domingo, 15 de noviembre de 2009

Miércoles de la 30ª semana de Tiempo Ordinario. San Simón y San Judas Apóstoles. “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles”; ellos fueron los primero en llevar el testigo del Evangelio, que a nosotros nos toca portar ahora para transmitir

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2,19-22. Hermanos: Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

 

Salmo 18,2-3.4-5. R. A toda la tierra alcanza su pregón

El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.

Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.

 

Evangelio según san Lucas 6,12-19. En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

 

Comentario: 1. Ef. 2, 19-22. Hay que dar vueltas a la frase de la carta a los efesios: "Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles". ¿Qué sería de la iglesia sin tradición? Es cierto que la iglesia está naciendo cada día, en la medida en que el Espíritu suscita la fe en Jesús y vincula a los creyentes. Pero es la iglesia que surge con los apóstoles. Hay una continuidad histórica que se convierte en garantía de autenticidad. Creyentes de la talla del cardenal Newman nos han ayudado a profundizar en este aspecto de la fe. Es fácil sucumbir a la tentación de que todo -y también la fe- nace con cada uno de nosotros. Es la tentación del adolescente, que siente que inaugura la vida. Cuando uno vive la fe como un eterno adolescente le sobran los apóstoles, los mártires y todo lo que no sea su yo cerrado. Un apóstol es alguien escogido por Jesús para ser enviado… no es un iluminado que se arroga experiencias religiosas y que quiere convencer a los demás para que las hagan suyas. Podríamos decir que un apóstol es el eslabón de una cadena. "Viene de" (elegido) y "va hacia" (enviado). Es alguien que no se convierte en centro sino que remite siempre al origen (Jesús) y al final (Jesús). Uno de los grandes problemas que hoy vivimos es la ruptura de la "cadena de la fe". Los sociólogos de la religión nos hablan de la quiebra de las instancias "transmisoras" (la familia, la parroquia, etc.). Podemos provocar experiencias espirituales intensas, pero si no están conectadas con la gran cadena apostólica, por frescas que parezcan, acabarán muriendo. Me parece que esta es, por desgracia, la suerte de muchos jóvenes que viven con interés la aventura de descubrir a Jesús, pero que han carecido de apóstoles a su lado que les ayuden a vivir la fe "con conexiones", o, por utilizar, una terminología de hoy, una fe "en red" (gonzalo@claret.org).

Aquellos que, a causa de sus pecados, vivían lejos del Señor, han sido llamados a la reconciliación con Dios. El Señor nos llama a dejar nuestra antigua condición de maldad, y a darle nuestra respuesta al amor que nos ofrece. El nos llama para que volvamos a la casa paterna, pues para Él todos somos sus hijos. Y Él nos recibe como el Padre recibe al hijo que, arrepentido, retorna para incorporarse a la familia haciendo que aquel "no" de rebeldía quede atrás y se convierta en un "sí" lleno de amor a la voluntad divina. Dios nos ama siempre; démosle la mejor de nuestras respuestas permitiéndole al Señor desencadenarnos de todo lo que nos ata al pecado. Él no nos quiere lejos; nos quiere unidos a Él no como extraños, sino como conciudadanos de los santos y pertenecientes a la familia de Dios. Y esto no se realiza por medio de la circuncisión, sino por nuestra fe en Cristo, que ha unido en un sólo pueblo a judíos y no judíos. El Espíritu Santo habita en nosotros como en un templo. Que Él nos dé la firmeza necesaria para que edifiquemos el templo santo de Dios y no lo destruyamos a causa de una fe sin obras, o a causa de nuestras hipocresías en que, comportándonos como malvados, diésemos a Dios un culto vacío e inútil. Aprendamos a volver constantemente al Señor para que, llenos de su Espíritu, manifestemos con nuestras buenas obras que tenemos a Dios por Padre.

            2. Sal. 18. El salmo habla de Dios Creador (vv 1-6) y de la revelación o de la Escritura, que nos da a conocer la voluntad de Dios en cuanto a nuestros deberes (vv 7-11) y el salmista nos enseña el modo de aprovecharnos de él (vv. 12-14). Leemos los primeros versículos de este salmo que son como un complemento de los primeros del salmo 8, ya que en él se cantan, en bellas imágenes (vv. 4-6), las excelencias del sol, astro que no se menciona en el Sal. 8. De las cosas que podemos ver cada día, el salmista nos lleva en estos versículos a la consideración de las cosas invisibles de Dios, cuya gloria brilla con gran resplandor en los cielos visibles, llenos de astros cuya estructura, belleza y orden son maravillosos. Este ejemplo del poder divino sirve no solo para mostrar la insensatez de los ateos, quienes, aun viendo el cielo, dicen: «No hay Dios» y viendo el efecto, dicen: «No hay una causa suprema», sino también para mostrar la necedad de los idólatras y la vanidad de sus imaginaciones, pues, aun cuando los cielos cuentan la gloria de Dios, ellos otorgan esa gloria a las luminarias del cielo, siendo así que esas mismas luces les están dirigiendo a dar gloria solamente a Dios que es el Padre de las luces (St 1,17). Veamos:

Algunas de esas criaturas que nos dan a conocer la obra de Dios: (A) El firmamento —la vasta extensión del aire y del éter, las esferas y Orbitas de los planetas y las estrellas llamadas fijas. El hombre tiene sobre las bestias esta ventaja en la estructura misma de su cuerpo en que, mientras ellas están formadas para mirar hacia abajo, adonde han de ir a parar finalmente, el hombre ha sido formado erecto, para mirar hacia arriba, adonde sus pensamientos deberían elevarse ahora y adonde su espíritu ha de marchar después, a las manos de Dios (Ec 12,7).

(B) La constante y regular sucesión del día y de la noche (v 2), los cuales van pasándose constantemente el mensaje de gloria del Dios que en un principio separó la luz de las tinieblas (Gn 1,4). No solo se glorifica Dios con esta constante revolución de los astros, sino que nos beneficia a nosotros, pues, así como la luz de la alborada nos incita a poner mano al quehacer cotidiano, las sombras de la noche nos invitan al reposo de nuestro trabajo.

(C) De manera especial es declarada la gloria de Dios por la luz y la influencia benéfica del sol, ya que, de entre todos los cuerpos celestes, él es el más conspicuo en sí mismo y el más útil para este mundo de abajo, el cual sería sin él un desierto y una cárcel oscura. En los cielos puso Dios tabernáculo para el sol (v 4). Los cuerpos celestes son llamados huestes de los cielos y, por eso, es muy apropiado que se diga de ellos que viven en tiendas de campana, como los soldados en sus campamentos. Esa gloriosa criatura que es el sol no fue hecha para estar ociosa, «sino que de un extremo de los cielos es su salida, y su Orbita llega hasta el término de ellos» (v 6); y así un día y otro, sin retrasos ni intermitencias, hasta tal punto que se puede predecir con toda seguridad a qué hora y minuto saldrá y se pondrá en cada día del año. El esplendor con que se presenta: (a) «como esposo que sale de su tálamo» (v 5), finamente vestido y ricamente adornado, con rostro radiante y placentero y llenando de placer a todos los que por él son contemplados y lo contemplan (no en su rostro, que es demasiado brillante para mirarle de cara, sino en el brillo que despide); (b) «Se alegra cual atleta corriendo su carrera, como gran campeón que sostiene firme su zancada y se alegra llegando a su meta sin fatiga».

A quién se hace esta declaración de la gloria de Dios. Se hace a todos los lugares de la tierra (vv 3,4). Los astros no hablan un idioma particular (v 3), sino un lenguaje universal (v 4): Por toda la tierra salió su pregón, y hasta el extremo del mundo su lenguaje. Todos los pueblos pueden y deben escuchar a estos predicadores naturales, pero inmortales, hablar a cada uno en su propio idioma las maravillosas obras de Dios. Un detalle digno de observación: En estos seis primeros versículos, sólo ocurre, y una sola vez —al comienzo—, el nombre de Dios (hebr. El, abreviatura de Elohim), mientras que en el resto del salmo —siete veces— ocurre solamente el nombre de Yahweh. Observa Arconada: A Él pueden y deben conocerle todos los hombres; a Yahvé, el pueblo de Israel (www.eladorador.com). Dios, por medio de su Hijo Jesús, nos ha unido a Él para que proclamemos su nombre hasta los últimos rincones de la tierra. Ahí donde se encuentre un hombre de fe se ha de dar testimonio de Cristo y de su Evangelio. No podemos ser una luz encendida que se oculta cobardemente ante las amenazas, burlas, desprecios o persecuciones. Dios nos ha comunicado su Espíritu Santo para que colaboremos en la construcción de un mundo más justo y más fraterno; para que, renovados en Cristo, iniciemos ya desde este momento histórico, la presencia del Reino de Dios entre nosotros. Que cada uno de nosotros comunique el mensaje de salvación a otros más, para que todos podamos llegar a disfrutar de la Vida eterna que Dios nos ofrece.

3. Lc. 6, 12-19. La elección de los Doce no se hace a la ligera, sino que viene precedida de una prolongada oración de Jesús, dialogando con Dios sobre cuál sería la respuesta más en consonancia con el rechazo de que había sido objeto por parte de los dirigentes de Israel: "Por aquel entonces salió Jesús, fue al monte a orar y se pasó la noche orando a Dios" (6,12). Literalmente se habla de una salida/éxodo de Jesús en dirección al monte, y se subraya la oración ininterrumpida que elevó a Dios en aquel lugar. Lucas hace referencia a la oración de Jesús en los momentos más decisivos de su vida. La "noche" es indicio de la perplejidad que lo invade; el "monte", hacia el cual ha "salido" él solo (desde allí convocará a los discípulos), expresa en términos figurados el lugar/estado anímico más adecuado para un encuentro con Dios, mientras que la "oración" es medio de clarificación, a fin de que Dios dé luz verde al cambio de planes que se ve obligado a introducir. "Cuando se hizo de día", indicio de que la oración ha obtenido resultados positivos -no se pueden tomar decisiones mientras a uno lo envuelve la tiniebla-, "llamó a sus discípulos, eligió a doce de ellos y los nombró apóstoles" (6,13). La correlación "noche/día" no se ha de interpretar necesariamente de una noche/día puntuales: podría muy bien hacer referencia a un periodo de tiempo más o menos largo, durante el cual Jesús quedó sumido en la más profunda perplejidad al sentirse rechazado por sus connacionales.

"Doce apostoles": un grupo abierto. La elección de los "doce" tiene como función dar una nueva configuración al grupo de discípulos israelitas (6,13b): "Llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos", es decir, los escogió entre los miembros del grupo israelita, el más ortodoxo, para que representaran el nuevo Israel. Jesús, sin embargo, pretende desde un principio que el rasgo distintivo y más específico del nuevo grupo sea la misión: "los nombró apóstoles", es decir, "enviados" o "misioneros" (6,13c). No quiere crear un grupo cerrado sobre sí mismo, al estilo de las comunidades bautistas, esenias o fariseas (cf. 5,33-35), sino un grupo abierto que invite a todos a formar parte de él. Con la elección del nuevo Israel, Jesús da por definitivamente caducado el antiguo Israel. Los doce nombres propios están todos unidos por la conjunción "y", sin establecer ninguna jerarquía ni grupúsculo en el interior del grupo. Hay dos "Simones": uno, "al que Jesús dio el nombre de Pedro" por su proverbial terquedad en la defensa de las propias opiniones ("Kepha", arameo; "Petros", griego; "Piedra", castellano; diverso de "So'ar", arameo; "Petra", griego; "Roca", castellano), y otro, "el llamado Fanático" ("Kananaios", Mc 3,18; Mt 10,2, arameo; "zelotes", griego), simpatizante del movimiento de resistencia judía contra los romanos; igualmente, hay dos "Judas": "el de Santiago" y "el Iscariote, que llegó a ser un traidor". Además, el primero y el último de la lista engloban a todos los demás: las negaciones de "Pedro" y la traición de "Judas" afectarán de una u otra manera a todo el grupo. En la presentación del nuevo Israel, Lucas deja ya entrever que éste resultará un fracaso.

Se lució Jesús en la elección de los apóstoles. Cada uno de un origen totalmente diverso. Gente muy sencilla, demasiado sencilla incluso, diríamos nosotros, para la difícil función a la que iban a ser llamados. Posiblemente ninguno de ellos entendió perfectamente lo que Jesús estaba haciendo cuando les llamó para ser. No entendieron tampoco muy bien lo que Jesús quería de ellos, ni el día que los llamo ni más tarde cuando le seguían por los caminos de Palestina. Eso nos lo dicen más de una vez los Evangelios. De hecho, cuando llegó el momento de la cruz, solamente Juan permaneció cerca de él acompañado de las mujeres. Fueron gente normal, con todas sus debilidades. Exactamente como nosotros. Como nosotros cayeron muchas veces, fueron débiles, no supieron seguir el ritmo de Jesús, no lo entendieron, algunos le negaron ante las autoridades. Ninguna de esas cosas le hizo a Jesús dar marcha atrás de su decisión. Fueron una y otra vez confirmados en su elección. Ellos son los apóstoles sobre los que se fundamenta la Iglesia. De ellos y de su predicación hemos recibido nuestra fe. Aunque en nuestra opinión no sean los mejores. Pero Jesús creyó en ellos y creyó en el poder de la gracia de Dios, capaz de hacer de personas normales y corrientes, como nosotros, fundamentos de la fe de la comunidad cristiana. Para que se note que es la gracia de Dios la que actúa en la Iglesia y no la sabiduría de los seres humanos (Josep Rius-Camps).

Jesucristo, porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Su alimento fue hacer la voluntad de Aquel que lo envió. Su constante oración le llevó a descubrir esa voluntad para poder llegar a decir: Yo hago lo que le veo hacer a mi Padre. Antes de llamar a sus discípulos para elegir a doce de entre ellos y darles el nombre de apóstoles, se pasa la noche en oración con Dios. Cuando en la antigüedad Moisés bajó del monte con las tablas de la Ley, su rostro resplandecía de tal forma que los Israelitas tuvieron que tapárselo con un velo. En cambio, cuando Jesús baja del monte después de orar, la gente procuraba tocarlo, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos. En Jesús se conjugan: oración, fidelidad amorosa a su Padre y entrega generosa en favor nuestro. Aprendamos de Él a no querer actuar al margen de una relación personal e íntima con nuestro Padre Dios. Si unimos a Él nuestra vida, si somos constantes en la oración, entonces Dios hará que, desde nosotros, su Evangelio siga teniendo la misma eficacia salvadora manifestada en Aquel que Él nos envió como Camino, Verdad y Vida, Cristo Jesús…

Si en lugar de sanar las heridas que el pecado ha dejado en muchos corazones las hacemos más profundas y dolorosas, a pesar de que seamos asiduos en la oración, si no lo somos también en el amor fraterno, no podemos llamarnos hijos de Dios, ni sentirnos enviados con la misma Misión salvadora del Hijo de Dios. El Señor nos pide detenernos ante nuestros hermanos heridos por el pecado, por la pobreza o por la enfermedad. No podemos sentirnos satisfechos ante el Señor porque acudimos amorosamente a la celebración de la Eucaristía. De aquel que ha entrado en una relación amorosa y personal con el Señor, se espera que dimane una fuerza poderosa capaz de sanar el pecado, capaz de colaborar para que el mundo sea más justo, más fraterno. Si, a pesar de haberle dado culto al Señor durante muchos años sólo nos sentimos satisfechos con nosotros mismos y continuamos pasando de largo ante el dolor y el pecado del mundo, tenemos que preguntarnos si en verdad somos sus apóstoles o si, a causa de nuestras cobardías, al final el Padre Dios no pueda decir de nosotros: Tú eres mi hijo amado en quien me complazco, puesto que has sido bueno y fiel, entra al gozo de tu Señor.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de colaborar en la construcción de la Morada de Dios entre los hombres, que es su Iglesia; y colaborar no sólo anunciando el Evangelio con los labios, sino dejando que el Espíritu Santo, habitando en nosotros, nos haga ser un Evangelio viviente para nuestros hermanos. Amén (www.homiliacatolica.com).

Después de la Ultima Cena, cuando Cristo prometió que se manifestaría a quienes le escuchasen, Judas le preguntó porqué no se manifestaba a todos. Cristo le contestó que El y su Padre visitarían a todos los que le amasen: "Vendremos a él y haremos en él nuestra morada" (Juan 14, 22-23). No sabemos nada de la vida de San Judas Tadeo después de la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo.

Se atribuye a San Judas una de las epístolas canónicas, que tiene muchos rasgos comunes con la segunda epístola de San Pedro. No está dirigida a ninguna persona ni iglesia particular y exhorta a los cristianos a "luchar valientemente por la fe que ha sido dada a los santos. Porque algunos en el secreto de su corazón son… hombres impíos, que convierten la gracia de nuestro Señor Dios en ocasión de riña y niegan al único soberano regulador, nuestro Señor Jesucristo". Es una severa amonestación contra los falsos maestros y una invitación a conservar la pureza de la fe. Termina su carta con esta bella oración: "Sea gloria eterna a Nuestro Señor Jesucristo, que es capaz de conservarnos libres de pecados, y sin mancha en el alma y con gran alegría".

San Judas Tadeo es uno de los santos más populares a causa de los numerosos favores celestiales que consigue a sus devotos que le rezan con fe, especialmente en cuanto a conseguir empleo o casa. San Brígida cuenta en sus Revelaciones que Nuestro Señor le recomendó que cuando deseara conseguir ciertos favores los pidiera por medio de San Judas Tadeo.

¿Por qué se celebran juntos Tadeo y Simón? Según la tradición occidental, tal como aparece en la liturgia romana, se reunió en Mesopotamia con San Simón y que ambos predicaron varios años en Persia y ahí fueron martirizados. Existe un presunto relato del martirio de los dos Apóstoles; pero el texto latino no es ciertamente anterior a la segunda mitad del siglo VI. Dicho documento se ha atribuido a un tal Abdías, de quien se dice que fue discípulo de Simón y Judas y consagrado por ellos primer obispo de Babilonia. Según dice la antigua tradición, a San Simón lo mataron aserrándolo por medio, y a San Judas Tadeo le cortaron la cabeza con una hacha y por eso lo pintan con una hacha en la mano. Por ello, la Iglesia de occidente los celebra juntos, en tanto que la Iglesia de oriente separa sus respectivas fiestas.

Hoy contemplamos un día entero de la vida de Jesús. Una vida que tiene dos claras vertientes: la oración y la acción. Si la vida del cristiano ha de imitar la vida de Jesús, no podemos prescindir de ambas dimensiones. Todos los cristianos, incluso aquellos que se han consagrado a la vida contemplativa, hemos de dedicar unos momentos a la oración y otros a la acción, aunque varíe el tiempo que dediquemos a cada una. Hasta los monjes y las monjas de clausura dedican bastante tiempo de su jornada a un trabajo. Como contrapartida, los que somos más "seculares", si deseamos imitar a Jesús, no deberíamos movernos en una acción desenfrenada sin ungirla con la oración. Nos enseña san Jerónimo: «Aunque el Apóstol nos mandó que oráramos siempre, (…) conviene que destinemos unas horas determinadas a este ejercicio».

¿Es que Jesús necesitaba de largos ratos de oración en solitario cuando todos dormían? Los teólogos estudian cuál era la psicología de Jesús hombre: hasta qué punto tenía acceso directo a la divinidad y hasta qué punto era «hombre semejante en todo a nosotros, menos en el pecado» (He 4,5). En la medida que lo consideremos más cercano, su "práctica" de oración será un ejemplo evidente para nosotros.

Asegurada ya la oración, sólo nos queda imitarlo en la acción. En el fragmento de hoy, lo vemos "organizando la Iglesia", es decir, escogiendo a los que serán los futuros evangelizadores, llamados a continuar su misión en el mundo. «Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles» (Lc 6,13). Después lo encontramos curando toda clase de enfermedad. «Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6,19), nos dice el evangelista. Para que nuestra identificación con Él sea total, únicamente nos falta que también de nosotros salga una fuerza que sane a todos, lo cual sólo será posible si estamos injertados en Él, para que demos mucho fruto (cf. Jn 15,4: Albert Taulé i Viñas).

 

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada