domingo, 15 de noviembre de 2009

Domingo de la 30ª semana, B. Jesús es quien guia entre consuelos a los ciegos y cojos, el sacerdote eterno que intercede por nosotros, el que nos da luz para que podamos ver

 

 

Libro de Jeremías 31,7-9. Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»

 

Salmo 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6. R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

 

Carta a los Hebreos 5,1-6. Hermanos: Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, se gún el rito de Melquisedec.»

 

Evangelio según san Marcos 10,46-52. En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: - «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: - «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: - «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: - «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: - «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: - «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: - «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

 

Comentario: Jr 31,7-9. -Situación histórica. Con la destrucción de Jerusalén y de su templo, el pueblo vive una profunda crisis de fe. La tierra está sometida a un poder extranjero; el templo, sede elegida por Dios, ha sido derruido; y la monarquía, portadora de las promesas hechas a David, ya no existe. Y en medio de la crisis suenan palabras de consuelo dirigidas a Jerusalén: "de nuevo saldrás enjoyada a bailar con panderos en corros" (v. 4). Tras el anuncio del final del destierro (vv 1-6), el profeta entona un himno de alegría invitando a todos a unirse en ella. La razón es muy importante: "...el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel" (v 7). En los vs. 8-9 Dios, en primera persona, expresa un doble aspecto de la salvación: a) Por parte de Dios, salvar es "traer del país del norte", "reunir", "conducir", "guiar... por vía llana y sin tropiezos". El Señor vuelve a re-crear a su pueblo como en los tiempos del Éxodo (cfr. Jr. 23,6s.; Is. 43,18-21). Dios es como un padre para Israel (v. 9).

b) Para el pueblo, la salvación consiste en un cambio de suerte: la marcha llorosa se trueca en un volver gozoso (v. 9; cfr. Sal. 126. 5s.), la dispersión, en reunión; el llanto en alegría. "... el que esparció a Israel lo reunirá.." (v. 10). Dios ha devuelto a Israel su favor y por eso "...camina a su descanso" (v. 2). Pero el retorno a la tierra no viene descrito con los rasgos prodigiosos de Is. II: sin hambre y sin sed (Is 43,20; 48,21; 49,10), el Señor allana el camino (Is 43,19; 49,11), los ciegos ven, los cojos andan... (Is 35,5s; 42,7.16). En Jeremías no ocurre lo mismo: la nueva criatura de Dios, el resto no es un grupo selecto sino una gran multitud de ciegos, preñadas y paridas. Patética procesión de repatriados dirigidos por el Señor; así la salvación no se convierte en un sueño ideal y alienante. Liberándoles, el Señor sigue creando y continúa fiel a la alianza paterno-filial, incluso les renueva los derechos de primogenitura. Y esta liberación no es fruto, en primera instancia, de la conversión del pueblo sino del gran amor divino hacia Israel.

-Reflexiones: El nuevo pueblo de Dios vive también su crisis existencial, crisis de identidad. En estos momentos oscuros, Dios calla, se oculta... pero nunca se olvida: Dios es siempre fiel con su pueblo. Y ésta debe ser también la razón de nuestra alegría. El nuevo pueblo de Dios no es un resto privilegiado sino una falange de hombres débiles: lisiados, cojos, preñadas... hombres y mujeres que sufren y lloran, seres humanos que sienten en su carne el desgarro fiero de la tristeza, del abandono, de la miseria económica, y la liberación que esperan no es ningún sueño ideal y alienante sino el cambio del llanto en consuelo, del luto en baile con traje de gala y panderos en corros, del camino tortuoso por causa de la miseria a la vía llana y sin tropiezos..., del egoísmo cerrado del corazón humano a la apertura dadivosa a los demás (A. Gil Modrego).

Los capítulos 30 y 31 del libro de Jeremías forman una composición literaria, probablemente redactada por Baruc, discípulo de Jeremías, y en la que el primero recoge palabras de su maestro referentes a la salvación de Israel. Después de la muerte de Assurbanipal (año 631), renace la esperanza de los desterrados al ver que se desmorona el poder de los asirios. Jeremías se hace eco de esta esperanza y anuncia la repatriación de los exiliados del Norte (esto es, del reino de Israel), el restablecimiento de la unidad nacional y la renovación de la Alianza. Y en el horizonte abierto por esta salvación prometida y esperada, el profeta ve venir ya una gran multitud que peregrina hacia Jerusalén, dando gracias a Dios y celebrando su liberación. Se comprende que un pueblo desterrado y disperso entienda la salvación en términos de reunión y retorno a la patria querida. Pero el que habla por boca de su profeta dice mucho más. La invitación al gozo por el retorno de Jacob, por la repatriación de los hijos de Jacob, y a cantar las alabanzas de Yavé es como una "monición litúrgica" dirigida a una asamblea festiva. Todos los congregados en esta asamblea deben saludar con júbilo al pueblo que ha sido salvado y distinguido por Yavé entre todos los pueblos de la tierra (cf Ex 4,22 y Jer 31,9). Pero, al celebrar el don que Jacob ha recibido, no deben olvidarse de que ha sido Yavé el que se lo ha concedido. Enlazando con el himno de la asamblea, Yavé toma la palabra y confirma su promesa de reunir a los dispersos y conducir a los desterrados, en un segundo éxodo, hacia la tierra que abandonaron. Y porque la palabra de Yavé es verdadera y no defrauda, el profeta la da por cumplida e invita a la asamblea a celebrar lo que aún está por venir. Se descubre aquí hermosamente la solicitud del Señor que marcha delante de su pueblo, su atención preferente a los más débiles: ciegos y cojos, preñadas y paridas. Es el buen pastor que cuida de los que van a la zaga y se preocupa de que nadie se quede en el camino. La restitución de Israel será perfecta. Los que marcharon llorando a su destierro, volverán llenos de alegría, y hasta la tierra se alegrará con su regreso. La profecía termina descubriendo el corazón de Dios, de donde procede toda iniciativa de salvación. Israel ha de comprender que Dios, a pesar de todo, sigue siendo como un padre ("Eucaristía 1982").

Este oráculo se sitúa probablemente en los inicios del ministerio de Jeremías, cuando el reino de Judá aún no ha sido derrotado y sólo se encuentra en el exilio el reino del norte (llamado aquí "Israel" y "Efraín"). Jeremías considera que el reino del norte, destruido por Asiria el año 721 y con sus habitantes deportados, ha sido ya purificado, y por tanto pronto podrán volver a su tierra. El profeta anuncia, pues, la alegría del retorno, utilizando unos temas que en parte recuperará el salmo que leemos a continuación. Hay que señalar que la caravana de exiliados que el profeta proclama regresando de Asiria (llamada aquí "país del Norte" y "extremo de la tierra") es una caravana en la que tiene un lugar prominente la gente débil ("ciegos, cojos, preñadas y paridas"...): ¡la obra amorosa y salvadora del Dios que se presenta como "un padre para Israel" queda puesta al máximo de relieve mediante la liberación de los más desvalidos! La acción sanadora de Jesucristo en el evangelio será, pues, una realización de estos oráculos proféticos (J. Lligadas). Así pues, el pueblo volverá a la tierra emocionado ante la bondad de Dios, que seguieá bendiciéndolo en abundancia, como Padre de Israel.

 

2. Es un "salmo gradual" o "canto de subida". Hace pues parte de esta colección de cantos de peregrinación que los judíos cantaban subiendo hacia Jerusalén. Las expresiones (la marcha, la travesía, "se va, se va... se vuelve, se vuelve...") Hacen pensar en una inmensa procesión que avanza hacia el Templo, con los brazos cargados de "gavillas" para la fiesta en que se ofrendaban a Dios las cosechas. Observemos la delicadeza rítmica, "como escalones a subir paso a paso", mediante palabras-gancho que se repiten de una estrofa a otra: "traía...trae..." "estábamos... estábamos..." - "maravillas... maravillas..." - "sembrado... semilla..." "se va... se vuelve..." Cada estrofa está compuesta sobre una medida que se llama "elegía": el primer verso tiene tres acentos y el segundo dos, como si la respiración, bajo una emoción demasiado fuerte, se fuera desvaneciendo. Este ritmo elegíaco es especialmente sensible en la primera estrofa: "se va, se va llorando / hecha la semilla, / viene, viene alegremente. / Trae las gavillas".

El sentido original de este salmo, el que le dio el salmista judío, fue evidentemente el "regreso de los prisioneros" mediante el edicto de Ciro, en el año 538, después de 47 años de exilio en Babilonia. Este acontecimiento histórico innegable es para él un gran símbolo humano: En toda situación humanamente desesperada, Dios es el único "salvador". Los beneficiarios no salen de su asombro, creen ver un "sueño" su alegría estalla. Y los paganos (los goim) están igualmente maravillados y cantan la acción de gracias. Para expresar en forma poética la idea de la "vida que renace después de la muerte", el autor usó dos imágenes: el torrente de agua viva que hace florecer el Negueb en primavera... Y las semillas del grano de trigo que mueren bajo tierra para dar nacimiento a la alegría de las cosechas... Observemos la dimensión escatológica de la oración: la salvación "ya" ha comenzado pero "aún" no ha terminado. Los peregrinos en marcha hacia la Sión-Jerusalén, cantan una cuádruple liberación: la subida de Egipto con ocasión de la conquista de la tierra prometida, la subida de Babilonia al regresar de la cautividad, y la subida actual de los peregrinos hacia Dios, la subida escatológica de todas las naciones, de todos los hombres al fin de los tiempos. Finalmente la única verdadera "liberación" es la Pascua de Jesús.

Recitemos este salmo poniéndolo en boca de Jesús la mañana de Pascua: justo cuando acaba de resucitar, y que puede realmente pedir a su Padre terminar su obra, "sacando" de la muerte todos aquellos que aún están cautivos. No se trata de un piadoso pensamiento facticio, pues Jesús mismo tomó esta imagen de la "semilla" como símbolo de la muerte-resurrección (Jn 12,24). Varias veces, evocó el "reino que viene", como una cosecha (Mt 9,37; 13,30; 13,39; Mc 4,29; Jn 4,35). El grano de trigo crece sin ti, el reino viene, el reino viene... Muriendo, sembrando con lágrimas, Jesús sabía que El "cosecharía" y pedía a sus amigos permanecer alegres (Jn 16,22).

Nadie puede ponerse en nuestro lugar para "actualizar" este salmo, para hacerlo carne de nuestra carne, nuestra oración plenamente personal, partiendo de nuestras propias situaciones humanas. Dios salvador. Dios liberador. ¿Lo creemos de verdad? ¿Creemos que Dios es el Señor de lo imposible? Los que experimentaron la vuelta del Exilio no salían de su asombro, les parecía algo fantástico, increíble. ¿Y yo? Tal situación conyugal o familiar aparentemente sin salida... Tal fracaso que parece definitivo... Tal pecado incrustado en mi vida como algo habitual... Tal duelo que truncó una vida...

Nuestra esperanza cristiana no es la vaga esperanza de que las cosas se arreglarán algún día, es la certeza que Dios "está en acción" para salvar lo que estaba perdido: es el Señor que "vuelve a traer" a los ¡cautivos! Es la certeza de que el dueño de la mies está haciendo madurar la cosecha (Mc 4,26-29). Dios quiere nuestra colaboración. La salvación es un "don gratuito". En este sentido, se puede decir sin error que ella se realiza "sin nosotros", o al menos, que supera totalmente nuestras fuerzas. Pero Dios nos hizo libres: no somos marionetas manipuladas por Él a distancia. Este salmo es todo un "programa" de trabajo y responsabilidad: "los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría..." En este sentido, la salvación no se hace "¡sin nosotros!" Los llantos no pueden reemplazar el trabajo de la siembra: hay que hacer todo lo que está de nuestra parte para transformar en liberación la situación mortal que es la nuestra. El grano sembrado parece perdido, y en los países de hambre, el sembrador "sacrifica" trigo del cual se priva momentáneamente y que podría comer: hay motivo suficiente para llorar. El papel positivo de la cruz. Nuestra colaboración en la salvación, nuestra forma de sembrar, es aceptar madurar como el "grano de trigo que se pudre para dar fruto". Debemos vivir las pruebas de la vida como "comuniones" con el misterio de la cruz de Jesús. La imagen de la semilla es elocuente: primero el abatimiento, el entierro... Iuego el peso de las gavillas cargadas de espigas maduras. La nota dominante en este salmo, es la alegría, una alegría que explota en risas y canciones. Chouraqui traduce: "entonces la risa llena nuestra boca, ¡el canto nuestra lengua!" Y Claudel añade: "¡Nuestra lengua empezó a hablar sola... Dios hizo gastos para nosotros, lo supimos con alegría! ¡Se fueron llorando paso a paso, el grano a puñados, llanto por llanto. Pero he aquí que regresan triunfantes, los brazos no bastan para la gavilla!"... Este mundo es sólo un comienzo. Al hacer una primera lectura, llama la atención el inicio exultante de este salmo: la liberación definitiva parece totalmente lograda, en las dos primeras estrofas... ¿Por qué entonces, las otras dos estrofas nostálgicas? El regreso de los cautivos, siendo maravilloso, fue parcial y engañoso: después de las risas y los cantos de alabanza, el combate humano empezó de nuevo... Nunca se repetirá suficientemente: solamente la Resurrección realizará plenamente la promesa de Dios. Hay que esperar, "sembrando con lágrimas", pero sabiendo que la parusía (la gloria de Dios) está en marcha y que oscura pero seguramente el grano germina y la cosecha madura: el reino viene. La Iglesia sabe, experiencia universal, que las lágrimas son simiente de alegría (Noel Quesson).

«Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares». La vida es como marea que sube y baja, y yo he visto muchas mareas altas y mareas bajas en ritmo incesante a lo largo de muchos años y cambios y experiencias. Sé que la esterilidad del desierto puede trocarse de la noche a la mañana en fertilidad cuando se desbordan «los torrentes del Negueb». Torrentes secos del sur, a los que una súbita lluvia primaveral llenaba de agua, cubriendo de verde sus riberas en sonrisa espontánea de campos agradecidos. Ese es el poder de la mano de Dios cuando toca una tierra seca... o una vida humana. Toca mi vida, Señor, suelta las corrientes de la gracia, haz que suba la marea y florezca de nuevo mi vida. Y, entretanto, dame fe y paciencia para aguardar tu venida, con la certeza de que llegará el día y los alegres torrentes volverán a llenarse de agua en la tierra del Negueb.

Es ley de vida: «Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares». Ahora me toca trabajar y penar con la esperanza de que un día cambiará la suerte y volveré a sonreír y a cantar. En esta vida no hay éxito sin trabajo duro, no hay avance sin esfuerzo penoso. Para ir adelante en la vida, en el trabajo, en el espíritu, tengo que esforzarme, buscar recursos, hacer todo lo que honradamente pueda. La tarea del sembrador es lenta y trabajosa, pero se hace posible y hasta alegre con la promesa de la cosecha que viene. Para cosechar hay que sembrar, y para poder cantar hay que llorar.

¿No es mi vida entera un campo que hay que sembrar con lágrimas? No quiero dramatizar mi existencia, pero hay lágrimas de sobra en mi vida para justificar ese pensamiento. Vivir es trabajo duro, y sembrar eternidad es labor de héroes. Sueño con que la certeza de la cosecha traiga ya la sonrisa a mi rostro cansado; y pido permiso para tomar prestado un canto de la fiesta del cielo para irlo ensayando con alegría anticipada mientras siembro aquí abajo. «Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas» (Carlos G. Vallés).

Benedicto XVI comentaba que "al escuchar las palabras del salmo 125 se tiene la impresión de contemplar con los propios ojos el acontecimiento cantado en la segunda parte del libro de Isaías: el "nuevo éxodo". Es el regreso de Israel del exilio babilónico a la tierra de los padres, tras el edicto del rey persa Ciro en el año 558 a.C. Entonces se repitió la experiencia gozosa del primer éxodo, cuando el pueblo hebreo fue liberado de la esclavitud egipcia. Este salmo cobraba un significado particular cuando se cantaba en los días en que Israel se sentía amenazado y atemorizado, porque debía afrontar de nuevo una prueba. En efecto, el Salmo comprende una oración por el regreso de los prisioneros del momento (cf. v 4). Así, se transforma en una oración del pueblo de Dios en su itinerario histórico, lleno de peligros y pruebas, pero siempre abierto a la confianza en Dios salvador y liberador, defensor de los débiles y los oprimidos.

El Salmo introduce en un clima de júbilo: se sonríe, se festeja la libertad obtenida, afloran a los labios cantos de alegría (cf. vv 1-2). La reacción ante la libertad recuperada es doble. Por un lado, las naciones paganas reconocen la grandeza del Dios de Israel: "El Señor ha estado grande con ellos" (v 2). La salvación del pueblo elegido se convierte en una prueba nítida de la existencia eficaz y poderosa de Dios, presente y activo en la historia. Por otro lado, es el pueblo de Dios el que profesa su fe en el Señor que salva: "El Señor ha estado grande con nosotros" (v 3).

El pensamiento va después al pasado, revivido con un estremecimiento de miedo y amargura. Centremos nuestra atención en la imagen agrícola que usa el salmista: "Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares" (v 5). Bajo el peso del trabajo, a veces el rostro se cubre de lágrimas: se está realizando una siembra fatigosa, que tal vez resulte inútil e infructuosa. Pero, cuando llega la cosecha abundante y gozosa, se descubre que el dolor ha sido fecundo.

En este versículo del Salmo se condensa la gran lección sobre el misterio de fecundidad y de vida que puede encerrar el sufrimiento. Precisamente como dijo Jesús en vísperas de su pasión y muerte: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24).

El horizonte del Salmo se abre así a la cosecha festiva, símbolo de la alegría engendrada por la libertad, la paz y la prosperidad, que son fruto de la bendición divina. Así pues, esta oración es un canto de esperanza, al que se puede recurrir cuando se está inmerso en el tiempo de la prueba, del miedo, de la amenaza externa y de la opresión interior. Pero puede convertirse también en una exhortación más general a vivir la vida y hacer las opciones en un clima de fidelidad. La perseverancia en el bien, aunque encuentre incomprensiones y obstáculos, al final llega siempre a una meta de luz, de fecundidad y de paz. Es lo que san Pablo recordaba a los Gálatas: "El que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos" (Ga 6,8-9).

Concluyamos con una reflexión de san Beda el Venerable (672-735) sobre el salmo 125 comentando las palabras con que Jesús anunció a sus discípulos la tristeza que les esperaba y, al mismo tiempo, la alegría que brotaría de su aflicción (cf. Jn 16,20). Beda recuerda que "lloraban y se lamentaban los que amaban a Cristo cuando vieron que los enemigos lo prendieron, lo ataron, lo llevaron a juicio, lo condenaron, lo flagelaron, se burlaron de él y, por último, lo crucificaron, lo hirieron con la lanza y lo sepultaron. Al contrario, los que amaban el mundo se alegraban (...) cuando condenaron a una muerte infamante a aquel que les molestaba sólo al verlo. Los discípulos se entristecieron por la muerte del Señor, pero, conocida su resurrección, su tristeza se convirtió en alegría; visto después el prodigio de la Ascensión, con mayor alegría todavía alababan y bendecían al Señor, como testimonia el evangelista san Lucas (cf Lc 24,53). Pero estas palabras del Señor se pueden aplicar a todos los fieles que, a través de las lágrimas y las aflicciones del mundo, tratan de llegar a las alegrías eternas, y que con razón ahora lloran y están tristes, porque no pueden ver aún a aquel que aman, y porque, mientras estén en el cuerpo, saben que están lejos de la patria y del reino, aunque estén seguros de llegar al premio a través de las fatigas y las luchas. Su tristeza se convertirá en alegría cuando, terminada la lucha de esta vida, reciban la recompensa de la vida eterna, según lo que dice el Salmo: "Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares"".

La admiración y belleza de esta canto continúan en el de la Virgen después de la Anunciación cuando esclama: "porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso". Grandes cosas ha hecho Dios con la Encarnación y Resurrección de su Hijo trayendo a la humanidad la alegría que proclama el salmo: "nos parecía soñar", dice lleno de admiración el salmista; son las cosas grandes, las magnalia Dei. "Haz volver a nuestros cautivos", dice también la traducción, posiblemente construido sobre un giro popular. "La molestia de los sufrimientos causa lágrimas santas. Pero el tiempo de llorar es también el tiempo de sembrar, ya que las obras de caridad que se hacen para sobrellevar las miserias de los hombres producen la mies de los gozos eternos" (Próspero de Aquitania).

3. Hb 5,1-6. El autor quiere aclarar a sus lectores en qué consiste el sacerdocio de Cristo y cuál es su dignidad. Establecer un paralelismo del sacerdocio de Cristo con el de los sacerdotes del AT sin olvidar que el primero está muy por encima del segundo. Ampliando ideas ya expresadas en el capítulo anterior (vv. 14-16), destaca dos rasgos fundamentales que caracterizaban al servicio del AT y que se dan también, pero con mayor perfección, en el sacerdocio de Cristo. Uno es la solidaridad con el pueblo, de donde ha sido tomado el sacerdote y a quien éste ha de representar delante de Dios; otro, la vocación con la que ha de ser llamado por Dios. El sacerdote será tanto más idóneo para desempeñar su misión cuanto más comprensivo se muestre con las miserias ajenas. La experiencia de sus propias debilidades, que le envuelven como un vestido, le ayudará a mantener en vivo el recuerdo de su propio origen y a no distanciarse del pueblo. Esto le hará comprensivo. No obstante, su comprensión no deberá ir más allá de lo que vaya la ignorancia y la debilidad de los hombres; pues Dios, que perdona siempre a los débiles y descarriados, resiste a los soberbios y no perdona a los que pecan "con mano alzada" (Num 1,30s). Estos deben ser excluidos de la comunidad. El sacerdote del AT que era pecador como todos los hombres, ofrecía sacrificios por los pecados del pueblo y por sus propios pecados. La solidaridad con el pueblo era, en cierto sentido, una consecuencia de la complicidad. En cambio, Jesús se hizo solidario con todos los hombres por amor, pues él no cometió pecado y se ofreció a sí mismo por los pecados ajenos. También la última raíz de su comprensión está en ese amor a los hombres que le llevó a hacerse hombre como nosotros, igual en todo, excepto en el pecado.

El otro rasgo que interesa subrayar al autor en el sacerdocio del AT, es la vocación; pues nadie puede arrogarse el honor de ser sacerdote si no ha sido llamado por Dios. Para ejercer el sacerdocio Dios llamó a Aaron y a sus descendientes (Ex 28,1; Lev 8,2, etc). También Jesús fue llamado por Dios; pero no como Aarón ni en virtud de la vocación de Aarón, ya que no era su descendiente ni de la tribu de Leví. Cuando llegó la plenitud de los tiempo, Dios llamó de una vez por todas a su propio Hijo, nacido de la Virgen María. El autor prueba ambos extremos con sendos textos bíblicos. El primero, esto es, que Jesús es el Hijo de Dios, con el Sal 2,7 (cfr. Hebr 1,5). Y el segundo, esto es, su vocación con el Sal 110,4. La alusión al sacerdocio de Melquisedec ilustra, de una parte, que el sacerdocio de Cristo no está en la línea del sacerdocio de Aarón y, de otra, que Cristo es también rey como Melquisedec. En cualquier caso, el sacerdocio de Cristo aparece como algo único e incomparable. En comparación con el sacerdocio del AT es analógico y, en cierto sentido, por contraste. Nadie puede ser sacerdote como lo es Cristo, que es el Mediador insustituible. Sin embargo, aquellos que son sacerdotes en la iglesia deben imitar el sacerdocio de Cristo sobre todo en lo que respecta a la solidaridad con los hombres ("Eucaristía 1982").

-Jesús, sacerdote para siempre (Heb 5,1-6). En nuestros tiempos no resulta indiferente escuchar una lectura que proclama una teología del sacerdocio. Es una ocasión de poner a punto lo referente a nuestra fe en este aspecto. El sacerdocio del Nuevo Testamento es radicalmente diferente del sacerdocio del Antiguo, no sólo por no ser hereditario como el de Aarón, sino por ser nuevo, gracias al nuevo Mediador, Cristo. El orden de Melquisedec es una analogía, y el sacerdocio de Cristo, prefigurado por el de Melquisedec, lo trasciende. Aunque todo lo dicho del sumo sacerdote puede decirse de Cristo, su sacerdocio, sin embargo, es distinto, y él es, de hecho, el único sacerdote que no debe repetir varias veces su sacrificio. Dado que es a la vez sacerdote y víctima, ofrece una sola vez su sacrificio, que es definitivo. El sacerdocio de la ordenación, lo mismo que el del bautismo, son participación en grados esencialmente diferentes de este único sacerdocio. El sacerdocio de los ordenados se distingue esencialmente por su poder, dado por el Espíritu, de actualizar los misterios pasados (Adrien Nocent).

El tema de Jesucristo como sacerdote verdadero y mediador único entre Dios y los hombres, que ya apareció el domingo anterior y que es uno de los que con mayor amplitud desarrolla la carta a los Hebreos, nos acompaña hoy y los domingos próximos. Jesucristo se convierte así en el centro del escrito, como mediador entre Dios y el pueblo, ofrece las oraciones del pueblo y satisface a Dios por los pecados de éste. Ejerció su sacerdocio sobre todo en la Pasión, dirá más tarde el texto (vv 7-10), intercede por todos con su oración, etc. En el AT, al que nuestro escrito hace una constante referencia, el sacerdote es el que goza de la proximidad con Dios, el que hace conocer al pueblo cuál es la voluntad del Señor (función que posteriormente asumen los profetas, movidos por el Espíritu) y el que ofrece sacrificios por sus pecados y los de todo el pueblo: el fragmento que leemos se detiene en este tercer aspecto, subrayando la parte humana de los sacerdotes, que experimentan las mismas debilidades que los demás y así, al presentar la ofrenda ante Dios, son solidarios de todos los hombres (cf. segunda lectura del domingo pasado). Todo esto sirve de punto de partida para poder hablar de Cristo, gran sacerdote, elegido por Dios (de la misma manera que el sacerdocio del AT fue en sus inicios fruto de la elección divina) para ofrecer un único sacrificio que restaurara definitivamente las relaciones de los hombres con Dios. El texto acaba con una doble cita de salmo. En primer lugar, del salmo 2, que recuerda la elección divina. Después, del salmo 109, que recuerda la figura de Melquisedec, el sacerdote misterioso de origen desconocido que bendijo a Abrahán: Melquisedec es símbolo de la absoluta gratuidad e incondicionalmente de la presencia y elección divina, que va más allá del pueblo y las instituciones de Israel, como explica la misma carta a los Hebreos (cf. cap.7; J. Lligadas).

4. Mc 10,46-52 (par: Mt 20,29-34; Lc 18,35-43; Mt 9,27-31). Jesús sale de Jericó camino de Jerusalén. Va acompañado de sus discípulos y más gente. De pronto se escuchan unos gritos. Es un mendigo ciego que, desde el borde del camino, se dirige a Jesús: «Hijo de David, ten compasión de mí». Su ceguera le impide disfrutar de la vida como los demás. Él nunca podrá peregrinar hasta Jerusalén. Además, le cerrarían las puertas del templo: los ciegos no podían entrar en el recinto sagrado. Excluido de la vida, marginado por la gente, «abandonado» por los representantes de Dios, sólo le queda pedir compasión a Jesús.

Los discípulos y seguidores se irritan. Aquellos gritos interrumpen su marcha tranquila hacia Jerusalén. No pueden escuchar con paz las palabras de Jesús. Aquel pobre molesta. Hay que acallar sus voces: Por eso, «muchos le regañaban para que se callara». La reacción de Jesús es muy diferente. No puede seguir su camino, ignorando el sufrimiento de aquel hombre. «Se detiene», hace que todo el grupo se pare y les pide que llamen al ciego. Sus seguidores no pueden caminar tras él, sin escuchar las llamadas de los que sufren.

La razón es sencilla. Lo dice Jesús de mil maneras en parábolas, exhortaciones y dichos sueltos: el centro de la mirada y del corazón de Dios son los que sufren. Por eso él los acoge y se vuelca en ellos de manera preferente. Su vida es, antes que nada, para los maltratados por la vida o por las injusticias: los condenados a vivir sin esperanza.

Nos molestan los gritos de los que viven mal. Nos puede irritar encontrarnos continuamente en las páginas del evangelio con la llamada persistente de Jesús. Pero no nos está permitido «tachar» su mensaje. No hay cristianismo de Jesús sin escuchar a los que sufren.

Están en nuestro camino. Los podemos encontrar en cualquier momento. Muy cerca de nosotros o más lejos. Piden ayuda y compasión. La única postura cristiana es la de Jesús ante el ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?» (José Antonio Pagola).

Siempre me ha impactado Jericó. En mis viajes a Tierra Santa aparece como un vergel en medio del desierto. Los pasajes del evangelio de Jesús en Jericó tienen siempre la importancia de la cercanía a los pecadores, a los que sufren, a los que no tienen esperanza, es decir, a cada uno de nosotros.

El mendigo ciego Bartimeo está sentado en el camino de la vida. Entonces los caminos eran los lugares de paso; por tanto, todos los que deseaban encontrarse con la gente iban a los caminos. Jesús camina con nosotros. Al oír que pasaba Jesús, lo llama por su nombre: Jesús, Hijo de David. "El Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. El nombre divino es inefable para los labios humanos (cf Ex 3,14; 33,19-23), pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: "Jesús", "YHVH salva" (cf Mt 1, 21). El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir "Jesús" es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él (cf Rm 10,13; Hch 2,21; 3,15-16; Ga 2,20)" (Catecismo, 2666).

Los ciegos, los sordos, los cojos sabían que el Mesías ejercía la misericordia de Dios y tendría compasión de los pobres. En el fondo, Bartimeo le dice: Ejercita conmigo lo que eres. Apiádate de mí, ciego y hambriento en los caminos de la vida. Me sorprende en el Evangelio que los sufrientes siempre llaman a Jesús por su nombre, como este ciego, o como el buen ladrón. A Teresa de Calcuta le encantaba llamarle sencillamente Jesús.

Jesús se acerca, a pesar de que la gente trata de alejar al ciego del Señor. Casi siempre el obstáculo para el encuentro con Dios viene de los que aparentemente están más cerca de nosotros.

Me sorprende más todavía la pregunta de Jesús. Parece que se pasa respetando nuestra libertad, ¿qué va a querer el ciego, sino ver? Pero Jesús se lo pregunta porque su Amor nunca impone nada. Éste es nuestro drama, que el Señor no hará nada sin contar con nosotros. Nuestro drama, porque, al respetar tanto, ¡es tan fácil quedarnos en nuestras mediocridades!...

Señor, que vea: ésta es la actitud del corazón creyente. Es el camino de la vida. Ciego por la incomprensión, quiero ver. Ver todo aquello que me cuesta para encontrarte en los hermanos. Verte en mi complicado mundo. Palparte en todas las historias que me acontecen diariamente. Saber que estás más cerca que nunca, aunque aparentemente te vea muy lejos.

Señor, que vea se convierte en la súplica de todos los cristianos de la Historia. Sólo tenemos un camino, el camino humilde de pedir la fe, para vivir en una plena esperanza de que nos concedes tu Luz (Francisco Cerro-Chaves).

San Josemaría comentaba con frecuencia esta escena: "Si de veras deseamos seguir de cerca al Señor y prestar un servicio auténtico a Dios y a la humanidad entera, hemos de estar seriamente desprendidos de nosotros mismos… y decidirnos por… esas ilusiones limpias, con las que buscamos exclusivamente dar toda la gloria a Dios y alabarle, ajustando nuestra voluntad a esta norma clara y precisa: Señor, quiero esto o aquello sólo si te agrada, porque si no, a mí, ¿para qué me interesa? Asestamos así un golpe mortal al egoísmo… de paso que alcanzamos la verdadera paz en nuestras almas, con un desasimiento que acaba en la posesión de Dios, cada vez más íntima y más intensa". Si no, estamos ciegos a la vera del camino… "Oyendo aquel gran rumor de la gente, el ciego preguntó: ¿qué pasa? Le contestaron: Jesús de Nazaret. Y entonces se le encendió tanto el alma en la fe de Cristo, que gritó: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí»". "¿No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!". "La pretensión más alta de algunos se reduce a esquivar lo que podría alterar la tranquilidad -aparente- de una existencia mediocre. Con un alma tímida, encogida, perezosa, la criatura se llena de sutiles egoísmos y se conforma con que los días, los años, transcurran sine spe nec metu, sin aspiraciones que exijan esfuerzos, sin las zozobras de la pelea: lo que importa es evitar el riesgo del desaire y de las lágrimas. ¡Qué lejos se está de obtener algo, si se ha malogrado el deseo de poseerlo, por temor a las exigencias que su conquista comporta!"

"«Había allí muchos que reñían a Bartimeo con el intento de que callara». Como a ti, cuando has sospechado que Jesús pasaba a tu vera. Se aceleró el latir de tu pecho y comenzaste también a clamar, removido por una íntima inquietud. Y  amigos, costumbres, comodidad, ambiente, todos te aconsejaron: ¡cállate, no des voces! ¿Por qué has de llamar a Jesús? ¡No le molestes!"… A veces nos pasa esto también, cuando nos desaniman a no seguir impulsos de seguimiento de Jesús, de más entrega. "Es el camino que recorren los hipócritas, los que carecen de rectitud de intención, los que se mueven por un falso celo, los que pervierten las obras divinas al mezclarlas con egoísmos temporales. Es una necedad abordar una empresa costosa con el fin de ser admirado; guardar los mandamientos de Dios a base de un arduo esfuerzo, pero aspirar a una recompensa terrena. El que con el ejercicio de las virtudes pretende beneficios humanos, es como el que malvendiera un objeto precioso por pocas monedas: podía conquistar el Cielo, y en cambio se contenta con una alabanza efímera... Por eso se dice que las esperanzas de los hipócritas son como la tela de araña: tanto esfuerzo para tejerla, y al final se la lleva de un soplo el viento de la muerte".

"Pero el pobre Bartimeo no les escuchaba, y aun continuaba con más fuerza: «Hijo de David, ten compasión de mí». El Señor, que le oyó desde el principio, le dejó perseverar en su oración. Lo mismo que a ti. Jesús percibe la primera invocación de nuestra alma, pero espera. Quiere que nos convenzamos de que le necesitamos; quiere que le roguemos, que seamos tozudos, como aquel ciego que estaba junto al camino que salía de Jericó. «Imitémosle. Aunque Dios no nos conceda enseguida lo que le pedimos, aunque muchos intenten alejarnos de la oración, no cesemos de implorarle»" (Jn Crisóstomo). "Hemos de poner esos talentos, esas cualidades al servicio de todos… porque… Si la levadura no fermenta, se pudre. Puede desaparecer reavivando la masa, pero puede también desaparecer porque se pierde, en un monumento a la ineficacia y al egoísmo". "«Parándose entonces Jesús, le mandó llamar». Y algunos de los mejores que le rodean, se dirigen al ciego: «ea, buen ánimo, que te llama». ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate -nos indica-, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural".    "Aquel hombre, «arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él». ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas... ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo".

"No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así".

E inmediatamente comienza un diálogo divino, un diálogo de maravilla, que conmueve, que enciende, porque tú y yo somos ahora Bartimeo. Abre Cristo la boca divina y pregunta: quid tibi vis faciam?, ¿qué quieres que te conceda? Y el ciego: Maestro que vea . ¡Qué cosa más lógica! Y tú, ¿ves? ¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí -¡algo que yo no sabía qué era!-, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam -Maestro, que vea- me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla.

Rezad conmigo al Señor: doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu, enséñame a cumplir tu Voluntad, porque Tú eres mi Dios. En una palabra, que brote de nuestros labios el afán sincero de corresponder, con deseo eficaz, a las invitaciones de nuestro Creador, procurando seguir sus designios con una fe inquebrantable, con el convencimiento de que El no puede fallar.

Amada de este modo la Voluntad divina, entenderemos que el valor de la fe no está sólo en la claridad con que se expone, sino en la resolución para defenderla con las obras: y actuaremos en consecuencia.

Pero volvamos a la escena que se desarrolla a la salida de Jericó. Ahora es a ti, a quien habla Cristo. Te dice: ¿qué quieres de Mí? ¡Que vea, Señor, que vea! Y Jesús: anda, que tu fe te ha salvado. E inmediatamente vio y le iba siguiendo por el camino . Seguirle en el camino. Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba" (hasta aquí san Josemaría).

Como última escena en el camino hacia Jerusalén nos encontramos con el relato de curación del ciego Bartimeo. Como escena de curación rompe con algo que había sido habitual en los relatos de curación de Marcos: Jesús no aparta al ciego de entre la muchedumbre. Al contrario, es Jesús quien pide a la gente que vaya en busca del ciego. Más aún, en diálogo público con el ciego, Jesús le pregunta por sus deseos, a los que, públicamente accede. Este diálogo con iniciativa de Jesús es otra novedad en los relatos de curación de Marcos. Gracias a este diálogo Marcos consigue que se nos queden bien grabadas dos frases: ¡Maestro, que pueda ver! ¡Anda, tu fe te ha curado! Pero Marcos no termina el relato con el encargo de guardar silencio, al que también nos tenía habituados. En lugar de este encargo leemos lo siguiente: Y lo seguía por el camino. Caemos en la cuenta que tras el imperativo ¡anda! se escondía una invitación al seguimiento en el camino, el camino concreto hacia Jerusalén, hacia la cruz y la resurrección. Marcos ha elaborado un relato de visión del camino.

Nos hallamos ante un texto muy cargado de poder simbólico: Jericó es la tierra; el ciego, la humanidad irredenta; las gentes que impiden los gritos del ciego, las fuerzas que distraen del cristianismo; el camino a Jerusalén, el camino al mundo celeste.

Jesús va de camino a Jerusalén. Sube por última vez a Jerusalén. Abandonó Galilea y, evitando pasar por tierras de Samaria, marchó por la orilla oriental del Jordán y por la Perea, siguiendo la ruta que pasa por Jericó (cf 10,1). Ya en esta ciudad, que dista unos 30 km de Jerusalén, realiza el último milagro que narran los sinópticos. El texto de Marcos es, también en este caso, el que nos ofrece una narración más viva y cercana a lo acaecido… La pregunta de Jesús le ofrece la ocasión de expresar claramente cuál es su deseo y cuánta su confianza. Bartimeo llama a Jesús "Rabbuni" ("Maestro mío"), es un título menos frecuente y más honorífico que "Rabbi". También se expresa el gran respeto que le merece aquél a quien ha reconocido como Mesías. Jesús le concede la gracia que le ha pedido y le dice que su fe le ha curado (cf 5,34). Bartimeo tiene ya luz y camino. Bartimeo no se quedará sentado en las tinieblas, seguirá a Jesús "glorificando a Dios" (Lc 18,43). La confesión de este ciego, que ha aclamado a Jesús como Hijo de David, ha desvelado públicamente el misterio mesiánico del Profeta de Nazaret. Pronto será todo el pueblo el que aclame a Jesús en Jerusalén y le salude como Mesías, como el que viene en nombre del Señor. Pues ha llegado el momento en el que, si callan los discípulos de Jesús, "gritarán las piedras" (Lc 19,30; "Eucaristía 1982").

 

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