domingo, 15 de noviembre de 2009

Sábado de la 30ª semana. Si la reprobación de los judíos es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Dios quiere que todos se salven. Esta es la exaltación buena, y no la pretensión de ser más que lo

 

 

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,1-2a.11-12.25-29. Hermanos: ¿Habrá Dios desechado a su pueblo? De ningún modo. También yo soy israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín. Dios no ha desechado al pueblo que él eligió. Pregunto ahora: ¿Han caído para no levantarse? Por supuesto que no. Por haber caído ellos, la salvación ha pasado a los gentiles, para dar envidia a Israel. Por otra parte, si su caída es riqueza para el mundo, es decir, si su devaluación es la riqueza de los gentiles, ¿qué será cuando alcancen su pleno valor? Hay aquí una profunda verdad, hermanos, y, para evitar pretensiones entre vosotros, no quiero que la ignoréis: el endurecimiento de una parte de Israel durará hasta que entren todos los pueblos; entonces todo Israel se salvará, según el texto de la Escritura: «Llegará de Sión el Libertador, para alejar los crímenes de Jacob; así será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus pecados.» Considerando el Evangelio, son enemigos, y ha sido para vuestro bien; pero considerando la elección, Dios los ama en atención a los patriarcas, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

 

Salmo 93,12-13a.14-15.17-18. R. El Señor no rechaza a su pueblo.

Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole descanso tras los años duros.

Porque el Señor no rechaza a su pueblo, ni abandona su heredad: el justo obtendrá su derecho, y un porvenir los rectos de corazón.

Si el Señor no me hubiera auxiliado, ya estaría yo habitando en el silencio. Cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene.

 

Evangelio según san Lucas 14,1.7-11. Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: -«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: "Cédele el puesto a éste." Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

 

Comentario: 1.- Rm 11,1-2a.11-12.25-29. Sigue la reflexión de Pablo sobre la suerte de su pueblo y la pena que le da su obstinación contra Cristo. "¿Habrá Dios desechado a su pueblo? Ni hablar". Pablo está convencido de que Dios sigue siendo fiel a sus promesas: pues "los dones y la llamada de Dios son irrevocables". Dos consideraciones suyas pueden llegar a sorprendernos. Afirma que, aunque parezca que el rechazo de Cristo es definitivo, llegará al fin la conversión de Israel: "entonces todo Israel se salvará". Además, la caída de Israel puede considerarse providencial para los otros pueblos: "por haber caído ellos, la salvación ha pasado a los gentiles". Recordemos que, según el libro de los Hechos, tuvieron que salir de Jerusalén y de Judea, y ésa fue la ocasión para que anunciaran a los otros pueblos la Buena Noticia de Jesús.

En el Concilio Vaticano II hubo una Declaración, titulada Nostra aetate, en la que se habla de la postura de la Iglesia con las religiones no cristianas. En su número 4 habla del pueblo judío. Son dos páginas que haríamos bien en leer hoy, para ambientar el lamento de Pablo (cita expresamente estos capítulos de la carta a los Romanos) y a la vez resituar nuestra postura respecto al pueblo judío, al que tanto le debemos en el terreno de la fe. Les respetamos de corazón y, siguiendo el ejemplo de Pablo, no perdemos la esperanza de que un día acabarán aceptando a Jesús. Tenemos fe en la fidelidad de Dios con su pueblo, el pueblo en el que nació Jesús de María, la Hija de Sión. Con el salmo decimos: "El Señor no rechaza a su pueblo ni abandona su heredad". Además, nos aplicamos nosotros mismos la lección. Porque los que han sido más privilegiados pueden llegar a desaprovechar las gracias de Dios. Por una parte nos duele el que en torno nuestro parezca perderse la fe, y vemos alejarse a la juventud, y que las vocaciones escasean, y que la vieja Europa no da tantas muestras de vitalidad como otros pueblos más jóvenes. Y, por otra parte, podemos reflexionar sobre nuestra propia persona y preguntarnos si no podría aplicarse a nosotros, en alguna medida, el lamento de Pablo sobre la ceguera de su pueblo ante tanta luz. ¿Somos higueras que dan el fruto que el amo espera?, ¿semilla que da el ciento por ciento?, ¿siervos que sacan rendimiento a los talentos que han recibido?, ¿o sólo pensamos en Israel a la hora de señalar con el dedo la ingratitud y la inoperancia con los dones de Dios?

-Hermanos, os pregunto: ¿Habría Dios rechazado a su pueblo? No, de ningún modo. Yo mismo soy prueba de ello: también soy uno de Israel. Pablo subraya aquí que no fue Dios quien tomó la iniciativa de la ruptura. No deja de ser fiel a su esposa infiel. Dios ama a aquellos que no le aman. Dios no rechaza a nadie. Y Pablo, tomando de nuevo la tesis de los profetas según la cual sólo un «pequeño resto» subsistiría, hace notar que hay un grupito de judíos, como él, por ejemplo, que son los testigos de ese amor. Conservar las solidaridades. No quedarse aparte, resguardado, como aquellos que huyen del peligro. Al contrario, considerarse como responsable de todos aquellos que son solidarios con él: no soy un salvado "para mí", sino «para todos». Pablo-creyente es ya una parte del pueblo de Israel... ¡creyente! Pablo-salvado es ya una porción, algo del pueblo de Israel... ¡salvado!

-¿Ha caído Israel para no levantarse?... si por haber caído ellos la salvación ha pasado a los paganos, su caída ha supuesto riqueza para el mundo. Es preciso comprender bien este sorprendente argumento. Pablo alude al «hecho histórico» muy conocido: el rechazo de los judíos ayudó a Pablo a no encerrarse en el mundo judío e ir a los paganos. Expulsado de la Sinagoga y de la comunidad judía, se halló casi obligado a dirigirse a los paganos (Hch 23,44-52; 17,1-9; 11,19-26).

-No quiero dejaros en la ignorancia de este misterio: el endurecimiento de los judíos durará hasta la entrada del conjunto de los paganos. Visión histórica audaz. Así el rechazo de la Fe, de los judíos, lejos de contradecir el prodigioso amor salvador de Dios por todos los hombres -tesis de la Epístola de los Romanos- no es sino una ilustración temporal y brillante de ese amor universal. A través de este misterio quisiera comprender mejor el misterio de la "incredulidad" HOY. ¡Muchos son los que "rechazan" HOY a Dios o viven «como si no existiera»! Quiero creer que Tú sigues amándolos, Señor, y que quieres también salvarlos a todos. Tu proyecto es ¡«la entrada del conjunto de los paganos»! en la salvación.

-Es así que todo Israel será salvo. En cuanto al Evangelio, son enemigos para vuestro bien. Pero en cuanto a la elección de Dios, son amados en atención a sus padres... ¡Los dones y la vocación de Dios son irrevocables! También los judíos un día serán creyentes. El Señor vendrá. Pero retrasa su venida para dar a todos ¡un «plazo» de conversión! Así, todo contribuye al proyecto de Dios. La incredulidad de los judíos es la prueba dramática del fracaso del hombre que quiere salvarse por sí mismo. Como tal, esta «incredulidad» tiene un aspecto positivo, pone en evidencia que nos salvamos «por pura misericordia»: mas entonces los judíos pueden también beneficiarse, y se beneficiarán de ello. Los dones de Dios son "IRREVOCABLES". Pueblo nacido de una iniciativa del amor de Dios, Israel está siempre acosado por este amor, incluso en su rechazo: continúa viviendo de la fidelidad a la Palabra de Dios... Los judíos de HOY leen la misma Biblia que nosotros. Ojalá el cristiano pueda preparar su retorno definitivo y su propia plenitud, edificando una Iglesia que "sólo busque su fuerzas en la iniciativa de Dios y su pura misericordia. Sí, ¡los "enemigos de Dios" son los "muy amados" de Dios! Ruego por todos aquellos que se creen o que se dicen "enemigos de Dios" (Noel Quesson).

En este tercer capítulo sobre el tema, Pablo insiste en la exageración de los que dicen que el pueblo judío no ha aceptado a Cristo. «También yo soy israelita», afirma, y tras este «yo» está toda la plana mayor de la Iglesia y una parte considerable de sus fieles. Dios puede sacar de las piedras hijos de Abrahán. Si en tiempos de Elías, mientras la masa del pueblo claudicaba ante las persecuciones, Dios se reservó siete mil fieles que representasen la continuidad de la elección, también en el momento presente ha suscitado Dios millares de conversiones entre los judíos. Porque si la elección es obra de Dios no fruto de las obras humanas, también la continuidad de la elección es obra de Dios. Entonces, ¿habría podido Dios llevar a Cristo toda la masa del pueblo, lo mismo que ha llevado a una pequeña parte de él? Pablo respondería que sí, que es Dios quien no ha querido sacarlos de las tinieblas en que, como ha dicho antes, se encontraban. Y ¿por qué no lo ha hecho? Por una parte, para darles celos: para que, viendo las piedras convertidas en hijos de Abrahán, comprendieran que sólo Dios puede asegurar al hombre la continuidad en el camino de la salvación. Por otra, para facilitar el contacto directo a los pueblos no judíos: para que la montaña de la legalidad judía no se interpusiese como una barrera entre Dios y los pueblos paganos. De todas formas, añade Pablo, si la pérdida de los judíos ha sido una riqueza para los paganos, su retorno lo será todavía más, porque en la tradición multisecular del pueblo judío hay una experiencia de Dios que los cristianos necesitaremos siempre.

La realidad concreta de veinte siglos de historia en que el pueblo judío no ha llegado a la meta de la ley, que es Cristo, hace todavía más urgente la exhortación de Pablo a no creernos demasiado inteligentes, a comprender que los designios de Dios están por encima de nuestra interpretación y de nuestros cálculos. De todas maneras hay una promesa divina (eso quiere decir la palabra «misterio» o "designio" con que empieza el fragmento) de que esa llegada se producirá por caminos que sólo Dios conoce. Más siglos duró la miseria espiritual de los pueblos paganos. En otro tiempo, los demás pueblos desconocían a Dios, mientras Israel era el pueblo escogido. Ahora, en cambio, Dios ha tenido compasión de los otros pueblos, mientras Israel, por no reconocer esa misericordia, se ha vuelto infiel. Así, todos habrán pasado por la desobediencia y al final todos aprenderán qué significa ser salvado por misericordia. En medio de su infidelidad (parcial y temporal, como se nos repite varias veces), los judíos merecen ser amados a causa de las promesas de Dios: porque la elección del pueblo -como todos los dones de Dios- tiene algo de irrevocable. Eso es tan cierto que, mientras la masa de Israel no haya entrado en la Iglesia, no se podrá decir que se han cumplido las profecías mesiánicas. En diversas profecías se dice que el Salvador vendrá a expiar los pecados de Israel y a restablecer un pacto con quienes lo habían roto. Ni unos ni otros tenían suficientemente claro que nosotros no hemos dado a Dios nada que nos permita exigirle alguno de sus dones. Sólo el retorno constante a la idea de la gracia y de nuestra necesidad de salvación puede ser fuente de verdadera renovación para la humanidad  (J. Sánchez Bosch).

 

2. Contrasta el salmo con el anterior y con los que le siguen, pues trata de la triste realidad que nos presenta el mundo de hoy, lejos de la victoria total del bien en la era escatológica. Dos cosas presenta aquí el salmista: I. Convicción y terror para los perseguidores del pueblo de Dios (vv. 1-11), mostrándoles el peligro al que se exponen y la insensatez que muestran. II. Consuelo y paz para los perseguidos (vv. 12-23), asegurándoles, con base en la promesa de Dios y en la propia experiencia del salmista, que sus aflicciones tendrán un final feliz: que es la parte que nos interesa.

El salmista profiere ahora palabras de consuelo a los santos que sufren. Lo hace basado en las promesas de Dios y en su propia experiencia.

=Basado en las promesas de Dios, las cuales no sólo les preservan de la calamidad, sino que les aseguran la verdadera dicha (v. 12): «Dichoso el hombre a quien tú, Yahvé, corriges.» Aquí el salmista eleva la mirada por encima de los instrumentos de aflicción, y se fija en las manos de Dios, con lo que el castigo cambia de color. Los enemigos quebrantan al pueblo de Dios (v. 5); pero Dios, mediante ese quebranto, corrige a su pueblo, como un padre al hijo en quien tiene su deleite; los perseguidores son sólo la vara con que los corrige. Aquí se promete: (A) Que el pueblo de Dios obtendrá bienes de sus sufrimientos. Cuando Dios les castiga, les enseña (v. 12b), y dichoso es el hombre que recibe esta disciplina divina, pues nadie enseña como Dios. Cuando somos castigados, hemos de orar ser instruidos, y ver en la ley de Dios el mejor expositor de su Providencia. No es el castigo mismo el que hace bien, sino la enseñanza que le acompaña y explica. (B) Que el pueblo de Dios obtendrá paz de sus sufrimientos (v. 13): «Para hacerle descansar (no física, sino mentalmente, comp. Is. 7:4) en los días de aflicción». Dice Cohén: «El hombre que ha aceptado la instrucción de Dios no perderá ánimos ni fe en los días de prueba, porque está convencido de que llegará el día de dar cuentas.» (C) Que verán la ruina de los que eran instrumentos de sus padecimientos (v.13b). (D) Que, aunque se hallen abatidos, no quedarán abandonados (v. 14). Les pase lo que les pase. Dios no los desechará, no los borrará de su pacto ni les retirará su protección. El Apóstol Pablo se consolaba grandemente con esto (Ro. 11:1). (E) Que, por mal que marchen ahora las cosas, se han de arreglar un día (v. 15): «El juicio será vuelto a la justicia», es decir, los tribunales de justicia volverán a dictar sentencia de forma justa y equitativa, y abundarán los rectos de corazón que busquen la justicia. Todo esto será obra de Dios a favor del pueblo, para que Israel recobre su prosperidad. Esta misma esperanza nos ha de consolar cuando parezca que las cosas marchan mal en contra nuestra.

=Basado en sus experiencias y observaciones personales. (A) Él y sus amigos habían estado oprimidos por crueles tiranos, que disponían del poder necesario para abusar de los buenos ciudadanos. Eran malignos y hacedores de iniquidad (v. 16). Se entregaban a toda clase de impiedad e inmoralidad, de forma que su tribunal era inicuo (v. 20). La iniquidad es suficientemente atrevida aun en el caso de que las leyes humanas la persigan, pues raras veces resultan efectivas, pero ¡cuánto mas insolente y dañina es cuando está respaldada por la ley! Estos obradores de iniquidad condenaban la sangre inocente (v. 21b) haciendo agravio bajo forma de ley (v. 20b), lo mismo que hicieron contra Daniel (Dan. 6:7) para echarle al foso de los leones. Así han sido tratados con frecuencia los mayores bienhechores de la humanidad, bajo capa de ley y justicia, como si fueran los peores malhechores. (B) La opresión que sufría pesaba gravemente sobre ellos. El salmista se veía a sí mismo, si no fuese por la ayuda de Dios, morando en el silencio de la tumba (v. 17, comp. con 115,17); estaba «en las últimas», sin saber qué decir ni hacer. El Apóstol había recibido, en un caso similar, dentro de sí respuesta (lit.) de muerte (2 Co. 1,8, 9). El salmista decía : «Mi pie resbala» (v. 18, comp. con 38,16; 73,2). Una multitud de pensamientos contradictorios le dejaban perplejo, sin saber en qué iba a parar aquello ni qué medidas tomar. (C) En su apuro, buscó ayuda, socorro y alivio (v. 16): «¿Quién se levantará por mí contra los malignos? ¿Tengo algún amigo que se preste, por amor, a socorrerme?» Miraba en derredor y no veía a ninguno. Cuando Pablo fue llevado ante el tribunal de Nerón, ninguno estuvo a su lado (2 Ti. 4:16). Le gritaban al Señor (v. 20): «¿Se aliará contigo el tribunal inicuo?» Como diciendo: «¿Es posible que estos inicuos puedan resguardarse bajo el pretexto de que administran la justicia en nombre de Yahweh?» Sólo cuando está a favor de la equidad y de la justicia puede decirse que un tribunal es aliado de Dios. El tribunal inicuo no puede en modo alguno tener comunión con Dios. (D) Hallaron socorro y alivio en Dios, y sólo en Él. Por eso, habla el salmista de la ayuda de Yahweh (v. 17), cuando se pone en Él la confianza y se espera de Él el alivio. « Si no fuera por eso, dice, nunca habría podido conservar el dominio de mí mismo; pero viviendo por fe en Él, he podido conservar la cabeza por encima del agua.» El socorro que recibimos se lo debemos no sólo al poder de Dios, sino a su misericordia (vv. 18,19): «Tu misericordia, Yahweh, me sustenta. Tus consolaciones alegran mi alma, cuando son muchas las preocupaciones dentro de mí. Cuando se agolpan en mi mente los pensamientos inquietantes, sólo el consuelo que tú me ofreces sirve para aquietar mi mente y dar paz a mi alma.» Las consolaciones de Dios llegan hasta el alma, no sólo hasta la imaginación, y le dan la paz y el gozo que no pueden darle las sonrisas del mundo, ni pueden quitarle los enfados del mundo. (E) Dios es, y siempre será, Justo Juez, protector del derecho y castigador del mal; de esto tenía el salmista la seguridad y la experiencia (v. 22): «Cuando nadie quiera, o no pueda, o no se atreva a defenderme, Yahweh es mi baluarte, para preservarme de la maldad de mis apuros, para no hundirme bajo su peso ni ser arruinado por ellos; y es la roca de mi refugio, en cuyas hendiduras puedo cobijarme y encima de la cual puedo asentar mis pies para estar fuera del alcance de todo peligro.»

 

3.- Lc 14,1.7-11. Invitado a comer en casa de un fariseo, Jesús aprovecha para darles una lección plástica de humildad. No sabíamos decir si se trata de una parábola, o sencillamente, de un hecho observado en la vida. Lo de buscar los primeros puestos era, se ve, un defecto característico de los fariseos. Hace pocos días leíamos cómo Jesús se lo echaba en cara: "Ay de vosotros, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas" (Lc 11,43). Hoy les invita a elegir los lugares más humildes. La lección se resume al final: "porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

No hace falta que seamos fariseos para merecer la reprimenda de Jesús. Porque a todos nos gusta aparecer y ser vistos y alabados por la gente. Eso no pasa sólo en los actos políticos y sociales, en que se sigue un riguroso orden protocolario, sino también en nuestra vida de cada día, en que cada uno intenta deslumbrar a los otros mostrando un nivel de vida y unas cualidades, que a veces son nada más apariencia, pero que provocan la admiración y la envidia. Jesús nos ha enseñado una y otra vez que su estilo y, por tanto, el de sus discípulos, debe ser el contrario: la humildad y la sencillez de corazón. Aunque eso de ser humildes no esté de moda en el mundo de hoy. A los seguidores de Jesús no les tendría que importar ocupar los últimos lugares. Y no como un truco, para que luego nos inviten a subir, sino con sinceridad, por imitación del Maestro, que no vino a ser servido sino a servir. ¿O somos como los apóstoles, que no acababan de entender la lección de humildad, y discutían sobre quién iba a ocupar los puestos de honor?, ¿no tendríamos que moderar nuestro afán de protagonismo y de aparecer? Si fuéramos humildes, seríamos más felices: nos llevaríamos menos disgustos. Seríamos más aceptados por los demás: a los vanidosos nadie les quiere. Y más agradables a los ojos de Dios: él prefiere a los humildes. Un ejemplo muy cercano lo tenemos en la Virgen Marta, la madre de Jesús. Humilde y discreta, ella pudo decir, resumiendo también el estilo de Dios en la historia: "enaltece a los humildes y a los ricos los despide vacíos". Y, hablando de sí misma, "ha mirado la pequeñez de su sierva" (J. Aldazábal).

-Durante la comida en casa de uno de los jefes de los fariseos, Jesús, notando que los invitados elegían los primeros puestos... El mundo judío -por ejemplo, las "reglas de la Comunidad de Qumram- tenía gran preocupación por seguir el orden jerárquico. En un banquete, antes de sentarse, cada invitado elegía "su" puesto según su rango, según la idea que él tenía de su propia dignidad, en comparación a los demás invitados. Y esto estaba codificado por las escuelas de Doctores de la Ley. Se aconsejaba un poco de prudencia elemental, por ejemplo: "Sitúate dos o tres puestos más allá del que te convendría". Sinceramente, ¿podría decirse que la preocupación de "mantener su rango" es algo del pasado? Hoy tenemos muchos signos distintivos que permiten realzar la posición social de cada uno: un cierto estilo o clase en el vestir... una marca de automovil...

-Jesús les propuso esta parábola: "Cuando alguien te convide a una boda no ocupes el puesto principal... Jesús no entra aquí en los problemas de las conveniencias mundanas, no es su objeto... repite lo que ya dijo otras muchas veces... ¡sed humildes!, ¡disponeos a ser el servidor de los demás!, ¡ocupad el ultimo puesto!, ¡los pequeños son los más grandes!, si no os hacéis pequeños, ¡no entraréis en el Reino de Dios! No, nadie puede revindicar la entrada a las Bodas eternas como algo que le es debido, en virtud de su propia justicia.

-Al revés, cuando te conviden, vete derecho al último puesto. Durante la última Cena, sabemos que hubo una discusión entre los Doce sobre sus jerarquías y sus prelaciones. "Llegaron a querellarse sobre quién parecía ser el mayor. Jesús les dijo: Los reyes de las naciones gobiernan como señores... Pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros, ocupe el puesto del más joven, y el que manda, el puesto del que sirve... Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,24-27) Al relatar esa escena, Lucas pensaba en las "asambleas eucarísticas, donde, en su tiempo -¿y en el nuestro?- surgían dificultades entre clases sociales. Santiago (2,14) y san Pablo (1 Cor 11,20) se encontraban con esos mismos problemas en sus comunidades. "Si en vuestra reunión entra un personaje con sortijas de oro, magníficamente vestido y entra también un pobretón con traje mugriento; si atendéis al primero en detrimento del pobre, ¿no hacéis una discriminación?" Hoy, hay muchas maneras de creerse superior, de excluir a un tal o a un cual, de hacer discriminaciones. Señor, haznos acogedores los unos hacia los otros. Que todos los participantes a nuestras asambleas dominicales se sientan cómodos. Que las celebraciones eucarísticas no pasen a ser pequeños clubs cerrados en los que "las personas, allí reunidas, se sientan bien", porque se ha comenzado por excluir a "los que no piensan como nosotros".

-El que se encumbre, lo abajarán, y al que se abaja lo encumbrarán. Es la condena de cualquier suficiencia. Dios cerrará su Reino, a los que están persuadidos de su propia justicia. Ser humilde. Hacerse pequeño. Juzgarse indigno... No juzgar indignos a los demás. La parábola del Fariseo y del Publicano se terminará con la misma fórmula (Lc 18,14): "Todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán." Señor, ayúdame; quiero combatir todas mis formas de orgullo. Quiero conocer mis miserias, para que no me estime superior a los demás. Ayúdame a encontrarme feliz en el "último puesto". como Tú, Señor: "Jesús, de tal manera tomó para sí el último puesto, que nadie se lo ha podido quitar" (Noel Quesson; textos tomados de mercaba.org; Llucià Pou Sabaté, 2009).

 

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