miércoles, 25 de enero de 2012

Santoral, 25 de Enero: La Conversión de san Pablo, apóstol nos ayuda a considerar tres puntos: la unidad de los cristianos, la evangelización, nuestra

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 22, 3-16. En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: -«Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran. Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Yo pregunté: "¿Quién eres, Señor?" Me respondió: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues." Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz. Yo pregunté: "¿Qué debo hacer, Señor?" El Señor me respondió: 'Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer. " Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco. Un cierto Ananlas, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: "Saulo, hermano, recobra la vista." Inmediatamente recobré la vista y lo vi. Él me dijo: "El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados."»

Salmo responsorial Sal 116,1.2. R. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.
Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.

Texto del Evangelio (Mc 16,15-18): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Comentario: 1. Hech. 22, 3-16. Una conversión única celebra la Iglesia. Es la conversión de san Pablo. Este acontecimiento suscitó un estremecimiento tal en aquellas primitivas comunidades que no pudieron menos de recordarlo y celebrarlo. Celebraran en última instancia a Dios nuestro Padre que seguía ahora como en los tiempos antiguos haciendo maravillas.
Cómo sería de sorprendente este acontecimiento que lo narran tres veces los Hechos de los Apóstoles y san Pablo mismo hace alusión varias veces al mismo en sus epístolas. ¿Qué había ocurrido?
Que Dios, por medio de Jesucristo, había irrumpido de una manera clamorosa en la vida de san Pablo, yendo éste hacia Damasco, y aquello cambió completamente su vida. La ley, el templo, los sacrificios, el ayuno, el sábado, en suma, todas las instituciones judías, que para Pablo habían sido sumamente importantes, desde este momento pierden relieve. Sólo Dios es absoluto. Sólo Dios Padre manifestado en Cristo Jesús es una realidad a adorar. Después de todo se había manifestado a los hombres, a través de Cristo Jesús, para comunicarles que les quería entrañablemente, y que viviendo en su compañía los humanos, todos, podían vivir más serenamente, aguantar las dificultades más apaciblemente, entregarse a los demás más generosamente, llevar la vida más esperanzadamente, y un día llegar a la patria gloriosamente. Y todo esto conmovidamente se lo dice a los judíos y a los gentiles, predica, escribe, consolida iglesias viejas y funda otras nuevas, se detiene en las comunidades y viaja, comunica este mensaje a la gente sencilla y a los sabios, sufre mil persecuciones y al final es decapitado por Cristo.
San Pablo significa hoy algo para nuestras vidas. Llevó la vida intensamente. Luchó incansablemente por una causa. Para él Cristo era lo más importante. Si nosotros nos pareciéramos a él un poco al menos... de verdad (Patricio García Barriuso: cmfcscolmenar@ctv.es).
Misión de tiempo completo: Festividad de S. Pablo. Finaliza oficialmente la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Tardamos los humanos en darnos cuenta de que el camino real hacia la plenitud de la unidad pasa por el entendimiento, la convivencia pacífica, la concordia y la conversión de los corazones. Nos sobran dentro de la iglesia fronteras, separatismos, divisiones, reglamentaciones y nos faltan audacias, providencias, carismas, hechos, “vida en abundancia” ¿Acaso puede un padre desoír el grito de sus hijos? Dios nos escucha.
Hoy nos fijamos en Pablo. A lo primero que el Señor llevó a Saulo fue a un desprendimiento radical de lo que antes valoraba como muy importante (Flp 3,7-8) Le condujo a una percepción absolutamente nueva de las cosas y de la realidad, a una iluminación. Ya todo le parece distinto. Todo carece de significado cuando se ha encontrado la perla, el tesoro escondido. Lo que ocurrió a Pablo, fue una revelación del ser de Jesús, que le hizo cambiar de juicio y de actitud sobre lo que él era y hacía: le volvió del revés.
Miremos nuestra vida. La conversión llama a tu puerta ¿quieres abrir? ¿Tienes interés o desinterés por la unidad? ¿Cómo lo manifiestas? Pablo puso toda su vida en manos de Dios ¿Lo haces también tú? (Salvador León).
El anuncio gozoso de la Vida Nueva surgida de la Pascua es la finalidad de la existencia del seguidor y discípulo de Jesús. No existe ningún límite espacial para dicho anuncio al que está ligado la suerte de la humanidad y de toda la creación.
Este horizonte exige que dejemos de lado nuestras preocupaciones particularistas que impiden la realización de dicho anuncio. La suerte de la humanidad y del universo amenazado por la destrucción producida por los egoísmos humanos (hambre, guerra, explotación irracional de la naturaleza, etc.) está ligada a la actuación de los seguidores de Jesús que deben tomar conciencia de la magnitud de su tarea.
Sin embargo, esta lucidez de la comprensión de los problemas que afectan al "mundo" y a la "creación" no debe en ellos convertirse en angustia paralizante que impida llevar a cabo esta misión. La presencia confortante del Resucitado junto a ellos es garantía de la posibilidad de realización de esta misión de la que depende; junto al destino del enviado, el destino de "todo el mundo" y el de "toda la creación".
Esta presencia de Jesús es fuente de coraje frente a los obstáculos humanos y sobrehumanos que puedan surgir en el ánimo del enviado. Ni la resistencia de fuerzas que trascienden la realidad humana ("espíritus malos") ni las amenazas que ponen en peligro la propia integridad física ("serpientes", "veneno") o la de los demás ("enfermos") pueden superar la fuerza y el poder que desde de la Resurrección la Jesús tiende a expandirse sobre toda la realidad (Juan Mateos).
Este proceso de conversión de Pablo se describe en el libro de los Hechos a partir del capítulo 9. Pablo, nacido en Tarso de Cilicia, educado en el rigor de la ley, tardaría tiempo en convencerse de que Dios no hace acepción de personas y acepta a todos por igual. Su actitud de anunciar el evangelio a los judíos en primer lugar, para convertirlos al Evangelio del nazareno, y de aducir su condición de ciudadano romano, apelar al César para no ser juzgado, son señales evidentes del trabajo que le costó a él, que había sido fariseo y estaba convencido del privilegio de Israel, aceptar que, como Jesús, debía acoger a todos por igual y no utilizar privilegio alguno en defensa propia. Solamente cuando llega a Roma y se convence de que «la salvación de Dios se ha destinado también a los paganos», se puede decir que está ya plenamente convertido al mensaje de Jesús.
Mientras no se acepta que Dios es Dios de judíos paganos, que Dios es padre de todos, que no ha preferidos y postergados, sino que todos somos iguales, no se está capacitado para «echar demonios, hablar lenguas nuevas, coger serpientes en la mano sanar a los enfermos», o lo que es igual, para liberar los seres humanos del mal que los aflige, y preservarse a uno mismo de ese mismo mal que nos amenaza. No sólo un pueblo es de Dios: todos los pueblos son de Dios. Él se ha comunicado con todos.
Las Iglesias cristianas concluyen hoy el octavario de oración por la Unidad de las Iglesias. A todos nos tiene que doler, como una vergüenza de familia, la división de los que creemos en Aquel que dijo suspi rando: «¡Que sean uno!». Y esta unión de los cristia nos debemos proyectarla hoy día más allá: la unión religiosa de toda la Humanidad, de todas las religiones: «¡Que siendo distintas, estén unidas!» (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Cristo siempre sale a nuestro encuentro; y lo hace no sólo para salvarnos, sino para convertirnos en testigos suyos. Efectivamente nuestra fe en Él no puede ser guardada cobardemente en nuestro interior. El Señor nos quiere como testigos suyos en el mundo, hasta el último rincón de la tierra, para que proclamemos a todos lo misericordioso que ha sido el Señor para con nosotros, y les ayudemos a encontrarse con Él. Muchas veces tal vez hemos quedado deslumbrados y enceguecidos por las cosas mundanas; sin embargo sólo el Señor puede devolverle el auténtico sentido a nuestra existencia. No podemos conformarnos con el conocimiento que tengamos del Señor por nuestros estudios, pues la ciencia hincha y podríamos anunciar al Señor más con el orgullo de nuestros conocimientos y buscando nuestra propia gloria, que con la sencillez de quien ha vivido y caminado en la presencia del Señor y le anuncia como el único camino de salvación, con la humildad de quien sólo busca glorificarlo para que todos encuentren en Él la salvación, con la cual todos hemos sido beneficiados.

2. Sal 117 (116). Alabemos al Señor, nuestro Dios, pues no sólo ha llamado a la santidad al Pueblo de Israel, sino que ha hecho una llamada universal a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Por eso todos estamos llamados a convertirnos en una continua alabanza de nuestro Dios y Padre. Nadie puede decir que no ha sido amado por el Señor, pues Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Efectivamente Dios no creó a alguien para que se condene; Él nos creó porque grande es su amor hacia nosotros, y nos quiere con Él eternamente libres de odios, de divisiones, de maldad, de pecado; Él nos quiere santos en su presencia como Él es santo. Por eso nuestra vida debe convertirse en una continua alabanza de su Santo Nombre. Y seremos una alabanza del Nombre del Señor cuando ya desde ahora vivamos en paz, como hermanos, reconociéndonos hijos de un mismo Dios y Padre, y preocupándonos de pasar haciendo el bien a todos, especialmente a los más pobres, necesitados, desprotegidos, marginados y desvalidos. Entonces, siendo un signo del amor de Dios para los demás, estaremos colaborando para que, desde nosotros, también ellos experimenten el amor y la misericordia del Señor.

3. Mc. 16, 15-20. *Durante la Semana de oración que se concluye hoy se ha intensificado en las diversas Iglesias y comunidades eclesiales del mundo entero la invocación común al Señor por la unidad de los cristianos, recordaba Benedicto XVI el 25.1.2007: las situaciones de racismo, pobreza, conflicto, explotación, enfermedad y sufrimiento, en las que se encuentran muchas comunidades por ejemplo africanas, por la misma imposibilidad de hacer que se comprendan sus necesidades, suscitan en ellos una fuerte exigencia de escuchar la palabra de Dios y de hablar con valentía. El Evangelio ha de iluminar tantas situaciones humanas, y dar paz a una sociedad llena de conflictos.
Las manifestaciones extraordinarias que hemos leído en el Evangelio de hoy (“hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”) constituyen una buena nueva, que anuncia la venida del reino de Dios y la curación de la incomunicabilidad y de la división. “Este mensaje se encuentra en toda la predicación y la actividad de Jesús, el cual recorría pueblos, ciudades o aldeas, y en todos los lugares a donde llegaba "colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que les permitiera tocar siquiera la orla de su vestido; y cuantos le tocaban quedaban sanos" (Mc 6, 56)”.
“Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”: es muy actual, no sólo en tierras lejanas sino en nuestros territorios multi-étnicos y plurirreligiosos (cf. Mc 7, 31). En diversas ocasiones, S. Pablo nos recuerda, también por experiencia propia, que lo primero es la escucha divina, a través de signos, recuerda aquellas palabras del Maestro: "bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lc 11, 28); y a Marta, preocupada por muchas cosas, le dice que "una sola cosa es necesaria" (Lc 10, 42). “Y del contexto se deduce que esta única cosa es la escucha obediente de la Palabra… es lo primero en nuestro compromiso ecuménico. / En efecto, no somos nosotros quienes hacemos u organizamos la unidad de la Iglesia. La Iglesia no se hace a sí misma y no vive de sí misma, sino de la palabra creadora que sale de la boca de Dios. Escuchar juntos la palabra de Dios; practicar la ‘lectio’ divina de la Biblia, es decir, la lectura unida a la oración; dejarse sorprender por la novedad de la palabra de Dios, que nunca envejece y nunca se agota; superar nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comunión de los creyentes de todos los tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso recorrer para alcanzar la unidad en la fe, como respuesta a la escucha de la Palabra. / Quien se pone a la escucha de la palabra de Dios, luego puede y debe hablar y transmitirla a los demás, a los que nunca la han escuchado o a los que la han olvidado y ahogado bajo las espinas de las preocupaciones o de los engaños del mundo (cf. Mt 13, 22)”.
Ante el mandato de proclamar el Evangelio, “debemos preguntarnos: ¿no habrá sucedido que los cristianos nos hemos quedado demasiado mudos?” ¿No nos falta la valentía para hablar y dar testimonio como hicieron los primeros cristianos? Este testimonio lo espera el mundo, y la escucha de Dios implica también la escucha del otro, el diálogo entre las Iglesias y las comunidades eclesiales, instrumento imprescindible de la búsqueda de la unidad: conocerse. "De este diálogo se obtendrá un conocimiento más claro aún de cuál es el verdadero carácter de la Iglesia católica" (Unitatis redintegratio, 9). Hablar correctamente (orthos) y de modo comprensible. La Virgen María es la gran promotora de la realización del ardiente anhelo de unidad de su Hijo divino: "Que todos sean uno..., para que el mundo crea" (Jn 17, 21).
** Veamos ahora la Evangelización que sugiere el texto de hoy: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva». La misión es grande -«Id por todo el mundo»-, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Con nuestra ayuda, como pedimos en la oración colecta de hoy: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.
Pablo pasa de perseguidor a convertido, quizá también nosotros hacemos de "perseguidores": como a san Pablo, tenemos que convertirnos de "perseguidores" a servidores y defensores de Jesucristo (Josep Gassó). La fiesta de la conversión de san Pablo nos lleva a pensar en el ecumenismo de la caridad (punto 1, más arriba); y en el desafío de la “nueva evangelización”, la misión de la Iglesia en una sociedad que ya ha sido evangelizada, pero que, en su camino histórico, se ha alejado de la fe, de tal modo que es necesario un esfuerzo de nuevo anuncio apostólico, como recordaba Alfonso Carrasco. Esta buena nueva va acompañada de la auténtica paz, que tanto necesita nuestro mundo, después de las terribles guerras mundiales del siglo XX y tras haber experimentado los daños enormes causados por variadas ideologías, la idea de progreso utópico ha cambiado en un vacío de ideas, la misma tecnología ha dado armas terribles que nos llenan de miedo por las consecuencias imprevisibles en manos de gobernantes locos. “Una experiencia muy amarga habría enseñado que ni la violencia o la fuerza de las armas, ni el poder político, pueden resolver los graves problemas de los hombres”. La conversión de San Pablo nos indica también que ha de convertirse nuestra sociedad, pues “ninguna ideología ni poder humano responde a los enigmas e interrogantes de la existencia humana, ninguna puede iluminar adecuadamente su camino en la historia, su relación con el mundo, la vida y la muerte, ninguna afirma definitivamente la dignidad de cada uno. En cambio, el hombre puede encontrar en Cristo la clave, el centro y el fin de la historia humana, porque sólo Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, desvelando la grandeza de su dignidad y vocación (cf. GS 22.24)”.
Para este cambio social es necesario un cambio personal de cada uno de nosotros, “el hombre que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo … debe … acercarse a Cristo”, nos decía Juan Pablo II, quien nos avisaba también del hombre de hoy que va perdido cuando llevado por una cultura que ha vuelto a cerrarse a Dios, se esfuerza por olvidar o negar a Cristo, su salvación: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”. Este rechazo perjudica mucho al hombre, aunque progrese materialmente, pues lo envilece en su espíritu, va contra “la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religiosa cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad sobre el hombre”.
Muchas personas volvían a la Iglesia, cuando se hacían mayores y reflexionaban sobre los misterios de la vida y de la muerte. Pero hoy mucha gente de países de tradición cristiana ya no “van” a la iglesia, y no conocen el camino para ir, por tanto no podrán “volver” porque no han ido nunca. Otros pueblos que han pasado por la dominación comunista tienen también problemas de falta de formación. La indiferencia religiosa generalizada también tiene el problema de la ignorancia, pues muchos creen saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen. Quizá también porque lo que hemos enseñado era poco convincente, como vulgarmente se dice quizás han querido hacerles comulgar con ruedas de molino, es decir han mostrado un moralismo muy fuerte, mucha exigencia para ser cristiano, sin mostrar la belleza del por qué de esa moral cristiana. También habría que revisar las motivaciones de esos límites, que en cuanto a casuística cambian con el tiempo, y en cuanto a la subjetividad muchas veces depende también de la conciencia de las personas, y no habrá que concretar tanto una exigencia desde fuera. Es decir, habrá que poner más atención a la primeros 5 mandamientos del decálogo, pues son más importantes porque en ello se despliega el amor de Dios en sus diversas formas (también el amor a las personas, que son sagradas), para luego –como consecuencia- vivir los bienes terrenales que radican en las personas y que por tanto son también importantes, es decir la segunda serie de los mandamientos.
Por tanto, no hay que presentar la vida cristiana como un sistema moral más o menos anticuado y defendido por una institución jerárquica, sino de acercarnos al acontecimiento cristiano en su ser auténtico, como lugar de vida y esperanza. La cercanía de Dios constituye así una cierta experiencia, una cierta presencia que de Él tenemos ya en esta vida: presencia de Cristo en los sacramentos y en la oración y en la Iglesia; presencia que encontramos en las personas, a través de ellas se trasluce ese amor de Jesús y su mensaje; por ellas intuimos qué es la plenitud de vida. El amor de Dios acogido en nuestro corazón da alegría, nos llena de su luz la compañía de Jesús, que ilumina todo de modo que va adquiriendo sentido incluso lo que antes no tenía ninguno. Ahora ya nada es un obstáculo definitivo, el despertar de la esperanza sabe transformar las dificultades en oportunidades. Ante la esclavitud de las reglas del mundo, la libertad cristiana va empapando de ternura de la acogida y del perdón las relaciones humanas, la mirada profunda y afectuosa sobre la propia persona y el propio destino. La misericordia de Dios se vierte en el mundo y en la historia, y vemos que la dignidad y el destino de la persona depende en gran parte de ese amor, que el mundo lo que necesita de verdad es la misericordia y la esperanza.
Naturalmente, esta experiencia de la cercanía del Reino viene por la fe, la manifestación del Padre, del que nace todo bien. En estas primeras semanas del tiempo ordinario, la predicación de Jesús va centrada en el anuncio del Reino, lo estamos viendo día a día. Aparece como liberación de todo lo que oprime al hombre; victoria sobre todo pecado y sobre el Maligno, sobre la muerte.
“La nueva evangelización es, ante todo, el anuncio de nuevo del amor de Dios y de la victoria de Jesucristo; y ello, ahora como siempre, en medio de un mundo cuya tentación es afirmar la propia suficiencia para vivir sin necesidad de la relación con Dios, es pretender construir y conducir la historia humana a su cumplimiento a partir del propio poder humano, que parece hacerse cada vez más articulado e imponente”.
La conversión de San Pablo nos recuerda la necesidad de la conversión del corazón, una “metanoia”, que el anuncio del Evangelio que lleva a la apertura del corazón con su inteligencia y su amor libre, y con ello la aceptación del amor de Dios. Todo ello conlleva paulatinamente, en unos casos, o también en forma súbita y radical, un cambio profundo de la mente y del corazón del hombre. En el fondo se trata de una apertura, de pasar de vivir encerrado en uno mismo, o a lo sumo una apertura parcial, pero con inquietud por el bienestar y cierto poder y control de las circunstancias de la propia existencia y el ambiente en el que uno se mueve, a una apertura a la trascendencia. Pasar así del ambiente dominante de individualismo y consiguiente soledad, de la adoración de los ídolos –mundo, orgullo-poder, carne-gusto-placer- a una Vida de amor; pasar de la “cultura de la muerte”, a un “cultura fecunda” en profundidad. La prueba de ir por buen camino es la felicidad, que es algo no medible por las palabras que uno pronuncia sino por la alegría que desprende la mirada. La entrega verdadera a Dios da felicidad. Lo que una madre busca en su hijo es que esté contento, y Dios igual: no es religión una visión triste de la vida. Esto no significa que no se sufra, como anunció el Señor a San Pablo, que le tocaría sufrir mucho, pero la cruz es inseparable del amor, como su contrapunto, nos guste o no. Mejor acostumbrarse. Como tampoco hay que querer entender todos los planes divinos, siempre habrá más cosas en Él que no entendamos, en ese caso el corazón si entiende, que hay que seguir confiando, amando, y la esperanza da paz.
Estamos en un mundo complejo, y al abandonar la referencia a Dios, la trascendencia, el hombre pierde el punto central de referencia, queda inmerso en la inmanencia, y absolutiza algunos aspectos, porque pierde la visión de conjunto. El nihilismo, indiferencia en sus formas de relativismo o agnosticismo, la visión negativa o catastrofista, y las formas de ideologizar el egoísmo en el capitalismo, la envidia en el comunismo o ciertas formas de socialismo, las distintas dictaduras de la moda dominante… todo ello hace del hombre moderno un ser complejo, perdido, necesitado especialmente de misericordia, de salvación.
*** Hoy celebramos la conversión de san Pablo: esa transformación que cambia la vida de un hombre. El convertido pasa de las tinieblas a la luz. Ve, comprende, se decide. Dios se le hace manifiesto. Es como un despertar. La expansión de la Iglesia estuvo ligada a este apóstol, como también el esclarecimiento de la doctrina. Él atacó los primeros cristianos (unos quinientos vieron a Jesús resucitado, luego de la Pentecostés fueron miles). Juan y Pedro son encarcelados y azotados. Esteban es muerto a pedradas. Saulo quizá conocía a Esteban, y aprobó su muerte, pero la oración de Esteban conseguiría gracias para su amigo (más datos, en Act. 26, 10-11). Después de convertido dirá San Pablo a los Efesios que Dios nos ha escogido desde antes de la creación del mundo. Parece como un rasgo de buen humor de Dios: llama al judío más celoso para llevar la fe a los no judíos, al más anti-cristiano para ser apóstol de Cristo. Vuelve ciego a uno que no veía por dentro, para que abra los ojos de su corazón y cuando vea pueda volver a ver por fuera. El ciego que veía pasa a no ver para no estar ciego, y con su ceguera ver, para después dejar de estar ciego y poder hacer ver a los demás: “para esto me manifiesto a ti, para constituirte ministro y testigo, así de las cosas que de mí viste como de las que verás, yendo a los gentiles, a los cuales yo te envío, para abrirles los ojos, a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que reciban la remisión de los pecados y la herencia de los santificados por la fe en mí" (Act 26, 16-18); y en otro lugar lo resume así: "anda, que yo te enviaré a lejanas naciones" (Act 22,2). Es bonito oírle contar al cabo de los años el cambio de su vida: "todas las cosas estimo ser pérdida, comparadas con la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quién dí al traste con todas, y las tengo por basura, a fin de ganarme a Cristo"(Fil. 3,8-9) o bien "doy gracias al que me dio fuerzas, a Cristo Jesús, Señor nuestro, porque me consideró digno de su confianza, poniéndome en su servicio, a mí que fui blasfemo y perseguidor insolente; más halló misericordia porque obré con ignorancia en mi infidelidad, sobreabundó la gracia de nuestro Señor con la fe y la caridad que está en Cristo Jesús" (1 Tim 1,12). Pablo fue haciendo memoria sobre su conversión ahí profundiza en la revelación y el misterio de la Iglesia. Entiende que aquel “¿por qué me persigues?” se refiere Jesús a su cuerpo, que al perseguir a los cristianos le persigue a Él, que Jesús está en los cristianos como en su cuerpo. Ve muchas cosas al ir repensando en su vida, ve que su vocación le lleva a descubrir el sentido divino de su vida, el por qué de su existencia, para los demás, como misión. Que sepamos cada uno hacer memoria de esos dones divinos, esta cierta experiencia de Dios que vamos teniendo en la vida, para descubrir nuestra vocación.
Pablo quería, como lo más precioso de su vida, a su religión judía. Cuando pensaba que esta fe quedaba destruida por una "secta", el cristianismo naciente, trató de purificar de ese supuesto mal a su pueblo; pero Dios lo llenó de luz y descubrió que Jesucristo no era la gran traición sino la gran respuesta a las antiguas promesas. Entonces orientó toda su energía a mostrar que la fe judía alcanza su plenitud en Jesús, así los mismos judíos le hicieran sufrir lo indecible tanto en su cuerpo como en su alma. Por eso decimos que esa expresión del comienzo de la primera lectura de hoy, "yo soy judío" resume bien la búsqueda y el horizonte fascinante de la vida del apóstol más conocido: san Pablo.
Un perseguidor perseguido. Pablo perseguía a los seguidores de Cristo y Cristo le dice: "Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues" (Hch 22,8). De aquí aprendemos o repasamos dos cosas. Primero: lo que se hace a uno de los humildes hermanos de Cristo, a Cristo mismo se le hace (cf. Mt 25,40.45). Segundo: nadie persigue a Cristo sin que Cristo le persiga.
En efecto, comenta Pablo en su Carta a los Filipenses: "sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús" (Flp 3,12). Es posible que hubiera odio, soberbia o vanidad en la manera como Pablo perseguía a Jesús; de lo que si estamos seguros es de cuánto amor, cuánta paciencia y cuánta mansedumbre abundaron en el modo como Jesús persiguió y conquistó a Pablo.
Ahora bien, Jesús está en sus seguidores y no se puede perseguirlos sin perseguirlo a él. Mas también está en ellos para guiar. Son uno con él en el padecer, pero también en el reinar (cf. Rom 8,17). Y por eso el Señor no da todas las instrucciones sino que envía a Pablo a que sea discípulo de los mismos a los que iba a encadenar y a que aprenda de aquellos a quienes hasta ahora ha despreciado. ¿No es magnífica la pedagogía de Dios?
"Vas a ser testigo". Ananías esclarece no sólo los ojos del cuerpo sino sobre todo los de la mente de Pablo: el sentido de aquel resplandor, de camino a Damasco, es colmar de luz a este hombre que así es ya un testigo de la luz. Y por eso le dice: "vas a ser testigo" (Hch 22,15): porque has visto, harás ver; porque has oído, vas a hablar.
Ananías invita al converso a darse prisa. Lo mejor que se le puede decir a un alma de fuego y un carácter ardiente como el de este Pablo. ¡Y qué bien cumplió ese sencillo encargo! "No pierdas tiempo; no te detengas" le dijo Ananías aquella vez, y eso hizo nuestro amado apóstol: ya nunca se detuvo. Fervoroso, como antes era en propagar el error y sembrar el terror, ahora propaga el Evangelio y siembra amor divino, sin darse nunca por satisfecho, pues bien escribió: " Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Flp 3,13-14).
Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. El breve fragmento del Evangelio según san Marcos recoge una parte del discurso acerca de la misión que confiere el Señor resucitado. Con la exhortación a predicar por todo el mundo va unida la tesis de que la fe y el bautismo son requisitos necesarios para la salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). Además, Cristo garantiza que a los predicadores se les dará la facultad de hacer prodigios o milagros que habrán de apoyar y confirmar su predicación misionera (cf. Mc 17,18). La misión es grande —«Id por todo el mundo»—, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
La oración colecta de hoy, propia de la fiesta, nos dice: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Una verdad que Dios nos ha concedido conocer y que tantas y tantas almas desearían poseer: tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.
La Conversión de san Pablo es un gran acontecimiento: él pasa de perseguidor a convertido, es decir, a servidor y defensor de la causa de Cristo. Muchas veces, quizá, también nosotros mismos hacemos de “perseguidores”: como a san Pablo, tenemos que convertirnos de “perseguidores” a servidores y defensores de Jesucristo.
Con Santa María, reconozcamos que el Altísimo también se ha fijado en nosotros y nos ha escogido para participar de la misión sacerdotal y redentora de su Hijo divino: Regina apostolorum, Reina de los apóstoles, ¡ruega por nosotros!; haznos valientes para dar testimonio de nuestra fe cristiana en el mundo que nos toca vivir (Josep Gassó Lécera).
La fiesta de la “Conversión de san Pablo”, nos recuerda el gran mandamiento de Jesús de evangelizar, pero al mismo tiempo, el hecho de que no se pude dar lo que no se tiene. Si hoy en el mundo se vive un paganismo práctico, que lleva a la violencia, al robo, al atropello de los valores humanos, a la corrupción, etc., es porque falta en muchos de los cristianos una conversión profunda. Sin embargo, usando las palabras del apóstol, nos ponemos a pensar: ¿pero, cómo creerán, si no hay quien les anuncie? Y cuando se les anuncia, ¿cómo creerán si la vida de los que predican no es conforme a lo que predican? Un sólo hombre comprometido y tocado profundamente por el amor de Dios, recorrió todo el mundo conocido, hablando de Aquel que había cambiado su vida… Fue así como el mundo pagano se convirtió a la luz y al amor de Cristo. Déjate tocar por el amor de Dios, y responde con generosidad siendo portador del amor de Dios en tu casa, tu empresa, o tu escuela… Recuerda que Dios te necesita (Ernesto María Caro).
Antes de subir al cielo, después de resucitar de entre los muertos, el Señor envió a los suyos a predicar el Evangelio por todo el mundo a toda creatura. Nada ni nadie puede quedar fuera de la obra salvadora que el Señor ha realizado en favor nuestro. Aquel que quiera encasillar la salvación en un grupo estará equivocado, pues la Iglesia debe acoger en su seno a todo hombre de buena voluntad que se decida a creer en Cristo Jesús. Por eso, los que ya hemos hecho nuestra esta fe debemos ser los primeros en experimentar el amor de Dios, pues Él nos ha llamado para que estemos con Él y para que seamos testigos suyos hasta el último confín del mundo. El Señor nos envía como aquellos que han de continuar su obra liberadora en el mundo. Pero no podemos quedarnos en una lucha por la libertad meramente externa; no podemos conformarnos con liberar a nuestros hermanos de la pobreza, o con darle voz a los desvalidos e injustamente tratados. Mientras no colaboremos para que se den a luz nuevos hijos de Dios, libres de la esclavitud al autor del pecado y de la muerte, habremos fallado en el cumplimiento de la Misión salvadora que el Señor nos ha confiado.
Hoy venimos a esta Celebración Eucarística para encontrarnos personalmente con el Señor, que se acerca a nosotros por medio de signos demasiado frágiles y sencillos. Él preside esta celebración por medio del Ministro; Él está en todos y cada uno de nosotros, que creemos en Él y, unidos a Cristo, Cabeza de la Iglesia, formamos su Cuerpo. Él nos dirige su Palabra salvadora, para que no sólo la escuchemos, sino para que la pongamos en práctica; y así, por obra del Espíritu Santo, esa Palabra vaya tomando cuerpo en nosotros para que seamos realmente testigos del Señor. Él se convierte en nuestro Pan de vida para que, entrando en comunión de vida con Él, sean nuestros su Espíritu y su Vida. Así el Señor abre nuestros ojos para que sepamos contemplarlo no sólo bajo los signos sacramentales, sino también en nuestro hermano, en el cual amamos y servimos al mismo Cristo. Aprovechemos, pues, este momento de Gracia del Señor.
Si nos amamos los unos a los otros entonces permanecemos en el amor de Dios. No sólo hemos de proclamar el Evangelio del Señor con los labios. Toda nuestra vida debe convertirse en un anuncio de la Buena Nueva, pues desde nuestra propia existencia los demás no sólo han de escuchar el Evangelio, sino que han de experimentar el amor salvador del Señor. Jesucristo está presente entre nosotros por medio de todos aquellos que creen en Él. Lo que les hagamos a ellos a Cristo mismo se lo hacemos. Al final el Señor nos dará la vida eterna poniendo como condición el amor que le hayamos manifestado en nuestros hermanos. Seamos, pues, portadores de Cristo. Que nadie quede excluido de recibir el anuncio del Evangelio. Que todos escuchen el mensaje de salvación y todos, sin excepción, experimenten el amor de Dios desde aquellos que nos gloriamos en tenerlo como Señor y Salvador nuestro. No hagamos de la Iglesia un grupo cerrado e inútil. Dios nos quiere a todos unidos como hermanos, formando un sólo cuerpo en torno a Cristo, Cabeza de la misma Iglesia. El que se cierre en un grupo, por muy santo que lo parezcan sus miembros, jamás podrá decir que es la Iglesia del Señor, pues ni siquiera será un miembro de la misma en razón de vivir separado de todos aquellos que han sido llamados a participar de la vida divina.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar constantemente, tanto con nuestras palabras, como con nuestras obras y nuestro testimonio personal y comunitario, en atraer a todos hacia Cristo, para que el mundo entero pueda encontrar en Él el camino que nos una como hermanos, y nos conduzca a la Gloria eterna a la diestra de Dios Padre. Amén (Homiliacatolica.com).

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