucristo. ¿Soy misionero? ¿Lucho contra el mal? ¿Anuncio a Jesucristo salvador, con mis obras y con mi palabra?

-Jesús les dijo: "No toméis nada para el camino: Ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde os alojéis, hasta que os vayáis de aquel lugar." La Iglesia primitiva cuidaba mucho de mantener ese ideal de pobreza real. La pobreza era para ella un signo del Reino (Lc 6,20; 14,25-33; 16,19-31; 18,18-30). Cada vez que, de alguna manera, nos encontramos con esa exigencia evangélica, ésta debe interrogarnos; pues somos muy propensos a olvidarla y a instalarnos en el confort y el bienestar... con el riesgo tremendo de contentarnos con esos bienes materiales y nos falte la disponibilidad.

-Y en caso de que no os reciban al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos. Ese "rechazo" a recibir a los apóstoles se convierte en un "juicio" temible. Notemos, una vez más, que son los hombres mismos los que se condenan con su rechazo. ¡Señor, ten piedad de nosotros: si a menudo no atendemos las llamadas de tu gracia! (Noel Quesson).

San Josemaría hablaba de "Ser apóstol de apóstoles": "Llenar de luz el mundo, ser sal y luz : así ha descrito el Señor la misión de sus discípulos. Llevar hasta los últimos confines de la tierra la buena nueva del amor de Dios. A eso debemos dedicar nuestras vidas, de una manera o de otra, todos los cristianos.

Diré más. Hemos de sentir la ilusión de no permanecer solos, debemos animar a otros a que contribuyan a esa misión divina de llevar el gozo y la paz a los corazones de los hombres. En la medida en que progresáis, atraed a los demás con vosotros, escribe San Gregorio Magno; desead tener compañeros en el camino hacia el Señor.

Pero tened presente que, cum dormirent homines, mientras dormían los hombres, vino el sembrador de la cizaña, dice el Señor en una parábola. Los hombres estamos expuestos a dejarnos llevar del sueño del egoísmo, de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras, evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace esclavo de la tristeza!

Hay un caso que nos debe doler sobre manera: el de aquellos cristianos que podrían dar más y no se deciden; que podrían entregarse del todo, viviendo todas las consecuencias de su vocación de hijos de Dios, pero se resisten a ser generosos. Nos debe doler porque la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté oculta, sino para que brille ante los hombres ; porque, además, está en juego la felicidad temporal y la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es una maravilla divina, con promesas inmediatas de satisfacción y de serenidad, pero a condición de que sepamos apreciar el don de Dios, siendo generosos sin tasa.

Es necesario, pues, despertar a quienes hayan podido caer en ese mal sueño: recordarles que la vida no es cosa de juego, sino tesoro divino, que hay que hacer fructificar. Es necesario también enseñar el camino, a quienes tienen buena voluntad y buenos deseos, pero no saben cómo llevarlos a la práctica. Cristo nos urge. Cada uno de vosotros ha de ser no sólo apóstol, sino apóstol de apóstoles, que arrastre a otros, que mueva a los demás para que también ellos den a conocer a Jesucristo.

Quizás alguno se pregunte cómo, de qué manera puede dar este conocimiento a las gentes. Y os respondo: con naturalidad, con sencillez, viviendo como vivís en medio del mundo, entregados a vuestro trabajo profesional y al cuidado de vuestra familia, participando en los afanes nobles de los hombres, respetando la legítima libertad de cada uno.

Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón el ansia de hace comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una vez más, contemplando la vida de María.              

Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos.

Actuando así daremos a quienes nos rodean el testimonio de una vida sencilla y normal, con las limitaciones y con los defectos propios de nuestra condición humana, pero coherente. Y, al vernos iguales a ellos en todas las cosas, se sentirán los demás invitados a preguntarnos: ¿cómo se explica vuestra alegría?, ¿de dónde sacáis las fuerzas para vencer el egoísmo y la comodidad?, ¿quién os enseña a vivir la comprensión, la limpia convivencia y la entrega, el servicio a los demás?

Es entonces el momento de descubrirles el secreto divino de la existencia cristiana: de hablarles de Dios, de Cristo, del Espíritu Santo, de María. El momento de procurar transmitir, a través de las pobres palabras nuestras, esa locura del amor de Dios que la gracia ha derramado en nuestros corazones.

San Juan conserva en su Evangelio una frase maravillosa de la Virgen, en una escena que ya antes considerábamos: la de las bodas de Caná. Nos narra el evangelista que, dirigiéndose a los sirvientes, María les dijo: Haced lo que El os dirá. De eso se trata; de llevar a las almas a que se sitúen frente a Jesús y le pregunten: Domine, quid me vis facere?, Señor, ¿qué quieres que yo haga?

El apostolado cristiano -y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales- es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina.

Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor -tú y yo- con el Hijo primogénito del Padre.

Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. Y así el haced lo que El os dirá se ha convertido en realidades de amoroso entregamiento, en vocación cristiana que ilumina desde entonces toda nuestra vida personal.

Este rato de conversión delante del Señor, en el que hemos meditado sobre la devoción y el cariño a la Madre suya y nuestra, puede, pues, terminar reavivando nuestra fe (...)El Señor quiere de nosotros que no desaprovechemos esta ocasión de crecer en su Amor a través del trato con su Madre. Que cada día sepamos tener con Ella esos detalles de hijos -cosas pequeñas, atenciones delicadas-, que se van haciendo grandes realidades de santidad personal y de apostolado, es decir, de empeño constante por contribuir a la salvación que Cristo ha venido a traer al mundo.

Sancta Maria, spes nostra, ancilla Domini, sedes sapientiae, ora por nobis! Santa María, esperanza nuestra, esclava del Señor, asiento de la Sabiduría, ¡ruega por nosotros!"

No podemos considerar este envío como un simple entrenamiento, sino como el inicio de la misión que los apóstoles llevarán adelante de proclamar el Evangelio con poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades. El Señor quiere a los suyos como sus colaboradores en el anuncio del Reino de Dios. Los apóstoles harán presente al Señor hasta los últimos rincones de la tierra. Es bueno proclamar el Nombre de Dios, su Buena Noticia de amor. Pero el Evangelio no puede ceñirse sólo a discursos magistralmente preparados y bellamente pronunciados. Hay que propiciar que Jesús se haga cercano al hombre que sufre por la pobreza o enfermedad, al que vive esclavo de sus pasiones, para que la curación de todos estos males le haga saber que el pertenecer al Reino de Dios por creer en Cristo Jesús, hace de los creyentes personas libres de toda influencia del mal. El Señor nos quiere no sólo como promotores sociales sin trascender hacia Él; pero tampoco nos quiere sólo como predicadores angelistas, desencarnados de la realidad. El anuncio del Evangelio debe integrar al hombre completo, con sus aspiraciones y con sus debilidades, para ayudarle a vivir con mayor dignidad su ser imagen y semejanza de Dios, más aún, su ser de hijo de Dios por su fe y por su unión, mediante el Bautismo, a Cristo Jesús.

En esta Eucaristía celebramos el amor de aquel que, conociendo nuestra fragilidad, hizo suyos nuestros dolores, cargó sobre sí nuestras miserias y nos curó con sus llagas. Él se presentó entre nosotros no como el Dios terrible, que da miedo contemplar y escuchar; sino con la sencillez de quien nos ama entrañablemente y se acerca a nosotros para manifestársenos como la Buena Nueva que el Padre Misericordioso pronuncia a favor nuestro. Hoy estamos en torno a Él buscando, no sólo que nos conceda algún favor, sino que nos haga partícipes de su Vida y de su Espíritu para vivir de un modo mejor la fe que profesamos en Él.

Unidos al Señor Él nos envía para que proclamemos ante los demás lo misericordioso que Él ha sido para con nosotros. Les hemos de anunciar el Nombre del Señor; y lo hemos de hacer desde nuestra experiencia personal con el Señor y la vivencia fiel de sus enseñanzas. Pero no podemos quedarnos sólo en el anuncio con los labios, sino que también nuestras obras deben convertirse en la proclamación de la Buena Nueva de salvación. Sólo así podremos ser testigos del Señor que se preocupan de remediar los males tanto personales, como los que hay en el mundo. Hay muchas enfermedades interiores que hemos de curar en aquellos que nos rodean, como la soledad, la tristeza, la angustia, la inseguridad, el desbordamiento de las pasiones, la codicia, la preocupación compulsiva por los bienes temporales y por el poder; en fin, hay tantas esclavitudes que han atado a las personas y que requieren de nuestra atención de hermanos para ayudarles a darle un nuevo rumbo a su vida, y, desde su vida, a toda la historia. Dios quiere que no hundamos a los demás en el abismo, sino que les ayudemos a salir de él.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir confiados en el amor de Dios, pero al mismo tiempo vivir fieles a todo aquello que nos ha encomendado, especialmente proclamar su Evangelio con las obras y con las palabras, de tal forma que, en verdad, seamos constructores de su Reino entre nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).

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