domingo, 15 de noviembre de 2009

Domingo de la 29ª semana (B). Entregar la vida es poseerla en plenitud, a ejemplo del Hijo del hombre que ha venido para dar su vida en rescate por todos

 

 

Lectura del libro de Isaías 53,10-11. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

 

Salmo 32,4-5.18-19.20.22. R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

 

Carta a los Hebreos 4,14-16. Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

 

Evangelio según san Marcos 10,35-45. En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: - «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: - «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: - «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: - «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: - «Lo somos.» Jesús les dijo: - «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: - «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

 

Comentario: Hoy se hace la colecta por el domund, día de las misiones… para ayudar a los de lejos, en primer lugar hemos de estar disponibles con los cercanos, ésta es la sabiduría de la que nos habla la primera lectura… leí hace poco el decálogo de la disponibilidad: 1. La alegría es para el hombre lo que la luz del sol para las plantas. Haz el favor de sonreír, aunque no tengas ganas. Sonríe siempre y estimula tu propia alegría. 2. Si tienes que mandar, hazlo con tanto respeto y delicadeza como si te mandaras a ti mismo. Manda de tal forma que puedas ser obedecido con gusto. 3. Que la antipatía, el desprecio o las actitudes de rechazo de los demás no te hagan cambiar tus modales amables. Es más, te sugiero que trates con simpatía a todas las personas. 4. Sé amable y respetuoso siempre con todos, pero entrénate cada día en ser especialmente agradable con los tuyos y con quienes convives a diario. 5. Evítales a los demás todos los disgustos que puedas. 6. Si te equivocas, trátate con cariño mientras reconoces tu error y recuerda que eres capaz de hacer muchas cosas bien. Obrando así, no tendrás problemas en disculpar o comprender a los demás cuando se equivocan. 7. Si tienes que reprender, corregir, ejercer autoridad, exigir disciplina; hazlo siempre partiendo de una actitud serena y equilibrada, interior y exteriormente. Ante ti tienes a una persona y como tal merece todo tu respeto, consideración y trato afectuoso. 8. Que tus mayores debilidades sean la generosidad y el perdón. 9. Una forma infalible de hacer el bien es fijarse en cuanto de bueno y positivo tiene cada se humano con quien te topes cada día. Entrena la pupila de tu mente y de tu corazón en ver siempre lo positivo en los demás. 10. No estés disponible jamás para el odio. Deja al iracundo, al violento y al rencoroso masticando su odio. Hazlo por el bien de ellos y por el tuyo propio.

También es bonita esta oración del cristiano adulto, de los padres, de los catequistas: SEÑOR, COMO A ABRAHÁN: Señor, como a Abrahán, tú nos has llamado y tú nos conduces hacia una tierra que nosotros no conocemos muy bien. Señor, como a Abrahán, tú nos pides salir y caminar con la mirada puesta en ti, sabiendo que la meta no es un lugar. Tú eres la meta. Tú eres el camino. Tú eres misteriosa presencia mientras caminamos. Tú estás donde llegamos, Tú allí nos pones de nuevo en marcha y nunca llegamos al final hasta que lleguemos a ti. A veces preferimos nuestros caminos a tu camino, porque hay caminos, Señor, que son demasiado oscuros para nuestros ojos vacíos de fe. Danos, Señor, fuerzas para caminar; que tu palabra suene y resuene en nuestro oído y en nuestro corazón: «Ponte en marcha, no tengas miedo, yo estoy contigo, yo estaré contigo, yo nunca te abandonaré».

            La Iglesia celebra esta jornada para     reavivar nuestra conciencia misione­ra y apoyar a los misioneros que anuncian el Evangelio. Recordemos        las palabras del Papa Benedicto XVI: «Ser misioneros significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por él. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, también en nuestros días, han dado el supremo testimonio de amor con el martirio! Ser misioneros es atender, como el buen samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo. Aquí reside el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo.»

1. Is 53,10-11. Henos aquí ante uno de los momentos culmen de la revelación veterotestamentaria. El cuarto cántico del Siervo de Yahveh. Nos hace vivir el dramatismo de la pasión y muerte de Jesús, consecuencia última de su vida entera: él fue fiel al amor de Dios y de los hombres, y no se arredró ni buscó escapatorias, y aceptó vivir ese amor pasase lo que pasase. De esa muerte dramática, dice la propia lectura, nace luz, justificación, vida para todos: el amor rompió el maleficiio del mal y de la muerte, y abrió un camino nuevo para la humanidad entera; el amor vivido por el Dios hecho hombre abrió para todos los hombres la vida de Dios. La interpretación de la historia de Israel como expiación vicaria y redentiva del Resto en favor de toda la comunidad judía y de todos los pueblos de la tierra. Algo tan inaudito que, de hecho, nunca más volveremos a oírlo en todo el Antiguo Testamento. Es la fe universal de la humanidad en la glorificación triunfal, que ni se ve ni se explica, de este Siervo de Yahveh. Seguimos pensando en el sentido colectivo de este Siervo, que adquiere plenas dimensiones en Cristo, miembro eminente de la comunidad de salvados, de los Pobres de Israel, del Resto, de los Fieles. "¿Quién creerá lo que hemos oído?". Y la pregunta inmediata es a quién se refiere ese "hemos" y cuál es el contenido de esa audición. No cabe duda de que directamente se refiere a los gentiles de entonces; indirectamente y de modo mediato nos incluye a todos nosotros, los gentiles de todos los tiempos, a quienes llega el kerigma de salvación, la revelación de las obras realizadas por el brazo fuerte de Yahveh y hacia la que tendían todas las profecías. Unos hechos históricos, no unas teorías, a través de los cuales llegó la salvación, liberación y redención a judíos y gentiles mediante los sufrimientos del Siervo de Yahveh.

Este Siervo se presenta ante los demás, en primer lugar, como raíz de tierra árida o flor gris del desierto sin profundidad ni colorido. El Siervo pintado con categorías reales en el primer cántico y proféticas en el segundo y tercero aparece aquí, en el cuarto, como despreciado y abandonado de los hombres, familiarizado con el dolor y víctima de las injusticias. El autor amontona tanto las sombras que no hay viviente que no se sienta apesadumbrado ante esta descripción. ¡Pobre Siervo!, exclamaríamos, aunque sin saber aún por qué.

Precisamente la cima de la revelación que nos aporta el Siervo no está en ese tetricismo, como pudiera pensarse, sino en el fruto que su sufrimiento produjo sobre judíos y gentiles: llegar a reconocer que su castigo fue por nosotros, que su vida ha sido una expiación vicaria, que gracias a él nosotros hemos tenido paz porque hemos sido curados. Su dolor nos ha reconciliado con Dios a todos los niveles. Es la satisfacción vicaria que nunca más volveremos a encontrar en todo el Antiguo Testamento.

Los vv. 7-9 siguen pintando al Siervo con la imagen del martirizado Jeremías al fondo. El Israel del Espíritu sufrió hasta la muerte, hasta llegar al país de la esclavitud y tinieblas, históricamente identificadas con las mazmorras babilónicas y símbolo de los pecados del Israel histórico y de la humanidad entera. Allí, en aquella Babilonio criminal, todo quedaba sepultado, expiado y redimido. De allí, el Israel muerto, resucitaría y reviviría gracias a la acción vivificante de Yahveh.

El autor hace un recuento a la historia. El mismo que antaño diera fecundidad al seno muerto de Sara daría ahora muchedumbres en descendencia a su Siervo Paciente. Es que el pasado y presente juegan en manos del profeta en escatológica tensión. La vida, muerte y revivificación del Siervo, del Israel de la fe, han sido el único modo de aplacar la ira divina, de satisfacer por los pecados de judíos y gentiles conjuntamente. Abandonado en manos de Yavheh, el Siervo ha conseguido lo que no consiguiera ni el Israel histórico con la multitud de sacrificios rituales ni los gentiles con el cúmulo de sacrificios y divinidades. Por eso en él se cumplirá la promesa abrahámica de vida perenne expresada en fecundidad.

Todo cuanto hemos dicho del Siervo de Yahveh, del Israel de la fe, los evangelistas, inspirados por el mismo Dios, lo vieron realizado plenamente en el Jesús histórico de Nazaret.

Nacimiento, vida, pasión, muerte y resurrección serán descritos literalmente con estas palabras proféticas. Imposible cerrar los ojos a la evidencia histórica y teológica.

Confesamos que Jesús es nuestro Salvador, el Siervo Paciente, quien con su vida, muerte y resurrección expió todos nuestros pecados cargándolos como pesada cruz sobre sus hombres. Sólo en él hemos sido justificados (coment., edic. Marova).

Este pasaje del cuarto y último canto del Siervo de Yavé consta de dos partes, diversas no tanto por el contenido cuanto por la forma. Si en la primera parte, versillo 10, es el profeta el que nos informa sobre los planes del Señor acerca de su Siervo, en el versillo 11 es el mismo Señor el que revela su designio sobre su Siervo. Este texto ha llegado hasta nosotros con muchas variantes y algunas lagunas que dificultan su interpretación. No obstante, podemos asegurar que aquí se hacen las siguientes afirmaciones: a) Los sufrimientos del Siervo de Yavé obedecen a los designios de la divina misericordia. b) El Siervo entrega su vida como un sacrificio de expiación, padece en lugar de otros y en favor de otros. c) Gracias a los padecimientos del Siervo del Señor se cumplen los planes del Señor y "muchos" alcanzan justicia y salvación por la muerte de "uno". d) Dios restituye la fama a su Siervo y lo devuelve a la vida, que se prolongará en la tierra con una larga descendencia. Jesús que vino al mundo a servir y a dar su vida por todos los hombres (evangelio de hoy), se identifica con la misteriosa figura del Siervo de Yavé ("Eucaristía 1982").

-"El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento": En los salmos en los que se menciona los sufrimientos del justo, se espera o se celebra la liberación por parte de Dios en la vida temporal. Aquí, en cambio, el Siervo sucumbe en la muerte sin experimentar ningún tipo de salvación palpable. Su vida aparece a los ojos de los hombres como un fracaso absoluto. Entonces es preciso entrar en una nueva perspectiva: la muerte del Siervo forma parte del plan de Dios. El Siervo ha callado, ha sufrido y descendido al sepulcro: pero el designio de Dios ha triunfado. El Siervo, entregando la vida, ha llevado a cabo el triunfo del plan de Dios.

-"... verá su descendencia, prolongará sus años...": La fecundidad de la muerte del Siervo será la declaración pública de su inocencia y justicia. La muerte no será la última palabra. Pero no se tratará sólo de una reivindicación personal frente a los hombres, sino que la pasión del Siervo servirá para llevar a los demás la justicia (J. Naspleda).

2. El salmo 32 nos habla de la potencia creadora y amor redentor de Cristo. La Iglesia celebra  todos los beneficios que el Padre nos ha otorgado en la Persona adorable de nuestro  Salvador. Y para glorificar a Dios Padre tenemos por Maestro a Jesús, el cual, "asumiendo la  naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta  perpetuamente en las moradas celestiales de modo que, uniéndonos a Sí, nos asocia al  canto de ese himno divino de alabanza" (SC 83). Y así explicaba S. Agustín: "Cada uno se pregunta cómo cantar a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Si se te pide que  cantes para agradar a alguien entendido en música, no te atreverás a cantarle sin la debida  preparación, por temor a desagradarle, ya que él, como perito en la materia, descubrirá  aquellos defectos que pasarían desapercibidos para otro cualquiera. ¿Quién, pues, se  atreverá a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar al cantor, que sabe escuchar con  oído crítico? ... Mas he aquí que Él mismo te sugiere la manera de cómo has de cantarle:  canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere  decir con júbilo? Darnos cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que se siente  en el corazón. El júbilo es el sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el  corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable.  Porque, si es inefable, no puede ser vertido en palabras. Y, si no puede ser vertido en  palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con  júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve  limitada por unos vocablos. Cantadle con maestría y con júbilo." Comenta Tomás de Aquino que, cuando se ha cerrado el círculo de las dos procesiones  divinas 'ad intra', ya no hay lugar más que para esa otra operación 'ad extra', llamada Creación. Aun siendo común de las tres Personas, toda ella hemos de atribuirla llana y  sencillamente al Verbo porque en la Esencia divina, Él es la Sabiduría personal, mediante la  cual Dios creó todo. La belleza del Universo no es sino un magno cántico, obra de un  músico inefable, eco externo y pálido del Verbo Creador. Pero, de entre todas las criaturas, sobresale de un modo eminentísimo el 'summum opus Dei', la Humanidad Santísima del Señor, la obra maestra del Espíritu Santo, donde la mirada  eterna e invisible de Dios se transparenta en la retina visible del Cristo. "¡Los ojos  deseados que tengo en mis entrañas dibujados!" (S. Juan de la Cruz). Y mirada también de la Virgen que  dice al Dios enamorado, que viene a visitarnos, que también en la tierra se mira como se  mira en el Cielo. Nosotros ya conocemos -en un sentido plenísimo- los proyectos del Corazón de  Dios, su plan eterno de salvación, que se actúa en Cristo para librarnos de la muerte y  reanimarnos en tiempo de hambre (v. 19). Ese plan de salvación se consuma en el acto  inefable de amor teándrico, que San Juan describió en un estilo casi lapidario: 'Et, inclinato  cápite, trádidit spiritum.' Todo el Misterio de Cristo se recapitula en el amor y el amor de Dios se revela en la  historia bajo un nombre: Jesucristo. A partir del 'fiat' de Nazareth, el amor que bulle en la  Trinidad se derrama sobre los hombres por medio del Corazón de Cristo, de modo que,  cuando Dios se enamora de las criaturas, lo hace a través de un corazón sublime; sublime  y, a la vez, humano (F. Arocena).

Es necesario personalizar este salmo, en nuestra propia vida y en nuestra propio estilo:  alabar... Creer en el poder de Dios... Creer que Dios interviene "hoy y siempre en los  acontecimientos contemporáneos..." "hacerse pobre": la "mirada de Dios" sobre nosotros es  una defensa más segura que todos los medios del poder humano. He aquí un ejemplo de personalización... He aquí como Paul Claudel "releía" este  salmo a su manera, vigorosa, truculenta, poética: "Escuchad, pájaros cantores, el ímpetu que doy a mi canto: lo que llaman en música la  anacrusa. Mirad mis dedos que sin hacer ruido en los rayos del sol, pulsan el arpa entre mis  rodillas: hay diez cuerdas, ¡Atentos cuando levante la mano! Yo también canto muy suave, y  los ojos bien abiertos, llevo el compás, el oído atento a vuestra vociferación. Dios es  hombre de bien: se escucha la conciencia en todo lo que El ha hecho.

Alguien de confianza y de buenos sentimientos: que no pide otra cosa que estar bien con  el mundo. Esto es sólido, vamos, este cielo que ha fabricado con sus manos, y es Él quien  está en el interior, este espíritu que hace marchar todo.

Es Él quien ha juntado el mar como en un odre y que ha colocado cuidadosamente  aparte los abismos para servirse de ellos. ¡Toda la tierra, si tiene corazón, que palpite sobre  el corazón de Dios! En un abrir y cerrar de ojos todo fue hecho. Y entonces, las  combinaciones de las gentes, poco tienen que ver con él. ¡Hacéos los listos, hombres de  estado! Dios es alguien que recurre a su eternidad para pasar el tiempo. Escoge, Señor,  entre nosotros: dichosos aquellos a quienes tú has confiado la tarea de continuar tu obra. De lo alto de los cielos el Señor abre los ojos para mirar: ¿son esos los hijos de los  hombres? De lo alto de su arquitectura, esta tierra que El ha hecho, mira cómo nos las  arreglamos para habitarla. ¡Todo está unido! ¡nadie es intercambiable! Ha puesto dentro  de nosotros un corazón, para que fuera nuestro corazoncito para nosotros solos. Alguien  hace de rey, otro de gigante. Esto es gracioso. El caballo para salvaros, deberá tener más  de cuatro patas para atarlo a vuestra ruleta.

Decid solamente: espero, tú eres bueno, eso basta. ¿Eso basta para no ir al infierno y no  tener hambre? ¡Nunca más tendremos hambre! Dios es como una columna entre mis  brazos. ¡Intentad arrebatármela! Estamos felices de estar juntos: nos decimos el nombre de  pila unos a otros. Y entonces, queridos hijos, atentos y todos juntos. "Que tu amor, Señor,  esté sobre nosotros, como nuestra esperanza está en ti".

Así tradujo Claudel para él, este salmo. A nosotros toca ahora, "gritar a Dios nuestra  alabanza" (Noel Quesson).

«El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad». Estas palabras me tranquilizan, Señor, como han de tranquilizar a todos los que se preocupan por el futuro de la humanidad. Leo los periódicos, oigo la radio, veo la televisión, y me entero de las noticias que día a día pesan sobre el mundo. «Los planes de las naciones». Todo es violencia, ambición y guerra. Naciones que quieren conquistar a naciones; hombres que traman matar a hombres. Cada nueva arma en la carrera de armamentos es testigo triste e instrumento potencial de los negros pensamientos que tienen hombres en todo el mundo, de «los planes de las naciones» para destruirse, unas a otras. Desconfianza, amenazas, chantaje, espionaje... La pesadilla internacional de la lucha por el poder en el mundo, que amenaza a la existencia misma de la humanidad. Ante la evidencia brutal de violencia en todo el mundo, hombres de buena voluntad sienten la frustración de su impotencia, la inutilidad de sus esfuerzos, la derrota del sentido común y la desaparición de la cordura del escenario internacional. «Los planes de las naciones» traen la miseria y la destrucción a esas mismas naciones, y nada ni nadie parece poder parar esa loca carrera hacia la autodestrucción. Más aún que la preocupación por el futuro, lo que entristece hoy a los hombres que piensan es la pena y la sorpresa de ver la estupidez del hombre y su incapacidad de entender y aceptar él mismo lo que le conviene para su bien. ¿Cuándo parará esta locura? «El Señor deshace los planes de las naciones». Esa es la garantía de esperanza que alegra el alma. Tú no permitirás, Señor, que la humanidad se destruya a sí misma. Esos «planes de las naciones», en su edición inicial, eran los planes de los reinos vecinos de Israel para destruirlo y destruirse unos a otros. Y esos planes fueron desarticulados. La humanidad sigue viva. La historia continúa. Es verdad que en esa historia continúan los planes de las naciones para destruirse unas a otras, pero también continúa la vigilancia del Señor que aleja el brazo de la destrucción de la faz de la tierra. El futuro de la humanidad está a salvo en sus manos.

Contra «los planes de las naciones» se alzan «los planes de Dios», y ése es el mayor consuelo del hombre que cree, cuando piensa y se preocupa por su propia raza. No conocemos esos planes, ni pedimos que se nos revelen, ya que nos fiamos de quien los ha hecho, y nos basta saber que esos planes existen. Siendo los planes de Dios, han de ser favorables al hombre y han de ser llevados a cabo sin falta. Esos planes protegerán a cada nación y defenderán a cada individuo de mil maneras que él no conoce ahora, pero que descubrirá un día en la alegría y la gloria de la salvación final. La victoria de Dios será, en último lugar, la victoria del hombre y la victoria de cada nación que a sus planes se acoja. Los planes de Dios son el comienzo sobre la tierra de una eternidad dichosa. «El plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad». La historia de la humanidad en manos de su Creador (Carlos G. Vallés).

Juan Pablo II comentaba: "El salmo 32, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia... La tercera y última parte del Salmo (vv. 16-22) vuelve a tratar, desde dos perspectivas nuevas, el tema del señorío único de Dios sobre la historia humana. Por una parte, invita ante todo a los poderosos a no engañarse confiando en la fuerza militar de los ejércitos y la caballería; por otra, a los fieles, a menudo oprimidos, hambrientos y al borde de la muerte, los exhorta a esperar en el Señor, que no permitirá que caigan en el abismo de la destrucción. Así, se revela la función también "catequística" de este salmo. Se transforma en una llamada a la fe en un Dios que no es indiferente a la arrogancia de los poderosos y se compadece de la debilidad de la humanidad, elevándola y sosteniéndola si tiene confianza, si se fía de él, y si eleva a él su súplica y su alabanza. "La humildad de los que sirven a Dios -explica también san Basilio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien no confía en sus grandes empresas, ni espera ser justificado por sus obras, tiene como única esperanza de salvación la misericordia de Dios". El Salmo concluye con una antífona que es también el final del conocido himno Te Deum:  "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (v. 22). La gracia divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como  un  manto, nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad y proporcionando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza".

Confianza ilimitada en el poder conquistador de Dios: Que resuene sinfónicamente, con la aportación peculiar de cada uno de nosotros, la alabanza del Señor. Dios nos ha hablado. Cristo, que habita por la fe en nuestros corazones, es su Palabra siempre interpeladora y convocadora. Por esta Palabra Dios hizo el cielo, sujetó a la creatura inestable del agua, conduce la historia; por ella hemos adquirido nuestra identidad carismática, nos mantenemos unidos y congregados en el amor comunitario y lanzados hacia la misión. Motivo de alabanza es la confianza ilimitada en el poder conquistador de Dios, porque su «plan subsiste por siempre y los proyectos de su corazón de edad en edad». Tenemos la certeza de que nuestro servicio a la causa del progresivo reinado de Dios tiene futuro y no es una ilusoria utopía. La certeza no nace de nuestro prestigio social, de nuestras cualidades humanas, de nuestro número o de nuestras técnicas: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza... ni por su gran ejército se salva». La certeza brota de la seguridad de que Dios ha puesto sus ojos en nuestra pobre humanidad, reanimándonos en nuestra escasez, alegrándonos en nuestras penas, auxiliándonos en las situaciones desesperadas: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor.»

Hay referencias implícitas a la acción creadora de Dios a través de su Sabiduría… El Catecismo (292) enseña: "La acción creadora del Hijo y del Espíritu, insinuada en el Antiguo Testamento (cf. Sal 33,6;104,30; Gn 1,2-3), revelada en la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre, es claramente afirmada por la regla de fe de la Iglesia: "Sólo existe un Dios...: es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas  por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría" (S. Ireneo, haer. 2,30,9), "por el Hijo y el Espíritu", que son como "sus manos" (ibid.,  4,20,1). La creación es la obra común de la Santísima Trinidad".

3. Hbr 4,14-16. Después de haber anunciado que hemos sido salvados por la mediación sacerdotal de Jesucristo, el autor pasa a exhortarnos a permanecer en la "confesión de la fe". Probablemente alude con ello a un símbolo de la fe recitado en la liturgia bautismal y conocido muy bien por sus lectores. Y, aunque nosotros desconocemos exactamente la forma de este credo primitivo, sabemos que en él se confesaba que Jesús es el Señor y el mismo Hijo de Dios. Siendo Jesús el Hijo de Dios, el único Hijo, y, por otra parte, uno de nosotros y solidario con todos los hombres, es Mediador y nuestro sumo sacerdote. Su sacerdocio es "grande" y superior al de los sacerdotes del Antiguo Testamento. Si éstos penetraban una vez al año en el "santo de los santos", lugar construido por manos de hombre, por más que fuera el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, Jesús, atravesando el cielo, llegó de una vez por todas a la inmediata presencia del Altísimo. Jesús es el verdadero pontífice que tiende el puente entre las dos orillas, entre Dios y los hombres. En él y por él hemos sido reconciliados con Dios.

Pero esta grandeza y esta dignidad suprema de Jesús, como hijo de Dios y verdadero sumo sacerdote, no le impide conocer a los hombres. Pues Jesús, que es también un hombre, quiso hacerse solidario de todos nosotros y padecer nuestras propias debilidades (cf 5,2). Y aunque es verdad que no tuvo pecado (cf 7,26-28), fue probado o tentado lo mismo que nosotros (cf Mt 4,1-11; Mc 1,12s; Lc 4,1-13; 22-28).

Si en el A.T. los hombres se acercaban a Dios con temor y temblor, en la Nueva Alianza inaugurada por la sangre de Cristo podemos acudir a Dios confiadamente. Pues tenemos un sumo sacerdote que nos comprende y se ha hecho solidario con nosotros, pero, que ha llegado también, de una vez por todas, a presencia de Dios para interceder por nosotros ("Eucaristía 1982").

A unos judíos convertidos, posiblemente de estirpe sacerdotal, que añoran el templo de Jerusalén y el esplendor de su culto externo, el autor de la carta a los Hebreos les quiere mostrar la grandeza y la eficacia del culto cristiano "en espíritu y en verdad". El sacerdocio levítico -el de los lectores- debe ceder ante el sacerdocio de Cristo, único mediador de la nueva alianza. El sacerdocio de Cristo supera el de los sacerdotes levíticos, e incluso el del sumo sacerdote del templo, porque está al mismo tiempo más elevado junto a Dios y más rebajado al lado de los hombres: ha atravesado los cielos hasta llegar a la derecha del Padre, y por otra parte "no es incapaz de compadecerse de nuestra debilidades, sino que ha sido probado en todo... excepto en el pecado". El sumo sacerdote judío no llegaba ni tan arriba ni tan abajo. Se mantenía excesivamente distante de Dios y de los hombres.

Bastante lo sabían los destinatarios de la carta. Por ello, en vez de evocar nostálgicamente la antigua liturgia, deben estar contentos del misterio cristiano en el que han creído, y deben tener la seguridad, a pesar de su simplicidad externa, de encontrar en él la ayuda eficaz que los ritos judíos no les podían procurar (Hilari Raguer).

4. Mc 10,35-45 (par.: Mt, 20,20-29;  Lc 22,24-27). El Evangelio desvela las lecturas anteriores, unifica el sentido dando un valor totalizante a cuanto hemos leido: el Hijo de Dios, el Vergo, la Sabiduría encarnada, las manos de Dios, obran la redención por su pasión. No por una acción heroica de acometer una guerra salvadora, sino por la obediencia del martirio. -Lo que Jesús acaba de decir a Santiago y a Juan lo generaliza después dirigiéndose a los diez restantes y apoyándose sobre el tema del servicio (vv 41-45). Jesús descubre la conciencia que El tiene de su misión: él es Mesías e Hijo del hombre, pero también el Siervo paciente inmolado por la multitud (v 45; cf Is 53,11-12). Consciente de su misión de jefe y de la proximidad de su muerte, que le impedirá ejercer esta misión, Jesús deposita en Dios su confianza y descubre que sólo será Jefe después de haber servido como siervo de Yahvé. Pero Jesús exige a sus apóstoles que sigan la misma evolución psicológica. Lo mismo que El ha descubierto su vocación de Siervo paciente, los apóstoles deben descubrir el sentido del servicio (vv 43-44).

-El v 45 es uno de los más importantes del evangelio de Marcos, pues es prácticamente el único de los relatos sinópticos que presenta a Jesús como rescate. La idea es probablemente primitiva y el texto auténtico: no sería la primera vez que Jesús se inspira en la teología del Siervo paciente y el valor soteriológico de la muerte (Is 53, 10 u 12; Sal 48/49,7-9, 15; Dan 7,14). El rescate designa lo que el hombre ofrece a alguien como compensación de aquello a que tendría derecho. Ahora bien: hay una cosa por la que el hombre no tiene ningún rescate que ofrecer: su propia vida, de la que se adueña la muerte sin posible compensación (Mc 8, 36-37), a menos que el mismo Dios proponga un rescate (Sal 48/49, 9 y 15; cf. Is 52, 3). Jesús es portador de ese rescate ocupando voluntariamente el lugar de personas no solo mortales, sino también culpables (Is 53, 10).

Como voluntaria que era ("dar su vida"), esa sustitución es, por el hecho mismo, sacrificial; es, además, universal ("por muchos"). Estas dos notas son específicas de Marcos y no tienen antecedente alguno en la tradición bíblica. Se da, además, una tercera nota: es ese "Hijo del hombre", ese Juez trascendente de Dan 7, quien, en lugar de juzgar y condenar, pagará el rescate que liberará a los culpables; carga sobre Sí, en cierto modo, su suerte y su condena. Mientras que en Dan 7, 14 el Hijo del hombre debía ser servido, en Mc 10, 45 está hecho para servir a los acusados. De ahí que Cristo no deje de creer que está llamado a una exaltación paralela a la del Hijo del hombre, pero sabe también cuál va a ser el camino de esa exaltación: el servicio y el sacrificio.

Este Evangelio considera, por tanto, a la pasión de Jesús y a su resurrección, en sus repercusiones sobre la vida cristiana: "es necesario" beber el cáliz para sentarse en los tronos, bautizarse en la prueba para juzgar a la tierra, servir para ser jefe. El sufrimiento entra de pleno derecho en la vida del discípulo y no solamente este sufrimiento accidental, moral y físico que forma parte de la condición humana, sino también el sufrimiento característico de la oposición y del abandono que llevó a Jesús a la cruz.

El aislamiento del cristiano actual en un mundo secularizado y ateo es, quizá, una situación previa a esta oposición, y también una manera de llevar la cruz con Jesús en la celebración de la Eucaristía (Maertens-Frisque).

Cuando Marcos desveló por primera vez el camino de Jesús y de sus seguidores, recogía una frase de Jesús en la que se hacía referencia a una llegada del Hijo del hombre envuelto en la gloria del Padre (Mc 8, 38). Santiago y Juan, dos de los doce, solicitan ahora una participación preeminente en esa situación. Esta solicitud viene a ser una segunda edición de la conversación sobre rango y prioridades reseñada en Mc. 9, 33-34. La solicitud ocasiona la indignación de los otros diez. La situación creada en el grupo determina la enseñanza de Jesús a los doce. Sin embargo, antes de esa enseñanza Jesús explica a Santiago y a Juan que lo que en realidad le están pidiendo es poder estar a su derecha y a su izquierda el día de Viernes Santo. En la globalidad de la obra de Marcos, la frase "está ya reservado" remite a 15, 27: "Estaban crucificados con él dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda".

Jesús les dice a Santiago y a Juan que el concederles esto no depende de él, sino de otros. Estas palabras no deben leerse a la luz del paralelo de Mateo, quien habla de un estar reservado por el Padre. En la versión de Marcos la referencia no es a Dios, sino a la instancia humana que dictará la sentencia de muerte de los dos malhechores.

La enseñanza a los doce comienza con una referencia realista a las situaciones de opresión propiciadas por el ejercicio del poder. La referencia le sirve a Jesús de contramodelo para los doce: Vosotros nada de eso.

En segundo lugar, Jesús les propone su propio modelo, que no es sino una nueva versión del propuesto en 9, 35: El que quiera ser grande, sea servidor; el que quiera ser primero, sea esclavo. Enunciado por paradoja, en la que los segundos miembros niegan a los primeros: servidor niega a grande; esclavo a primero.

Este modelo arranca y tiene su razón de ser en el ejemplo del Hijo del Hombre, que no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. La primera lectura de hoy nos ofrece el trasfondo de estas palabras (Is 53, 10-12).

Los acontecimientos de Jerusalén proyectan toda su luz sobre el texto de hoy, más aún, son ellos los que en realidad configuran el texto. En primer plano el Calvario, con Jesús y los dos malhechores flanqueando la cruz de Jesús. Esta cruz es la gloria de Jesús, la irrupción poderosa del Reino de Dios, en una superposición de muerte y vida, cruz y resurrección.

Desde este trono, desde este servicio único de vida, arranca el modelo al que deben mirar los doce para negar con su actuación las categorías de grande y primero. De las cuatro sesiones de enseñanza destinadas a los discípulos, Marcos ha dedicado dos al ejercicio de la autoridad por parte de los doce. El tema lo consideró importante y, tal vez, preocupante (A. Benito).

Jesús acaba de anunciar claramente a sus discípulos cómo ha de padecer y morir en Jerusalén para resucitar al tercer día (vv. 32-34). Sin embargo, y aunque no es la primera vez que les habla sobre este particular, sus discípulos siguen sin entender nada (cfr. 9, 32). Jesús marcha resueltamente delante de ellos, preocupado y sabiendo adónde va, pero los discípulos andan despistados y distraídos por cosas muy diferentes. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se adelantan del grupo y dan alcance al Maestro. Van a pedirle nada menos que ocupar los dos primeros puestos en el reino que, según pensaban, iba a inaugurarse de un día para otro.

Jesús no les echa en cara propiamente su ambición, sino su ignorancia, pues no comprenden que el único camino que lleva a la gloria pasa por la cruz. "Beber el cáliz" es aceptar la voluntad de Dios, empaparse de la voluntad de Dios, aunque ésta sea un "mal trago" para los hombres; "ser bautizado" es tanto como sumergirse en la amargura de la muerte. Con estas palabras alude Jesús al martirio que le espera en Jerusalén y pregunta a los dos hermanos si van a ser capaces de seguirle hasta ese extremo. Porque esto es lo que debiera preocuparles y no sentarse en los primeros puestos. La ambición de los hijos de Zebedeo indigna a sus compañeros, y el grupo se divide.

Pero Jesús, dejando a un lado la cuestión de rangos y precedencias en el reino futuro, los reúne de nuevo y les enseña cómo deben comportarse ahora en el reino de la comunidad. En primer lugar, constata el hecho de que los jefes y los grandes tiranizan y oprimen a los pueblos. El abuso de poder es un hecho fácilmente comprobable en todos los pueblos, tanto que Jesús lo da por sabido.

Por eso la aspiración de sus discípulos no ha de ser el poder sobre los demás, sino el servicio a los demás. Ya que en esto consiste la única grandeza, y el que oprime a los demás es un miserable. A la "voluntad de poder" Jesús opone la "voluntad de servicio"; al imperio autoritario de los jefes y los grandes de este mundo, la "diaconía" (=servicio) evángelica. Cuando la iglesia se aparta de una estructura fraternal y, adaptándose a las formas de este mundo, se convierte en un instrumento de poder con rasgos y escalafones, se aparta de la voluntad de Jesús.

Como ha de ser el servicio a los demás y hasta qué extremo, lo dice Jesús con su propia vida y con su muerte; pues él no ha venido al mundo para vivir como un señor, sino para morir como un esclavo. Jesús ha querido ocupar el último lugar de todos, la cruz, para servir a todos dando la vida por todos.

Estas palabras, en las que Jesús afirma el valor redentor de su muerte, son una clara alusión al texto de Isaías (53, 11s, de la primera lectura de hoy; cfr. Mc 14, 24). Jesús es el Siervo de Yavé, el "uno" que muere por "muchos", es decir, por todos. Tanto en el texto de Isaías como en otros lugares bíblicos (p. e. Rom 5, 12ss), la palabra "muchos" (que se contrapone a "uno") equivale a "todos". Por lo tanto, Jesús muere por todos los hombres y no sólo por los hijos de Israel. Lo cual debió extrañar sin duda a los judíos por las siguientes razones: a) Porque consideraban que sólo los hijos de Israel podían esperar la salvación prometida. b) Porque la idea de un Mesías que salvara con su muerte les era desconocida, a pesar de lo que había profetizado Isaías. c) Porque no creían que todo el pueblo de Israel necesitara ser redimido del pecado ("Eucaristía 1982").

Este es prácticamente el único pasaje de los sinópticos que nos presenta a Jesucristo como "rescate" de los hombres. El rescate, en el Antiguo Testamento es la compensación económica que hay que pagar por un delito cometido (Nm 35, 30-31: el homicida culpable será condenado a muerte, y no se le aceptará rescate por su vida), o la cantidad pagada por la liberación de un cautivo o un esclavo (Lv 25, 51-52; cf. Is 45, 13). Pero el hombre camina inexorablemente hacia la muerte, y no tiene nada que ofrecer para asegurarse una vida sin fin: "¿Qué hombre podrá redimirse y pagar a Dios su rescate? La vida humana no tiene precio; no vale el dinero para adquirirla, para comprar el derecha de vivir eternamente y escapar de la muerte" (Sal 49,8-10). Sólo Jesucristo, al "dar" voluntariamente su vida como rescate por "todos", nos abre las puertas de la vida eterna (Hilari Raguer).

-"Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda": Vemos a los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, pidiendo un privilegio personal, precisamente después que Jesús haga un anuncio de la pasión que le espera en Jerusalén. Así el evangelista subraya la interpretación equivocada que aún tienen los discípulos del término del camino que los conduce a Jerusalén. Allá será el lugar de la revelación: pero, ¿cuál? La petición de los dos discípulos no se refiere, ciertamente, a un lugar de privilegio en un reino mesiánico de carácter temporal. Esta perspectiva no es la del evangelista. Se trata de pedir la participación en la gloria y en el juicio el día de la manifestación del Hijo del Hombre en los últimos tiempos. ¿Por qué es criticable esto? Lo es en cuanto pasan por alto que la revelación en Jerusalén será a través de la cruz.

-"¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?": El cumplimiento de la petición de los discípulos tiene una exigencia expresada con una doble imagen: el cáliz y el bautismo. A la luz del AT conviene entender la imagen del cáliz como referencia al destino que Dios da a las personas o a todo el pueblo, sea este destino bueno o malo. También designó el castigo sobre los impíos o más tarde el sufrimiento de los mártires. Es, pues, una alusión de Jesús a su pasión y muerte, que a la vez es juicio de salvación para los impíos. La imagen del bautismo también debe enmarcarse dentro de esta referencia: la pasión y muerte como una corriente de agua que arrastra y ahoga. Los discípulos deben participar a través de los sufrimientos y la misma muerte, a causa de su seguimiento de Jesús; está será la medida de los privilegiados. La afirmación de que los dos discípulos participarán de ella parecería indicar el conocimiento por parte del evangelista de su martirio (el de Santiago está en Hch 12, 2; el de Juan, es más difícil de precisar históricamente).

-"El que quiera ser grande, sea vuestro servidor": Frente a la reacción adversa de los demás discípulos ante los hijos de Zebedeo, está la enseñanza de Jesús: los gobernantes y los grandes "parecen" como si dominaran el mundo. Un poco de ironía en las palabras de Jesús: quien verdaderamente domina el mundo es el mismo Dios, los demás sólo se lo piensan. Pero la finalidad de la enseñanza se dirige al seno de la comunidad: el que quiere presidir debe actuar como servidor. Su fundamento no es otro que el servicio y la muerte del Hijo del hombre por todos. Trasfondo la 1. lectura: pero mientras allá se acentúa la realización del plan de Dios, aquí se subraya la entrega voluntaria de Jesús a la muerte (Joan Naspleda).

Ambos apóstoles probarán este bautismo de Jesús, si bien Juan salió ileso de su "bautismo" en aceite hirviendo. Cf. Juan 21, 22 y nota: Jesús le respondió: "Si me place que él se quede hasta mi vuelta, ¿qué te importa a ti? Tú sígueme". S. Agustín interpreta este privilegio de Jesús para su íntimo amigo, diciendo: "Tú (Pedro) sígueme, sufriendo conmigo los males temporales; él (Juan), en cambio, quédese como está, hasta que Yo venga a darle los bienes eternos". La Iglesia celebraba, además del 27 de diciembre, como fiesta de este gran Santo y modelo de suma perfección cristiana, el 6 de mayo como fecha del martirio en que S. Juan, sumergido en una caldera de aceite hirviente, salvó milagrosamente su vida. Durante mucho tiempo se creyó que sólo se había dormido en su sepulcro (Fillion). De hecho, no conozco tumba de S. Juan, por lo que se podría pensar en su posible ascensión al cielo…(¿) lo mismo pasa con S. José…

Pero dejemos las conjeturas y volvamos a los Padres, a S. Agustín: "Escuchaste en el evangelio a los hijos del Zebedeo. Buscaban un lugar privilegiado, al pedir que uno de ellos se sentase a la derecha de tan gran Padre y el otro a la izquierda. Privilegiado, sin duda y muy privilegiado era el lugar que buscaban; pero dado que descuidaban el por dónde, el Señor retrae su atención del adónde querían llegar, para que la detengan en el por dónde han de caminar. ¿Qué les responde a quienes buscaban lugar tan privilegiado? ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? (Mt 20,22). ¿Qué cáliz, sino el de la pasión, el de la humildad, bebiendo el cual y haciendo suya nuestra debilidad dice al Padre: Padre, si es posible pase de mí este cáliz? (Mt 26,39). Poniéndose en lugar de quienes rehusaban beber ese cáliz y buscaban el lugar privilegiado, descuidando el camino de la humildad, dijo: ¿Podéis beber el cáliz que he de beber yo? Buscáis a Cristo glorificado; volveos a él crucificado. Queréis reinar y ser glorificados junto al trono de Cristo; aprended antes a decir: ¡Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo! (Gál 6,14).

Ésta es la doctrina cristiana, el precepto y la recomendación de la humildad: no gloriarse a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Pues no tiene nada de grande gloriarse en la sabiduría de Cristo, pero sí el hacerlo en la cruz. Donde encuentra el impío motivo para insultar, allí ha de encontrar el piadoso su gloria. Sea idéntico lo que provoca el insulto del soberbio y la gloria del cristiano. No te avergüences de la cruz de Cristo; para eso recibiste su señal en la frente, la sede del pudor, por decirlo así. Piensa en tu frente para no temer la lengua ajena".

El episodio de hoy como sabemos sucede inmediatamente después de que Jesús anunciara por tercera vez a los apóstoles sus sufrimientos y su muerte humillante en Jerusalén. ¡Como contrastan las palabras y la actitud de Jesús con la ambición y el egoísmo de los apóstoles! Esto nos tranquiliza, ante la resistencia de sus discípulos a aceptar la cruz, a medida que se acerca. Posiblemente nosotros ya estemos acostumbrados a ver a Jesús clavado en la cruz porque desde pequeños tenemos esta imagen; pero en tiempos de Jesús la idea de un mesías sufriente y muerto en la cruz a manos de los odiados opresores del pueblo, era totalmente ajena a la mentalidad judía y aun era considerada como blasfema. El pesado yugo romano reclamaba un mesías libertador que destruyera con las armas el poder opresor para establecer el reino de David en forma imperecedera. Es perfectamente comprensible, entonces, que los apóstoles no entendieran nada de lo que Jesús les anunciaba, y Marcos parece divertirse poniendo de relieve la tozudez de los apóstoles. Sin embargo, hay algo más todavía. Marcos parece referirse más bien a que los apóstoles quedaron totalmente defraudados ante la muerte de Jesús y que les costó mucho descubrir su significado. Sólo a partir de la resurrección repasarán los hechos vividos junto a Jesús y se preguntarán cómo les fue posible pasar tanto tiempo con él sin avizorar la novedad de su mensaje.

Así, pues, los tres anuncios de la pasión y muerte expresan vivamente la fe nueva de los apóstoles en Cristo muerto y resucitado, en contraste con la vieja fe en un Cristo guerrero. Y los recuerdos de ciertos hechos vividos junto a Jesús, como las discusiones tenidas acerca de los primeros puestos y otras similares, pasarán a ser signos de toda una actitud que puede en cada momento infiltrarse en el creyente.

El evangelista Marcos no descarta la posibilidad de que cada hombre sienta cierta repugnancia por el camino que traza Jesucristo. Incluso la misma Iglesia -a pesar de su profesión de fe cristiana- parece seguir apegada más de la cuenta a un enfoque demasiado mundano del mesianismo de Jesucristo.

Y cuando los apóstoles anuncian al mesías muerto en la cruz, tratan de paliar el escándalo que puedan producir sus palabras, presentando su propio ejemplo: también ellos se resistieron a esta idea y, sin embargo, ahora creen. Ellos no anuncian una fe fácil y cómoda, a tal punto que a quienes más difícil y dura les resultó fue a ellos mismos… seguir a Cristo es compartir su cruz. Por eso, a su vez, les pregunta: «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Y, aunque parezca insólito, la respuesta de los dos hermanos fue decidida: «Lo somos.» Lo cierto es que ambos abandonaron a Jesús en el Getsemaní, aunque Juan volverá después y estará con María al pie de la cruz. Santiago, por su parte, retornará a la fe después de la pascua y morirá mártir a manos de los judíos en la misma Jerusalén (He 12,2).

No podemos dudar de la sinceridad de ambos, aunque seguramente cuando pronunciaron aquel enfático «podemos», no imaginaban todo su alcance. Jesús, a su vez, confirma que ambos lo seguirán por el camino del sufrimiento, pero les aclara, para que no queden dudas, que eso no les da derecho a recompensa especial alguna.

Por qué el seguir a Cristo con la cruz de cada día no nos da derecho a recompensas especiales, lo explicará en seguida Jesús a todo el grupo apostólico. Pero ahora queda en claro algo: Hay una sola forma de seguir a Jesús, y es bebiendo su misma copa, bautizándose en la muerte de uno mismo. Aquí podemos hacer referencia a dos sacramentos a través de los cuales nos unimos al Cristo de la cruz y del amor. Son el bautismo y la eucaristía.

Al bautizarnos nos sumergimos en la muerte de Jesús para morir a nosotros mismos. Allí muere el egoísmo y de allí resurgimos como hombres nuevos. Pero este bautizarse no es un rito mágico: es un proceso que dura toda la vida. Cada día hay que morir al propio ego, a la vanidad, al orgullo, al egoísmo, etc.

A su vez, cada vez que comulgamos, nos unimos al Cristo que derrama su vida por amor a los hombres. Comulgar es comprometerse a compartir el mismo gesto de Jesús. En cada misa, Jesús vuelve a preguntarnos: «¿Podéis beber esta copa que yo bebo?»

El segundo tema de hoy, junto a la cruz, es el servicio. En un grupo donde los ambiciosos tratan de escalar, pronto surge la indignación y el resentimiento de los demás. Y así sucedió con los otros diez apóstoles, que pensaron que había sido una actitud desleal hacia el grupo el adelantarse para pedir los primeros puestos. Jesús, con toda paciencia, vuelve a catequizarlos sobre el tema del servicio a la comunidad, tema que ya hemos reflexionado en varias oportunidades. Jesús no niega que los apóstoles han de ocupar en su Iglesia cierto puesto de relevancia y jerarquía. Pero la pregunta es otra: ¿Qué significa tener autoridad dentro de la Iglesia? Y el mismo Jesús distingue dos formas de ejercer la autoridad. Una es la común entre los gobernantes y los poderosos: éstos hacen sentir a sus súbditos todo el peso de su autoridad; se sienten dueños de la comunidad y lo hacen pesar; disponen de todo sin consulta alguna y toman las decisiones como si los demás no existieran. La comunidad sólo tiene el derecho de ejecutar órdenes. Y Jesús aclara: «Pero entre vosotros no debe suceder así.» En la Iglesia, el ejercicio de la autoridad debe ser algo diametralmente distinto, incluso opuesto. Y así -nos dice Jesús-, el que quiera ser grande, que se haga servidor de los otros; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate de la multitud.

Para que no queden dudas acerca del sentido de su pensamiento, Jesús distingue entre «importante» y «primero». Importantes son todos los que sirven a otros; primero es el que sirve a todos. Por lo tanto, existe en la Iglesia una jerarquía: la jerarquía del servicio a los hermanos. Quien esté a la cabeza de una comunidad, que sea el más humilde, el más dado a los demás, el más generoso, el más olvidado de sí mismo.

Que se suprima hasta la apariencia de la autoridad impuesta, hasta los títulos honoríficos que puedan dar lugar a malentendidos. Que todos puedan tener acceso a sus pastores o «superiores», porque ellos son los servidores, no los que han de ser servidos... El mensaje de Jesús no se refiere solamente a obispos, sacerdotes y superiores de comunidades cristianas. Crea también un espíritu y una actitud en todos los que le siguen. Cuando Jesús habla de que «va a dar su vida en rescate por todos», se refiere sin duda alguna al texto de Isaías que hoy hemos escuchado en la primera lectura. Dicho texto se refiere al Siervo de Yavé -que es todo el pueblo creyente y no sólo determinado personaje-, quien será afligido en el dolor, pero que con ese dolor asumirá los pecados de toda la humanidad. Jesucristo fue el primero en ejercer esa función salvadora: en su cuerpo cargó nuestro pecado. Pero el cuerpo de Cristo es toda la Iglesia, toda la comunidad cristiana, que debe sentirse servidora de la humanidad y dispuesta a dar su vida por la liberación de todos. Por el bautismo -y lo rubricamos en cada Eucaristía- nos incorporamos al cuerpo de Cristo en cuanto servidor de la humanidad. Sin la comunidad, el cuerpo de Jesús queda aislado como un grito que se pierde en el desierto. Jesús fue el primero en sentirse solidario con toda la humanidad, sin distinción de raza, credo, condición social o cultura. Es «el primero» entre todos los hombres porque se hizo servidor de toda la humanidad y por la dimensión infinita de su amor. Pues bien: seguir a Jesús como discípulo suyo es sentir a todos los hombres como hermanos y como miembros de nuestra propia familia. Esto es fácil decirlo, pero cómo cuesta hacerlo realidad cuando descubrimos que ese otro hombre no comparte nuestra lengua, ni nuestra cultura, ni la raza, ni la ideología política, ni la clase social... Y, sin embargo, el cristiano se define por su servicio a todo hombre, aun al extraño, aun al enemigo.

La comunidad cristiana es la comunidad siempre lista, con ese sí alegre y generoso. Una comunidad cristiana -con sus pastores a la cabeza- no puede esperar que le traigan los problemas: debe buscarlos allí donde están para aportar su solución. Ella debe ser la presencia viva de Cristo. Decimos «presencia», lo que implica estar, estar físicamente, estar con todo lo que se es y se siente. Estar pensando, hablando, sintiendo, diciendo y haciendo. Una Iglesia servidora podrá olvidarse del sufrimiento propio, pero deberá ser la primera en levantar el grito cuando alguien, cualquier persona -precisamente porque es cualquier persona- es encarcelada injustamente o queda despedida de su trabajo o sometida a cualquier tipo de vejamen. No es signo de servicio cristiano el preocuparnos solamente por los nuestros; eso lo hacen también los paganos y hasta los maleantes... Lo nuevo de la fe en Cristo está en darse al otro porque es «otro», alguien distinto a mí sea por su cultura, credo o cualquier otra circunstancia. Por eso Jesús dice -siguiendo a Isaías- que él da su vida por el rescate del otro. Siendo inocente, entregó su vida por los culpables. Lo increíblemente nuevo de la fe cristiana es que los discípulos de Jesús se comprometen a lo mismo... La comunidad cristiana sería como el «parachoques» de la humanidad. Siempre un proceso liberador supone dolor y sangre derramada... El problema está en saber quiénes están dispuestos a asumir ese dolor y a derramar esa sangre. Quienes lo hagan, tienen derecho a llamarse cristianos. Los demás seguiremos en el catecumenado… (Santos Benetti).

 

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