jueves, 17 de diciembre de 2009

Domingo de la 1ª semana de Adviento, C. “Suscitaré a David un vástago legítimo”, dice el profeta. Y San Pablo nos anima: “Que el Señor os fortalezca internamente, para cuando Jesús vuelva”. La Iglesia nos prepara para la venida de Jesús, que en el Ev

Domingo de la 1ª semana de Adviento, C. "Suscitaré a David un vástago legítimo", dice el profeta. Y San Pablo nos anima: "Que el Señor os fortalezca internamente, para cuando Jesús vuelva". La Iglesia nos prepara para la venida de Jesús, que en el Evangelio nos anima en la esperanza: "Se acerca vuestra liberación"

 

Lectura del libro de Jeremías 33,14-16. «Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra. En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: "Señor-nuestra-justicia".»

 

Salmo 24,4bc-5ab.8-9.10 y 14. R. A ti, Señor, levanto mi alma.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.

 

Primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3, 12-4,2. Hermanos: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre. En fin, hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.

 

Evangelio según san Lucas 21,25-28.34-36. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»

 

Comentario: «levantaos, alzad la cabeza»: Un nuevo adviento llama a nuestra puerta, / un adviento que es portada / de un año surcado de recuerdos. // Adviento de un hombre que busca; / que ha desencantado muchas cosas, / pero que se siente internamente vacío; / que ha anunciado la muerte de Dios, / para crear nuevos dioses de mentira; / que se embota con objetos de oropel / y ha perdido el sabor de lo sencillo...

Adviento de un Dios que nos busca  / y sale siempre a nuestro encuentro; / que sigue creyendo en los hombres / a pesar de nuestros olvidos y rechazos; / que hace nacer nuevas esperanzas / de nuestras cenizas y desilusiones; / que siempre empuja a los hombres / a crear justicia y derecho en la tierra.

En un nuevo adviento más, / cargado de recuerdos y memorias, / Dios llama a nuestro corazón: / «Levantaos, alzad la cabeza»; / no oteéis mares desconocidos; / mirad a vuestro interior; / allí hay una riqueza mayor / que la que cargaban las naves de Indias.

«Estad siempre despiertos»; / porque hay una brújula y una estela / que lleva a puertos de esperanza / a pesar de nuestras quiebras y naufragios. / «Se acerca vuestra liberación»: / no buscada con espadas y corazas, / sino con una cruz salvadora / que hermana a hombres de toda raza.

Adviento que nos dice quedamente: / «Levantaos, alzad la cabeza», / Dios sigue creyendo en el hombre; / el hombre puede navegar hacia Dios. / Timonel: endereza tu rumbo. / Alza la cabeza... / Alza el corazón... (Javier Gafo).

1. Jr 33,14-16. El contexto es la "palabra que recibió Jeremías del Señor: así dice el Señor: escribe en "un libro" todas las palabras que te he dicho. Porque llegarán días... en que cambiaré la suerte de mi pueblo, Israel, y Judá, ...y los volveré a llevar a la tierra que di en posesión a sus padres" (30,1-3). A este libro que abarca los caps. 30-33 de Jeremías, se le designa con el título de "Libro de la Consolación". Es un mosaico de oráculos que hablan de la salvación del pueblo: el yugo opresor es roto, la herida enconada es curada..., y además de épocas muy diversas. El texto del profeta, al no ser un manuscrito muerto sino vivo, ha sido muchas veces retocado y ampliado por la comunidad a lo largo de los tiempos. La segunda parte de este libro, escrito en prosa, nos habla de la restauración de Judá y de Jerusalén.

Jr 33,14-26 es un oráculo dividido en tres partes (vv 14-18; 19-22; 23-26) y se refiere a las promesas hechas por Dios a David (su ausencia de la versión griega de los LXX es indicio de ser una adición posterior a Jeremías).

La primera parte del oráculo (vv 14-18) es un paralelo, en prosa, del bello oráculo poético de 23,1-8 (texto mucho más apto para la lectura de Adviento) donde el profeta se lamenta contra los pastores, reyes, que en vez de cumplir con su misión de dirigir al pueblo lo han dispersado y dejado perecer. Paradójicamente el último rey de Judá, puesto por Nabucodonosor, ha recibido el nombre de Sedecías (="Dios-es-mi-justicia"), y en vez de cumplir con su deber de pastorear al pueblo lo ha conducido al desastre total. Con el destierro, el Señor da un corte en la dinastía davídica y anuncia que va a suscitar un vástago legítimo del tronco de David. El, y no Sedecías, será el que implante un reino de justicia y de derecho. Por eso será llamado con razón "el-Señor-nuestra-justicia". Y este descendiente de David será el Mesías. En el texto que leemos hoy el título "El-Señor-nuestra-justicia" no se refiere a un rey mesiánico sino a Judá y a Jerusalén (cfr v 17: el sucesor se refiere más a la perpetuidad de la dinastía que a una persona en concreto).

¿Qué personaje humano se dedica a implantar el derecho y la justicia en nuestro mundo? Dirigentes políticos y religiosos que hablan de justicia y derecho crecen como hierba mala. Todos hablan de "servir" al pueblo, de conducirle a los buenos pastos del bienestar y del progreso; incluso llegan a decir que es "tarea muy pesada", "carga divina", ¿ustedes se lo creen? ¿No intentarán más bien medrar a costa del pobre pueblo? Dirigentes chupópteros, como moscas. Auténticos implantadores del derecho y la justicia, pare usted de contar. Las pobres y esquilmadas ovejas aún continúan soñando con un liberador, con Jesús el Mesías. ¡Ven, no tardes! (Dabar 1988).

Los versillos del 14 al 26 constituyen una pequeña composición probablemente añadida al texto original del capítulo 33 de Jeremías. La presente lectura es la primera parte de dicha composición. Todo este conjunto añadido, que algunos atribuyen al profeta Baruc, no consta en la versión griega de los Setenta, pero esto no quiere decir que fuera redactado después de realizarse la traducción griega en tiempos de Ptolomeo II (285-246 a.C.). Lo que sí es cierto es que el texto responde a una situación de profunda depresión del sentimiento nacional y religioso, tal y como fue la de los años 520 al 444, según la describen otros textos bíblicos de la época (cf Mal 3,14s).

Después del destierro y antes de la reconstrucción de Jerusalén, el pueblo necesita ser alentado en sus esperanzas y, después del fracaso de la monarquía, el pueblo pondría su confianza en el rey que aún tenía que venir, en el rey ideal que le había sido prometido, en el Mesías que había de nacer de la estirpe de David. En el contexto literario del libro de Jeremías, concretamente en el capítulo 33, el presente texto viene a confirmar la fe en la promesa anunciada anteriormente sobre el "vástago de David" (23,5s), promesa que arranca de la profecía de Natán (2 Sam 7) y cuyo sentido se aclara a partir de Isaias (4,2).

Aquí se cita el "oráculo del Señor del capítulo 23, 5s y se ratifica la misma promesa; pero se cambia un poco su sentido y se destaca la distancia que media hasta su cumplimiento. No va a suceder inmediatamente, en los días venideros, sino en "aquellos días y en aquella hora". Por otra parte, el sentido originario referente a un Mesías personal se debilita: el "vástago de David" no parece ser ya directamente un "rey prudente" (como en 23,5), sino toda una descendencia o todo un pueblo, por cuya razón se dará el nombre de "Señor-nuestra-justicia" a toda Jerusalén y aun a toda Judá y no a un solo personaje (como en 23,6). Sin embargo, debemos advertir que el sentido individual y el colectivo son correlativos, como lo son las realidades significadas: el rey y el reino davídico, el Mesías y el reinado de Dios. No puede haber un Mesías sin un pueblo mesiánico ("Eucaristía 1982").

Se abre el Adviento con el anuncio profético del Mesías. Será un vástago de David. El tronco de Jesé no puede secarse. Establecerá en la tierra la justicia y el derecho. Se ve que en tiempos de Jeremías tampoco prosperaban la justicia y el derecho. El vástago de David hará justicia, él mismo será justicia, la de Dios, y a su paso todo lo dejará justificado. Y uno pregunta: ¿Qué hay de esta profecía? ¿Se puede saber si la justicia y el derecho han florecido alguna vez en la tierra? ¿En qué tiempo? ¿En qué ciudad? ¿Es que aún no ha venido el Mesías? Estos versos se escriben a principios del siglo VI a.C., hace más de 2.500 años. ¿Es que Dios no cumple su promesa?

Busca en la fe tu respuesta. El Mesías-Dios-justicia no sólo vino, sino que se quedó con nosotros. Pero su presencia es dinámica y con tensión escatológica. Vino, pero aún tiene que venir. Está, pero no del todo. Actúa, pero se vale de nosotros. No reparte frutos, sino semillas. Crece a la manera del fermento, pero deja crecer también a la cizaña. Por todo ello conviene celebrar el Adviento ("Caritas").

 

2. Salmo 24, alfabético: alabar a Dios con las mismas letras con que ha sido escrita la ley. "A ti, Señor, levanto mi alma". Todo el salmo oscila entre dos polos: lo que ha hecho o lo que hace el Señor, y lo que ha hecho o hace el salmista. Dios es presentado como el que indica el camino justo a seguir: "Hace caminar a los humildes con rectitud, / enseña su camino a los humildes. / Las sendas del Señor son misericordia y lealtad, / para los que guardan su alianza y sus mandatos" (v. 9-10). Incluso quien se ha equivocado no es abandonado a sí mismo: "El Señor es bueno y es recto, / y enseña el camino a los pecadores" (v. 8). Basta con tender hacia el bien, no a lo que nos gusta y es cómodo, para que él siempre esté allí, dispuesto a señalar el camino que hay que recorrer: "¿Hay alguien que tema al Señor? / El le enseñará el camino escogido" (v. 12). Pero «temer» al Señor no quiere decir echarse a temblar ante él, estar aterrorizados por este amo supremo. El temor desemboca en el don de su amistad: "El Señor se confía con sus fieles / y les da a conocer su alianza" (v. 14).

Y aquí brota espontáneamente la referencia a las palabras de Cristo; «Ya no os llamo criados, porque el criado no sabe qué hace su señor: a vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he escuchado a mi Padre» (Jn 15, 15). Tenemos por tanto, un Dios que ofrece su propia amistad. Un Dios que enseña a todos el camino a seguir. Y el hombre ¿qué hace? El hombre está empeñado en alejarse por los caminos opuestos a los indicados por el Señor. Trabaja infatigablemente para producir pecados. Por eso el salmista, sin pararse en excusas o justificaciones pueriles, no duda en dirigirse al Dios que perdona los pecados: "Por el honor de tu nombre, Señor, / perdona mis culpas, que son muchas" (v. 11). No hay gesto más noble y liberador que golpearse el pecho reconociéndose culpable. Señor, estoy mal; soy un miserable; por eso: "Mira mis trabajos y mis penas / y perdona todos mis pecados" (v. 18). Son tan numerosos como mis enemigos. Mejor, puedo decir que tengo tantos enemigos crueles como culpas: "Mira cuántos son mis enemigos, / que me detestan con odio cruel" (v. 19). Por otra parte, tú, Señor, tienes ya en tus manos la lista de mis pecados. Por tanto, date prisa en cancelar todo. El salmista en su oración se hace atrevido. Llega a sugerir al Señor lo que debe olvidar. "No te acuerdes de los pecados / ni de las maldades de mi juventud" (v. 7).

Y también lo que debe recordar: "Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas" (v. 6). Y si te quieres acordar de mí no te pares en mis imbecilidades: "Acuérdate de mí con misericordia" (v. 7). En otras palabras, recuerda cuánto amor, cuánta paciencia y cuántos sufrimientos te he costado. En definitiva, el autor de esta oración elige el caer en la emboscada de la misericordia: "Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, / que estoy solo y afligido" (v. 16). Soy un pecador, soy un miserable, pero me he agarrado a un cable que a pesar de todo no he soltado: «en ti confío» (v 2), «tú eres mi Dios y mi salvador» (v 5). Mi esperanza no será defraudada (v 2); el haberme agarrado con todas las fuerzas a esa cuerda no habrá sido en vano. Y ahora voy a tu escuela: "Señor, enséñame tas caminos, / instrúyeme en tus sendas, / haz que camine con lealtad; enséñame"... (v. 45). Sobre todo te recomiendo que no pierdas la paciencia con este alumno de cabeza dura... (Alessandro Pronzato).

¡No me falles, señor! «En ti confío; no sea yo confundido». ¿Caes en la cuenta, Señor, de lo que te sucederá a ti si tú me fallas y yo quedo avergonzado? Con derecho o sin él, pero llevo tu nombre y te represento ante la sociedad, de modo que, si mi reputación baja... también bajará la tuya junto con la mía. Estamos unidos. Mi vergüenza, quieras que no, te afectará a ti. Por eso te suplico con doble interés: Por la gloria de tu nombre, Señor, ¡no me falles!

He dicho a otros que tú eres el que nunca fallas. ¿Qué dirán si ven ahora que me has fallado a mí? He proclamado con plena confianza: ¡Jesús nunca decepciona! ¿Y me vas a decepcionar a mí ahora? Eso hará callar a mi lengua y suprimirá mi testimonio. Pondrá a prueba mi fe y hará daño a mis amigos. Retrasará tu Reino en mí y en los que me rodean. No permitas que eso suceda, Señor.

Ya sé que mis pecados se meten de por medio y lo estropean todo. Por eso ruego: «No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, que son muchas». No te fijes en mis maldades, sino en la confianza que siento en ti. Sobre esa confianza he basado toda mi vida. Por esa confianza puedo hablar y obrar y vivir. La confianza de que tú nunca me has de fallar. Esa es mi fe y mi jactancia. Tú no le fallas a nadie. Tú no permitirás que yo quede avergonzado. Tú no me decepcionarás.

Se me hace difícil decir eso a veces, cuando las cosas me salen mal y pierdo la luz y no veo salida. Se me hace difícil decir entonces que tú nunca fallas. Ya sé que tus miras son de largo alcance, pero las mías son cortas, Señor, y mi medida paciencia exige una rápida solución cuando tú estás trazando tranquilamente un plan muy a la larga. Tenemos horarios distintos, Señor, y mi calendario no encaja en tu eternidad. Estoy dispuesto a esperar, a acomodarme a tus horas y seguir tus pasos. Pero no olvides que mis días son limitados, y mis horas breves. Responde a mi confianza y redime mi fe. Dame signos de tu presencia para que mi fe se fortalezca y mis palabras resulten verdaderas. Muestra en mi vida que tú nunca fallas a quienes se entregan a ti, para que pueda yo vivir en plenitud esa confianza y la proclame con convicción. Dios nunca le falla a su Pueblo. Los que esperan en ti no quedan defraudados» (Carlos G. Vallés).

Versículos 1-7. En este salmo, David expresa su deseo de Dios y su dependencia de Él. Es frecuente en él comenzar sus salmos con tales expresiones, no para mover a Dios, sino a sí mismo hacia Dios.

Expresa su deseo de Dios (v. 1): «A ti, oh Yahweh, levantaré mi alma.» Al dar culto a Dios, hemos de levantar hacia Él nuestra alma. La oración es levantar el corazón a Dios. Sursum corda = «Arriba los corazones», es una frase que se ha usado desde antiguo para invitar al pueblo de Dios a dirigirse a Él en oración.

Pide a Dios dirección en el camino del deber (vv 4,5). Una y otra vez ruega a Dios que le enseñe: «Muéstrame...enséñame, no buenas palabras ni cultas disertaciones, sino tus caminos, tus sendas, tu verdad; los caminos por los que vienes hacia mí (tus designios, tus preceptos, tus promesas), los cuales son siempre misericordia y verdad (v. 10), y los caminos por los que quieres que yo vaya a ti: encamíname en tu verdad y enséñame (v 5). En casos dudosos, hemos de orar fervientemente que Dios nos haga ver claro lo que quiere que hagamos; «enséñame tus sendas» (v 4). Y añade: «Porque tú eres el Dios de mi salvación» (v 5). Si Dios nos salva, también nos enseña y nos guía; el que da salvación, también dará instrucción. «En ti he esperado todo el día» (v 5b), es decir, en todo tiempo. ¿De quién sino de su amo ha de esperar dirección un criado, pues está para servirle en todo tiempo?

Versículos 8-14. Las promesas de Dios aparecen aquí mezcladas con las oraciones de David. Muchas peticiones vemos al comienzo del salmo, y muchas otras al final; pero aquí, a la mitad del salmo, se extiende en meditar sobre las promesas. Las promesas de Dios no sólo son el mejor fundamento de la oración, diciéndonos qué hemos de pedir, sino que son ya una respuesta presente a la oración. Hágase la plegaria conforme a la promesa, y así podrá leerse la promesa como respuesta a la plegaria; y hemos de creer que la oración será oída, porque la promesa ha de ser de cierto cumplida.

Dos cosas que ratifican y confirman todas las promesas: (A) Las perfecciones de la naturaleza de Dios. Damos a una promesa el valor que tiene el carácter personal del que la hace. Por consiguiente, bien podemos depender de las promesas divinas, pues bueno y recto es Yahweh (v 8) y, por ello, sabemos que será tan bueno como su palabra. (B) La conformidad que existe entre todo lo que dice y hace, con las perfecciones de su naturaleza (v 10): «Todas las sendas de Yahweh son misericordia y verdad»; es decir, todos los designios divinos, todas sus promesas y providencias, son misericordia y verdad; son como El, que es bueno y recto.

Qué promesas son ésas: (A) Que Dios les instruirá y dirigirá en el camino del deber. En esto insiste de manera especial, pues es respuesta a las oraciones de David (vv 4,5): «Muéstrame tus caminos; enséñame tus sendas, etc.». Deberíamos fijar nuestros pensamientos en las promesas que se refieren a los casos concretos, presentes, actuales. (a) «El enseñará a los pecadores el camino», pues son pecadores y, por tanto, necesitan instrucción. Si desean ser enseñados, El les mostrará el camino de la reconciliación con Dios, que es también el camino a una bien fundada paz de conciencia, y el camino hacia la vida eterna (Hch 13,48: «...los que habían sido puestos en orden, en dirección a la vida eterna» lit.). (b) «Encaminará a los humildes (hebr. anawim), es decir, a los desconfiados de sí mismos y de las cosas temporales, a los que tienen corazón de pobre (Mt. 5,3) y sólo dependen de Dios, de quien esperan ser enseñados y guiados, en la justicia (lit.), es decir, en la norma que han de seguir para obrar con rectitud. (c) «Al hombre que teme a Yahweh, le enseñará el camino que ha de escoger»; si atiende bien a la voluntad de Dios, escogerá el camino que Dios haya escogido. Los dos caminos se juntan, puesto que el que teme a Dios, escoge lo que a Dios agrada.

(B) Que Dios le facilitará el camino (v 13): «Gozará él de bienestar, y su descendencia heredará la tierra» (v Mt 5,5, y comp. con v 9, en el que traducimos el vocablo «anawim» —repetido en la 2.a parte del v 9— por «mansos», conforme a la versión hebrea del N.T. en Mt 5,5). El que se deja enseñar por el Señor, verá que «su yugo es cómodo, y su carga es ligera» (Mt 11,30), pues «sus mandamientos no son gravosos», esto es, no son pesados (1 Jn 5,3). También sus descendientes se beneficiarán de las oraciones de sus progenitores, cuando éstos se hayan marchado.

(C) Que Dios les admitirá a lo íntimo de la comunión con El (v 14): «El secreto (es decir, el trato íntimo) de Yahweh es para los que le temen». Estos son los que, guiados por el Espíritu Santo, penetran hasta las profundidades de Dios (1 Co 2,10), en contraposición a los satanistas de Ap 2,24. Por eso dijo el Señor Jesús (Jn 7,17): «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios» (Comentario Editorial CLIE)

 

3. 1ª Ts 3,12-4,2: Esta sección de 1 Tesalonicenses está consagrada a la exhortación. Pablo ha expuesto anteriormente sus relaciones con esa comunidad antes y después de la fundación de la Iglesia y pasa ahora a instruir y animar a la conducta cristiana. El comienzo es una oración/exhortación acerca del punto fundamental de la ética cristiana: el amor (v.12). Efectivamente, un aspecto importantísimo de la vida y conducta del cristiano es percibirla como don de Dios, no como puro esfuerzo voluntarístico. A continuación (v. 13) hay un recuerdo a la vuelta del Señor como una de las motivaciones del tal conducta. El cristiano vive esperando y con la mirada fija en el futuro, no sólo en el pasado. No es propio de él un género de vida pasivo o resignado, melancólico o retrógrado, sino en tensión gozosa y pacífica esperando su encuentro definitivo con Jesucristo. Lo espera no cruzado de brazos, sino viviendo el amor activo y concreto. De este modo está adelantando lo que va a ser su existencia última y plena. Además tiene ejemplos y animación de los propios hermanos (vv. 4, 1-2). No se encuentra solo en esta forma de vida, sino acompañado por cuantos creen en Cristo. También los medios humanos, aunque no lo son más importantes, contribuyen a nuestra vida cristiana (Dabar 1988).

Después de escuchar las buenas noticias que le trae su discípulo Timoteo de la comunidad de Tesalónica, Pablo escribe esta primera carta a los tesalonicenses. En esta epístola se nota el gozo y la complacencia de Pablo por la buena marcha de aquellos cristianos, a los que llama su "gloria y su corona" (2, 19) y que han pasado a ser un ejemplo y un foco de difusión evangélica para toda Grecia (1, 6-8). No obstante, Pablo sabe que no deben dormirse en los laureles y les exhorta para que sigan adelante; pues la vida cristiana está siempre en camino por vías de esperanza hasta que el Señor venga. Por esta razón concluye la primera parte de su carta pidiendo a Dios que aumente el amor cristiano en aquella comunidad hasta el colmo y que los haga santos e irreprensibles.

La petición de Pablo por la comunidad y lo que él pide, el crecimiento constante del amor, se sitúan justamente en la perspectiva que abre la esperanza en la venida del Señor. Porque el Señor vendrá y nos juzgará a todos sobre el amor. Mientras tanto, hay que creer sin medida en el amor y hay que pedir constantemente a Dios lo que todavía nos falta. Pablo suele llamar "santos" a los fieles, pero en este pasaje se refiere a los ángeles que acompañarán al Señor en su venida gloriosa y no a los fieles que murieron y ya están en el cielo.

Los ángeles significan el poder y la majestad del Señor (cf Zac 14,5; Mt 16,27; Mc 8,38). Aunque no ha escatimado alabanzas a la conducta de los tesalonicenses, Pablo insiste de nuevo en que deben seguir progresando. Pues en esto del amor siempre andamos a la zaga de sus exigencias, siempre estamos en deuda. Hay que amar a los hermanos y a todos los hombres, e incluso a los enemigos (cf Gal 6,10; Rm 12,17). Ningún cristiano puede llegar tan lejos en el amor que diga que ya ama lo suficiente y que ya es perfecto, pues debe ser perfecto sin límites. Sabiendo que sólo agrada a Dios el que le imita, el que trata de ser perfecto como Dios es perfecto. Y Dios es Amor (1 Jn 4,8.16). Los tesalonicenses, evangelizados personalmente por Pablo, saben a qué atenerse. En su primera visita les enseñó todo lo que tenían que hacer. Y lo hizo no en su nombre, sino en nombre de Jesús, que es el Señor. Ahora les anima a ser fieles a las instrucciones recibidas ("Eucaristía 1982").

La carta se dirige a una comunidad cristiana en situación de diáspora en medio de los paganos. Corre el riesgo de ser sofocada por el ambiente que ejerce una fuerte presión. La comunidad existe gracias al amor de Cristo. El amor y la presencia de Cristo en medio de la comunidad debe irradiarse y manifestarse en el amor mutuo que crea la unidad de la comunidad y se abre a todos hasta llegar a su aspecto más radical: amar a los enemigos (Mt 5,44). Pablo pone en práctica lo que recomienda. La autoridad de su ministerio está animada por el amor a los hermanos. Con ellos se pone en el camino de la fe. Desde el amor será más fácil comprender el modo de agradar a Dios y colaborar en la realización de su plan de salvación. La salvación que Cristo ha traído no está ya totalmente realizada. Es una realidad en expansión que avanza hacia su cumplimiento escatológico, hacia la realización del mundo en Cristo resucitado. Así la Iglesia de Cristo es por definición una iglesia en camino, convocada para ser enviada en misión. Sólo una Iglesia en camino puede poner en camino al mundo. Ser Iglesia y ser enviado es un don que comporta una responsabilidad. El dinamismo, los imperativos de la historia, el Señor que viene y la salvación exigen la colaboración del hombre. El Dios de la promesa reclama del hombre la responsabilidad de sus opciones. El hombre no está nunca satisfecho de sí mismo, ni de sus realizaciones. Está siempre en tensión hacia un futuro mejor (P. Franquesa).

Los deseos y las bendiciones de Pablo son plenificantes. No se conforma con medianías. Que el vaso esté lleno hasta el borde, hasta "rebosar". Como él, que era «vaso de elección», lleno hasta rebosar de la gracia de Cristo. La plenitud que pide el apóstol es la del amor. El amor no debe tener medida, porque nunca se ama con medio corazón. Hay que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas. Hay que amar a los de casa, pero también a los de fuera. El amor es la vida, que no se puede vivir nunca a medias. ¡Quién pudiera decir de sí mismo que rebosa de amor! Aunque tampoco es ésta la mejor manera de amar, porque el amor no es algo que se tiene, sino algo que se vive, algo que se es (Caritas).

 

4. Lc 21,25-28.34-36. El ciclo litúrgico que hoy comienza nos va a familiarizar con Lucas, autor de un evangelio diferente de los de Mateo, Marcos o Juan, a pesar de contar con bastante material común. Lc 21,25-28 se mueve en el mismo ámbito de realidades que Mc 13,24-27, comentado hace dos domingos. La angustia y miedo de unas gentes que corren enloquecidas, el estruendo ensordecedor del mar: nada de esto se encuentra en el relato visionario de Marcos; la fuerza dramática de aquí es superior. El caos fantástico del final de la historia, nos remite al caos fantástico de los comienzos (Gen. 1,2), cuando la Palabra de Dios introdujo armonía, belleza y bondad. Al final de las historia volverá a resonar esa misma Palabra poderosa, pero entonces será la Palabra encarnada, Jesús de Nazaret. Y se producirá armonía y bondad; lo que Lucas llama liberación (v 28). La humanidad dejará de caminar bajo el yugo de sus propias creaciones injustas, esclavizantes y angustiadoras. Será la nueva creación. Hablando con propiedad, no se tratará de un final, sino de la manifestación desvelada de la verdadera finalidad de toda la existencia humana. Esta esperanza liberadora no es pasiva. Al contrario, está hecha de esperas activas, de vigilancia, de preparación. Este es el punto que desarrolla Lucas en los vs. 34-36 y que constituye la novedad del evangelio de hoy respecto al de hace dos domingos. La esperanza final debe nutrirse de esperas activas; de ahí la necesidad de evitar todo modo de existencia que impida la visibilidad del horizonte. Hay que vivir con la mirada alta y los brazos ágiles, y no encerrarse en el cuarto oscuro de la propia problemática sin perspectivas, un cuarto en el que cada uno va dando tumbos con ramplonería por falta de amplitud de miras (Dabar 1976).

El texto de hoy se sitúa dentro del recinto del templo. Jesús está enseñando en el Templo de Jerusalén. En Lc 21,5-24 su enseñanza ha versado sobre la relatividad de la historia judía. A partir del v. 25 la enseñanza versa sobre la relatividad de la historia no judía. Tengamos en cuenta que las expresiones gentil, gente, designan a toda persona no judía. Se distinguen dos partes. La primera es expositiva.

A la observación hecha por algunos sobre la belleza de este templo, Jesús contrapone el futuro de destrucción que le amenaza. Esta destrucción, sin embargo, no debe confundirse con la implantación definitiva y feliz del Reino de Dios, la cual estará precedida por un tiempo de protagonismo religioso no judío. En este punto entronca el texto de hoy. Los dos primeros versículos describen un gigantesco cataclismo cósmico y el consiguiente pavor de la humanidad. El cataclismo es calificado como temblor de las potencias celestiales. Sigue a continuación la descripción grandiosa, pero escueta, de la llegada del Hijo del Hombre, que pondrá fin a las dificultades y sufrimientos de los cristianos comprometidos. "Se acerca vuestra liberación". La descripción de la llegada del Hijo del Hombre está tomada también de un libro apocalíptico como es el libro de Daniel. Por último, el texto se hace interpelativo: tened cuidado, estad siempre despiertos. La traducción litúrgica añade inexactamente una tercera interpelación: manteneos en pie. El texto original dice más bien lo siguiente: "Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y poder así manteneros en pie ante el Hijo del Hombre". Lo que está por venir no se refiere al cataclismo cósmico, sino al futuro de dificultad y de sufrimiento que le espera al cristiano comprometido. Las dos interpelaciones van dirigidas a estos cristianos y quieren ser una invitación a vivir con la atención puesta en el reino de Dios por llegar y a no desfallecer a causa de las dificultades.

 

a) El pasaje de este día sigue inmediatamente a la descripción del asedio de Jerusalén (vv. 20-24). Todo sucede como si se tratara de una catástrofe cósmica que trastorna incluso los astros y sume a los hombres en la mayor confusión (vv.25-26). Era un procedimiento clásico de los apocalipsis judíos describir la ruina de una ciudad como un "Día de Yahveh" que llevaba consigo catástrofes de orden cósmico (Is 24, 10-23; 13, 6-10; Jer 4, 23-26). Así, después de Babilonia, Samaria, Gomorra y otras muchas ciudades paganas, Jerusalén va a experimentar a su vez el "Día de Yahvé". Al comentar (más discretamente por lo demás, que el texto paralelo de Mateo) la descripción de la destrucción de Jerusalén mediante ciertas imágenes de orden cósmico, Lucas no pretende necesariamente anunciar el fin del mundo, no hace más que amoldarse al género literario de los apocalipsis para decir, tan sólo, que la caída de Jerusalén será una etapa decisiva en la implantación del reino de Yahvé en el mundo. La intervención de toda la naturaleza en el momento de la caída de Jerusalén sigue siendo un reflejo de una concepción bíblica que presenta el reino mesiánico como una nueva creación que pone en entredicho los fundamentos de la antigua (Jl 3, 1-5; Ag 2, 6; Is 65, 17). La caída de Jerusalén es, así, la aurora de una creación de nuevo cuño.

Después de haber subrayado la repercusión cósmica del hundimiento de Jerusalén, Lucas anuncia la "venida del Hijo del hombre entre nubes" (v 27). Se trata, evidentemente, del misterioso personaje anunciado por Daniel (7,13-14) y a quien se confiará el juicio de las naciones. Para Lucas, esta manifestación del Hijo del hombre-Señor de los pueblos coincide con la caída de Jerusalén. Se comprende mejor esta sustitución si se tiene presente que el templo era considerado precisamente como el punto de la gran concentración de las naciones bajo el imperio de Yahvé (Is 60) y que Cristo tuvo especial cuidado en atribuir esa prerrogativa a "aquel que viene" o a "aquel que viene sobre la nube" (Mt 21,61-64; 23,37-39). "Venir sobre la nube" designa un personaje aureolado por la gloria divina: los cristianos aplicarán, pues, sin dificultad, esta expresión a Cristo resucitado. Cristo "viene sobre la nube" desde el momento de su resurrección, y todo acontecimiento que sirve para establecer su soberanía sobre el mundo es una nueva "venida sobre la nube" de aquel que ha adquirido todo imperio sobre el mundo, para ser siempre y hasta el fin de los tiempos "El que viene" (Ap 1,7; cf Ap 14,14). Se puede, pues, decir que el tiempo de la Iglesia, inaugurada con la resurrección, y, más concretamente, el día en que la Iglesia se liberó totalmente del judaísmo, constituye la "venida del Hijo del hombre".

Después de haber hecho de la caída de Sión el acontecimiento inaugural de la nueva creación y que constituye una etapa importante en la "venida del Señor", San Lucas pasa a las aplicaciones morales. Se dirige en particular a la "generación" de sus contemporáneos (vv 31-32) para enseñarla a ver en la caída de Sión un "signo" de la "proximidad" del Reino (vv 27-31). Por lo demás, esa proximidad no es esencialmente de orden temporal, como si el fin del mundo fuera a producirse de inmediato; se trata más bien de una proximidad ontológica: en cada acontecimiento de la historia de la salvación y de la historia de los hombres, el Reino futuro está presente y se trata de aprender a descubrirlo. La vigilancia es precisamente la virtud de aquel que está bastante preocupado por la extensión de la soberanía del Hijo del hombre para descubrirla en germen en cada uno y "en todo". La caída de Jerusalén ha sido un jalón en la venida del Señor sobre la nube porque ha obligado a la Iglesia a abrirse decididamente a las naciones y a establecer un culto espiritual, liberado del particularismo del templo. Pero cada etapa de la evangelización del mundo, vinculada, por lo demás, a cada etapa de humanización del planeta, es también un jalón de esa venida del Hijo del hombre. Cada conversión del corazón, mediante la que el hombre se abre más y más a la acción del Espíritu del Resucitado y cuenta un poco menos con la "carne", es una nueva manifestación de esa venida. Cada asamblea eucarística, reunida precisamente "hasta que El vuelva" y beneficiaria de esa gloria y de ese poder del Hijo del hombre sobre la nube, es, finalmente, el jalón por excelencia de ese acontecimiento (Maertens-Frisque).

Es conveniente recordar lo dicho hace un par de domingos a propósito de Marcos. También el texto de Lucas recoge situaciones e imágenes tomadas de la literatura profética y apocalíptica. Se trata de un lenguaje gráfico y metafórico, cuya verdad, por tanto, no hay que buscarla en lo que se describe, sino en lo que se trasluce y sugiere. No estamos ante la crónica de un futuro anunciado, sino ante la magia de un futuro mejor. Evocación y sugerencia no de fin de mundo, sino de fin de un mundo como el que hacemos. El elemento central del texto es el pronombre personal plural "vosotros". Su referente son los discípulos, término que en Lucas es inequívocamente sinónimo de creyente o cristiano comprometido en la causa del Reino de Dios. Como le pasó a Jesús, también el creyente experimenta la incomprensión y la amenaza de los de dentro y de los de fuera. En una situación así es muy humana la tentación a desentenderse de todo, mandar todo a paseo y refugiarse en agentes inhibidores, llámense diversión, bebida o afán de dinero. El texto de hoy quiere ser una llamada de atención y una invitación al cristianismo comprometido. Una invitación a mirar en perspectiva de utopía. O quizá más exactamente: una palabra de ánimo y una confirmación de la esperanza que él ha depositado en el Hijo del Hombre (Dabar 19).

Con el nuevo ciclo litúrgico estrenamos a Lucas, con su tacto exquisito, su interés por lo cotidiano y el detalle personal, su atención a los insignificantes y marginados. El ciclo litúrgico quiere que comencemos la andadura con la mirada puesta en el horizonte. A propósito de estas imágenes de hoy conviene recordar que sobre el origen y el final del mundo la Biblia no hace ninguna descripción científica sino que manifiesta lo que es importante para la salvación del hombre. Y lo que es importante para el hombre (éste es el fondo de las imágenes) es que la historia que éste construye no es buena, pero que no por ello es abocada a la fatalidad. Y no lo está gracias al empeño de Dios. ¿Qué mejor forma de expresar que caminamos hacia un mundo nuevo que hace saltar en añicos el mundo viejo?

La Biblia es cualquier cosa menos un libro pesimista en lo referente al futuro del hombre. Lo que ocurre es que la salvación no espera del hombre, de ese hombre histórico con sus fracasos, mil veces puestos de manifiesto y siempre presentes, sino de Dios, o por lo menos del hombre que se apoya en Dios y le escucha. Expresión perfecta de este tipo de hombre es el Hijo del Hombre. El título mismo es evocador del alcance universal que Lucas le confiere al futuro. Cuando habla de las gentes se está refiriendo a la totalidad de la humanidad. Toda ella está llamada a la plena manifestación de su anhelo. Será la gran liberación. Anclado en lo humano y en lo divino el Hijo del hombre hace posible el ansia de liberación de la humanidad toda.

Cuando se camina es primordial saber que el camino conduce a alguna parte. Gracias al hijo del Hombre sabemos esa parte a la que el camino de la historia humana conduce. Pero así como la maleza del camino puede entorpecer o incluso ocultar la meta, así también las preocupaciones, agobios y crápulas (mejor traducción que vicios). Lucas, el evangelista del camino, dedica la segunda parte del texto de hoy a hacer una llamada a vivir conscientemente con la mirada puesta en la meta. No para tener miedo aquel día, sino para infundirnos ánimo y confianza en medio de las dificultades del camino. ¿No es acaso verdad que muchas veces vivimos como si la historia no tuviera rumbo ni sentido? Surge entonces la mentalidad del "carpe diem": aferrarse al presente porque no hay futuro o éste es problemático. ¡Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre!, nos grita hoy Lucas. Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra gran liberación: ¡Luchad por ella. ¡Qué gran necesidad de este grito tenemos en nuestros días! (Alberto Benito).

Se presentan unos hechos (vv 25-27). A la vista de estos hechos se invita a adoptar una actitud. Segunda parte exhortativa (vv 28. 34-36). Los hechos expuestos son: conmoción cósmica, angustia humana, presencia majestuosa del Hijo del Hombre. No se habla de desaparición sino de cataclismos. Se pinta una situación caótica de la que cabe esperar lo peor. Y, sin embargo, lo que aparece es una figura majestuosa. Lo verdaderamente importante del Evangelio de hoy es la presencia majestuosa del Hijo del Hombre cuando toda esperanza humana parece haber desaparecido. No hay ni una sola página en la Biblia que trate del cosmos, de su origen o su final. La Biblia no es un libro de ciencia. Y sí, en cambio, no hay una sola página en ella que no trate del hombre, de sus esperanzas y desesperanzas. Esta es una de ellas. Frente a la desesperanza, la presencia gloriosa del Hijo del Hombre que devuelve lo que parecía imposible: la ilusión, la certeza de nuestros mejores sueños, es decir, de los sueños utópicos. Alzad la mirada. Estad atentos. No os encerréis y empobrezcáis en las cuatro paredes de una vida sin horizontes. Huid de una vida miope, rastrera. Se trata de todo un programa, de toda una actitud que debe caracterizar a quien se diga cristiano (Dabar 1982).

En el anuncio original de Jesús, el acontecimiento del último día se concentró totalmente en el retorno del Señor. Ahora bien, en la primera comunidad, esta misma espera se fue clarificando en el sentido de que era precisamente su Señor glorificado el que había de retornar como administrador de la causa de Dios, para llevar a cabo un juicio de purificación y liberación de la creación, y, después, devolver a Dios el dominio sobre el mundo (cf 1Co 15,25-28). Así se resume, pues, la expectativa escatológica en la confiada figura del Señor. Los bautizados reconocerán al Hijo del Hombre, que vendrá sobre la nube (v 27), revestido de la gloria del Señor, la cual -al contrario que las mismas nubes(v 25s)- no producirá temor: ese temor natural que sobrecoja a las bautizados será vencido de inmediato por el amable (inspirador de confianza) acercamiento del Señor. Aquellos se pondrán en pie y levantarán su cabeza a la vista del poder salvador (v 28). Desde esa presentación hace el evangelio una llamada a la firmeza de la fe de los discípulos. Se exige, por tanto, que se atrevan a salir al encuentro de la gloria de Cristo y que, en unión a él, se mantengan firmes ante la magnificencia del suceso, es decir, ante la tremenda magnitud que cobra una confrontación con la poderosa actuación de Dios al descubierto (no oculta ya). El mantenerse firme y levantar la cabeza exige, a su vez, haber crecido y haberse fortalecido, lo cual se aprende precisamente en la "escuela del evangelio".

Adviento significa, por tanto, iluminar los "últimos acontecimientos" en la actual existencia de la iglesia y del individuo. Navidad no es más que un signo de promesa, una bondadosa predicción de lo que está por acontecer. Quien madure para comprender aquellas circunstancias, puede celebrar hasta infantilmente (con la sencillez que exige Jesús a sus discípulos) la fiesta de Belén. Por lo demás, oración y actitud de espera confiada (esperanza) preparan al discípulo para recibir "de pie" al Señor ("Eucaristía 1988").

Este pasaje pertenece al "apocalipsis sinóptico" según la versión de Lucas. Para comprenderlo mejor, conviene recordar las características comunes a las tres versiones sinópticas. De acuerdo con el género literario apocalíptico, utilizado ya frecuentemente en el A.T., se habla aquí de cataclismos en la tierra y en el cielo como señales que anteceden a la venida del "día del Señor" (cf Is 24,17-23; 34,4) y a la manifestación sobre las nubes del "Hijo del Hombre". Las "potencias del cielo' son las estrellas, que los antiguos pensaban sólidamente clavadas en el firmamento. El autor comparte la opinión extendida entre los primeros cristianos sobre la inminente venida del Señor. Con todo, distingue claramente entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo. Todos estos fenómenos en la tierra y en el cielo son señales del fin del mundo; pero, hasta que llegue este fin y después de la destrucción de Jerusalén, hay un tiempo indefinido, que el autor llama "tiempo de los gentiles": "Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles' (v. 24). Lucas piensa, lo mismo que Pablo (Rom 11, 11-32), que los gentiles reemplazarán al pueblo de Israel hasta que éste se convierta masivamente. Y sólo entonces será el fin. El fin del mundo no es para los cristianos motivo de espanto, sino de una gran esperanza, pues entonces serán liberados definitivamente. Mientras la destrucción de Jerusalén se anuncia como un suceso previsible que dará tiempo a la huida (vv. 29-32), "aquel día" (o "Día del Señor") vendrá de pronto sobre todos los hombres y nadie podrá escapar. De manera que sólo se salvarán los que estén preparados, pues para ellos será un día de liberación. Para destacar el carácter repentino de este magno acontecimiento, Lucas lo compara a un "lazo" o trampa de cazador; más exactamente, a la losa que cae sobre los pájaros cuando están comiendo tranquilamente el cebo. Otro símil utilizado por Mateo (24, 42-44) es el del ladrón que horada el muro de barro y entra en la casa cuando sus habitantes están dormidos. También Lucas, en otro lugar, nos dice que "el Hijo del Hombre vendrá cuando nadie lo espere", como un ladrón en la noche (Lc 12,39s). Por esta razón Jesús exhorta a sus discípulos para que vigilen y estén preparados.

Que el objetivo del "apocalipsis sinóptico" no sea otro que llamar a la vigilancia y, consiguientemente, a la oración, está claro. De ahí que Mateo se extienda después con una serie de parábolas alusivas a la vigilancia (como aquella tan conocida de las vírgenes fatuas y las prudentes). Vigilar es estar atentos a lo verdaderamente importante y decisivo, cuando todos nos empuja al despiste y al aturdimiento, al sueño. Vigilar es tener los ojos muy abiertos en medio de la noche. El que vigila está en pie, siempre "de puntillas" por la esperanza, a la expectativa de lo sorprendente, de la sorprendente venida del Señor. Esto es también fijarse en las señales o signos de los tiempos, responder en cada momento y situación a las concretas exigencias del evangelio. La esperanza cristiana no es simplemente estar a la espera, no es aguardar, sino preparar los caminos para la pronta venida del Señor ("Eucaristía 1982").

Jesús se expresó en las imágenes de la apocalíptica judía. Lo mismo hizo la comunidad primitiva. En los sinópticos hay una evidente evolución en el contenido de las afirmaciones escatológicas. En Marcos se siente el entusiasmo escatológico de la primera comunidad. En Mateo la época de la Iglesia es ya más larga y en Lucas el fin se traslada a una época lejana porque la etapa de la Iglesia apenas ha empezado. Los sinópticos no intentan descubrir el fin del mundo, sino exhortar a la perseverancia. Lucas insiste en la vigilancia para no dejarse absorber por las preocupaciones terrenas. El discurso sobre la parusía, en Lucas, tiene un carácter mucho más parenético que en Marcos. En el centro del discurso hay una apremiante invitación a la constancia sobria y vigilante. Lucas no elimina la parusía, pero insiste en la disponibilidad. En este pasaje no se trata de apocalíptica sino de escatología.

Las imágenes apocalípticas se usan para afirmaciones escatológicas. La escatología significa simplemente espera y estructuración del futuro sobre la base del pasado. Es inexacto hablar del fin del mundo, sino el inicio del mundo tal como lo quiso y lo programó Dios. En lenguaje bíblico lo que llamamos fin del mundo habría que llamarlo "el futuro del mundo". Es la transformación del mundo, no su aniquilación. El mundo es el lugar de la encarnación de Dios. Es evidente que la creación y la redención no actúan la una contra la otra, sino la una en la otra... Hay que tomarse este mundo en serio. Dios se lo ha tomado tan en serio que le dio a su propio Hijo (Jn 3,16: Pere Franquesa).

Esta es una parte del Apocalipsis sinóptico. Parece que aquí también se inspiran algunos de los mensajes que ayer u hoy nos llegan del cielo. Pero si lo traducimos en anuncio profético o evangélico, veríamos –ya lo hemos dicho- que el acento no se pone en la angustia, sino en la liberación; no en las potencias del cielo, sino en el Hijo del hombre, que está en el cielo. No es un mensaje de terror, sino de vigilancia y esperanza. Nuestro problema ahora no es el miedo, sino el conformismo, la despreocupación, el aturdimiento: «mente embotada» por el consumo de cada día.

El mundo no es bueno; por eso no podemos dormir hasta que no venga el Hijo del hombre, o sea, hasta que no se construya un mundo nuevo, hasta que todos los hijos de los hombres no se traten como hermanos (Caritas).

Lo único que sabemos acerca de la fecha del "último día", es que vendrá de improviso (Mt 24,39: "Y no conocieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la Parusía del Hijo del Hombre"; I Tes. 5, 2 y 4: "Vosotros mismos sabéis perfectamente que, como ladrón de noche, así viene el día del Señor. Mas vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón" y 2 P 3,10: "Quien quiere amar la vida y ver días felices, aparte su lengua del mal y sus labios de palabras engañosas"). Por lo cual los cálculos de la ciencia acerca de la catástrofe universal valen tan poco con ciertas profecías particulares. Velad, pues, orando en todo tiempo (v 36).

Esperar cielo y luchar confiadamente en lo de cada día: "Viene el Señor nuestro Jesucristo desde el cielo; viene en gloria al fin de este mundo, el último día; este mundo tendrá un fin, y el mundo creado será renovado" (S. Cirilo de Jerusalén). Es muy bonito lo dicho más arriba, de que aun cuando se usan las metáforas apocalípticas de la época el mensaje de Jesús está claro: "Tengo designios de paz, y no de aflicción. Me invocaréis, y yo os escucharé", dice el introito de la Misa de la semana 33 como resumiendo estas ideas de fin de año-comienzo de año.

Vamos a aplicarlo a algo diario y muy importante. Supongo que por una mala educación recibida, que ahora prefiero no analizar, cuando hago algo mal me puede entrar mal humor y los demás pagan el plato roto. Así, cuando un chico tiene problemas en su pubertad (con estudios, pereza, amistad, timidez, castidad, etc.), tiene mal carácter con sus padres, que se preocupan por ello, él se cierra más, y crea un círculo vicioso. El fundamento de todo esto muchas veces es una tontería: enfadarme porque algo me ha salido mal, en lugar de pensar que es normal que yo, vulnerable, me equivoque. Nos han inculcado algo tan horrible como que hay que ser perfectos "ya" y si no hay que estar tristes, cuando la realidad revelada es que Dios está en mis circunstancias, queriéndome y ayudándome: si perdemos la paz por algo que hemos hecho, hemos de volver a pensamientos de paz, de bien. Como aquella canción de la película "Sonrisas y lágrimas" (o "La canción de la música" o "la novicia revelde", depende de las traducciones por países), pues el Señor es el príncipe de la paz, y lo que quita la paz no es de Dios. Para saber si una cosa es de Dios, la primera regla es saber si da paz. Aunque sea una cosa de pensar en que tengo pecados o no soy santo, si no me da paz, eso no es religión, no es de Dios.

Si hacemos el bien, "el Señor no será para nosotros Juez, sino amigo, hermano, Amor" (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 165). Dice una lectura de la segunda semana que el que vive la caridad está salvado; es el pensamiento central de nuestra fe...¿Y qué trae esta paz, esta serenidad, este estado el alma que se siente hija de Dios? Nos lleva a vivir abundantemente la caridad de Cristo y a comunicarla a los demás. Esto da paz –seguía diciendo san Josemaría-: Jesús no viene a condenarnos… viene a salvarnos, a perdonarnos, a disculparnos, a traernos la paz y la alegría. Si reconocemos esta maravillosa relación del Señor con sus hijos, se cambiarán necesariamente nuestros corazones, y nos haremos cargo de que ante nuestros ojos se abre un panorama absolutamente nuevo, lleno de relieve, de hondura y de luz. En aquel momento no habrá más que un abandonarse en Él, llenarse de Dios, hemos de expulsar de nuestra alma toda sensación de cobardía, frustración, pena o temor, angustia… pues "nuestro Juez será el Hombre-Dios, quien siendo nuestro compañero y amigo, defenderá nuestros intereses y tendrá compasión de nuestras debilidades" (Newman).

            La obra de Jesús, la misión del Padre, en cierto sentido no está acabada. Volverá a terminar lo que comenzó, juzgar a vivos y muertos. "El que persevere hasta el fin, ese será salvo". La perseverancia, podemos, tenemos los medios: "todo lo puedo en aquel que me conforta", "podemos cubrir aguas", hay errores en nuestra conducta y puedes perder la paz, paz que tenemos al pensar en entregarnos (cf Forja 1038), con la contrición. "De esta manera no se pierden ni siquiera las batallas perdidas…" No llevar como una cola de cosas en la cabeza, de preocupaciones o de pecados, de remordimientos y de tonterías… cortar con todo, volver a Dios: con errores –todos los tenemos- pero cuando nos llevan a Dios, nos hacen humildes; y también entonces hay que decir felix culpa!. Por eso, el acto de piedad que más le gustaba a san Josemaría era el acto de contrición, y cuentan que le oían predicar, no son palabras textuales: "¿Cómo no perder la serenidad? Otras veces os he dicho: con rectitud de intención. Y ahora añado: haciendo actos de contrición. Con los actos de contrición mejora la vida espiritual, se llega a la serenidad, a la paz; y a veces mejora también la salud física. Por eso he pensado que quienes viven vida interior según nuestro espíritu, acaban siendo necesariamente personas serenas, con menos facilidad para enfermedades psíquicas, porque se ponen en manos del Señor, que las lleva por el buen camino. ¿Queréis más serenidad? Haced actos de contrición. ¿Queréis hasta bienestar físico? Haced más actos de contrición". Lo decía comentando aquellas palabras de más arriba, que tomo de su homilía de Cristo Rey "Ego cogito… yo tengo pensamientos de paz… cuando tú y yo perdemos la paz, es –en aquel momento- como si nos apartáramos un poquito del Señor… Hay que volver a la paz cuanto antes, debemos pensar cosas de paz, cosas que dan serenidad y que nos hagan eficaces en la labor de almas en el mundo".

            Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, dice la Escritura. La auténtica sabiduría está en el Verbo, que es vida, el árbol de la vida, que es también el de la ciencia, en la Eucaristía: ¡Ven, Señor Jesús!, decimos luego de la Consagración, y  es que lo recibimos en la comunión, y es que viene. "Todavía no, pero sí". "Vultum tuum Domine, requiram!", buscaré tu rostro. "La fe es no soñar recuerdos pasados", dice la canción, es un laboratorio, algo vivo: "es necesario que nazcan flores en cada momento". Hemos de dar por bien empleados este montón de ratos de oración, de cosas pequeñas empleadas en el servicio a Dios, que son lo más tupido del tapiz de nuestra historia, quizá lo que forja lo decisivo de la historia del mundo, donde el designio divino que no acabamos de ver se mezcla con lo visible que sale en la prensa. Y en lo oculto podemos rezar: "se alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena".

            La esperanza en el día del Señor da fuerza a la lucha. Con la liturgia fomentamos esta fe, ese profundizar en el reino de Dios que no es de este mundo, cuya figura pasa. Reconocer a Cristo en cada persona, en nuestros pensamientos… Nos dice S. Pablo: "vivamos ya como ciudadanos del cielo" (Fil 3,20), ese sentirnos hijos de Dios en medio de todo, nos hace ser "almas contemplativas, con diálogo constante, tratando al Señor a todas horas; desde el primer pensamiento del día al último de la noche, poniendo de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor nuestro…" (san Josemaría, Es Cristo que pasa 126).

San Agustín comenta la venida que el Señor realiza cada día en su Iglesia: "Y entonces verán al Hijo del hombre que viene sobre una nube en gran poder y majestad (Lc 21,27). Veo que eso puede entenderse en dos sentidos. Puede venir en la Iglesia cual sobre una nube, como no cesa de venir ahora, según lo dicho: ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder viniendo sobre las nubes del cielo (Mt 26,64). Pero entonces vendrá con gran poder y majestad, porque aparecerá más en los santos su poder y majestad divina, porque les aumentó la fortaleza para que no sucumbieran en la persecución. Puede entenderse también que viene en su cuerpo, el que está sentado a la derecha del Padre, en el que murió, resucitó y ascendió al cielo, según está escrito en los Hechos de los Apóstoles: Dicho esto, una nube lo recibió y lo ocultó de sus ojos. Y allí mismo los ángeles dijeron: Así volverá, como le habéis visto ir al cielo (Hch 1,9.11). Por eso tenemos motivos para creer que vendrá no sólo en su cuerpo, sino también sobre una nube; vendrá como fue, y al irse una nube lo recibió.

Es difícil juzgar cuál de los dos sentidos es el mejor. El sentido obvio indica que al decir: Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad se entiende que viene por sí mismo y no por su Iglesia, cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos. Pero debemos escrutar las Escrituras y no contentarnos con ojear la superficie. Para nuestro ejercicio están adaptadas de tal modo, que a fin de penetrarlas mejor, hemos de examinar lo que sigue. Primero dice: Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad. Luego continúa: Cuando eso comience a acaecer, mirad y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención. Y les dijo esta semejanza: Mirad la higuera y los otros árboles; cuando producen fruto sabéis que está cerca el verano. Pues del mismo modo, cuando viereis que esto se realiza, sabed que está cerca el reino de Dios (Lc 21,28-31). Al decir: Cuando viereis, ¿a qué puede referirse, sino a lo que hemos citado? Y una de las cosas citadas es: Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad.

Vemos que los dos evangelistas mantienen el mismo orden. Marcos dice: Y las virtudes que están en los cielos se estremecerán. Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y gloria. Y lo que Lucas refería a la higuera y a todos los árboles, Marcos lo refiere a sólo la higuera: Aprended de la higuera esta parábola: Cuando sus ramas están tiernas y nacen las hojas, conocéis que se acerca el verano. Pues del mismo modo, cuando viereis que se realiza todo esto, sabed que está cerca, a las puertas. ¿A qué se refiere Cuando viereis que se realizan estas cosas, sino a lo que citó antes? Y una de esas cosas es: Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y gloria; y entonces enviará a sus ángeles y reunirá a sus elegidos. Luego no será entonces el fin, sino la cercanía del fin.

Quizá se diga que las palabras Cuando veáis que se realizan estas cosas, no se refieren a todas ellas, sino a algunas, y que se exceptúa esa parte: Y entonces verán venir al Hijo del hombre, etc. Porque esta parte será ya el fin, no su proximidad. Pero Mateo declara que no se ha de exceptuar nada al decir: Cuando viereis que se realizan estas cosas, las virtudes de los cielos se estremecerán y entonces aparecerá el signo del Hijo del hombre en el cielo, y entonces llorarán todas las tribus de la tierra. Y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad. Y enviará a sus ángeles con una trompeta y grande voz, y congregarán de los cuatro vientos a sus elegidos, de lo más alto de los cielos a su ínfimo extremo. Del árbol de la higuera, aprended la parábola: cuando ya echa ramas tiernas y nacen las hojas, sabéis que se acerca el verano. Pues así, cuando viereis estas cosas, sabed que está cerca, a las puertas (Mt 24,2933).

Luego sabremos que está cerca cuando viéremos todas estas cosas y no sólo algunas; y entre ellas está esa de ver al Hijo del hombre venir, y enviar a sus ángeles y reunir a sus elegidos de las cuatro partes del mundo, es decir, de todo el mundo. Todo esto constituye la hora novísima, cuando el Señor venga, o bien en sus propios miembros, o bien en toda la Iglesia, que es su Cuerpo, como una nube grande y fértil que se viene extendiendo por todo el mundo desde que él comenzó a predicar y decir: Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos (Mt 4,17). Luego quizá todas esas señales que los evangelistas dan de su venida, si se comparan y analizan con mayor esmero, puedan referirse a la venida que el Señor realiza cada día en su Iglesia, en su Cuerpo, de cuya venida dijo: Ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder venir sobre las nubes del cielo. Exceptúo aquellos pasajes en que promete y afirma que se acerca su venida última en sí mismo, cuando juzgará a los vivos y a los muertos, y la parte final de las palabras de Mateo, en que se refiere evidentemente a esa venida, de cuya inminencia daba antes ciertas señales" (Carta 199).

Adviento... Una venida que es doble: la que conmemoramos en Navidad, su nacimiento humilde e igual que todos los hombres, el misterio de la Palabra hecha carne. Y también la venida que esperamos, "en gloria y majestad", la venida escatológica, que marca el tiempo presente, en que el Espíritu y la Iglesia claman: "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,20). En cada Eucaristía proclamamos esta venida: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús". Mientras tanto vivimos de una presencia añorada que nunca hemos podido disfrutar abiertamente. Esperamos verlo y verlo glorioso. Pero él ya está aquí. Viene ahora, viene siempre; viene "ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino" (prefacio III de Adviento). Si no fuera así, no sabríamos esperarlo.

Alerta: Este primer domingo de Adviento pone el acento en la venida escatológica de Cristo. Es el cumplimiento de la promesa "hecha a la casa de Israel" (primera lectura). Aquel día en que estamos llamados a "poseer el reino eterno" (oración colecta), lo esperamos en la tensión de "nuestra vida mortal" y el anhelo de "descubrir el valor de los bienes eternos" (postcomunión). Esta tensión nos reclama la actitud del evangelio de hoy: "tened cuidado, (...) estad siempre despiertos". Es necesario que estemos preparados para el encuentro con el Señor que no se restringe al ámbito personal (a pesar de que no lo podemos olvidar) sino que abarca el encuentro del Pueblo de Dios con su Señor. Por eso hemos de ampliar nuestra perspectiva a todo el mundo: hacer crecer el amor entre todos los hombres, para que "se presenten santos e irreprensibles" el día que Jesús "vuelva acompañado de todos sus santos" (segunda lectura). Ésta es la ruta del Señor, sus caminos, por los que él mismo nos ha de encaminar, de instruir, porque es él quien nos salva (salmo responsorial). Esto implica nuestra apuesta de confianza en el Señor, el nacimiento de la esperanza: "A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado. Los que esperan en ti no quedan defraudados" (salmo 24,1-3; canto de entrada: Jordi Guardiate).

Adviento es un tiempo de esperanza y de alegría, de salvación. También de espera, de preparación y esfuerzo vigilante. Desde la fe parece claro, para un creyente, que viene Dios. Si miramos, en cambio, a nuestro entorno y a nuestra sociedad, esa venida de Dios se hace problemática: ¿de verdad viene Dios a nuestra sociedad?, ¿de verdad nuestro hombre de hoy busca a Dios? Estamos a las puertas del tercer milenio, y la venida de Dios no aparece muy clara en el horizonte actual. La revista "30 días" acaba de preguntar a tres teólogos sobre la fe y la Iglesia en los próximos diez años. Para el alemán Kasper, el proceso de descristianización, al menos en Europa va a seguir, no ha llegado aún a su término. El italiano Colombo señala, como síntomas alarmantes, la poca fidelidad al magisterio del Papa y de los Obispos y el desapego a la moral católica. Para el austriaco Schödorn, el fondo de la cuestión se reduce a saber si existe hoy la fe personal en Jesús, y la verdadera pregunta que la Iglesia tendrá que formularse, y todos nosotros, es la que Cristo dirigió a Pedro: ¿Me amas? Los que estamos en la brega de la pastoral diaria vemos la poca importancia que la mayoría de nuestros adultos, especialmente la llamada segunda juventud (veinte a treinta y cinco años), dan a la religión. Y lo difícil que está resultando la evangelización. En el evangelio se nos pide vigilar y estar atentos a los signos de los tiempos. Tenemos que saber lo que pasa. Existen también signos positivos, pero una venida de Dios o un tiempo propicio para esta venida no están muy claros al empezar el tercer milenio.

El tiempo del evangelio. Tampoco en tiempo de Jesús el horizonte estaba claro. Las palabras de Jesús se dicen en Jerusalén, en el Templo. Aquel pueblo esperaba ciertamente la venida de Dios, pero equivocadamente: no iba a quedar piedra sobre piedra de aquel templo, lo más sagrado para aquel pueblo; ni su religiosidad tal como la vivían. Es un tiempo apocalíptico: vemos desplomarse los cielos y la angustia y el miedo adueñarse del corazón del hombre. De acuerdo que es un modo de hablar, un cierto lenguaje; pero hoy sabemos que el lenguaje va unido a las formas de vida. Y aquí se está hablando de una forma desgarrada del fin de un lugar sagrado, del fin de una nación, del fin del hombre y del final de los tiempos. Y todo esto es una realidad histórica y existencial. La venida de Dios en aquel momento histórico es la presencia de Jesús, que está siendo rechazado por la religión oficial que lo llevará a la muerte. Sorprendentemente, y estos son los caminos de Dios o la dialéctica de la fe, ahora está más cerca que nunca la venida de la salvación de Dios. El creyente tiene fe en que esto va a ser así, aunque el horizonte no aparezca muy despejado, como veíamos en nuestros días, en este momento histórico. Por eso la llamada de atención a que sepamos leer bien los signos de los tiempos y a estar despiertos o vigilantes, a tener cuidado para que ni el vino ni los agobios de la vida emboten nuestra mente. Aquí habría que hacer un análisis de lo que en este momento está embotando concretamente nuestra mente.

Tiempo de salvación. "Cuando empiece a suceder esto, poneos derechos y alzad la cabeza, que se acerca vuestra liberación", dice el Evangelio. La salvación va unida a la venida en poder de este hombre, de Jesús. Sin duda se alude aquí a la venida y salvación definitivas al final de los tiempos, aunque ese tiempo final se ha inaugurado ya con la presencia de Jesús. Es un todo unido: la venida de Jesús en un momento histórico, la venida por la fe en cada momento existencial, la Navidad que se acerca y la venida final. Aunque para nosotros todo gravita en torno a este momento que estamos viviendo, porque Dios ya está entre nosotros y lo definitivo ya ha comenzado: aquí y ahora es cuando se tiene que hacer realidad la venida de Dios. Tres cosas, por lo tanto, a tener bien en cuenta: -El Adviento de Dios para el hombre es Jesús. -Esa venida tiene que ser una liberación, una salvación. Una liberación que se hace realidad en el aquí y ahora de nuestra existencia. -En la dialéctica de la fe, en el lenguaje apocalíptico anuncia la esperanza y la alegría de la salvación cercana, más allá de las catástrofes. Si el hombre de hoy no tiene nada de qué salvarse, si no necesita de Dios, difícilmente lo buscará, y menos aún lo encontrará: la salvación de Dios tiene que incidir en la condición del hombre (M. Martínez de Vadillo).

Otra vez esperando. Los cristianos estamos otra vez esperando. Comenzamos el tiempo que nos traerá al Mesías inaugurando un tiempo nuevo en un mundo nuevo. Tener esperanza es síntoma de vida. Sólo los muertos no esperan y a nuestro alrededor, cuando alguien no espera, es que ha decidido que su vida no merece la pena. Nada hay más angustioso que la desesperanza y nada más positivo y rejuvenecedor que esperar con ilusión un acontecimiento, todavía más si lo sabemos cercano y extraordinario. En este pórtico del Adviento, Lucas, entre acentos que pueden parecer tremendistas, habla a los cristianos, dándoles un consejo. Y el consejo es éste: cuando parezca que todo se ha perdido y que hasta la naturaleza se desata incontroladamente, alzaos, levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación. Es precioso el consejo de Lucas y la forma de expresarlo. No se puede decir con mayor exactitud cuál debe ser la postura de un cristiano ante cualquier acontecimiento. Es una postura recia, adulta, de "cuerpo entero", alejada de cualquier estilo beato o melifluo, niñoide y simplista. Es la postura que adopta el hombre cuando está seguro de triunfar, y seguro está de eso San Lucas cuando, al indicar la postura, advierte: "está cerca vuestra liberación". En esta liberación que se anuncia próxima está el secreto de la gallardía cristiana. Pero esta gallardía -que no petulancia- tiene un precio: hay que tener la mente despejada (no embotada, dice San Lucas) y hay que estar despierto. Dos condiciones sine qua non para captar la liberación que se acerca.

Tener la mente despejada, con el Evangelio en la mano, es tenerla vacía de todo cuanto habitualmente suele llenarla o, si no vacía, al menos no totalmente ocupada por todas esas realidades que tan bien conocemos y con tanto ahinco perseguimos. San Lucas enumera algunas de ellas de forma enumerativa y no exhaustiva: el vicio -amplísimo-, la bebida y el dinero. Todos sabemos el efecto que produce una mente embotada. Con ella es imposible discernir claramente el horizonte, se confunde los términos, se yerra al buscar soluciones. Un hombre con la mente embotada es un auténtico incapaz. Un cristiano con la mente embotada, llena de todo eso que enumera San Lucas, es inútil que comience el Adviento, porque será incapaz de divisar el horizonte que se perfile al final de ese tiempo de espera. Si el cristiano tiene la mente embotada, verá llegar la Navidad, cantará villancicos, montará el belén y seguirá perdido en los vapores de una niebla insalvable. Para un cristiano cuya mente esté ocupada por el vicio, el poder,la egolatría y el dinero, no hay esperanza consciente, porque no hay sitio para alimentarla. Podrá empezar el año litúrgico, asistir "tranquilamente" a Misa, soportar el "sermón" y dar la vuelta a todos los ciclos habidos y por haber, pero, si no arroja de su mente todas y cada una de las preocupaciones humanas que se han aposentado en ella, no esperará nada, ni entenderá nada, ni será capaz nunca de ser un hombre adulto que alce la cabeza ante los acontecimientos que surjan en su vida.

Y otra condición: estar despierto. La esperanza del cristiano, la que pide San Lucas en el Evangelio de hoy y la Iglesia quiere que tengamos en este primer domingo de Adviento, no es una esperanza quietista y piadosa, es una esperanza activa, como activa es la actitud habitual del hombre en la vida. En el orden humano nos convence el hombre que espera y actúa, porque es un hombre al que consideramos eficaz. No nos convence, por el contrario, el hombre que dice esperar algo mejor y no pone su esfuerzo para lograr el resultado que ambiciona. En la vida cristiana debe ser igual. Y aquí interesa insistir extraordinariamente, porque estamos rodeados de cristianos que esperamos al Señor durmiendo y es ésta la mejor manera de que cuando llegue ni siquiera nos enteremos de que ha venido; somos muchos los cristianos aletargados, piadosísimos e ineficaces, buenísimos e incapaces de transformar el mundo, ausentes de los acontecimientos históricos que nos toca vivir, incapaces de dar una respuesta adecuada a un problema, de resolver con agilidad una situación injusta, de hacer sentir, aunque sea ligeramente, el paso del Señor a nuestro paso.

Por eso, bienvenido de nuevo el Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de remoción de obstáculos (será ésta una idea que se repetirá a través de todos los domingos de este ciclo), tiempo para ganar en madurez, para desterrar la modorra, para aprender a vivir de pie, con la cabeza levantada, barruntando la salvación que se acerca (Dabar 1982).

-"Mirad que llegan días..." La palabra de Dios es aliento y esperanza. Y bien nos vienen hoy y siempre. Porque a veces andamos apesadumbrados y con la cabeza baja. La vida discurre irreversiblemente hacia adelante. No es posible echar marcha atrás, aunque no faltan intentos dolorosos. Pero tampoco es posible detenerse, situarse, acomodarse, como vemos que muchos tratan de hacer. Piensan, porque están llenos de miedo y no de espíritu, que en estos momentos de confusión, de crisis, lo más seguro es lo de siempre, o sea, lo que ellos tienen. Pero ante el futuro que se avecina -estamos en adviento-, la única seguridad es la aventura y el riesgo de la fe. Porque la fe no es seguridad, sino confianza en la palabra de Dios, que es promesa de salvación.

En aquel tiempo, casi seis siglos antes de Cristo, el pueblo de Dios estaba consternado y abatido. La amarga experiencia de tantos años en el destierro y la desilusión al volver a Jerusalén y encontrarla destruida y asolada, los sumió en la desesperación y favoreció la nostalgia de restaurar el pasado glorioso de David. El profeta los saca de la ilusión nostálgica y los anima hacia adelante. No habrá restauración. El hijo de David, Jesús, inaugurará el reino de Dios.

-"Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas". En una situación análoga, Jesús conforta a sus discípulos. Están abatidos, cabizbajos y mudos por el anuncio de la pasión y la destrucción del templo. Jesús les invita a mirar con serenidad y confianza el futuro: "Habrá señales...". El lenguaje apocalíptico, en que nos llega el mensaje de este evangelio, refleja claramente el estado de ánimo de los evangelistas tras la destrucción de Jerusalén. Pero entre este ropaje de horror y confusión emerge como un rayo de luz el anuncio de la buena noticia. Porque el evangelio de hoy, hermanos, no es el anuncio de un cataclismo o de una conflagración cósmica, sino una llamada a la esperanza a pesar de todo. Aunque ese todo sea una situación mundial tan caótica y desalentadora como la de hoy. Este evangelio, que hemos escuchado, no es una amenaza contra la humanidad, sino una invitación a la esperanza dirigida a todos los hombres.

-"Alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación". Hoy podemos entender muy bien el mensaje de este evangelio. Porque también a nosotros nos toca vivir tiempos aciagos y difíciles, como los tiempos en que se escribió el evangelio. Hay señales de desolación y de desesperanza como las guerras, el hambre en el mundo, el paro, el subdesarrollo de la mayoría, la pobreza, el terrorismo, el sida, la droga... Demasiadas señales de injusticia. Pero también hay señales para la esperanza. Gestos de solidaridad, de cooperación, de preocupación y lucha por la justicia y la paz, muchas señales positivas. De modo que hoy podemos entender el anuncio del fin de un mundo injusto y cruel, como el que conocemos, y esperar con ilusión el alumbramiento de un nuevo mundo, más justo, más humano, más hermoso y en paz para todos, como todos deseamos. Y ése es el mensaje del evangelio.

-"Estad siempre despiertos... y manteneos en pie". Pero ese mundo que no nos gusta y denunciamos es el mundo que tenemos que cambiar. Y ese mundo que soñamos y queremos es el que tenemos que hacer. La promesa de Dios no es un pretexto para cruzarnos de brazos y desentendernos de todo, esperando presuntuosamente que Dios lo haga todo. Al contrario, el evangelio es una invitación a la esperanza y a la acción responsable. El reino de Dios que se anuncia es el reino que Jesús dijo estar ya dentro de nosotros (Lc 17,21).

Porque dentro de nosotros ha puesto Dios la razón, la imaginación y la buena voluntad, capaces de cambiar el mundo de arriba a abajo. Lo que hace falta es que el reino de Dios, escondido en nosotros, aflore al exterior en obras de justicia, de solidaridad y de paz, y no de explotación, de dominación y de violencia. La buena noticia de un futuro feliz nos debe poner en actitud de vigilancia y de responsabilidad, en adviento. Porque somos responsables del presente y del futuro, de nuestra vida y de la de nuestros hijos. Por eso tenemos que ocuparnos y preocuparnos para que todo discurra de modo que se alumbre el mundo que deseamos. Pero es también el evangelio una llamada a la confianza, para que desterremos todo temor y la obsesión por el futuro. No sea que, obsesionados por el porvenir, sofoquemos los gestos de solidaridad y cooperación con los demás o caigamos en la tentación derrotista, entregándonos al vino, a la droga, a disfrutar de nuestro propio bienestar, indiferentes ante la suerte de los demás.

-"Que el Señor os colme y haga rebosar de amor mutuo". Una última tentación que debemos evitar es la impaciencia que conduce al radicalismo. No nos toca a nosotros decidir el tiempo del reino de Dios, sino trabajar para que venga ese reino. Y trabajar con perseverancia y con paciencia. Ya entre los primeros cristianos se dieron casos de impaciencia. Unos, deseando que el reino llegase ya, se desentendían de todo. Otros, pensando que se retrasaba demasiado, se volvían violentos y agrios con sus hermanos. Pablo escribe a estos cristianos de Tesalónica, llamándoles al orden, a la responsabilidad y al amor mutuo. Es lo menos que podemos hacer, mientras esperamos y luchamos por un mundo nuevo: cumplir el mandamiento primordial del amor mutuo. Ese es nuestro santo y seña, nuestro testimonio como cristianos. Eso es lo que expresamos y celebramos en la eucaristía, memoria del Señor y espera gozosa y anticipada de su vuelta en poder y gloria ("Eucaristía 1988").

-Verán al hijo del Hombre venir en poder y gloria. Según el testimonio de todo el Nuevo Testamento, pertenece a la actitud fundamental del cristiano estar orientado hacia adelante: al Señor que ha de venir en poder y majestad. El cristiano cree y confiesa que el perfeccionamiento definitivo comenzado con la vida y obra de Jesús se ha de llevar a cabo cuando él vuelva. Lucas pone el acento principal de su anuncio en la orientación de la vida hacia la llegada de Cristo. Todo creyente tiene que ser examinado a la luz de la persona de Jesucristo, y feliz aquél que pueda mantenerse ante su mirada. Vivir orientado a este fin, vivir con la mirada puesta en el Señor... quiere decir para San Lucas vivir cristianamente. De todo esto se desprende que, cuando escuchamos su evangelio, las cuestiones sobre el cómo y el cuándo de los acontecimientos han de ser trasladadas a un segundo rango.

-Cuando esto suceda, levantad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Vivir orientados al Señor y Juez no es para Lucas un asunto oprimente, temible, de continuo cansancio o que produzca angustia. El evangelista está convencido de que una vida así merece la pena, pues sabe lo que Cristo regala al hombre con su venida, con su muerte y su resurrección, con su palabra y su ejemplo: vivir de la forma que él ha vivido el ser hombre nos libera de vagar perdidos, de estar atrapados por las fuerzas dominantes de este mundo pasajero y encontramos una visión razonable, con sentido, del porvenir; encontramos esperanza en un futuro feliz, que nos acerca a un Dios abierto absolutamente al amor. Creyendo así, el cristiano alcanza la convicción de que el mundo y la existencia tienen futuro deseable, y en él, posibilidad de realización. De aquí que tener conciencia sobre la segura venida del Juez y Señor se convierte en motor poderoso de vida: fuerza y alegría.

-Estad pues, siempre despiertos y manteneos firmes. Vivir orientados hacia el final del tiempo, según Lucas, significa, por último, atenerse a las palabras de Jesús y actuar según su ejemplo. Más en concreto, una vida así se desarrolla por medio de la oración confiada -personal y comunitaria- en unión con Cristo y en el amor fraterno, en especial en el amor activo con los que sufren y los desfavorecidos; compartiendo las posesiones con los que carecen de lo necesario, llevando una vida sobria y manteniendo una distancia crítica respecto a las preocupaciones cotidianas que en tantos casos esclavizan al hombre, enturbiándole la mirada para captar lo esencial. La cualidad de la vida como algo pasajero, las grandes catástrofes (hasta de estilo cósmico), la muerte... indican al cristiano precisamente lo inseguro de esta existencia, su imprevisibilidad en lo que toca a lo terreno. Quien desee poder permanecer firmemente en pie ante la venida del Señor ha de vivir atento al futuro, como aquél que pudo ser pillado por sorpresa; sólo así se puede vivir como ser libre y humano. Porque sólo la Palabra del Señor, que afinca sus raíces en el hombre, es capaz de hacer de éste un auténtico hombre ("Eucaristía 1985").

"Estad siempre despiertos": Entre la memoria de lo que ya fue y la anticipación de lo que ha de venir, el cristiano vive en este mundo que pasa, vive en el presente o no vive en absoluto. Vivir en el presente es vivir despiertos, conociendo la tierra que uno pisa, aceptando la dureza de los tiempos, soportando el peso de cada día, de todos los días, sin tratar de huir del calendario para refugiarse en el "año litúrgico". Esto no quiere decir que la liturgia no tenga sentido, sino que el sentido de la liturgia cristiana es el sentido de la vida cuando los cristianos viven de verdad y no sólo litúrgicamente o en los ritos. Queremos decir que la fe se realiza en las obras, que la esperanza se actualiza en la transformación de este mundo, que el amor a Dios se hace realidad palpable cuando abrazamos al pobre y construimos la fraternidad. Y aunque la fe sea más que sus obras y la esperanza y la caridad más que sus realizaciones concretas, ni la fe, ni la esperanza, ni la caridad son nada sin estas mediaciones, sin estas realizaciones. Sin ellas la liturgia se convierte en un engaño y no acontece nada para nosotros, nada que pueda salvarnos.

"Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre": Más que un tiempo litúrgico, para el que vive despierto y realiza las obras de la fe, el adviento es una actitud permanente y su forma de vida, la forma cristiana de vivir: "en pie ante el Hijo el Hombre". En pie, aquí, con los pies sobre el suelo y las manos en la masa de este mundo, pero alzando la cabeza ante la salvación que se acerca. El cristiano vive en la pascua, o en el trance, o en el paso hacia el reinado de Dios. En esta vida experimenta el creyente que el Señor se acerca sobre las nubes. Cuando no se deja dominar por los poderes de este mundo, el Señor viene sobre las nubes, sobre las fuerzas y potestades; cuando superando sus prejuicios cree en la verdad siempre mayor, el Señor aparece o se manifiesta sobre las nubes; cuando abandona sus intereses egoístas y abraza a los otros como hermanos, comparece ante el Hijo del Hombre, que es el Otro de todos nosotros y el hermano universal; y cuando, sobreponiéndose a todas las dificultades, espera contra toda esperanza, incluso a pesar de la muerte y en su propia muerte, el Señor que vive se acerca ya sobre las nubes. Porque el Señor que ha prometido venir ya está viniendo ("Eucaristía 1982").

Dios nos va a salvar, Dios nos está salvando continuamente. El Adviento es el tiempo de la esperanza. Del Adviento y de la esperanza se ha escrito mucho, incluso puede resultar relativamente fácil hacer filosofía de La esperanza. A veces puede ser también fácil hablar de una esperanza pasiva, casi masoquista, que nos hace cruzar de brazos en espera de tiempos mejores, pero que nos canaliza e incapacita para luchar la esperanza que se vive. Convertir a un hombre, hacerle nacer a la esperanza es decirle: tú eres amado por Dios. Esto es hacerle nacer de nuevo. Dios le da el ser por el amor. "Jesús viene, y viene para decirnos que tenemos que vivir. Jesús viene y viene para pasarnos de la muerte a la vida". "Jesús viene para hacernos salir de la frustración y del egoísmo a través de la fe en su total amor". "El Redentor viene para los que se conviertan de la apostasía". Ojalá, que ese Dios, que viene, nos encuentre convertidos, abierto nuestro corazón a la esperanza e intentando remediar la desesperanza de nuestro mundo, que no desaparece con conquistas técnicas ni de dinero ni con embotamiento de vicio ni con evasión de drogas. Ser cristiano es vivir en esperanza, en Adviento continuo, posibilitar siempre la realidad de la Navidad, quenas exige la conversión y un compromiso en la esperanza de este mundo para bautizarla, para cristianizarla para hacerla más auténtica. Desde nuestro trabajo, desde nuestra circunstancia, desde nuestra soledad o incomprensión nosotros tenemos que renacer a la esperanza. Veamos en qué momentos y en qué medida nos hemos sentido comprometidos por la esperanza del mundo y por la esperanza del último, del más pequeño, de los hombres que es también nuestro hermano (Andrés Pardo).

"Nuestro Redentor y Señor anuncia los males que han de seguir a este mundo perecedero, a fin de que nos hallemos preparados... Nosotros, que sabemos cuáles son los gozos de la Patria Celestial, debemos ir cuanto antes a Ella y por el camino más corto... No queráis pues, hermanos, amar lo que no ha de permanecer mucho" (S. Gregorio Magno, PL76, 1077).

En Adviento quiere que orientemos nuestra vida, nuestra mente y corazón al Señor, su cometido es prepararnos para recibir al Hijo del Hombre que viene con gran poder y gloria; pero también para que le contemplemos humilde, nacido en un pesebre, recordándonos que en la pequeñez de Belén se manifiesta la grandeza de Dios. Es bueno recordar que este año caminaremos domingo a domingo de la mano de san Lucas, en un Evangelio donde la fuerza del Espíritu Santo guía a Jesús en todos sus pasos e impulsa el proyecto de la nueva comunidad (Lc 24,49). Lucas nos presenta al Señor como centro y corazón de la historia, de la comunidad cristiana y del creyente ¡Ven Señor Jesús! (CE de Liturgia. PERÚ)

En este domingo, nos reta la Palabra de Dios a resolver un problema; no es complejo, pero está delante de nuestros ojos todos los días y nos hemos acostumbrado de tal manera a él, que será necesario hacer un esfuerzo por resolverlo. Por una parte, podemos detectar a nuestro alrededor una cierta tristeza en mucha gente, como un abatimiento interior que ha paralizado muchas iniciativas; pero no salimos ganando cuando nos acercamos a las noticias de los medios de comunicación, que son incansablemente repetitivas y, desgraciadamente, prefieren mostrar siempre la parte más triste de la condición humana… Ved cómo ocupan demasiado espacio las historias de los secuestros, las violencias, abusos de poder, las infidelidades, las mentiras y calumnias, el cada uno a lo suyo… ¿Será que estas historias, poco ejemplares, son la realidad? Por otra parte, la Iglesia no se cansa de proponernos, en este tiempo de Adviento, la esperanza, como valor y como solución, que la justicia y el derecho vienen de Dios. ¿David contra Goliat? Sabemos que el tema no es nuevo, que la condición humana tiende a caer en la misma piedra. La situación histórica en la que vivió el evangelista Lucas era muy parecida a la nuestra, y las soluciones que él planteaba son perfectamente válidas para el hombre de hoy. En este Evangelio se utiliza un lenguaje apocalíptico, que puede resultar extraño, pero que nos da respuestas para nuestro problema: no tener miedo. Es verdad que la época que estamos viviendo no tiene nada de fácil, que vemos temblar muchos valores humanos, el de la vida, la familia, el derecho a la educación de la prole, un secularismo que pretende alejarnos de Dios, las crisis económicas… Estas cosas son los signos del sol y las estrellas, lo que causa angustias a muchas gentes, lo que causa el desaliento y la ansiedad a nuestros vecinos… En medio de esta tormenta, se nos dice que alcemos la cabeza, que viene nuestra redención…, que no nos dejemos embotar la mente con los agobios de la vida, abandonados en el pecado… Ved cómo Dios regala la fortaleza y la serenidad. Te puedo decir que a mí me ayudó extraordinariamente cuando, en medio de un dolor grande por la enfermedad de su hija, de trece meses, con las horas contadas de vida, unos padres confiaron en la oración y salieron de esa terrible tormenta, puestos en pie y con la cabeza alta por la esperanza en el Dios de la Vida, que ya había acogido a su pequeña. Yo les recordaba con su rostro envuelto en lágrimas y su confianza en el Señor, que les secó sus ojos y les concedió el regalo de la serenidad al corazón (José Manuel Lorca Planes).

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