miércoles, 17 de febrero de 2010

Lunes de la semana 6ª: la sabiduría de Dios está en Jesús, no hay que pedir otro signo sino Él, y seguirle como camino

Lunes de la semana 6ª: la sabiduría de Dios está en Jesús, no hay que pedir otro signo sino Él, y seguirle como camino

 

Epístola de Santiago 1,1-11. Santiago, servidor de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de la Dispersión. Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que vosotros lleguéis a la perfección y a la madurez, sin que os falte nada. Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, que la pida a Dios, y la recibirá, porque él la da a todos generosamente, sin exigir nada en cambio. Pero que pida con fe, sin vacilar, porque el que vacila se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento. El que es así no espere recibir nada del Señor, ya que es un hombre interiormente dividido e inconstante en su manera de proceder. Que el hermano de condición humilde se gloríe cuando es exaltado, y el rico se alegre cuando es humillado, porque pasará como una flor del campo: apenas sale el sol y calienta con fuerza, la hierba se seca, su flor se marchita y desaparece su hermosura. Lo mismo sucederá con el rico en sus empresas.

 

Salmo 119,67-68.71-72.75-76. Antes de ser afligido, estaba descarriado; pero ahora cumplo tu palabra. Tú eres bueno y haces el bien: enséñame tus mandamientos. Me hizo bien sufrir la humillación, porque así aprendí tus preceptos. Para mí vale más la ley de tus labios que todo el oro y la plata.Yo sé que tus juicios son justos, Señor, y que me has humillado con razón. Que tu misericordia me consuele, de acuerdo con la promesa que me hiciste.

 

Evangelio según San Marcos 8,11-13. Entonces llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: "¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo". Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.

 

Comentario: St 1,1-18. Empezamos hoy la lectura de la Carta de Santiago que nos acompañará durante dos semanas. Aunque este escrito se conoce con el nombre de Santiago el pariente de Jesús y primer responsable de la comunidad de Jerusalén no es segura esta atribución porque ya conocemos la tendencia de los autores antiguos a ampararse bajo el nombre de alguien conocido y aceptado. Es una carta de un cristiano muy conocedor y amante de la espiritualidad judía continuamente basada en citas del AT y dirigida a los cristianos convertidos del judaísmo y que ahora están esparcidos: «las doce tribus dispersas». Más que una carta es una exhortación homilética sobre el estilo de vida que deberían llevar los seguidores de Jesús. Sus consignas son muy concretas, sacuden el excesivo conformismo y son de evidente actualidad para nuestras comunidades de hoy como iremos viendo: la fortaleza ante las pruebas, la relatividad de las riquezas, la no acepción de personas. Hoy iniciamos la lectura de esta carta, sin apenas prólogo, con una serie de consejos prácticos: saber aprovechar las pruebas de la vida, que nos van haciendo madurar en la fe; dirigir con confianza y perseverancia nuestra oración a Dios; no estar orgullosos precisamente de las riquezas, si las tenemos, porque son flor de un día.

Nos conviene escuchar estos consejos de sabiduría cristiana. Las pruebas de la vida las deberíamos aceptar con elegancia espiritual, porque nos ayudan a purificarnos, a crecer en fe y a dar temple a nuestro seguimiento de Cristo. No se trata de que vayamos buscando sufrimientos, ni de que adoptemos una postura pasiva y resignada, sino de que ejercitemos nuestro aguante cuando vienen, sin exagerar posturas trágicas y depresivas. El salmo recoge este valor de las pruebas de nuestra vida: «Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos; tus mandamientos son justos, con razón me hiciste sufrir». Desde luego, es difícil lo que pide Santiago: ¿quién llega a alegrarse de las pruebas de la vida? Una de las cosas que más podemos pedir a Dios en nuestra oración es la verdadera sabiduría: «En caso de que alguno de vosotros se vea falto de acierto, que se lo pida a Dios». Cuántas veces en nuestra vida debemos tomar decisiones, personales y comunitarias, y experimentamos la dificultad de un buen discernimiento. Santiago nos invita, en estos casos y cuando nos vienen las pruebas, a orar con fe, sin titubear. Recordamos la escena de Pedro que se lanzó al agua para acercarse a Jesús, pero dudó y se empezó a hundir: le salió espontánea una oración breve y humilde: «Señor, sálvame». Esta verdadera sabiduría la aplica la carta a un tema que se repetirá después: los ricos no tienen por qué estar demasiado orgullosos, porque no hay cosa más efímera que la riqueza. Santiago no duda en decir que el de condición humilde tiene una «alta dignidad», mientras que la del rico es una «pobre condición», al contrario de lo que este mundo insiste en decirnos; nos hace bien relativizar las cosas exteriores y llamativas.

La carta atribuida a Santiago (cf., por ejemplo, Mt 13,55; 27,56; Gál 1,19) aparece como un mosaico o concatenación de temas diversos. El primer eslabón representa el comienzo, y el último indica el final, de modo que la carta carece prácticamente de prólogo y de epílogo. El autor, cualquiera que sea, se presenta más como predicador que como hombre preocupado por cuestiones teóricas. Se le adivina apoyado sólidamente en la fuerza de una lógica precisa y contundente: de aquello que uno cree se deduce con inexorable claridad lo que hay que hacer. Si de verdad crees eso, tienes que comportarte de esta forma determinada. La evidencia de sus razonamientos se apoya en la vida misma, que es su fuente. De este modo, se pone de manifiesto sin la menor sombra de duda cómo la fe probada se aquilata, al tiempo que robustece al creyente mismo (vv 2s). La firmeza, en coherencia consigo mismo, llevará al creyente a una manera perfecta de actuar (4). ¿Quién no ve que la sabiduría es un don y, por tanto, viene de Dios? Si es un don de Dios, hay que pedirlo para alcanzarlo. Pero es preciso pedirlo con fe, sin dudar de que será concedida. No tiene sentido pedir algo a Dios si se duda de que lo conceda (5-7). La fugacidad y caducidad de la vida: «El rico se marchitará... como flor de heno»; también, aunque no lo diga, pasará «el hermano pobre» (9-11). «La corona de la vida» se promete «al hombre que resiste la prueba» (12). De hecho, el predicador anima a luchar contra la tentación. Pero ¿qué será de los débiles que sucumban a la tentación? De éstos, ni una palabra. Es un ejemplo de la innata habilidad de los predicadores, que tratan de atraer la atención de los oyentes hacia lo que les interesa. Evidentemente, nadie debe decir que es tentado por Dios (13-15). Predicar es un arte; pero la evidencia que implica corre el riesgo de escamotear cuestiones de fondo que tal vez no son tan teóricas como podría parecer. Por ejemplo, ¿cómo se debe entender la realidad del hombre que «es tentado por sus propias concupiscencias»? Todo lo que es bueno y perfecto «viene de arriba», del padre de los astros, en el cual «no hay fases ni períodos de sombra», a diferencia de lo que ocurre con la luz del mundo (M. Gallart).

Dios nos conceda su Sabiduría para no apegarnos a las cosas pasajeras, ni pedir, en la oración, cosas perecederas, pues las cosas de este mundo hoy son y mañana desaparecen como las flores del campo que, al calor del sol se caen y se acaba su belleza. Depositar en ellas nuestro corazón es construir nuestra vida sobre un banco de arena y no sobre roca firme. Si lo pasajero nos ha deslumbrado y vagamos sin un rumbo bien definido hacia nuestra perfección en Cristo, pidamos a Dios que nos conceda la Sabiduría necesaria para saber ser fieles a su Palabra, que nos santifica y poder, así, rectificar nuestros caminos. Pero si pedimos esa Sabiduría que procede de Dios es porque realmente estamos decididos a darle un nuevo rumbo a nuestra vida. Quien titubea en su oración está manifestando la máxima inmadurez respecto a decidirse a caminar en el bien. Efectivamente la oración no puede reducirse sólo a la adoración y alabanza de Dios, y a la petición del perdón de nuestros pecados; si no pedimos a Dios su fortaleza para que nuestra vida se convierta en un signo de su amor; y si no nos decidimos a emprender ese camino es muy probable que hayamos desperdiciado nuestro tiempo ante el Señor. No tengamos miedo a tener que padecer en la conquista del bien. Más bien veamos los momentos difíciles, y las tentaciones, como la oportunidad que Dios nos concede para afianzarnos cada vez más en su amor y en el amor que le debemos a nuestro prójimo.

2. Sal 118. Muchas veces es necesario pasar por el crisol de la prueba para reconocer el amor que Dios nos tiene. Dios siempre vela por nosotros como un Padre lleno de amor y de ternura. Él jamás da ni dará marcha atrás en el amor que nos tiene, pues lo que Dios da lo da de una vez y para siempre. Si nosotros hemos vivido como ovejas descarriadas y sólo mediante la prueba nos acordamos del Señor, hemos de ver que incluso esos momentos difíciles Dios los permite para que reflexionemos y volvamos a Él, como el hijo pródigo decide volver cuando se encuentra en una gran penuria, después de haberlo poseído todo. En los momentos de prueba no nos desesperemos, ni le reclamemos a Dios; escuchemos más bien sus palabras que nos dirige diciéndonos que si lo ha permitido es porque está celoso de nosotros, que lo abandonamos para irnos tras los ídolos, que nosotros mismos nos inventamos. Pero Dios no nos abandonará a nuestra suerte; Él escucha nuestra voz y sale a nuestro encuentro para perdonarnos. Ojalá y en adelante caminemos en su presencia como hijos fieles a su amor y no como hijos rebeldes.

3.- Mc 8,11-13. A Jesús no le gusta que le pidan signos maravillosos, espectaculares. Como cuando el diablo, en las tentaciones del desierto, le proponía echarse del Templo abajo para mostrar su poder. Sus contemporáneos no le querían reconocer en su doctrina y en su persona. Tampoco sacaban las consecuencias debidas de los expresivos gestos milagrosos que hacía curando a las personas y liberando a los poseídos del demonio y multiplicando los panes, milagros por demás mesiánicos. Tampoco iban a creer si hacía signos cósmicos, que vienen directamente del cielo. El buscaba en las personas la fe, no el afán de lo maravilloso.

¿En qué nos escudamos nosotros para no cambiar nuestra vida? Porque si creyéramos de veras en Jesús como el Enviado y el Hijo de Dios, tendríamos que hacerle más caso en nuestra vida de cada día. ¿También estamos esperando milagros, revelaciones, apariciones y cosas espectaculares? No es que no puedan suceder, pero ¿es ése el motivo de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Cristo Jesús? Si es así, le haríamos «suspirar» también nosotros, quejándose de nuestra actitud. Deberíamos saber descubrir a Cristo presente en esas cosas tan sencillas y profundas como son la comunidad reunida, la Palabra proclamada, esos humildes Pan y Vino de la Eucaristía, el ministro que nos perdona, esa comunidad eclesial que es pecadora pero es el Pueblo santo de Cristo, la persona del prójimo, también el débil y enfermo y hambriento. Esas son las pistas que él nos dio para que le reconociéramos presente en nuestra historia. Igual que en su tiempo apareció, no como un rey magnifico ni como un guerrero liberador, sino como un niño que nace entre pajas en Belén y como el hijo del carpintero y como el que muere desnudo en una cruz, también ahora desconfió él de que «esta gente» pida «signos del cielo» y no le sepa reconocer en los signos sencillos de cada día. «Mira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala como aceptaste los dones del justo Abel» (plegaria eucarística I; J. Aldazábal).

Es todavía hoy opinión común que los enemigos clásicos de Jesús fueron los fariseos. En todas las lenguas modernas, palabras como "fariseísmo" o "farisaico" significan falsedad e hipocresía. Pero, considerando con atención los elementos históricos, no es muy probable que los miembros de esta secta religiosa hayan sido sistemáticamente hostiles al profeta de Nazaret, cuyas ideas estaban muy cerca de las suyas en muchos puntos. Los fariseos se convirtieron en el símbolo principal de la hostilidad anticristiana solamente en el último tercio del siglo primero. Refiriéndose ahora al segundo evangelio, descubrimos que su autor no considera a los fariseos como los principales adversarios de Jesús, aunque los maltrata bastante. Esta relativa moderación de Marcos con respecto a los fariseos hace pensar en una fecha bastante anterior para su redacción; Marcos presenta a los fariseos como adversarios de Jesús en Galilea, mientras que fuera de ella tienen una parte mucho menos importante (10,12; 12,13). Ahora bien, había un grave punto de fricción entre Jesús y los fariseos. El segundo evangelista pone muy de relieve esta diferencia, y por eso está muy preocupado en presentar a Jesús como hijo del hombre y no como mesías triunfal. Este presupuesto está presente en los relatos taumatúrgicos de nuestro evangelio. Jesús hace milagros no para asombrar a la pobre gente, sino para informarle que la gran noticia se refiere realmente a su liberación total. Por eso los milagros se refieren siempre a la liberación del hombre: de la enfermedad, de la muerte, de la angustia. Por el contrario, en la cristología farisea se insistía mucho sobre los aspectos triunfalistas del futuro Mesías. Este es el sentido de la pretensión de los fariseos, que le piden "que haga aparecer una señal en el cielo", o sea, una exhibición cósmica que obligue a obedecer a los espectadores al glorioso dictador celestial. Jesús se encuentra entre la indignación y el estupor: "¿Por qué esta generación reclama una señal?" En el Nuevo Testamento la expresión "esta generación" denota siempre un juicio negativo (Mc 8,38; 9,19; Mt 12,39-45; 16,4; 17,17; Lc 9,41; 11,29; Fil 2,15). El sentido temporal pasa a segundo plano, mientras que se subraya el contenido humano colectivo; quizá la traducción más cercana podría ser la expresión moderna: "esta gente". Jesús afirma en forma solemne que el poder salvífico de Dios no se manifestará a través de una exhibición fulgurante. A través de los siglos las iglesias caerán constantemente en esta tentación "farisaica": buscar y ofrecer señales asombrosas que hagan callar a sus adversarios. Es curioso notar que esta tentación les viene a las iglesias en momentos críticos de decadencia de su fe: no teniendo que ofrecer a los "otros" testimonios vivos y reales de desalienación, intentan callarles la boca mediante supuestos fenómenos sobrenaturales, muy lejos del espíritu de los milagros de Jesús, y muy cerca de los resultados de la moderna ciencia de la parapsicología (edic. Marova). A veces hay cosas extraordinarias, como las apariciones de la Virgen en Lourdes o Fátima, con un mensaje especial para hacernos pequeños, para cambiar el curso de la historia, pero solemos observar a gente que rastrea los fenómenos y misticismos de un lado a otro, por fuera y en su alma. Necesitan "probar" así la presencia de Dios. Así se mitifican las hazañas de los pueblos, con leyendas que hablan de orígenes divinos. Pienso que lo mismo ocurre en Israel, cuando ponen en nombre de Dios la orden del anatema, de matar a todos, costumbre bárbara de la época y que necesitan poner un origen divino, en la conquista de aquellas tierras y en la consiguiente matanza. Y así se pedía "el juicio de Dios" en hacer pasar a gente sobre ascuas ardientes, o en duelos a caballo o a espada o a pistola, que la Iglesia prohibía. "No tentarás al Señor tu Dios", oiremos dentro de unos días decir a Jesús ante la tentación del desierto…

Jesús nos da un signo... Con este leit motiv va a jalonar su relato Marcos. Todavía al pie de la cruz, se exigirá a Jesús que baje de ella para fundamentar con ese signo la fe en su misión: "¡baja de la cruz!" Siempre cosas extraordinarias... cuando un ejército gana una guerra, se mitifica frecuentemente la figura del vencedor, dejando de lado el mérito de los compañeros para ensalzar al líder, que se vuelve cada vez más divino. Así pasa con los caudillos. Y se espera de ellos algo grande, signos, milagros. Jesús debe ofrecer pruebas de sus pretensiones. Cuando reclaman un signo del cielo, los fariseos exigen que Dios dé directamente una prueba de la mesianidad de Jesús. Como representantes de la religión, deben pronunciarse, y quieren apoyar su opinión en hechos irrefutables. (...) No habrá más signo que la vida de este hombre. Este es el gesto que manifiesta que Dios actúa: la vida de un hombre. Ya en la mañana del universo, Dios se había reconocido a sí mismo en la vida del hombre; la vida se había convertido en la imagen de Dios. Y hoy, en este hombre de Nazaret vuelve a encontrar Dios su primer retrato. No se dará otro signo que la obediencia del Hijo, es decir, una vida vivida, sin reticencias, bajo la inspiración del Espíritu. La vida de este hombre habla por sí misma, no requiere demostración alguna. Estos son los signos de los tiempos: un hombre que ama, que habla de perdón, que no acabará de romper la caña quebrada; un hombre que, en la cara a cara de la oración, llama "Padre" a Dios. (...) Un signo que es una vida de hombre, porque sólo el testimonio -la vida, quiero decir- puede ser la invitación, invención, promesa.

Dios no podía dar más signo de salvación que la vida entregada de su Predilecto, que llega hasta las últimas consecuencias del amor. Un signo, un testimonio: también nuestra vida de hombres puede serlo. Nuestra serenidad, en efecto, puede convertirse en palabra de esperanza. Nuestra constancia en buscar el bien puede atestiguar nuestra fidelidad a la llamada recibida. Nuestra sencillez puede manifestar ya que todos participamos del mismo Espíritu. ¿Qué este signo es muy modesto? Pero tened en cuenta esto: Dios no puede dar otro, pues desde el primer día se identificó con la vida (Sal Terrae).

Los fariseos permanecen allí: se diría que cuantos más milagros hace Jesús, ¡menos aceptan creer.

-Los fariseos se pusieron a discutir con Jesús... para probarle... Se han bloqueado a priori. No vienen para aclarar las cosas, para discutir noblemente... sino para "tender un lazo", para "tentar". La palabra griega usada por Marcos es la misma de la tentación en el desierto: "fue tentado por Satanás" (Mc 1, 13) "Los fariseos le interrogan para tentarle." Jesús pues conoció esto... Estar rodeados de gentes que quieren perdernos, que buscan hacernos dar un paso en falso, que espían nuestros errores o imperfecciones naturales para ponerlos en evidencia. Recientemente, queriendo exaltar la perfección divina de Jesús, se han minimizado las tentaciones de Jesús, reduciéndolas a algunos pocos momentos de su vida y sobre todo considerándolas como muy exteriores a su conciencia íntima. Ahora bien, constatamos que la "tentación" fue constante en su vida. Jesús ha tenido que estar a menudo en estado de alerta, de combate, de debate interior.

-Le pedían una "señal del cielo." ¡Ahí está! Es la misma tentación grave del desierto: "haz que estas piedras se conviertan en panes... échate abajo desde lo alto del Templo..." La misma tentación renace en la conciencia de Jesús: "¡Muestra quién eres! ¡Haz milagros! ¡Pon en obra tu poder divino! ¡Fuerza a las gentes a creer en ti!" Esta tentación, toda proporción guardada, acerca Jesús a nosotros: gracias, Señor, de haber conocido esto. San Pablo, Fil 2,5, aclara este debate interior de Cristo. "El, que siendo de condición divina no conservó codiciosamente el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres..." Y es también la misma tentación en la agonía de Getsemaní: "que se aleje de mí este cáliz"... es la tentación de rechazar la vía de la cruz como medio de Salvación, es la tentación de salvar el mundo por medios más fáciles y menos costosos: "Vamos, danos una señal del cielo". Cada vez que quisiéramos en nuestras vidas suprimir las dificultades, nos encontramos con esta misma tentación.

-Jesús suspiró profundamente y dijo... Ya hemos encontrado este "suspiro" en la curación del "sordo tartamudo" (Mc 7,34). Hay que procurar imaginar este "gemido", esta queja expresada como en el desaliento: "¡No llegarán nunca a comprender!"

-¿Por qué pide señales esta generación? Jesús acaba de hacer unos "signos", acaba de alimentar a 4.000 hombres con 7 panes ¡y con los restos se llenaron 7 canastas! Confesemos que un tal endurecimiento del corazón, una ceguera semejante es descorazonante. "Esta generación", esta expresión, en la boca de Jesús es un término de condenación, que hace alusión a la "generación del desierto" que contestó a Dios, que puso a Dios a prueba reclamando siempre nuevas muestras de poder divino. "Cuarenta años me asqueó aquella generación... cuando me tentaron vuestros padres, a pesar de haber visto mis obras..." (Sal 95,9-10).

-"En verdad os digo que no se le dará ninguna otra señal a esta generación." Y dejándolos, se embarcó de nuevo hacia la otra ribera del lago. Gesto de decepción. Vayamos más lejos. Jesús sufre. Tiene delante de El unos corazones cerrados. Ni siquiera se puede discutir. Por lo tanto huyamos. Pasemos a la otra ribera (Noel Quesson).

La actitud de Jesús debe ser considerada como una negación al poder. No tiene afán de convencer a quienes miden la grandeza de las personas por su capacidad de mando y de dominio. Jesús con sus actos siempre quiso demostrar cómo la entrega y el servicio, dentro de un marco de amor-misericordia, son los principales requisitos para llamarse seguidores de Dios. El no habló de un Dios que ostenta poderío y que está del lado de los fuertes, habló de un Dios que acompaña y apoya a los débiles y a los explotados. Llamarse seguidores del Reino que propuso Jesús, es entregarse a la causa de la fraternidad universal, que pasa por favorecer a los empobrecidos, los que son considerados por la sociedad actual como poco importantes, carentes de valor, de poderío. La propuesta de Jesús es grandiosa por la exigencia que hace a nuestra humanidad de vivir en continuo compromiso con la misericordia, lejos de todo orgullo, ambición de riquezas o deseo de mando.

"Señor, en aquella rama hay un cuervo. Sé que tu majestad no puede rebajarse hasta mí. Pero necesito una señal. Ordena a ese cuervo que emprenda el vuelo. Así sabré que no estoy solo en el mundo. Y observé al pájaro. Pero siguió inmóvil. Me incline de nuevo sobre la roca. Señor, tienes razón. Tu majestad no puede ponerse a mis órdenes. Si el cuervo hubiera emprendido el vuelo, yo me sentiría triste aún, porque este signo lo habría recibido de alguien igual a mí mismo; sería el reflejo de mis deseos. Y de nuevo me habría encontrado en mi propia soledad. En aquel preciso instante, mi desolación se convirtió en una inesperada alegría" (A. de Saint-Exupery). Y yo añado: el que no se contenta es porque no quiere, pues el que es de carácter optimista tiene razones para contentarse siempre… Posiblemente muchos de nosotros todavía andamos, en el fondo de nuestro corazón, a la búsqueda de un signo, del signo, que nos confirme definitivamente en la fe. Es que la duda nos hace temblar a veces. Sentimos el poder de los opresores. Experimentamos la injusticia. Y nos preguntamos si será que este mundo es así, que no tiene remedio. No son malas estas dudas cuando al final, como al autor de nuestro cuento, nos invitan a crecer en la fe y en la esperanza. Lo malo es cuando queremos desafiar a Dios. Lo malo es cuando queremos hacer de él un juguete en nuestras manos. Ningún signo que hiciera sería suficiente para satisfacer nuestras exigencias. Cuando eso sucede, Dios sencillamente desaparece de nuestras vidas. Sólo cuando le aceptamos como es, vuelve a aparecer y nuestra desolación se convierte en alegría  (servicio bíblico latinoamericano).

Uno de las ideas del fariseismo era el que esperaban un Mesías "triunfalista" en donde los milagros no fueran el signo de la liberación del hombre del pecado, del dolor y de la angustia, sino el signo del poder de Dios sobre sus enemigos. Por ello san Marcos tiene siempre presente en su evangelio presentarnos la correcta imagen de Jesús. Los fariseos quieren una señal prodigiosa… El problema es que ya se las ha dado pero no la han reconocido. Esta actitud se mantiene aun en muchos cristianos, que continúan buscando un "super Mesías" que sea capaz de cumplir todos sus caprichos. Un Mesías que les resuelva la vida a base de milagros y hechos prodigiosos. Son hermanos que siempre andan a la caza de milagros, de apariciones, de todo lo que suena a "extraordinario". Debemos recordar que nuestro Mesías, Jesús, el Hijo de Dios, se manifiesta de manera discreta en medio de nuestra vida y que ha escogido precisamente lo débil para confundir a los poderosos. ¿Seremos todavía de los que piden a Jesús una señal para creer o para amarlo? (Ernesto María).

San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte) doctor de la Iglesia, en su Sermón (126,3-4) se pregunta "¿Por qué pide esta generación una señal?" (Mc 8,12) y dice: "Aquí vemos dos cosas: por una parte las obras divinas y por otra, un hombre. Si las obras divinas no pueden ser realizadas sino por Dios, ¡presta atención y mira si acaso Dios se esconde en este hombre! Sí, ¡estate atento a lo que ves y cree lo que no ves! Aquel que te ha llamado a creer no te ha abandonado a tu suerte; incluso si te pide creer lo que no ves, no te ha dejado sin ver algo que te ayuda a creer lo que no ves. ¿La misma creación ¿es un signo débil, una manifestación débil de creador? Además, aquí lo tienes haciendo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre, pues Dios se hizo hombre para que sea una sola cosa aquello que tú ves y que tú crees".

Los fariseos al pedir señales del cielo plantean una tentación. Es obligar a Dios a satisfacer las exigencias caprichosas de los seres humanos. Ya en las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-10) había quedado claro que no es esta la manera como se revela Dios. Los fariseos no entienden que Jesús mismo es el signo que piden; que todo lo que ha dicho y hecho son los signos que lo revelan como el Hijo de Dios. En Jesús ha comenzado el Reino de Dios. Ante tanta sordera y ceguera, Jesús suspira por la incredulidad de unos hombres incapaces de ver a Dios en su palabra y sus obras. La respuesta de Jesús comienza con una pregunta denominando a sus adversarios como "esta generación". esta expresión, tiene en el AT una connotación negativa. Así se le llama a la generación del diluvio (Gen 7,1), a la generación de Moisés (Sal 95,10) o a la generación desobediente y dura frente a las exigencias de Dios (Jer 8,3). También en el Nuevo Testamento denota un juicio negativo (Mc 8,38; 9,19; Mt 12,39-45; 16,4; 17,17; Lc 9,41; Flp 2,15).

Jesús continúa su respuesta con la fórmula "en verdad les digo". La expresión "en verdad" reproduce la palabra hebrea "amén", que significa "firme" pero que generalmente era utilizada para responder afirmativamente a la palabra de otra persona. También el significado de "así es". Por eso, cuando Jesús dice estas palabras, su enseñanza adquiere una firmeza singular. Aquí la aseveración es clara y tajante: a esta generación, la que como los fariseos no quiere creer en la revelación personal del Dios de la vida, no se le dará ninguna señal, porque su problema es la incredulidad, y a quien no quiere creer no hay señales que valgan. Jesús no soporta la exigencia de un signo de parte de Dios estando precisamente frente al signo, por esto, decide dar la espalda a las autoridades judías e irse a la "otra orilla", es decir, volver a tierras paganas.

En momentos críticos uno quiere recurrir a recursos extraordinarios para no sucumbir ante las pruebas. Entonces se puede echar mano de la sicología de las masas, se pueden inventar supuestas revelaciones, se puede intentar hacer curaciones o utilizar algunos otros medios que impacten a las multitudes y las hagan venir hacia nosotros. Pero tarde que temprano todo el teatro que se haya armado quedará descubierto y vendrá la ruina total. Jesús nos pide que no demos señales para convencer a los demás de adherirse a nuestras ideas, incluso religiosas, pues los milagros son un regalo que Dios nos hace y no se pueden convertir en una manipulación de los demás. Él quiere que nosotros mismos seamos esa señal; pues nuestras buenas obras deben apuntar hacia Cristo. Hacia Él nos dirigimos; y lo hacemos en serio, con todo el compromiso de quien proclama la Palabra de Dios y da testimonio de que ella ha sido eficaz en el que la anuncia. Cuando buscamos o damos otro tipo de señales estamos dando a entender que vivimos con mucha inmadurez nuestra fe y que necesitamos muletas o sillas de ruedas para movernos. Si, incluso, Dios nos permitiera hacer milagros, no podemos hacerlos para causar admiración hacia nosotros mismos sino para fortalecer, con toda sencillez, la fe de los demás; pues no somos nosotros, sino Dios quien ha de hacer su obra de salvación por medio nuestro, liberándonos de toda esclavitud al mal.

La prueba más grande de que Dios nos ama consiste en que, siendo nosotros pecadores, nos envió a su propio Hijo, el cual entregó su vida para liberarnos de la muerte y de la esclavitud al pecado. Esto es lo que celebramos en esta Eucaristía. Dios nos ama. Dios es Dios-con-nosotros. Dios no sólo se ha hecho cercano a nosotros, sino que ha hecho su morada en nosotros mismos. Sabemos que, a pesar de que el Señor habita en nosotros y va con nosotros, sin embargo jamás desaparecerán las pruebas por las que tengamos que pasar. Nuestra vida constantemente está sometida a una serie de tentaciones que, al ser vencidas con la Fuerza que nos viene de lo Alto, el Espíritu Santo, nos harán madurar en la perfección que nos asemeje, de un modo cada vez mejor y más claro, a nuestro Dios y Padre. La Alianza y Comunión de Vida que volvemos a hacer nuestras en esta Eucaristía, lleva a cabo esta obra del amor de Dios y de su salvación en nosotros.

Es fácil abrir el corazón a todo aquello que se conforma a nuestros propios intereses. Si encontramos personas que apoyen nuestra forma de pensar y actuar, aun cuando sean desordenadas, decimos que son gente buena, que nos comprende y que merece todo nuestro respeto. Sin embargo, cuando realmente confrontamos nuestra vida, nuestras obras y actitudes con el Evangelio de Cristo, nos damos cuenta de que debemos corregir muchas cosas. Y si alguien nos hace un fuerte llamado para que, abandonando nuestros caminos de maldad, nos volvamos hacia Dios nos revelamos y le pedimos que respete nuestra libertad (¿no será mas bien nuestro libertinaje?). Ojalá y el Señor no se aleje de nosotros dejándonos a merced de nuestros vanos pensamientos y de nuestras pasiones desordenadas. Abramos nuestro corazón a la Sabiduría de Dios para que podamos actuar guiados por los criterios del bien, del amor, de la verdad, de la justicia. No nos quedemos en una fe aparente movida por cualquier viento.

Pidámosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos dé la firmeza suficiente en la fe que hemos depositado en Él. Que fieles al Señor y a sus enseñanzas nosotros mismos, con una vida recta, seamos la mejor prueba de que el amor de Dios puede transformar al hombre y hacer que todos lleguemos a la unidad querida por Cristo y que debe tener sus raíces firmemente hundidas en el amor fraterno. Amén (www.homiliacatolica.com).

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