lunes, 21 de diciembre de 2009

Adviento, 17 de Diciembre: nuestra grandeza está en el amor que Dios nos tiene. Estamos interconexionados en este «libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham»

Adviento, 17 de Diciembre: nuestra grandeza está en el amor que Dios nos tiene. Estamos interconexionados en este «libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham»

 

Texto del Evangelio (Mt 1,1-17):  Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engrendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.

David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatam, Joatam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia.

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliakim, Eliakim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Mattán, Mattán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

 

Comentario: La genealogía de Jesús nos lleva a pensar en dos puntos: en primer lugar, que nuestra grandeza no está en los méritos sino en el amor que Dios nos tiene. Luego, que estamos todos interconexionados, y lo que hacemos influye en los demás y en la historia. Estos dos puntos están muy vivos en el pesebre. Para entender la necesidad de profundizar en nuestra dignidad vino Jesús en Navidad, y para formar un pueblo renacido, como hijos de Dios.

1. Pero antes, podemos ver cómo esto no se vive, quizá porque no se ha explicado bien. De hecho, hoy, el 17-XII-2007 en "La Vanguardia" decía Juliette Gréco, la voz del existencialismo y la chanson francesa: "Nunca he tenido el sentido del mañana. Lo primero que hago cuando abro los ojos es dar las gracias. Me extraña ser tan mayor y seguir haciendo lo que me gusta, es un gran regalo". No se entiende bien el cielo, y por tanto veían el sentido moral como una privación de libertad, pues dice: "cuando André Gide murió, le mandó un telegrama a François Mauriac, un escritor muy católico: "Haz todas las tonterías que quieras, el infierno no existe. Firmado: Gide"".

Es importante devolver al mundo el gusto por la felicidad, y el sentido profundo de Dios, no el justiciero sino el amante. Cuando le preguntan: "¿Cuál es la lección más importante que le ha dado la vida?", responde la cantante: "Que el otro es Dios. Y que pese a la gravedad de algunas cosas, nada es serio. El tiempo y la vida son un regalo, a veces cruel y difícil", lo cual no es del todo falso, pues las dos tablas de la ley son –en alguna corriente judía- divididas en 5 y 5 mandamientos, la tabla de los primeros 5 hace referencia a Dios, el hombre es sagrado, ahí está Dios, de ahí el imperativo: "no matarás". Los otros 5 hacen referencia a las consecuencias para los demás: bienes materiales y espirituales, pero la persona es sagrada.

Esta visión negativa de la vida tiene influencias en la vida, por eso el amor es débil cuando no se basa en Dios. Cuando le preguntan por el fracaso matrimonial, es una pena ver cómo huye del perdón: "Siempre me he ido antes de que las cosas se deterioraran; por tanto, sólo tengo amigos. Y siempre lo advierto: "Cuidado, soy muy paciente, pero hay un límite". Pero nadie me cree hasta el día en que digo adiós." En el fondo de tantos fracasos matrimoniales no hay un hecho, el que se toma en cuenta para pedir el divorcio: "es que me hizo esto…" sino que es más bien un cúmulo de hechos que hacen colmarse el vaso hasta decir "no puedo más", "se ha roto".

También la falta de autoestima es consecuencia de cerrarse en uno, no dejar que este deseo de trascendencia nos lleve a Dios: "En mi trabajo ha sido todo fácil, salvo aguantarme a mí misma. Soy dura y severa conmigo misma. Soy la persona a la que menos quiero". Es necesario oír la voz interior, que nos lleva a cosas grandes hechas a base de cosas pequeñas: "¿Qué merece la pena en la vida?" Responde: "Hacer feliz. Y cosas pequeñas, como cocinar para otros. Es una cuestión de detalles".

2. En la genealogía de Jesús –decíaVan Thuân predicando al Papa y su Curia- hay un canto al amor de Dios, "su misericordia es eterna": "Levanta del polvo al indigente y de la inmundicia al pobre para que se siente entre los príncipes de su pueblo"». No hemos de portarnos bien para que Dios nos quiera, sino que Dios nos quiere de todos modos, y eso nos ayuda mucho a portarnos mejor: «No hemos sido escogidos a causa de nuestros méritos, sino sólo por su misericordia. "Te he amado con un amor eterno, dice el Señor". Esta es nuestra seguridad. Este es nuestro orgullo: la conciencia de ser llamados y escogidos por amor».

En ese contexto, es bonito ver que no se nos esconde que pecadores y prostitutas fueron antepasados de Jesús. El complejo problema del pecado y de la gracia está ahí reflejado: «Si consideramos los nombre de los reyes presentes en el libro de la genealogía de Jesús, podemos constatar que sólo dos de ellos fueron fieles a Dios: Ezequiel y Jeroboam. Los demás fueron idólatras, inmorales, asesinos... En David, el rey más famoso de los antepasados del Mesías, se entrecruzaba santidad y pecado: confiesa con amargas lágrimas en los salmos sus pecados de adulterio y de homicidio, especialmente en el Salmo 50, que hoy es una oración penitencial repetida por la Liturgia de la Iglesia. Las mujeres que Mateo nombra al inicio del Evangelio, como madres que transmiten la vida y la bendición de Dios en su seno, también suscitan conmoción. Todas se encontraban en una situación irregular: Tamar es una pecadora, Rajab una prostituta, Rut una extranjera, de la cuarta mujer no se atreve a decir ni siquiera el nombre. Sólo dice que había sido "mujer de Urías", se trata de Betsabé».

Este panorama no lleva al desánimo, sino que el pecado exalta la misericordia de Dios: «Y sin embargo -añadió el arzobispo vietnamita- el río de la historia, lleno de pecados y crímenes, se convierte en manantial de agua limpia en la medida en que nos acercamos a la plenitud de los tiempos: en María, la Madre, y en Jesús, el Mesías, todas las generaciones son rescatadas. Esta lista de nombres de pecadores y pecadoras que Mateo pone de manifiesto en la genealogía de Jesús no nos escandaliza. Exalta el misterio de la misericordia de Dios. También, en el Nuevo Testamento, Jesús escogió a Pedro, que lo renegó, y a Pablo, que lo persiguió. Y, sin embargo, son las columnas de la Iglesia. Cuando un pueblo escribe su historia oficial, habla de sus victorias, de sus héroes, de su grandeza. Es estupendo constatar que un pueblo, en su historia oficial, no esconde los pecados de sus antepasados», como sucede con el pueblo escogido.

Ante la pregunta ¿es posible hoy tener esperanza? La respuesta es "sí": la conciencia de la fragilidad del hombre y sobre todo del amor de Dios constituyen las grandes garantías de la esperanza: «todo el Antiguo Testamento está orientado a la esperanza: Dios viene a restaurar su Reino, Dios viene a restablecer la Alianza, Dios viene para construir un nuevo pueblo, para construir una nueva Jerusalén, para edificar un nuevo templo, para recrear el mundo. Con la encarnación, llegó este Reino. Pero Jesús nos dice que este Reino crece lentamente, a escondidas, como el grano de mostaza... Entre la plenitud y el final de los tiempos, la Iglesia está en camino como pueblo de la Esperanza».

«Hoy día, la esperanza es quizá el desafío más grande. Charles Péguy decía: "La fe que más me gusta es la esperanza". Sí, porque, en la esperanza, la fe que obra a través de la caridad abre caminos nuevos en el corazón de los hombres, tiende a la realización del nuevo mundo, de la civilización del amor, que no es otra cosa que llevar al mundo la vida divina de la Trinidad, en su manera de ser y obrar, tal y como se ha manifestado en Cristo y transmitido en el Evangelio. Esta es nuestra vocación. Hoy, al igual que en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento, actúa en los pobres de espíritu, en los humildes, en los pecadores que se convierten a él con todo el corazón».

3. Hemos visto como la genealogía familiar de Jesús no es un "expediente inmaculado". Pero hay un segundo aspecto: la comunión de los santos nos une a todos, en una solidaridad que abraza todos los hombres de todos los tiempos. Los que están en la Iglesia triunfante de cielo; en la Iglesia purgante y la Iglesia peregrinante, es decir los que caminamos aún en esta vida: «Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados (...)» (LG, 49)" (Catecismo de la Iglesia Católica, 954). Existe una comunicación de bienes espirituales entre los miembros de la Iglesia, sea el que fuere el estado en el que se encuentren: "«Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros... Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que El es la cabeza... Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia» (Santo Tomás, symb. 10). «Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común» (Catech. R., 1, 10, 24)" (Catecismo de la Iglesia Católica, 947).

La Iglesia está anticipada en esa larga genealogía que anuncia la salvación que Dios ha querido traernos, formando un pueblo, una comunidad y sirviéndose de unos intermediarios (sacerdotes, profetas, reyes, jueces...). Todos participamos de la misión de la Iglesia, apoyados en la comunión de los santos: "De que tú y yo nos portemos como Dios quiere – no lo olvides– dependen muchas cosas grandes" (J. Escrivá, Camino, 755).

La reacción ante esta responsabilidad histórica no puede ser asustarnos "«¡No tengáis miedo!». No tengáis miedo del misterio de Dios; no tengáis miedo de Su amor; ¡y no tengáis miedo de la debilidad del hombre ni de su grandeza! El hombre no deja de ser grande ni siquiera en su debilidad" (JP II, TE, p. 34).

Hoy día hay miedo, se quiere quitar este sentido social de la Iglesia, y relegarla al ámbito de lo privado o de la propia conciencia de cada uno. Pero esto no es lo que desea Dios: la humanidad forma un pueblo, y sin Dios éste se dispersa, se diluye, pierde su identidad. Por eso, sin mezclarse con el poder humano, "compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos funfdamentales de la persona humana o la salcación de las almas» (CIC, 747, 2)" (CAT, 2032).

 

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