lunes, 8 de febrero de 2010

Sábado de la semana 3ª: no estamos libres de culpa, y nos dejamos llevar por señuelos que nos distraen de la auténtica felicidad, pero el Señor es fie

Sábado de la semana 3ª: no estamos libres de culpa, y nos dejamos llevar por señuelos que nos distraen de la auténtica felicidad, pero el Señor es fiel y nos pide que no tengamos miedo, que pidamos perdón, que Él está con nosotros
 
Segundo Libro de Samuel 12,1-7.10-17. Entonces el Señor le envió al profeta Natán. El se presentó a David y le dijo: "Había dos hombres en una misma ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía una enorme cantidad de ovejas y de bueyes. El pobre no tenía nada, fuera de una sola oveja pequeña que había comprado. La iba criando, y ella crecía junto a él y a sus hijos: comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su regazo. ¡Era para él como una hija! Pero llegó un viajero a la casa del hombre rico, y este no quiso sacrificar un animal de su propio ganado para agasajar al huésped que había recibido. Tomó en cambio la oveja del hombre pobre, y se la preparó al que le había llegado de visita". David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: "¡Por la vida del Señor, el hombre que ha hecho eso merece la muerte! Pagará cuatro veces el valor de la oveja, por haber obrado así y no haber tenido compasión". Entonces Natán dijo a David: "¡Ese hombre eres tú! Así habla el Señor, el Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl; Por eso, la espada nunca más se apartará de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado por esposa a la mujer de Urías, el hitita. Así habla el Señor: 'Yo haré surgir de tu misma casa la desgracia contra ti. Arrebataré a tus mujeres ante tus propios ojos y se las daré a otro, que se acostará con ellas en pleno día. Porque tú has obrado ocultamente, pero yo lo haré delante de todo Israel y a la luz del sol'". David dijo a Natán: "¡He pecado contra el Señor!". Natán le respondió: "El Señor, por su parte, ha borrado tu pecado: no morirás. No obstante, porque con esto has ultrajado gravemente al Señor, el niño que te ha nacido morirá sin remedio". Y Natán se fue a su casa. El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y él cayó gravemente enfermo. David recurrió a Dios en favor del niño: ayunó rigurosamente, y cuando se retiraba por la noche, se acostaba en el suelo. Los ancianos de su casa le insistieron para que se levantara del suelo, pero él se negó y no quiso comer nada con ellos.
 
Salmo 51,12-17. Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, que tu espíritu generoso me sostenga: yo enseñaré tu camino a los impíos y los pecadores volverán a ti. ¡Líbrame de la muerte, Dios, salvador mío, y mi lengua anunciará tu justicia! Abre mis labios, Señor, y mi boca proclamará tu alabanza.
 
Evangelio según San Marcos 4,35-41. Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla". Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?". Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?".
 
Comentario: 1. 2S 12,1-7a.10-17. Después del pecado, el arrepentimiento sincero de David. El profeta Natán, que en otras ocasiones le transmite al rey palabras de bendición y promesas, ahora denuncia valientemente su pecado, con ese expresivo apólogo del rico que le roba al pobre su única oveja. David reacciona bien y reconoce su culpa, pidiendo perdón a Dios. El autor del libro interpreta las desgracias que le llegarán a David, en forma de muertes e insurrecciones, como castigo de Dios por su pecado. Además de ese primer hijo con Betsabé, otros más le murieron prematuramente a David: Absalón, Adonías...
-Envió el Señor a Natán donde David. Se trata del mismo profeta que había anunciado a David las maravillosas promesas divinas. Se atreve ahora a ir donde el rey para un mandado muy diferente. Los profetas son la conciencia viviente del pueblo de Dios. Pero su habilidad como educador y su delicadeza son notorias. Natán no condena desde el exterior. Cuenta una parábola y conduce al rey a que tome conciencia por sí mismo y a que sea él mismo quien aporte un juicio sobre su pecado. Gracias, Señor. Ayúdanos a respetar siempre el lento caminar de las conciencias.
-"Tú eres ese hombre". Cuando la conciencia de David se hubo despertado, el profeta sólo tuvo que constatar y autentificar. "Es verdad lo que dices: tú eres ese hombre.» Y esa bonita historia del "pobre y del rico" nos recuerda al mismo tiempo, y una vez más, que Dios, sistemáticamente toma la defensa de los pobres, de los oprimidos, de las víctimas... Si esto nos irrita, es porque nos colocamos a nosotros mismos entre los «ricos». Del mismo modo, si nos escandalizamos de la parábola de la centésima oveja que el pastor busca, abandonando las restantes noventa y nueve, es porque nos situamos entre esas «noventa y nueve». Peor para nosotros. ¡Gracias, Señor. por tomar la defensa de los pobres! ¡Del fondo de mi corazón te digo: "Gracias"! Ayúdame a tomar conciencia de mis pobrezas y Iimitaciones. Ayúdame a no caer jamás en esa terrible pendiente que es la nuestra, que era la de David, que es la de todo hombre, de "aplastar a su hermano". El hombre, víctima del hombre. El fuerte aplastando al débil. El rico aplastando al pobre. Perdónanos. Señor. ¡Tú eres ese hombre! ¿Soy yo? ¿Cuál es mi forma de opresión sobre los demás? ¿De utilización de los otros en provecho propio? Resulta muy fácil condenar a David.
-He pecado contra el Señor. -El Señor perdona tu falta. La verdadera santidad de David es ¡haber sabido reconocer su falta! "Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Devuélveme la alegría de tu salvación. Exímeme de la sangre". Esto es ya como un avance del sacramento de la Penitencia, con el papel del penitente, y el del confesor que escucha la confesión y transmite el perdón divino. Sólo Dios cambia el corazón del pecador: pero ha sido necesaria la mediación de un diálogo, de una conversación con Natán, para que David "se entienda" y haga un juicio más objetivo sobre sí mismo. «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos.» Ese tema del perdón se encuentra a todo lo largo de la Biblia: ¡es una revelación tuya, Señor! «Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» El verdadero sentido del pecado en la Biblia no es solamente un sentimiento de «culpabilidad» moral, no es tan solo la «transgresión de una ley». El pecado no se entiende de veras en su profundidad más que en el marco de las relaciones personales entre el pecador y Dios. Hay que ser un santo, hay que ser muy sensible a Dios, para «pecar» de veras. Muchos hombres, faltos de amor a Dios se quedan al nivel de la transgresión moral. Señor, haz que comprendamos tu amor. Danos el sentido del pecado (Noel Quesson).
Esas alegrías tan breves. “Noches alegres, mañanas tristes; borracho mío…¿dónde estuviste?.” Cada vez más personas los domingos por la mañana (o lo que ellos llaman “por la mañana” ,es decir, hacia las dos del mediodía), mascan en su boca la reseca, el resultado de ese “planazo” propuesto el día anterior y que, casualmente, era el mismo de todos los fines de semana, que dejará huellas en sus neuronas y en su hígado, pero no en su corazón. Buscar la alegría parece difícil, siempre va unida al miedo a que se acabe (“poco dura la alegría en casa del pobre”, por seguir con los dichos), a que la alegría sea un momento y que la época de prueba dure bastante más. Por eso se nos proponen alegrías momentáneas, una tras otra, esperando que no se acaben o, por lo menos, que nos hagan más corta la espera entre un momento placentero y otro, entre una copa y otra, una pastilla y otra, un “rollete” y otro. Hay que “vivir el momento”, “Carpe Diem” que nos grita el “Club de los poetas muertos” y un montón de películas en que se exalta el hacer lo quieras, cuando quieras, pero sin consecuencias posteriores, y que además llenan la vida de “no momentos” pues parece que es imposible “vivir intensamente” la rutina del trabajo, el estudio, los ratos con la familia…, y esos ratos se convierten en “no momentos”.
El “Carpe Diem” del rey David fue Betsabé, aprovechó “tanto” el momento que tuvo un hijo pero ¡a qué precio!, al precio de mandar matar a Urias, al precio de la muerte posterior de su hijo, al precio de perder su relación de amistad con Dios que le había designado rey de Israel. Visto desde fuera parece una barbaridad y alguno exclamará ¡Qué Dios tan cruel!, como David exclamó: “¡Vive Dios, que el que ha hecho esto es reo de muerte!” pero al comprender su pecado sólo le queda buscar la misericordia de Dios, tener ante Dios “un corazón puro”, pues comprende que ese “momento” de su vida con Betsabé no es un hecho aislado, David no tenía “no momentos”, toda su vida era delante de Dios que lo había elegido, lo había ungido y le mantenía en su presencia. Por un instante de placer, de falsa felicidad, sufrió la amargura. Sólo él y Natán comprendieron la profundidad de su pecado y, por seguir con los dichos, “en el pecado llevó la penitencia”.
A nosotros nos toca aprovechar el momento, cada momento, como si fuera el último pero sabiendo que en nuestra vida no hay “no momentos”. Cada cosa que hagas, la más espectacular o la más rutinaria, la haces en la presencia de tu Padre Dios que te quiere en cada instante, que ama – como los padres que miran embelesados los primeros pasos de sus hijos- cada uno de tus pensamientos , de tus acciones, de tus sentimientos.
Te parecerá que esto no es posible, que Dios no puede comprender el ajetreo de tu vida diaria, que estás en medio de un mar proceloso, de una tormenta en la que es imposible encontrarte con Dios, pero escúchale en el fondo de tu alma, el Señor dirá a tanta actividad desordenada: “Silencio, cállate!” y te vendrá una gran calma pues estarás con Jesús, como lo estuvo María, como lo han estado los santos.
¿Quién de nosotros puede sentirse libre de culpa? Dios conoce nuestras maldades, miserias y pecados. ¡Ojalá y con grandes penitencias hubiésemos logrado lavar nuestras culpas! Hay Alguien que, por nuestros pecados, aceptó ir libremente a la muerte para purificarnos y presentarnos libres de culpa ante su Padre Dios. Y por más ayunos, por más sayales que nos hubiésemos puesto, por más oraciones elevadas ante Dios, por nosotros mismos jamás hubiésemos logrado ser perdonados. Por eso no podemos decir que hubiésemos podido evitar que Cristo muriera, pues la Salvación sólo nos llegaría por su Muerte Salvadora. A nosotros corresponde no vivir encadenados al mal, sino aceptar esa salvación que sólo nos viene de Dios por medio de su Hijo. Por eso, reconozcamos con humildad que hemos pecado, confesemos nuestros pecados, aceptemos a Cristo como nuestra única salvación, y Dios tendrá compasión de nosotros y nos dará vida eterna.
 
2. El Salmo 50, el «miserere», que hoy cantamos como salmo de meditación de la primera lectura, cuyo autor desconocemos, aunque se haya atribuido a David, es la oración modélica de un pecador que reconoce humildemente su culpa ante Dios y le pide un corazón nuevo. Es un salmo que resume los sentimientos de tantas personas que, en toda la historia de la humanidad, han experimentado la debilidad pero que se han vuelto confiadamente a la misericordia de Dios. También nosotros somos débiles. No matamos ni cometemos adulterio. Pero si podemos, en niveles más domésticos, aplastar de algún modo los derechos de los demás y tener un corazón enrevesado. Pues bien, somos invitados a reaccionar como David. Podríamos rezar despacio el Salmo 50, aplicándolo a nuestra vida. Cada vez que celebramos la Eucaristía empezamos con un acto penitencial que quiere ser como un ejercicio sencillo de humildad ante la santidad infinita de Dios, mientras que nosotros somos tan imperfectos y débiles. En el Padrenuestro volvemos a pedir a Dios que perdone nuestras ofensas. Y sobre todo en el sacramento de la Reconciliación expresamos nuestra conversión a Dios, le pedimos perdón y nos dejamos comunicar con confianza el triunfo de Cristo en la Cruz sobre el pecado.
Sólo Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Él, el Dios misericordioso, nos dará su salvación y nos renovará para que caminemos ante Él con un corazón puro. A nosotros sólo corresponde ponernos en las manos de Dios y dejarlo llevar adelante su obra de salvación en nosotros. Nuestras buenas obras manifestarán que realmente la salvación ha llegado a nosotros. Y nuestra fidelidad nos hará cada día más dignos de confianza ante Dios que, finalmente, nos confiará los bienes eternos, no sólo para que los disfrutemos, sino para nos esforcemos en hacerlos llegar a los demás. Por eso, habiendo experimentado el amor de Dios, enseñemos a los descarriados los caminos del Señor para que los pecadores vuelvan a Él, pues, desde nuestra experiencia de Dios no estaremos anunciando fábulas ni inventos humanos, sino al Dios vivo y verdadero que se ha hecho cercanía amorosa y misericordiosa para con nosotros.
 
3.- Mc 4,35-40 (ver domingo 12B). Después de las parábolas, empieza aquí una serie de cuatro milagros de Jesús, para demostrar que de veras el Reino de Dios ya ha llegado en medio de nosotros y está actuando. El primero es el de la tempestad calmada, que pone de manifiesto el poder de Jesús incluso sobre la naturaleza cósmica, ante el asombro de todos. Es un relato muy vivo: las aguas encrespadas, el susto pintado en el rostro de los discípulos, la serenidad en el de Jesús. El único tranquilamente dormido, en medio de la borrasca, es Jesús. Lo que es señal de una buena salud y también de lo cansado que quedaba tras las densas jornadas de trabajo predicando y atendiendo a la gente. El diálogo es interesante: los discípulos que riñen a Jesús por su poco interés, y la lección que les da él: «¿por qué sois tan cobardes? ¿aún no tenéis fe?».
Una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme. El aviso va también para nosotros, por nuestra poca fe y nuestra cobardía. No acabamos de fiarnos de que Cristo Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, como nos prometió, hasta el fin del mundo. No acabamos de creer que su Espíritu sea el animador de la Iglesia y de la historia. A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades. Cuando Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana sabe mucho de persecuciones y de fatigas. A veces son dudas, otras miedo, o dificultades de fuera, crisis y tempestades que nos zarandean. Pero a ese Jesús que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. No tendríamos que ceder a la tentación del miedo o del pesimismo. Cristo aparece como el vencedor del mal. Con él nos ha llegado la salvación de Dios. El pánico o el miedo no deberían tener cabida en nuestra vida. Como Pedro, en una situación similar, tendríamos que alargar nuestra mano asustada pero confiada hacia Cristo y decirle: «Sálvame, que me hundo» (J. Aldazábal).
Después de la serie de parábolas, Marcos aborda una serie de milagros. Los cuatro milagros citados aquí por san Marcos no fueron hechos en presencia de la muchedumbre, sino sólo ante los discípulos... para ellos, para su educación. Es algo así como con las parábolas, de las que Marcos cuida varias veces de advertirnos de "que Jesús lo explicaba todo, en particular, a sus discípulos" (Mc 4,10; 4,34).
-Jesús había hablado a la muchedumbre. Llegada ya la tarde dijo a sus discípulos: "Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la muchedumbre, le llevaron según estaba en la barca... Imagino esos instantes de intimidad más tranquilos, en los que Jesús está solo con su grupito. El es quien ha previsto y preparado esos instantes: "pasemos al otro lado". Deja la Galilea, donde desde ahora las gentes están y le acosan. Va a la región pagana, de los Gerasenos, país nuevo donde la Palabra de Dios no ha sonado todavía, país de misión... donde viven nuevos creyentes en potencia y donde hay nuevas conversiones posibles. Va allá "con sus discípulos". Tendrán algo más de tiempo para hablar, con la mente reposada, tranquilamente, lejos de la gente. Señor, si lo quieres, sube a menudo a mi barca, salgamos juntos.
-Se levantó un fuerte vendaval. Las olas se echaban sobre la barca, de suerte que se llenaba de agua. ¡Sorpresa! ¡No, evidentemente, no habían dejado la Galilea para esto! Lo imprevisto de Dios. La ráfaga que empuja la vela y, de repente, sin esperarlo, tumba la barca. El lago Tiberíades parece estar habituado a estos bruscos asaltos inesperados. Dios que confunde. Dios desconcertante. ¿Acepto yo dejarme conducir por Dios, hasta no saber adónde me va a llevar?
-El estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal. ¡Es realmente desconcertante! Humanamente, para llegar a esto, para dormir tranquilamente en lo profundo de la tempestad, se necesita: -Sea un equilibrio natural excepcional... -Sea una fatiga inmensa... Contemplo a Jesús durmiendo, su cabeza sobre el cabezal, en la popa del barco. -Sus compañeros le despiertan y le gritan: "Maestro, ¿no te importa? Estamos perdidos. Admirable escena. Plegaria para ser repetida: un grito... una audaz familiaridad... una pregunta... ¡Cuántas veces tenemos también nosotros esta impresión! Señor, ¿Tú duermes? ¡Despiértate!
-Y despertando, mandó al viento y dijo al mar: "Calla, sosiégate". Y se aquietó el viento y se hizo completa calma. Sueño, Señor, con esa completa calma que siguió... Contigo, ¿cómo temeré?
-Jesús les dijo: "¿Por que teméis? ¿Aún no tenéis fe?" Y sobrecogidos de gran temor se decían unos a otros: "¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?" Es la primera vez que Marcos anota esta cuestión, en el grupo de los discípulos. Cuestión esencial sobre la persona profunda de ese joven rabí con quien se han embarcado: ¿quién es? ¿Para qué clase de aventura? ¿Dónde nos conducirá? Por de pronto no hay respuesta... tienen miedo. Es natural (Noel Quesson).
El Evangelio de este día nos narra cómo los discípulos pierden la calma y vacilan en la fe frente a un acontecimiento natural como una tormenta en medio de la travesía por el mar. Ellos creían que ir con Jesús les hacía estar libres de que alguna calamidad alterara la buena marcha en la travesía. Fue el momento para caer en cuenta que aun junto a él, también las olas se sienten fuertes y hacen estremecer la barca.
Jesús al ver que sus discípulos lo llaman con tanto susto, los interpela y les reprocha haber perdido la calma con tanta facilidad. Ellos estaban acostumbrados a la presencia del maestro. Pero Jesús los lanza a la aventura de poder enfrentarse a la vida con fe, ya que la pérdida de fe es pérdida de rumbo en la buena marcha de los compromisos adquiridos con el maestro.
Mientras transcurre el tiempo de nuestra vida, necesitamos tener fe. Ya que en la medida en que nosotros dudemos seremos presa fácil en mano de nuestros opresores que tienen tanta fuerza como aquel mar que hacía tambalear la barca. Pero una fe solida tendrá la fuerza de destruir toda fuerza que genere división y muerte en medio del pueblo.
La Iglesia debe aunar esfuerzos para luchar por la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Sabiendo que todos los días hay que renovar nuestra fe para no desfallecer en la causa, ya que muchas veces nuestro barco también es tambaleado por la fuerte tormenta del egoísmo, de la desilusión, de la falta de fe... (servicio bíblico latinoamericano).
Hoy, el Señor riñe a los discípulos por su falta de fe: «¿Cómo no tenéis fe?» (Mc 4,40). Jesucristo ya había dado suficientes muestras de ser el Enviado y todavía no creen. No se dan cuenta de que, teniendo con ellos al mismo Señor, nada han de temer. Jesús hace un paralelismo claro entre “fe” y “valentía”.
En otro lugar del Evangelio, ante una situación en la que los Apóstoles dudan, se dice que todavía no podían creer porque no habían recibido el Espíritu Santo. Mucha paciencia le será necesaria al Señor para continuar enseñando a los primeros aquello que ellos mismos nos mostrarán después, y de lo que serán firmes y valientes testigos.
Estaría muy bien que nosotros también nos sintiéramos “reñidos”. ¡Con más motivo aun!: hemos recibido el Espíritu Santo que nos hace capaces de entender cómo realmente el Señor está con nosotros en el camino de la vida, si de verdad buscamos hacer siempre la voluntad del Padre. Objetivamente, no tenemos ningún motivo para la cobardía. Él es el único Señor del Universo, porque «hasta el viento y el mar le obedecen» (Mc 4,41), como afirman admirados los discípulos.
Entonces, ¿qué es lo que me da miedo? ¿Son motivos tan graves como para poner en entredicho el poder infinitamente grande como es el del Amor que el Señor nos tiene? Ésta es la pregunta que nuestros hermanos mártires supieron responder, no ya con palabras, sino con su propia vida. Como tantos hermanos nuestros que, con la gracia de Dios, cada día hacen de cada contradicción un paso más en el crecimiento de la fe y de la esperanza. Nosotros, ¿por qué no? ¿Es que no sentimos dentro de nosotros el deseo de amar al Señor con todo el pensamiento, con todas las fuerzas, con toda el alma?
Uno de los grandes ejemplos de valentía y de fe, lo tenemos en María, Auxilio de los cristianos, Reina de los confesores. Al pie de la Cruz supo mantener en pie la luz de la fe... ¡que se hizo resplandeciente en el día de la Resurrección! (Joaquim Fluriach Domínguez).
Jesús es Dios-con-nosotros. ¿Creemos realmente esto? Si es así entonces no podemos tener miedo ni aunque se levante una tempestad tormentosa que quisiera acabar con nosotros. Al proclamar el Evangelio del Señor tratamos, como instrumentos del Espíritu Santo que habita en nosotros, de suscitar la fe en Jesús. Tal vez este anuncio sea acompañado de señales que ayuden a comprender que no vamos en nombre propio, sino en Nombre de Dios. Pero finalmente esas señales no son tan importantes cuanto sí lo ha de ser el lograr la finalidad del Evangelio: Que Jesús sea reconocido como Dios y como el único Salvador de la humanidad. Vivamos confiados en Dios y dejémonos conducir por su Espíritu para que al anunciar su Nombre a los demás no queramos hacer nuestra obra, sino la obra de Dios para que todos encuentren en Cristo el camino que nos conduce al Padre.
Nos reconocemos pecadores; pero sabemos que Dios nos sigue amando. Con humildad nos acercamos a Él, confundidos por nuestra maldad, para pedirle que tenga misericordia de nosotros por la Sangre que su Hijo derramó por nosotros. Y Dios ha tenido misericordia de nosotros; nos ha perdonado y nos ha recibido nuevamente en su casa como a hijos suyos. Nuestro encuentro con Él en esta Eucaristía es el momento culminante de su amor y de su perdón. Por eso nos acercamos a Él llenos de gratitud, pues no nos abandonó a la muerte ni dejó que nuestra vida se hundiera en la maldad. Dios nos pide, así, que no nos detengamos, sino que sigamos con paso firme, fortalecidos con su Espíritu Santo, hasta que alcancemos la otra orilla donde nos encontraremos definitivamente en la casa eterna de nuestro Padre Dios.
Mientras caminamos por este mundo debemos esforzarnos porque el Reino de Dios y la misericordia de nuestro Padre llegue a todos, pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios jamás se ha olvidado de nosotros; Él va siempre como compañero de viaje en nuestra vida. Sin embargo Él no está con nosotros para suplir lo que a cada uno corresponde realizar en la vida. Cada uno de nosotros debe aportar todo su esfuerzo, toda su vida para construir un mundo que no se quede estancado en la maldad, ni se resigne con las realizaciones logradas; siempre será necesario ir más allá, hasta que, por obra y gracia de Dios, logremos llegar a la perfección del mismo Dios conforme a la invitación de Jesús: Sean perfectos como su Padre Dios es perfecto. Sabemos que esto no lo lograremos en esta vida, pero sí debemos hacer de nuestro mundo un signo cada vez más claro del Reino de Dios por el amor fraterno, en que todos disfrutemos de la Paz y vivamos la solidaridad, la comunión fraterna y la justicia social.
Roguémosle a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir totalmente comprometidos con su Reino, pidiéndole al mismo Dios que nos purifique de todo pecado para que siempre pasemos haciendo el bien a todos siguiendo las huellas de Jesús, nuestro Salvador. Amén (www.homiliacatolica.com).
 
 

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