miércoles, 23 de mayo de 2012


JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA: Jesús ruega por la unidad de los cristianos, en Él recibimos la felicidad: aquí la vida de la gracia y luego la gloria.

Hch 22, 30; 23, 6-11: 30Al día siguiente, deseando saber con exactitud de qué le acusaban los judíos, le quitó las cadenas, mandó reunir a los príncipes de los sacerdotes y a todo el Sanedrín, llevó a Pablo y le puso ante ellos.
            23, 6Sabiendo Pablo que unos eran saduceos y otros fariseos, gritó en medio del Sanedrín: Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y se me juzga por la esperanza en la resurrección de los muertos. 7Al decir esto se produjo un enfrentamiento entre fariseos y saduceos, y se dividió la multitud. 8Porque los saduceos dicen que no hay resurrección ni ángel ni espíritu; los fariseos en cambio confiesan una y otra cosa. 9Se produjo un enorme griterío y puestos en pie algunos escribas del grupo de los fariseos discutían diciendo: Nada malo hallamos en este hombre; ¿y si le ha hablado algún espíritu o ángel? 10Como creciera gran alboroto, temeroso el tribuno de que despedazaran a Pablo, ordenó a los soldados bajar, arrancarles a Pablo y conducirlo al cuartel. 11En esa noche se le apareció el Señor y le dijo: Mantén el ánimo, pues igual que has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma.

Salmo responsorial: 16/15,1-2a.5.7-8.9-10.11: 1 Canto de David. Guárdame, Dios mío, pues me refugio en ti. 2 Yo digo al Señor: «Tú eres mi Señor, mi bien sólo está en ti». 5 Señor, Tú eres mi copa y mi porción de herencia, Tú eres quien mi suerte garantiza. 7 Yo bendigo al Señor, que me aconseja, hasta de noche mi conciencia me advierte; 8 tengo siempre al Señor en mi presencia, lo tengo a mi derecha y así nunca tropiezo. 9 Por eso se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, todo mi ser descansa bien seguro, 10 pues Tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. 11 Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha.

Evangelio según Juan 17, 20-26 (se lee también el 7º Domingo de Pascua C): No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí. Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te conoció; pero yo te conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos.

Comentario: 1. En Pentecostés, del año 57, Pablo ha llegado a Jerusalén, para la fiesta de Pentecostés o de las semanas, Shavuot, la última de las peregrinaciones del año para los judíos. El conflicto con las autoridades no se hizo esperar. Algunos judíos le acusan de "incitar" a la defección (Hch 2,21). De hecho Pablo, estando en el Templo de Jerusalén donde había ido a orar, es perseguido. La policía romana interviene, y conduce a Pablo a la fortaleza. Su cautiverio durará varios años, en Jerusalén, en Cesarea, capital romana de Palestina y después en Roma. -El oficial romano, queriendo saber con certeza de qué acusaban a Pablo, convocó el «Gran Consejo» e interrogó a Pablo. Como Jesús…
-«Yo soy Fariseo, hijo de Fariseo... se me juzga por mi esperanza en la Resurrección»: "disputaron Fariseos y Saduceos y la asamblea se dividió... entre un gran clamor..." Sufrir la injusticia por Jesús, es una de las bienaventuranzas… En una de sus epístolas, Pablo cuenta el número de golpes recibidos y los arrestos sufridos... (2 Cor, 11,23-24). Ayúdanos, Señor, para que sepamos verte en cualquier situación humana, incluso la más desfavorable en apariencia.
-“A la noche siguiente, se apareció el Señor a Pablo y le dijo... «¡Ánimo!»” Pablo debió de tener también sus horas de angustia, sus horas negras. Jesús siente la necesidad de ir a reconfortarle, de remontarle la moral: "¡ánimo!" le dijo. El tema de la «aflicción» es uno de los temas dominantes de las epístolas de san Pablo. Era una experiencia vivida. La "valentía", «fe», tiene ante las injusticias y contrariedades sus “noches oscuras” que sin embargo se pasan con Jesús. Jesús está con él. No hay nada que temer. Hay que dejarse conducir, abandonarse… (Noel Quesson). De todo se sirve el Señor para hacer su obra, y así la semilla cristiana va al centro del imperio, que era un sueño personal y también apostólico. Por eso apela al César, y por eso hace lo posible para salir ileso del tumulto de Jerusalén contra él. Una cosa es dar testimonio de Cristo, y otra, aceptar la muerte segura en manos de los judíos. Más tarde, ya en Roma, en su segundo cautiverio, sí será detenido y llevado a la muerte, al final de su dilatada y fecunda carrera de apóstol. Esto conecta con su fe en la resurrección, que es lo que hoy está en la discusión de sectas judías. También en nuestro tiempo, como entonces, muchos judíos han perdido la fe en la resurrección, por eso la madre de Edith Stein se enfada mucho con su hija cuando entra al Carmelo, pues piensa que sólo hay esta vida y no se puede malbaratar recluyéndose (luego, cercana su muerte, hubo una reconciliación); también esta santa dio su vida, en el holocausto judío. Hemos de saber defender la justicia de Dios, tratando de superar los obstáculos que se oponen, para que la Palabra no quede encadenada y pueda seguir dilatándose en el mundo. El mismo Jesús nos enseñó a conjugar la inocencia y la astucia para conseguir que el bien triunfe sobre el mal. Pablo nos da ejemplo de audacia (J. Aldazábal). Hemos de pedirlo en esta nueva Pentecostés: “Ven, Espíritu divino... / Entra hasta el fondo del alma, / divina luz, y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre, / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento”. El Espíritu Santo nos ayuda para ir en el camino del Señor, en fidelidad, no es camino de rosas. Supone sacrificios. Quien, como Pablo, lo arriesga todo para ser testigo del Señor al que sirve, ha de saber que acepta pisar sobre espinas. ¡Punzantes, pero dichosas espinas que hieren con amor! Para ello, Pablo contaba con el eco profundo de la oración de Jesús al Padre. ¿No había presentado Jesús al Padre a cuantos creyeran en Él, a cuantos se jugaran por Él la vida, a cuantos anunciaran que Dios Padre y su Hijo encarnado, Jesús, nos llaman a todos a la unidad de fe y a vivir unidos a Cristo, como sarmiento a la Vid? Vivamos nuestra unión con Cristo. Sólo a partir de nuestra experiencia personal de su amor por nosotros podremos colaborar para que la salvación se haga realidad en el momento histórico que nos ha tocado vivir.
2. Sal. 15. Dios, nuestro Padre, es la parte que nos ha tocado en herencia. ¿Querremos algo mejor? Nuestra vida está en sus manos. ¿Quién podrá algo en contra de nosotros? Ni siquiera la muerte podrá retenernos para sí, pues Dios no nos abandonará a ella, ni dejará que suframos la corrupción. El punto de partida es la petición de la protección del Señor (v. 1), sigue la confesión de Dios como único bien (vv. 2-6) y la proclamación de las consecuencias que tiene en su vida personal (vv. 7-9) para terminar con la reafirmación ante Dios de esperar de Él la salvación (vv. 10-11). Al rezar este salmo, renovamos la alegría de haber sido consagrados a Dios por el bautismo, y manifestamos el deseo de vivir plenamente la comunión con los demás bautizados. El autor de la composición se ha unido a Dios con toda su vida en exclusividad (v. 1). Su situación (vv. 5) es como la de los hijos de Leví, sin tierra prometida porque su “heredad” está en el servicio del Templo y la parte que les correspondía de las ofrendas (cf. Nm 18,20; Dt 10,9; Jos 13,14; Sal 73,26): se manifiesta la aceptación gozosa de esta condición. Con una alabanza-bendición a Dios (vv. 7-9) se comienza a expresar los bienes que de Él recibe quien le sirve con exclusividad: ser guiado por Él en todo momento, hallar en Él la seguridad, la alegría y la salud. Entendieron los Padres que de Jesús hablaba el v. 9: “ya que algunos sostienen de varias maneras que, como el Señor entró con las puertas cerradas (Jn 20,19), no resucitó con el mismo cuerpo que había muerto, escuchemos que el Señor mismo en el salmo recuerda: hasta mi carne habitará en la esperanza (Sal 16,9). Sin duda, tras la muerte y la resurrección del Salvador, aquel cuerpo que estuvo vivo fue depositado en el sepulcro; en consecuencia resucitó el mismo cuerpo que había sido puesto exánime y sin vida en el sepulcro. Pero si resucitó el cuerpo idéntico, ¿cómo es que algunos sostienen que el Señor ha resucitado en una especie de cuerpo espiritual y poderoso, pero no en el nuestro? Nosotros no pensamos esto; sería como negar que el cuerpo de Cristo se ha revestido de aquella gloria que, como creemos, también un día recibirán los santos” (S. Jerónimo). Esta experiencia personal de Dios (v. 9) lleva a manifestarle la esperanza de ser librado de la muerte y colmado de alegría por el cumplimiento de la Ley y dedicación a su servicio (vv. 10-11). Las palabras del v. 10 son interpretadas en la versión de los LXX como liberación de la corrupción del sepulcro tras la muerte, es decir, en sentido de resurrección. Como David estaba muerto, habían de ser palabras dirigidas a otro, Jesucristo: “hermanos, permitidme que os diga con claridad que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva hasta el día de hoy. Pero como era profeta, y sabía que Dios le había jurado solemnemente que sobre su trono se sentaría un fruto de sus entrañas, lo vio con anticipación y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en los infiernos ni su carne vio la corrupción” (Hch 2,29-31; cf. 13,35); y Orígenes comenta: “no abandonarás mi alma en el seol” (v. 10) que se refiere al descenso de Cristo a los infiernos y a su resurrección. Y resumía Santa Teresa de Jesús: “quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”. Desde la resurrección de Cristo nuestra existencia ha cobrado una nueva esperanza; sabemos que nuestro destino final es la gloria junto al Hijo amado del Padre. Por eso aprendamos a caminar con fidelidad por el camino de la vida que Jesús nos ha enseñado. Si vamos así tendremos la seguridad de alegrarnos eternamente en el gozo del Señor. Él sea bendito por siempre.
3. Jn. 17, 20-26. He aquí las últimas palabras de la plegaria de Jesús... Benedicto XVI, cuando el asesinato del fundador de la Comunidad de Taizé, el Hermano Roger Schutz, decía: “precisamente ayer recibí una carta del Hermano Roger muy conmovedora, muy afectuosa. En ella, escribe que en el fondo de su corazón quiere decirme que ‘estamos en comunión con usted y con los que se han reunido en Colonia’”; y que tiene el deseo de venir cuanto antes a Roma "para encontrarse conmigo y para decirme que ‘nuestra Comunidad de Taizé quiere caminar en comunión con el Santo Padre’”.
«El Señor de los tiempos, que prosigue sabia y pacientemente el plan de su gracia para con nosotros pecadores, últimamente ha comenzado a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unión. Muchísimos hombres, en todo el mundo, han sido movidos por esta gracia y también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento cada día más amplio, con ayuda de la gracia del Espíritu Santo, para restaurar la unidad de los cristianos. Participan en este movimiento de unidad, llamado ecuménico, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús como Señor y Salvador; y no sólo individualmente, sino también reunidos en grupos, en los que han oído el Evangelio y a los que consideran como su Iglesia y de Dios. No obstante, casi todos, aunque de manera diferente, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y así se salve para gloria de Dios» (Unitatis redintegratrio)… El Concilio Vaticano II expresa la decisión de la Iglesia de emprender la acción ecuménica en favor de la unidad de los cristianos y de proponerla con convicción y fuerza… La Iglesia católica asume con esperanza la acción ecuménica como un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad. También aquí se puede aplicar la palabra de san Pablo a los primeros cristianos de Roma: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo»; así nuestra «esperanza... no defrauda» (Rm 5,5). Esta es la esperanza de la unidad de los cristianos que tiene su fuente divina en la unidad Trinitaria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Jesús mismo antes de su Pasión rogó para «que todos sean uno» (Jn 17,21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la comunidad. Dios quiere la Iglesia, porque quiere la unidad y en la unidad se expresa toda la profundidad de su ágape.
En efecto, la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica. Los fieles son uno porque, en el Espíritu, están en la comunión del Hijo y, en Él, en su comunión con el Padre: «Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo» (1 Jn 1,3). Así pues, para la Iglesia católica, la comunión de los cristianos no es más que la manifestación en ellos de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión, que es su vida eterna. Las palabras de Cristo «que todos sean uno» son pues la oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla plenamente, de modo que brille a los ojos de todos «cómo se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas» (Ef 3,9). Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este es el significado de la oración de Cristo: «Ut unum sint»…” (Juan Pablo II; luego señala con el Concilio que «la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él» y al mismo tiempo reconoce que «fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, empujan hacia la unidad católica», y explica estos puntos del ecumenismo).
"Que sean una sola cosa, así como nosotros lo somos (Jn 17,11), clama Cristo a su Padre; que todos sean una misma cosa y que, como Tú, ¡oh Padre!, estás en mí y yo en ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros (Jn 17,21). Brota constante de los labios de Jesucristo esta exhortación a la unidad, porque todo reino dividido en facciones contrarias será desolado; y cualquier ciudad o casa, dividida en bandos, no subsistirá (Mt 12,25). Una predicación que se convierte en deseo vehemente: tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco, a las que debo recoger; y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10, 16).
¡Con qué acentos maravillosos ha hablado Nuestro Señor de esta doctrina! Multiplica las palabras y las imágenes, para que lo entendamos, para que quede grabada en nuestra alma esa pasión por la unidad. Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo cortará; y a todo aquel que diere fruto, lo podará para que dé más fruto... Permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros. Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir fruto si no está unido con la vid, así tampoco vosotros, si no estáis unidos conmigo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; quien está unido conmigo y yo con él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer (Jn 15, 1-5).
¿No veis cómo los que se separan de la Iglesia, a veces estando llenos de frondosidad, no tardan en secarse y sus mismos frutos se convierten en gusanera viviente? Amad a la Iglesia Santa, Apostólica, Romana, ¡Una! Porque, como escribe San Cipriano, quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo (san Cipriano). Y San Juan Crisóstomo insiste: no te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra; no envejece jamás, su vigor es eterno.
Defender la unidad de la Iglesia se traduce en vivir muy unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. ¿Cómo? Aumentando nuestra fidelidad al Magisterio perenne de la Iglesia: pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe. Así conservaremos la unidad: venerando a esta Madre Nuestra sin mancha; amando al Romano Pontífice” (san Josemaría Escrivà).
-“Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra”. Jesús, Tú has rogado por mí... Ha vislumbrado todo el inmenso desarrollo de su obra... las multitudes humanas que creerían en Él... preveía la Iglesia. Corazón inmenso de Jesús, corazón universal... Esta es la última plegaria de Jesús antes de entrar en su Pasión: es la intención principal por la que ofrecerá el sacrificio de su vida... es la que lleva más en el corazón... es, por así decir, su testamento. –“Que todos sean uno”... Ser uno. Entre muchos, no hacer más que uno.
-“Como Tú estas en mi y Yo en ti…” Nada más profundo que este amor... el de Dios. El amor de los cristianos tiene por modelo el amor mismo de Dios. Esta es la unidad por la que Jesús dio su vida. ¡Cuán lejos estamos de ella tantas veces!
-“Para que el mundo crea...” Es la unidad, es el amor el que es misionero y el que conduce a la Fe. Es la unidad la que evangeliza. Ved como se aman, debería poder decirse de todos los que tienen fe, de tal manera que esta fe llegara a ser atrayente. ¡Haz que seamos "uno", Señor! Esto supone muchas renuncias a nuestras suficiencias, nuestros orgullos, nuestros egoísmos. En mi vida tal como es, con las personas, tal como son, ¿qué sacrificio estoy dispuesto a hacer, con Jesús, para que esta plegaria suya se realice?
-“Así conocerá el mundo que Tú me enviaste y que los amaste como me amaste a mí. El mundo no te ha conocido, oh Padre; pero Yo te conocí, les di a conocer tu nombre y se lo haré conocer todavía”. Palabras inolvidables. Participación misteriosa. Comunicación, por parte de Jesús de todo lo que de mejor tiene.
-“Para que el amor con que Tú me has amado, esté en ellos y Yo en ellos...” Con estas palabras se extingue la plegaria de Jesús, por lo menos en el relato de san Juan. Podemos pensar que Jesús mantuvo pensamientos semejantes durante las últimas horas de su vida humana. Podemos pensar que continúa en el cielo, esta intercesión. Es la gran cumbre del evangelio, es la gran "buena nueva": el amor mismo de Dios, el amor trinitario, con el que el Padre ama al Hijo, el amor absoluto e infinito de Dios, participado a los creyentes. Lo que está trabajando en el corazón de la humanidad es esto: la relación de amor perfecto que une a las personas divinas (Noel Quesson).
Hoy, encontramos en el Evangelio un sólido fundamento para la confianza: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí...» (Jn 17,20). Ahí estamos todos, en esta despedida está comprendida la fe en la vida eterna, más allá de la incertidumbre de los paganos está la esperanza de encontrar la glorificación de todo sentimiento, de toda verdad, de todo sacrificio. Es el Corazón de Jesús que, en la intimidad con los suyos, les abre los tesoros inagotables de su Amor. Quiere afianzar sus corazones apesadumbrados por el aire de despedida que tienen las palabras y gestos del Maestro durante la Última Cena. Es la oración indefectible de Jesús que sube al Padre pidiendo por ellos. ¡Cuánta seguridad y fortaleza encontrarán después en esta oración a lo largo de su misión apostólica! En medio de todas las dificultades y peligros que tuvieron que afrontar, esa oración les acompañará y será la fuente en la que encontrarán la fuerza y arrojo para dar testimonio de su fe con la entrega de la propia vida.
La contemplación de esta realidad, de esa oración de Jesús por los suyos, tiene que llegar también a nuestras vidas: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que (...) creerán en mí...». Esas palabras atraviesan los siglos y llegan, con la misma intensidad con que fueron pronunciadas, hasta el corazón de todos y cada uno de los creyentes… (Joaquín Petit). Sólo por Cristo, con Él y en Él podremos llegar a la perfecta unión con Dios. No tenemos otro camino, ni se nos ha dado otro nombre en el cual podamos alcanzar la salvación. Nadie conoce al Padre, sino el Hijo; y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Jesús nos ha dado a conocer al Padre; pero lo ha hecho no sólo con sus palabras, sino con su inhabitación en nosotros. Así no sólo hemos oído hablar de Dios, sino que lo experimentamos en nuestra propia vida como Aquel que no sólo nos ama, sino que infunde su amor en nosotros. A partir de ese estar Cristo en nosotros y nosotros en Él, podremos hacer que desde nosotros el mundo conozca y experimente el amor que Dios les tiene a todos. Anunciamos la muerte del Señor y proclamamos su resurrección, hasta que Él vuelva glorioso para juzgar a los vivos y a los muertos. El Memorial de su Misterio Pascual, que estamos celebrando en esta Eucaristía, es para nosotros el mejor signo de unidad que Él nos ha confiado. Por eso venimos ante Él para llevar a efecto esa unidad, que nos haga vivir como testigos suyos en medio de las realidades de nuestra vida diaria. Al entrar en comunión de vida con Él, su Palabra nos santifica en la verdad para que podamos proclamar el Nombre del Señor, no desde inventos nuestros, no desde interpretaciones equivocadas de su Palabra, sino desde una auténtica fidelidad al Espíritu Santo, que Él ha infundido en nosotros. Por eso la participación de la Eucaristía no puede verse como un signo de piedad, sino como un auténtico compromiso de fe. Quienes hemos experimentado el amor de Dios debemos ir al mundo unidos por la misma fe, por el mismo amor e impulsados por el mismo Espíritu. Mientras haya divisiones entre quienes creemos en Cristo ¿quién se animará a seguir sus huellas? No es el apasionamiento lo que hará que las personas se encuentren con Cristo, pues una fe nacida desde esos sentimientos terminará por derrumbarse fácilmente. El Señor nos pide aceptarlo a Él en nuestro propio interior para que sea Él quien continúe su obra de salvación por medio de la Iglesia, en cuyos miembros actúa el Espíritu Santo con una diversidad de dones para el bien de todos. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de sabernos amar y respetar como hermanos; pues sólo a partir de esa unidad el mundo creerá que realmente Cristo ha venido como salvador de toda la humanidad. Entonces será realmente nuestra la herencia que Dios ha prometido a todos lo que lo aman.

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