sábado, 27 de febrero de 2010


Día 11º. SÁBADO PRIMERO (27 de Febrero): Amar es la ley de los hijos
 
Moisés habló al pueblo de la Alianza, el pacto que hizo con Dios, diciendo: “Hoy el Señor tu Dios te manda que cumplas estas leyes... Guárdalas y cúmplelas con todo el corazón y con toda el alma. Hoy te has comprometido con el Señor a que Él sea tu Dios; a ir por sus caminos; a observar sus leyes...; y a escuchar su voz. Y hoy el Señor se compromete a que seas su pueblo propio, como te lo había prometido... Él te elevará por encima de todas las naciones que ha hecho, en gloria, renombre y esplendor...” Las palabras de amistad entre Yahvé y su pueblo elegido tienen intimidad, compromiso y gran ternura. "Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo". ¡Qué bonito, ser del Señor, de los suyos, de su gente!
Jesús nos dirá que somos mucho más: ¡somos de la familia de Dios, hijos de Dios! Y nos quiere con locura; entonces ya solo vale la ley del amor, porque todos somos hermanos. Cuentan de Carlitos, con sus cuatro años, que está enfermo. Su madre está constantemente pendiente de él. El pequeño, sintiendo el cariño de su madre, le echa las manos al cuello y le dice:
-Mamá, te quiero mucho. Te quiero con todo “tu” corazón.
-No se dice con todo “tu” corazón. - Corrige la madre-. Tienes que decir con todo “mi” corazón.
El pequeño, que sabe perfectamente lo que quiere decir, rectifica a su vez:
-No, mamá. Con el tuyo que es más grande. El mío es pequeñito.
“Con todo tú corazón”. Al crío le parecía poca la capacidad de su corazón para el amor que quería dar a su madre. Malo si no nos parece poca la capacidad de amor del nuestro, para todo lo que Dios nos merece y le debemos a Él y a los demás.
Poder amar con el corazón de Dios, eso es algo grande, pero es eso lo que pasa: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo, que se nos ha dado”. Por eso amar es tener un cachito de Dios, y podemos amar como Jesús: “como yo os he amado”. Y por eso Jesús lleva la Ley a la plenitud; dijo: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos… sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».
Una vez hemos quitado las malas hierbas de nuestra alma, queremos arar la tierra y convertirnos, darnos la vuelta, como se hace con la hierba mala, que sirve para abono. Así los pecados sirven para hacernos humildes, pedimos perdón y nos hacen más santos. La primera semana de Cuaresma se recordaba también la siembra en el campo. Queremos sembrar la bondad de Dios y su palabra, el amor, brote en nosotros el don de Dios, la santidad.
A Jaimito le regalan una bicicleta el día de Reyes. Va con su madre al jardín y feliz se dedica a dar vueltas en la bici mientras su madre, sentada en un banco, se entretiene leyendo.
Después de varias vueltas ya se siente seguro y empieza a hacer burradas para lucir sus habilidades. Al pasar por delante de su madre, levanta los pies de los pedales exclamando: ”Mamá, sin pies”. A la vuelta siguiente, saludándola con una mano: “Mamá, sin una mano”. Luego: “Mamá, sin manos”. Y a continuación, lloroso y sangrando por la boca: “Mamá, sin dientes”. Si no vamos con cuidado, lo lógico será que acabemos dándonos la bofetada. Y para ir con cuidado lo importante es obedecer las normas, los mandamientos de la ley de Dios: el amor a Dios y a los demás. Así como en Avatar se “enchufan” a las raíces o a la cabalgadura para conectar con el todo, nosotros queremos conectar con nuestro Padre Dios, cargar las pilas para llenarnos de amor. Si se descuida ese trato, al final no dominamos el potrillo salvaje que llevamos dentro, no controlamos y: “sin dientes”. Querer mantenerse en pie prescindiendo de los puntos de apoyo, es una “jaimitada”.
Y para esto acudimos a la gran santa, Santa María, y le decimos: “bajo tu amparo nos acogemos”. Bajo el manto de la Virgen estamos seguros, ella nos protege de los tropezones y nos lleva a Jesús: “muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. En todas nuestras dificultades podemos acudir siempre, con una confianza sin límites, a nuestra Madre.

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