jueves, 17 de diciembre de 2009

Viernes de la 1ª semana de Adviento. “Jesús les dice… ‘Hágase en vosotros según vuestra fe’. Y se abrieron sus ojos”: La fe para acoger la luz de Dios. Aquel día, verán los ojos de los ciegos la luz: Jesús cura a dos ciegos que creen en él

Viernes de la 1ª semana de Adviento. "Jesús les dice… 'Hágase en vosotros según vuestra fe'. Y se abrieron sus ojos": La fe para acoger la luz de Dios. Aquel día, verán los ojos de los ciegos la luz: Jesús cura a dos ciegos que creen en él

 

Isaías 29.17-24. Así dice el Señor: «Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque; aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor, y los más pobres gozarán con el Santo de Israel; porque se acabó el opresor, terminó el cínico; y serán aniquilados los despiertos para el mal, los que van a coger a otro en el hablar y, con trampas, al que defiende en el tribunal, y por nada hunden al inocente.» Así dice a la casa de Jacob el Señor, que rescató a Abrahán: «Ya no se avergonzará Jacob, ya no se sonrojará su cara, pues, cuando vea mis acciones en medio de él, santificará mi nombre, santificará al Santo de Jacob y temerá al Dios de Israel. Los que habían perdido la cabeza comprenderán, y los que protestaban aprenderán la enseñanza.

 

Salmo 26,1.4.13-14. R. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mí luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

 

 

Texto del Evangelio (Mt 9,27-31):   Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?». Dícenle: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe». Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!». Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.

 

Comentario: 1. 1.- Is 29,17-24. "Mirad este país que Yahvé dio a vuestros padres..." La injusticia y la opresión reinan en todas partes; la administración está corrompida, y los pobres no disponen de recurso alguno contra la arbitrariedad. En efecto, un "tirano", es decir, la pandilla de los bien provistos y de los consejeros regios, tapa la iniquidad de las sentencias dictadas por los tribunales del rey. Ya no se presta atención a la palabra de Dios; por el contrario, los aduladores están bien instalados. ¿Es ése el reino de la justicia y de la santidad? Pero Dios va a derribar a los que así se mofan de él. La transformación será radical. El Líbano llegará a ser como el Carmelo; el bosque soberbio no será más que un huerto. Entonces los ciegos verán y los sordos oirán; entonces los pobres exultarán en el Señor. Fiel a sus promesas, Yahvé habrá borrado la vergüenza de la casa de Jacob (com. de San Terrae).

-El ojo del profeta vislumbre como cercana la salvación total. Esta salvación está ya presente en el corazón de los que esperan aunque no aparezca en el orden externo. Se la entiende como liberación de la pobreza de la tierra, de toda tara personal, de todo abuso social. Será un vuelco total que sufrirá la creación entera y nuestro propio corazón cuando llegue la hora. Cuando triunfe el Mesías, cuando llegue su Reino y todo sea transformado y el mundo redimido, no podrá existir el mal en ningún sentido. Tanto el mal cósmico como el humano habrán desaparecido. Todos escucharán y todos verán porque todos vivirán pendientes de la palabra de Yavhé, de su voluntad salvífica.

Página profética, que expresa la espera de la humanidad. Página poética, toda ella llena de imágenes concretas y sugestivas. No olvidemos que esos oráculos de Isaias, en el texto hebreo, no están escritos en prosa, sino en verso: son «poemas» líricos.

-Dentro de poco tiempo, muy poco, y el Líbano se convertirá en vergel. Una «selva» que, de súbito, se convierte en "vergel". ¡Todos los árboles improductivos se ponen a dar frutos! Sí, en los tiempos mesiánicos, la naturaleza misma se asocia a la gran renovación de los corazones humanos. Promesa de felicidad total. Sentido de la creación que participa a los decaimientos y a los enderezamientos del hombre.

-Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro y saliendo de la oscuridad y las tinieblas los ojos de los ciegos verán. El profeta-poeta ha escogido dos de las más dramáticas deficiencias humanas y simbólicamente nos anuncia la liberación de «todos» los achaques. Me detengo a evocar en mi memoria los achaques y sufrimientos de aquéllos que conozco... No para aumentar mi visión pesimista del mundo, sino para sentir mejor la belleza y la originalidad de la buena nueva que se nos anuncia en ese día.

-Los humildes volverán a alegrarse en el Señor y los pobres se regocijarán en Dios, el santo de Israel. Señor, ayuda a todos los que sufren esperando "aquel día" que nos has prometido. ¡Que venga aquel día! Mensaje de esperanza para los humildes y los pobres. Estas son, por adelantado, las palabras mismas del Magnificat. María, toda ella, estaba como impregnada de esos pasajes de la Biblia, que ahora leemos diariamente. Ella había leído ese poema de Isaías, lo aprendió en la escuela de su pueblo; y a su vez, como madre lo enseñó a Jesús. Un pueblo entero, alimentándose de esa Palabra, esperaba la era mesiánica. María debió «exultar» cuando vio a su hijo «abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos». El Mesías ha venido. La era mesiánica ha comenzado y ¡ha llegado el tiempo anunciado por los profetas! Y, no obstante, son todavía muchos los pobres que sufren y gimen, y ¡que están muy lejos de exultar! ¿Soy de los que trabajan esforzadamente para que la miseria vaya desapareciendo?

-Porque habrá llegado el fin de los tiranos... Los que se burlan de Dios, desaparecerán... Y serán exterminados todos los que desean el mal... En adelante, Jacob no se avergonzará. Ciertamente esto es lo que esperan los pobres de todas las épocas: no ser aplastados, ni explotados, ni despreciados. Ante todo reclaman su dignidad «¡no sentirse avergonzados!» ¿Presto atención a los más pobres que yo? ¿a los que, comparativamente, podrían avergonzarse ante mí? ¿qué puedo hacer para ayudar a la promoción colectiva de los más desheredados? ¿para reducir las diferencias enormemente escandalosas entre las situaciones? ¿Cuáles son mis compromisos al servicio de los demás? Igualmente me interrogo sobre mi plegaria al servicio de los demás (Noel Quesson).

La apostasía de Israel está en su culto insincero, puramente externo. Mientras habla de Dios con las palabras y con los labios, su corazón permanece lejos de él. Dios prepara un castigo que sus sabios no han sabido prever (13-14). La violación de los derechos morales, los contravalores éticos no son tan graves como la pretensión de poder engañar a Dios: «¡Ay de los que ahondan para esconderle sus planes a Dios! Hacen sus obras en la oscuridad, diciendo: ¿Quién nos ve, quién se entera?» (15). En los vv 18-24 el profeta vislumbra la restauración de Israel, su recuperación integral. El pobre se alegrará porque se acabarán la tiranía y la injusticia. Israel no volverá a ser despreciado porque cesarán la infidelidad y la desobediencia. Esta reacción positiva viene de los pobres: son los que tienen el coraje de fiarse de Dios, de saber descubrir el signo de su presencia. Los pobres manifiestan la sabiduría de la fe.

Dios es soberano y sigue su propio camino: «Fracasará la sabiduría de sus sabios, y la prudencia de sus prudentes se eclipsará» (14). Este comportamiento lo glosa bellamente Pablo: "De hecho, el mensaje de la cruz de Cristo es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, para nosotros, es un portento de Dios, pues dice la Escritura: Perderé la sabiduría de los sabios y anularé la cordura de los cuerdos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el estudioso de este mundo? ¿No ha demostrado Dios que el saber de este mundo es locura?" (1 Cor 1,18-20). Ante la actuación soberana de Dios, que escapa absolutamente a todo juicio humano, la sabiduría de este mundo se nos muestra impotente y ridícula. La auténtica sabiduría está solamente allí donde está Dios y Dios se encuentra cerca de la paradoja, de la insignificancia de la cruz de Cristo. ¿Qué valor puede tener, por tanto, una sabiduría que justamente rechaza la cruz? Cuando el creyente triunfa en vencer el escándalo de los signos humildes, se decide por la verdad oculta de Dios, y entonces siente la palabra de la cruz como fuerza de Dios (F. Raurell).

No cerremos nuestros ojos ante las inmoralidades, ante los engaños, ante las injusticias, ante la corrupción que reina en muchos ambientes. Por todas partes las personas se ven bombardeadas por una serie de requerimientos que les invitan a abandonar el camino del bien para dedicarse a la maldad, bajo el engaño de encontrar la felicidad. Sin embargo esos caminos sólo dejan a la persona cada vez más deteriorada, y vacía de los auténticos valores que le dan sentido a la plena realización de su vida. ¿Realmente estará a punto de convertirse nuestro mundo en un vergel en el que broten abundantes frutos de amor, de salvación, de santidad, de justicia y de paz? Nosotros, los que creemos en Cristo Jesús, hemos de ser los primeros responsables en darle una nueva orientación a nuestra vida y a nuestro mundo. No vivamos en radicalismos de fe inútiles que nos podrían llevar, o a encerrarnos en nosotros mismos queriendo evitar el contaminarnos con los pecadores para que no nos envuelvan ni nos lleven tras de sí, o el querer erradicar el mal acabando con los malvados. El Señor nos quiere, no separados del mundo, sino viviendo en Él como un fermento de santidad que, con una actitud comprensiva y misericordiosa, nos lleve a esforzarnos en ayudar a todos a desembarazarse de toda aquella carga de maldad que les oprime, y puedan vivir en un auténtico amor a Dios y a su prójimo. Entonces, sólo entonces, irá surgiendo realmente una humanidad renovada en Cristo Jesús.

El mal no desaparece cuando a los enfermos, sino erradicando la fuente de la enfermedad, los focos de infección. ¿Queremos que haya más justicia y que la pobreza quede erradicada en el mundo? No basta darles voz a los desvalidos, ni socorrer a los pobres. Es necesario que la Palabra de Dios penetre hasta lo más íntimo de aquellos cuyo orgullo ha desviado su corazón y son los causantes de todos estos males. Es necesario confrontar la propia vida con la Palabra de Dios para que los extraviados entren en razón y los inconformes acepten las enseñanzas que nos vienen de Dios. El Hijo de Dios ha sido enviado a nosotros para que, viendo sus acciones, aprendamos a ir por el camino que Él nos mostró y, no sólo con las palabras, sino con las obras y la vida misma, santifiquemos su Nombre entre nosotros. Dios espera de nosotros que no cerremos nuestros ojos, ni taponemos nuestros oídos ante la salvación que nos ofrece. Él nos quiere hombres de fe para convertirnos en un reflejo de su amor para todos los hombres.

 

2. ¡Ven, Señor Jesús! Esperamos alegre y confiadamente en la venida de nuestro Señor Jesucristo, para estar continuamente en su presencia. Por eso, nos armamos de valor y fortaleza y, sin descuidar nuestro trabajo en las realidades temporales de nuestra vida diaria, nos esforzamos, guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo, que habita en nosotros, en poder llegar a vivir en la casa del Señor todos los días de nuestra vida. Dios nos ha favorecido por medio de su Hijo Jesús, mediante el cual nos llama para que seamos hijos suyos. Escuchemos hoy su voz y no endurezcamos ante Él nuestro corazón.

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará en contra nuestra? Confiemos en el Señor. Mas no por eso pensemos que el Señor hará su obra de salvación sin considerar nuestra fe, nuestra disposición a hacer su volunta y a caminar conforme a sus enseñanzas. En el camino de salvación no es sólo Dios; ni somos sólo nosotros; es la Gracia de Dios con nosotros. Es verdad que de parte nuestra sólo hay una frágil voluntad; pero será el Señor el que nos tome bajo su cuidado, e irá haciendo que poco a poco vayamos creciendo en el amor a Él y en la fidelidad a su voluntad, pues el camino de salvación es eso precisamente, un camino que se inicia tal vez con mucha fragilidad, pero que, si confiamos en el Señor, Él hará que lleguemos a amar y a querer conforme a lo que Él espera de nosotros. Confiemos siempre en el Señor. Dejemos que Él guíe nuestros pasos por el camino del bien, hasta que algún día podamos contemplar el Rostro del Señor y disfrutemos de Él eternamente.

 

3. La ceguera que hoy la liturgia trae a nuestra consideración tiene diversos niveles. En primer lugar, en el mundo hay sufrimiento. En la carta encíclica "Salvados en la esperanza", Benedicto XVI dice que "podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito". Hemos de procurar aliviar el sufrimiento, pero el objetivo va más allá, sobre todo cuando no puede quitarse el dolor y hay que transformarlo.

Otra forma de ceguera es la interior, como decía de sí mismo San Agustín: "ciego y hundido, no podía concebir la luz de la honestidad y la belleza que no se ven con el ojo carnal sino solamente con la mirada interior", pues sin la apertura a Dios la ceguera es una enfermedad incurable: "¿qué soy yo sin ti para mi mismo sino un guía ciego que me lleva al precipicio?", la búsqueda del "ciego y turbulento amor a los espectáculos" es una forma de suplir esa carencia vital.

Estamos viendo estos días cómo el Señor, en cumplimiento de las profecías de Isaías (cf. Lc 4,16ss; Is 61,1-2) cura a los enfermos y les da la libertad: "a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos". En este viernes de la primera semana de Adviento, la primera lectura nos muestra al profeta Isaías proclamar a Jesús que vendrá, y entonces "desde las tinieblas y oscuridad verán los ojos de los ciegos" (Isa 29, 17-24). También se nos dice: "El Señor es mi luz y mi salvación" (Salmo 26). No sólo en los problemas materiales, sino también en esa ceguera interior, para la que nos pide fe: los dos ciegos que siguen a Jesús les piden curación, misericordia, y el Señor les pregunta si tienen fe en que Él puede curarlos. En muchos otros lugares del Evangelio se recoge esta llamada a la fe, para poder obrar los milagros (cf. F. Fernández Carvajal, "Hablar con Dios", la meditación del día de hoy).

La clave para aumentar la fe, en el sufrimiento, es la que nos indica Benedicto XVI en la citada encíclica: "La oración como escuela de la esperanza". Cuenta que "Agustín ilustró de forma muy bella la relación íntima entre oración y esperanza en una homilía sobre la Primera Carta de San Juan. Él define la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. « Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don] ». Agustín se refiere a san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive lanzado hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,13). Después usa una imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del corazón humano. « Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? » El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados." Así logramos esta fe, necesaria para obtener lo que deseamos, aun de un modo mejor que el que deseamos, y es el que Dios quiere; pero el camino es ensanchar nuestro corazón, para poder albergar ese don, esa luz para poder ver.

 

3.- Mt 9, 27-31 (ver domingo 30B). ¡Qué fácil es hacer que se condene a los pobres y a los sencillos que ni siquiera conocen sus derechos! Les arrojas un poco de polvo a los ojos y quedan cegados y entregados en manos de quienes no buscan más que hacer caer a los inocentes. Ya se puede recitar ante ellos el libro de la ley: para ellos no pasa de ser letra muerta. ¿Quién les dará la clave para poder orientarse? Generación tras generación, así se burlan de Dios y de los hombres los tiranos. Tiranía que aquí y allá reviste aspectos gigantescos, en los que pueblos enteros son humillados; pero tiranía asimismo insidiosa que, en pequeña escala, se conforma con hacer tropezar, uno a uno, a los pequeños. "¡Mentid, mentid... siempre queda algo!".

"Un poco de tiempo todavía, dice el profeta, y todo eso va a cambiar". Pero los pobres se preguntan: ¿cuándo va a ser eso? Y su noche se alarga... hasta un día en que por el camino pasa alguien que les dice simplemente: "¿Crees que puedo hacer eso por ti?"

Entonces Jesucristo abre los ojos a los ciegos. Es el final de los tiranos. ¿Cómo? Jesucristo explica a cada hombre la dignidad de serlo, y basta con que un hombre alce la cabeza ante el opresor para que quede derrotada la tiranía, pues ésta no ha alcanzado su objetivo, que no era otro que degradar al hombre. Jesucristo explica al mundo el amor de Dios, y basta un vislumbre de amor para que el poder y la maldad sean vencidos.

"Un poco de tiempo todavía, muy poco tiempo, dice el Señor". Hermano, déjale a Dios abrir tu corazón, y verás cómo tu pobreza es un manantial de felicidad. Sólo que no vayas a contárselo a todo el mundo: ¿quién te comprendería? Hace siglos que los tiranos creen que dirigen el mundo: pobres ciegos... Con los ojos abiertos cuanto pueden, no ven más que tiniebla. Pero para nosotros ha despuntado el día: el día de una luz interior (com., Sal Terrae).

El Mesías ya ha venido y "abrió los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos". La era mesiánica ha comenzado y ha llegado el tiempo anunciado por los profetas. Pero aún somos muchos los que no creemos de verdad en "aquel día que se nos ha prometido". Creemos que es mayor el pecado del mundo que la fuerza salvadora de Jesús. Creemos que el "misterio de iniquidad" es más poderoso que el misterio de la gracia. Creemos que el egoísmo es de nuestro corazón es un muro tan impenetrable que no lo puede traspasar el Señor resucitado.

-¿Creéis que puedo hacerlo?

-Ten compasión de nosotros.

La comunión es la prenda de que Cristo puede transformar "nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo".

-Jesús iba de camino... Dos ciegos le salieron al encuentro gritando... Me paro un instante a imaginar esta escena concreta como si yo asistiera también. ¿Qué tipo de plegaria me sugiere esta escena? Me pone de nuevo en el tema de la espera, del adviento. Hombres, mujeres, jóvenes, niños... a mi alrededor esperan algo de mí. Todos no gritan, pero su grito es quizá interno. El "grito" es un signo. Signo de una necesidad muy fuerte, de un sufrimiento muy intenso, signo de una sensibilidad afectada a lo vivo. Una necesidad fuertemente sentida, ni que sea solo de tipo humano, (sufrimiento físico o moral, ansia de pan o de amistad, aspiración a una vida mejor), puede ser el punto de partida, el inicio, de una búsqueda de Dios.

-"¡Hijo de David, ten compasión de nosotros!" Su plegaria es muy simple: es su grito, grito que brota de su sufrimiento. Mi plegaria, también debería ser a veces simplemente esto: la expresión sincera de que algo no marcha bien en mí, alrededor de mí... mi sufrimiento... los sufrimientos de los que yo soy el testigo... "Ten compasión de nosotros, Señor. Kyrie eleison." En cada misa, se nos sugiere a menudo este tipo de plegaria. Sabemos darle un contenido concreto: plegaria de intercesión. Al decir "Hijo de David", los dos ciegos reconocen a Jesús un título mesiánico. Tú eres aquel que ha de venir, aquel que ha sido prometido por los profetas.

-Luego que llegó a su casa, se le presentaron los ciegos. Jesús parece haber querido poner a prueba su plegaria: de momento no les contesta. A menudo, Señor, nos da la impresión de que Tú no nos oyes. Imagino la escena que se prolonga: los dos ciegos que se apegan a El, que continúan siguiendo a Jesús por la calle, que continúan gritando, rogando... hasta la casa, y entran con El.

-Jesús les dijo: "Creéis que puedo hacer eso que me pedís?"

-"Sí, Señor". Jesús interroga. Quiere asegurarse de la autenticidad de su fe. Desea purificar esta Fe. La necesidad humana que está en el origen de su plegaria podría no ser sino el deseo de un milagro... para sí mismos, para ellos dos. Y esto tiene ya su importancia, lo hemos visto. Y Dios lo escucha. Es un punto de partida, ambiguo, pero tan natural... Jesús, con su pregunta, trata de hacerles progresar hacia una fe más pura: elIos pensaban en "sí mismos"... Jesús les orienta hacia su propia persona, hacia El. "~Creéis que yo puedo hacer esto? Jesús les pregunta si tienen Fe. Don de Dios; el milagro que se dispone a hacer no es una cosa automática ni mágica. Los sacramentos no son actos mágicos: los sacramentos requieren Fe. Lo que me llama la atención Señor, es el respeto que tienes a la libertad del hombre: Suscitas en ellos la espera, el deseo, la fe... No quieres forzar... hace falta una cierta correspondencia, en el hombre, para que Tú le colmes.

-Entonces les tocó los ojos diciendo: Según vuestra fe, así os sea hecho. Sí, Tú no has obligado. Has esperado y has suscitado su Fe. "Así se haga, según vuestra Fe." Señor, aumenta en nosotros la Fe.

-Se les abrieron los ojos, mas Jesús les conminó diciendo: Mirad que nadie lo sepa. Ellos, sin embargo, al salir de allí, lo publicaron por toda la comarca. Ese secreto que Jesús les pide pone de manifiesto que no desea levantar un entusiasmo superficial. No es lo sensacional ni lo prodigioso lo que cuenta (Noel Quesson).

Es una estampa muy propia de Adviento la de los dos ciegos que están esperando, y cuando se enteran que viene Jesús, le siguen gritando: «ten compasión de nosotros, Hijo de David». Dos ciegos que desean, buscan y piden a gritos su curación. Tal vez no conocen bien a Jesús, ni saben qué clase de Mesías es. Pero le siguen y se encuentran con el auténtico Salvador, quedan curados y se marchan hablando a todos de Jesús. Como tantas otras personas que a lo largo de la vida de Jesús encontraron en él el sentido de sus vidas. Una vez más se demuestra la verdad de la gran afirmación: «yo soy la luz del mundo: el que me sigue no andará en tinieblas».

a) El Adviento lo estamos viviendo desde una historia concreta. Feliz o desgraciada. Y las lecturas nos están diciendo que este mundo nuestro tiene remedio: éste, con sus defectos y calamidades, no otros mundos posibles. Que Dios nos quiere liberar de las injusticias que existen ahora, como en tiempos del profeta. De las opresiones. De los miedos. Cuántas personas están ahora mismo clamando desde su interior, esperando un Salvador que no saben bien quién es: y lo hacen desde la pobreza y el hambre, la soledad y la enfermedad, la injusticia y la guerra. Los dos ciegos tienen muchos imitadores, aunque no todos sepan que su deseo de curación coincide con la voluntad de Dios que les quiere salvar.

b) Pero nos podemos hacer a nosotros mismos la pregunta: ¿en verdad queremos ser salvados? ¿nos damos cuenta de que necesitamos ser salvados? ¿seguimos a ese Jesús como los ciegos suplicándole que nos ayude? ¿de qué ceguera nos tiene que salvar? Hay cegueras causadas por el odio, por el interés materialista de la vida, por la distracción, por la pasión, el egoísmo, el orgullo o la cortedad de miras. ¿No necesitamos de veras que Cristo toque nuestros ojos y nos ayude a ver y a distinguir lo que son valores y lo que son contravalores en nuestro mundo de hoy? ¿o preferimos seguir ciegos, permanecer en la oscuridad o en la penumbra, y caminar por la vida desorientados, sin profundizar en su sentido, manipulados por la última ideología de moda?

El Adviento nos invita a abrir los ojos, a esperar, a permanecer en búsqueda continua, a decir desde lo hondo de nuestro ser «ven, Señor Jesús», a dejarnos salvar y a salir al encuentro del verdadero Salvador, que es Cristo Jesús. Sea cual sea nuestra situación personal y comunitaria, Dios nos alarga su mano y nos invita a la esperanza, porque nos asegura que él está con nosotros.

La Iglesia peregrina hacia delante, hacia los tiempos definitivos, donde la salvación será plena. Por eso durante el Adviento se nos invita tanto a vivir en vigilancia y espera, exclamando «Marana tha», «Ven, Señor Jesús».

c) Al inicio de la Eucaristía, muchas veces repetimos -ojalá desde dentro, creyendo lo que decimos- la súplica de los ciegos: «Kyrie, eleison. Señor, ten compasión de nosotros». Para que él nos purifique interiormente, nos preste su fuerza, nos cure de nuestros males y nos ayude a celebrar bien su Eucaristía. Es una súplica breve e intensa que muy bien podemos llamar oración de Adviento, porque estamos pidiendo la venida de Cristo a nuestras vidas, que es la que nos salva y nos fortalece. La que nos devuelve la luz. En este Adviento se tienen que encontrar nuestra miseria y la respuesta salvadora de Jesús (J. Aldazábal).

El breve pasaje de Mateo que leemos hoy, nos presenta la escena de los dos ciegos que siguen a Jesús pidiéndole que los cure. Lo llaman, llenos de fe y de esperanza, "Hijo de David", es decir, Mesías, enviado de Dios. Da a entender el evangelista que Jesús no los curó inmediatamente, que esperó a llegar a la casa adonde se dirigía y que además los interrogó sobre su fe. Parecería que fue la fe, no el simple contacto de la mano de Jesús, lo que curó a los ciegos. La fe que es confianza incondicionada de que el bien vence al mal, de que Dios es más grande que nuestros males, nuestros egoísmos y nuestras ruindades. Jesús exige a los ciegos curados que no divulguen el milagro. ¿Acaso fue hecho en secreto? ¿No hubo testigos que seguramente contarían a otros la maravilla acontecida? Tal vez Jesús no quiere la falsa propaganda, ser equiparado a un simple curandero, ser recibido por el interés en sus poderes. Pero los ciegos no pueden callar; dice Mateo que divulgaron la noticia por toda la comarca. No la noticia del milagro, sino la noticia de que podíamos encontrarnos con alguien tan compasivo y misericordioso, alguien tan poderoso, que sería capaz de curar nuestra ceguera y nuestra sordera, de asumir la defensa de los pobres y los oprimidos y de castigar a los jueces y gobernantes corruptos.

Todo esto quiere decir que se hacen realidad las palabras de Isaías escuchadas en la 1ª lectura. Esta es una convicción que se nos quiere inculcar en este tiempo de Adviento: que en Cristo, cuyo nacimiento estamos próximos a celebrar, se realizan las más grandes esperanzas de la humanidad, las promesas que Dios hizo al pueblo elegido, los anhelos de bien y de amor que anidan en todos los seres humanos de buena voluntad (J. Mateos-F. Camacho).

La liturgia de Adviento ha recurrido a este pasaje evangélico con el fin de esclarecer uno de los aspectos de la actuación del Mesías esperado. Para ello se nos coloca frente al cumplimiento de una de las profecías más significativas sobre los tiempos prometidos: la curación de la ceguera, la restitución de la vista a ciegos, como se consigna también en la primera lectura.

La comunidad cristiana vive de la convicción de que el futuro depende de la acción de Dios que desea el bien de la Humanidad. Los tiempos mesiánicos producen una transformación de toda la realidad que recupera la finalidad original para la que ha sido creada. Las tinieblas cederán su paso a la luz, la injusticia sucumbirá ante la justicia de Dios que se revela en plenitud a los seres humanos.

Esta expectativa no se coloca exclusivamente en el futuro temporal de la existencia sino que ha comenzado a ser operante en la realidad con la actuación histórica de Cristo que, aunque colocada en el pasado, representa la realización de las posibilidades a las que el ser humano está llamado.

Por ello, en la curación de los dos ciegos, más que una simple sanación física, debemos ser capaces de descubrir la transformación que produce ya ahora en el ser humano la acción de Jesús de Nazaret.

Las fuerzas de los imperios ocupantes fueron entendidas en el pasado de Israel como una acción caótica en que se podía descubrir la acción de las tinieblas que se habían adueñado de la tierra y del ser humano. Este dominio de las tinieblas ha producido la ceguera de la existencia humana, la incapacidad de distinguir la realidad y de asignarle su sentido.

Por ello, los dos ciegos que aparecen en el pasaje representan al pueblo israelita doliente y necesitado de compasión, al que pertenecen estas personas como se revela en el título de "Hijo de David" con que se dirigen a Jesús.

Sin embargo, ese título no expresa adecuadamente toda la realidad de Jesús. Es necesario que se abran a un reconocimiento más profundo, el de la fe que les lleva a proclamar a Jesús como el Señor y a un acercamiento fruto del caminar hasta su "casa" (v.29).

La fe produce en los ciegos una liberación de la esclavitud de las tinieblas. En ellos la acción de Dios se manifiesta como revelación de un nuevo éxodo y de un nuevo acto creador capaz de separar la luz de las tinieblas y , por lo mismo, de la recuperación de la capacidad de visión.

Los ciegos obtienen así la misma respuesta que había obtenido el centurión en 8,13 y en ambas respuestas se hace patente el cumplimiento de las promesas ligadas a la fe.

Sin embargo, hay una diferencia entre uno y otro caso. Aquí Jesús prohíbe divulgar lo acontecido a fin de evitar que Israel, al que los ciegos pertenecen, pueda interpretar la curación desde una perspectiva de un Mesías nacionalista entendido exclusivamente como el Hijo de David.

El encuentro con Jesús, por tanto, debe significar para cada integrante de la comunidad cristiana una liberación de la ceguera y la entrada en el ámbito de una libertad, capaz de superar todo exclusivismo producto de intereses de razas o de grupos (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

Jesús realizó muchos signos mediante los cuales nos manifestó que en Él se estaban cumpliendo las promesas mesiánicas. Jesús nos dejó muy en claro el camino que hemos de seguir nosotros, sus discípulos; esto lo ha hecho de un modo especial en el así llamado, sermón de la montaña. Pero se acerca la hora de su entrega, en amor hasta el extremo, por nosotros. Unos ciegos, sin nombre, representando a la humanidad que ha caminado en la oscuridad provocada por el pecado, ante las palabras y las obras de Jesús, perciben que el Hijo de David, prometido por Dios, ha llegado a nosotros como poderoso salvador, para hacérnoslo contemplar, no sólo con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe. Él ha venido como salvador nuestro, y, a pesar de nuestros muchos pecados, en Cristo encontramos el camino que nos reconcilia con Dios y nos salva. Pero no basta llamarle con los labios Hijo de Dios, o Mesías, o Hijo de David, o Señor. Hay que permitirle reconciliarnos con Dios y con el prójimo, y dejar que haga su obra de salvación en nosotros. ¿Creemos que puede hacerlo? La respuesta a esta pregunta no se da con los labios, sino con la sinceridad de quien en verdad se deja moldear en las manos de Dios, como el barro tierno se deja moldear por las manos del alfarero, hasta que nos haga llegar a la perfección de su propio Hijo, enviado por Él a nosotros como Salvador, y como el único Camino que nos lleva hacia la perfección del mismo Dios.

A pesar de que muchos pudieran poseer grandes cantidades de bienes materiales, o poder temporal, sin embargo todos venimos a esta Eucaristía conscientes de que muchas veces hemos estado ciegos para Dios y ciegos para hacer el bien a nuestro prójimo. Esta ceguera que puede compararse también con la pobreza, con la falta de un auténtico amor, nos hace presentarnos ante el Señor con la sencillez y humildad que nace de un corazón que busca al Señor para dejarse llenar de Él y de las auténticas riquezas que le darán sentido a nuestra vida. Dios quiere que abramos los ojos, tanto para contemplarlo a Él y amarlo sobre todas las cosas, como para contemplar a nuestro prójimo y no pasar de largo ante sus necesidades en todos los niveles. La Eucaristía, a la que el Señor nos ha convocado, nos une a Cristo y nos compromete a trabajar por su Evangelio, por su Reino, por hacer el bien a todos, amándolos como el Señor nos ha enseñado en su entrega sacrificial por nosotros.

Jesús nos ha invitado a seguirlo cargando nuestra cruz de cada día. Él no se dirige a la muerte, sino a la posesión de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre; aun cuando para llegar a ella deba padecer y pasar por la muerte. Si queremos ir tras de Él para llegar hasta donde nos ha precedido Aquel que es nuestro Principio y Cabeza, no podemos caminar con los ojos ciegos a causa de nuestras esclavitudes al pecado. Quien ha tomado en serio su seguimiento de Jesús ha de reconocerlo como Dueño y Señor de su vida, de tal forma que esté dispuesto a escuchar en todo su Palabra y ponerla en práctica. No puede, por tanto, un hombre de fe, conformarse con sólo darle culto al Señor, sino esforzarse por construir el Reino de Dios ya desde este mundo; Reino en el que el amor a Dios y al prójimo tenga la primacía. Entonces podremos vivir como hermanos, y no pasaremos de largo ante los pecados, ni ante las necesidades de nuestros hermanos. Quien vive destruyendo la paz, quien en lugar de darle seguridad al mundo desestabiliza la vida social, no puede, por ningún motivo llamarse hijo de Dios y, mucho menos, puede pensar que, cargando su propia cruz, se encamina a poseer la Gloria a la que Cristo nos llama; más bien tendría que decir que aún vive ciego, cegado por sus egoísmos y por sus miradas miopes acerca de lo que es la verdadera paz y el auténtico amor fraterno.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de reconocer con humildad nuestras propias miserias y egoísmos, para que, dejándonos transformar por el Espíritu de Dios, seamos criaturas nuevas que, siguiendo las huellas de Cristo, demos a nuestro mundo el rumbo del auténtico amor, y seamos capaces de caminar unidos hacia la posesión de los bienes definitivos. Amén (www.homiliacatolica.com).

Jesús, otro milagro. Los milagros son un medio para mostrar tu divinidad: Nadie tiene poder sobre la naturaleza sino Aquel que la hizo. Nadie puede obrar un milagro sino Dios. Si surgen milagros tenemos una prueba de que Dios está presente (card. Newman). Pero cómo cuesta arrancártelo. Durante tus años de vida pública te resistes a hacer milagros: sólo los realizas cuando hay una razón suficiente.

No quieres llamar la atención de los jefes judíos, pues sabes que los milagros, al mostrar tu divinidad, pueden ponerte en peligro de muerte. Por eso procuras que no se divulgue la curación: Jesús les ordenó severamente: Mirad que nadie lo sepa. Al igual que en ese otro milagro en las bodas de Caná, cuando le dijiste a tu madre: todavía no ha llegado mi hora, te resistes a hacer cosas extraordinarias.

Sin embargo, Jesús, acabas realizando el milagro. Y Tú mismo explicas por qué: Según vuestra fe así os suceda. Y se les abrieron los ojos. Estos dos ciegos creían en Ti. Por eso venían siguiéndote y gritándole: Ten piedad de nosotros, Hijo de David. Su fe es capaz de arrancarte cualquier favor. Yo también necesito que me ayudes. Ten piedad de mí, Jesús, que tantas veces no estoy a la altura de lo que me pides. Mi egoísmo, mis caprichos, mis gustos, mis planes, me ciegan y no acabo de ver tu voluntad. Ten piedad y ábreme los ojos del espíritu para que te vea, para que te desee, para que quiera hacer lo que me pides.

Padre, me has comentado: yo tengo muchas equivocaciones, muchos errores.

-Ya lo sé, te he respondido. Pero Dios Nuestro Señor, que también lo sabe y cuenta con eso, sólo te pide la humildad de reconocerlo, y la lucha para rectificar, para servirle cada día mejor, con más vida interior, con una oración continua, con la piedad y con el empleo de los medios adecuados para santificar tu trabajo [san Josemaría].

Jesús, quiero prepararme para tu nacimiento, y me doy cuenta de que me falta mucha visión sobrenatural: ver las cosas como Tú las ves. Las veo todavía según mis intereses: ahora tengo que estudiar y que nadie me moleste; ahora me debo un rato de música; mi deporte nadie lo toca; este programa no me lo puedo perder; etc...

Tú me conoces: aún me falta mejorar mucho. Lo único que me pides es la humildad de reconocerlo, y lucha para rectificar. Acercarme más a Ti y, si hace falta, pedirte a gritos, como los dos ciegos: ten piedad de mí. Y la manera de pedirte las cosas es: con más vida interior, con una oración continua, con la piedad y con el empleo de los medios adecuados para santificar tu trabajo.

Jesús, me preguntas: ¿Crees que puedo hacer eso? Te respondo: Sí, Señor. Tócame los ojos de mi corazón para que vea cómo servirte más y mejor cada día. Y aunque es muy difícil moverse a oscuras, Tú me pides que te siga primero un poco a ciegas, fiándome de Ti, como te siguieron estos dos ciegos antes de darles la vista. Si los dos ciegos hubieran esperado a ver todo clarísimo antes de dar un paso, no lo hubieran dado nunca, ni tampoco se hubieran curado.

Igualmente, si espero a ser más generoso hasta entenderlo todo perfectamente, no aprenderé a ser generoso ni tampoco llegaré a entender nada. Que me decida, Jesús, a empezar a caminar: a seguirte más de cerca, a tener más vida interior, a rezar más, a santificar el trabajo día a día. Si lo hago así, me darás la visión sobrenatural que necesito, y -como los ciegos- sabré divulgar tu mensaje a mi alrededor (Pablo Cardona).

Sólo cuando reconocemos nuestras propias miserias y nos decidimos a salir de ellas, al reconocer nuestra propia fragilidad, podremos acudir al Señor para que lleve a cabo su obra de salvación en nosotros. Si decimos ver estando ciegos, es difícil iniciar un camino renovado, pues permaneceremos en las tinieblas a causa de la falta de una nueva esperanza. El Señor no sólo nos quiere cercanos a Él. Él quiere que nos pongamos en camino para dar testimonio de su bondad, de su amor y de su gracia. Pero nos será imposible ponernos en camino mientras el Evangelio no tome carne en nosotros. Somos nosotros los que hemos de renacer a una vida nueva. Hemos de preparar en nosotros un nuevo nacimiento que nos haga presentarnos ante el mundo como hijos de Dios, ya no dominados por las tinieblas de la maldad, de la injusticia, de la violencia, del egoísmo. Sólo en Cristo encontraremos el camino que nos salva y nos libera de la opresión al pecado. Invoquémoslo con humildad y con gran confianza, si es que en verdad queremos convertirnos en auténticos testigos de una vida renovada en Él.

Del Señor venimos y al Señor volvemos. Día a día nuestros pasos se encaminan hacia la posesión de los bienes definitivos. Y el Señor nos reúne en torno suyo para hacernos ver con claridad el camino que hemos de seguir para llegar a nuestra plena unión con Él. A la luz de su Palabra y ejemplo nosotros conocemos el amor de Dios, y la vocación que hemos recibido de convertirnos, en medio del mundo, en un signo creíble de ese amor que Dios sigue teniendo a toda la humanidad. La Iglesia de Cristo tiene por vocación, efectivamente, convertirse en un signo de la presencia del Señor que sigue entregando su vida, perdonando y salvando a todas las personas de todos los tiempos y lugares. El Señor quiere enviarnos como luz, como punto de referencia para que todos puedan encontrar el camino que les conduzca a la paz, al amor fraterno y a la participación de la Vida del mismo Dios, hasta llegar a ser uno en Él. Esta comunión de vida con el Señor la iniciamos ya desde ahora, especialmente mediante nuestra participación en la Eucaristía. Tratemos, pues, de vivir comprometidos en ir tras las huellas de Cristo, para que podamos convertirnos en auténticos testigos suyos.

Cristo es la luz de todos los pueblos, que los ilumina con su vida misma, con su amor, con su entrega, con su hacerse el Dios cercano a todos para conducirnos a nuestra plena madurez en Él. Cuando contemplamos a Cristo vemos el amor que nos ha tenido hasta el extremo. Amor sin reservas; amor que no lo hizo alejarse a pesar de nuestras grandes miserias y traiciones, antes al contrario salió a buscarnos como el pastor busca a la oveja descarriada, hasta encontrarla y llevarla de vuelta al redil; pues Él no quiere que nadie perezca, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y, una vez concluida su misión en este mundo, antes de subir a su glorificación eterna y definitiva junto a su Padre Dios, confió a su Iglesia la misma Misión que Él recibió del Padre. A nosotros corresponde continuar devolviéndole la vista a los ciegos y el seguir esforzándonos para que, ya desde ahora, con la Fuerza del Espíritu Santo, vayamos logrando que el Reino de Dios se haga presente entre nosotros. Sólo entonces irán desapareciendo las opresiones, las altanerías, la pobreza, las iniquidades, las falsedades, las corrupciones. Si creemos en Cristo, manifestémoslo mediante un trabajo esforzado por hacer surgir entre nosotros una humanidad que deje de ser sorda a la Palabra de Dios y que no sea ciega para contemplar el camino que ha de seguir para vivir en un auténtico amor a Dios y al prójimo. Entonces realmente habremos nacido para Dios.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir fieles a sus enseñanzas, y al testimonio de fe en Él que hemos de dar con nuestras obras y con nuestra propia vida. Amén (homiliacatolica.com).

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