domingo, 15 de noviembre de 2009

Miércoles de la 28ª semana de Tiempo Ordinario. Dios pagará a cada uno según sus obras, según su corazón, judíos y griegos, todos somos hijos de Dios, y la salvación no depende de la rigidez en cumplir leyes sino en el amor de verdad.

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 2,1-11. Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes disculpa; al dar sentencia contra el otro te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual. Todos admitimos que Dios condena con derecho a los que obran mal, a los que obran de esa manera. Y tú, que juzgas a los que hacen eso, mientras tú haces lo mismo, ¿te figuras que vas a escapar de la sentencia de Dios? ¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión? Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios, pagando a cada uno según sus obras. A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará vida eterna; a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable. Pena y angustia tocarán a todo malhechor, primero al judío, pero también al griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien, primero al judío, pero también al griego; porque Dios no tiene favoritismos.

 

Salmo 61,2-3.6-7.9. R. Tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras.

Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré.

Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré.

Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón, que Dios es nuestro refugio.

 

Evangelio según san Lucas 11,42-46. En aquel tiempo, dijo el Señor: -«¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo! » Un maestro de la Ley intervino y le dijo: -«Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros.» Jesús replicó: -«¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!»

 

Comentario: 1.- Rm 2,1-11. Ayer desautorizaba Pablo a los paganos por no haber llegado al conocimiento de Dios, a pesar de que sus huellas están claras en la creación de este mundo. Hoy se dirige a los judíos. También ellos están fuera de juego: no han sabido estar a la altura de su elección y misión en el mundo. De esto parece escandalizarse Pablo más que del pecado de los paganos. Los judíos tampoco tienen excusa y no pueden juzgar despectivamente a los paganos: "al dar sentencia contra el otro, te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual". Al igual que el don de Dios es para todos, su juicio también lo será, "pagando a cada uno según sus obras". Será juicio de "gloria, honor y paz", de "vida eterna" para todos, judíos y paganos, si han sabido responder al don de Dios. Pero será "de castigo implacable" también para judíos y paganos, si se han rebelado contra la verdad.

No hay trato de privilegio ante Dios. A los judíos se les recuerda que no basta pertenecer al pueblo de Abrahán, aunque sea el pueblo elegido de Dios, para serle agradable. Hay que responder a ese don con una conducta coherente con la Alianza. Precisamente por ser el pueblo elegido, el juicio será más exigente. Lo mismo se puede aplicar a nosotros, los que estamos tan ufanos de pertenecer a la Iglesia de Jesús, el nuevo Israel. Por desgracia también nosotros podemos tener "un corazón impenitente" o "rebelarnos contra la verdad y rendirnos a la injusticia". Existe el pecado en nuestra vida y podemos caer en la mediocridad y en el descuido, no respondiendo con coherencia al don de Dios. Las advertencias de Pablo a los cristianos judíos siguen la misma línea que las de Jesús a los fariseos de su época, llenos de sus propios méritos. Pero pensemos en nosotros mismos. No tenemos muchos motivos para sentirnos orgullosos ni meternos a jueces de los demás. "Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes defensa". Somos propensos a mirar por encima del hombro a los que consideramos alejados o equivocados, y no nos damos cuenta de que "tú, el juez, te portas igual". Al que más se le da, más se le exige. El juicio no será de cuánto hemos recibido. Puede ser que el que ha recibido sólo un talento lo haya administrado mejor que nosotros, si hemos recibido diez. El juicio está en manos de Dios. Como dice el salmo de hoy: "tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras". Más vale que, a medida que vamos escuchando día tras día su Palabra, adelantemos nosotros mismos la evaluación final, para ir corrigiendo las desviaciones posibles en nuestro camino. Con la confianza puesta en Dios, en cuyo nombre vamos construyendo nuestro destino final: "sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación, sólo él es mi roca y mi salvación... él es mi esperanza".

Según el modo de la diatriba o disputa de los filósofos estoicos, San Pablo se dirige a un imaginario interlocutor judío haciéndole ver que nadie puede considerarse justo, pues todos son pecadores ante Dios y la mera posesión de la Ley no es suficiente para salvarse (Biblia de Navarra). -No tienes excusa, hombre quienquiera que seas, tú que juzgas. Pues juzgando a otros a ti mismo te condenas, puesto que obras como ellos, tú que juzgas. Después de describir la decadencia pagana, Pablo describe ahora el extravío judío. El «panorama» de la degradación a que llegó la existencia atea es tan sombrío -«¡se degradaron a sí mismos !»- que muchos hombres, en particular los fieles judíos o cristianos de HOY, están tentados de decir: «Yo no soy como éstos». Ahora bien, san Pablo quiere que todo hombre, quienquiera que sea, tome conciencia de su condición radicalmente pecadora. El hombre seguro de sí mismo, el hombre que se cree perfecto tiende a «juzgar a los demás» desde su superioridad. Pues bien, al hacer esto, se juzga a sí mismo porque hay en él las raíces mismas del mismo mal. Solidaridad profunda: todos somos pecadores.

-¿Crees que escaparás al juicio de Dios? ¿O desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia, de generosidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión? La demora que Dios nos otorga antes del juicio final debe permitir «convertirnos». La «conversión» -metanoia- es la inversión del corazón, es el cambio de vida. Se trata de apartarse del mal para volverse hacia Dios. Gracias. Señor, de darnos esta demora. Gracias de tu paciencia para conmigo.

-Por la dureza y la impenitencia de tu corazón, vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno según sus obras... Estas palabras violentas repiten las imágenes mismas de Jesús y de todos los escritos del judaísmo contemporáneo de Cristo: las calamidades reservadas a los impíos en los últimos días. Ahora bien esas calamidades se prometen aquí también a los mismos judíos... en la medida en que tampoco ellos se conviertan. Es preciso atreverse a meditar estas Palabras. Dios, pasado su tiempo de «paciencia», después de haberlo «hecho todo» para salvarnos... no podrá «pactar con el mal», ¡si nos endurecemos el corazón! No es Dios el que condena, es el hombre que «se endurece el corazón» y que cosechará «según sus obras». Tenemos aquí motivo de reflexión sobre la importancia de nuestra libertad y de nuestro destino. «Tú que quitas el pecado del mundo, ¡ten piedad de nosotros!»

-La vida eterna... a los que buscan gloria, honor, inmortalidad. Cólera e indignación... a los rebeldes, los indóciles a la verdad. Tribulación y angustia... a todo el que obre el mal, ¡judío o griego! Porque en Dios no hay acepción de personas. En Dios no hay ningún favoritismo. No hay pueblo favorito. No hay hombre favorito. Todo hombre será juzgado por lo que él es. Por lo que él vive. Cuando un judío pensaba en el juicio, veía a todos los judíos salvados, y todos los paganos condenados. San Pablo se atreve a decir lo contrario. El pagano puede salvarse. Y en el pasaje siguiente (Rm 2,14. 15), Pablo indica el modo de salvarse el pagano: «seguir su conciencia», «la ley inscrita en su corazón». ¿Tengo yo tendencia a considerarme como un privilegiado? ¿A creer que mi salvación está asegurada? ¿A juzgar con demasiada dureza a los demás? ¿A ver el mal que hay en ellos, sin ver el mal que también hay en mí? Señor, haz que vea mi pobreza. Que sea más lúcido. Reconozco mis pecados. Me remito a tu misericordia (Noel Quesson).

Pablo se niega a contemplar el pecado de los paganos como una fatalidad. El pecado de los judíos es mucho más inexcusable; por eso Pablo se escandaliza de él de una forma más viva: «No tienes disculpa» (v 1). Porque el judío no sólo conoce la existencia de Dios, sino también los sentimientos más íntimos de su Señor: sólo un mal corazón se puede negar a la llamada de un Dios que no se deja vencer en misericordia y fidelidad. El judío ha visto la elección como privilegio y no como vocación para una tarea, como si Dios fuera un padre que ama a unos hijos y repudia a otros. Y eso no es verdad: Dios da a cada hombre una función diversa, pero, en la hora definitiva los hombres no son recompensados por la «categoría» de la función asignada, sino por la fidelidad con que han cumplido su papel. Ni siquiera el conocimiento más o menos perfecto de Dios será decisivo en aquella hora. Lo decisivo no es el conocimiento, sino la búsqueda: «A los que perseveraron en hacer el bien buscando gloria y honor que no decaen...». El conocimiento puede servir para buscar mejor, pero también puede desembocar en un castigo más severo. Tampoco el conocimiento de la ley será decisivo en aquella hora. Porque los que no conocen la ley escrita tienen una ley interior, escrita por Dios en su corazón, que les guía con sus dictámenes. De esta forma, Pablo habla de las posibilidades de salvación que tienen los unos y los otros (así como de la capacidad de infidelidad que tenemos todos). Pero no se trata de posibilidades que permitan prescindir de esa «fuerza de salvación» que es el evangelio. Porque si los hombres pueden eludir leyes claramente escritas, mucho más podrán eludir una ley escondida en el fondo del corazón (J. Sánchez Bosch).

¿De qué sirve poseer tesoros tan enormes de riqueza como son la Ley Santa de Dios para los Judíos, y la Gracia que Dios nos ha ofrecido en Cristo a quienes creemos en Él? No basta ser herederos de la Ley de Dios y condenar a quienes no la cumplen; hay que amoldar, uno mismo, su vida a ella. No basta ser herederos de la Gracia de Cristo y proclamar el Evangelio con los labios para que muchos más crean en el Señor; hay que vivir aquello que se anuncia. No sea que estando a la mesa de un banquete substancioso al final quedemos con el estómago vacío por no haber querido hacer nuestros esos alimentos. No vaya a suceder que al final quedemos con el corazón vacío por haber anunciado el Evangelio de la Gracia, pero no haberlo hecho parte de nuestra propia existencia. Hagamos el bien amoldando nuestra vida al Evangelio que es Cristo; más aún, revistámonos de Cristo para que perseverando en la práctica del bien busquemos gloria, honor e inmortalidad y recibamos, finalmente, Vida Eterna de manos de Dios, nuestro Padre.

2. Sal.61. En Dios está mi salvación y mi gloria. Él siempre está a nuestro lado como poderoso defensor. Él es nuestro refugio, por eso en Él confía nuestro corazón. El Señor no sólo se ha hecho cercano a nosotros, sino que ha querido hacer su morada en nuestros corazones. Por eso, teniendo a Dios, nuestro corazón no tiembla, ni vacila nuestra alma. Si en verdad aceptamos en nosotros su presencia, si en verdad nos dejamos llenar de su vida, si en verdad dejamos que su Espíritu se posesione de todo nuestro ser, vivamos de un modo intachable, dando así testimonio de que la Gracia de Dios no ha caído en nosotros como en saco roto. Manifestemos, pues, nuestra fe en Cristo no sólo con palabras, sino con obras nacidas de nuestra unión sincera a Él.

Juan Pablo II comentaba: "Acaban de resonar las dulces palabras del Salmo 61, un canto de confianza, que comienza con una especie de antífona, repetida en la mitad del texto. Es como una jaculatoria fuerte y serena, una invocación que es también un programa de vida: «Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré» (vv 2-3.6-7)…

…el hombre olvida que los ídolos no tienen consistencia, es más, son dañinos. Al confiar en las cosas y en sí mismo, olvida que es «un soplo», «apariencia», es más, si se pesa en la balanza, sería «más leve que un soplo» (Salmo 61,10; Cf. Salmo 38, 6-7).  Si fuéramos más conscientes de nuestra caducidad y de nuestros límites como criaturas, no escogeríamos el camino de la confianza en los ídolos, ni organizaríamos nuestra vida según una jerarquía de pseudo-valores frágiles e inconsistentes…

El Concilio Vaticano II dirigió a los sacerdotes la invitación del Salmo 61 a «no apegar el corazón a la riqueza». El decreto sobre el ministerio y la vida sacerdotal exhorta: «han de evitar siempre toda clase de ambición y abstenerse cuidadosamente de toda especie de comercio» (Presbyterorum ordinis, n. 17). Ahora bien, este llamamiento a rechazar la confianza perversa y a escoger la que nos lleva a Dios es válido para todos y debe convertirse en nuestra estrella polar en el comportamiento cotidiano, en las decisiones morales, en el estilo de vida.

Es verdad, es un camino arduo, que comporta incluso pruebas para el justo y opciones valientes, pero siempre caracterizadas por la confianza en Dios (v 2). Desde este punto de vista, los Padres de la Iglesia vieron en el orante del Salmo 61 una premonición de Cristo y pusieron en sus labios la invocación inicial de total confianza y adhesión a Dios. En este sentido, en el «Comentario al Salmo 61», san Ambrosio argumenta: «Nuestro Señor Jesús, al asumir la carne del hombre para purificarla con su persona, ¿no debería haber cancelado inmediatamente la influencia maléfica del antiguo pecado? Por la desobediencia, es decir, violando los mandamientos divinos, la culpa se había introducido, arrastrándose. Ante todo, por tanto, tuvo que restablecer la obediencia para bloquear el foco del pecado... Asumió con su persona la obediencia para transmitírnosla»".

3. Lc 11,42-46. Hoy escuchamos tres acusaciones muy duras de Jesús contra los fariseos, y una contra los juristas o doctores de la ley (que se lo buscaron metiéndose en la conversación): - pagan los diezmos hasta de las verduras más baratas (lo de pagar la décima parte de las ganancias era muy común en las varias culturas), pero luego descuidan lo principal: "el derecho y el amor de Dios"; - "os encantan los asientos de honor", - "sois como tumbas sin señal": por fuera, todo parece limpio, y por dentro sólo hay la corrupción de la muerte; - y los intérpretes de la ley "abruman a la gente con cargas insoportables, y ellos no las tocan ni con un dedo".

Algunos ejemplos pertenecen a la cultura de entonces. Pero Jesús sigue interpelándonos: ¿merecemos algunos de estos ataques? ¿en qué medida somos "fariseos"? Ahora no pagamos diezmos de cosas tan menudas. Pero igualmente podemos caer en el escrúpulo de cuidar hasta los más mínimos detalles exteriores mientras descuidamos los valores fundamentales, como el amor a Dios y al prójimo. Por cierto, recojamos la consigna de Jesús: no se trata de no prestar atención a las cosas pequeñas, con la excusa de que son pequeñas. Lo que nos dice él es: "esto habría que practicar (lo importante, lo fundamental), sin descuidar aquello (las normas pequeñas)". No invita a no atender a los detalles, sino a asegurar con mayor interés todavía las cosas que merecen más la pena. ¿Se puede decir que no andamos buscando los puestos de honor, ansiosos de la buena fama y del aplauso de todos, aunque sepamos interiormente que no lo merecemos? Podemos ser tan jactanciosos y presumidos como los fariseos. ¿Somos sepulcros blanqueados? Cada uno sabrá cómo está por dentro, a pesar de la apariencia que quiere presentar hacia fuera. Los demás no nos ven la corrupción interior que podamos tener, pero Dios sí, y nosotros mismos también, si somos sinceros. Si de alguna manera somos "doctores de la ley", porque enseñamos catequesis o educamos o predicamos, pensemos un momento si merecemos la queja de Jesús: ¿imponemos interpretaciones del evangelio que son demasiado exigentes, cargas insoportables? Ya es exigente de por sí la fe cristiana, pero no tenemos por qué añadirle nosotros cargas todavía más pesadas. Jesús se puso como modelo de lo contrario: "venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,29-30). Además, podemos caer en el fallo de ser exigentes con los demás y permisivos con nosotros mismos (J. Aldazábal).

Jesús echa en cara a fariseos y escribas su pecado, para moverlos a conversión. El pecado de los fariseos está en poner empeño escrupuloso en las normas insignificantes mientras desprecian lo esencial; en querer aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados como piadosos (cf Mt 23,6-7; Mc 12,38-39). El discípulo de Jesús, en cambio, debe valorar las cosas según su importancia. No debe despreciar lo pequeño por ser pequeño, pero debe centrar su esfuerzo en lo fundamental: la justicia, el amor a Dios, el amor al hermano. El pecado del escriba, del especialista en la ley, está en escrutar la ley día y noche para descubrir a los hombres lo que deben hacer, pero no cumplirlo él ni ayudar a cumplirlo a los débiles. La salvación no está en saber mucho, sino en cumplir lo que se sabe, no en echar cargas sobre los hombros de los demás, sino en ayudar a los "pobres" a llevar su propia carga.

Las maldiciones contra los fariseos, que meditaremos hoy y mañana, las hemos ya encontrado en Mateo 23, 23 -martes de la 21ª semana del tiempo ordinario-. La Iglesia las pone una segunda vez ante nuestra vista para que las interioricemos más, aplicándolas a nosotros mismos y no aplicándolas a los demás.

-¡Ay de vosotros, fariseos... ¿En qué lugar dijo esto Jesús? ¿Lo dijo una sola vez o varias veces? Mateo dice explícitamente que Jesús pronunció esas invectivas en público, delante de las multitudes (Mt 23,1) Lucas, por el contrario, parece sugerir que Jesús dijo esto en casa de un fariseo que lo había invitado a comer a su mesa. Sabemos que los autores antiguos cuando escribían, usaban con gran libertad de los datos y de los materiales históricos. Y los evangelistas en particular usaron ampliamente de ese procedimiento de "reagrupación". Lucas pudo agrupar aquí, durante la comida en casa de un fariseo, temas que fueron de hecho tratados en otra parte. Sin embargo nos será conveniente seguir la sugerencia de Lucas y contemplar, por un instante a Jesús en plan de hacer, también El, un apostolado individual. Jesús amaba a los fariseos... Jesús podía pensar que un día curarían de su hipocresía... Jesús, invitado por uno de ellos, se mantiene en su actitud y repite a "este hombre" en su propia mesa lo que sin duda había proclamado otras veces en público. Señor, otórganos el amor a todos los hombres. Señor, te damos gracias porque nos amas tal como somos... incluso con esa parte de fariseísmo que hay en nosotros... ¡en mi!

-Vosotros pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios. Señor, es cierto que a menudo doy demasiada importancia a algunos detalles, y soy negligente en deberes mucho más importantes: 1º "La justicia"... es decir ¡los "derechos" que mis hermanos tienen sobre mi! 2º "El amor de Dios"... es decir, lo que da valor a los gestos exteriores. Ciertamente, en lugar de prestar tanta atención a pequeñeces, se tendría que ser más exigente respecto a esos dos puntos esenciales.

-Esto había que practicar, y aquello... no omitirlo. Señor, ayúdame a cumplir mis "pequeños" y mis "grandes" deberes.

-¡Ay de vosotros, los fariseos, que os gusta estar en el primer banco en la sinagogas... y que se os salude en las plazas!... ¿Apetezco también yo los honores, la consideración? ¿Qué forma tiene en mí ese orgullo universal? ¿esta seguridad de tener la razón? ¿ese querer llevar a los otros a pensar como yo? Hay mil maneras sutiles de querer el "primer puesto".

-Entonces un Doctor de la Ley intervino y le dijo: "Maestro, diciendo eso, nos ofendes también a nosotros". Pero Jesús replicó: "¡Ay de vosotros también, doctores de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros ni las rozáis con el dedo!" ¿Hay quizá ciertas cargas que yo coloco sobre los hombros de los demás? Una vez más Jesús defiende a los pequeños, a los pobres, a los que no pueden cumplir toda la "Ley", de los doctores de la Ley, de los que son expertos en la materia y que lo saben todo. ¿Soy misericordioso con los pecadores? ¿con tantos hombres que no saben bien las exigencias de Dios? (Noel Quesson).

Qué pena esos maestros que presumen de decir las cosas claras y que van dejando un rastro de rencor, enemistades, sectarismo. Qué paz, el ministerio pastoral de Juan Pablo II... (gonzalo@claret.org).

¡AY, AY, AY...! Tres «ayes»: la cosa es muy grave. Primero denuncia a los fariseos (vv. 42-44), después a los juristas. Estos, representados por «cierto jurista», se sienten ofendidos por las palabras que Jesús acaba de dirigir a sus colegas de religión y de observancia («jurista», griego nomikos, casa con «ley», griego nomos). Juntamos las denuncias: «pasáis por alto la justicia y el amor de Dios» (11,42); «os gustan los asientos de honor y las reverencias» (11,43); «abrumáis a la gente con cargas insoporta-bles» (11,46).

Los ayes de Jesús describen las formas de la ausencia del Dios de la vida en el ámbito de los dirigentes religiosos. Y esos ayes se prolongan a lo largo del tiempo como una seria advertencia a todo hombre que se precie de religioso. Desde ellos se exige, en primer lugar, una jerarquización de los preceptos que rigen la relación con Dios. Ésta se concibe esencialmente como una práctica de amor y justicia sin cuya existencia el cumplimiento de las demás obligaciones son prácticas vacías de sentido. Lo que acontece con el diezmo de los escribas, en el primer ay pronunciado por Jesús, puede acontecer con toda práctica de piedad al margen de aquellos pilares fundamentales del amor y la justicia. Dichas exigencias principales de toda religiosidad auténtica son incompatibles con una práctica religiosa centrada en la búsqueda de los aplausos y de la aprobación de los semejantes. Por lo mismo, se exige del hombre religioso una constante purificación de sus motivaciones para mantener la posibilidad del encuentro con Dios en una vida realizada en la autenticidad de una existencia vivida conforme al querer de Dios. Toda actitud que enmascara intereses y egoísmos personales bajo el manto de la religiosidad vicia la raíz de la propia vida y coloca en una senda que, en lugar de acercar a Dios, aleja de Él. Por consiguiente, las acciones que se esperan de los demás deben ser asumidas previamente como compromiso y exigencia en la propia vida como el fundamento necesario para el encuentro con el Señor de todos (Josep Rius-Camps).

Los intérpretes de la Ley han deshumanizado los mandamientos de Dios, transformándolos en un peso insoportable, volviendo odiosa la religión, han hecho de Dios un policía y fiscal, siendo infieles a la antigua tradición israelita del amor a Dios, de su providencia, del perdón y de la alianza. Por otra parte, su vida personal es ajena a la misma legalidad que imponen a los otros. La falta de la justicia y del amor divinos los hace culpables de rigidez y de hipocresía (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica). No es que Jesús rechace las leyes. De hecho, él y sus discípulos se mantienen dentro de la estructura legal del judaísmo y por lo tanto, no descuidan sus ritos. Lo que Jesús denuncia es la hipocresía de un cumplimiento externo, rigorista, que no nace de la auténtica relación de justicia ni de amor a Dios ni a los demás. Los fariseos pretenden mostrarse como perfectos cumplidores de las prescripciones legales y por eso buscan los primeros puestos y el aplauso de los otros. Su religión es insincera porque su motivación interior es la búsqueda de sí mismos; es la autosuficiencia del que se cree perfecto y superior a los demás. El fariseo ha olvidado que no se trata del frío cumplimiento de leyes lo que nos identifica con la santidad de Dios, sino que la verdadera relación y alianza divina, consiste en recibir ese don de Dios para traducirlo en la autenticidad de la justicia, de la solidaridad y del reconocimiento igualitario de los otros. La imagen del dios legalista, rigorista, inhumano, vigilante, retributivo que los maestros de la Ley han creado con su conducta y enseñanza, está lejos del Dios del Reino, del Dios revelado, del Dios de la alianza, que es amor, perdón misericordia y ternura infinitas para con hombres y mujeres (servicio bíblico latinoamericano).

Qué fácil es decirle a alguien que es hombre de Iglesia porque desembolsa grandes cantidades de dinero a favor de la misma, o porque paga puntualmente sus contribuciones a la Iglesia, o porque imparte pláticas y cursos como un gran experto en la fe. Mientras todos estos actos sólo sean una especie de paliativos a la conciencia para tratar de redimir con eso una vida desordenada o degenerada que no quiere abandonarse, las alabanzas y sonrisas y agradecimientos que se reciban no servirán realmente de nada en la presencia de Dios. El Señor, además de las obras de caridad nos pide que no nos olvidemos de la justicia y del amor de Dios. Que no sólo hablemos hermosa e ilustradamente acerca de la fe para hacer comprender a los demás sus compromisos de fe y de amor e invitarlos (obligarlos) (?) a amoldar su vida a ellos, sino que seamos nosotros los primeros en asumir nuestras responsabilidades en la fidelidad a la fe y al amor que proclamamos; de lo contrario seríamos cristianos de fachada, hipócritas, sepulcros blanqueados, aparentemente bellos, pero sólo por fuera, pues nuestro interior estaría lleno de carroña y podredumbre. Vivamos con lealtad nuestra fe en Cristo haciendo nuestros su Vida y su Espíritu, y no conformarnos pensando que ya estamos salvados por haber ayudado a nuestro prójimo, o por haber anunciado el Nombre del Señor.

El Señor nos ha convocado para estar con Él en esta Celebración de su Pascua. Venimos con la intención de ser los primeros en escuchar su Palabra para ponerla en práctica. El Señor nos quiere en Comunión de Vida con Él. Él nos quiere como un signo mucho muy claro de su amor salvador en medio de nuestros hermanos. Por eso no podemos sólo cumplirle al Señor participando en la Eucaristía, tal vez diariamente, sino que lo haremos realmente cuando dejemos que su Espíritu haga suya nuestra vida y nos conduzca de tal forma que por medio nuestro el Señor se convierta en cercanía amorosa para todos para salvarlos, fortalecerlos, socorrerlos y manifestárseles como Padre Misericordioso.

Hagamos el bien. Como Cristo, pasemos haciendo el bien a nuestro prójimo. Pero para esto, antes que nada hemos de reconocer nuestra propia realidad, lo que realmente somos internamente. No podemos dar una cara ante los demás mientras nuestro interior, mientras nuestras intenciones sean pecaminosas. Por eso hemos de vivir en una continua conversión para ser más leales ante Dios, ante nuestro prójimo y ante nosotros mismos. Sabiendo que nosotros mismos somos pecadores no queramos juzgar ni rechazar a los demás a causa de sus pecados y miserias; ni queramos proyectar en ellos la realización del bien, con cargas pesadas, que nosotros no estamos dispuestos a cumplir o a llevar con amor. Preocupémonos por construir un mundo más fraterno, más justo, más en paz. Pero que esto brote de nuestra sincera unión con Cristo y no por el afán de brillar ni de ser tenidos en cuenta. Cuando seamos sinceros en hacer el bien a los demás sin que medien intenciones torcidas estaremos, realmente, construyendo un mundo cada día mejor por haber actuado no conforme a nuestros criterios, sino conforme a los criterios de Cristo.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe, de tal forma que, a partir de ella, podamos esforzarnos en continuar construyendo el Reino de Dios entre nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).

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