jueves, 31 de mayo de 2012

Viernes de la 8ª semana, año 2. “Sed buenos administradores de la múltiple gracia de Dios”, dice S. Pedro, y la oración es la que nos anima la fe en D

Primera carta del apóstol san Pedro 4,7-13. Queridos hermanos: El fin
de todas las cosas está cercano. Sed, pues, moderados y sobrios, para
poder orar. Ante todo, mantened en tensión el amor mutuo, porque el
amor cubre la multitud de los pecados. Ofreceos mutuamente
hospitalidad, sin protestar. Que cada uno, con el don que ha recibido,
se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la
múltiple gracia de Dios. El que toma la palabra, que hable palabra de
Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo
recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de
Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos
de los siglos. Amén. Queridos hermanos, no os extrañéis de ese fuego
abrasador que os pone a prueba, como si os sucediera algo
extraordinario. Estad alegres cuando compartís los padecimientos de
Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo.



Salmo 95, 10-13. Llega el Señor a regir la tierra.
Decid a los pueblos: "El Señor es rey, / él afianzó el orbe, y no se
moverá; / él gobierna a los pueblos rectamente."
Alégrese el cielo, goce la tierra, / retumbe el mar y cuanto lo llena;
/ vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, / aclamen los árboles del
bosque.

Delante del Señor, que ya llega, / ya llega a regir la tierra: /
regirá el orbe con justicia / y los pueblos con fidelidad.

Evangelio según san Marcos 11,11-26. Al día siguiente, cuando salió de
Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó
para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas,
porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: -«Nunca jamás coma
nadie de ti.» Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, entró en
el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las
mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no
consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía,
diciendo: -«¿No está escrito: "Mi casa se llamará casa de oración
para todos los pueblos" Vosotros, en cambio, la habéis convertido en
cueva de bandidos.» Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas
y, como le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de su
doctrina, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció,
salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar, vieron la
higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús:
-«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.» Jesús
contestó: -«Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte:
"Quítate de ahí y tirate al mar", no con dudas, sino con fe en que
sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que
pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para
que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas.»


Comentario: 1. 1P 4,7-13. a) Es el último pasaje que leemos de la
primera carta de Pedro. En los escritos de la primera generación se
nota la creencia que tenían de que el fin del mundo estaba próximo,
que la vuelta gloriosa del Resucitado era inminente. A veces sus
autores argumentan a partir de esta convicción: «El fin de todas las
cosas está cercano: sed, pues, moderados y sobrios, para poder orar».
Pero las actitudes a las que invitan valen igual si no va a ser tan
inminente el fin: por ejemplo la fortaleza que un cristiano ha de
tener frente al «fuego abrasador» o las persecuciones que le puedan
poner a prueba su fe.

b) Una serie de recomendaciones que siguen teniendo ahora, después de
dos mil años, toda su actualidad. Sea cuando sea el fin del mundo, un
cristiano debe mirar hacia delante y vivir vigilante, en una cierta
tensión anímica, que es lo contrario de la rutina, la pereza o el
embotamiento mental. Los consejos de Pedro nos ofrecen un programa muy
sabio de vida: tener el espíritu dispuesto a la oración, llevar un
estilo de vida sobrio y moderado, mantener firme el amor mutuo,
practicar la hospitalidad, poner a disposición de la comunidad las
propias cualidades, todo a gloria de Dios. No está mal que la carta
termine aludiendo a sufrimientos y persecuciones. Tal vez aquí se
refiere a alguna persecución contra los cristianos por los años 60
(cuando murieron Pedro y Pablo en Roma). Pero estas pruebas han sido
continuas a lo largo de los dos mil años de la comunidad cristiana y
siguen existiendo también ahora en la comunidad y en la vida de cada
uno: pruebas que dan la medida de nuestra fidelidad a Dios y nos van
haciendo madurar en nuestro seguimiento de Cristo. Cuando Jesús anunciaba la cruz en el programa de su camino,
Pedro era el primero en protestar y no aceptar el sufrimiento como
parte del Reino mesiánico. Ahora lo ha asimilado, lo recomienda en la
carta y, sobre todo, da pruebas de conversión con su testimonio de fe
ante el sanedrín, y finalmente ante el emperador Nerón, hasta el
martirio. Sería ya el ideal que llegáramos a la consigna final de
Pedro: «Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo,
para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo». Los
hombres viven ahora más solitarios que nunca; acaso la capacidad de
contacto, como se dice, ha desaparecido de entre nosotros. Deberíamos,
por lo menos, buscar espiritualmente al vecino y albergarlo
espiritualmente con nosotros, compartir sus solicitudes, sus fatigas,
sus alegrías, que se encuentre a gusto en nuestra casa y que sienta la
impresión de que por el amor de Cristo, tiene en ella un hogar y una
patria.

La Epístola de san Pedro aborda unos «deberes» muy concretos de los
cristianos, en sus relaciones ordinarias de la vida corriente:

-deberes de los «ciudadanos», respecto a las autoridades civiles...

-deberes de los «esclavos», respecto a sus amos...

-deberes de los esposos respecto al cónyuge...

-deberes de los hombres respecto a todos sus hermanos...
Leemos hoy una parte muy pequeña del final de esta epístola.

-Hermanos, el fin de todas las cosas está cerca. El clima humano de
esta comunidad es el de una «persecución» que se siente venir. Más
adelante Pedro dirá: «no os extrañéis del incendio que ha prendido
entre vosotros para probaros». No olvidemos que ese mismo san Pedro
morirá mártir en el año 64 o 67, es decir, ¡uno o dos años después de
esta carta! Por lo tanto la evocación del «fin de todas las cosas»,
lejos de descorazonar, es un estimulante.

-Sed pues sensatos y sobrios para daros a la oración. El término
griego que nuestra versión traduce por «sensato» significa a la vez
moderado, prudente, mesurado, casto. La frase más aproximada sería
«hombre de buen sentido» o de «sentido común»; el término «sobrio»
viene a indicar la misma actitud. San Pedro recomienda a los recién
bautizados un «dominio de sí» que predisponga a la oración.
El enervamiento, los excesos de la pasión, la sobrecarga de horas de
trabajo... no facilitan nuestros esfuerzos para la oración. Sabemos
esto muy bien. Hay que sacar quizá una consecuencia. Es sin duda lo
que suscita la afición hacia las técnicas de «yoga» o de «zen» en
muchos de nuestros contemporáneos, por demás sobreexcitados.
Encontrar de nuevo la paz para orar mejor.

-Ante todo, prodigad un amor intenso entre vosotros, porque «la
caridad cubre todas las faltas» (Proverbios 10, 12) Pedro vuelve a
este tema esencial.

¡Ser bautizado, es comprometerse a «amar»! Y para ello cita la Biblia;
¡hay sesenta y dos citas del Antiguo Testamento en esta breve
epístola!

¡Señor, ayúdame a "amar intensamente"! y ¡que este amor «cubra mis
pecados!» Amar a los demás, servirles, es compensar el mal que por
otra parte hacemos. La caridad cubre nuestros pecados, y Dios ve la
caridad... ¡como si ella camuflara nuestras faltas a los ojos de Dios!

-Practicad la hospitalidad entre vosotros... Poned al servicio de los
demás la gracia que cada uno de vosotros haya recibido... Pedro indica
concretamente dos modos de amar:

-la acogida, la hospitalidad... literalmente, «el amor al extraño».
Esa hospitalidad, tan querida del alma oriental y tan generalmente
abandonada en occidente: ¡ser bautizado es ser acogedor!

-La puesta en común de los «carismas»... nuestras dotes personales
puestas al servicio de todos: ¡ser bautizado es compartir lo que se ha
recibido! Si alguien tiene el don de la palabra, ¡que sea portavoz de
Dios! Si tiene el don del servicio, ¡que lo cumpla con la fuerza que
Dios le da! Dios está aquí, presente, asoma sin cesar. Nuestros
«carismas» -dones recibidos- proceden de El. No podemos guardarlos
celosamente para nosotros mismos.

-Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de
Cristo. San Pedro, mártir, crucificado como Jesús... rogad por
nosotros (Noel Quesson).

2. Seguimos como en días pasados el salmo donde se contempla la salvación llevada a cabo por Jesús, con su obra redentora.

3.- Mc 11,11-26. a) Jesús ya llega a Jerusalén. Saltándonos la escena
de la entrada solemne -que leemos el Domingo de Ramos- escuchamos hoy
la acción simbólica en torno a la higuera estéril y la otra acción, no
menos simbólica y valiente, de Jesús arrojando a los mercaderes del
Templo.

La higuera no tenía frutos. No era tiempo de higos o ya se le habían
gastado. Jesús, con todo, se queja de esa esterilidad. Su lamento nos
recuerda el poema de la viña estéril de Isaías 5: «Una viña tenía mi
amigo... esperó que diese uvas, pero dio agraces». Jesús pronuncia
unas palabras duras contra la higuera: «nunca jamás coma nadie de ti».
En efecto, al día siguiente, la higuera se había secado. Si Jesús hizo
este gesto es porque apuntaba a otra clase de esterilidad: es el
pueblo de Israel, sobre todo sus dirigentes, el árbol que no da los
frutos que Dios pedía. Israel ha fracasado. Israel es la higuera seca.
En medio del episodio de la higuera, entre su inicio y su conclusión
al día siguiente, Marcos coloca la escena del Templo y el gesto
violento de Jesús. También aquí no había motivo evidente para la ira
de Jesús: los mercaderes que vendían animales para el sacrificio o
cambiaban monedas, estaban en el atrio, contaban con todos los
permisos de los responsables y no parecían estorbar el culto.
Lo que hace Jesús es, de nuevo, un gesto simbólico, tal vez no tanto
contra los mercaderes, sino contra los responsables del Templo: lo que
denuncia es la hipocresía del culto, hecho de cosas exteriores pero
sin obras coherentes en la vida. Ya los profetas, como Jeremías,
habían atacado la excesiva confianza que tenían los judíos en el
Templo y en la realización -eso sí, meticulosa- de sus ritos. El culto
tiene que ir acompañado de la fidelidad a la Alianza.
También quiere subrayar Jesús que el culto del Templo debería ser más
universal, sin poner trabas a los extranjeros. Los mercaderes hacían
que los que venían de fuera tuvieran que cambiar la moneda pagana
-considerada impura- por la judía, para poderla ofrecer en el Templo.
No sería extraño que en este comercio hubiera además abusos y trampas,
aprovechándose de los forasteros. Jesús quiere que el Templo sea «casa
de oración para todos los pueblos», lugar de oración auténtica. y no
una «cueva de bandidos» y de ajetreo de cosas y comercio.

b) Hoy va de quejas por parte de Jesús. Y lo peor es que también
podría estar defraudado de nosotros, por nuestra esterilidad o por el
clima de nuestras celebraciones litúrgicas. ¿Se podría decir de
nosotros, de cada uno y de la comunidad, que somos una higuera
estéril'? Valdría la pena que hiciéramos un alto en nuestro camino y
nos dejáramos interpelar por Cristo. Porque seria triste defraudar a
Dios, no dando frutos o dándolos de escasa calidad. El aviso lo irá
repitiendo Jesús en días sucesivos, por ejemplo con la parábola de los
viñadores que no hacen producir el campo arrendado. No podemos
contentarnos con pensar que los que se sientan en el banquillo de los
acusados son los israelitas. Somos también nosotros, en la medida en
que no demos los frutos que Dios esperaba. Nuestro examen tendría que
dirigirse también a nuestra manera de realizar el culto. ¿Mereceríamos
nosotros un gesto profético parecido de Jesús, purificando nuestras
iglesias de toda apariencia de mercantilismo o de acepción de
personas? El quería que el Templo fuera «casa de oración para todos» y
que no se contaminara con intereses y negocios, ni supusiera una
barrera para otras culturas o nacionalidades. El evangelio de hoy
termina, no sólo invitando a la oración llena de fe, sino también a la
caridad fraterna, sobre todo el perdón de las ofensas: «Cuando os
pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también
vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas». Es lo que cada
día decimos en el Padrenuestro: una de las peticiones más
comprometedoras que nos enseñara Jesús (J. Aldazábal).
Fe es esperar de Dios, no de nosotros mismos ni de nuestras obras: la
fe es gratuita y por eso mismo se expresa en la oración. Fe es esperar
de Dios aquello que él quiere darnos; no debemos empeñarnos en querer
ser nosotros mismos la medida del proyecto de Dios. Dios es la medida
del don, no nosotros.

Fe es hacernos disponibles, para que Dios nos abra a la "novedad" del
Reino mesiánico y a la "universalidad" de las gentes: la negación de
la fe es repliegue sobre sí mismo, celosa conservación de los propios
privilegios. Fe es la actitud de aquel que "no duda en su corazón" (11, 23): la
negación de la fe es un continuo "oscilar entre Dios por una parte y
todas las demás ideas posibles e imaginables por otra Fe, finalmente,
es prolongar hacia todos los demás lo que Dios ha hecho por nosotros;
ésta es la fuente y la medida del perdón. Pero esto supone una vez más
la conciencia de que nosotros hemos sido los primeros en ser
perdonados, los primeros en ser amados gratuitamente (Bruno Maggioni).

-Jesús acababa de hacer su "entrada en Jerusalén". Entró en el Templo.
En la selección de las lecturas semanales, se ha saltado la página
correspondiente a esa "entrada triunfal" porque se lee evidentemente,
el domingo de Ramos.

-Después de haberlo examinado todo, siendo ya tarde, salió para
Betania con los doce. Jesús entró en el templo; pero allí no pasaba
nada. Es raro. La manifestación mesiánica se ha detenido en seco. Es
extraño. Sin embargo, antes de salir, Jesús observa sobre el lugar y
en detalle todas las cosas. Esta mirada de Jesús está llena de
significado: lo que va a hacer mañana está bien premeditado... es la
mirada de un hombre que está preparando su jugada, la expulsión de los
"vendedores del templo".

-A la mañana siguiente, saliendo de Betania, sintió hambre; viendo de
lejos una higuera.. no encontró en ella, sino hojas, porque no era
tiempo de higos. Dijo a la higuera "Que jamás coma ya nadie fruto de
ti. Y los discípulos le oyeron." Extraña maldición. Si Jesús tratase
de saciar el hambre, este gesto sería de un demente: ¡encolerizarse
contra un árbol por no encontrar frutos cuando no es la estación! No
es pues a ese nivel material que hay que interpretar esta maldición.
Jesús ha querido hacer un gesto "enigmático", y Marcos subraya la
extrañeza: los apóstoles "oyen", pero no quieren creerlo y quedarán
muy sorprendidos el día siguiente, al ver que la maldición se ha
realizado. La solución del enigma se dará más tarde. Y no será por
casualidad el hecho de que la "purificación" del Templo esté inserta,
como "un bocadillo" entre las dos mitades del episodio de la "higuera
maldita".

-Llegan a Jerusalén. Jesús entra en el templo y se pone a expulsar a
los que vendían y compraban. Derriba las mesas de los cambistas y los
asientos de los vendedores... Y les enseñaba diciendo: "¿No está
escrito: Mi casa será casa de oración para todas las naciones? Y
vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones."
Jesús cita al profeta Jeremías (7,11): el profeta reprocha a los hombres de su tiempo el hecho de participar en el culto con el fin de asegurarse... el
culto del templo es falaz, pues las gentes no se convierten. "Habláis
siempre del culto, decís: "Santuario de Dios, santuario de Dios,
santuario de Dios", pero oprimís al extranjero, al huérfano y a la
viuda. Robáis, matáis y venís luego a poneros delante de mí... ¿Es
este Templo una cueva de bandidos?'' Jesús cita también al profeta
Isaías (56,7). Es la afirmación sorprendente de que el Templo judío va
a ser "abierto a las naciones paganas". Esto enlaza con el tema
misionero, habitual en san Marcos. Jesús hace un gesto mesiánico
anunciado por el profeta Zacarías, 14, 21: "Ya no habrá más mercaderes
en el templo del Señor, en ese día".

Es la purificación del lugar donde Dios está presente. Jesús quiere
devolver al Templo su pureza primitiva, su destino sagrado, y subraya
que este lugar santo está "destinado a todos": apertura universalista.
¿Qué sentido tengo yo de la plegaria? ¿De lo sagrado? ¿De Dios
presente?

-Llegó todo esto a oídos de los príncipes de los sacerdotes y de los
escribas. Buscaban cómo perderle... Al caer la tarde, salió de la
ciudad.

-Pasando de madrugada, vieron que la higuera se había secado de raíz.
He aquí la llave del extraño enigma de la víspera: Jesús no apuntaba a
la higuera, sino al Templo: Porque el Templo no responde ya a la
espera de Dios, suscita la "cólera de Dios" y será destruido (Mc 13,
2) (Noel Quesson).

San Josemaría comentó así esta escena de La higuera estéril:También es San Mateo el que nos cuenta que Jesús volvía de Betania con hambre. A mí me conmueve siempre Cristo, y particularmente cuando veo que es Hombre verdadero, perfecto, siendo también perfecto Dios, para enseñarnos a aprovechar hasta nuestra indigencia y nuestras naturales debilidades personales, con el fin de ofrecernos enteramente -tal como somos- al Padre, que acepta gustoso ese holocausto.

”Tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas padece hambre! ¡Señor, te agradezco que -por inspiración divina- el escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la contemplación de tu Humanidad Santísima! Perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como yo.

”Jesús había trabajado mucho la víspera y, al emprender el camino, sintió hambre. Movido por esta necesidad se dirige a aquella higuera que, allá distante, presenta un follaje espléndido. Nos relata San Marcos que no era tiempo de higos; pero Nuestro Señor se acerca a tomarlos, sabiendo muy bien que en esa estación no los encontraría. Sin embargo, al comprobar la esterilidad del árbol con aquella apariencia de fecundidad, con aquella abundancia de hojas, ordena: nunca jamás coma ya nadie fruto de ti.

”¡Es fuerte, sí! ¡Nunca jamás nazca de ti fruto! ¡Cómo se quedarían sus discípulos, más si consideraban que hablaba la Sabiduría de Dios! Jesús maldice este árbol, porque ha hallado solamente apariencia de fecundidad, follaje. Así aprendemos que no hay excusa para la ineficacia. Quizá dicen: no tengo conocimientos suficientes… ¡No hay excusa! O afirman: es que la enfermedad, es que mi talento no es grande, es que no son favorables las condiciones, es que el ambiente… ¡No valen tampoco esas excusas! ¡Ay del que se adorna con la hojarasca de un falso apostolado, del que ostenta la frondosidad de una aparente vida fecunda, sin intentos sinceros de lograr fruto! Parece que aprovecha el tiempo, que se mueve, que organiza, que inventa un modo nuevo de resolver todo… Pero es improductivo. Nadie se alimentará con sus obras sin jugo sobrenatural.

”Pidamos al Señor que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz. Porque no faltan en la tierra muchos, en los que, cuando se acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes, lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios. No es posible olvidar que contamos con todos los medios: con la doctrina suficiente y con la gracia del Señor, a pesar de nuestras miserias.

”Os recuerdo de nuevo que nos queda poco tiempo: tempus breve est, porque es breve la vida sobre la tierra, y que, teniendo aquellos medios, no necesitamos más que buena voluntad para aprovechar las ocasiones que Dios nos ha concedido. Desde que Nuestro Señor vino a este mundo, se inició la era favorable, el día de la salvación, para nosotros y para todos. Que Nuestro Padre Dios no deba dirigirnos el reproche que ya manifestó por boca de Jeremías: en el cielo, la cigüeña conoce su estación; la tórtola, la golondrina y la grulla conocen los plazos de sus migraciones: pero mi pueblo ignora voluntariamente los juicios de Yavé.

”No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en cualquier ocasión!. El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!

”No nos servirá ninguna disculpa. El Señor se ha prodigado con nosotros: nos ha instruido pacientemente; nos ha explicado sus preceptos con parábolas, y nos ha insistido sin descanso. Como a Felipe, puede preguntarnos: hace años que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis conocido?. Ha llegado el momento de trabajar de verdad, de ocupar todos los instantes de la jornada, de soportar -gustosamente y con alegría- el peso del día y del calor”.

Recuerdo un amigo, hace muchos años, que me escribió una carta. Adolescente, quedó impactado por estas palabras, decía que hacía mucho tiempo que no veía un cura y no se confesaba, que se dejaba ir por la poltronería y la dejadez, por la bajada del ir dejándose llevar por lo más placentero… no estaba contento de sí mismo. Al leer esas palabras del comentario de la escena de la higuera que no daba frutos y que quedaba seca, fue a buscar un cura y se confesó.

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