jueves, 17 de diciembre de 2009

Viernes de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. “Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre”: profecía de Jesús, Rey, que anuncia en el Evangelio su venida al final de los tiempos: “Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca

Viernes de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. "Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre": profecía de Jesús, Rey, que anuncia en el Evangelio su venida al final de los tiempos: "Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios".

 

Lectura de la profecía de Daniel 7,2-14. Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: los cuatro vientos del cielo agitaban el océano. Cuatro fieras gigantescas salieron del mar, las cuatro distintas. La primera era como un león con alas de águila; mientras yo miraba, le arrancaron las alas, la alzaron del suelo, la pusieron de pie como un hombre y le dieron mente humana. La segunda era como un oso medio erguido, con tres costillas en la boca, entre los dientes. Le dijeron: -«¡Arriba! Come carne en abundancia.» Después vi otra fiera como un leopardo, con cuatro alas de ave en el lomo y cuatro cabezas. Y le dieron el poder. Después tuve otra visión nocturna: una cuarta fiera, terrible, espantosa, fortísima; tenía grandes dientes de hierro, eón los que corma y descuartizaba, y las sobras las pateaba con las pezuñas. Era diversa de las fieras anteriores, porque tenía diez cuernos. Miré atentamente los cuernos y vi que entre ellos salía otro cuerno pequeño; para hacerle sitio, arrancaron tres de los cuernos precedentes. Aquel cuerno tenía ojos humanos y una boca que profería insolencias. Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Yo seguia mirando, atraído por las insolencias que profería aquel cuerno; hasta que mataron a la fiera, la descuartizaron y la echaron al fuego. A las otras fieras les quitaron el poder, dejándolas vivas una temporada. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

 

Salmo responsorial Dn 3,75.76.77.78.79.80.81. R. Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor.

Cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor.

Mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor.

Aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor.

 

Evangelio según san Lucas 21,29-33. En aquel tiempo, expuso Jesús una parábola a sus discípulos: -«Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca. Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»

 

Comentario: 1.- Dn 7,2-14. a) Cambia el panorama con respecto a los días anteriores: ahora es Daniel quien tiene una "visión nocturna", llena de simbolismos extraños. Esta vez son cuatro animales -como hace unos días eran cuatro materiales de construcción de una estatua- los que describen los cuatro imperios sucesivos: el babilonio, el de los medos, el de los persas y el griego, de Alejandro y sus sucesores seléucidas, con sus "diez cuernos", tantos como reyes de aquella dinastía. También aquí se detiene más el vidente en el reinado último, el de Antíoco, su contemporáneo, al que describe como más cruel y feroz que nadie. Pero lo importante no es la ferocidad de esos imperios, sino la visión que viene a continuación: el trono de Dios, los miles y miles de seres que le aclaman y, finalmente, la aparición de "una especie de hombre que viene entre las nubes del cielo: a él se le dio poder, honor y reino. Su reino no acabará". 

b) De aquí viene el nombre de "Hijo del Hombre" referido en lo sucesivo al futuro Mesías, y que al mismo Jesús le gustaba aplicarse. "Una especie de hombre", "uno con la apariencia de hombre". "un hijo de hombre". Es un nombre que los evangelios dan más de ochenta veces a Jesús. Jesús, el Mestas, es el que sabe interpretar la historia, el que -como dirá el Apocalipsis- puede "abrir los sellos del libro", el que recibe el reino perpetuo y aparecerá al final como Juez supremo de la humanidad. La lectura de Daniel nos ayuda a situarnos en una actitud de mirada profética hacia el futuro, al final de los tiempos, con el reinado universal y definitivo de Cristo, el Triunfador de la muerte, como celebramos el domingo pasado en la solemnidad de Cristo, Rey del Universo, y que seguiremos haciendo durante el Adviento. Terminamos el año litúrgico con la mirada fija en Cristo Jesús. Es la dirección justa, la que da sentido a nuestro camino.

El capítulo VII de Daniel, que meditamos hoy y meditaremos mañana sábado, es el más importante de toda la apocalipsis bíblica. Por la deslumbrante riqueza de las imágenes, por el potente hábito profético, por la profundidad teológica de los temas... anuncia directamente el Apocalipsis de san Juan. Leyendo esas palabras ardientes, no olvidemos que Jesús, delante del tribunal del Sumo sacerdote, Caifás -quien conocía también esa profecía- aplicó este texto a Sí mismo, reivindicando así la «igualdad con Dios»... tomando el título de «Hijo del hombre»... anunciando su «venida sobre las nubes del cielo». Y esto le valdrá su condenación a muerte por blasfemo. 

-La noche... Tuve una visión: cuatro vientos del cielo... El gran mar... Cuatro bestias enormes: un león... un oso... un leopardo... una bestia con diez cuernos y con dientes de hierro...  No nos apresuremos a pasar por alto esas imágenes, tachándolas de infantiles. Se expresa en ellas una profunda filosofía de la Historia: la sucesión de los reinos terrestres ateos -que no reconocen al verdadero Dios- es una sucesión de regímenes inhumanos, en los que la crueldad y el dominio se ejercen en detrimento de los hombres. Daniel sabía algo de ello puesto que vivía bajo el terrible reino de Antíoco Epifanes, el cual quería doblegar a todo el pueblo e imponerle un modo de vida... falto de respeto por la libertad y la dignidad profunda del hombre.  La tentación de «dominar», de «aplastar», de "doblegar", de «imponer», de «asustar», de "usar la fuerza"... ¿se encuentra también de algún modo en mí?  En la vida conyugal, en la vida profesional, en las discusiones y conversaciones, en las tomas de posición, en las relaciones humanas... ¿Cómo me comporto? ¿Amor o fuerza? ¿Diálogo o certidumbre sectaria? ¿Búsqueda paciente con los demás... o imposición de mi punto de vista? La tentación del «poder», la dialéctica del «amo y del esclavo» llega hasta aquí. No se da sólo en las relaciones económicas, se encuentra ya «en el corazón del hombre». Cambia, Señor, nuestros corazones y mentalidades. 

-Continué mirando y vi unos tronos dispuestos y «un Anciano» se sentó... El tribunal se sentó también y se abrieron los libros: la «bestia» fue muerta... Y a las otras bestias se les quitó el dominio...  Es el Juicio de Dios sobre la Historia. Daniel anuncia el próximo fin de los «grandes Imperios» terrestres, el último de los cuales tiraniza al pueblo de Dios. «A las otras bestias se les quitó el dominio». Si esto fuese verdad, Señor! ¡Si fuese verdad que los poderes humanos nunca más fuesen «malos» y no abusasen nunca más de su fuerza! Por desgracia, sabemos que la Historia vuelve a empezar. Pero el Juicio también comienza de nuevo, permanentemente. Cambia nuestros corazones, Señor. 

-Yo seguía mirando y vi venir sobre las nubes del cielo, como un Hijo de hombre. ¡He ahí la verdadera «esperanza»! No solamente una liberación política o económica, por necesaria que ésta sea... sino una liberación interior, el "reino de Dios" mediante de un «Hijo del hombre". 

-A El se le dio "el imperio, el honor y el reino": todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno y nunca pasará. Tú, Señor Jesús, has reivindicado ser ese «Hijo de hombre»... que viene "sobre las nubes del cielo" lo que es propio de los seres celestes. El viene más del cielo que de la tierra. Ya no es un «mesías», solamente terrestre, cuyo "reino" no es como los demás. «Si mi reino fuese de este mundo, mis soldados hubiesen luchado por mí, a fin de que no fuese yo entregado» (Jn 18,36). 

- Y sin embargo, es «como» un hijo de hombre, ¡pobre y sufriente! (Noel Quesson).

Esta semana es como una glosa del Evangelio del domingo, Cristo Rey… Tenemos que reconocer y aceptar, de una vez por todas, que el Reinado de Cristo no es un reinado etéreo, reducido al ámbito de lo meramente psicológico e individual, sino que es una realidad que pretende conseguir la transformación radical del mundo. Cristo es un Rey Liberador, porque nos libera (si nos dejamos, por supuesto) de todo aquello que nos impida ser realmente hombres: -Frente al afán consumista que nos desvela y nos impide vivir con una relativa paz, Jesús nos recuerda que los ricos ya han recibido su consuelo (Lc 6, 24), que quien pone el valor de su vida en lo que posee es un insensato (Lc 12, 19-20). El hombre vale por lo que vale aquello a lo que se ata; si se ata a las cosas que se pagan, su precio es el dinero. Jesús nos enseña a buscar el Reino y su justicia.

-Frente a las estructuras que intentan reducir al hombre a un producto en serie, Jesús deja bien claro que leyes y estructuras están al servicio del hombre y no al revés; el testimonio evangélico no se da a base de una buena organización: "destruid este templo, y en tres días lo reedificaré" (Jn 2,19); el Espíritu y la libertad, no las leyes, son la base de la actuación del hombre.

-Frente a los prejuicios que destruyen la paz del hombre, Jesús no tiene inconveniente en comer con publicanos y pecadores sin hacer caso de las críticas de "los buenos" (Mc 2,15), o en hablar con los samaritanos (Jn 4,6-9), las mujeres (Lc 8,1-3) y los extranjeros (Mc 7,31).

-Frente a la violencia que siembra de sangre la geografía de nuestro planeta, Jesús nos propone la libertad de quien es capaz de romper con la espiral de violencia, que nunca termina, y devuelve bien por mal (Mt 5,28 ss). Cuando llegó el caso, Jesús supo atacar, pero sin odio ni violencia, que es lo que esclaviza al hombre.

-Frente al miedo que paraliza al hombre y lo reduce a una marioneta, Jesús propone la libertad del amor; ni miedo a Dios, porque es Padre bueno; ni miedo a los hombres, porque son hermanos; el cristiano no puede tener miedo a nada ni a nadie, porque sabe que es Dios mismo quien dirige la historia hacia su culminación universal (Lc 12, 32); ni tan siquiera a la muerte, porque Cristo ha triunfado sobre ella.

-Frente a la esclavitud de buscar el éxito fácil, tan frecuente en nuestro tiempo, Jesús propone buscar el único éxito que merece la pena: el del Reino de Dios; ante la posibilidad de convertir piedras en panes, Jesús recuerda que no sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de Dios (Mt 4, 3ss). Los éxitos fáciles lo más que consiguen es ser respuesta a necesidades inmediatas; ahora bien, el hombre se encadena a la primera solución que se presente, arreglando así una pequeña parte de su problema, y no le queda ya más libertad para hacer frente a las cosas en su profundidad.

-Frente a la esclavitud del mal, en cualquiera de sus formas, Jesús se presenta como el liberador que trae el Reino del bien y da a los suyos la posibilidad de seguir haciendo el bien: pecado, enfermedad, demonios, soledad..., de todo ello queda libre el hombre que, con confianza, se pone en manos de Jesús. Es cierto que Jesús no hace desaparecer el mal "como por arte de magia"; pero Jesús se revela como el Señor que domina el mal, que puede darle una solución, una respuesta, una salida.

-Frente a la esclavitud del sufrimiento, Jesús anuncia la llegada del día en el que los ciegos vean, los cojos caminen, los sordos oigan, los encarcelados vean la luz del sol, los pobres escuchen la buena noticia (Lc 4, 16-21); es verdad que el sufrimiento no ha desaparecido, que sigue siendo cosecha abundante en nuestro mundo; pero ahora vemos hasta dónde puede conducir, cuál es su valor y su sentido y qué es lo que ha ocurrido con el sufrimiento en el mundo.

-Frente a la esclavitud de la muerte, que se enseñorea de todos los hombres, antes o después, quieran o no quieran, Pablo nos recuerda que el bautizo que nos vinculaba a la muerte de Jesús nos sepultó con él para que, así como él resucitó triunfando sobre la muerte y rompiendo definitivamente sus cadenas, también nosotros podamos empezar una vida nueva, una vida sin verdadera muerte (Rm 6,3-4).

-Frente a la esclavitud de ver el mundo sin futuro, sin salida, nosotros afirmamos en nuestra fe que Jesús ha dado comienzo a un mundo nuevo en el que ya no habrá ni luto, ni llanto, ni muerte, ni dolor pues lo de antes ha pasado y Dios lo hace todo nuevo (Ap 21,3-5). Los sufrimientos de la condición humana son los sufrimientos de un alumbramiento, el cual debe dar a luz una vida nueva y sin fin; nuestras penalidades y sacrificios no nos llevan al sinsentido y al absurdo, sino a la liberación y a la consecución de una vida nueva (Mc 13,8).

Jesús es el liberador soberano y universal; su Reino es un Reino de libertad y vida; sin liberación no puede haber vida, y sin vida la liberación no es nada. Nosotros, discípulos de este hombre y Dios que es Jesús y que nos ha traído la LIBERTAD, no podemos reducir su misión, su tarea y su mensaje a una "simple religión", como muchas veces hemos hecho. Hace ya años que Loisy hizo su afirmación; "Jesús predicaba el Reino de Dios y llegó la Iglesia", y en cierto sentido la polémica aún sigue en pie. En la Iglesia hay muchos que, a veces, son más eclesiásticos que eclesiales, más preocupados por sí mismos que por su misión. Y no podemos olvidar que la Iglesia es el medio, y el Reino la meta final. La Iglesia está al servicio del Reino y, por tanto, no se puede absolutizar ni cerrar en sí misma. Esta semana de Cristo Rey, recordemos una vez más cómo es su Reino y cuál es nuestra responsabilidad en él. Y, como Iglesia, busquemos el Reino de Dios y justicia, con la convicción de que todo lo demás se nos dará por añadidura (Luis Gracieta).

El mar, en la Escritura es símbolo del abismo, del caos, de la maldad. De él surgen cuatro bestias que detentarán el poder en el mundo. Pero de esas bestias no puede esperarse ni la salvación ni la paz. Lo único que hacen es destruir, pisotear, triturar a las naciones y llenarse el hocico de sangre inocente. Y Dios se encarga de destituirlos y despojarlos de su poder. Pero a una bestia, que además de hacer todos esos males profiere blasfemias, se ordena matarla, descuartizarla y echarla al fuego. Recordemos que todo poder viene de Dios, de lo alto, no de lo bajo, de la maldad. Y quien ha sido puesto por Dios para regir al pueblo no puede dedicarse a destruir a los suyos. Todo reino es pasajero; sólo Aquel como Hijo de Hombre, que no viene del abismo sino entre las nubes del cielo, Aquel que procede de Dios y ha puesto su morada entre nosotros, posee un Reino que jamás será destruido, pues no actuará sino bajo la guía del Espíritu del mismo Dios. Quienes pertenecemos al Reino y Familia de Dios, no vivamos como destructores de la paz y de la dignidad de nuestro prójimo. Más aún: si tenemos algún poder en la tierra, sepamos que no lo hemos recibido de los hombres sino de Dios; y por tanto no queramos llamarnos cristianos para después, cobijados por el poder, dedicarnos a destruir a quienes nos fueron confiados o a quienes se oponen a nuestros intereses.

Dice el Catecismo 2816: "El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre: 'El reino de Dios implica por tanto en cada uno de nosotros un compromiso personal que nos debe llevar a buscarlo con todas nuestras fuerzas: es la perla escondida y el tesoro que requiere venderlo todo para comprarlos. Eso quiere decir que en nuestra vida todo lo debemos enfocar a cumplir la Voluntad de Dios, que se nos manifiesta a través de las circunstancias concretas en que Dios nos ha colocado y que debemos seguir con generosidad, olvidándonos de nosotros mismos, pues con egoísmo no entramos.

Todos los días le pedimos a nuestro Padre Dios: "venga a nosotros tu reino", pero sólo lo podemos decir con verdad si nuestro corazón es puro y queremos que verdaderamente Èl reine en nosotros.

El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: '¡Venga tu Reino!' (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13)".

Con la ayuda de nuestra Madre, Reina, podremos luchar y esforzarnos para vivir como súbditos de Cristo Rey y llegar a poseer el Reino que Él nos ha prometido si nos esforzamos.  

 

2. Dan. 3, 75-81. Todo debe unirse a la alabanza hecha al Nombre de Dios, pues Él se ha convertido en nuestro Salvador. Si toda la tierra ha contemplado la Victoria de nuestro Dios, que todas las naciones bendigan su Santo Nombre. Aquella armonía, perdida a causa del pecado, ahora vuelve a acompañarnos a través de nuestra vida, pues el Señor nos ha dado su paz. A nosotros corresponde conservar e incrementar esa convivencia serena con todas las criaturas y no destruirlas a causa de nuestros intereses mezquinos. Todo está al servicio del hombre, pero debe ser utilizado, no como una explotación enriquecedora egoístamente, sino con la responsabilidad que nos lleva a respetar los recursos de la naturaleza, que Dios ha puesto en nuestras manos. Así, por medio del hombre redimido, la redención de Cristo alcanza a todas las criaturas que, unidas al hombre, bendicen al Señor.

 

3.- Lc 21,29-33. a) Jesús toma una comparación de la vida del campo para que sus oyentes entiendan la dinámica de los tiempos futuros: cuando la higuera empieza a echar brotes, sabemos que la primavera está cercana. Así, los que estén atentos comprenderán a su tiempo "que está cerca el Reino de Dios", porque sabrán interpretar los signos de los tiempos. Algunas de las cosas que anunciaba Jesús, como la ruina de Jerusalén, sucederán en la presente generación. Otras, mucho más tarde. Pero "sus palabras no pasarán". 

b) Jesús inauguró ya hace dos mil años el Reino de Dios. Pero todavía está madurando, y no ha alcanzado su plenitud. Eso nos lo ha encomendado a nosotros, a su Iglesia, animada en todo momento por el Espíritu. Como el árbol tiene savia interior, y recibe de la tierra su alimento, y produce a su tiempo brotes y luego hojas y flores y frutos, así la historia que Cristo inició. No hace falta que pensemos en la inminencia del fin del mundo. Estamos continuamente creciendo, caminando hacia delante. Cayó Jerusalén. Luego cayó Roma. Más tarde otros muchos imperios e ideologías. Pero la comunidad de Jesús, generación tras generación, estamos intentando transmitir al mundo sus valores, evangelizarlo, para que el árbol dé frutos y la salvación alcance a todos. Permanezcamos vigilantes. En el Adviento, que empezamos mañana por la tarde, en vísperas del primer domingo, se nos exhortará a que estemos atentos a la venida del Señor a nuestra historia. Porque cada momento de nuestra vida es un "kairós", un tiempo de gracia y de encuentro con el Dios que nos salva (J. Aldazábal).

Jesús acaba de anunciar el «fin de Jerusalén» y, simbólicamente o realmente, el «fin del mundo»... sus venidas al mundo eran el presagio de su venida definitiva. Su gran preocupación es tratar de evitar a sus apóstoles toda angustia y pánico. 

-Cuando empiece a suceder esto poneos derechos y alzad la cabeza...  La Iglesia anda «encorvada» bajo el peso de las pruebas y de las persecuciones, Jesús le pide de enderezarse, de alzar la cabeza. Lo que, para mucha gente, aparece como una destrucción y un juicio terribles, para los creyentes, por el contrario, debe aparecer como el comienzo de la salvación... 

-Porque vuestra redención está cerca. Esta palabra, tan frecuente en san Pablo (Co 1,30; Rm 3,24; 8,23; Col 1,14) sólo es usada en esas citas, y en ninguno de los evangelios. El término «redención» procede del latín «redemptio»; mejor sería traducirlo directamente del griego «apolutrôsis» por el término «liberación». "¡Vuestra liberación está cerca!" Señor, ayúdame a considerar todo acontecimiento de la historia, como una etapa que me acerca a la «liberación».

-Y les puso una comparación: Fijaos en la higuera o en cualquier otro árbol: Cuando echan brotes, os basta verlos, para saber que el verano ya está cerca.  Me agrada esa comparación. Un árbol en primavera. ¿Qué hay de más hermoso?, ¿de más prometedor? Me imagino una higuera o un manzano lleno de brotes tiernos. Después del invierno es una promesa del verano. Guardo unos momentos esta imagen en mi imaginación.  Para Jesús la cercanía del «fin» es un acercarse a la primavera. ¡El verano está cerca! La Pasión empezará dentro de unos días (Lc 22). Cuando esos sucesos anunciadores del fin de Jerusalén, del fin del mundo, de vuestro fin personal... comenzarán, ¡enderezaos, levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca, viene el verano! Del mismo modo, también vosotros, cuando veáis que suceden todas estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca. 

-«Los hombres se morirán de miedo en el temor de las desgracias que sobrevendrán en el mundo».  «Vosotros, ¡enderezaos! ¡El Reino de Dios está cerca!» Prácticamente en Palestina no hay primavera, de tal modo es rápido el paso del invierno al verano: ¡toda la naturaleza florece de una vez!  Con esto, Jesús da a sus amigos unas imágenes de la muerte... y del fin del mundo. De otra parte distingue netamente a los creyentes de los demás hombres que están espantados. Más que contestar a la pregunta de sus amigos sobre la fecha de la destrucción del Templo, Jesús les indica las actitudes que deben tomar. "De lo que estáis contemplando, días vendrán en los que no quedará piedra sobre piedra". 

-Maestro, ¿cuándo sucederá?- Cuando esto suceda, enderezaos» La primera actitud ante los anuncios escatológicos, es... ¡la esperanza! 

-El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán...  La segunda actitud, es... ¡la confianza! La certeza de que Dios no puede fracasar, que las palabras divinas son sólidas, no son frágiles, ni caducas. En el DÍA de HOY, ¿dan los cristianos testimonio de esa seguridad tranquila de la que Jesús daba prueba, pocos días antes de su muerte? ¡Señor, danos una fe más sólida! (Noel Quesson).

Jesús utilizaba un lenguaje sumamente accesible para comunicar su mensaje. El objetivo de sus palabras no era enseñar complejas y doctas doctrinas, sino indicar donde irrumpía el Reino de Dios y cómo debía leerse la realidad. Esta forma de enseñar le traía gran simpatía entre el pueblo, que se congregaba en torno a él para escucharlo. En el pasaje que hoy leemos, Jesús indica de qué modo se deben interpretar los signos de los tiempos. Para ello usa una metáfora agrícola, fácilmente comprensible para su audiencia campesina. En ella se pone en evidencia cómo del mismo modo que un árbol anuncia sus frutos por medio de las flores y los retoños, de la misma manera la realidad muestra signos de lo venidero. No se trata de hacer cábalas para el futuro, sino de descubrir en el presente los signos de los acontecimientos venideros. La comparación que Jesús propone advierte al pueblo sobre los peligros que conlleva el asegurarse únicamente en las garantías que ofrece un gran templo -centro religioso y económico a la vez- y en la solidez militar de unas grandes murallas. Estas seguridades los volvían ciegos ante los signos del Reino que Dios suscitaba en medio de ellos. Ante la ceguera manifiesta de líderes oficiales y populares Jesús trata de mover la conciencia popular mediante su enseñanza. Su intención es despertar a la multitud para que perciba los signos de la destrucción en medio de las falsas seguridades. El tiempo demostraría que Jesús tenía razón, pero la multitud fue más propicia a la manipulación de sus líderes tradicionales, de izquierda y derecha, que a las enseñanzas del Maestro de Galilea. Hoy, se presentan muchos maestrillos que prometen la Zeca y la Meca. Envuelven a las multitudes en discursos seudoespirituales y en trabajosas terapias y dietas. Su intención puede que sea buena, pero se olvidan de lo fundamental: la realidad no es para ignorarla sino para transformarla. El ser humano no puede crecer de espaldas a su realidad comunitaria y social.

Dos pensamientos muy típicos de la literatura apocalíptica: el milenarismo y la predestinación. Sin embargo, el juicio se decide, fundamentalmente, por las obras que quedan evidentes en este momento de Revelación. Toda esta escena es de gran tensión y expectativa. Pareciera que el tiempo de castigo ha llegado y que nada quedará en pie. Sin embargo, lo que perdura, lo que resiste a "la cólera de Dios", son las obras de los justos y la actitud de no haber adorado a la Bestia. La vida coherente, podríamos decir hoy. La fe se demuestra en obras, también podríamos decir. En definitiva, una vida creyente que se arriesga y se enfrenta al poder que se ha idolatrizado, una fe que solamente rinde culto al Dios de la Vida, y que no teme morir por vivir de acuerdo al evangelio. El juicio, empero, tiene un final que no se agota en la discriminación de los salvados o los condenados, sino que se abre a una nueva imagen, tan cargada de simbolismos como de emoción. La historia culmina en un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, es decir, en una total novedad de la creación. Todo es nuevo, todo está redimido, todo es puro y bueno. Ya no habrá más aguas contaminadas, ni tierra con desecho nuclear, ni aire carbonizado; ya no habrá más extinción de especies, ni recalentamiento del planeta; ya desapareció el agujero de Ozono o las radiaciones; ya no hay más niños deformes como conse cuencia de experimentos atómicos. Ahora TODO ES NUEVO.  Pero no queda aquí la cosa. El final no es solamente la salvación o condenación de los mortales, ni tampoco la re-creación del cielo y la tierra. Hay más. Dios se casa con su pueblo. Todo el Amor, toda la Misericordia, toda la Vida, se desposa con su pueblo sufriente y expectante, y lo recibe en su alcoba, en donde descansará de tanto trajín. El pueblo, ese buscador de felicidad, por fin se ha encontrado con el Amado del Cantar de los Cantares, y ha quedado pleno de su Vida. ¿Podemos dejar de soñar y emocionarnos pensando en este momento? ¿No nos mueve la fe a creer que UN DIA todo esto puede ser posible? Y ante esta imagen no queda otra cosa que simplemente esperar que suceda. Porque nada de lo que vemos parece que esté llevando hacia este final. Al contrario. Los mercaderes de este tiempo parecen estar salvados de cualquier amenaza, nuestro hogar (la tierra) se ha transformado en un gran basurero, y Dios parece que se ha id o de nosotros. Frente a la Palabra de Dios del Apocalipsis y frente a la situación de vida, sólo nos queda creer, simple y crudamente, lo que Dios nos promete (servicio bíblico latinoamericano). 

Un aforismo medieval dice: "Rey que no tiene amigo es como un mendigo". Esta vida no está hecha para solitarios. El cielo nuevo es para ser compartido. La tierra nueva es para ser labrada juntando las manos en la tarea de desbrozar la mala hierba. A esto se refiere lo de la higuera… En el evangelio se nos advierte, usando una comparación botánica, de la proximidad del reinado de Dios. Llama la atención el cambio respecto a los textos paralelos de Mateo y Marcos. Ellos hablan del fin del mundo. Lucas, en cambio, se refiere a la proximidad del reino en relación con la predicación de Jesús. El fragmento que meditamos hoy contiene, pues, una parábola (la de la higuera), una aplicación dos pequeños dichos de Jesús, traídos probablemente de otros contextos. Jesús invita a fijarnos en la higuera o en cualquier árbol de hoja caduca. Cuando observamos que echa brotes caemos en la cuenta de que la primavera está cerca. Si somos capaces de observar esto, también podemos saber que cuando sucedan "estas cosas" el reino de Dios está ya cerca. Se trata, pues, de una realidad que no irrumpe abruptamente sino que se va abriendo paso como la savia que hace brotar hojas nuevas en los árboles tras los rigores del invierno. Los dichos se refieren a la inminencia de este proceso ("antes que pase esta generación") y a la seriedad del mensaje que Jesús anuncia ("mis palabras no pasarán"). Hay que estar atentos a las señales de los tiempos y de los lugares; son elocuentes para indicarnos algo de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas. El Concilio Vaticano II retomó con fuerza el tema de los "signos de los tiempos": "es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos. Es necesario comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones" (GS 4). En el fondo, no debemos esperar encontrar la fecha de cumplimientos de profecías viejas o premoniciones presentidas: es la cercanía o lejanía del Reino (v. 31) lo que nosotros podemos y debemos discernir de entre los signos de los tiempos (Josep Rius-Camps).

En Lc 21, 29-33 se habla de: Los signos de los tiempos que anuncias la cercanía del Reino, dentro del discurso apocalíptico de Jesús. Conviene ver la estructura de todo el discurso, para no perdernos. El texto de hoy responde al 'cuándo' sucederán todas estas cosas. Se hace una distinción entre la 'cercanía' del Reino de Dios (texto de hoy: vv. 29-33) y la 'venida' del Día del Hijo del Hombre (texto de mañana: vv. 34-36). La respuesta al cuando es diferente si se trata de la cercanía de Reino o si se trata del Día del Hijo del Hombre. No hay que confundir. La cercanía del Reino de Dios no es algo repentino e inesperado, sino un proceso histórico que se da a lo largo de todo el tiempo presente. Es necesario, sin embargo, descubrir los signos de su llegada. Jesús utiliza la imagen de la higuera y todos los árboles. Cuando echan brotes, el verano está cerca. Igualmente podemos discernir los signos que anuncian la llegada del Reino de Dios. Es lo que hoy llamamos los signos de los tiempos. También podemos discernir los signos de la llegada del Reino de Dios. La frase del v. 32 es desconcertante: "Les aseguro que antes que pase esta generación todo se cumplirá". 'Esta generación' puede ser la generación, posterior a la Resurrección de Jesús y antes de la Parusía. También puede tener el sentido, no cronológico sino teológico, de la generación de los que viven la cercanía del Reino de Dios. Sabemos que el Reino de Dios llegará en su plenitud con la Parusía de Jesús. El Apocalipsis de Juan nos dice claramente, que cuando Jesús se manifieste, resucitarán los mártires y reinarán mil años con Jesús (Ap 20, 1-6). Se trata de la realización sobre la tierra del Reino de Dios, mil años antes del Juicio final. El número 'mil' es simbólico, pero la realización del Reino es real e histórica, aunque trascendente, por estar más allá de la muerte de los mártires y mas allá de la Parusía de Jesús. Ahora bien, esa realización plena del Reino de Dios puede ser desde ahora adelantada y celebrada cada vez vivimos algo de ese Reino hoy en nuestra historia. Hay miles de acciones y testimonios donde ya vamos adelantando el Reino. Esa el la generación de los mártires que desde ya descubren la cercanía del Reino y tratan de vivirla en nuestro presente. Lo que se nos exige es estar atentos a los signos de los tiempos donde se hace visible esa cercanía del Reino de Dios. Es una actitud permanente de discernimiento.

Sobre la frase "la generación ésta": según S. Jerónimo, aludiría a todo el género humano; según otros, al pueblo judío, o sólo a los contemporáneos de Jesús que verían cumplirse esta profecía en la destrucción de la ciudad santa. Fillion, considerando que en este discurso el divino Profeta se refiere paralelamente a la destrucción de Jerusalén y a los tiempos de su segunda Venida, aplica estas palabras en primer lugar a los hombres que debían ser testigos de la ruina de Jerusalén y del Templo, y en segundo lugar a la generación "que ha de asistir a los últimos acontecimientos históricos del mundo", es decir, a la que presencie las señales aquí anunciadas. En fin, según otra bien fundada interpretación, que no impide la precedente, "la generación ésta" es la de fariseos, escribas y doctores, a quienes el Señor acaba de dirigirse con esas mismas palabras en su gran discurso del capítulo anterior. Un notable estudio sobre este pasaje, publicado en "Estudios Bíblicos", de Madrid, ha observado que "el Discurso escatológico no tiene sino un solo tema central: el Reino de Dios, o sea, la Parusía en sus relaciones con el Reino de Dios. Que "la respuesta del Señor (Luc. 21, 8 ss.; Marc. 13, 5 ss.) como en Mat. (24, 4 ss.) y el cotejo de su demanda (de los apóstoles) con la del primer Evangelio, nos certifican que, efectivamente, de sólo ella principalmente se trata" y que "la intención primaria de la pregunta era la Parusía soñada", por lo cual "que el tiempo se refiere directamente a la Parusía es por demás manifiesto" y "en la parábola de la higuera se nos dice que cuando comience a cumplirse todo lo anterior a la Parusía veamos en ello un signo infalible de la cercanía del Triunfo definitivo del Reino"; que la expresión todo esto significa todo lo descrito antes de la Parusía; que el triunfo del Evangelio encontrará "toda clase de obstáculos y persecuciones directas o indirectas" y que a su vez "la generación esta" implica limitación, presencia actual, y "tiene siempre, en labios del Señor, sentido formal cualificativo peyorativo: los opuestos al Evangelio del Reino (como en el Ant. Test. los opuestos a los planes de Yahvé)". Cita al efecto los siguientes textos, en que Jesús se refiere a escribas, fariseos y saduceos: Mat. 11, 16; Luc. 7, 11; 12, 39; 41, 42, 45; Marc. 8, 12; Luc. 11, 29; 30, 31, 32; Mat. 16, 4; 17, 17; Marc. 9, 19; Luc. 9, 41; 23, 36; Luc. 11, 50, 51; Marc. 8, 38; Luc. 16, 8; 17, 25. Y concluye: "De todo lo cual parece deducirse que la expresión la generación esta es una apelación hecha para designar una colectividad enemiga, opuesta a los planes del Espíritu de Dios, que inicia la guerra al Evangelio ya desde sus comienzos (Mat. 11, 12; Luc. 16, 16; Mat. 23, 13; Juan 9, 22, 34, 35 y en general a través de todo el Evangelio); el "semen diaboli" (Gén. 3, 15; cf. Juan 8, 41, 44, 38, etc.), en su lucha con el "semen promissum" (Gén. 3, 15 comp. Gál. c. 3, especialmente 16 y 29)".

Ojalá y la Palabra de Dios llegue en nosotros a su cumplimiento. Pues sólo el hombre es el único capaz de evitar que esa Palabra se haga realidad entre nosotros. Cuando el hombre vive de espaldas a Dios, su Palabra, no cumplida en nosotros a causa de nuestra cerrazón a ella, en lugar de salvarnos se nos convertiría en Palabra que nos juzgue y condene. Y el Señor ha venido como Salvador, como Dios entrañablemente misericordioso para con nosotros. Ojalá y escuchemos hoy su voz y no endurezcamos nuestro corazón ante Él. Que la Iglesia de Cristo dé abundantes frutos de salvación, porque sus obras pongan de manifiesto la fecundidad del Espíritu, que ha sido derramado en nuestros corazones. Entonces, cuando el Señor llegue para llevarnos con Él, no seremos condenados, sino introducidos a su presencia para gozar eternamente de los bienes, que ha reservado a quienes le viven fieles. Hemos hecho caso al Señor que nos ha llamado para estar con Él en esta Eucaristía, banquete de su amor. Él nos convoca para que renovemos nuestra alianza que nos une a su Hijo con lazos más fuertes que los lazos de la alianza nupcial. Mediante la Eucaristía nosotros somos del Señor y Él es nuestro. Nosotros vivimos en Él y Él en nosotros. Él está en nosotros y nosotros en Él, como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Nosotros somos el Reino de Dios, por vivir unidos a Aquel que es Cabeza de La Iglesia, Reino y Familia de Dios. Nuestra vocación mira a anunciar la Buena Nueva de salvación a todos los hombres, mediante nuestras palabras, obras, actitudes y vida misma. Y el Señor nos reúne para recordarnos que no podemos vivir conforme a los criterios de poder de este mundo, sino conforme a lo que Él nos enseñó: El que de ustedes quiera ser grande, que se convierta en el servidor de todos, que tome su cruz de cada día y me siga, pues nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Y volveremos a nuestras labores diarias; y ahí será el tiempo y la hora de manifestarnos como redimidos del pecado y de la muerte, y no como esclavos de la maldad y de lo pasajero. Ojalá y no permanezcamos como varas secas, incapaces de producir frutos que alimenten la vida, sino que comencemos a manifestar con nuestras buenas obras no sólo que el Reino de Dios está cerca, sino dentro de nosotros. Que lo pasajero no embote nuestra mente, ni nuestro corazón, para que el día del Señor no nos tome desprevenidos. No vivamos con la mirada puesta en la tierra, en las riquezas que nos encadenan, en el mal uso del poder que nos hace destruir a los demás. Pongamos nuestra vida al servicio del amor fraterno; pues sólo entonces podremos decir que la Palabra de Dios se ha cumplido en nosotros y nos ha llevado a la Plenitud del Hijo de Dios. Que la Iglesia de Cristo se manifieste como una esposa digna, adornada con las virtudes que proceden de Dios, y guiada por el Espíritu Santo, y convertida en signo de salvación para todos los hombres. No dejemos que nos dominen los criterios del mundo, ni nos dejemos manipular por los poderes temporales. Que seamos un signo profético de Dios que llame a todos a vivir como hermanos y a trabajar para que nadie sea humillado, perseguido o destruido por quienes nos proclamamos como hijos de Dios, pues Dios no nos llamó para ser signos de muerte, sino de vida que haga que la salvación y el amor de Dios llegue a todos los hombres. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir en un verdadero servicio a Dios, amándolo no sólo de rodillas en su presencia, sino sirviéndolo amorosa y fraternalmente en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados. Amén (www.homiliacatolica.org).

Una palabra eterna (Lc 21,33). Leemos en el Evangelio de Lucas esta expresión del Señor: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Permanecerán porque fueron pronunciadas por Dios para cada hombre, para cada mujer que viene a este mundo. Jesucristo sigue hablando, y sus palabras, por ser divinas, son siempre actuales. Toda la Escritura anterior a Cristo adquiere su sentido exacto a la luz de la figura y de la predicación del Señor. Él es quien descubre el profundo sentido que se contiene en la revelación anterior. Los judíos que se negaron a aceptar el Evangelio se quedaron como con un cofre con un gran tesoro adentro, pero sin la llave para abrirlo. Desde siempre la Iglesia ha recomendado su lectura y meditación, principalmente del Nuevo Testamento, en el que siempre encontramos a Cristo que sale a nuestro encuentro. Unos pocos minutos diariamente nos ayudan a conocer mejor a Jesucristo, a amarle más, pues sólo se ama lo que se conoce bien.

Cuando en el Evangelio de la Misa leemos hoy que el cielo y la tierra pasarán, pero no sus palabras, nos señala de algún modo que en ellas se contiene toda la revelación de Dios a los hombres: la anterior a su venida, porque tiene valor en cuanto hace referencia a Él, que la cumple y clarifica; y la novedad que Él trae a los hombres, indicándoles con claridad el camino que han de seguir. Jesucristo es la plenitud de la revelación de Dios a los hombres. Cuántas veces hemos pedido a Jesús luz para nuestra vida con las palabras -Ut videam!, Que vea, Señor- de Bartimeo: o hemos acudido a su misericordia con las del publicano: ¡Oh Dios, apiádate de mí que soy un pecador! ¡Cómo salimos confortados después de ese encuentro diario con Jesús en el Evangelio!

Cuando la vida cristiana comienza a languidecer, es necesario un diapasón que nos ayude a vibrar de nuevo. ¡Cuántas veces la meditación de la Pasión de Nuestro Señor, ha sido como una enérgica llamada a huir de esa vida menos vibrante, menos heroica! No podemos pasar las páginas del Evangelio como si fuera un libro cualquiera. Su lectura, dice San Cipriano, es cimiento para edificar la esperanza, medio para consolidar la fe, alimento de la caridad, guía que indica el camino... (Tratado sobre la oración). Acudamos amorosamente a sus páginas, y podremos decir con el Salmista: Tu palabra es para mis pies una lámpara, la luz de mi sendero (Salmo 118,105: F. Fernández Carvajal).

Nos interesan mucho los pronósticos. Ponemos atención al reporte del clima para saber si saldremos o no al campo. A los aficionados, el de la Liga de fútbol. A los empresarios, el de la Bolsa de valores. ¡Qué previsores! Nos gusta saber todo con antelación para estar preparados. Jesucristo ya lo había constatado hace 2000 años, cuando no había ni telediarios, no existía el fútbol, ni mucho menos la Bolsa de Valores. Pero los hombres de entonces, ya sabían cuándo se acercaba el verano, porque veían los brotes en los árboles. Nuestra vida se mueve entre una historia (el pasado) y un proyecto (el futuro). La invitación del Señor es a estar preparados para lo que nos aguarda, con atención a los signos de los tiempos. A aprender de las lecciones del pasado, con optimismo y deseo de superación. Pero, sobre todo, a vivir intensamente el presente, el único instante que tenemos en nuestras manos para construir. No lo podemos perder lamentándonos por los errores del pasado y, menos aún, temiendo lo que puede llegar en el porvenir. El mejor camino para afrontar el futuro es aprovechar el momento presente. Seamos previsores, ¡invirtamos y apostemos hoy por la vida eterna! (Ignacio Sarre).

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