jueves, 17 de diciembre de 2009

Segundo domingo de Adviento (C): estamos de camino hacia Navidad, y Juan Bautista representa al más grande profeta: el que señala a Jesús, el Cordero de Dios, nuestro Camino.

Segundo domingo de Adviento (C): estamos de camino hacia Navidad, y Juan Bautista representa al más grande profeta: el que señala a Jesús, el Cordero de Dios, nuestro Camino.

1. Baruc es un profeta que nos habla de que el Señor se acuerda de los desterrados y anuncia su vuelta gloriosa, los que se van presos, "a pie" y llorando a manos del enemigo vuelven gloriosos "llevados en carroza real". Es un cambio de rumbo: de sufrimientos a alegría, de lágrimas a sonrisa, de pena a fiesta: la alegría, compañera de la esperanza, es el canto del Adviento: "Dios mostrará su resplandor a cuantos viven bajo el cielo".

2. El Salmo canta el gozo de esta salvación tan admirable: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres». Es una inmensa procesión que avanza hacia el Templo, con los brazos cargados de "gavillas" para la fiesta en que se ofrendaban a Dios las cosechas. Las penas se transforman en alegrías, como el grano sembrado parece perdido, y sale la planta con granos. El papel positivo de la cruz. Nuestra colaboración en la salvación, nuestra forma de sembrar, es aceptar madurar como el "grano de trigo que se pudre para dar fruto". Es ley de vida: «Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares». Ahora me toca trabajar y esforzarme en serio, con la esperanza de que un día cambiará la suerte y volveré a sonreír y a cantar. En esta vida no hay éxito sin trabajo duro, no hay avance sin esfuerzo penoso. Para ir adelante en la vida, en el trabajo, en el espíritu, tengo que esforzarme, tanto en el estudio como en lo demás. Para cosechar hay que sembrar, y para poder cantar hay que llorar. Vivir es trabajo duro, y sembrar eternidad es labor de héroes. «Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas» (Carlos G. Vallés).

3. La carta a los filipenses habla de la oración y confianza que san Pablo tiene, alegría y amor..., Dios está presente: y les habla de la esperanza y aguardan la definitiva venida del Señor Jesús. La vivencia actual es un adelanto de lo pleno por venir. El amor de ahora ha de ir creciendo en todos los aspectos y ciertamente será así si nos abrimos del todo a la obra comenzada por Dios. La corona de adviento con las 4 velas simboliza estas 4 semanas con los 4 domingos que nos acercan a Jesús. Y el árbol de Navidad es el árbol de la Cruz por el que nos viene la salvación, que ya está naciendo en la cuna de Belén…, en el "Día de Cristo Jesús", o "Día de Cristo". Esta carta la escribió hacia el año 56 (preso Pablo en Éfeso), y les dice que les quiere mucho.

4. En el Evangelio Jesús nos anima: Todos verán la salvación de Dios. Nos anima a que no seamos pesimistas o negativos. Juan Bautista recorre "toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de agua", como los antiguos profetas, mientras que a Jesús le corresponderá introducir por fin  al pueblo, salido del Jordán, adonde Juan lo había conducido, hasta el interior mismo de la  Tierra deseada, como el nuevo Moisés para formar el nuevo pueblo de Dios, e introducir en la tierra prometida a la nueva familia de los hijos de Dios. Y así, Jesús irá a predicar a Galilea que es tierra de paganos, gentiles (= no judíos), mal vistos.

¿Cuándo acabará este mundo y vendrá Jesús? No importa, porque Jesús ya ha venido, y viene en Navidad, y con Él ya tenemos el Reino de Dios en nuestro corazón, que es donde se pueden juntar el cielo y la tierra como en la nueva fusión nuclear, y podemos ver la nueva realidad en la misa, Jesús en 3D, en esta realidad misteriosa. En un primer momento, la comunidad primitiva, que había convertido el "día" de Yahvé en  el "día" de Jesús, pensó que ese "día" no se había realizado con la resurrección de Jesús,  por lo que siguió esperando su segunda venida triunfal (parusía). Mas acabó  comprendiendo que tal "venida" iba haciéndose presente en cuantos creyentes conseguían cristificar su existencia. Así pues, más que suspirar por una futura venida de Jesús al hombre, éste debía  esforzarse por ir a Jesús. ¿Cómo? Viviendo su vida como le pedimos después de la consagración: "ven, Señor Jesús": ven a mi vida y a la de tantos, ven que te necesitamos, que te sepa ver de un modo más pleno y sepa vivir de fe viva y de entrega y amor: "Preparad el camino del Señor... y todos  verán la salvación de Dios".

Estos días estamos en medio de la Novena de la Inmaculada. Procuramos acudir con frecuencia a las manos de la Virgen, nuestra Madre, para que Ella nos lleve a purificarnos en las fuentes de la Gracia: La Confesión y la Comunión. Cuenta uno que en un Colegio, recién estrenado, había aún en su entorno ladrillos, tablas, arena y otros restos de la construcción. Aquel invierno llovía casi todos los días y pronto el Colegio se convirtió en una isla. Para llegar a él, con los tablones y los ladrillos, construíamos puentes que pasábamos haciendo equilibrios. Y había que ver cómo disfrutaban los más pequeños, cayendo al charco y chapoteando en el barro con sus botas de goma. El espectáculo era ver cómo llegaban los niños cada mañana al colegio: hechos un sol, lavados, peinados, con los uniformes flamantes; y cómo les recogían sus madres por la tarde. Diríase que el oficio de las madres era mantener a sus hijos limpios, a toda costa; y el de los niños, mancharse cuanto antes y cuanto más, mejor.

Con la facilidad con que los niños pequeños se manchan con el barro, así los mayores nos manchamos también el alma con el pecado. Y, como a los pequeños, nos ocurre que solos no sabemos ni podemos limpiarnos. Necesitamos ir a la Madre del Cielo y ponernos en sus manos, y Ella nos conduce a esa fuente de la Gracia, que es la Confesión, donde Jesús nos lava con su Sangre divina. La Virgen desea ardientemente vernos con el alma limpia, porque el pecado desfigura en nosotros la imagen de su Hijo Jesús, y para que nos parezcamos a Ella que es La Purísima, nuestra Madre Inmaculada. Hay muchas devociones a la Virgen que, si las vivimos bien, nos ponen en sus manos, bajo su protección. Una de ellas es el rezo de Las Tres Avemarías, antes de acostarse, como nos comprometimos con la imposición del Santo Escapulario. Cuentan que Santa Matilde rogaba insistentemente a María "que le asistiera en la hora de la muerte", y la Santísima Virgen le contestó:

- Sí lo haré -contestó Ella- pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías, conmemorando: en la primera, el poder recibido del Padre Eterno; en la segunda, la sabiduría con que me adornó el Hijo y, en la tercera, el amor de que me colmó el Espíritu Santo. Se suele rezar por la noche pidiendo a la Virgen que nos guarde de todo pecado y nos alcance el don de la santa pureza. Madre nuestra Inmaculada, ruega por nosotros tus hijos, que acudimos confiados a ti. Amén.

llucia.pou@gmail.com

 

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