domingo, 15 de noviembre de 2009

Domingo de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. “Por aquel tiempo se salvará tu pueblo…” Jesús con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Y en su segunda venida reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

 

 

Profecía de Daniel 12,1-3. Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.

 

Salmo 15,5 y 8.9-10.11. R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

 

Carta a los Hebreos 10,11-14.18. Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, u] solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.

 

Evangelio según san Marcos 13,24-32. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

 

Comentario: 1. Dn 12,1-3. Con la protección de Miguel, protector de Israel, vemos aquí la resurrección como algo que va mucho más allá de cuanto se decía en Isaías y Ezequiel. Aquí, como en 2M 7,14.29, se habla de un sentido real de resucitar. "La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan: El Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2 M 7, 9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él (2 M 7, 14; cf. 7, 29; Dn 12, 1-13)" ( Catecismo 992). Aquí ya no se habla, como en 2 M, de la resurrección de los mártires, sino de todos, para premio o condenación ("muchos" lo indica). "¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto:"los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2)" (id, 998).

Todo lo que tiene de breve la presente lectura lo tiene de importante en la historia de la revelación. Por su lenguaje, repetido en algunos pasos al pie de la letra por Jesús refiriéndose a los últimos tiempos, somos conscientes de que el apocalíptico hace ahora de profeta. Por vez primera en todo el Antiguo Testamento se nos asegura, con inspirada garantía, la resurrección de los muertos. La chispa fue provocada por la persecución de Antíoco. El rescoldo donde había ido incubándose el problema de la retribución durante varios siglos sin respuesta definitiva. Ahí quedaba Job revolviéndose en su inocencia y sufrimiento. Fue necesaria la crisis macabaica, los mártires de la persecución, para que brotara la fe en la resurrección, que terminaría convirtiéndose en dogma. En los capítulos precedentes el autor había insistido, con todos los artificios del lenguaje apocalíptico, en la instauración del reino de los santos, que sustituiría a todos los reinos históricos. Animados por esta esperanza, muchos habían defendido su fe hasta la muerte. El interrogante surgió angustioso. Cuando llegue el reino de los santos, de los judíos fieles a su Ley y a Dios, ¿cuál será la suerte de todos estos mártires de su fe? ¿Podrá ser la muerte y el sheol común su premio? Y el autor, inspirado, abre las puertas a una nueva y desconocida esperanza. "Entonces", sin precisar tiempo, pero con garantía absoluta, "los que duermen... despertarán". El eufemismo es ya toda una revelación. Cristo lo usará refiriéndose a la muerte de su amigo Lázaro y deberá explicárselo a sus apóstoles. Es el sueño de la muerte, porque la muerte, para quien cree, es el dormirse de un glorioso despertar en Dios.

Pero esta resurrección queda muy particularizada y lejana aún de la perfección que dará el Nuevo Testamento. Sólo se salvarán -resucitarán- los inscritos en el libro de la vida. Porque no todos los hijos de su pueblo habían sido fieles a su fe. Entonces ¿no resucitarán todos? Ateniéndonos al texto y al contexto, nuestra respuesta no puede ser afirmativa. En el texto (vv 1-2) se habla tan sólo del pueblo escogido. Por el contexto sabemos que las esperanzas se mantenían aún a nivel terreno. La resurrección o vuelta a la vida, concebida como recompensa, sólo podía ser concedida a los justos. Eran éstos los únicos que necesitaban revivir para recibir en justicia el premio de sus obras y de su fe. Era absurdo concebir esta grandiosa recompensa para los pecadores. Y menos en el alborear de este articulo de fe. La resurrección de los pecadores y la resurrección universal de todos los hombres será un desarrollo posterior neotestamentario.

Nada se nos dice sobre el objeto de la futura felicidad de los resucitados en este mundo. Se les supone, por el contexto, participantes del reino mesiánico eterno. Al autor sólo se le ocurre, para realzar su situación, compararlos con el esplendor y brillo de las estrellas del firmamento. Eso sí, ellos serán los "sabios", no quienes se lo creyeron con la sabiduría de este mundo. A la misma comparación estelar acudirá Pablo para contrastar la diferencia entre los escogidos. Casi sin percatarnos estamos llegando a las puertas del Apocalipsis o Revelación plena en Cristo (com., edic. Marova).

El libro de este profeta seguramente fue escrito en tiempos difíciles para Israel, tiempos de persecución y resistencia. Pero, por encima de los hechos inmediatos, el autor interpreta la historia como una lucha en la que Dios toma parte en favor de su pueblo y en contra de los dominadores de turno. Con esto trata de levantar la esperanza de los justos y abrir una brecha a través de los gruesos muros de la angustiosa realidad presente. Por el género utilizado y el objetivo que persigue, se trata de un libro en cierta manera parecido el Apocalipsis del NT.

En los dos capítulos anteriores se han descrito los acontecimientos históricos desde el punto de vista o perspectiva escatológica, esto es, teniendo en cuenta el desenlace final. Así, estos versículos que nos ocupan constituyen la conclusión del relato y de su interpretación. En ellos se anuncia cómo todo llegará a un nuevo punto culminante y decisivo, en el que Israel será protagonista y vencedor, y se cumplirán los planes de Dios. Esto es lo que quiere decirse aludiendo a la victoria del arcángel san Miguel, que es el ángel custodio del pueblo de Dios y la personificación de la especial providencia divina en favor de Israel ("Eucaristía 1988").

En los pasajes apocalípticos (cfr., por ejemplo, el evangelio de hoy) la "gran tribulación" o "los tiempos difíciles" aparecen como una señal de salvación definitiva de los justos. El autor ve en los mártires de su tiempo la señal de la victoria, descubre la situación extrema que precede a la salvación del pueblo que ha resistido en la fe. Este es "el libro de la vida" (Ex 32,32; Sal 69,29; Flp 4,3; Ap 3,5). Se trata de una imagen utilizada para expresar que Dios conoce a los suyos y los protege hasta el final. No hay en todo el Antiguo Testamento, si exceptuamos el texto de Is 26,19, ningún otro lugar en el que hable tan claramente de la resurrección de los muertos que "duermen en el polvo". Aunque se dice que "despertarán" (esto es, resucitarán) "muchos", esta palabra quiere decir con frecuencia "todos", y éste parece aquí su sentido. La resurrección es para nuestro autor un postulado de la justicia divina, que no puede dejar sin premio a los mártires y sin castigo a sus verdugos (cfr. 2 Mac 7,14). La fe en la resurrección de los muertos aparece tardíamente en el credo de Israel. Con todo, el autor del Génesis intuye esa verdad de fe el plantear la pregunta: "¿Acaso el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?" (Gn 18,25). A la que responde claramente Daniel en este pasaje.

No falta una palabra de esperanza y una promesa para los "sabios", esto es, para los que enseñan a practicar y no sólo a conocer lo que es justo a los ojos de Dios. Hay para ellos reservada una gloria especial e imperecedera ("Eucaristía 1982").

Se habla de la resurrección de los muertos (despertarán). Para aquellos que vivían bajo la persecución era la única alternativa ante la apostasía y la muerte. La resurrección era el premio de los mártires. Ellos han preferido perder la vida antes que perder el reino.

En este texto y en toda la perícopa, Dios ni siquiera es mencionado. Está detrás de la historia. Parecen escritos desde una mentalidad secularizada. En una concepción estrictamente científica Dios no existe como realidad. Hablar de la presencia y providencia de Dios parece algo fuera de la realidad. Hay hechos cotidianos que parecen confirmar la ausencia de Dios. El texto habla de la tribulación y no hace más que mirar a la experiencia cotidiana. Pero este modo de ver las cosas no es el único ni impide admitir la misteriosa presencia de Dios tras los acontecimientos. El hombre puede tener experiencia de Dios en las realidades profanas (Pere Franquesa).

El libro de Daniel es muy fecundo en símbolos, visiones, escenas evocadoras, imágenes brillantes y en una filosofía de la historia que le confiere alto precio entre los libros santos. Precisamente la aportación más valiosa del libro la encontramos en los versículos que vamos a comentar. Se puede afirmar que, hasta la redacción de este capítulo desconoce el AT la doctrina de la resurrección. Sería tarea prolija explicar el concepto de vida de ultratumba que tenían. De todos modos, aparece ya clara esta idea: los justos resucitarán. Pero hay más. Daniel insiste: los que se mantienen firmes en la palabra de Dios resplandecerán por siempre, eternamente, como las estrellas (v 3). La doctrina no puede ser más consoladora. Dios nos protege en esta vida y nos da, más allá, la vida eterna.

Estamos habituados ahora a hablar así, se nos antoja natural. Pero fijemos nuestra atención en la audacia del autor que formula por primera vez y tan diáfanamente esta doctrina. Y si aseguramos que se trataba de un autor inspirado, caemos en la cuenta de que esta condición no nos excusa los esfuerzos. Como no los excusa el autor del libro a sus lectores, pese a que les promete la ayuda de Dios. El autor de Daniel conoce la condición humana y hasta sus más grandes debilidades. Nos habla del orgullo de Nabucodonosor, de la impiedad de Baltasar y de la lubricidad senil de los acusadores de Susana; no es, desde luego, un ingenuo. Durante su vida ha presenciado crímenes y persecuciones, no ha vivido en un claustro alejado del mundo. Se trata de un hombre de carne y hueso, pero un hombre de fe, y hasta intransigente a veces. Y es con esa fe en Dios como cobra confianza, la más grande confianza habida en la historia, la que provoca el escepticismo irónico de los griegos frente a san Pablo, pero que a su vez fortalece a los creyentes más que suficientemente para soportarlo todo a fin de mantenerse firmes en su fe para con Dios (J. Mas Bayés).

 

2. Juan Pablo II comentó: "Tenemos la oportunidad de meditar en un salmo de intensa fuerza espiritual, después de escucharlo y transformarlo en oración. A pesar de las dificultades del texto, que el original hebreo pone de manifiesto sobre todo en los primeros versículos, el salmo 15 es un cántico luminoso, con espíritu místico… Es una opción neta y decisiva, que parece un eco de la del salmo 72, otro canto de confianza en Dios, conquistada a través de una fuerte y sufrida opción moral: "¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? (...) Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio" (Sal 72, 25.28).

El salmo 15 desarrolla dos temas, expresados mediante tres símbolos. Ante todo, el símbolo de la "heredad", término que domina los versículos 5-6. En efecto, se habla de "lote de mi heredad, copa, suerte". Estas palabras se usaban para describir el don de la tierra prometida al pueblo de Israel. Ahora bien, sabemos que la única tribu que no había recibido un lote de tierra era la de los levitas, porque el Señor mismo constituía su heredad. El salmista declara precisamente: "El señor es el lote de mi heredad. (...) Me encanta mi heredad" (Sal 15,5-6). Así pues, da la impresión de que es un sacerdote que proclama la alegría de estar totalmente consagrado al servicio de Dios. San Agustín comenta: "El salmista no dice: "Oh Dios, dame una heredad. ¿Qué me darás como heredad?", sino que dice: "Todo lo que tú puedes darme fuera de ti, carece de valor. Sé tú mismo mi heredad. A ti es a quien amo". (...) Esperar a Dios de Dios, ser colmado de Dios por Dios. Él te basta, fuera de él nada te puede bastar".

El segundo tema es el de la comunión perfecta y continua con el Señor. El salmista manifiesta su firme esperanza de ser preservado de la muerte, para permanecer en la intimidad de Dios, la cual ya no es posible en la muerte (cf. Sal 6,6; 87,6). Con todo, sus expresiones no ponen ningún límite a esta preservación; más aún, pueden entenderse en la línea de una victoria sobre la muerte que asegura la intimidad eterna con Dios. Son dos los símbolos que usa el orante. Ante todo, se evoca el cuerpo: los exégetas nos dicen que en el original hebreo (7-10) se habla de "riñones", símbolo de las pasiones y de la interioridad más profunda; de "diestra", signo de fuerza; de "corazón", sede de la conciencia; incluso, de "hígado", que expresa la emotividad; de "carne", que indica la existencia frágil del hombre; y, por último, de "soplo de vida". Por consiguiente, se trata de la representación de "todo el ser" de la persona, que no es absorbido y aniquilado en la corrupción del sepulcro (v 10), sino que se mantiene en la vida plena y feliz con Dios.

El segundo símbolo del salmo 15 es el del "camino": "Me enseñarás el sendero de la vida" (v. 11). Es el camino que lleva al "gozo pleno en la presencia" divina, a "la alegría perpetua a la derecha" del Señor. Estas palabras se adaptan perfectamente a una interpretación que ensancha la perspectiva a la esperanza de la comunión con Dios, más allá de la muerte, en la vida eterna. En este punto, es fácil intuir por qué el Nuevo Testamento asumió el salmo 15 refiriéndolo a la resurrección de Cristo. San Pedro, en su discurso de Pentecostés, cita precisamente la segunda parte de este himno con una luminosa aplicación pascual y cristológica: "Dios resucitó a Jesús de Nazaret, librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio" (Hch 2,24). San Pablo, durante su discurso en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, se refiere al salmo 15 en el anuncio de la Pascua de Cristo. Desde esta perspectiva, también nosotros lo proclamamos: "No permitirás que tu santo experimente la corrupción. Ahora bien, David, después de haber servido en sus días a los designios de Dios, murió, se reunió con sus padres y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó -o sea, Jesucristo-, no experimentó la corrupción" (Hch 13,35-37)".

…Incluso cuando se encuentra zambullido en un grave peligro, tiene una certeza:

Porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás a tu fiel 2 conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha (v. 10-11).

En este punto no me siento con fuerzas para embrollarme en las opiniones de los estudiosos acerca del alcance de estos dos versículos: es decir, si el salmista expresa una fe explícita en la vida eterna. Para mí se trata de una intuición psicológica de la seguridad de uno que ama y por eso «siente» que la muerte no puede separarle de esa persona amada. Y como Dios es esta persona amada su omnipotencia puede extenderse sobre la vida y sobre la muerte. Estamos en la lógica del amor. El amor que desarma a la muerte: un tema vivo en cierta literatura contemporánea. Un novelista pone en boca de Cristo estas palabras:

Sí; esto es el milagro. Quien ame a los demás como yo he amado, después de la muerte vivirá...

Y el ángel del sepulcro dice: él no puede permanecer en la muerte; la muerte es el castigo del egoísmo, se apodera sólo de quien elige existir para si solo (L. Santucci). Nos queda la expresión final:

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha (v. 11).

Quizá estas palabras molesten a más de un lector de nuestro tiempo. Parecerán dulcemente consoladoras. El hecho es que, quizá, nos estamos avergonzando de hablar de la alegría. Afirmaba Bertrand Russel: «Lo único que necesita hay el hombre para elevarse es abrir el corazón a la alegría y dejar que el miedo continúe rechinando los dientes como un fantasma entre las sombras del pasado olvidado». De acuerdo, con tal de no olvidar la primera fuente de la alegría; con tal de no perder tiempo detrás de todos los ídolos que van pregonando sus baratijas (Alessandro Pronzato).

"No me arrepiento de nada", mi opción es maravillosa. Dios "mi consejero"... Dios "presencia constante y protectora"... Dios "mi alegría, mi fiesta"... Dios "mi vida, mi resurrección".., Dios "mi camino, el sentido de mi vida"... Dios "mi felicidad eterna"...

Este salmo se clasifica en la categoría de los "Salmos del huésped de Yahveh". El hombre que ora aquí, vive en un mundo materialista, en que los cultos paganos han invadido la sociedad "tras los ídolos van corriendo".. se someten a sus "libaciones sangrientas". En esa época se inmolaban niños a Moloc. El autor denuncia esta increíble propagación del paganismo, sus prácticas y sus devastaciones. Es más: este hombre está tentado por este mundo circundante, por "los ídolos del país, sus dioses que tanto amé". Convertido al verdadero Dios, está turbado por el éxito y la prosperidad aparente de las grandes naciones paganas. El materialismo sin Dios es atractivo: "tras ellos van corriendo"... hay que armarse de valor para enfrentarse a una corriente de opinión. La gran tentación en todos los tiempos, ha sido el "sincretismo": esto es, juntar una pequeña dosis de "fe y una gran dosis de "materialismo"... algo de verdadera religión y algo de ídolos... un poco de Dios y mucho del dios Mamon, el dinero...

Tentado, turbado, por el mundo circundante el salmista pide a Dios ilumine el sentido de su existencia como "pueblo separado", "pueblo elegido". Siente en el fondo de su corazón la seguridad de "tener la mejor parte". Su opción de creyente y practicante, lejos de ser un peso, una obligación onerosa, es para él fuente pura de dicha incomprensible para los paganos, y describe su vida de intimidad con Dios. Entonces todo el vocabulario de dicha aflora a sus labios: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia primorosa" "mi alegría"... "mi fiesta"...

Los versículos 5 y 6 hacen alusión al hecho de que la tribu de Leví (aquellos que servían a Dios en el templo), en el momento de la división de Palestina, hecha por suerte, no recibieron territorio: su parte, su heredad, era Yahveh (Nm 18,20, Dt 10,9, Sirac, el sabio 45,22). En esta forma la "vida de los levitas", que vivían en el templo, se convirtió en un símbolo de intimidad con Dios: la tierra de Canaán, dominio sagrado de Dios, dado a su pueblo... la casa de Dios, dominio sagrado al que introdujo a sus huéspedes... anuncios proféticos de la "era mesiánica" en que Dios "morará con los suyos y ellos con El".

"Señor, la parte de mi herencia, y mi copa". Jesús, un día tomó también una "copa" ... y nosotros la tomamos siguiendo su mandato: "Tomad y bebed". Sí, nuestra suerte es maravillosa, nuestra parte la más bella... y sin cesar nos reunimos para dar "gracias". Esto es la Eucaristía.

"Tengo al Señor ante mí... está a mi derecha... en tu presencia, la alegría... a tu derecha la felicidad..." ¿Escuchamos a Jesús que pronuncia estas palabras ardientes? Nos preguntamos a veces lo que Jesús podría decir durante las largas noches que pasaba en oración (Lc 6,12 – Mt 5,1 – Mc 3,13). Formado en la oración mediante los salmos, era quizá este salmo el que repetía. Al recitarlo nosotros, repetimos la "oración de Jesús". Para expresar su intimidad con el Padre, Jesús utilizó a menudo la imagen de la "morada", de la "casa" de Dios. "Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros" (Jn 15,4). "Estoy a la puerta y llamo... si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). No es por mera casualidad que Jesús tomara como signo de su presencia ¡"una comida", a la cual nos invita!...

El lado dramático de la vida de un verdadero creyente. Quien tiene fe es un hombre inmerso en un mundo que vive en forma muy diferente a él. "Nosotros por causa de Cristo, pasamos por locos" (1Co 4,10). Podemos, como el levita de este salmo, sentirnos muy solos; el paganismo nos rodea por todas partes. Los "ídolos" están cerca, siempre tentadores: el sexo, el poder, el placer, la independencia total, etc... Si miro la vida de cerca, descubro mi idolillo personal... esta fruslería a la que doy demasiada importancia. Mediante este salmo pedimos a Dios no "absolutizar" nada. ¡Dios es el único absoluto! Nadie más... Si doy a algo distinto un carácter absoluto, estoy creando un ídolo, que tarde o temprano se romperá en mis manos. "¡Señor, líbrame, líbranos de los ídolos!"

La certeza que Dios está con nosotros, Emmanuel. Podemos mantener con él una conversación continua, día y noche: meditación-conversación-oración... De lo contrario preferiremos los ídolos del mundo. Señor, que te busque, que Tú seas mi único amor absoluto.

El tema de la felicidad. Escuchemos una traducción del Padre Claudel "Permitidme medir maravillado esta herencia que me cayó del cielo... Tú me has saciado con tu rostro... Escucha lo que te digo muy quedo para que solamente Tú lo oigas: Oh, el Señor que no he merecido de ninguna manera... ¡Magnífico! ¡La porción que me tocó es algo del otro mundo! ¡La parte que me tocó no hay cómo ponderarla, es algo bello!... Tú has embriagado mi corazón, Tú has desatado mi lengua... Lléname de las delicias de tu rostro, lugar en que todos los caminos terminan..."

Este salmo nos permite descubrir con Dios el lenguaje de los "enamorados", de los "Hassidim" (plural de "Hassid": Noel Quesson).

El versículo 5 de este salmo ses recitaba en el momento de recibir la tonsura, cuando fueron aceptados al estado clerical, casi como divisa de la misión que entonces asumieron. Es como una luz preciosa, de suerte que lo he tenido siempre como emblema de lo que significa ser sacerdote y de cómo vivirlo en la práctica. Así reza este versículo en la traducción de la Vulgata: «Dominus pars haereditatis meae, et calicis mei. Tu es qui restitues haereditatem meam mihi» («El Señor es la parte de mi heredad y mi cáliz; tú eres quien me garantizas mi lote»). Estas palabras expresan de manera concreta el contenido del versículo 2: «¡No hay dicha para mí fuera de ti!» Lo hacen en un lenguaje realmente profano, en un contexto pragmático y casi me atrevería a decir no teológico, es decir, en el lenguaje del propietario de hacienda y de la distribución de la tierra en Israel, tal como se describe en el Pentateuco y en el libro de Josué. De esta distribución de la tierra entre las tribus de Israel quedó excluida la tribu de Leví, la tribu de los sacerdotes. Esta no recibió territorio alguno. A ella se refieren estas palabras: «Es Yahveh su heredad» (Dt 10,9; Jos 14,4); «Soy yo (Yahveh); tu parte y heredad» (Núm 18,20). Aquí se trata, ante todo, de una ley de conservación simple y concreta: los israelitas viven de la tierra que les es asignada; la tierra es la base física de su existencia. A través de la posesión de la tierra, el israelita recibe la parte de vida que le corresponde, valga la expresión. Sólo los sacerdotes no logran su sustento por medio del trabajo agrícola, al modo de los campesinos, que viven del cultivo de sus campos; el único fundamento de su vida, incluso de su vida física, es el mismo Yahveh. En términos concretos: los sacerdotes viven de su participación en las ofrendas y otras donaciones cultuales, de los bienes que se ofrecen a Dios; de estos bienes reciben ellos una parte, como encargados del servicio divino.

Se trata, en primer término, de dos formas de sustento físico; pero, en el contexto general del pensamiento de Israel, estas formas entrañan una significación mucho más profunda. Para un israelita, la tierra no es únicamente garantía de subsistencia; es el modo en que participa de la promesa hecha por Dios a Abraham, es decir, la promesa de su inserción en el contexto vital del futuro pueblo elegido. De este modo, la tierra vino a garantizar, al mismo tiempo, la participación en el poder mismo del Dios vivo. El levita, por el contrario, se caracteriza por no tener parte en la tierra y, en este sentido, es el hombre que no se halla protegido por garantía terrena alguna, que se encuentra excluido de tales garantías. Su vida se proyecta directa y exclusivamente hacia Yahveh, como se afirma en el salmo 22 (v.11). Tal vez pueda parecer, a primera vista, que la tierra viene a sustituir a Dios como garantía de subsistencia, casi como si ofreciera una forma independiente de seguridad; pero es ésta una visión que nada tiene que ver con la concepción levítica de la existencia. Dios es el único que garantiza la vida de una manera directa; en El se funda incluso la vida terrena, la vida física. En el momento en que desapareciera el culto divino, la vida perdería la fuente de su sustento. De esta suerte, la vida del levita es, al tiempo, privilegio y riesgo. La cercanía de Dios es su único y directo medio de vida.

Es el canto de un sacerdote que expresa aquello que constituye el centro físico y espiritual de su existencia. Quien en este salmo ora, cumple todo cuanto la Ley ha establecido para él: la privación de posesiones exteriores y una vida sustentada por el culto divino y para el culto divino, de tal manera que este culto no se entiende únicamente en el sentido de una forma determinada de subsistencia, sino que se vive como verdadero fundamento. Este orante espiritualiza la Ley, la transfiere a Cristo, precisamente porque en él no llega a realizarse en plenitud su genuino contenido. Este salmo reviste indudable importancia para nosotros: en primer lugar, porque se trata de una plegaria sacerdotal; en segundo lugar, porque encontramos aquí la autosuperación interna del Antiguo Testamento en movimiento hacia Cristo, el impulso de aproximación por el que el Antiguo Testamento se proyecta hacia el Nuevo, y de este modo podemos admirar la unidad de la historia de la salvación. No vivir en virtud de lo que uno posee, sino del culto, significa para el orante vivir en la presencia de Dios, fundar la propia existencia en un confiarse a El desde lo más íntimo. A este propósito, Hans-Joachim Kraus observa acertadamente que el Antiguo Testamento nos permite entrever aquí una cierta comunión mística con Dios, que se desarrolla a partir de esa singular condición de la prerrogativa levítica.

Dios ha venido a ser, por consiguiente, la «Tierra» del orante. En los versículos siguientes aparece con toda claridad qué dimensiones asume concretamente esta realidad en la vida cotidiana. En ellos se dice: «El Señor está siempre a mi diestra». Caminar con Dios, saberlo siempre cercano, tratar con él, mirarle y dejarse examinar por El, he ahí lo que constituye el centro de esta prerrogativa de los levitas. De esta suerte, Dios se hace verdaderamente una tierra, el territorio de nuestra vida. Y así vivimos y «moramos» en su casa. El salmo enlaza aquí con todo lo que hemos encontrado en Juan. En consecuencia, ser sacerdote significa: ir a su casa y de este modo aprender a ver, permanecer en su morada… la profundidad de la invocación recorre todo el salmo, como un ritornello: «¡Enséñame tus preceptos!» (v.12.26.29.33.64). Cuando nuestra vida se halla verdaderamente anclada en la palabra de Dios, el Señor nos «aconseja». La palabra bíblica deja de ser entonces un vocablo cualquiera, genérico y distante, y se convierte en un término que compromete directamente mi vida. Supera la distancia de la historia y se hace para mí palabra personal. «El Señor me aconseja»; mi vida se convierte en una palabra que proviene de El. De esta suerte se hace realidad el dicho: «Tú me enseñarás el sendero de la vida» (Sal 16,11). La vida deja de ser un oscuro enigma. Aprendemos qué significa vivir. La vida se aclara, y, en el centro mismo de ese «ser educado», se transforma en alegría. «Fueron para mí cantos tus estatutos», leemos en el salmo 119 (v.54); no de otro modo se expresa el salmo 16: «Por eso se alegra mi corazón, jubila mi lengua» (v.9); «la hartura de alegría ante ti, las delicias a tu diestra para siempre» (v.11).

Cuando estas lecturas del Antiguo Testamento se ponen en práctica y la palabra de Dios es acogida como tierra de la vida, entonces surge espontáneamente el contacto con aquel en quien creemos como Palabra viviente de Dios. No me parece en absoluto casual que este salmo representara para la Iglesia antigua la gran profecía de la Resurrección, la descripción del nuevo David y del Sacerdote definitivo, Jesucristo. Conocer la vida no significa dominar una técnica cualquiera, sino superar los límites de la muerte. El misterio de Jesucristo, su muerte y su resurrección resplandecen allí donde la pasión de la palabra y su indestructible fuerza vital se hacen experiencia viva.

Para que esto se haga realidad no es preciso llevar a cabo grandes transposiciones en nuestra propia espiritualidad. Pertenecen a la esencia misma del sacerdocio aspectos tales como el estar expuesto del levita, la carencia de una tierra, el vivir proyectado hacia Dios. El relato de la vocación de Lucas (5,1-11), que consideramos al principio, concluye lógicamente con estas palabras: «Ellos lo dejaron todo y le siguieron» (v.11). Sin ese despojarse de todas nuestras posesiones no hay sacerdocio. La llamada al seguimiento de Cristo no es posible sin ese gesto de libertad y de renuncia ante cualquier compromiso. Creo que, bajo esta luz, adquiere todo su profundo significado el celibato como renuncia a un futuro afincamiento terreno y a un ámbito propio de vida familiar; más aún, se hace indispensable para asegurar el carácter fundamental y la realización concreta de la entrega a Dios. Esto significa, claro está, que el celibato impone sus exigencias respecto a toda forma de plantearse la existencia. No puede alcanzar su pleno significado si nos plegamos a las reglas de la propiedad y del juego de la vida, tal como hoy se aceptan comúnmente. Sobre todo, no puede consolidarse si no hacemos de ese nuestro habitar en la presencia de Dios el centro de nuestra existencia. El salmo 16, como el salmo 119, acentúa vigorosamente la necesidad de una continua familiaridad meditativa con la palabra de Dios; únicamente así puede esta palabra convertirse en morada nuestra. El aspecto comunitario de la piedad litúrgica, que esta plegaria sálmica necesariamente implica, queda de manifiesto cuando el salmo habla del Señor como «mi cáliz» (v.5). Según el lenguaje habitual del Antiguo Testamento, esta alusión se refiere al cáliz festivo que se hacía pasar de mano en mano durante la cena cultual, o al cáliz fatídico, al cáliz de la ira o al de la salvación. El orante sacerdotal del Nuevo Testamento puede encontrar aquí indicado, de un modo particular, aquel cáliz por medio del cual el Señor, en el más profundo de los sentidos, se ha hecho nuestra tierra, el Cáliz eucarístico, en el que él se entrega como vida nuestra. La vida sacerdotal en la presencia de Dios viene de este modo a realizarse de una manera concreta como vida que vive en virtud del misterio eucarístico. La Eucaristía, en su más profunda significación, es la tierra que se ha hecho nuestra heredad y de la que podemos decir: «Cayó para mí la suerte en parajes amenos y es mi heredad muy agradable para mí» (v.6: Joseph Ratzinger).

Digo a mi Señor: «Tú eres mi Dios; mi felicidad está en ti. Los que buscan a otros dioses no hacen más que aumentar sus penas; jamás pronunciarán mis labios su nombre». Repito esas palabras, te digo a ti y a todo el mundo y a mí mismo que soy de veras feliz en tu servicio, que me dan pena los que siguen a «otros dioses»; los que hacen del dinero o del placer, de la fama o del éxito, la meta de sus vidas; los que se afanan sólo por los bienes de este mundo y sólo piensan en disfrutar de gozos terrenos y ganancias perecederas. Yo no he de adorar a sus «dioses».

Y, sin embargo, en momentos de sinceridad conmigo mismo caigo en la cuenta, con claridad irrefutable, que también yo adoro a esos dioses en secreto y me postro ante sus altares. También yo busco el placer y las alabanzas y el éxito, y aun llego a envidiar a aquellos que disfrutan los «bienes de este mundo» que a mí me prohíbe mi fe. Sí que renuevo mi entrega a ti, Señor, pero confieso que sigo sintiendo en mi alma y en mi cuerpo la atracción de los placeres de la materia, la fuerza de gravedad de la tierra, la pena escondida de no poder disfrutar de lo que otros disfrutan. Aún tomo parte, al amparo de la oscuridad y el anónimo, en la idolatría de dioses falsos, y ofrezco irresponsablemente sacrificios en sus altares. Aún sigo buscando la felicidad fuera de ti, a pesar de saber perfectamente que sólo se encuentra en ti.

Por eso mis palabras hoy no son jactancia, sino plegaria; no son constancia de victoria, sino petición de ayuda. Hazme encontrar la verdadera felicidad en ti; hazme sentirme satisfecho con mi «heredad», mi «lote» y mi «suerte», como me has enseñado a decir.

«El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

mi suerte está en su mano:

me ha tocado un lote hermoso,

me encanta mi heredad».

Enséñame a apreciar la propiedad que me has asignado en tu Tierra Santa, a disfrutar de veras con tu herencia, a deleitarme en tu palabra y descansar en tu amor. Y prepárame con eso a hacer mías en fe y en experiencia las palabras esperanzadoras que pones en mis labios al acabar este Salmo:

«Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha». Hazlo así, Señor (Carlos G. Vallés).

 

3. Hb 10,11-14.18. Estos versículos pertenecen al final de la parte central de la carta a los hebreos (5,11-10,18), que ha puesto a la luz la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el sacerdocio levítico. En la presente lectura el autor reclama nuestra atención sobre dos de los argumentos que él ha desarrollado en favor de esta superioridad. El sacrificio de Cristo, a diferencia de los de la Antigua Ley que no podían borrar los pecados, es que sí los perdona, es perfecto, y es único y para siempre (vv 11-12). Los que participan en este sacrificio quedan perdonados de sus pecados, adquieren pureza de conciencia y unión con Dios, santidad, que deriva del Calvario, de la cruz. En la Misa se re-vive: "El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: "Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la manera de ofrecer": (Concilio de Trento) "Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz "se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento"; …este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio" (Ibid)" (Catecismo 1367).

a) En contraste con el sumo sacerdote, Cristo, a su vez, ha penetrado en un santuario eterno (vv 12-13). Esta entrada simboliza su ascensión hasta el Padre, por encima de los cielos que la cosmología judía se representaba bajo la forma de una tienda (Sal 103/104, 2). Así pues, Cristo ha penetrado en un tabernáculo no hecho por manos de hombres (Heb 9,11), es decir, este nuevo tabernáculo no pertenece a la creación propiamente dicha, y se ha sentado por encima de ella.

El autor desarrolla en este pasaje una idea nueva: el sacrificio de Cristo le confiere una investidura mesiánica (v 13), a la cual no podía aspirar el sumo sacerdote. Por primera vez, en Jesucristo, un acto sacerdotal termina en una investidura real.

b) En oposición a los múltiples sacrificios del templo, el sacrificio de Cristo es único (vv 12,14.18): todo se ha cumplido de una vez para siempre. En efecto, al ofrecer su vida y su sangre, Jesús trasciende todo lo que había sido realizado anteriormente (cf Heb 9,9-12); en segundo lugar, su sacrificio perfecciona a cualquiera que se beneficie de él (v 14), cosa que ningún sacrificio anterior había podido lograr (cf Heb 8,7-13); finalmente, el sacrificio de Cristo abre a los suyos el acceso a los bienes espirituales y escatológicos, en tanto que los sacrificios antiguos solo procuraban bienes materiales.

Incluso el hecho de que el Señor esté, a partir de este momento, "sentado" (v 12), y no de pie, en actitud sacrificial (v 11), pone de manifiesto que su sacrificio no admite renovación alguna, pues los pecados quedan efectivamente perdonados. ¡Qué extraña aparece entonces la actitud del cristiano preocupado siempre por negociar su perdón! (Maertens-Frisque).

En la sección central de toda la carta a los Hebreos (5,11-10,39), encontramos tres párrafos más centrales todavía (7,1-28; 8,1; 9,28 y 10,18). Nuestro texto se encuadra dentro de este último y constituye, por tanto, una de las partes centrales del escrito. El tema general de este último párrafo es la exposición de que el sacrificio de Cristo es causa de una salvación eterna. El tema del sacrificio de Jesús es mucho más difícil de cuanto se suele creer normalmente y, a menudo, se utiliza y ha utilizado inadecuadamente. Sería precisa una seria información sobre este punto, revisando en serio nuestras concepciones.

En este texto no se aborda la cuestión globalmente, sino desde un punto de vista concreto: la obra de Jesús es definitiva y perpetua. La Muerte y Resurrección de Jesús han cambiado radicalmente el posible destino humano de cómo habría sido sin esta intervención de Dios. El autor es consciente de cuanto falta para llegar a la consumación total de todo ello, pero el paso más importante, ya ha sido dado.

El texto habla de la muerte, suponiendo todo lo anterior de la carta, pero también insinúa claramente la exaltación de Cristo, o sea, la Resurrección y sus consecuencias.

Téngase en cuenta el matiz del v. 18, que podría hacernos reflexionar sobre la idea de un sacrificio expiatorio aplicada a la obra de Cristo. Es todo lo contrario. El perdón es independiente de una ofrenda cúltica, ritual. Es obra del amor gratuito de Dios, es aceptación y exaltación de la condición humana. Sucedida en la vida del Hijo y con El, en la de todos los hombres (Dabar 1985).

Alguien ha dicho que la civilización cristiana es una escuela de culpables. ¿Quién nos librará de esta caricatura de cristiano, abrumada por el sentimiento de su indignidad, ocupada incesantemente en negociar su perdón? Esta actitud rememora la religión antigua, cuando se creía un deber diario el arrancar a Dios su indulgencia. Cristo ya no está de pie ante Dios intercediendo por nosotros. Está sentado para siempre, seguro de su triunfo sobre todo mal. El perdón ha sido obtenido una vez por todas y para todos los pecados. Y Dios nos atestigua que después de la muerte de Cristo ya no se acuerda más de nuestros pecados. Donde abunda el pecado, sobreabunda el amor. El Señor nos introduce en la religión interior, fundada en la confianza filial y no en el temor. No debemos, pues, considerar nuestra miseria como una carga implacable. Un cristiano no cree en el pecado, sino en la victoria de Cristo sobre el pecado (Dabar 1982).

Se confronta la inefectividad del sacerdocio antiguo y el efectivo sacerdocio de Cristo, que, de una vez por todas, ha santificado a los cristianos. Un sólo sacrificio de Jesús ha llevado a los "santificados" (cf. 2, 11), que han participado en su obra, al fin deseado, al fin que Dios les guardaba; éste consiste en la purificación de los pecados y en la unión con Dios.

Cristo, "sentado a la derecha de Dios" después de su glorificación, espera la aniquilación plena de sus enemigos. Por su muerte ha vencido al poder de Satán. Pero el pleno triunfo y señorío está por llegar, como lo demuestra la situación real de la comunidad creyente. Con palabras del salmo 110 describe el autor esta expectativa.

Con el perdón pleno y definitivo de todos los pecados por el sacrificio de Jesús, toda otra ofrenda o sacrificio es superfluo. Con el comienzo del NT, la ordenación legal del AT está derogada. Asimismo, por la revelación acontecida en Cristo Jesús, se entiende ya de una vez y para siempre todo lo anunciado por los profetas ("Eucaristía 1988").

Todos conocemos la imagen del vencedor sentado en su trono y descansando los pies sobre las espaldas de su enemigo. Es el símbolo de una victoria total. El autor piensa que Cristo ya ha vencido, pero falta todavía algo para que su victoria sea efectiva en todas sus consecuencias. Por eso la Iglesia espera que un día se manifieste con poder y majestad el triunfo de su Señor. Creemos que Cristo ya está sentado y es el Señor, pero nosotros no podemos estar sentados. La esperanza cristiana no consiste en estar a verlas venir, es una esperanza activa.

Ahora bien, la actividad de los cristianos no consiste en la multiplicación de los sacrificios para alcanzar el perdón. Pues ya hemos sido perdonados gracias al único sacrificio de Cristo. Nuestro culto, y en especial la eucaristía, no tiene que ver con los sacrificios antiguos. Ahora se trata más bien de renovar la memoria de Jesucristo, de celebrar su victoria y de actualizar el único sacrificio de la Cruz. Se trata de proclamar y de recibir el perdón de Dios. Se trata de atestiguar en el mundo que hemos sido perdonados perdonando nosotros también a los que nos ofenden ("Eucaristía 1982").

Las consideraciones sobre el ministerio de Jesús como sumo sacerdote se acercan rápidamente a su fin y cada vez aparece más claro adonde quiere llegar la carta. Cristo, con su muerte en la cruz, se procuró a sí mismo y a todos los suyos la salvación definitiva.

Él mismo llegó a su meta celestial y ahora, compartiendo el trono con el Padre, sólo tiene que aguardar en paz a que, como lo expresa el autor con una cita del salmo, 110, 1 "sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies" -la tarima cubierta con alfombra sobre la cual se coloca el trono real.

La carta no da tanta importancia a los acontecimientos dramáticos que se irán sucediendo hasta el final de los tiempos.

El acontecimiento decisivo ha tenido ya lugar; la muerte de Cristo y su entronización en el santuario celeste a la derecha del Padre.

Todo lo que pueda venir después en nuestra vida y en la vida del mundo, debemos aguardarlo los cristianos con la mayor tranquilidad y sosiego, porque también nosotros hemos alcanzado con Cristo la "consumación" o perfección.

Ya tenemos abierto el camino que conduce al lugar santísimo de Dios. Cierto que todavía no hemos ocupado un puesto, como ya lo ha hecho Cristo, y todavía corremos peligro de recaer en el pecado y en la infidelidad. Porque el tiempo, nuestra vida, es el lugar de la siembra en la que debe ir creciendo la Palabra salvadora hasta la cosecha final.

-Jesús, después de haber ofrecido su sacrificio, conduce a su perfección a los que ha santificado (Heb 10,11-18).

Prosigue la enseñanza de la doctrina del único sacrificio de Cristo y de su eficacia infinita. Su punto de partida es la comparación con el sacrificio del Antiguo Testamento. Los repetidos sacrificios del Antiguo Testamento jamás pudieron borrar los pecados; los sacerdotes lo ofrecían de pie. Jesús, en cambio, ha ofrecido un único sacrificio y está sentado para siempre a la derecha de Dios. Es la continuación de lo dicho el domingo anterior. Sin embargo, hemos de reflexionar sobre la última afirmación de este pasaje: el cristiano queda aquí configurado como quien ha sido llevado hasta su perfección. ¿Podemos suscribir esta afirmación, cuando a diario experimentamos la debilidad? Tenemos que entender esta frase como la afirmación de lo que Cristo nos ha merecido, en principio, por su sacrificio: nos ha conducido objetivamente a la perfección, pero nos queda incorporarnos a esa situación que se nos ofrece. Una vez más constatamos, así, el estado de tensión de toda existencia verdadera del cristiano: está ya santificado y, por otra parte, está obligado siempre a incorporarse a la santificación que se le ofrece. Esa es la razón de que, aunque el sacrificio de Cristo es único, nuestra debilidad exige que sea actualizado frecuentemente por nosotros. Aunque no hay que buscar ya ningún sacrificio para la expiación del pecado, el propio Cristo ha querido que se actualice su única ofrenda y su único y definitivo perdón (Adrien Nocent).

Después de hablar largamente del sacrificio de Jesucristo como centro de su misterio, el autor habla ahora, al acabar la parte central del escrito, de su eficacia salvífica en nosotros. «Hermanos, tenemos libertad para entrar en el santuario llevando la sangre de Jesús...» (v 19). Este es el gran anuncio de la buena nueva en lenguaje cultual; «entrar en el santuario», es decir, acercarse a Dios, es la realización de todo lo que el autor ha venido diciendo sobre la eficacia de la obra de Cristo: purificar el pecado, redimir, dar la perfección en conciencia, dar culto al Dios vivo. Lo que para Jesús fue un hecho en la cruz, para nosotros es el anuncio de una gozosa posibilidad en él: entrar en el santuario del Dios vivo.

La carta a los Hebreos tiene una comprensión radicalmente cristiana del culto. La entrada de Jesucristo ante Dios consistió en su íntimo y libre ofrecimiento personal a él (9,11-12, 10, 5-10), pues bien, nuestra entrada ante Dios consiste en la «sinceridad y plenitud de fe..., la confesión de la esperanza..., la caridad y las buenas obras» (10,22-25). Creyendo, esperando y amando nos acercamos los hombres a Dios y así hallamos la purificación de la conciencia y la perfección. El antiguo culto proyectaba al hombre fuera de sí mismo y sobre unos animales sacrificados, pero el único sacrificio realmente válido que conduce al hombre ante Dios es el ofrecimiento de la propia vida, consumado en la fe, la esperanza y la caridad, vividas en el sacrificio de Jesucristo.

La estructura literaria de 10,19-25 expresa la tensión en que vive todo hombre: «Tenemos libertad para entrar en el santuario llevando la sangre de Cristo... Acerquémonos... por la fe, la esperanza y la caridad». Es la tensión entre el anuncio gozoso de la salvación ofrecida en Jesucristo y la exigencia de la decisión humana, sin la cual no se realiza esa salvación; es la tensión entre la seguridad absoluta del don de Dios que se ofrece en Jesucristo y la constante inseguridad de nuestra decisión libre, renovada cada día. Por eso, Heb no «explica» la fe ni la caridad, sino que las «recomienda». La carta no establece una sucesión cronológica entre la obra de Dios y la libre decisión humana ni mucho menos una especie de lucha, sino una total y misteriosa integración. En su personal fe-esperanza-caridad activa acoge y realiza el hombre el ofrecimiento de Dios en Jesucristo; así se salva el hombre y da a Dios el culto verdadero (G. Mora).

"Alégrese Israel en quien lo ha hecho, y exulten en su rey los hijos de Sión (Sal 149,2). En quien lo ha hecho y en su rey significan lo mismo. También se identifican Israel y los hijos de Sión. El Hijo de Dios que nos hizo fue hecho entre nosotros y nos gobierna en cuanto nuestro rey porque nos hizo en cuanto Creador. Quien nos hizo es el mismo que nos gobierna. De aquí que somos cristianos porque él es Cristo. Cristo se deriva de crisma, es decir, de unción. Antiguamente se ungía a los reyes y a los sacerdotes. Él fue ungido como rey y como sacerdote. Como rey luchó por nosotros, como sacerdote se ofreció por nosotros. Cuando luchó por nosotros parecía que había sido vencido, pero fue el vencedor. Fue crucificado y, desde la cruz en que fue elevado, dio muerte al diablo. Por eso es nuestro rey.

¿En qué sentido es sacerdote? En cuanto que se ofreció por nosotros. Dad al sacerdote lo que ha de ofrecer. ¿Qué encontrará el hombre que pueda entregar como víctima pura? ¿Qué víctima hallará? ¿Qué podrá presentar el pecador que sea puro? ¡Oh inicuo, oh malvado! Cuanto tú puedas aportar es inmundo, y, no obstante, ha de ofrecerse por ti algo puro. Busca en ti eso puro que debes ofrecer: no lo hallarás. Busca entre tus bienes lo que debes inmolar: no le agradan carneros, ni machos cabríos, ni toros. Aunque tú se lo ofrezcas, es suyo. Ofrécele un sacrificio puro. Pero eres impío, eres pecador, tienes la conciencia manchada. Es posible que puedas ofrecer algo puro, si has sido purificado antes; mas para estarlo se ha de ofrecer algo por ti. ¿Qué has de ofrecer tú por tu persona para lograr la purificación? Podrás ofrecer algo puro, sólo si eres puro. Por tanto, ofrézcase a sí mismo el sacerdote puro y obtenga la purificación.

Pues bien, esto es lo que hizo Cristo. En los hombres no encontró nada puro que pudiera ofrecer en nombre de ellos; ante esto, se ofreció a sí mismo, víctima purísima. ¡Oh feliz víctima, víctima verdadera, víctima inmaculada! Así, pues, no ofreció lo que nosotros le dimos. ¿Qué digo? Ofreció lo que tomó de nosotros, pero lo ofreció puro. Tomó de nosotros la carne y fue esa carne lo que ofreció. Pero ¿de dónde la tomó? La tomó del vientre de la virgen María, para ofrecerla como carne pura por los impuros. Él es rey, es sacerdote; regocijémonos en él" (S. Agustín).

 

4. Mc 13,24-32 (par: Lc 21,20-33; Mt 24,15-36). A continuación del texto del domingo pasado Marcos nos presenta a Jesús abandonando el Templo y hablando de la futura destrucción de éste. Sentado después en el monte de los olivos, teniendo precisamente ante su vista ese Templo, Jesús responde a una pregunta formulada por Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Son los mismos cuatro con los que Marcos había iniciado la andadura pública de Jesús. La pregunta ha sido la siguiente: ¿Cuándo sucederá esa destrucción y cuál será la señal anunciadora? Jesús les pone en guardia contra la curiosidad por saber tiempos y fechas, invitándoles más bien a tomar conciencia del difícil futuro que como discípulos suyos les espera. Es en este punto donde entronca el texto de hoy.

Este comienza con una referencia a esa situación de dificultad de los discípulos. La llama "gran tribulación". Sin embargo, y ésta es la peculiar aportación del texto, esta situación de dificultad no va a durar indefinida- mente. Su final se articula en tres actos: fenómenos cósmicos, llegada gloriosa del Hijo del Hombre, reunión de los elegidos dispersos por los cuatro puntos cardinales. Esta reunión que pone fin a las penalidades de los elegidos es el punto culminante y razón de ser de los fenómenos cósmicos y de la llegada del Hijo del hombre.

A continuación el lenguaje del texto deja de ser informativo para hacerse interpelativo: empleo de la segunda persona del imperativo (aprended, sabed). La interpelación está basada en el símil del despuntar de la higuera como señal inconfundible de la proximidad de la estación buena. La formulación textual de la trasposición del símil es como sigue: "Así también vosotros, cuando veáis suceder esto, sabe que está cerca, a la puerta". Los problemas de esta formulación son dos: a qué se refiere el pronombre "esto"; ausencia de sujeto en la frase "está cerca". La traducción litúrgica supone precipitadamente que el sujeto es el Hijo del Hombre. Por exigencia interna del símil el sentido de la trasposición parece que debe ser como sigue: cuando por ser discípulos míos os veáis inmersos en la dificultad, sabed que el final de ésta, está cerca. El pronombre "esto" se refiere a las dificultades de los discípulos y no a los fenómenos cósmicos. La función del símil es despertar en los discípulos la certeza de que sus sufrimientos tendrán un desenlace feliz (A. Benito).

El género apocalíptico es común en aquellos tiempos… Ante este texto, fascinado por el futuro, ¿hay que sospechar una huida infantil hacia el porvenir, cierto rechazo de la realidad imposible de soportar, una evasión hacia lo imaginario, cuya necesidad febril apenas quedaría oculta bajo el velo cristológico de que está revestida? Podría pensarse en esto, si los ojos del lector evangélico se mantuvieran clavados por encima de la línea del horizonte, indiferente a las realidades terrenas. Pero no hay nada de esto. La mirada del creyente, animado por la fe evangélica, lejos de encerrarse en el futuro divisa simultáneamente el presente y el porvenir. Lo exigen la segunda parte de nuestro texto y, más aún los versículos omitidos (33-37). El futuro es esperado en el presente. En él aparecen los discretos signos de un futuro cuya fecha es de la competencia exclusiva del misterio de Dios. Estos signos reclaman una atención animada por la fe, pero también una eficaz vigilancia aplicada al trabajo de cada día. Sólo hay futuro... al final del presente. Sólo hay porvenir substancial, al cabo de una actualidad cuidadosamente organizada. Los cristianos deben temer -así se les ha dicho con frecuencia- que su inclinación al futuro les lleve a olvidar las tareas del presente; no se puede echar en saco roto la amonestación. ¿Pero no deben temer, al menos en igual medida, olvidar el futuro cuando tan absorbentes son las tareas del presente? Pues, al fin, creer en el futuro es creer... a pesar de todo. Y creer no es tan fácil... (Louis Monloubou).

El significado más obvio de "escatología" es el de un discurso sobre las realidades últimas y definitivas. Se trata ciertamente -aun cuando esta convicción haya ido madurando lentamente y con no pocas fatigas- de realidades que están más allá de la historia, pero sin que esto signifique que no se van preparando dentro de la historia. En efecto, la escatología bíblica es un discurso sobre la historia, un modo de leerla y de asumirla. Esta es la sorprendente perspectiva bíblica interesante y concreta. La mirada hacia el futuro (esto es, la revelación de lo que será el futuro) hace importante al "presente" y ofrece un criterio de opción y de valorización. La atención en el fondo se dirige al presente. El futuro ofrece un criterio de orientación en el presente, pero es en el tiempo presente donde se está jugando el futuro. Esta es la posición, por ejemplo, frente a Jesús: él es el Hijo del Hombre que habrá de volver, pero lo decisivo es la actitud que hoy asumimos frente a su anuncio.

El punto más original del mensaje bíblico en general y del profético en particular es el concepto de que la historia va caminando hacia un último término bajo la dirección de Dios. La concepción griega, por el contrario, es sustancialmente cíclica. La convicción de que la historia es conducida por Dios hacia una salvación indestructible está ya presente en los orígenes de la fe hebrea; en esta convicción se arraigan los gérmenes de su desarrollo sucesivo, incluida la exigencia de que esta salvación tiene que colocarse más allá de la historia, en la comunión con Dios. Efectivamente, la esperanza que acompañó a Israel durante toda su historia (y más tarde a la comunidad cristiana desde sus orígenes hasta la actualidad) es el encuentro entre la promesa de Dios (siempre amplia) y la situación actual (siempre llena de desilusiones) que continuamente parece desmentir a la promesa y retrasarla.

Esta experiencia ha obligado a colocar las realidades últimas cada vez más allá y purificar las esperanzas: las realidades últimas son obra de Dios y no simplemente fruto del hombre; además, son cualitativamente distintas de lo que vivimos y soñamos. Así pues, podemos resumir de este modo las convicciones de Israel sobre la historia: Dios, y no sólo el hombre, es protagonista de la historia; la historia es conducida por Dios hacia una salvación definitiva; la historia está sometida a un juicio (no todas las opciones conducen a la salvación, sino sólo aquellas que se hacen dentro de la obediencia a los designios de Dios). Todo lo que hemos dicho corresponde sustancialmente a la visión escatológica de los profetas. Es una visión grandiosa y sobria al mismo tiempo, sin intento alguno de penetrar en los secretos de Dios y sin ceder a la curiosidad del "cuándo" y del "cómo". Pero esta "sobriedad" parece que fue fallando en el último período postexílico, cuando se desarrolló en el judaísmo una vasta literatura que fue llamada "apocalíptica". Son tiempos difíciles, de persecución, y parece inútil la fidelidad de los buenos. Se necesita un consuelo, que se encuentra en la confianza inquebrantable de que al final de los tiempos (unos tiempos que están ya "cerca") se realizará el juicio de Dios y cambiará la situación gracias a una intervención de Dios. El lenguaje de esta literatura es típico: describe los últimos tiempos como tiempos de guerras y divisiones (pueblo contra pueblo, reino contra reino), de terremotos y carestía, de catástrofes cósmicas (el sol y la luna se oscurecerán y las estrellas caerán), todo ello bajo el signo de una tremenda imprevisión por parte de los hombres (lo mismo que se presentan de pronto los dolores de parto en la mujer). Este lenguaje está también ampliamente presente en el discurso de Marcos: no se trata del mensaje, sino simplemente del medio expresivo que utiliza para comunicárnoslo. De ninguna forma se pueden entender estas expresiones al pie de la letra (Bruno Maggioni).

Más allá del lenguaje de las imágenes, son éstos los elementos que constituyen su contenido: el triunfo del Hijo del Hombre, que parece ahora ser desmentido por la historia, será visible a todos; será inesperado; el juicio; la reunión de todos los elegidos en la gran familia de Dios (en efecto, el plan de Dios es un plan de hermandad universal).

Queda por aclarar todavía un punto: la vuelta del Hijo del hombre en poder y majestad no significa, de ningún modo, que Dios, al final, abandona el camino del amor para sustituirlo por el de la fuerza. Si así fuera, la cruz dejaría de ser el centro del plan de la salvación y el mismo comportamiento de Dios acabaría dándoles la razón a todos los que afirman que el amor es inútil, incapaz de conseguir su finalidad; ¡sólo la fuerza es eficaz! Pero no es así, ni mucho menos. La vuelta del Hijo del Hombre será el triunfo del Crucificado (Mc 14,61-62), la demostración de que el amor es poderoso, victorioso (Bruno Maggioni).

Como en otras ocasiones, Mc habla ayudado de imágenes tradicionales en su cultura (cf Is 13,10; Jl 2,10; 3,4; Zac 2,10). La caída del "mundo viejo" con todos los poderes que lo rigen y determinan coincide con la irrupción de una creación nueva. En el mismo momento en que todo sea oscuro (confesión, caos), aparecerá a los ojos de los hombres el Hijo de Dios (del hombre), o sea, Jesús = el salvador.

Pero falta una detallada descripción del juicio. Y es que para Mc no es importante el destino de "los otros", sino la afirmación a los elegidos: ¡No os perderéis! Podéis permanecer hasta el final como discípulos de Jesús. Después estaréis en comunión (comunidad) con vuestro Señor. Y como el mundo sólo encuentra salud y redención en el Hijo del hombre, tampoco Dios puede llevarlo por otros caminos que obvien esa profunda crisis que le sobreviene. En manos del mundo está confiar o no confiarse al mensaje de Jesús. Por eso no tendría sentido que los discípulos de Jesús pidieran a Dios sólo por el mundo en general.

Los versos finales sobre el fin de los tiempos contienen a primera vista dos expresiones contradictorias entre sí. De un lado, la reconocible proximidad del fin; por otro, se acentúa que el momento sólo Dios lo sabe. Esto hace suponer que el evangelio quiere expresar a sus oyentes esta tensión y hacerles tomar conciencia de su situación ("Eucaristía 1988").

Esta lectura recoge parte del llamado "apocalipsis sinóptico" según la versión de Marcos. En las palabras de Jesús se mezclan dos motivos o temas, uno referente al fin de Jerusalén y otro al fin de los tiempos. No es fácil distinguir entre ambos. Siendo la destrucción de Jerusalén figura o tipo del fin del mundo, lo que se dice del hecho ya acaecido quiere decir también algo de lo que está por venir. De manera que el texto se parece a un cuadro con sus diferentes planos, sin que sea posible establecer una línea divisoria entre el primer plano y el segundo.

Las tres versiones del "apocalipsis sinóptico" (cfr Mc 13; Mt 24 y 25; Lc 21) coinciden en las siguientes características: a) el discurso escatológico se presenta como respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos sobre la destrucción del templo de Jerusalén; b) se trata de una composición en la que se han reunido palabras del Señor, pronunciadas en distintas ocasiones, y cuya redacción obedece también a las exigencias de la catequesis y al deseo de interpretar la situación histórica en la que se hallaba la iglesia primitiva; c) sobre todo en la redacción de Marcos y en la de Mateo, se adivina la convicción de los cristianos de que la venida del Señor era inminente; d) por eso el motivo dominante es una llamada a la vigilancia ante la venida imprevisible del Señor y a estar atentos a los signos de los tiempos; e) el estilo apocalíptico se presenta lleno de imágenes o símbolos de difícil interpretación y que, desde luego, se resisten al que pretende tomarlos al pie de la letra.

En la descripción de este cataclismo, en la que se descubre la influencia del libro de Isaías (34,4), se presupone la visión mítica del universo. La conmoción del "firmamento" y la "caída" de las estrellas es la ruina de un orden viejo, el fin del cosmos que dará paso a un orden nuevo. Los "ejércitos celestiales" son sencillamente los astros. Jesús, el que habla, es el Hijo del Hombre que vendrá sobre las nubes, el Señor. Se alude aquí a la misteriosa figura de la visión de Daniel (7, 13). La palabra "venir" en los profetas significa frecuentemente "manifestarse", y ése es aquí su sentido más apropiado. Por lo tanto, Jesús se manifestará como Señor y en él aparecerá la misma gloria de Dios.

Por eso vendrá con "poder" (esto es, acompañado de los ángeles o ejecutores de la voluntad de Dios) y "majestad" (o "gloria", que es el atributo exclusivo de Dios).

La reunión de todos los elegidos constituye un rasgo esencial del Reino de Dios que aparece ya en las expectativas mesiánicas de Israel. La asamblea eucarística quiere ser también un signo de esperanza en el que se anticipa la gran reunión de los elegidos cuando vuelva el Señor. Aunque Marcos no menciona el juicio final, lo presupone: los que no sean reunidos quedarán excluidos del Reino de Dios. Sólo entonces se reunirán los elegidos en una misma asamblea como ahora se reúnen las espigas esparcidas por los montes para formar un mismo pan eucarístico (como dice una hermosa oración de la Didajé). Entonces será el tiempo de la cosecha, y por lo tanto, del juicio, de la separación del grano y de la paja. Mientras tanto, en el mundo todo está mezclado, y en la iglesia también.

Después de referirse al fin del mundo y a su venida gloriosa, Jesús responde a la pregunta que le hicieron sus discípulos sobre la ruina del templo (v. 4). De este hecho serán testigos los hombres de su generación.

Hubiera sido preferible traducir así: "Mas de aquel día y hora nadie sabrá nada..." Pues Jesús se refiere ahora al fin del mundo y no a la destrucción de Jerusalén; alude a su venida repentina y al día del juicio. Para esto se utiliza en el género apocalíptico la expresión "aquel día".

En los evangelios se presenta a Jesús con rasgos verdaderamente humanos, como hijo de mujer, pero también con otros rasgos que lo elevan por encima de los hombres. Como hijo de mujer, Jesús crece en edad y sabiduría, se somete a la voluntad de Dios y nos dice que no conoce "aquel día ni la hora". Pero, como Hijo de Dios, revela a los hombres la intimidad del Padre y somete a su dominio las criaturas. Nosotros creemos que Jesús el hijo de María, es también el Hijo de Dios; pero no sabemos cómo sea esto posible. Por eso tampoco conocemos el misterio de su conciencia, el misterio que sólo Jesús conoce, su misterio ("Eucaristía 1982").

Hemos escuchado hoy unos textos escatológicos del Nuevo Testamento. Hablan "escatológicamente" de la salvación que Dios nos dará el último día. El evangelio habla de la venida de Jesús, acompañada de unos acontecimientos cósmicos: vendrá como un ladrón en la noche, de manera imprevista... ¿Cómo se ha de entender todo esto? Aquí hay un lenguaje con imágenes. No son afirmaciones exactas, sino comparaciones alusivas. Del mismo modo que los primeros capítulos del Génesis no son historia, sino una expresión literaria libre de la verdad de la creación, del mismo modo los datos sobre la venida de Jesús y la salvación escatológica no son más que imágenes sobre la verdad de que Jesús, de algún modo, quiere conducir a la perfección al mundo y a los hombres.

Este evangelio no es, por supuesto, una guía de los últimos días; no hay un reportaje sobre los últimos acontecimientos. Más bien es un balbuceo de la nueva realidad -que no se puede expresar con nuestras palabras, con la que Dios quiere llevar a su fin la creación. Dios supera nuestra imaginación y no podemos comprender su acción. Pero en este futuro actuar de Dios hay un sí absoluto al mundo que ha creado ("Eucaristía 1988").

S. Agustín dice que mejor que no sepamos día y hora… "Hemos escuchado que el último día ha de venir con terror para quienes rechazan la seguridad del vivir bien, y prefieren continuar en su mala vida. Es útil que Dios haya querido que ignorásemos aquel día, para que el corazón esté siempre preparado en la espera de lo que sabe que ha de llegar, aunque no sepa cuándo ha de ser. Pues nuestro Señor Jesucristo, enviado a nosotros como maestro, a pesar de ser el Hijo del hombre, dijo que ignoraba ese día (Mc 13,32). Su magisterio no incluía el enseñarnos eso a nosotros. En efecto, nada hay que sepa el Padre y que ignore el Hijo, puesto que la ciencia del Padre se identifica con su Sabiduría, y su Sabiduría es su Hijo, su Palabra. Pero no era provechoso para nosotros conocer esa fecha, que conocía el que había venido para enseñarnos, pero no lo que él sabia que no nos era de provecho.

En su condición de maestro, no sólo enseñó, sino que también ocultó algo, pues en cuanto maestro sabía enseñar lo provechoso y ocultar lo dañino. Así, por cierta forma de hablar, se afirma que el Hijo ignora lo que no enseña: es decir, se dice que ignora lo que nos hace ignorar, según una forma de hablar que es habitual. Hablamos de un día alegre, porque nos pone alegres, y de un día triste porque nos pone tristes, y del frío perezoso, porque nos vuelve perezosos. Igual que, de manera contraria, dice el Señor: «Ahora conozco». Se dijo a Abrahán: Ahora conozco que tú temes a Dios (Gn 22,12). Esto ya lo sabia Dios antes de ponerlo a prueba. Pues la prueba tuvo lugar para hacernos conocer a nosotros lo que Dios ya conocía, y a fin de que se escribiese para nuestra instrucción lo que él ya conocía antes de tener tal documento. Y hasta es posible que ni siquiera el mismo Abrahán conociese la fuerza de su fe.

Todo hombre se conoce al ser como interrogado por la tentación. Pedro desconocía las fuerzas de su fe, cuando dijo al Señor: Estaré contigo hasta la muerte. Pero el Señor, que le conocía, le predijo cuándo le iban a fallar las fuerzas, diagnosticándole su debilidad, como si hubiese tomado el pulso a su corazón (Lc 22,33-34). De esta manera Pedro que antes de la tentación había presumido de sí, en ella se conoció a si mismo. Por tanto, no es un absurdo suponer que también nuestro padre Abrahán llegó a conocer las fuerzas de su fe, cuando, tras mandársele sacrificar a su único hijo, no dudó ni temió ofrecer a Dios lo que él le había dado. Pues del mismo modo que ignoraba cómo se lo había de dar cuando aún no había nacido, así creyó que podía restablecérselo, una vez inmolado. Dijo, por tanto, Dios: Ahora conozco. Que hemos de entenderlo de este modo: «Ahora te he hecho conocer», según las formas de hablar antes mencionadas, por las que hablamos de frío perezoso, porque nos vuelve perezosos, y de día alegre porque nos pone alegres. De igual manera se dice conocer, porque nos hace conocer. Éste es el sentido de aquellas palabras: El Señor vuestro Dios os pone a prueba para saber si le amáis (Dt 13,3).

Sin duda atribuirías al Señor nuestro Dios, el Dios sumo, Dios verdadero, una gran ignorancia -lo que es un gran sacrilegio, como bien comprendes- si interpretas las palabras: El Señor os pone a prueba para saber, como si hubiera en él ignorancia y obtuviese la ciencia mediante la prueba a que nos somete. Entonces, ¿qué significa: Os pone a prueba para saber? Os pone a prueba, para haceros saber. Tomad, por contraste, la norma según la cual se han de entender tales palabras. Si cuando oís decir que Dios conoció, entendéis que os hizo conocer, de idéntica manera, cuando oís que el Hijo del hombre, es decir, Cristo ignora aquel día, tenéis que entender que él hace que lo ignoremos. ¿Qué quiero decir con «hace que lo ignoremos»? Que lo oculta para que ignoremos lo que no nos es provechoso que se nos descubra. Es lo que dije antes: que el maestro bueno sabe qué ha de enseñar y qué ha de ocultar. Así leemos que él difirió ciertas cosas.

Eso nos hace comprender que no se ha de manifestar todo aquello que no pueden comprender aquellos a quienes se les manifiesta. Dice, en efecto, en otro lugar: Tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas (Jn 16,12). Y también el Apóstol: No pude hablaros a vosotros como a espirituales, sino como a carnales; como a párvulos en Cristo os di a beber leche, y no alimento sólido, pues no podíais tomarlo, como tampoco podéis ahora (1 Cor 3,1-2). ¿A qué vienen estas palabras? Miran a que, como sabemos que ha de llegar el último día, y que nos es útil tanto el saber que ha de venir como el ignorar el cuándo, tengamos el corazón preparado mediante una vida santa, de forma que no sólo no temamos tal día, sino que hasta lo amemos. Pues, en verdad, ese día, aunque para los incrédulos signifique un aumento de fatigas, para los creyentes significará el fin de las mismas. ¿A cuál de estos dos grupos de personas quieres pertenecer? Ahora está en tu poder, antes de que venga; pero no una vez que haya llegado. Elige, mientras estás a tiempo, pues lo que Dios oculta por misericordia, lo difiere también por misericordia".

""Cristo, Dios nuestro e Hijo de Dios, la primera venida la hizo sin aparato; pero en la segunda vendrá de manifiesto. Cuando vino callando, no se dio a conocer más que a sus  siervos; cuando venga de manifiesto, se mostrara a buenos y malos. Cuando vino de  incógnito, vino a ser juzgado; cuando venga de manifiesto, ha de ser para juzgar. Cuando  fue reo, guardó silencio, tal como anunció el profeta: "No abrió la boca como cordero  llevado al matadero". Pero no ha de callar así cuando venga a juzgar. A decir verdad, ni  ahora mismo está callado para quien quiera oírle"".

También dice S. Efrén: "quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que este acontecimiento se producirá durante su vida… ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y siglos lo esperan ardientemente".

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