domingo, 15 de noviembre de 2009

Domingo 28, B: la sabiduría mejor que todas las riquezas es tener un buen corazón, capaz de amar a Dios y a los demás, y ahí está Jesús que nos muestra un camino personal, el de la felicidad

 

 

Libro de la sabiduría 7,7-11. Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz,  porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables. 

 

Salmo 89,12-17. Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. - Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos. - Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Danos alegría, por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas. -  Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

 

Carta a los hebreos 4,12-13. La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

 

Evangelio según san Marcos 10,17-30. En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:  -Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: -¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. Él replicó: -Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: -Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.   A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: -¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios! Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: -Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Ellos se espantaron y comentaban: -Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús se les quedó mirando y les dijo: -Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo. Pedro se puso a decirle: -Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús dijo: -Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.

Comentario: 1. Sb 7,7-11. Los textos de la Misa de este domingo nos hablan de la sabiduría divina, que hemos de estimar más que cualquier otro bien, y en estos versículos se la prefiere a todo… Venerunt omnia bona pariter cum illa... Con ella me llegaron todos los bienes. En sus manos encontré riquezas incontables. El Verbo de Dios encarnado, Jesucristo, es la Sabiduría infinita, escondida en el seno del Padre desde la eternidad y asequible ahora a los hombres que están dispuestos a abrir su corazón con humildad y sencillez. Junto a Él, todo el oro es un poco de arena, y la plata vale lo que el barro, nada. Tener a Cristo es poseerlo todo, pues con Él nos llegan todos los bienes. Por eso cometemos la mayor necedad cuando preferimos algo (honor, riqueza, salud...) a Cristo mismo que nos visita. Nada vale la pena sin el Maestro. «Señor, gracias por haber venido. Hubieras podido salvarnos sin venir. Bastaba, en definitiva, que hubieras querido salvarnos. No se ve que la Encarnación fuera necesaria. Pero has querido situar entre nosotros el ejemplo completo de toda perfección (...). Gracias, Maestro, por haber venido, por estar en medio de nosotros, hombre entre los hombres, el Hombre entre los hombres, como uno más (...), y, sin embargo, el Hombre que todo lo atrae a sí, porque desde que ha venido no existe otra perfección. Gracias por haber venido y porque yo puedo mirarte y alimentar mi vida en ti» (J. Lecrecq). Ser sabios, Señor, es encontrarte a Ti, y seguirte. Solo acierta en la vida quien te sigue (F. Fernández Carvajal).

Partiendo de una tradición bíblica acerca de la sabiduría del rey Salomón, el autor, que vive en la culta Alejandría del s. 1 a. de Xto., hace sus propias reflexiones teológicas para exponer, en lenguaje moderno, la esencia de la fe veterotestamentaria. Los caps. 7-9 de este libro forman una unidad concéntrica cuyo núcleo central es el elogio de la sabiduría de 7, 22b-8. 1. En el Antiguo Oriente se tenía por sabio al que, observando con detención las diversas manifestaciones de la vida, los fenómenos de la naturaleza, era capaz de ver sus conexiones, su orden. Esta actitud presuponía la fe en un mundo ordenado por Dios; así la sabiduría adquiere caracteres religiosos. Se le presenta como primogénita de la creación y, como tal, fruto de la palabra del Señor (Sir. 1, 4.9; 24, 5. 12.14); es la ayudante del Señor en el acto de Crear. A veces se dice que es algo inaccesible (Job 28), pero en otros muchos relatos el hombre la puede adquirir (Prov. 3, 13 ss.), la sabiduría nunca es un puro conocer teórico, sino que siempre está ordenada hacia una praxis vital. Evoca el sueño de Gabaón (1 Rey 3, 4-15), en el que Salomón pidió y obtuvo lo que había pedido al Señor (sabiduría) y lo que no había pedido (fama y riqueza). Y el hombre que poseyó la sabiduría en grado sumo se dirige a todos los mortales para hacerles ver que también ellos la pueden obtener (7, 1-6). Nadie la posee al nacer, ni es privilegio de ningún rey, es puro don divino; así como Dios infunde su aliento (=espíritu) y da vida al hombre (creación), así también infundiendo su espíritu de sabiduría da una nueva vida (v. 7). Desposarse con la sabiduría hará del joven Salomón un gran rey (8, 9-16). La sabiduría es necesaria para llevar una vida de acuerdo con los deseos del Señor, y para obtenerla será necesaria la súplica (8, 17-21). A su lado, el poder y la riqueza (bienes-tipo del antiguo oriente) son barro y arena; incluso es superior a la salud y a la belleza. Todo ello se debe a que su esplendor no tiene ocaso (cfr. 6,12; 7, 29 s.), o lo que es lo mismo: es inmortal. El que la alcanza ha obtenido el mayor bien ya que da la inmortalidad y engendra, a la vez, el resto de los bienes humanos. Pero para obtenerla será necesario amarla, abrirse a ella, buscarla y pedirla. Muchas veces nos esforzamos en la vida por conseguir lo que no tiene importancia: poder, riqueza, salud... y menospreciamos lo más importante: ese don que viene de Dios y realiza nuestra unión con El. ¿Por qué nos decidimos? Jesús lo dice bien claro: "buscad el reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura" (A. Gil Modrego). Una reflexión podemos sacar, también escarmentando de Salomón: se equivocó a pedir saber, pues lo importante es corazón bueno, que sepa amar y no se corrompa con la codicia.

Este pasaje forma parte de un himno a la sabiduría. Se supone que es Salomón quien lo canta. Pero Salomón no es el autor de este libro ni del himno en cuestión. El libro de la Sabiduría fue escrito probablemente en tiempos de Ptolomeo (146-117 a C.) en la ciudad de Alejandría. No obstante la influencia innegable de la cultura helenista, el autor predica una sabiduría que viene de Dios y que conduce a los hombres a Dios. Si la sabiduría oriental es un humanismo, la sabiduría de Israel se presenta como un "humanismo religioso". La atribución de este libro a Salomón es una ficción literaria, perfectamente explicable si tenemos en cuenta que Salomón es el prototipo de los sabios de Israel. Salomón no fue un niño prodigio ni un sabio de nacimiento. El himno a la sabiduría comienza aludiendo al nacimiento de Salomón, para que veamos que es como todos los hombres nacido de mujer y destinado a la muerte (vv. 1-6). La sabiduría no es una herencia biológica, sino don de Dios para los que la piden. Salomón la pidió (cfr. c. 9, donde se encuentra la oración de Salomón) y Dios se la concedió. Para pedir la sabiduría es menester apreciarla por encima de todas las cosas y desearla ardientemente. Salomón la prefirió al poder, a las riquezas (cf Pro 3,14s; 8,19; 16,16; Job 28,15-19), a la salud, a la belleza y al bienestar. Y si éstos son justamente los valores de nuestra sociedad, no es de extrañar que haya tan pocos sabios en nuestros días. Nos referimos, claro está, a los sabios que no han perdido el gusto por los auténticos valores y buscan la verdad que viene de Dios para salvar a los hombres.

La sabiduría fue para Salomón una luz sin ocaso, que brilla también en la noche y no abandona al caminante. Una luz que sirve no sólo para contemplar la naturaleza, sino, sobre todo, para saber vivir, esto es, para conocer la voluntad de Dios y ponerla en práctica. En esto consiste la verdadera sabiduría, no en saber muchas cosas, sino en conocer y practicar lo que es realmente necesario. V. 11: Estas palabras aluden a 1 Re 3, 7-13, donde se dice que Salomón prefirió la sabiduría para gobernar y, como premio, recibió también, riquezas sin cuento (cf Pro 3,16; 8,21).

En el N.T. aparece Jesucristo como sabiduría de Dios" (1 Cor 1,24 y 30) en carne viva. Y para evitar toda posible confusión, esta "sabiduría de Dios" se mostró en Jesucristo completamente desnuda de poder y de riquezas, en medio de la debilidad de la cruz. Para los cristianos no hay sabiduría mayor, y sabio es el que sigue a Jesucristo. Pablo nos dice que, por su parte, no quiere saber nada excepto a Jesucristo, y éste crucificado (1 Cor 2,2; "Eucaristía 1982").

Este libro, último del AT, escrito unos cincuenta años antes del nacimiento de Jesús, aproxima al lector al culmen de la historia de la salvación: ciertos pasajes son muy cercanos a Juan (Jn 1, 1.18 y Sab 8, 3; 9, 4) y a Pablo, que llamará a Cristo "sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24.30). El contenido del libro, fiel a una doble circunstancia -la tradición judía y la cultura helenística imperante-, describe qué sea la sabiduría: nada menos que Dios mismo que se comunica a la criatura espiritual. Por la sabiduría, reflejo de Dios en su creación, todo adquiere coherencia, todas las cosas reciben cohesión en su subsistencia, pero -por ella- al hombre se le da Dios de manera íntima hasta que aquél devuelve una respuesta acogedora. Así llega el hombre a participar de la naturaleza divina, de la inmortalidad En los versículos presentes se evoca el sueño de Gabaón en el que Salomón pide y obtiene lo que ha pedido (sabiduría) y lo que no había pedido (fama y riquezas; cf. 1 Re 3, 4-15). Esto está narrado para todos, porque todos pueden obtenerla; pero, para obtenerla, hay que amarla, buscarla, abrirse a ella y pedirla ("Eucaristía 1988").

La Sabiduría en el A.T. no es una realidad abstracta fuera del tiempo y del espacio. En su sentido original es la escucha atenta y la comprensión exacta de la situación humana. Es el arte de aconsejar. Para atender el mensaje de hoy hay que conocer el contexto histórico en el que han hablado los sabios. La sabiduría más antigua (Pr 10-31) es una colección de proverbios que contienen la sabiduría experimental. Los libros de Job y Eclesiastés son una reflexión crítica; Eclesiástico y Sabiduría tratan de incluir toda la realidad en el concepto de sabiduría. Esta idea pertenece al último estadio de la sabiduría veterotestamentaria. El libro de la Sabiduría se escribe en Alejandría. No era fácil para los judíos permanecer fieles a la fe de los padres en el centro de la cultura. La cultura y la vida griega eran un desafío a la realidad religiosa y psicológica de Israel. El libro de la Sabiduría quiere reforzar la fe de los creyentes y la disponibilidad ante la ley en medio de la libertad helenista y el culto idolátrico.

El texto de hoy es una reinterpretación de la oración con la que Salomón quiere conseguir la sabiduría (1 R 3,5-9; 2 Cro 1,7-10). Sólo a través de la oración se tiene acceso a ella. La sabiduría es una realidad muy superior a la riqueza. Es la actitud interior que da la justa comprensión de la vida humana, aclara la relación con Dios e indica la conducta que hay que seguir. Este modo de ver y obrar es un don de Dios que se obtiene por medio de la oración y reflexión. Este mensaje puede parecer extraño e inaceptable para nuestra sociedad acostumbrada a poner en el poder, la riqueza y el bienestar todos sus intereses y aspiraciones (P. Franquesa). Pero es el eco de las bienaventuranzas de Jesús (Mt 6,25-33) que nos habla de buscar el Reino de Dios y su justicia, que lo demas se nos dará por añadidura. Juan Pablo II comentó que «la sabiduria todo lo sabe y lo entiende» (Sb 9,11): "La Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la razón. Lo atestiguan sobre todo los Libros sapienciales. Lo que llama la atención en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas páginas de la Escritura, es el hecho de que en estos textos se contiene no solamente la fe de Israel, sino también la riqueza de civilizaciones y culturas ya desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia hacen oír de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente reviven en estas páginas ricas de intuiciones muy profundas.

No es casual que, en el momento en el que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la verdad: «Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y que en su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos considera. Sale en su busca como el que sigue su rastro, y en sus caminos se pone al acecho. Se asoma a sus ventanas y a sus puertas escucha. Acampa muy cerca de su casa y clava la clavija en sus muros. Monta su tienda junto a ella, y se alberga en su albergue dichoso. Pone sus hijos a su abrigo y bajo sus ramas se cobija. Por ella es protegido del calor y en su gloria se alberga» (Si 14, 20-27).

Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de conocer es una característica común a todos los hombres. Gracias a la inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar el «agua profunda» (cf. Pr 20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de sus fenómenos no se alcanzaba por el camino de la abstracción, como para el filósofo jónico o el sabio egipcio. Menos aún, el buen israelita concebía el conocimiento con los parámetros propios de la época moderna, orientada principalmente a la división del saber. Sin embargo, el mundo bíblico ha hecho desembocar en el gran mar de la teoría del conocimiento su aportación original.

¿Cuál es ésta? La peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia. Una expresión del libro de los Proverbios es significativa a este respecto: «El corazón del hombre medita su camino, pero es el Señor quien asegura sus pasos» (16,9). Es decir, el hombre con la luz de la razón sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obstáculos y hasta el final, si con ánimo sincero fija su búsqueda en el horizonte de la fe. La razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocerse de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios".

2. La sabiduría que lleva a comprender la vida humana con su brevedad y sus penalidades, sólo puede darla Dios. Por eso se la pide ahora. Para el que cree de verdad no hay tiempos malos, estamos colgados de las manos de Dios (cf san Josemaría Escrivá, Amigos de Dios 52). Dios es el que puede hacernos felices, en nuestros días.

Todo pasa, menos el amor de Cristo… "Señor, tú has sido nuestro refugio": La tradición patrística ha visto expresado aquí nuestro deseo de que Dios, después del pecado, se haga presente de nuevo en medio de los hombres con la llegada de Cristo Salvador. Por ahora, este retorno se lleva a efecto mediante los Sacramentos, en los que el Señor se hace misteriosa pero realmente presente, injertando en nuestra vida la savia salvadora de sus méritos. Gracias a esos méritos, nosotros, que caemos y somos a veces ruinas espirituales, vamos siendo reconstruidos, restaurados, jornada tras jornada (Félix Arocena).

La "suscripción" de este salmo lo atribuye a Moisés, "hombre de Dios": es el único salmo puesto bajo el patronato de Moisés, a causa de sus lazos literarios con el Génesis.

En Israel, toda desgracia era considerada como un castigo por los pecados: es el tema de la "cólera de Dios" que aparece en la parte central de este salmo. Jesús introdujo variaciones importantes a este tema capital. Desde luego es falso decir que todo sufrimiento es un castigo. Tal fue el sentido del libro de Job, el inocente... El sentido de la respuesta de Jesús a propósito del ciego de nacimiento: "Ni él, ni sus padres pecaron para que haya nacido ciego" (Juan 9,3). Sin embargo, el sufrimiento es una especie de advertencia de la fragilidad humana: ante el accidente de la torre que aplastó a los transeúntes, Jesús dijo: "si no os convertís, pereceréis todos" (Lucas 13,5), pero añadió: "aquellos que murieron, allá, no eran más pecadores que aquellos que por suerte escaparon" (Lucas 13,4).

Este salmo incorpora una parte importante de la filosofía moderna, que afirma "lo absurdo" de la condición humana. Michel Foucault concluye de esta manera: "en nuestros días, a partir de Nietzche, se afirma no solamente la ausencia y la muerte de Dios sino el fin del hombre... Ya que él ha matado a Dios, el hombre debe responder por su propia finitud. "¡Efectivamente, el ateísmo no es muy extraño! El salmista decía ya que el "hombre no es", pero creía que Dios "es". Se atrevía a dirigirse a este Dios sólido, para apoyarse en El. El signo de la grandeza del hombre, es precisamente, que él "habla a Dios", que lo trata de "tú"... Y se atreve a pensar que trae algo a Dios: -por la "sabiduría", recibida de El, y que consiste en "contar bien nuestros días, para ocuparlos bien"... -por su "alabanza" cantada a Dios... -Finalmente por su "trabajo", que Dios mismo hace fructuoso...

¡Nuestros pecados! ¿Cómo los olvidaremos? ¿Por qué no orar a partir de ellos, en este salmo? Es cierto que son la prueba más profunda de nuestra debilidad. ¿Cómo podríamos quejarnos que el Dios santo escudriña inexorablemente "el mal", hasta los repliegues de nuestra conciencia, "cuyo secreto vergonzoso es desvelado ante la faz de Dios"? Dios realizó el combate contra el mal, por nosotros: Y después de la venida de Cristo, sabemos a qué precio: su cólera, no está contra los pecadores sino contra satanás. "Yo vine no para los justos, sino para los pecadores" (Mt 9,13).

¡La libertad y la gracia! Hay que meditar esta fórmula de un admirable equilibrio: "haz fructuoso (el papel de la gracia divina) el trabajo de nuestras manos" (el papel de la libertad humana). Para salir del pecado, como para cualquier obra buena, no lo podemos hacer con nuestras solas fuerzas (Rm), es necesario unir dos fuerzas: Dios y yo... La gracia y mi esfuerzo (Noel Quesson).

Un corazón sensato... Desaparece una generación y aparece otra. El hombre viene al mundo y se va del mundo. Los ríos acaban en el mar, y del mar de nuevo nacen. Lo que fue, será. Nada hay nuevo bajo el sol. El aceite se acaba y se apaga la lámpara. No queda recuerdo de los antiguos, ni lo habrá de los venideros. He observado cuanto sucede bajo el sol, y he comprobado que todo se reduce a humo y nada. Todo es vacío, tan vacío como atrapar el viento o abrazar la sombra. Así habló Cohélet, desilusionado y lleno de melancolía (Ecle 1,1-12). Pero no hay por qué decepcionarse tan pronto; es ley universal: lo que comienza, acaba. Las margaritas aparecen en la pradera, brillan un día y se marchitan; las luciérnagas resplandecen en una noche y desaparecen; las golondrinas llegan con la primavera, vuelan sin cansarse por los aires y un buen día se van; hasta los metales y el universo entero están sometidos a la ley de la entropía. Todo acaba. La diferencia está en que el hombre lo sabe. Y este saber puede llevar al hombre a distintas conclusiones: al divisar sus fronteras y palpar sus muros, los griegos llegaron al sentimiento trágico de la vida, el hombre moderno a la angustia, y el salmista a la sabiduría. En efecto, los griegos al observar la curva de la vida (todo nace-crece-muere), llegaron, resignados, al fatalismo. El hombre moderno, «liberado» de las certezas de la fe, al sentirse atrapado entre los dientes de las nadas, ha llegado a experimentar esa asfixia que llamamos angustia, el sentirse apretado entre la nada que me precede y la nada que me sigue, relámpago entre dos nadas. En cambio, el salmista, al experimentar la contingencia humana, sube a la consistencia divina, de la fugacidad humana salta a la eternidad divina, y de lo relativo de las cosas a lo absoluto de Dios. A esto lo llamamos sabiduría.

El hombre de la Biblia en ningún instante cubre sus ojos con disfraces, ni intenta ocultarnos la vieja sabiduría sobre la fugacidad de la vida y la relatividad de las cosas. Al contrario, lo sentimos impresionado por la condición efímera de la existencia humana, y frecuentemente se nos presenta agobiado, por no decir abrumado, por el peso de la contingencia. Y, en lugar de entregarnos consuelos baratos y fáciles recetas, nos enfrenta fríamente con la dura realidad. El salmista, en numerosas oportunidades (salmos 39, 90, 92, 102, 103), los profetas, Job y el Eclesiastés descorren constantemente la cortina ante nuestros ojos, y nos dejan ante un escenario hostil, con bastidores carcomidos y sombras amenazantes.

Pero, en ninguna parte el hombre de la Biblia se expresa sobre la precariedad humana con acentos tan vehementes como en el salmo 90. Estamos ante una pieza singular que, debido precisamente a su vigor, la Biblia la atribuye nada menos que a Moisés, a quien califica de «hombre de Dios».

Con arranques agitados, con vértigos de alturas y abismos, con contrastes y ritmos violentos, el salmista nos entrega su propia visión sobre la vida y la muerte, sobre lo eterno y lo transitorio, con una extraña mezcla de lamentación y ternura. Realmente, es un salmo de pronunciados desniveles y tensas experiencias, y, para entenderlo, necesitamos ponernos en la tesitura interior del propio salmista.

Señor, Tú has sido nuestro refugio / de generación en generación. El salmista se presenta en el escenario, y de entrada, comienza por levantar la cabeza y extender la mirada hacia atrás por encima de los horizontes y los siglos pasados buscando un centro de gravedad que ponga una cierta estabilidad en el vaivén inestable de las generaciones humanas. En efecto, necesitábamos una roca porque las generaciones subían y bajaban como las olas, y la vida era un perpetuo movimiento como las entrañas del mar.

Y, por encima de las estaciones y vaivenes, el Señor estuvo con nosotros, como una constelación sosegada sobre las olas. El estaba -estuvo- en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, en el fondo de nuestros sueños como confidente; y, desde el fondo de los recuerdos, ya casi olvidados, apenas conseguimos rescatarlo a El como un ser familiar con el típico encanto de un antiquísimo compañero con quien compartimos los peligros y las alegrías. Nuestro refugio de generación en generación.

Fuimos un pueblo de nómadas en el desierto. Por la noche, cuando la oscuridad y el miedo nos acosaban, el Señor tomaba, allí arriba, la forma de una antorcha de estrellas, y de día nos cubría, como fresca nube, contra el fuego del sol. Un pueblo, sin recuerdos, no tiene alcurnia, y las cicatrices sólo son gloriosas cuando son recuerdos de antiguos combates; y, en los combates de antaño, el Señor abría la brecha, y, por eso, nuestros recuerdos están enteramente poblados de sus proezas, de generación en generación.

He aquí uno de los lados más significativos de la sabiduría de corazón: vivir enraizados en las profundidades de Dios. La raíz, por instinto, por una fuerza misteriosa, tiende al centro de la tierra; y cuanto más avanza en esa dirección, más vigorosamente se aferra a esa tierra que nutre y sustenta el árbol; y ese hundimiento es la condición de nuestra seguridad y la medida de nuestra fuerza.

El desatino está en pretender echar raíces en realidades de arena que no tienen subsuelo; ya se puede imaginar el resultado.

En medio del follaje de tópicos que aborda el salmo, la convicción central es ésta: lo efímero reclama lo consistente; la experiencia de lo contingente nos lleva a lo absoluto de Dios.

Necesito también hacer aquí la siguiente aclaración: aparece resueltamente marcada, en estos dos salmos, la afirmación de que la caducidad y la muerte humanas son efecto y castigo de la cólera divina. No he querido posar mis ojos en ese aspecto. Después que Jesús pasó por nuestra tierra como el misionero del amor gratuito y de la misericordia incondicional del Padre, pienso que esas insistencias están de sobra.

Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis años para que comprenda lo caduco que soy (Sal 38/39,5).

Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato (Sal 89,12).

Sabiduría de corazón. ¿En qué consiste? En «conocer mi fin» y «la medida de mis años» para comprender «lo caduco que soy», y en «calcular nuestros años» para, de esta manera, adquirir un «corazón sensato». He ahí la fuente y el camino de la sabiduría.

Corazón sensato es el de aquel hombre que tiene una visión objetiva sobre todo su entorno, dispone en su mente de la medida de las cosas y sabe aplicar, cuando corresponde, la ley de la proporcionalidad. Por lo demás, es capaz de hacer una correcta distinción entre lo verdadero y lo ficticio, entre la apariencia y la realidad. En suma, sabe que la verdad consiste en saber que todo lo humano es caduco.

Un corazón sensato sabe que es locura llorar hoy por cosas que mañana no son, sabe que los disgustos se los lleva el viento (¿para qué sufrir?), que la vida es flor de un día, que la gloria es sonido de flauta cuyo final es el silencio, que la moda es lo que muda, que la caducidad es la verdad, que la transitoriedad es la verdad, que las apariencias son la mentira, que sufrimos y agonizamos por la mentira de las cosas, que la apariencia nos seduce y tiraniza, nos obliga y doblega, por todo lo cual vivimos obsesionados, temerosos y tristes.

Frente al corazón sensato está el corazón insensato o loco, es decir, un corazón ajeno o enajenado de la realidad: está ajeno a la objetividad porque a la apariencia la llama verdad (y lucha por esta «verdad»), y considera como definitivo lo que de verdad es precario, y vive de sobresalto en sobresalto porque los golpes de la vida lo hacen despertar, en cada momento, a la desilusión, es decir, a la verdad amarga de «lo caduco que soy».

Es necesario declarar la guerra a las ficciones que, al final, acaban rodando por la pendiente del desengaño, y aceptar con los ojos abiertos que nuestra vida es, ni más ni menos, una estrella errante que por un instante rasga la oscuridad de la noche, brilla y se apaga; y que, a pesar de todo, el vivir es un privilegio y una oportunidad para luchar por objetivos nobles en el «palmo» de tiempo que nos toque de vida.

Un corazón sensato es el de aquel hombre que coloca a esos temibles espectros como son los disgustos, los fracasos, las contrariedades, la desestima, el desprestigio, el ocaso de la vida y la misma muerte, los coloca, digo, en las alas del viento para que se los lleve a la región del olvido y del silencio. ¿Para qué asustarse? ¿Por qué sufrir? Por eso el corazón sensato habita siempre en la morada de la serenidad.

Estas verdades, reiteradas vigorosa e insistentemente a lo largo de toda la Biblia, constituyen el fondo doctrinal de los Novísimos.

Misericordia: Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo (v. 14)

Pasó la tempestad, las nubes se alejaron, y de nuevo brilla el sol. El salmista acorralado por la muerte, asfixiado entre dos nadas, en el ojo de la tempestad, después de invocar ardientemente la piedad del Señor, y de sentirse seguro de ella, respira hondo, tiende la mirada hacia adelante como si hubiese caducado el ciclo que va de polvo a polvo, y ve amanecer una era de prosperidad, y esto no sólo para él salmista sino para todos los siervos del Señor. ¿Será que la esperanza ha sustituido definitivamente a la tragedia, y la misericordia será en definitiva más fuerte que la ira? La Misericordia es capaz de cualquier metamorfosis: capaz de transfigurar el polvo en risa, el lamento en danza y la muerte misma en una fiesta. ¿El problema? Uno sólo: «saciarse de Misericordia».

Cuando el hombre despierta por la mañana, y abre los ojos, y deja entrar por la ventana de la fe el sol de la Misericordia, y ésta consigue inundar todas las estancias interiores y todos los espacios hasta la saciedad total, entonces no hay en la tierra idioma humano que sea capaz de describirnos esta metamorfosis universal: como por arte de magia el viento se lo llevó todo, la cólera divina, y las culpas, y el polvo, y la muerte, y la caducidad, y el miedo, y el humo, y la sombra, como papelitos se llevó todo el viento, y la vida y la tierra entera se entregaron frenéticamente a una danza general en que todo es alegría y júbilo (v. 14).

Una vez más lo decimos, las cosas de Dios no son para ser entendidas intelectualmente sino para ser vividas, y cuando se viven, todo comienza a entenderse. El secreto está, reiteramos, en saciarse, verbo eminentemente vital, casi vegetativo. Dios es banquete; hay que «comerlo» (experimentarlo) y llega la saciedad. Dios es vino; hay que «beberlo», y viene la embriaguez en que todas las cosas saltan de su quicio y, en milagrosas transfiguraciones, lo caduco se transforma en lo eterno, la tristeza en alegría, el luto en danza. Dios hace estos prodigios, no el Dios de la venganza, que ya «murió» sobre el monte de las bienaventuranzas, sino el Dios de las Misericordias, el verdadero Dios, Aquel que nos reveló Jesús. Después de beber este «vino», los días y los años que se abren ante nuestros ojos estarán colmados de alegría (v. 15). Y el salmo acaba con una estrofa en que una esperanza invencible llena por completo y guarda nuestro futuro. Lo diré con la traducción de la Biblia de Jerusalén:

Aparezca tu obra ante tus siervos y tu esplendor sobre tus hijos.

La dulzura del Señor sea con nosotros. Confirma tú la acción de nuestras manos (vv. 16-17): Larrañaga.

«Haznos caer en la cuenta de la brevedad de la vida, para que nuestro corazón aprenda la sabiduría». Hoy viene ante mis ojos un hecho ineludible: la vida es breve. El tiempo pasa velozmente. Mis días están contados, y la cuenta no sube muy alto. Antes de que me dé cuenta, antes de lo que yo deseo, antes de que me resigne a aceptarlo, me llegará el día y tendré que partir. ¿Tan pronto? ¿Tan temprano? ¿En la flor de la vida? ¿Cuando aún me quedaba tanto por hacer? La muerte siempre es súbita, porque nunca se espera. Siempre llega demasiado pronto, porque nunca es bien recibida. Y, sin embargo, el recuerdo de la muerte está lleno de sabiduría. Cuando acepto el hecho de que mis días están contados, siento al instante la urgencia de hacer de ellos el mejor uso posible. Cuando veo que mi tiempo es limitado, comprendo su valor y me dispongo a aprovechar cada momento. La vida se revalúa con el recuerdo de la muerte.

«Nuestros años se acaban como un suspiro. Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta los ochenta, la mávor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan». Acepto la brevedad de mi vida, Señor, y en la resignada sabiduría del aceptar encuentro la fuerza y la motivación para sacar el mejor partido posible de los días que me queden, muchos o pocos. Cuando llegue el sufrimiento, pensaré que pronto pasará; y cuando me atraigan los placeres, reflexionaré que también ellos han de estar poco tiempo conmigo. Eso me hará soportar el sufrimiento y disfrutar el placer con la libertad de ánimo de quien sabe que nada ha de durar largo tiempo. Esa actitud traerá el equilibrio, el desprendimiento y la sabiduría a mi vida.

«Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó, una vela nocturna. Los siembras año tras año, como hierba que se renueva: queforece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan Y se seca». Que la hierba sepa que es hierba y se comporte como tal. En eso está su plenitud. Si es un día, es un día; pero que ese día sea verde y alegre con la gloria derramada de los campos en flor. Si mi vida ha de ser como la hierba, que sea verde, que sea fresca, que sea brillante, y que viva en la intensidad de su única mañana la totalidad cósmica de la naturaleza y de la gracia. Cada momento se reviste de eternidad, cada brizna de hierba resplandece con el rocío del sol del amanecer. Cada instante se enriquece, cada suceso se realza, cada encuentro es una sorpresa, cada comida un banquete. La brevedad de la experiencia la llena de la esencia del puro sentir y el libre disfrutar. La vida resulta valiosa precisamente porque es breve. Dame, Señor, la sabiduría de vivir la plenitud de mi vida en cada instante de ella (Carlos G. Vallés).

Juan Pablo II comentaba: "Los versículos que acaban de resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón constituyen una meditación sapiencial que tiene, sin embargo, el tono de una súplica. El orante del Salmo 89 pone en el centro de su oración uno de los temas más explorados por la filosofía, más cantados por la poesía, más sentidos por la experiencia de la humanidad de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta: la caducidad humana y el devenir del tiempo. Basta pensar en ciertas páginas inolvidables del Libro de Job en las que se presenta nuestra fragilidad. Somos como «los que habitan en casas de arcilla, que hunden sus cimientos en el polvo y a los que se les aplasta como a una polilla. De la noche a la mañana quedan pulverizados. Para siempre perecen sin advertirlo nadie» (Job 4,19-20). Nuestra vida sobre la tierra es «como una sombra» (cf Job 8,9). Y Job sigue confesando: «Mis días han sido más raudos que un correo, se han ido sin ver la dicha. Se han deslizado lo mismo que canoas de junco, como águila que cae sobre la presa» (Job 9,25-26)…

Esta es la gran lección: el Señor nos enseña a «contar nuestros días» para que, aceptándolos con sano realismo, «entre la sabiduría en nuestro corazón» (v. 12). Pero el salmista pide a Dios algo más: que su gracia sostenga y alegre nuestros días, aun frágiles y marcados por la prueba. Que nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca arrastrarnos. Sólo la gracia del Señor puede dar consistencia y perennidad a nuestras acciones cotidianas: «Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos» (v. 17). Con la oración pedimos a Dios que un reflejo de la eternidad penetre en nuestra breve vida y en nuestro actuar. Con la presencia de la gracia divina en nosotros, una luz brillará sobre el devenir de los días, la miseria se convertirá en gloria, lo que parece no tener sentido adquirirá significado.

Concluimos nuestra reflexión sobre el Salmo 89 dejando la palabra a la antigua tradición cristiana, que comenta el Salterio manteniendo en el fondo la figura gloriosa de Cristo. De este modo, para el escritor cristiano Orígenes, en su «Tratado sobre los Salmos», que nos ha llegado en la traducción latina de san Jerónimo, la resurrección de Cristo nos da la posibilidad bosquejada por el salmista de que «toda nuestra vida sea alegría y júbilo» (cf v 14). Porque la Pascua de Cristo es el manantial de nuestra vida más allá de la muerte: «Después de haber recibido la dicha de la resurrección de nuestro Señor, por la que creemos que hemos sido redimidos y de resurgir también un día, ahora, transcurriendo en la alegría los días que nos quedan de nuestra vida, exultamos por esta confianza, y con himnos y cánticos espirituales alabamos a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor».

3. Heb 4,12-13. El autor de la carta a los hebreos acaba de contemplar la revelación de Dios a través de los profetas y de su propio Hijo (Heb 2,1-4). Esta palabra reveladora de Dios es ante todo promesa de salvación y de "reposo" (Heb 3), pero no la realiza sino en la fe de quienes la escuchan. A falta de esta adhesión, se convierte en amenaza y castigo (Heb 4,2). Los dos versículos de esta lectura son el final de esta meditación. Los hebreos están acostumbrados a medir la eficacia de la Palabra de Dios (cf Is 55,11), que se manifiesta, en primer lugar, en quienes la proclaman: transforma, al precio a veces de una lucha violenta (Jer 20,7; Ez 3,26-27), al profeta en un testigo auténtico, incluso en una parábola activa de la Palabra (Is 8,1-17; Os 1-3; Sal 68/69, 12). Este poder de la Palabra en el profeta se verifica mucho más aún en Jesús, dominado hasta tal punto por la Palabra que en El es su propio comportamiento, signo y salvación para todos los hombres (Heb 1, 1-2).

Mas lo que ha realizado en los profetas y en Jesús, la Palabra lo realiza igualmente en cada cristiano, ayudándole a desentrañar sus intenciones más secretas e impulsándole a tomar partido. En este sentido, la Palabra es juicio, no sólo porque juzga desde el exterior la conducta del hombre, tal como lo haría una norma legislativa, pero con mayor profundidad, puesto que llama al hombre a escoger entre sus deseos y las exigencias de la Palabra. En este sentido es una espada (Lc 2, 35) que obliga al cristiano a los más radicales desprendimientos. Eficaz cuando provoca la fe y el juicio de la conciencia, la Palabra lo es no menos cuando acompaña a una función sacramental.

El pan y el vino eucarístico son eficaces porque la Palabra que los acompaña es la Palabra misma de Dios, afilada como una espada para impulsar en cada uno de nosotros la profesión de fe y la decisión selectiva que exige la participación fructuosa en el banquete (Maertens-Frisque).

Una vez el autor ha proclamado y explicado (vv. 1-11) lo que "Dios dice por boca de David" en el Sal 95, 8 y 11 acerca de la promesa de "entrar en su descanso" hace una llamada a los lectores para que no endurezcan el corazón y acojan la palabra de Dios con la obediencia de la fe. Este parece ser el objetivo que pretende con este pequeño himno sobre la palabra de Dios, en el que subraya la eficacia, la penetración y la dignidad de esta palabra.

A semejanza de otros lugares del A.T., se personifica en éste la palabra de Dios (cfr Is 55,10; Sab 18,14). Pero iríamos demasiado lejos si entendiéramos que el autor se refiere al Logos (o Palabra) según aparece en el evangelio de Juan. Se trata únicamente de la palabra que sale de la boca de Dios, que habló antes de muchas formas por los profetas y últimamente nos habla por boca de su Hijo (Heb 1,1s.). Por otra parte, no hay que olvidar que el sujeto de esta palabra es el mismo Dios vivo. De ahí su eficacia, su penetración y el fruto que produce. No se trata de una palabra muerta, sino viva y vivificante (cf Dt 32,47; Jn 6,63.68, Hch 7,38; 1Pe 1,23). Tampoco es palabra vana o vacía, sino llena de fuerza como una semilla: Dios hace lo que dice. Por eso compromete al hombre y lo lleva a la decisión. Esta palabra es penetrante y llega a lo más profundo del hombre, requiriendo toda nuestra responsabilidad.

La fuerza de penetración de esta palabra se debe a que es la palabra de "Aquel a cuyos ojos todo está descubierto". Por eso es también la palabra tan certera como justa, la sentencia del verdadero juez. El que la escucha y la practica se salva; el que la rechaza ya está condenado. Sin embargo, todavía ha de llegar el día en que este juicio se manifieste y se ejecute plenamente la sentencia ("Eucaristúa 1982").

En un canto de elogio se describe el penetrante poder de la palabra de Dios, del cual el autor ya había hablado en la explicación del Sal 95,7-11, que dirige a los destinatarios de la carta como una exhortación. En conexión con distintos lugares del AT (Is 55,10s.; Jr 23,29; Sab 18,14), se personifica la palabra de Dios y se le atribuyen propiedades divinas. Como palabra del Dios vivo, no es un mero eco vacío, sino algo viviente, que crea vida (cf Dt 32,47; Jn 6, 63.68; Hch 7,38; 1 Pe 1,23). Está llena de fuerza y realiza lo que dice. No es inerte, sino que obliga al hombre a tomar partido, porque la posición frente a la palabra de Dios acerca del destino del hombre es algo definitivamente decisorio. Penetra hasta las más hondas profundidades del alma y hasta las mas ocultas partes del cuerpo, o sea, todo nuestro ser. Discierne y juzga los más escondidos pensamientos y deseos del corazón; nada puede escaparse de las pretensiones de la palabra de Dios. De la palabra de Dios, el autor asciende hasta Dios mismo. Todo es clarividente a sus ojos, no hay velo que le oculte cosa alguna. Todo se halla presente ante aquel que ha de pasar cuentas a los hombres ("Eucaristía 1988").

Desde 3,7 la exhortación que el autor hace a los lectores es una confrontación con el Sal 95,7-11. La paráfrasis y actualización del salmo a la situación cristiana da lugar a una reflexión profunda sobre la palabra de Dios. La palabra de Dios es la acción misma de Dios que se manifiesta y juzga. Es la palabra de un Dios que se pone personal e históricamente frente al hombre y le presenta de forma explícita algunas exigencias y le pide el compromiso constante como respuesta. Las propiedades y efectos de la palabra de Dios vienen articuladas en cinco afirmaciones: es "viva" porque proviene del Dios vivo, tiene vida en sí misma y puede comunicarse; es "eficaz", creadora, hace cuanto se propone; es "tajante", nada puede resistir a su poder; es "penetrante", todo está descubierto ante ella; "juzga", valora pensamientos y acciones, llama a la decisión y a la conversión, no deja neutral a nadie. Las reflexiones de la carta a los Hebreos sirven para clarificar a los cristianos de la segunda generación como en Cristo se ha realizado la salvación y liberación del mal y del pecado. La palabra no es simplemente el órgano de transmisión de un determinado contenido doctrinal. Detrás de la exigencia de esta palabra que escuchan hay una llamada a la decisión y compromiso total. No ofrece una revelación definitiva, indica un camino, propone el seguimiento de Cristo. La meta que ha alcanzado Cristo sólo se puede alcanzar en unión con él. No endurezcáis vuestros corazones. No os volváis atrás ante las exigencias que la situación actual impone para edificar la salvación y llegar a la paz y a la justicia. Ante la palabra de Dios no hay posibilidad de huida, aunque se pueden tomar dos actitudes: abrirse totalmente al Dios hecho hombre o esconderse en el pequeño mundo de la comodidad traicionando la fe y a Dios, que en Cristo ha dado sentido y esperanza al mundo y que se puede hacer realidad con nuestra participación y colaboración (Pere Franquesa).

Dos versículos nada más, pero que constituyen el himno más maravilloso al poder penetrante de la Palabra de Dios. Se describe la palabra como algo vivo que tiene el poder de penetrar en los reductos más íntimos de nuestro ser espiritual dejando desnuda nuestra alma y juzgando todos los secretos de nuestra vida. La palabra de Dios no sólo es evangelio, buena nueva, alegre noticia: Dios nos ama y nos salva por pura gracia, por pura generosidad. También es juicio crítico, de juez, ante todo aquel que voluntariamente se resiste, porque su eficacia no es mágica, depende de la aceptación por la fe; pero -para bien o para mal- nunca vuelve a Dios vacía. Debo ponerme cada día frente a la Palabra de Dios como frente a un espejo y dejar que esa Palabra de Dios desenmascare mis intenciones secretas y mis escapatorias. Este es el juicio que produce la Palabra de Dios; es un diálogo, una tensión dialéctica entre nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, acciones y la Palabra de Dios, la cual nos juzga y ante la cual somos juzgados.

La palabra de Dios viva y eficaz (Heb 4,12-13). Siempre existe el peligro de acostumbrarse a la palabra como a un concepto. Ahora bien, la palabra de Dios es esencialmente acto y vida. El autor de la carta lo expresa utilizando una vehemente comparación, la de la espada que ejecuta. Los profetas nos han habituado a esa eficaz actividad de la palabra (Is 55,11). Ella es una fuerza para la salvación. La intervención de la palabra está siempre cerca de nosotros, no se deja engañar por apariencias, lo deja todo desnudo. Se invita, pues, al cristiano a situarse en una actitud de lealtad ante la palabra. Por eso, la celebración de la Palabra de Dios para nosotros es juicio, pero también gracia para construir con justicia y fortaleza. Tendremos que rendirle cuentas (Adrien Nocent).

La cabeza inclinada de Jesús en la cruz y el reposo de su sepulcro están llenos del mismo misterio de su vida y su sufrimiento. El descanso de Jesús es el final de un dolor terrible, el final de la persecución, del intento de aniquilar al que anunciaba la vida, la libertad, el amor, Dios. Jesús aprendió en la pasión hasta dónde puede llegar la cruel mezquindad de los hombres, de aquellos que él exhortaba a acoger y amar tal como son, sufrimiento terrible porque no tiene otra explicación que la inexplicable vileza de los hombres. Allí descansó Jesús de otro dolor, del dolor interior del hombre que desea la vida y la perfección totales y constata día tras día la limitación de su naturaleza humana hasta experimentar la pérdida total de la muerte. En el sepulcro deja Jesús de ser «tentado en todo como nosotros» (4,15), la prueba del odio y del abandono de los hombres, la prueba de la misma difícil existencia humana.

Sin embargo, no es éste el único sentido de su descanso. La paz del sepulcro es paradójicamente signo de victoria. El amor a Dios y a los hombres, la libertad y la fidelidad que llevaron a Jesús a la cruz constituyeron allí mismo su «perfección» (2,10; 5,8). Colgó en la cruz su debilidad (2 Cor 13,4), pero también su victoria y la grandeza auténtica del Hijo (Heb 5,7-10). Jesús, finalmente, "descansó de su obra" (4,10) con el descanso pleno del amor llevado hasta el fin; es el "todo se ha acabado" (Jn 19,30), que equivale a "todo se ha conseguido".

El descanso del sepulcro encierra un último misterio: Jesucristo «ha entrado en el descanso de Dios» (Heb 4,3); ésta es una entrañable cualificación del Dios salvador: Dios es el descanso del hombre. Existe el reposo del hombre cansado deshecho por el prometeico deseo de la vida, la felicidad y el Absoluto, el reposo de un anhelo infinito nunca satisfecho; este reposo es Dios mismo. El sepulcro de Jesús revela la eterna paz de su resurrección en el Espíritu de Dios.

Tenemos un sacerdote fiel que ha llegado al descanso de Dios. Si oyerais su voz no endurezcáis vuestro corazón. Entremos en su descanso, manteniendo la confesión y el esfuerzo de nuestra fe, sintiendo deshacerse así la oposición del pecado y viviendo en la reconfortante comunión con Dios.

Acerquémonos a la cabeza inclinada de Jesús; en él hallaremos la misericordia, la gracia, la vida.

Continuando el comentario del salmo 95, el autor de la carta se fija en el segundo de sus temas principales: el descanso de Dios. El sentido inicial de la expresión se refería al descanso material prometido por Dios al pueblo de Israel después de la peregrinación por el desierto (Dt 11,8-9; 12,9). Pero el autor fiel a su nueva comprensión cristiana, ve en perspectiva el mismo descanso de Dios al terminar la creación (Gn 2,2) «evangelizado» (4,2), es decir, prometido y ofrecido al pueblo; «entrar en el descanso de Dios» es, en último término, entablar una relación íntima con la infinitud del Dios viviente. No se trata, dice Heb, del efímero reposo de los que entraron con Josué en la tierra de Canaán (4,8-9): es el reposo definitivo de la comunión con Dios, de la participación en el don escatológico de Jesucristo.

La evocación del auténtico descanso en Dios, al que estamos llamados todos los hombres, da al autor luz para reinterpretar la exhortación del salmo: no endurezcáis los corazones por la incredulidad, porque nosotros los que creemos entramos en el reposo.

Esto corrige una idea muy extendida, pero inexacta. Cuando Heb habla de reposo no habla de un "descanso" futuro, sino de la comunión vivificadora con Dios, por eso no se trata de que los creyentes entrarán en ella, sino, exactamente, de que el que cree participa ya de esta comunión, entra ya en ella. Toda la visión del Antiguo Testamento está renovada por la auténtica conciencia escatológica cristiana. Quien cree viva y plenamente en el Dios viviente, entra ya ahora en el descanso de la nueva vida, en la activa paz del amor a Dios y a los hombres, que inicia ya ahora un reposo sin fin. La exhortación adquiere mayor intensidad: apresurémonos a entrar (v 11); no nos quedemos rezagados por nuestra incredulidad. No sólo por la negativa a creer, sino también por la indiferencia frente a la constante «evangelización» de la vida de Dios.

El comentario del salmo 95 acaba con una frase sorprendente sobre la palabra de Dios: «es más tajante que una espada de dos filos» (12-13). En su largo comentario al salmo, Heb ha puesto de relieve no sólo su aspecto de anuncio gozoso (el hoy del descanso de Dios), sino también su aspecto «crítico» (la advertencia sobre la incredulidad, la amenaza de la perdición). El mensaje de Jesucristo, de su camino a través de los sufrimientos y la muerte, pone de manifiesto lo que hay de más íntimo en el hombre, el núcleo personal donde el hombre, todo hombre, decide de sí mismo ante Dios, allí donde se toma su decisión de fe o de incredulidad sin tercer camino posible (G. Mora).

4. Mc 10,17-30 (cf par.: Mt 19,16-30; Lc 18,18-30). Jesús recuerda a su interlocutor cosas que, sin duda, conocía este por los libros del Éxodo y del Deuteronomio. Seis mandatos, cinco de ellos en formulación negativa y uno en formulación positiva. Los seis son de naturaleza social, en el sentido de que velan por los demás, por los que no son uno mismo. Por último, Jesús propone a su interlocutor algo que a éste le falta, una única cosa: la renuncia a su dinero. La propuesta es prioritariamente individual, le afecta a él y a su bolsillo.

Desde el principio el joven plantea la cuestión de la salvación, la única cuestión importante: ¿qué hay que hacer para salvarse? (v. 17). Pero la plantea mal al dirigirse a un "maestro bueno", a un rabí entre otros (v. 17). Busca solamente una opinión de escuela, entre otras..., y como habrá otras y diferentes respuestas, se reserva de antemano el derecho de escoger entre ellas, o incluso el de no escoger. Jesús rechaza inmediatamente esta manera de actuar recordándole la existencia de Dios, único que es bueno (v. 28). De esta forma deja entender que su respuesta no será una opinión de escuela, sino una orden divina que obliga a actuar en vez de perderse en discusiones sin fin. Jesús recuerda al joven lo esencial de la ley (v. 19). Pero el joven plantea una nueva cuestión, no con vistas a obedecer mejor, sino para prolongar la discusión y así retardar la oportunidad de la obediencia (la misma actitud en Lc 10, 29).

Y he aquí que la buena conciencia legalista del fariseo orgulloso de cumplir con todos sus deberes detiene una vez más al joven: él obedece a toda la ley, cree (v. 20). ¿Qué más hace falta para salvarse? Jesús deshace inmediatamente este legalismo, nuevo pretexto para no creer, y formula un mandamiento preciso: "Sígueme" (v. 21). El joven muestra entonces que sus cuestiones precedentes no eran más que evasiones: situado ante la orden de creer, confiesa no tener fuerzas para ello y se retira en el momento en que es invitado a superar la discusión ética y el legalismo para encontrarse con la persona misma de Jesús y seguirle. Creer y salvarse es, a fin de cuentas, unirse a la persona de Jesús.

Los retoques añadidos por la comunidad primitiva añaden un nuevo obstáculo para la salvación: no solamente las discusiones éticas, el legalismo del fariseo, sino también la riqueza, impiden al hombre entrar en el Reino (vv. 22, 23 y la palabra rico en el v. 25). Los primeros cristianos, sobre todo en Jerusalén, confundieron a veces el Reino con la clase social de los pobres, mientras que la asamblea creada por Cristo no tiene en cuenta ninguna pertenencia social, cultural o nacional. San Mateo matizará esta exclusividad al hablar de los "pobres en espíritu" (Mt 5, 3) y al suprimir la maldición de los ricos conservada por Lc 6, 24.

También es hacer legalismo decir a los ricos que han de hacerse materialmente pobres para participar en el Reino; lo mismo que es una ilusión ridícula proclamar a la pobreza bienaventurada dejando entender que los pobres entrarán un día en un reino de bienestar. En realidad, la verdadera pobreza del rico no es "no tener nada", sino comprometerse con los pobres y especialmente con aquellos que no pueden organizarse, defenderse y liberarse. Un compromiso semejante es exigido eminentemente a aquellos cristianos que abandonan libremente todo bien material y hacen voto de pobreza. Comprometerse en el camino de la pobreza supone hoy analizar las causas de la miseria, tomar en serio la conciencia de clase, poner los medios que permitan, efectivamente, mejorar la suerte de todos. Sólo con estas condiciones tiene la pobreza la posibilidad de ser evangélica (Maertens-Frisque).

El voto de pobreza no sitúa a los religiosos en "estado de perfección" entre otras razones, porque la perfección cristiana no es un estado, sino una meta y una vocación y, si se quiere, un camino que han de seguir todos los discípulos de Jesús. Sólo el cumplimiento de este camino, que es el seguimiento de Jesús, saca al hombre de casa y de sí mismo para que se encuentre consigo en Jesucristo y, por Jesucristo, con los hombres, sus hermanos, y con el Padre. Seguir a Jesús no es propiamente "imitarle", haciendo exactamente lo que él hizo, sino hacer lo que cada uno tiene que hacer, pero como lo hizo Jesús, esto es, viviendo para los demás.

Todos los ideales de este joven rico se vienen abajo ante la dificultad de cumplir la condición necesaria. No tuvo valor para dejar las riquezas. Y prefirió seguir el camino de los fariseos, que veían en las riquezas una señal de la propia justicia -un premio de Dios a los justos- y un medio para acrecentarla haciendo limosnas. Y es que este modo de ganar el cielo con las limosnas permite, y hasta justifica, conservar y aumentar las riquezas.

El caso de este joven ha sido un botón de muestra. Jesús advierte ahora en general lo difícil que va a ser a los ricos seguir su camino y entrar en el reino de Dios.

V. 25: Se trata de un refrán popular en el que se contrapone el menor agujero al mayor animal de carga. Con él se expresa la mayor dificultad. El "ojo de la aguja" es la distribución de las riquezas. Los ricos pasan por todo menos por eso.

De ahí que sólo un milagro pueda salvar a los ricos. Pero este milagro no consiste en que se salven siendo ricos, sino que dejen de serlo para salvarse. ¿Y quién nos dice a nosotros que Dios no hace ese milagro sirviéndose de todos los que luchan por la distribución de las riquezas y contra, es decir, ¡en favor, de los que desean acapararlas...?

Jesús no predicó ningún sistema social concreto. Pero su actitud crítica frente a la riqueza y frente a los ricos no admite discusión, en esto fue claro hasta la saciedad. Por eso el evangelio será siempre una llamada urgente a salir de cualquier sistema que, como el capitalismo, se funde en la explotación de unos y el enriquecimiento de otros ("Eucaristía 1982").

La influencia de Jesús no se debía tanto a la novedad de su enseñanza como al misterioso poder de atracción que irradiaba de toda su persona.

Al escuchar todo esto, también nosotros -como los apóstoles- nos quedamos  sorprendidos y -ante la frase de Jesús de que «es difícil que los ricos entren en el Reino de  Dios»- también podemos preguntar: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Es la pregunta  que se hacen los hombres que aún no han descubierto al hombre-nuevo que debe nacer en  ellos; todavía no sienten la alegría de vivir interiormente libres frente a esto o lo otro; no  sienten la libertad de amar ilimitada y totalmente. Pero Jesús -que vivió esta libertad y que  por amor a los hombres pecadores se hizo pecado por ellos- pudo responder sin mayor  angustia: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo". Ahora alguno dirá: Si esto sólo es posible para Dios y no para los hombres, entonces  será muy difícil cumplir este evangelio. Si seguimos aferrados a las riquezas como bien supremo, entonces es cierto. Pero si comenzamos a aferrarnos a Dios como «lo bueno de la vida», como nuestra  riqueza esencial, entonces también para nosotros es posible. En otras palabras: hay dos criterios en relación con las riquezas y los bienes materiales. El criterio humano corriente es que las riquezas son el valor por excelencia y la fuente de la  felicidad: «Dime cuánto tienes y te diré quién eres.» El dinero es el dios al que se adora día  y noche. Para quien viva de acuerdo con este criterio, es lógico que este evangelio le resulte  absurdo y ridículo. Y está el criterio de Dios: el bien por el que debemos luchar día y noche es el Reino de  Dios, reino de justicia, de amor y de paz; reino de libertad, en el que la persona humana  vale por sí misma y no por lo que tiene. Es el reino del hombre nuevo que sabe que la felicidad no está en las cosas sino en uno  mismo. Para quien viva con este criterio, el evangelio de hoy es fuente de gozo y paz. Debe  luchar por su subsistencia al igual que todo el mundo; pero no se esclaviza al trabajo ni al  dinero. No adora a la riqueza y tampoco adora a la pobreza. No es un fanático del tener, como del no-tener. Sencillamente es libre, y con libertad dispone de sus cosas. Con libertad ama y siente la felicidad del amor; y por ese amor, puede tener o no tener... Por todo lo dicho, parece deducirse que alguien no es rico por el solo hecho de tener  bienes, sino por apegarse a ellos como objetivo supremo; ni tampoco alguien es pobre por  el solo hecho de no tener nada, pues aun en esta situación se puede seguir considerando  que las riquezas son un bien por sí mismas y la fuente de la felicidad. Pero también es cierto que muchos cristianos, partiendo del hecho de que se puede ser  pobre de espíritu aun teniendo grandes riquezas, se quedan en esta sola reflexión y se  olvidan de que la señal de que somos pobres de espíritu es el desprendimiento de las  propias riquezas para compartirlas con toda la comunidad. Es muy difícil que alguien pueda  considerarse libre ante las riquezas si jamás en su vida logró desprenderse de nada por  amor a los demás... De ahí la invitación de Jesús y la prueba a que nos somete: Si  queremos ser discípulos auténticos, probémoslo con algo concreto. Si decimos que hemos  optado por Jesús y el Reino de Dios, renunciemos a algo por esto nuevo que hemos  elegido.

También descubrimos que este evangelio es fundamento de la doctrina social  de la Iglesia. Pues, ¿cómo podrá darse una justa y mejor  distribución de los bienes, si aquellos que los poseen en su casi totalidad no son capaces  de desprenderse de ellos por amor a los necesitados? El cristiano no es un fanático de la  pobreza, y menos de la miseria; pero sí debe serlo de la justa distribución de los bienes,  considerados como un bien común antes que privado. No deseamos ser pobres, pero sí  que haya menos pobres, y para eso hace falta que los ricos sean menos ricos. Si optáramos por el evangelio del Reino de Dios, no estaríamos tan angustiados porque  tenemos mucho o porque tenemos poco, pues el evangelio sustituye al verbo "tener" por el  verbo «compartir». Quien mucho tiene, puede compartir lo mucho; y quien tiene poco, lo  poco. Ojalá pudiéramos tener más para compartir más... Lo cierto es que el tener más suele endurecer el corazón y anestesiar nuestra memoria y  nuestros buenos deseos. En cuanto tenemos mucho, nos olvidamos del evangelio, de los  pobres y de tantas hermosas reflexiones... Estuvo muy oportuno, pues, Jesús al habernos puesto sobre aviso. El cumplimiento de la  ley que no va acompañado por un real desprendimiento de nuestros bienes corre el riesgo  de ser una trampa: se puede adorar el dinero cumpliendo los diez mandamientos... Y una Iglesia que anuncia este evangelio y que no comparte realmente sus bienes materiales con la comunidad, también corre el peligro de convertirse en una caricatura de la  Iglesia de Jesucristo. El Señor nos llama a la libertad interior. Que ningún bien material nos impida amar o amar  más. Si realmente vivimos con esa libertad del corazón que otorga la fe, aun los bienes  materiales y las riquezas serán la ocasión de manifestar a los hombres pobres que los  amamos (Santos Benetti).

Jesús le habla de los mandamientos de amor a los demás, porque es lo que necesita este que le pregunta qué más puede hacer… Juan Pablo II dedicó el año internacional de la juventud (1985) y comienzo de las jornadas mundiales de los jóvenes, una carta comentando esta escena evangélica sobre el encuentro de Jesús con este joven… en otra carta dirigida el jueves santo a los sacerdotes, manifestaba su opinión de que aquella "ocasión perdida" del joven rico le llevaría a reflexionar, y seguiría a Jesús más adelante… esto es interesante, saber que en el camino de la vida no hay un tren que si se pierde uno se queda en tierra para siempre, sino que el Señor nos acompaña siempre, que hay un tren luego, y otro… nuevas oportunidades que siempre nos ofrece Jesús, que nos llama a cada uno: ¡Cómo recordaría Pedro esa mirada de Jesús que también, en el comienzo de su vocación, se posó sobre él y cambió el rumbo de su vida! Mirándolo Jesús le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas. Y la vida de Pedro ya fue otra. ¡Cómo nos gustaría contemplar esa mirada de Jesús! Unas veces es imperiosa y entrañable; o de pena y de tristeza, al ver la incredulidad de los fariseos; de compasión ante el hijo muerto de la viuda de Naín; en otras ocasiones, con su mirada invitará a dejarlo todo y a seguirle, como en el caso de Mateo; sabrá conmover el corazón de Zaqueo, llevándolo a la conversión; se enternecerá ante la fe y la grandeza de alma de la viuda pobre que dio todo lo que tenía. Su mirada penetrante ponía al descubierto el alma frente a Dios, y suscitaba al mismo tiempo la contrición. Así miró Jesús a la mujer adúltera, y al mismo Pedro, llevándole a llorar amargamente su cobardía. «Sígueme. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor!» (Juan Pablo II). Es la invitación que quizá nosotros hemos recibido... ¡y le hemos seguido! «Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad (cf Ef 1, 4). Al mismo tiempo, este amor eterno de elección divina acompaña al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo. Y acaso con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillación, de la persecución, de la derrota (...); entonces la conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que Cristo ama a cada uno y siempre, se convierte en un sólido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana. Cuando todo hace dudar de sí mismo y del sentido de la propia existencia, entonces esta mirada de Cristo, esto es, la conciencia del amor que en Él se ha mostrado más fuerte que todo mal y que toda destrucción, dicha conciencia nos permite sobrevivir» (id).

Cada uno recibe una llamada particular del Maestro, y en la respuesta a esta invitación se contienen toda la paz y la felicidad verdaderas. La auténtica sabiduría consiste en decir sí a cada una de las invitaciones que Cristo, Sabiduría infinita, nos hace a lo largo de la vida, pues Él sigue recorriendo nuestras calles y plazas. Cristo vive y llama. «Un día –no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana –que es la razón más sobrenatural–, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que solo desaparece cuando te apartas de Él» (san Josemaría). Es la alegría de la entrega, ¡tan opuesta a la tristeza que anegó el alma del joven rico, que no quiso corresponder a la llamada del Maestro!

 

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