viernes, 4 de mayo de 2012

SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Cristo, en su Iglesia, proclama un cántico nuevo, por el que Jesús muestra al Padre en la fe.

SÁBADO DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA: Cristo, en su Iglesia, proclama un cántico nuevo, por el que Jesús muestra al Padre en la fe.

1ª Lectura, He 13,44-52 (también se lee el domingo 4º de Pascua, C): 44 El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a escuchar la palabra de Dios. 45 Los judíos, al ver tanta gente, se enfurecieron y se opusieron con blasfemias a lo que Pablo decía. 46 Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda libertad: «A vosotros había que anunciar antes que a nadie la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nos vamos a los paganos. 47 Así nos lo mandó el Señor: Te he puesto como luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra». 48 Los paganos, al oírlo, se llenaron de alegría y aplaudieron la palabra del Señor; y todos los que estaban destinados a la vida eterna abrazaron la fe. 49 La palabra del Señor se difundía por todo el país. 50 Pero los judíos soliviantaron a las mujeres religiosas y nobles y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron de su territorio. 51 Éstos sacudieron el polvo de sus pies contra ellos y se fueron a Iconio. 52 Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

Salmo Responsorial 98,1-4: 1 Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra, su santo brazo, le alcanzó la victoria; 2 el Señor ha dado a conocer su victoria, ha revelado a las naciones su justicia; 3 se acordó de su amor y su lealtad para con la casa de Israel; todos los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. 4 Aclamad al Señor toda la tierra, alegraos, regocijaos, cantad.

Evangelio Jn 14,7-14 (vv. 7-12 se leen en el quinto domingo de Pascua, A): 7 Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre. Y desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». 8 Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 9 Jesús le dijo: «Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que os digo no las digo por mi propia cuenta; el Padre, que está en mí, es el que realiza sus propias obras.11 Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Creedlo al menos por las obras mismas».

Comentario: 1. El pueblo judío había sido elegido primero, pero no podía monopolizar la salvación de Dios, era para todos los pueblos: “los paganos se alegraron y se pusieron a glorificar a Dios... Pero los Judíos incitaron a mujeres distinguidas y a notables del país y promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé”. Ayer como hoy: cerrazón de los corazones… obstáculos al evangelio! Hay una referencia a que no llevarán el polvo de Antioquía pegado a sus sandalias (cf. Mt 10,14; Lc 10,11). Perseguidos, expulsados, están «llenos de gozo y del Espíritu»: nunca amarguras, todo sirve para el bien. Cuentan de un chino que tenía un caballo. Le dijeron “hay que ver qué suerte tienes”, y él siempre decía: “no todo es como parece...” El caballo se le escapo y los vecinos fueron a consolarle “por la desgracia”: “¿Quien dice que sea una desgracia?”, comentaba. A la semana siguiente el caballo volvió, trayendo detrás una manada preciosa de caballos. Los vecinos le felicitaron por “la suerte”... “¿quien dice que sea una fortuna?” A los dos días su hijo iba a caballo y cayendo quedó cojo. Volvieron para “consolarle”: “¿quien dice que sea una desgracia?”, les dijo también. Al cabo de poco hubo una guerra y el primogénito por estar cojo se libró de tener que ir a pelear...

Tenemos idea de lo que es bueno y lo malo, pero no tenemos la perspectiva, visión de conjunto de la historia del mundo y cada uno de nosotros. Nos parece muchas veces que la vida es una carrera de obstáculos, que hay una serie de problemas ante nosotros, cada día, y que se trata de irlos superando. En cierto modo es así, pero no podemos agobiarnos con lo que está más adelante, pues el mucho mirar los obstáculos del mañana, el obsesionarse por lo que está aún lejos, puede hacer que caigamos en el obstáculo que tenemos delante, el único que existe y en el que nos hemos de fijar, para no caer: sólo existe el “aquí y ahora”, el presente, y hemos de aprovechar la memoria del pasado como experiencia, y la previsión del futuro como deseo o esperanza. Una de las causas de inquietud que tenemos en nuestro mundo es ésta: que la vida es ir solucionando problemas, a veces agobiantes porque no está en nuestra mano el resolverlos, ir con la lengua fuera corriendo hacia una paz que nunca se alcanza... En realidad, no es ésta la finalidad de nuestra existencia, sino ver en lo de cada día una oportunidad para desarrollar nuestra vocación al amor, al encuentro con Dios. Entonces, en lugar de estar inquietos, veremos la cruz de cada día, como dice el Evangelio: “Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? Y acerca del vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad” (Mateo, cap. 6).

Mirar los lirios y los pájaros quiere decir saber contemplar, tener fe en las palabras de Jesús, que es nuestro modelo, Camino, Verdad y Vida, que lo que de veras cuenta es participar en esta aventura divina que es la vida. No podemos perdernos en amarguras del pasado y miedos del futuro. La vida es un continuo regalo de Dios, y hay que vivirla en presente, disfrutarla. Pero esto es duro para quien se deja llevar por dos peligros o tentaciones, el remordimiento del pasado y el miedo por el futuro. El pasado, con sus remordimientos de "hubieras debido actuar de manera distinta a como actuaste, hubieras debido decir otra cosa de lo que dijiste": en determinados momentos de la vida, el casado piensa si debería haber hecho otra elección o haber escogido otra persona... y así en todo; es el sentimiento de culpabilidad de "hubiera debido"; pero aún peor que nuestras culpas son nuestras preocupaciones por el futuro, esos miedos que llenan nuestra vida de "¿qué pasaría si?"... "¿y si perdiera mi trabajo?, ¿y si mi padre muriera?, ¿y si faltara dinero? ¿y si la economía se hundiera? ¿y si estallara una guerra?"... Son los "si" que junto con los "hubiera debido" perturban nuestra vida, como decía Henri J. M. Nouwen: "ellos son los que nos tienen atados a un pasado inalterable y hacen que un futuro impredecible nos arrastre. Pero la vida real tiene lugar aquí y ahora.

Dios es Dios del presente..." no existe ni el pasado (queda sólo en la memoria, es la experiencia de la vida) ni el futuro (que forjaremos con lo de ahora), sólo existe una realidad, la presente, y ésta es la que hemos de afrontar. El stress famoso no viene con la abundancia de trabajo, sino con el estado psicológico de agobio ante el trabajo: es decir no es causado por la materialidad de tener muchas cosas que hacer sino por la sensación subjetiva de no llegar: lo que agobian son las cosas “pendientes”. Pienso que algunas personas, más bien perfeccionistas, tienden a esta “saturación”... una búsqueda de la perfección enfermiza, que genera inquietud; un compararse con los demás, hacer siempre más... Más bien deberíamos pensar que no importa ser perfecto, que la vida no es un circo en el que hay que hacer el “¡más difícil todavía!” sino que se trata de hacer las cosas lo mejor que podamos. No competir con los demás, en la búsqueda del éxito, sino sacar lo mejor de nosotros mismos. Hacer lo mejor que podamos esto que traigo entre manos, sabiendo que “lo mejor es enemigo de lo bueno”.

Los Hechos de los Apóstoles nos muestran la primera evangelización cristiana de la resurrección de Jesús, de los testigos, de cómo Dios ha cumplido aquello que había anunciado por boca de todos los Profetas, de cómo el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos el tercer día... El acto de fe cristiana la veremos también en el Evangelio de hoy, y es siempre en el Espíritu Santo, el gran protagonista. No estamos hablando de la noticia histórica -de relatos escritos u orales- sino de tomar las palabras con la confianza propia de la fe, en el don del Espíritu de Dios. “La fe cristiana no nos viene sólo por una simple noticia, sino por una transmisión testimonial activada por el Espíritu de Dios. En el Credo cristiano se afirma: Creemos en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador... que habló por boca de los Profetas”; y al grupo apostólico se le dijo: “...Con la venida del Espíritu Santo sobre vosotros, recibiréis una fuerza, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y la Samaria y de cabo a rabo de la tierra” (Hch 1, 8). Vemos también cómo se van cumpliendo las profecías antiguas. Nos encontramos ante la realidad que constituye la razón del ser de la Iglesia cristiana: comunidad de fieles que, unidos en la Comunitat de los Apóstoles por el bautismo en el mismo Espíritu del Pentecostés, participa de la experiencia pascual del Señor de la Gloria. La Iglesia de Jesucristo la forman los bautizados en la fe de los Apóstoles, fe transmitida en la sucesión de la invocación del Señor que los bautizados hacen en la reunión de la fracción del pan –cena del Señor-, que llamamos eucaristía. Acogiendo la Palabra inspirada y participando de un mismo pan, la comunidad creyente celebra la experiencia pascual unidos al Señor de la Gloria. De este encuentro con el Resucitado brota la capacidad y la misión testimonial de la Iglesia; y ella debe contar al mundo su encuentro con el Señor resucitado, testigo en la fe. En el corazón de la reunión eucarística resuena con clara voz el grito: “Proclamamos el misterio de la fe” (Ramon Pou).

No tendríamos que asustarnos demasiado, por tanto, de que la historia o las leyes civiles vayan poniendo a veces cortapisas a la evangelización. Si la comunidad cristiana está viva, ya encontrará el modo de seguir anunciando a Cristo. Si no lo está, la culpa de su silencio o de su esterilidad no será de las leyes ni de la persecución, como dice San Agustín: «El vendaval que sopla es el demonio, quien se opone con todos sus recursos a que nos refugiemos en el puerto. Pero es más poderoso el que intercede por nosotros, el que nos conforta para que no temamos y nos arrojemos fuera del navío. Por muy sacudido que parezca, sin embargo en él navegan no sólo los discípulos, sino el mismo Cristo. Por esto, no te apartes de la nave y ruega a Dios. Cuando fallen todos los medios, cuando el timón no funcione y las velas rotas se conviertan en mayor peligro, cuando se haya perdido la esperanza en la ayuda humana, piensa que sólo te resta rezar a Dios». Y San Juan Crisóstomo anima también: «No desmayéis, pues, aunque se haya dicho que os rodearán grandes peligros, porque no se extinguirá vuestro fervor, antes al contrario, venceréis todas las dificultades».

2. Se agradece a Dios en el salmo los grandes favores hechos por Él a Israel, se reclama que toda la tierra lo haga. En el brazo de Dios (v. 1) se alude a otros pasajes (Ex 15,16; Is 40,10;51,5.9). Ya en el Benedictus, Zacarías anunciaba a Jesús como «luz para alumbrar a las naciones». La historia, guiada sabiamente por el Espíritu, aunque parezca con líneas torcidas, va llenando de fe a toda la tierra. Como ya prometía el salmo, y repetimos responsorialmente hoy, «los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios».

Dios se ha levantado victorioso sobre sus enemigos. Y a nosotros, que somos no sólo su pueblo sino sus hijos, nos ha hecho partícipes de su victoria, manifestándonos así su amor y su lealtad hacia nosotros. Por eso, quienes le pertenecemos, debemos convertirnos en una continua alabanza de su santo Nombre ante todos los pueblos y naciones, para que, con nuestro ejemplo, les ayudemos a ir hacia el Señor para encontrarse con Él y para vivir también su compromiso de fe con Él.

La persecución hace que el Evangelio se extienda por otras partes y así, al anuncio de la resurrección de Jesús, se difunde por doquier y todas las naciones conocen la revelación de la victoria del Señor. Esto es lo que motiva que la Iglesia cante y proclame la misericordia y la fidelidad del Señor y lo hace ahora con el Salmo 98: «Cantaré al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. Señalaba Juan Pablo II que “se trata de un himno al Señor, rey del universo y de la historia (cf v: 6). Es definido como un «cántico nuevo» (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un cántico perfecto, rebosante, solemne, acompañado por música festiva…se abre con la proclamación de la intervención divina dentro de la historia de Israel (cf vv. 1-3). Las imágenes de la «diestra» y del «brazo santo» se refieren al Éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto. La alianza con el pueblo de la elección es recordada a través de dos grandes perfecciones divinas: «amor» y «fidelidad» (v. 3). Estos signos de salvación son revelados «a las naciones» y a «los confines de la tierra» (vv. 2-3) para que toda la humanidad sea atraída por Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvadora... En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado» (cf. Rom 1,17), «se ha manifestado» (3, 21).

La interpretación de Pablo confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego», es decir el pagano (Rom 1,16). Ahora «los confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro Dios» (Salmo 97, 3), sino que la han recibido. En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un texto citado después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo» del Salmo como una celebración anticipada de la novedad cristiana del Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla el canto del salmista con el anuncio evangélico: «Cántico nuevo es el Hijo de Dios que fue crucificado -algo que nunca antes se había escuchado-. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico nuevo. “Cantad al Señor un cántico nuevo». Quien sufrió la pasión en realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la pasión como hombre, pero redimió como Dios”. Orígenes continúa: Cristo “hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas. Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida; el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo»”.

3. El Padre no es accesible a las miradas, sino a la contemplación, que se apoya en el signo por excelencia del Padre: el Hijo (v. 10) y sus obras (v. 11). El Hijo está en relación con el Padre, su papel es mediador, la significación de sus obras, divina. Es en esta búsqueda del Padre donde la oración cristiana adquiere su verdadero significado (vv. 13-14). Pedir "en el nombre de Jesús" equivale, efectivamente, a solicitar la presencia de Cristo en el actuar humano, a fin de que este último sea verdaderamente signo de la presencia de Dios en el mundo. Solicitan ver al Padre...

“Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta”; y Jesús: “Felipe, quien me ve a mí, ve también al Padre”. Es una de las afirmaciones más fuertes de Jesús. Unidad con Dios. La pregunta de Felipe -siempre hay preguntas sencillas de alguien que a Juan le sirven para seguir profundizando en la manifestación de Jesús- conduce a la afirmación más decisiva: «yo estoy en el Padre y el Padre en mí... el Padre permanece en mí y Él mismo hace las obras». “Las consecuencias son riquísimas. Al Padre nadie le ha visto: pero el que ha visto a Jesús, ya ha visto al Padre. El que cree y acepta a Cristo, ha creído y aceptado al mismo Dios. Jesús es la puerta, el camino, la luz, y en Él tenemos acceso a Dios Padre. También el éxito de nuestra oración queda asegurado: «lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré». Tenemos en Jesús al mediador más eficaz: su unión íntima con el Padre hará que nuestra oración sea siempre escuchada, si nosotros estamos unidos a Jesús. Nosotros, como Felipe, no hemos visto al Padre. Y además, a diferencia de Felipe, no hemos visto tampoco a Jesús. Aunque Él ya nos dijo que «dichosos los que crean sin haber visto»… En la Eucaristía tenemos una experiencia sacramental de la presencia de Cristo Jesús en nuestra vida: una experiencia que nos ayuda a saberle «ver» también presente a lo largo de nuestros días, en la persona del prójimo, en nuestro trabajo, en nuestras alegrías y dolores. Convencidos de que unidos a Él, «también haremos las obras que Él hace, y aun mayores», como nos ha dicho hoy” (J. Aldazábal). San Agustín comenta a este respecto: «Así pues, prometió que Él mismo haría aquellas obras mayores. No se alce el siervo sobre su Señor, ni el discípulo sobre su Maestro. Dice que ellos harán obras mayores que las suyas, pero haciéndolas Él en ellos y por ellos, y no ellos por sí mismos. A Él se dirige la alabanza...Y ¿cuáles son esas obras mayores? ¿Acaso que su sombra, al pasar, sanaba los enfermos? Pues es mayor milagro sanar con la sombra que con el contacto de la fimbria de su vestido. Esto lo hizo Él mismo; aquello por ellos, pero ambas cosas las hizo Él, pues es el gran Mediador».

En la Entrada cantamos: «Pueblo adquirido por Dios, proclamad las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y entrar en su luz maravillosa. Aleluya» (1Pe 2,9).En la Colecta seguimos pidiendo entrar en el misterio: «Dios Todopoderoso y eterno, concédenos vivir siempre en plenitud el Misterio Pascual para que, renacidos en el Bautismo, demos frutos abundantes de vida cristiana y alcancemos finalmente las alegrías eternas». Es importante tratar con reverencia las cosas santas: “Por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia” (Sacrosanctum Concilium, 7). “Si la Misa es la representación sacramental del sacrificio de la Cruz, y en el santísimo sacramento de la Eucaristía se encuentra presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, Cristo entero está verdadera, real y substancialmente presente, está claro que las normas litúrgicas concernientes a la sagrada Eucaristía merecen nuestra atención. No se trata de rúbricas meticulosas, dictadas por mentes legalísticamente estructuradas” (Sacramentum redemptionis). Aquí entramos de lleno en el Misterio. Y, como todo misterio, nuestra actitud ha de ser de contemplación y, en nuestro caso, de agradecimiento. El capricho humano debe dejar paso a la acción de Dios, que quiere mostrar su generosidad con el derroche de tanta gracia divina. Así, entramos en esta promesa: “Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”. Es en la oración donde realmente encontramos la mejor de las maneras para tomar la iniciativa. Si rezamos, y rezamos bien, nos iremos identificando cada vez más con el querer de Dios. Y es en la Eucaristía donde nuestras plegarias se “materializarán” en el sacrificio de Cristo por la salvación de todos nosotros. ¿No merecen, por tanto, una dignidad y atención especiales las rúbricas que acompañan a lo que será nuestro “alimento” por excelencia? «Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré»: conocer a Cristo es tratar a Dios con confianza, saber que entramos entonces en esta corriente de amor de Jesús con su Padre. También hoy pedimos: «Señor, muéstranos al Padre». Lo hacemos unidos a estos primeros creyentes. “La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre” (Gaudium et Spes 1) El Santo Padre describe al cristiano como un hombre que camina hacia la casa del Padre. Esta meta es la que explica y rige todo su obrar. ¡Queremos ver al Padre! Con esas palabras el cristiano recorre la vida como un verdadero hijo de Dios, como hombre resucitado. De ahí nace un caminar alegre y lleno de esperanza. “Hoy el Señor, en esta celebración del Memorial de su Misterio Pascual, nos ha hablado invitándonos a ir tras su camino, el que Él recorrió con gran amor. Quienes entramos en comunión de vida con Él, entramos también en comunión de Misión con Él. Él nos ha dicho que para llegar a gozar con Él eternamente de la gloria del Padre ya sabemos cuál es el Camino. El Camino es Cristo. Si lo confundimos con un dios poderoso y opresor; si lo confundimos con un Dios a quien sólo llenamos de humo de incienso, probablemente al decir que por medio del Bautismo nos hemos hecho uno con Él, queramos vivir oprimiendo a los demás y aplastándolos con nuestro poder; o queramos que todos nos llenen de honores. Pero el Señor, puesto al servicio del hombre para salvarlo, dio su vida por los pecadores y se inclinó ante los pobres para remediar sus males. Al entrar en comunión de vida con Cristo, ya sabemos cuál es el Camino, el único camino que nos conduce al Padre, y que no podemos modificar a nuestro arbitrio o conveniencia. Quien contemple la vida del cristiano debe contemplar al mismo Cristo. Ir tras las huellas de Cristo es caminar con su Iglesia, su esposa, que es la huella de su amor y de su entrega que Él ha dejado a la humanidad para que vaya, con seguridad, al encuentro definitivo del Padre Dios. Ojalá y podamos decir que en verdad vivimos nuestro compromiso de amor con Cristo y con toda la humanidad, y que si no quieren creer por nuestras palabras que lo crean por nuestras obras, pues ellas hablan de que realmente permanecemos en Dios y vivimos conforme a las enseñanzas y al ejemplo que Cristo nos dio. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber ir tras las huellas de Cristo, hasta lograr nuestra perfección en Dios. Unidos al Señor, que Él nos conceda ser un signo de su amor para el mundo entero, tanto con nuestras palabras como por nuestras obras. Amén “(www.homiliacatolica.com).

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