miércoles, 17 de febrero de 2010

Miércoles de Ceniza: “ahora es tiempo favorable” para reconciliarnos con Dios: hemos de convertirnos en el corazón y aprovechar las armas para vencer al maligno y prepararnos para la Pascua: oración, ayuno y limosna

Miércoles de Ceniza: "ahora es tiempo favorable" para reconciliarnos con Dios: hemos de convertirnos en el corazón y aprovechar las armas para vencer al maligno y prepararnos para la Pascua: oración, ayuno y limosna

 

Lectura de la profecía de Joel 2, 12-18. «Ahora - oráculo del Señor convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas.» Quizá se arrepienta y nos deje todavía su bendición, la ofrenda, la libación para el Señor, vuestro Dios. Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, convocad la reunión. Congregad al pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos. Congregad a muchachos y niños de pecho. Salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo. Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: -«Perdona, Señor, a tu pueblo; no entregues tu heredad al oprobio, no la dominen los gentiles; no se diga entre las naciones: ¿Dónde está su Dios? El Señor tenga celos por su tierra, y perdone a su pueblo.»

 

Salmo 50,3-4.5-6a.12-13.14 y 17. R. Misericordia, Señor: hemos pecado.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.

 

Segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5,20-6,2. Hermanos. Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios. Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación.

 

Texto del Evangelio (Mt 6,1-6.16-18):   En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

 

Comentario: Inicio de la Cuaresma, camino hacia la Pascua. Ambientación que el domingo próximo se pone de manifiesto y que está ya presentes desde hoy: el color morado, la ausencia de las flores y del aleluya, el repertorio propio de cantos... Al comienzo de la celebración se omite el acto penitencial: se reza o canta, por tanto, el Señor ten piedad, sin intenciones. Y cosas que si siempre son importantes, lo son más todavía cuando se inicia un tiempo con significado más intenso: proclamar de un modo más expresivo y cuidado las lecturas del día, cantar el salmo responsorial, al menos su antífona entre las varias estrofas, y hacer una breve homilía, ayudando a entrar en el clima de la Cuaresma. La Plegaria puede ser una de las de Reconciliación.

El gesto simbólico propio de este día es uno de los que ha calado en la comunidad cristiana, y puede resultar muy pedagógico si se hace con autenticidad, sin precipitación; con sobriedad, pero expresivamente. Como ya ha resonado y se ha comentado la Palabra de Dios, la imposición de la ceniza comunica con facilidad su mensaje de humildad y de conversión. El sacerdote se impone primero él mismo la ceniza en la cabeza -o se la impone el diácono u otro concelebrante, si lo hay- porque también él, hombre débil, necesita convertirse a la Pascua del Señor. Luego la impone sobre la cabeza de los fieles, tal vez en forma de una pequeña señal de la cruz. Si parece más fácil, se podría imponer en la frente, por ejemplo a las religiosas con velo. Es bueno que vaya diciendo en voz clara las dos fórmulas alternativamente, de modo que cada fiel oiga la que se le dice a él y también la del anterior o la del siguiente. Una fórmula apunta a la conversión al Evangelio: «Convertíos y creed el Evangelio». Mientras que la otra alude a nuestra caducidad humana: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás».

Las tres lecturas de hoy expresan con claridad el programa de conversión que Dios quiere de nosotros en la Cuaresma: convertíos y creed el Evangelio; convertíos a mí de todo corazón; misericordia, Señor, porque hemos pecado; dejaos reconciliar con Dios; Dios es compasivo y misericordioso...

Cada uno de nosotros, y la comunidad, y la sociedad entera, necesita oír esta llamada urgente al cambio pascual, porque todos somos débiles y pecadores, y porque sin darnos cuenta vamos siendo vencidos por la dejadez y los criterios de este mundo, que no son precisamente los de Cristo (J. Aldazábal).

La ceniza es humilde y nos humilla, desde luego. La ceniza no tiene el esplendor y la fuerza del fuego, ni la vitalidad o fecundidad del agua y la tierra. La ceniza no tiene la belleza de las piedras o la fragancia de los perfumes. La ceniza no sirve para nada. Y bueno es que sintamos nuestra incapacidad. A esta generación orgullosa y soberbia le hace falta una cura de humildad. Pero la ceniza no es lo nuestro.

La humildad debe ir de la mano de la verdad. Y la verdad no es que estemos destinados a ser pura ceniza. Sobre este polvo nuestro Dios ha soplado, y su soplo es Espíritu de vida. Sería mejor para ayudarnos a ser humildes, que, además de «tomar la ceniza» invitáramos a besar la tierra de donde procedemos, pero que fue también besada por el mismo Dios (Caritas).

Los "signos" ¿Qué hacemos con la ceniza y el ayuno? En sí no son nada. Hay que mirar el signo y el significado. Las cosas, los ritos, los gestos, no valen tanto por sí mismos, sino por el signo y el significado, por el fin para lo que se hacen y por el espíritu con que se hacen. Es lo que bellamente nos enseña hoy Jesús en el evangelio. La limosna en sí no es nada. La limosna puede ser un ropaje del orgullo. La limosna sólo vale si procede de la misericordia y el amor. La oración en sí no es nada. La oración puede ser un acto de autocomplacencia o un afán por fabricarte tu aureola. La oración sólo es buena si es fruto del Espíritu y el amor. El ayuno en sí no es nada. El ayuno puede servir para alimentar tu vanidad. El ayuno que agrada al Padre es el que se hace desde la humildad y la caridad. Ayunos, oraciones y limosnas, pero no por la mera ley, ni siquiera buscando la recompensa, sino porque te salga del alma.

-Llamada a la austeridad: En cuanto a nuestro ayuno. Hoy es más necesario que nunca, por aquello del consumismo. Nuestro ayuno es una llamada a la austeridad y a la solidaridad. No ayunamos para mortificar el estómago, sino el egoísmo. Ayunamos para ser más libres, contra el dictado consumista. Ayunamos para compartir con los que ayunan forzosamente todos los días. Ayunamos desde el amor y para el amor.

-La condición humana. La ceniza nos habla de nuestra fragilidad, de nuestra condición humana: mortal y pecadora. Pero las palabras que acompañan iluminan el rito y elevan nuestra mirada: «Convertíos y creed en el evangelio». Así pues, la ceniza nos convence de la necesidad del evangelio, de la necesidad de aceptar y creer la Buena Noticia. Un evangelio que nos salva de la fragilidad y de la muerte; por eso es Buena Noticia. Un evangelio capaz de transformar nuestras cenizas en luz. Hoy nos imponemos la ceniza para propiciar nuestra conversión y para ayudarnos a creer más en el evangelio. Hoy nos imponemos la ceniza para convencernos de que nuestra propia ceniza puede ser redimida y resucitada, ceniza «enamorada», ceniza iluminada, ceniza consagrada (Caritas).

"Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal" (Colecta).

1. Jl 2,12-18. Cada año la Cuaresma debe ser como un toque de trompeta, la convocación de la comunidad cristiana (cf. Joel en la primera lectura), para que los que se sienten seguidores de Jesús y miembros vivos de la Iglesia emprendan un camino serio de conversión y renovación para celebrar la Pascua anual. Cada parroquia, cada comunidad ha de tener eso muy claro hoy. Decimos: ¡Adelante, emprendamos con ilusión, con pasión, el camino de los cuarenta días que son esfuerzo y lucha, milicia, para hacer, junto con Cristo y con su gracia renovadora, el paso, la Pascua, del hombre viejo al hombre nuevo!

Desde el principio debemos dejar claro qué es la Cuaresma: no es una simple devoción, ni sólo unos días de mortificación, ni mucho menos un tiempo de "tristeza" y aflicción aunque sea por la meditación de la Pasión de Jesús. Cuaresma es un programa, un camino, un esfuerzo y milicia para revisar y renovar nuestro ser cristianos, que consiste radicalmente en vivir la vida de Cristo ya desde ahora, mientras somos peregrinos y testimonios del Reino de Dios.

Por tradición sacramental, la Cuaresma es preparación inmediata de los catecúmenos a la iniciación cristiana en la Vigilia pascual y de los penitentes a la reconciliación, que les era concedida inmediatamente antes de la celebración de la Pascua. Esta doble línea debe ser mantenida y propuesta a los creyentes que de verdad quieren entrar en la preparación de la Pascua. Ésta nunca ha de ser considerada como un simple "aniversario" de la Pascua de Jesús, como un recuerdo, una fiesta conmemorativa. La liturgia siempre es actualización, vivencia, mediante los sacramentos que nos injertan en Cristo y nos renuevan esta inserción recibida en la iniciación: bautismo, confirmación y primera eucaristía; el sacramento de la penitencia, como segundo bautismo, nos restituye o renueva y perfecciona nuestro ser Cuerpo de Cristo, estropeado a menudo por el desgaste del pecado.

Si una parroquia o comunidad tiene catecúmenos que han de recibir la iniciación cristiana en las próximas fiestas pascuales, durante la Cuaresma debe acompañarlos, renovando ella misma los pasos del catecumenado: la profundización en la fe y en la conversión por la audición de la Palabra de Dios, por la plegaria, por la revisión de sus actitudes y comportamientos en el mundo.

Pero toda comunidad cristiana, en Cuaresma, es invitada a prepararse a renovar su iniciación (en la Vigilia pascual) y a seguir un camino de conversión para"hacer penitencia" de verdad, es decir, para convertirse de corazón a Dios y a los hermanos. Por eso hoy, y también el domingo próximo, hay que proponer a los fieles el objetivo de la renovación de las promesas bautismales de la Vigilia pascual, que debe ir precedida por un esfuerzo de clarificar qué es ser cristiano hoy en la doble vertiente de la renuncia (conversión) y de la fe, y también por una "programación penitencial", en la que no debe faltar la oferta de la reconciliación personal y la celebración comunitaria penitencial (forma segunda del Ritual), acompañada por otras actividades que demuestren que la comunidad vive la penitencia como conversión.

Se tendría que inculcar a los fieles que ésta sería la mejor respuesta a la pregunta: "¿Cómo forjamos la Cuaresma este año?". Pues profundizando y renovando nuestro ser cristiano (nuestra iniciación) mediante las prácticas que comunitaria y personalmente creamos más adaptadas a este objetivo. Cuaresma catecumenal-bautismal y penitencial, al fin y al cabo (Pere Llabrés).

Impresionado el auditorio por la descripción que hiciera el profeta de la plaga y su proyección escatológica, Joel cree llegado el momento de insistir en su llamamiento a la penitencia y a la conversión. A ninguna culpabilidad concreta alude. Pero ¿quien estará limpio a los ojos de Dios? En auténtica línea tradicional y profética, el gran promulgador de la solemne liturgia penitencial descubre el verdadero sentido de la misma: la conversión del corazón a través "del ayuno, llanto y luto". Lo que hay que rasgar son "los corazones y las vestiduras", por este orden. Nada nuevo añadirá el Nuevo Testamento a esta concepción de la penitencia. Jesús se hará eco de Joel cuando diga a sus discípulos: "Cuando ayunéis..." (Mt 6, 16ss).

Dos palabras entran en juego en esta verdadera penitencia. El clásico imperativo "sub" = conversión, vuelta a Dios, ya que al pecado se le considera un alejamiento hasta el destierro y "de todo corazón", ya que esta vuelta no puede ser ocasional, interesada y menos aún ficticia. "De corazón" es lo que nosotros llamamos un firme y sincero propósito de la enmienda.

¿Que motivos ofrece Joel para esta penitencia-conversion? Tres claramente especificados. El primero por parte de Dios, el segundo por parte de la plaga de Israel y el tercero con miras a todos los pueblos espectadores de Israel. Por parte de Dios, se le describe en términos proverbiales en todo el Antiguo Testamento: "Es compasivo y misericordioso lento a la cólera, rico en piedad; se arrepiente de las amenazas". Es el fundamento de su esperanza y oración. Nada está definitivamente perdido mientras el hombre no se rinda. Jesús recordará: "Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá" (Mt 7,7ss). Por su parte, la plaga aún no lo ha asolado todo. "Quizás nos deje -Yahveh- todavía su bendición", la posibilidad de algo con que poder realizar la ofrenda y libación al Señor. Es el mismo pensamiento anterior visto ahora desde la creatura. Siempre hay algo bueno en el hombre y lo que importa es aprovecharlo, salvarlo. Finalmente, el profeta pone en tela de juicio al mismo Dios con un recurso literario y teológico a la vez, clásico en la tradición bíblica. El desastre de su pueblo será un espectáculo ignominioso ante los pueblos de la incapacidad de su Dios para salvarlos. Y se dirán: "¿Donde está su Dios?" En definitiva, lo importante no es tanto la desgracia y castigo del pueblo, siempre pecador, sino el honor del mismo Dios que entra en juego. "Señor, ten celos por tu tierra". La respuesta de Yahveh fue positiva. Y en los versículos siguientes Yahveh responde a su pueblo prometiéndole abundancia de todo aquello que había destruido la plaga. Pero, no olvidemos, que para ello fue necesario un esfuerzo supremo de conversión desde los ancianos hasta los niños, desde los sacerdotes hasta los recién casados, legalmente dispensados de ciertas obligaciones (Dt 24,5). La infalibilidad de la promesa divina está en proporción directa de la sinceridad y firmeza de la conversión y confianza humanas en Dios (Edic. Marova).

Joel es un profeta del que no se sabe prácticamente nada. Pero por lo que se deduce de su breve librito, parece que proclamó su profecía después del exilio, cuando la vida en Jerusalén y Judá está ya restaurada y el país vive tranquilo en situación de provincia autónoma del imperio persa. Pero en aquel momento tranquilo, sobreviene lo inesperado: una plaga de langostas y otros animales amenaza con destruirlo todo. Y el miedo a perderlo todo se apodera del pueblo, y nadie sabe qué hacer. Los sacerdotes son incapaces de convocar a la oración ante el Señor. Y un hombre, de nombre Joel, se siente empujado a remover al pueblo e invitarlo a ponerse ante Dios pidiendo su ayuda. Ayuda y perdón, porque es la época en que aún se ve todo mal y toda catástrofe como una consecuencia del pecado. Joel quiere que todo el pueblo se mueva, empezando por los sacerdotes. Quiere que se hagan signos públicos y rituales de petición de perdón, y quiere, sobre todo, que se rompa la pasiva tranquilidad del pueblo para renovar la fidelidad al Señor. Y quiere que se utilice ante Dios el gran argumento: si el pueblo cae en la miseria, se perderá la libertad (la gente tendrá que venderse como esclavos a los persas para poder comer) y Dios mismo quedará en ridículo ante "los gentiles" (J. Lligadas).

Invitación a la penitencia. Judá ha de sacar una lección de la plaga de langostas. Debe reconocer la necesidad de volver a Yahvé y a su templo para escapar del enemigo. Este retorno exige los actos de culto: el ayuno, el llanto y las lamentaciones formaban parte de la liturgia penitencial. Pero los actos rituales no bastan. Dios quiere que nos rasguemos el corazón más que los vestidos. Se trata de «volver» a Dios, no de quedarse en el mismo sitio cambiando sólo la postura externa.

La conversión de Judá atraerá la benevolencia divina, ya que la misericordia es uno de los atributos propios de Yahvé. Dios se ha comprometido voluntaria y perpetuamente, mediante un pacto, a procurar el bienestar del pueblo. Por eso es posible que el castigo sea, en último término, una bendición, palabra que incluye todo lo que el hombre puede desear, especialmente la vida y la abundancia de bienes. La conversión del pueblo no es simplemente la suma de las conversiones individuales, sino la de todos colectivamente: niños, jóvenes, ancianos, sacerdotes..., incluidos los recién casados, pese a que están dispensados de otras obligaciones (Dt 24,5). La respuesta divina no se hace esperar. A la vez, se amplía la perspectiva: las langostas pierden su significación propia e histórica y pasan a representar la tribulación del «día de Yahvé» escatológico. «El (pueblo) del norte» era, al parecer, una expresión técnica para designar al invasor apocaliptico. La mayoría de las invasiones de Palestina habían procedido del norte, y tal hecho histórico da origen a la frase. Pero aquí ha perdido el significado geográfico. En toda la perícopa se juega con la doble significación, histórica y simbólica, de la plaga. Cuando Judá se reconcilie con Dios no habrá obstáculo para que se manifieste su bendición. No faltará la lluvia en la siembra ni en primavera, época en que grana el trigo. La frase «porque os dará la lluvia tardía con regularidad» puede traducirse también: «os dará al maestro de justicia»; en este caso significaría que la lluvia enviada a su debido tiempo será el testimonio de la fidelidad de Dios. También puede entenderse como una alusión a una persona, futuro jefe espiritual del pueblo (J. Aragonés Llebaría).

Joel actúa probablemente después del retorno del exilio, cuando el país está ya restaurado y tranquilo. En aquella situación, no obstante, una plaga de langostas está a punto de destruirlo todo. Entonces, ante la pasividad de los sacerdotes y de los responsables del pueblo, surge este hombre del que no sabemos prácticamente nada y llama al pueblo a pedir auxilio a Dios. Una petición de ayuda que irá unida a una petición de perdón, porque aquella tragedia es interpretada como una consecuencia del pecado. Joel convoca a todo el mundo: los sacerdotes no pueden quedarse cruzados de brazos, los más débiles (ancianos y niños de pecho) también deben participar en el clamor, los esposos deben "salir de la alcoba y del tálamo". Todos se postrarán ante Dios y pedirán perdón.

El profeta quiere que se hagan signos públicos, rituales de arrepentimiento. Pero quiere sobre todo que se "rasguen los corazones" y renueven la voluntad de ser fieles al Señor. Y el gran argumento para conseguir la benevolencia divina será recordar que Dios mismo está ligado a su pueblo, de modo que si el pueblo cae en la miseria (lo que comportaría la muerte por hambre o el venderse como esclavos a los persas con el fin de poder comer) será Dios quien quedará desacreditado ante los demás pueblos. Los "celos" de Dios salvarán al pueblo.

2. El salmo 50 es el salmo penitencial por excelencia, atribuido a David como petición de perdón después de sus relaciones con Betsabé (2 S 12). Es petición de perdón, y es deseo de alabar a Dios por este perdón y por el corazón nuevo que Él es capaz de crear. Es el mismo Dios quien, a través del profeta, llama a su pueblo a la conversión. Ahora, en el pórtico de la Cuaresma, estas insistentes palabras son su invitación a no quedarnos meramente en la penitencia exterior, sino a cambiar en lo más profundo del corazón, de las actitudes, de la vida.

«Contra ti, contra ti solo pequé». Ese es mi dolor y mi vergüenza, Señor. Sé cómo ser bueno con los demás; soy una persona atenta y amable, y me precio de serlo; soy educado y servicial, me llevo bien con todos y soy fiel a mis amigos. No hago daño a nadie, no me gusta molestar o causar pena. Y, sin embargo, a ti, y a ti solo, sí que te he causado pena. He traicionado tu amistad y he herido tus sentimientos. «Contra ti, contra ti solo pequé».

Si les preguntas a mis amigos, a la gente que vive conmigo y trabaja a mis órdenes, si tienen algo contra mí, dirán que no, que soy una buena persona; y sí, tengo mis defectos (¿quién no los tiene?), pero en general soy fácil de tratar, no levanto la voz y soy incapaz de jugarle una mala pasada a nadie; soy persona seria y de fiar, y mis amigos saben que pueden confiar en mí en todo momento. Nadie tiene ninguna queja seria contra mí. Pero tú sí que la tienes, Señor. He faltado a tu ley, he desobedecido a tu voluntad, te he ofendido. He llegado a desconocer tu sangre y deshonrar tu muerte. Yo, que nunca le falto a nadie, te he faltado a ti. Esa es mi triste distinción. «Contra ti, contra ti solo pequé».

Fue pasión o fue orgullo, fue envidia o fue desprecio, fue avaricia o fue egoísmo...; en cualquier caso, era yo contra ti, porque era yo contra tu ley, tu voluntad y tu creación. He sido ingrato y he sido rebelde. He despreciado el amor de mi Padre y las órdenes de mi Creador. No tengo excusa ante ti, Señor.

«Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón, en el tribunal me condenarás justamente». Condena justa que acepto, ya que no puedo negar la acusación ni rechazar la sentencia. «En la culpa nací; pecador me concibió mi madre: Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado». Confieso mi pecado y, yendo más adentro, me confieso pecador. Lo soy por nacimiento, por naturaleza, por definición. Me cuesta decirlo, pero el hecho es que yo, tal y como soy en este momento, alma y cuerpo y mente y corazón, me sé y me reconozco pecador ante ti y ante mi conciencia. Hago el mal que no quiero, y dejo de hacer el bien que quiero. He sido concebido en pecado y llevo el peso de mi culpa a lo largo de la cuesta de mi existencia.

Pero, si soy pecador, tú eres Padre. Tú perdonas y olvidas y aceptas. A ti vengo con fe y confianza, sabiendo que nunca rechazas a tus hijos cuando vuelven a ti con dolor en el corazón.

«Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Rocíame con el hisopo y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa».

Hazme sentirme limpio. Hazme sentirme perdonado, aceptado, querido. Si mi pecado ha sido contra ti, mi reconciliación ha de venir de ti. Dame tu paz, tu pureza y tu firmeza. Dame tu Espíritu.

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu; devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso».

Dame la alegría de tu perdón para que yo pueda hablarles a otros de ti y de tu misericordia y de tu bondad. «Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Que mi caída sea ocasión para que me levante con más fuerza; que mi alejamiento de ti me lleve a acercarme más a ti. Me conozco ahora mejor a mí mismo, ya que conozco mi debilidad y mi miseria; y te conozco a ti mejor en la experiencia de tu perdón y de tu amor. Quiero contarles a otros la amargura de mi pecado y la bendición de tu perdón. Quiero proclamar ante todo el mundo la grandeza de tu misericordia. «Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti».

Que la dolorosa experiencia del pecado nos haga bien a todos los pecadores, Señor, a tu Iglesia entera, formada por seres sinceros que quieren acercarse a unos y a otros, y a ti en todos, y que encuentran el negro obstáculo de la presencia del pecado sobre la tierra. Bendice a tu Pueblo, Señor.

«Señor, por tu bondad, favorece a Sión; reconstruye las murallas de Jerusalén» (Carlos G. Vallés).

El salmo 50 es el salmo cuaresmal por excelencia. Merece la pena que nos detengamos en él para captar el simbolismo que lo impregna y la teología que transmite. Se le sitúa entre los salmos de súplica individual y data del final de la época monárquica. Habría sido compuesto para una liturgia penitencial presidida por el rey. Pero es obvio que ha servido de sustento a la oración de innumerables personas lo suficientemente religiosas para reconocerse en él.

Desde el primer versículo es notable la orientación de esta oración. Lejos de querer declarar inocente al salmista, como hacen tantas "endechas", la súplica se dirige de entrada a Dios para pedir su misericordia, su amor. La salvación del pecador está por completo en las manos de ese Dios que el amor define radicalmente. Por supuesto, no se ignora que Dios es justo, que quiere la verdad y la sabiduría en el corazón del hombre, pero precisamente esta "justicia" de Dios se manifestará, ante todo, en el perdón concedido al pecador. Se podría decir que se trata nada menos que de su honor, ya que el pecador perdonado se convertirá en testigo de Dios: podrá mostrar a los pecadores el camino de la verdad, y "hacia Dios volverán los extraviados". El reconocimiento del pecado tiene, pues, también una dimensión profética. Forma parte de la "confesión" de las obras de Dios.

Además, el salmista reconoce su falta sin rodeos. No teme contemplar ese pecado que siempre "está ante él". ¿Culpabilidad exagerada? ¿Énfasis literario? No, ya que el sentido profundo del pecado sólo existe para poder captar mejor la dimensión del perdón divino. El hombre ha pecado "contra Dios" y sólo contra él... Sin duda, conoce las repercusiones sociales de su falta, pero en el acto litúrgico de la confesión pone el acento sobre Dios, que está en el origen de todas las cosas, tanto del perdón como del sentido último de todo pecado. ¡No se puede expresar mejor hasta qué punto está de acuerdo Dios con la vida humana y su condición existencial! La conciencia del salmista es tan viva que se reconoce "nacido en la culpa", "pecador desde el vientre de su madre". No parece que sea necesario buscar en estas expresiones una teología explícita del pecado original, y menos aún del modo como se transmite, ya que el que ora se sitúa aquí a un nivel existencial; tiene conciencia de pertenecer a una humanidad pecadora, a un pueblo pecador en el que ninguna existencia podría escapar al peso de la miseria. Lo veremos mejor cuando apele al Dios creador para que le salve de su culpa. La conciencia de pecado supera absolutamente la dosificación aparentemente justa que un juez podría hacer de las responsabilidades y las circunstancias atenuantes. Se trata nada menos que de la existencia "frente a Dios". Israel es un pueblo santo, y el pecado obstaculiza al mismo Dios.

Son importantes los versículos 4, 9, 12 y 14. Si los dos primeros hacen probablemente alusión a un baño ritual de purificación, los otros interiorizan el proceso e indican que el rito es la cara visible de una profunda renovación del ser. De esta manera, el salmo se inscribe en una gran corriente de pensamiento que va desde los discípulos de Isaías hasta los evangelistas, para definir en términos de bautismo la restauración del hombre y del cosmos.

Recordemos las grandes etapas de esta corriente de pensamiento. El tercer Isaías (65,17) había anunciado la "creación de unos cielos nuevos y una tierra nueva". Jeremías había hablado de la restauración del pueblo y del individuo. Proclamaba una nueva era en la que la ley sería grabada en el corazón del hombre, subrayando así la comunión profunda que uniría a la humanidad nueva con Dios (32, 39).

Ezequiel retoma la idea para hablar de una creación nueva y un espíritu nuevo (36,25-27). Es el quien explicita mejor los lazos temáticos entre el agua y la vida. En su predicación debía de acordarse del río que, según el Génesis, ascendía del subsuelo para regar toda la superficie de la tierra. Según el profeta, llegará un día en que en la nueva Jerusalén manará una fuente que fecundará el desierto, y de la fuente brotará un torrente impetuoso en cuyas orillas nacerán árboles frutales maravillosos (cap. 47). De este modo, la vuelta de Yahvé estará marcada por la abundancia, simbolizada en los torrentes. Más tarde, el cuarto evangelio retomará este tema aplicándolo al cuerpo de Cristo, el nuevo templo.

El agua es, pues, fuente de vida. Cuando el salmista suplica a Dios que le lave, lanza una llamada a la vida y a la renovación.

Consiguientemente, puede imaginar el perdón como una danza de resurrección y un himno de alabanza (cf Ez. 37). Si Dios recrea el corazón del hombre borrando su pecado, hay que ver en el perdón una reanudación de toda la obra creadora. Los tiempos nuevos, manifestados por el don del Espíritu, son tiempos de resurrección y fiesta. La "confesión" es un acto en el que se manifiesta el Dios de la vida.

Ante esto, ¿qué puede hacer el hombre sino maravillarse y dar gracias? ¡Proclamar la justicia de Dios! ¿Lo hará con sacrificios al modo antiguo? El salmo previene contra los cultos hipócritas en los que el corazón del hombre no queda totalmente comprometido. El hombre debe saber que el perdón de Dios no se compra, ya que supera toda medida humana. La única ofrenda que agrada a Dios es un espíritu convertido, roto y triturado: es decir, consciente de lo que es, sin pretensión de hacerse valer ante el Creador (Sal terrae).

 Pues yo reconozco mi culpa (Sal 50). / He pecado, Señor, pero el problema  / es que no me avergüenzo ni lo siento; / más bien estoy tranquilo en mi aposento / y no hay ningún Natán que me estremezca.

No veo la maldad de mi pecado, / ni entiendo yo por qué ha de estar prohibido: / Es que a nadie he robado u ofendido / y todo me parece exagerado.

Necesito que me cures mi ceguera / y que pongas delante de mis ojos / un espejo penetrante y luminoso / y vea la raíz de mis miserias.

Ojos nuevos, Señor, es lo que pido / y fuego que penetre en mis entrañas, / y la roña esclerótica del alma / se funda en corazón recién nacido.

Un corazón de niño, delicado, / un espíritu firme y generoso, / que cante tu alabanza jubiloso / y diga convencido: «yo he pecado».

Corazón nuevo, puro, santo y sano, / de espíritu de amor colmado, amable, / que sepa comprender al miserable / y viva en el amor de los hermanos.

Agustín (Sermón 19, 2-3; CCL 41, 252-254). Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: "Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón (...).

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado; tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor".

Misericordia, oh Dios, por tu bondad, / por tu exquisito amor borra el pecado,

y lávame hasta el fondo, purifícame / con el agua y la sangre.

Reconozco la culpa que hay en mí, / la culpa acumulada de mis padres; / reconozco la culpa de mi pueblo, / que tanto me contagia.

El pecado del mundo me aprisiona / en su impura y tupida red de araña; / y yo sigo tejiendo nuevas telas, / convertido en gusano.

Mata, oh Dios, el gusano que hay en mí; / haz de mí mariposa de tu agrado, / y que pueda volar con libertad / en nuevo paraíso.

Transforma, oh Dios, la fiera que hay en mí; / conviérteme en el hombre que Tú sueñas: / sensible, generoso, solidario, / cantor de libertades.

Devuélveme los gozos de tu Espíritu, / regálame la fuerza de tu Espíritu, / llena mi corazón de santo Espíritu... / te diré mi amor (Caritas).

San Anselmo a su vez decía: "Ten piedad, Señor, porque éste es tiempo de misericordia y en tu Evangelio has dicho que no has venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo. Tu misericordia es mucho mayor que mi miseria; por eso has salvado tantas veces a tu pueblo -a nuestros padres-, incluso cuando fueron ingratos y murmuraron contra ti. Lava, pues, borra mi pecado, Tú que en la Cruz cancelaste de una vez por todas el quirógrafo que me era contrario."

Y Gregorio Magno: "Un hombre fuerte que ha sido herido, siente que se le acerca la muerte y yace desnudo cubierto las heridas sangrantes. En esta situación, invoca con todas sus fuerzas la llegada del médico.

La herida del alma es el pecado: ¡Oh pobre herido, reconoce a tu Médico! Muéstrale las llagas de tus culpas. Y puesto que a Él no se le esconden nuestros secretos pensamientos, hazle sentir el gemido de tu corazón. Muévele a compasión con tus lágrimas, con tu insistencia, ¡importúnale! Que oiga tus suspiros, que tu dolor llegue hasta Él de modo que, al fin, pueda decirte: «El Señor ha perdonado tu pecado.»

Clama con David: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión» (v. 1) Lo cual equivale a decir: Muero a causa de una herida atroz y ningún médico puede curarme, salvo Aquél que es Omnipotente. Para Él ningún mal es incurable y, con una sola palabra, restaura la salud. Desesperaría a causa de mi herida, si no pusiera mi esperanza en el Omnipotente." Luego inicia una oración dirigida directamente a Cristo, que interpreta la parábola del Buen Samaritano en sentido espiritual (Lc 10,33): "Señor Jesús, dígnate acercarte a mí, movido por tu misericordia. He partido de Jerusalén hacia Jericó, del cielo a la tierra, de la vida a la enfermedad: he caído en manos de los ángeles de las tinieblas, que me han despojado del vestido de la gracia y me han abandonado medio muerto, cubierto de llagas. No me niegues la esperanza de curarme; por la desesperación se agravarán las heridas de mis pecados, si Tú no las curas. Ungeme con el óleo del perdón y el vino de la compunción. Y si quieres montarme sobre tu propia cabalgadura, habrás ayudado, ciertamente, a un pobre.

Tú que sobrellevas nuestros pecados, que has pagado por nosotros la deuda, si me conduces a la posada de tu Iglesia, alimentándome con tu Cuerpo y con tu Sangre, me curarás. Mientras permanezco en esta carne corruptible, necesito que me guardes. Escúchame, ¡oh Buen Samaritano!, escúchame que estoy desnudo y herido, gimiendo y llamándote con el grito de David: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión.» (v. 1)"".

"Al subir al Árbol de la Cruz para atraerse todas las criaturas, Jesús dio a ese Leño, fertilizado con su Sangre, la virtud de dar frutos de vida eterna, en compensación por la fertilidad para la muerte que tuvo el árbol del fruto maldito. Dediquemos un momento a la consideración de las virtudes de ese fruto. Las conocemos ya; son las virtudes contrarias a los males del fruto venenoso de la desobediencia; son la amistad con Dios, la gracia, la filiación divina, la victoria sobre el Enemigo del linaje humano y sobre el pecado, la posibilidad, y aún la facilidad para dominar las pasiones; y, finalmente, la inmortalidad gloriosa en el reino de la felicidad eterna" (C. CARDO, Emmanuel).

Para hacer comprender la maravilla del perdón de Dios, Jesús inventó la parábola del "Hijo pródigo", y espontáneamente utilizó expresiones del salmo 50: "He pecado contra el cielo y contra ti"... Como el salmista, expresó el perdón mediante "cantos festivos" y "danzas"...

Al instituir el bautismo para la remisión de los pecados, Jesús toma una vez más el símbolo de la purificación: "lávame, que yo quede más blanco que la nieve".

Cuando Jesús perdonó a María Magdalena, la pecadora, la hizo su apóstol, como dice este salmo: "enseñaré a los malvados tus caminos". Ella, la antigua prostituta, fue el primer testigo de la resurrección y además enviada o misionera a sus hermanos (Juan 20,17). Y cuando el Espíritu Santo renovó a los apóstoles mediante su soplo de Pentecostés, los vemos también "desligar la lengua, y cantar las alabanzas de Dios".

Finalmente, Jesús aprueba la afirmación del escriba que basado en este salmo dice: "Amar a Dios y amar al prójimo valen más que todos los sacrificios" (Mc 12,33).

Ahí se ven también las raíces profundas del mal. La sicología moderna ha puesto en evidencia hasta qué punto el hombre está marcado por determinismos que provienen de condicionamientos corporales, de influencias sociales, de hábitos fundados en reflejos profundos. El salmista, se sentía aplastado por el peso de los determinismos: consciente del mal que había hecho, se sentía incapaz de realizar la reparación tan deseada. Por esto pide la intervención de Dios... Descubre que la raíz del pecado antes que en la culpabilidad personal, está en la misma condición humana: "soy malo desde que nací; soy pecador desde el seno de mi madre".

Pero esto no es fatalismo. "Sí, reconozco mi pecado... Lo que es malo lo he hecho..." Se trata de un hombre responsable, que no quiere de ninguna forma justificarse; no hay peor enemigo de la dignidad humana que una cierta actitud de autojustificación. Esto es a menudo una dimisión. ¡Haz, Señor, que veamos claro! Ayúdanos a tomar conciencia del mal que hacemos: las agresividades inconscientes, los reflejos dominantes, los egoísmos camuflados, las cobardías ocultas.

La noción verdadera del "pecado". La realidad del pecado está más allá de la simple "transgresión a la ley" o la "falta subjetiva". David sabía muy bien, que al poner la mano sobre Urías y seducir a su mujer... no estaba cometiendo un simple "error", o algo que produce remordimiento o vergüenza. Sabía que había ofendido a Dios: "contra ti y sólo contra ti, he pecado". El pecado se evalúa en relación al Dios trascendente: el mal esencial se evalúa en referencia a una "infidelidad" a un amor". Ridiculizo el amor de aquel que me ama.

La verdadera noción del perdón. El perdón también tiene que ver con el amor. "Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí; por tu gran ternura, borra mi pecado". André Frossard escribió a este propósito: "Nuestra religión, nuestro Dios, es el de las repeticiones magníficas: nos ha sido dado el poder de renacer". El salmista abunda en palabras para hablar de esta "renovación". Habla inclusive de una "nueva creación". El perdón no es solamente un olvido del pasado, una despercudida, sino el surgimiento de un "nuevo ser": misterio conmovedor, repetido mil veces en la Biblia. Nada de morboso, o de obsesivo, en el pecado según Dios. Culmina de hecho en una alegría indecible, en acción de gracias.

La solidaridad colectiva. El pecado es una realidad eminentemente personal. Sin embargo, la Biblia habla constantemente de las repercusiones que tiene más allá de quien lo comete: es lo que la sociología moderna llama la "responsabilidad colectiva ". Sin llegar a afirmar, como lo sugiere el título de una célebre película que "somos todos asesinos", hay que reconocer que nos impregnamos del medio que nos rodea, y que contribuimos de una u otra forma a hacer la vida difícil a los demás. Cada uno de nuestros pecados "pesa" sobre nuestros hermanos. Cada toma de conciencia, cada esfuerzo de conversión contribuye a mejorar el clima en el cual viven los demás. El pecador que habla en este salmo 50 estaba convencido de que su pecado, y su arrepentimiento "interesaban" a los demás. Al convertirse, se compromete a ayudar a sus hermanos: "a los malvados enseñaré tus caminos, y los pecadores volverán a Ti". Es más, asocia a la reconstrucción de su ser personal, la reconstrucción de la ciudad: "favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén". La Iglesia de hoy da este sentido comunitario al sacramento de reconciliación. El adagio: "toda alma que se eleva, eleva al mundo", encierra una profunda verdad. Recitar el "Miserere", pedir perdón por nuestras faltas, no es solamente un acto individual, es también comprometerse en "la historia de la salvación" con Jesucristo salvador. Sólo tenemos "una alma que salvar", decía la canción y Peguy: "¡no hay que llegar solos al cielo!".

El verdadero arrepentimiento que agrada a Dios. A menudo la Biblia afirma que Dios no se complace tanto en las ceremonias y los ritos... como en nuestra vida cotidiana. "Tú no quieres ofrendas ni holocaustos, y yo te los daría, pero no es lo que te agrada. Las ofrendas que agradan a Dios son un espíritu dolorido". Finalmente, no es Dios quien gana cuando nosotros reconocemos nuestro mal: el pecado es una especie de autodestrucción del hombre, es un principio de muerte. Lo que Dios quiere, dice el salmo, es que el hombre no se destruya más, sino que tenga un corazón nuevo, una vida nueva. Por eso, cuando la vida del hombre vuelve a embellecerse, puede estar feliz y cantar en acción de gracias: "aceptarás los sacrificios requeridos, oblaciones y holocaustos; entonces se ofrecerán becerros sobre tu altar".

La renovación del sacramento de la penitencia, tiene que ver también con el redescubrimiento de la alegría del perdón y la celebración festiva de la "misericordia" de Dios (Noel Quesson).

3. 2 Co 5,20-6,2. Al decir Pablo que "Cristo murió por todos", imagina rápidamente una objeción: ¿no mueren ya de suyo todos los hombres? ¿Como se entiende que la muerte de Cristo tenga ese carácter vicario y supletorio? Pablo contesta diciendo que Cristo, al morir por todos ha hecho posible que la vida humana supere el narcisismo moral en el que estaba encerrada, y pueda ya proyectarse a un polo extrínseco de atracción vital: "aquel que por ellos murió y resucitó". Como siempre en Pablo, la muerte de Cristo encuentra la eficacia en su apertura real a la resurrección.

La "valoración del hombre" desde la perspectiva cristiana no puede, pues, hacerse ya a base de la mera "existencia carnal", o sea de la condición mortal y humana sin esperanza de resurrección. Al mismo Cristo no se le puede valorar únicamente como un héroe sublime que dio generosamente su vida por una causa grande, sino como el vencedor pionero de la muerte: "Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe estaría vacía" (1 Cor 15,14).

Por consiguiente, la mística cristiana es una mística de lo nuevo: "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es". Por eso, la muerte de Cristo se considera como una "reconciliación". La raíz de la palabra griega "reconciliación" corresponde en castellano a "creación de lo otro". "Reconciliarse", pues, no es simplemente poner un paréntesis sobre una época desgraciada de la vida y volver al punto cero; no es hacer borrón y cuenta nueva como si nada hubiera pasado.

Por el contrario, la reconciliación reconoce la posibilidad y la probabilidad del mal cometido, que ha sido causa de la separación, pero implica la creación de una situación totalmente nueva, donde los hombres empiecen a caminar más allá de su propia carga histórica.

Así se explica que todos los pasajes neotestamentarios referentes a la reconciliación afirmen con una fuerza insoslayable: ahora todo ha cambiado. Dios, con su soberana intervención, ha transformado la situación del mundo.

Indudablemente, la creación no ha tomado todavía su nueva forma; esto sucederá el último día; pero desde ahora, como a la salida del sol, todos los seres se iluminan con la irrupción de la luz. La cruz ha sido como una sentencia de muerte que implica la terminación del pasado e inaugura lo completamente "otro": "Para el que está en Cristo aparece una creación nueva; se destruyen las cosas viejas, todas las cosas se renuevan".

Este itinerario de la reconciliación -de búsqueda de lo otro- es ciertamente peligroso; obliga a la Iglesia a salir de su reserva espiritual y a mancharse con la "gente". Pero la Iglesia no ha de ser menos que Cristo, "que no conociendo pecado, Dios lo hizo pecado para que en él llegáramos nosotros a ser justicia de Dios". Hay, pues, que "empecatarse", que correr el riesgo de la pérdida del puritanismo, para conquistar paradójicamente la única pureza cristiana: la salida de lo viejo y el caminar hacia lo nuevo, hacia lo otro, hasta llegar hasta la situación radicalmente "otra": la resurrección (edic. Marova).

Los últimos domingos hemos leído la primera carta a los Corintios y hemos visto los problemas y discusiones que Pablo tuvo con aquella comunidad a la que tanto amaba. Hoy leemos un fragmento de la segunda carta que se conserva dirigida a la misma comunidad y escrita pocos años después de la primera.

Ahora los problemas son otros: quizá los de unos predicadores que se presentan como si tuvieran una especial relación directa con Dios por encima de las contingencias humanas, y como si Jesucristo hubiese vivido la vida humana casi como una comedia, sin vida humana real. Pensar esto, claro está, lleva a menospreciar la importancia de vivir según el Evangelio, y a creer que no hay que preocuparse para actuar bien o mal.

Pablo, en el fragmento de hoy, y basándose en los cánticos del Siervo de Yahvé (Is 49 y 53), habla de lo que ha significado realmente la fidelidad de Jesús hasta la muerte y de que hay que vivir de acuerdo con la redención que él nos ha conseguido (J. Lligadas).

4. Los temas del Evangelio son 3: a) la apertura a los demás: con la obra clásica cuaresmal de la limosna, que es ante todo caridad, comprensión, amabilidad, perdón, aunque también limosna a los más necesitados de cerca o de lejos,

b) la apertura a Dios, que es escucha de la Palabra, oración personal y familiar, participación más activa y frecuente en la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación,

c) y el ayuno, que es autocontrol, búsqueda de un equilibrio en nuestra escala de valores, renuncia a cosas superfluas, sobre todo si su fruto redunda en ayuda a los más necesitados.

Las tres direcciones, que son como el resumen de la vida y la enseñanza de Cristo, nos ayudan a reorientar nuestra vida en clave pascual (J. Aldazábal).

La oración, ayuno y limosna constituyen los ejes de la Cuaresma, que unen a modo de cruz la tendencia hacia arriba, la verticalidad de la adoración, a la horizontalidad de la fraternidad, y ambas se necesitan mutuamente, como queda reflejado en el precepto del amor en sus dos vertientes de amor a Dios y a los demás. Veremos cómo están en relación con las tres tentaciones que el demonio presenta a Jesús y que leeremos el próximo domingo, que engloba todas las tentaciones, como estos tres medios de santidad engloba el antídoto para toda tentación, cada uno de los medios para cada una de las tentaciones (la oración para los bienes placenteros, el ayuno para la soberbia, la caridad para el afán de tener).  También en otro momento veremos que la caridad, reducida a "propina", sin Dios "deja de ser un acto fraternal y se reduce a un gesto tranquilizador que no cambia la mirada sobre el hermano ni hace sentir la caridad de prestarle la atención que se merece. El ayuno, por otra parte, queda limitado al cumplimiento formal, que ya no recuerda en ningún momento la necesidad de moderar nuestro consumismo compulsivo ni la necesidad que tenemos de ser curados de la "bulimia espiritual". Finalmente, la oración —reducida a estéril monólogo— no llega a ser auténtica apertura espiritual, coloquio íntimo con el Padre y escucha atenta del Evangelio del Hijo.

La religión de los hipócritas es una religión triste, legalista, moralista, de una gran estrechez de espíritu. Por el contrario, la Cuaresma cristiana es la invitación que cada año nos hace la Iglesia a una profundización interior, a una conversión exigente, a una penitencia humilde, para que dando los frutos pertinentes que el Señor espera de nosotros, vivamos con la máxima plenitud de alegría y el gozo espiritual de la Pascua" (Manuel Valls).

Aquí nos vamos a dejar llevar por las palabras de Benedicto XVI, en la cuaresma de 2007. Nos hablaba de la caridad, oración y ayuno, como armas espirituales para combatir el mal. Son los tres aspectos señalados en el Evangelio que acabamos de leer. "Con la procesión penitencial hemos entrado en el austero clima de la Cuaresma y, al introducirnos en la celebración eucarística, acabamos de orar para que el Señor ayude al pueblo cristiano a "iniciar un camino de auténtica conversión para afrontar victoriosamente, con las armas de la penitencia, el combate contra el espíritu del mal" (oración Colecta).

Dentro de poco, al recibir la ceniza en nuestra cabeza, volveremos a escuchar una clara invitación a la conversión, que puede expresarse con dos fórmulas distintas: "Convertíos y creed el Evangelio" o "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás". Precisamente por la riqueza de los símbolos y de los textos bíblicos y litúrgicos, el miércoles de Ceniza se considera la "puerta" de la Cuaresma. En efecto, esta liturgia y los gestos que la caracterizan forman un conjunto que anticipa de modo sintético la fisonomía misma de todo el período cuaresmal. En su tradición, la Iglesia no se limita a ofrecernos la temática litúrgica y espiritual del itinerario cuaresmal; además, nos indica los instrumentos ascéticos y prácticos para recorrerlo fructuosamente.

"Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto". Con estas palabras comienza la primera lectura, tomada del libro del profeta Joel (Jl 2, 12). Los sufrimientos, las calamidades que afligían en ese período a la tierra de Judá impulsan al autor sagrado a invitar al pueblo elegido a la conversión, es decir, a volver con confianza filial al Señor, rasgando el corazón, no las vestiduras. En efecto, Dios —recuerda el profeta— "es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas" (Jl 2, 13).

La invitación que el profeta Joel dirige a sus oyentes vale también para nosotros, queridos hermanos y hermanas. No dudemos en volver a la amistad de Dios perdida al pecar; al encontrarnos con el Señor, experimentamos la alegría de su perdón. Así, respondiendo de alguna manera a las palabras del profeta, hemos hecho nuestra la invocación del estribillo del Salmo responsorial: "Misericordia, Señor: hemos pecado". Proclamando el salmo 50, el gran salmo penitencial, hemos apelado a la misericordia divina; hemos pedido al Señor que la fuerza de su amor nos devuelva la alegría de su salvación.

Con este espíritu, iniciamos el tiempo favorable de la Cuaresma, como nos recordó san Pablo en la segunda lectura, para reconciliarnos con Dios en Cristo Jesús. El Apóstol se presenta como embajador de Cristo y muestra claramente cómo, en virtud de él, se ofrece al pecador, es decir, a cada uno de nosotros, la posibilidad de una auténtica reconciliación. "Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios" (2 Co 5, 21). Sólo Cristo puede transformar cualquier situación de pecado en novedad de gracia.

Precisamente por eso asume un fuerte impacto espiritual la exhortación que san Pablo dirige a los cristianos de Corinto: "En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios" (2 Co 5, 20) y también: "Mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación" (2 Co 6, 2).

Mientras que el profeta Joel hablaba del futuro día del Señor como de un día de juicio terrible, san Pablo, refiriéndose a la palabra del profeta Isaías, habla de "momento favorable", de "día de la salvación". El futuro día del Señor se ha convertido en el "hoy". El día terrible se ha transformado en la cruz y en la resurrección de Cristo, en el día de la salvación. Y hoy es ese día, como hemos escuchado en la aclamación antes del Evangelio: "Escuchad hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón". La invitación a la conversión, a la penitencia, resuena hoy con toda su fuerza, para que su eco nos acompañe en todos los momentos de nuestra vida.

De este modo, la liturgia del miércoles de Ceniza indica que la conversión del corazón a Dios es la dimensión fundamental del tiempo cuaresmal. Esta es la sugestiva enseñanza que nos brinda el tradicional rito de la imposición de la ceniza, que dentro de poco renovaremos. Este rito reviste un doble significado: el primero alude al cambio interior, a la conversión y la penitencia; el segundo, a la precariedad de la condición humana, como se puede deducir fácilmente de las dos fórmulas que acompañan el gesto".

En la antigua liturgia romana, a través de las estaciones cuaresmales se había elaborado una "geografía" de la fe, partiendo de la idea de que, con la llegada de los apóstoles san Pedro y san Pablo y con la destrucción del templo, Jerusalén se había trasladado a Roma. La Roma cristiana se entendía como una reconstrucción de Jerusalén. Las tradiciones no han de ser un simple recuerdo del pasado, ni una anticipación vacía del futuro; al contrario, han de ayudar a vivir el presente. Concretamente, esta idea mueve a considerar cómo la Jerusalén quedó unida en cierto modo a Roma en la Tradición, y que el camino cuaresmal es hacia la gloria de la Jerusalén celestial, donde habita Dios.

"Queridos hermanos y hermanas, tenemos cuarenta días para profundizar en esta extraordinaria experiencia ascética y espiritual. En el pasaje evangélico que se ha proclamado Jesús indica cuáles son los instrumentos útiles para realizar la auténtica renovación interior y comunitaria: las obras de caridad (limosna), la oración y la penitencia (el ayuno). Son las tres prácticas fundamentales, también propias de la tradición judía, porque contribuyen a purificar al hombre ante Dios (cf. Mt 6, 1-6. 16-18).

Esos gestos exteriores, que se deben realizar para agradar a Dios y no para lograr la aprobación y el consenso de los hombres, son gratos a Dios si expresan la disposición del corazón para servirle sólo a él, con sencillez y generosidad. Nos lo recuerda uno de los Prefacios cuaresmales, en el que, a propósito del ayuno, leemos esta singular afirmación: "ieiunio... mentem elevas", "con el ayuno..., elevas nuestro espíritu" (Prefacio IV de Cuaresma).

Ciertamente, el ayuno al que la Iglesia nos invita en este tiempo fuerte no brota de motivaciones de orden físico o estético, sino de la necesidad de purificación interior que tiene el hombre, para desintoxicarse de la contaminación del pecado y del mal; para formarse en las saludables renuncias que libran al creyente de la esclavitud de su propio yo; y para estar más atento y disponible a la escucha de Dios y al servicio de los hermanos. Por esta razón, la tradición cristiana considera el ayuno y las demás prácticas cuaresmales como "armas" espirituales para luchar contra el mal, contra las malas pasiones y los vicios.

Al respecto, me complace volver a escuchar, juntamente con vosotros, un breve comentario de san Juan Crisóstomo: "Del mismo modo que, al final del invierno —escribe—, cuando vuelve la primavera, el navegante arrastra hasta el mar su nave, el soldado limpia sus armas y entrena su caballo para el combate, el agricultor afila la hoz, el peregrino fortalecido se dispone al largo viaje y el atleta se despoja de sus vestiduras y se prepara para la competición; así también nosotros, al inicio de este ayuno, casi al volver una primavera espiritual, limpiamos las armas como los soldados; afilamos la hoz como los agricultores; como los marineros disponemos la nave de nuestro espíritu para afrontar las olas de las pasiones absurdas; como peregrinos reanudamos el viaje hacia el cielo; y como atletas nos preparamos para la competición despojándonos de todo" (Homilías al pueblo de Antioquía, 3)".

La idea central de este discurso es animar el cumplimiento de las obras tradicionales de justicia con una intención nueva: agradar a Dios y sólo a Dios. El móvil de la limosna, de la oración y del ayuno no puede ser la búsqueda de la gloriecilla: todo debe quedar en el secreto de Dios. La limosna era considerada como la obra de justicia por excelencia. Se le daba cierta publicidad con el fin de obligar a los bienhechores a mantener sus promesas y a despertar alguna emulación. La oración era también generalmente pública. En cuanto al ayuno, aun cuando no estaba muy extendido en el judaísmo oficial en tiempo de Jesús, las sectas gustaban de practicarlo y, con fines de propaganda, se le daba un carácter ostentatorio. Jesús no quiere oponer otras prácticas a estas observancias; si propone perfumarse cuando se ayuna o ignorar lo que hace la mano derecha es por adaptarse a un género literario hiperbólico. Su intención apunta en otro sentido: evocar el espíritu que debe animar el cumplimiento de estas obras y denunciar la hipocresía de quienes creen servir a Dios buscándose a sí mismos. Ya algunos profetas habían intentado esta espiritualización (Is 58,1-12; Os 8,11-13; Mi 6,6-8; Am 5,21-25); Cristo se sitúa en esta línea y pone de relieve que esa interiorización desemboca en la vida filial con el Padre.

Renunciar a que la mano izquierda conozca y aprecie lo que hace la mano derecha o renunciar al conocimiento y a la apreciación del público para contar tan sólo con un Dios que ve en lo secreto quizá sea la actitud moral más necesaria en nuestro tiempo de secularización. Se trata, en efecto, de ser inconsciente del bien que se hace (como en Mt 25,31-40): el baremo del bien queda en adelante oculto al hombre que declina ser juez de sus actos. Más aún, el único juez capaz de hacer una estimación es un Dios inasible que reside en el secreto y no da cuentas a nadie (Maertens-Frisque).

-Tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. En la tradición judía las tres "obras buenas" más importantes eran la limosna, la oración y el ayuno (relación con los demás, con Dios y con uno mismo). Jesús aprovecha estas tres acciones tan estimadas para mostrar en qué consiste la "nueva justicia" del Reino de Dios (cf. Mateo 5,20). En los tres casos se trata de lo mismo, lo que resume la primera frase del texto que leemos: no se trata de practicar la justicia buscando la aprobación y la admiración de la gente, porque esto ya sería la paga de la acción realizada. Si lo que esperamos es la "recompensa" del Padre del cielo, las acciones hay que hacerlas sin ostentación. Notemos la diferencia con lo que nos dice Mateo 5,16: no se trata de que las buenas obras queden escondidas; sino de no buscar el elogio sino la gloria de Dios. ¡Cuánta finura de espíritu se necesita!... Las expresiones exageradas que utiliza Jesús ayudan a entender el núcleo de lo que quiere decir: nada de toques de trompeta a la hora de hacer limosna; ni la propia mano izquierda debe saber lo que da la derecha. Porque el que debe ver la acción ya la ve, por más secreta que ésta sea. Por lo que respecta a la oración, no se trata de la oración comunitaria, sino de la oración individual que todo judío piadoso hacía tres veces al día en el lugar donde se hallase a la hora que tocaba hacerla. En tiempos de Jesús, los judíos piadosos ayunaban dos días a la semana. El ayuno solía ir acompañado de signos externos. Jesús propone ayunar pero presentándose como aquel que va a un banquete: habiéndose lavado y perfumado. El término "hipócrita" significa "actor", es decir, aquel que representa un personaje en una obra de teatro. El que hace estas "obras buenas" para ser visto, ya recibe la recompensa de los aplausos. Ya no le hace falta la recompensa del Padre del cielo (J. M. Grané).

Las tres prácticas básicas de la piedad judía eran la ayuda al necesitado (llamada a veces "justicia" y otras "limosna"), la oración y el ayuno. Jesús las hace suyas y las considera también prácticas básicas que todos deben cumplir. Pero añade un elemento fundamental: todos deben cumplirlas, pero de manera que sean acciones que broten del corazón y no acciones de mostración pública de piedad, hechas para obtener consideración de persona recta y fiel. Jesús da un toque específico a cada práctica:

- La ayuda al necesitado tiene el problema de la pura y simple ostentación: el rico que muestra su "caridad" y un "buen corazón" humillando en definitiva al pobre. Jesús critica esta actitud sin contemplaciones.

- La oración se refiere a la plegaria que a unas determinadas horas del día todo judío observante debía hacer, se hallara donde se hallara (como hacen actualmente los musulmanes). Si no se exageraba, no era ostentaci6n orar de este modo: era costumbre y práctica común. Pero Jesús prefiere que, a pesar de ello, el que ore lo haga en un lugar reservado y no a la vista de todos, porque es más auténtico.

- El ayuno era entendido como un signo de penitencia y duelo, como un reconocimiento de la distancia entre el hombre pecador y Dios, e incluía "desfigurarse la cara", para subrayar este duelo y este arrepentimiento. Jesús prefiere que sus discípulos eviten estos signos externos, y el ayuno sea una práctica no visible, una manera de decirle a Dios, con la privación de alimento sin que nadie lo sepa, el propio sentimiento de distancia y de deseo de llegar a El.

Y todo esto no es contradictorio con lo que dice pocos versículos antes (5,13-16) sobre la necesidad de las buenas obras para gloria de Dios: Jesús lo que pide es motivaciones sinceras. ¡Y ya se notará suficientemente, entonces, la manera como actúa cada uno! (J. Lligadas).

Es de modo especial un tiempo "eucarístico", pues "recurriendo a la fuente inagotable de amor que es la Eucaristía, en la que Cristo renueva el sacrificio redentor de la cruz, cada cristiano puede perseverar en el itinerario que hoy solemnemente iniciamos.

Las obras de caridad (limosna), la oración, el ayuno, juntamente con cualquier otro esfuerzo sincero de conversión, encuentran su más profundo significado y valor en la Eucaristía, centro y cumbre de la vida de la Iglesia y de la historia de la salvación.

"Señor, estos sacramentos que hemos recibido —así rezaremos al final de la santa misa— nos sostengan en el camino cuaresmal, hagan nuestros ayunos agradables a tus ojos y obren como remedio saludable de todos nuestros males".

Pidamos a María que nos acompañe para que, al concluir la Cuaresma, podamos contemplar al Señor resucitado, interiormente renovados y reconciliados con Dios y con los hermanos. Amén".

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