lunes, 9 de enero de 2012

Lunes de la 1ª semana de Tiempo Ordinario. Su rival insultaba a Ana, porque el Señor la había hecho estéril Tiempo ordinario, I semana, lunes: Jesús l

Lunes de la 1ª semana de Tiempo Ordinario. Su rival insultaba a Ana, porque el Señor la había hecho estéril
Tiempo ordinario, I semana, lunes: Jesús llama a la conversión y a seguirle
Convertíos y creed en el Evangelio

Primer libro de Samuel 1, 1-8. Habla un hombre sufita, oriundo de Ramá, en la serranía de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita. Tenla dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Fenina; Fenina tenía hijos, y Ana no los tenía. Aquel hombre solía subir todos los años desde su pueblo, para adorar y ofrecer sacrificios al Señor de los ejércitos en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés. Llegado el día de ofrecer el sacrificio, repartía raciones a su mujer Fenina para sus hijos e hijas, mientras que a Ana le daba sólo una ra11ción; y eso que la queria, pero el Señor la había hecho estéril. Su rival la insultaba, ensañándose con ella para mortificarla, porque el Señor la habla hecho estéril. Así hacia año tras año; siempre que subían al templo del Señor, solía insultarla así. Una vez Ana lloraba y no comía. Y Elcaná, su marido, le dijo: -«Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué te afliges? ¿No te valgo yo más que diez hijos?»

Salmo 115, 12-13. 14 y 17. 18-19. R. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.


Texto del Evangelio (Mc 1,14-20): Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Comentario: 1.- 1S 1,1-8. Durante las cinco semanas siguientes meditaremos la historia de David, precedida de la de Samuel. En el desarrollo de la historia de Israel, el período de David es un período de estabilización: David, joven pastor de una humilde familia de Belén es el verdadero fundador de la realeza. Comienza su vida como "jefe de banda" en operaciones de "comandos" contra los filisteos, luego conquista Jerusalén y se instala como rey en esta ciudad. Ese personaje, subido de color, de vida aventurera, antepasado de Cristo, está muy lejos de ser un «hombre perfecto»... Es un hombre pecador como todos nosotros. A lo largo del tiempo escucharemos el relato de sus búsquedas, de sus dificultades, de sus éxitos. El proyecto de Dios va realizándose a través de esos acontecimientos ambiguos. Gracias, Señor, por revelarnos con ello que nuestras vidas son también una mezcla de bien y de mal. Ayúdanos a vivir nuestro propio itinerario personal insertándolo en el más vasto itinerario de tu Pueblo en marcha.
En los años pares, durante cinco semanas leemos páginas de los libros históricos del AT, empezando por los de Samuel y siguiendo por el primero de Reyes. Esta primera aproximación a la historia de Israel abarca desde el inicio de la monarquía, con Saúl, hasta el cisma de las tribus del Norte, después de Salomón.
Van a desfilar en nuestras lecturas personas como Samuel, Saúl, David y Salomón, que marcaron la historia de Israel y que nos pueden dar lecciones para nuestra vida de hoy con su actuación, a veces buena y otras deficiente. El ver cómo el pueblo de Israel, el pueblo elegido, fue respondiendo o no a la Alianza con su Dios, será como un espejo en el que mirarnos nosotros, el nuevo pueblo elegido de la Iglesia.
La página de hoy inicia el ciclo de Samuel, un personaje que vivió unos mil años antes de Cristo, y que iba a tener mucha influencia en la historia del pueblo judío como el último de los jueces que Dios puso al frente de su pueblo y como instaurador de la monarquía.
La escena es muy propia de la vida familiar: Ana, una de las dos mujeres de Elcaná, es estéril, y eso la hace totalmente infeliz. Llora desconsolada, a pesar del afecto de su marido. Se siente marginada, fracasada. Ya se encarga de recordárselo su rival.
Adorad a Dios todos sus ángeles. Canten su gloria todas las criaturas. Hombres, mujeres, hijos de Dios, sed fieles a su Amor… Comenzamos la liturgia de la palabra con el inicio del primer libro de Samuel. Libro encantador, humano y religioso, que nos regala con sus relatos primarios e ingenuos. Históricamente, las noticias narradas en este libro se pueden remontar a tradiciones orales muy remotas, llegando incluso al periodo de los reyes, por los siglos XI-X antes de Cristo. Naturalmente, las huellas de aquellos lejanos días serían a lo más un boceto de noticias, memorias y reflexiones a las que posteriormente se irían incorporando nuevos pensamientos de carácter histórico-teológico. Su conjunto final, recopilado en libros, aparece en los textos de Samuel, Josué, Jueces y Reyes. Ellos son una parte del corazón y memoria del viejo pueblo elegido. El párrafo que hoy leemos (preparación psicológica para la concepción de Samuel) describe la escena de dolor de una mujer estéril, Ana, que, además de no ser madre, sufre la burla de otra mujer fecunda que hace gala de su gozo soberbio. El relato es una forma de indicarnos a todos que desde la humillación y abatimiento es desde donde el Espíritu nos levantará para alcanzar el triunfo y la salvación que ha de llegar.
-La madre de Samuel: un clima de extrema pobreza humana. Este es un cuadro realista de la condición feminista hacia el año 1000 antes de Jesucristo: Ana, mujer de Elkama, es estéril -y esto crea ya una atmósfera de frustración dolorosa-... pero, además, la poligamia de aquel tiempo refuerza el infortunio de la pobre Ana, pues la rival Penina, con sus afrentas diarias, mantiene el clima de angustia, apenas sostenible. En un tal contexto, ¿cómo no dudaría una mujer del amor de su marido hacia ella? El hogar mismo está herido.
-«Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy para ti mejor que diez hijos?» Sí, la moral es muy baja en esa casa; y el pobre Elkana no sabe como ayudar a su mujer. Quisiera hacerlo. Nos resulta incluso simpático en su torpeza, pero esto no soluciona nada, aparentemente. En esa situación de extrema pobreza espiritual, Ana descubrirá la maravilla del amor de Dios para con ella. -Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,3). Si el grano de trigo no muere, queda él solo (Jn 12,24). ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? (Lc 24,26). Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte (II Cor 12,10). En esa escena concreta de sufrimiento de un matrimonio, reconocemos el misterio de Jesús: la pobreza, a la que se promete la dicha... la cruz y el fracaso aparente que se transforman en mañana de Pascua... la afirmación de la gracia de Dios, capaz de encontrar una salida a las situaciones más desesperadas... Señor, como la madre de Samuel, me remito a tu amor. Ayudadnos, Señor, a asumir todos los acontecimientos de nuestras vidas (Noel Quesson).
Entre hoy y los tres días siguientes leeremos enteros -raro honor en los nuevos leccionarios- los tres capítulos que forman el relato del nacimiento y la vocación de Samuel; sólo saltamos al cántico de Ana, que con razón utiliza la liturgia como cántico o salmo, y no como lectura, y que, además, debía de referirse originariamente a un rey (v 10), mientras aquí la acción se supone que pasa cuando «no había... rey en Israel, y hacía cada uno lo que le parecía bien» (Jue 17,6; 21,25). De las cuatro etapas redaccionales de los libros de Samuel, la historia de la infancia del profeta pertenece probablemente a la última, los tiempos finales de la monarquía, cuando la suerte del templo de Siló es en boca de los profetas motivo de exhortación para no fiarse del templo de Jerusalén y convertirse.
Esta historia ha sido colocada delante del ciclo de tradiciones relativas a Samuel, de la misma manera que Mt y Lc antepusieron dos capítulos de relatos de infancia a sus evangelios respectivos. Tal es el sentido que, ya en las biografías paganas tienen las narraciones de infancias extraordinarias: dar por adelantado como una síntesis explicativa de aquello que el personaje está llamado a ser. En las biografías paganas, además, quieren indicar como un presagio fatalista del futuro; los relatos bíblicos, en cambio, proclaman la libre iniciativa de Dios, que dirige el curso de la historia, rompe situaciones que parecían sin salida y abre nuevos caminos a su pueblo por medio de un escogido suyo. Esta iniciativa todopoderosa de Dios es especialmente subrayada por el tema del nacimiento prodigioso, de madre estéril (Isaac, Sansón, Juan Bautista), o de la criatura providencialmente salvada de la muerte (Moisés). Dios no necesita esperar que aparezca el hombre idóneo: lo crea; y, milagrosamente aparecido, la gente se pregunta qué querrá hacer Dios de él. El escogido hace su papel para dejar paso después a lo que haya de venir.
El templo de Siló -etapa intermedia en la historia de las presencias divinas entre la tienda del desierto y el templo de Salomón- guarda el arca de la alianza, símbolo de la confederación de las tribus israelitas. Estos cc. 1-3 son ricos en detalles de expresividad ingenua y a la vez realista sobre la religión de Israel en tiempos remotos: peregrinaciones -seguramente la fiesta de las tiendas-, banquetes sagrados, un sacerdocio no exclusivamente levítico -es admitido en él el efraimita Samuel- y unos sacerdotes que escandalizan al pueblo. La pureza del yahvismo se vela por el contacto con los cultos paganos de Canaán: la fiesta en honor del Señor degenera a veces en orgía. Eli, que no sabe o no puede corregir los abusos de sus propios hijos, quiere reprimir los excesos de la piedad popular y recrimina a aquella mujer que él cree ebria. Pero cuando la pobre Ana le ruega humildemente que no la confunda con una perdida ni con ninguna de aquellas desvergonzadas con que yacían los hijos de Elí (cf 2,22), y «derrama su alma afligida» -¡magnífica definición de la plegaria!- ante el sacerdote, tal como lo había hecho ante Dios, Elí se inclina ante aquella religiosidad tan auténtica y la bendice con su palabra sacerdotal eficaz. A menudo han de aprender los sacerdotes de la fe del pueblo y el pueblo ha de aceptar la mediación de los sacerdotes, aunque no siempre sean fieles del todo (H. Raguer).

2. Sal 115. El salmo nos presenta una actitud de súplica ante Dios, un «sacrificio de alabanza» y unos votos que se ofrecen en el atrio de la casa del Señor: la actitud de esta buena mujer, Ana, que visita el Templo para impetrar la ayuda de Dios en su desgracia.
Dios parece que, para realizar sus planes de salvación, tiene particular gusto, a lo largo de la historia, en elegir a personas que humanamente parecen poca cosa.
El es capaz de sacar vida de la esterilidad. Lo que humanamente parece imposible, para Dios no lo es. Así se ve mejor que es Dios quien salva, y no las cualidades y las iniciativas humanas. En la vida el que más bien hace no es siempre el más brillante, sino el que sabe ser mejor instrumento en las manos de Dios.
También ahora, en nuestras actividades y proyectos, haríamos bien en poner nuestra confianza más en la fuerza de Dios que en nuestras pedagogías y trabajos, que, por otra parte, hemos de poner en marcha con decisión. Eso nos llevaría a no enorgullecernos demasiado si vienen éxitos. Y a no desanimarnos en exceso si fracasamos después de haber puesto toda nuestra buena voluntad en la tarea.
Así como en el caso de Ana y Elcaná les llegó el hijo deseado, y nada menos que Samuel, juez, profeta y sacerdote de Israel, también ahora, en nuestros proyectos y en los de la Iglesia, seguro que también quiere Dios seguir realizando cosas que a primera vista parecerían imposibles. Por ejemplo, suscitando vocaciones proféticas para bien de un mundo desorientado. Si se lo pedimos con fe, como Ana.
Comentaba Juan Pablo II: “El Salmo 115, con el que acabamos de rezar, siempre ha sido utilizado por la tradición cristiana, a partir de san Pablo que, citando la introducción, siguiendo la traducción griega de los Setenta, escribe a los cristianos de Corinto estas palabras: «teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: "Creí, por eso hablé", también nosotros creemos, y por eso hablamos» (2 Cor 4,13). El apóstol se siente en acuerdo espiritual con el salmista en la serena confianza y en el sincero testimonio, a pesar de los sufrimientos y de las debilidades humanas. Al escribir a los romanos, Pablo retomará el versículo 2 del salmo y trazará la contraposición entre la fidelidad de Dios y la incoherencia del hombre: «Que quede claro que Dios es veraz y todo hombre mentiroso» (Rom 3,4). La tradición sucesiva transformará este canto en una celebración del martirio (Orígenes) a causa de la mención de «la muerte de sus fieles» (v 15). O hará de él un texto eucarístico, considerando la referencia a «la copa de la salvación» que el salmista eleva invocando el nombre del Señor (v 13). Este cáliz es identificado por la tradición cristiana con «la copa de la bendición» (cf 1 Cor 10,16), con la «copa de la Nueva Alianza» (cf 1 Cor 11,25; Lc 22,20): expresiones que en el Nuevo Testamento hacen referencia precisamente a la Eucaristía. El Salmo 115, en el original hebreo, forma parte de una sola composición junto al salmo precedente, el 114. Ambos, constituyen una acción de gracias unitaria, dirigida al Señor que libera de la pesadilla de la muerte. En nuestro texto aparece la memoria de un pasado angustiante: el orante ha mantenido alta la llama de la fe, incluso cuando en sus labios surgía la amargura de la desesperación y de la infelicidad (cf Sal 115,10). Alrededor se elevaba como una cortina helada de odio y de engaño, pues el prójimo se demostraba falso e infiel (cf v 11). Ahora, sin embargo, la súplica se transforma en gratitud, pues el Señor ha sacado a su fiel del torbellino oscuro de la mentira (cf v 12). El orante se dispone, por tanto, a ofrecer un sacrificio de acción de gracias en el que se beberá el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada que es signo de reconocimiento por la liberación (cf v 13). La Liturgia, por tanto, es la sede privilegiada en la que se puede elevar la alabanza agradecida al Dios salvador.
De hecho, además de mencionarse el rito del sacrificio se hace referencia explícitamente a la asamblea de «de todo el pueblo», ante la cual el orante cumple su voto y testimonia su fe (v 14). En esta circunstancia hará pública su acción de gracias, consciente de que incluso cuando se acerca la muerte, el Señor se inclina sobre él con amor. Dios no es indiferente al drama de su criatura, sino que rompe sus cadenas (v 16).
El orante salvado de la muerte se siente «siervo» del Señor, hijo de su esclava, bella expresión oriental con la que se indica que se ha nacido en la misma casa del dueño. El salmista profesa humildemente con alegría su pertenencia a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a él en el amor y en la fidelidad.
Con las palabras del orante, el salmo concluye evocando nuevamente el rito de acción de gracias que será celebrado en el contexto del templo (vv 17-19). Su oración se situará en el ámbito comunitario. Su vicisitud personal es narrada para que sirva de estímulo para todos a creer y a amar al Señor. En el fondo, por tanto, podemos vislumbrar a todo el pueblo de Dios, mientras da gracias al Señor de la vida, que no abandona al justo en el vientre oscuro del dolor y de la muerte, sino que le guía a la esperanza y a la vida.
Concluimos nuestra reflexión encomendándonos a las palabras de san Basilio Magno que, en la Homilía sobre el Salmo 115, comenta la pregunta y la respuesta de este Salmo con estas palabras: «"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación". El salmista ha comprendido los muchos dones recibidos de Dios: del no ser ha sido llevado al ser, ha sido plasmado de la tierra y ha recibido la razón…, ha percibido después la economía de salvación a favor del género humano, reconociendo que el Señor se entregó a sí mismo como redención en lugar nuestro; y busca entre todas las cosas que le pertenecen cuál es el don que puede ser digno del Señor. ¿Qué ofreceré, por tanto, al Señor? No quiere sacrificios ni holocaustos, sino toda mi vida. Por eso dice: "Alzaré la copa de la salvación", llamando cáliz a los sufrimientos en el combate espiritual, a la resistencia ante el pecado hasta la muerte. Es lo que nos enseñó, por otro lado, nuestro salvador en el Evangelio: "Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz"; o cuando les dijo a los discípulos: "¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?", refiriéndose claramente a la muerte que aceptaba por la salvación del mundo». Habiendo recibido el perdón de Dios; habiendo sido objeto del amor divino cuando el Hijo de Dios entregó su vida por nosotros, ¿cómo no vivirle agradecidos? Ciertamente que no tenemos nada con qué podamos pagarle al Señor por todo el bien que nos ha hecho. Por eso, por lo menos, llevemos una vida recta y vivamos fieles a sus enseñanzas. Que nuestra vida manifieste que en verdad somos hijos de Dios. No permitamos que la Gracia de Dios caiga en nosotros como en saco roto. ¿De qué nos serviría haber sido perdonados y liberados de la muerte, si, por culpa nuestra, volvemos a nuestras maldades? Si en verdad somos hijos de Dios, demostrémoslo no sólo con nuestras palabras y con el culto que le tributamos a Dios, sino con una vida íntegra amoldada a su Evangelio”.

3.- Mc 1,14-20 (ver domingo 03b). A. Comentario mío de 2008: * Caridad, oración y ayuno, son las armas espirituales para combatir el mal, que se nos recuerdan en Cuaresma, pero quiere la Iglesia proponernos ya en la primera semana del tiempo ordinario este Evangelio de llamada a la conversión, para que empecemos con buen pie. Joan Costa señalaba: “Hoy, el Evangelio nos invita a la conversión. «Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). Convertirse, ¿a qué?; mejor sería decir, ¿a quién? ¡A Cristo! Así lo expresó: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37).
Convertirse significa acoger agradecidos el don de la fe y hacerlo operativo por la caridad. Convertirse quiere decir reconocer a Cristo como único señor y rey de nuestros corazones, de los que puede disponer. Convertirse implica descubrir a Cristo en todos los acontecimientos de la historia humana, también de la nuestra personal, a sabiendas de que Él es el origen, el centro y el fin de toda la historia, y que por Él todo ha sido redimido y en Él alcanza su plenitud. Convertirse supone vivir de esperanza, porque Él ha vencido el pecado, al maligno y la muerte, y la Eucaristía es la garantía.
Convertirse comporta amar a Nuestro Señor por encima de todo aquí en la tierra, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Convertirse presupone entregarle nuestro entendimiento y nuestra voluntad, de tal manera que nuestro comportamiento haga realidad el lema episcopal del Santo Padre, Juan Pablo II, Totus tuus, es decir, Todo tuyo, Dios mío; y todo es: tiempo, cualidades, bienes, ilusiones, proyectos, salud, familia, trabajo, descanso, todo. Convertirse requiere, entonces, amar la voluntad de Dios en Cristo por encima de todo y gozar, agradecidos, de todo lo que acontece de parte de Dios, incluso contradicciones, humillaciones, enfermedades, y descubrirlas como tesoros que nos permiten manifestar más plenamente nuestro amor a Dios: ¡si Tú lo quieres así, yo también lo quiero!
Convertirse pide, así, como los apóstoles Simón, Andrés, Jaime y Juan, dejar «inmediatamente las redes» e irse con Él (cf. Mc 1,18), una vez oída su voz. Convertirse es que Cristo lo sea todo en nosotros”.
** Antes de pasar a la llamada que Jesús hace a seguirle, miraremos con más detenimiento la necesidad de conversión: ¿qué tiene que ver con la dignidad de la persona y con la conciencia de pecado? La necesidad de redención es fácil de intuir o de creer siguiendo la revelación, pero difícil de entender. El pecado existe, es un mal: ofensa a Dios y destrucción de la vocación del hombre. ¿Hace daño a Dios? No, pero la gloria de Dios es la felicidad del hombre, y Dios “sufre” cuando nos hacemos daño, cuando estamos tristes porque le hemos abandonado (estamos hechos para el amor de Dios, y no encontramos la plenitud fuera del amor, que es caer en el pecado, que es egoísmo). El pecado es ofensa a Dios, nos desvía de Él y por tanto nos “pierde”, maltrata nuestra dignidad y perturba la convivencia (después de alzar el puño contra Dios con la soberbia del primer pecado de Adán, la rebelión contra Dios, el segundo pecado del mundo es Caín que mata a Abel: cuando no hay padre, los hermanos se matan: cf. Catecismo, 1849-1850). Pero después del primer pecado (Gen 3, 15) Dios promete la salvación. Más tarde, Abraham (s. XX-XIX a. C.) dispone las cosas para su plan redentor, primero con la liberación de la esclavitud de Egipto, elección de Israel y alianzas, cuidado amoroso y envío de los Patriarcas y Profetas, hasta Jesús, pues el hombre no puede salvarse solo, y la situación de pecado personal genera el pecado social con sus estructuras de pecado como vemos en la historia.
La llamada primera es a la conversión. La santidad no es una cuestión mágica, como dándole a un botón, mirar hacia oriente y decir una formulita… Jesús nos dice que ha venido a salvar a los pecadores, y que prefiere un corazón contrito y humillado. Esto significa reconocer nuestra situación de pecado, y dejarnos conquistar por el divino alfarero que para hacer su obra maestra necesita que seamos dúctiles, que nos dejemos transformar, convertir. (Tomo prestados unos apuntes como base de los siguientes comentarios).
Ya en el Antiguo Testamento vemos este diálogo entre el hombre, que tiene momentos buenos y otros llenos de infidelidad, y la fidelidad de Dios por contraste (Gen 8, 21-22; 9, 11). Después del diluvio se establece una alianza con el arco iris para que el hombre pueda recordar siempre que Dios no olvida su promesa, que su perdón es para siempre. Los profetas y las prácticas penitenciales van recordando la necesidad que tiene el hombre de continua conversión, para recibir este perdón (cf. Os 14, 2; Ez 18,21; Jer 26, 3). De modo excepcional esta conversión está recogida en el Salmo 50 que la Iglesia proclama todos los viernes en su liturgia de las horas. Los ritos que el pueblo de Israel dedica a la petición de perdón (Num 16, 6-15; Jue 10,10-16; 1 Rey 8,33-40.46-51) están también cargados de llamadas a la penitencia y ayunos (Joel 1-2; Is 22,12) y estas prácticas penitenciales cobran más conciencia después de la cautividad (Esd 9,5-15; Dan 9,4-19…).
En el Nuevo Testamento, la llamada a la conversión está presente desde el comienzo de la proclamación de la buena nueva, como hemos visto al comentar la predicación de San Juan Bautista, que con ella preparó la venida del Mesías: "Yo soy la voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías. (Jn. 1, 23). Sus palabras eran claras y fuertes. San Lucas narra esta predicación y cómo animaba a compartir con los demás lo que se posee, a no exigir más de lo que marca la justicia en los negocios, a no ser violentos, ni denunciar falsamente a nadie (cfr. Lc. 3, 1-18) Para conseguir vivir sin pecado proponía el bautismo de agua y la penitencia. Sin embargo, siempre insistió en que estos medios eran insuficientes, pues él era sólo el precursor: "Yo os bautizo con agua para la penitencia; pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo. No soy digno de llevarle las sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era; reunirá su trigo en el granero, y la paja la quemará en un fuego inextinguible" (Mt. 3. 11-12). Cuando Jesús fue a bautizarse al Jordán, le dijo: "Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?" (Mt. 3, 14) Más adelante dirá de Jesús: "He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo" (Jn. 1, 29). Cuando sus discípulos le dejan para seguir a Jesús, se llenó de alegría, añadiendo: "Conviene que El crezca y yo disminuya" (Jn. 3, 30).
Ahora ya hemos vivido el Bautismo del Señor, sabemos en esta primera predicación de Jesús que todo comienza con la conversión: "se han cumplido los tiempos y se acerca el Reino de Dios; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc. 1, 15; cf. Mc 6, 12). Se trata de volver a nacer, "hacerse como niños" o "nacer de nuevo", como dirá a Nicodemo (cfr. Jn. 3, 4). Jesús recuerda los castigos si no se convierten: “Yo os digo que si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis” (Lc 13, 3-5; cf. Mt 11, 20-24; Lc 10, 13-16; 11, 29-32). Dentro de pocos días, al conmemorar el inicio de la Cuaresma, tendremos que volver sobre ello, y completar el cuadro.
*** Vemos también en este Evangelio dos de las características principales de la llamada de Jesús a los discípulos (en otros sitios correlativos veremos completados los aspectos). Hay que decir que no es la primera llamada, que leímos la semana pasada, sino otra más personal, para ser de los discípulos que le siguen más de cerca. Luego veremos también quizá otra llamada, la del colegio apostólico. No sé si hay dos o tres llamadas a los discípulos, por parte de Jesús, o bien si es la vida una continua llamada, en la que vemos algunos aspectos más relevantes como estos, cuando Jesús llama a algunos y estos le siguen. Seguiré un esquema desarrollado que leí (firmaba JJU):
a) La llamada es iniciativa de Jesús. No es encargada a una tercera persona, aunque haya mediaciones como la que vimos hace días de Felipe que busca Natanael. Ahora, la realiza personalmente el mismo Jesús en virtud de su poder mesiánico. A veces, alguno quiere seguirlo por propia iniciativa pero es invitado a tomar otro camino (cf. Mc 5,18-20): “No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo a vosotros”, dirá más tarde (Jn 15,16). Nadie se hace a sí mismo discípulo. Es Jesús el que los hace. El seguimiento no es conquista, sino un ser conquistado. Así lo experimentó Pablo: “No es que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo [a Cristo], habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús” (Fil 3,12). Por esta misma razón, la vocación al seguimiento culmina con la transformación existencial que da lugar a un nuevo yo: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).
Esta iniciativa por parte de Jesús es indicada en los Evangelios con tres verbos. Dos de ellos se refieren a lo que él hace: ‘pasa’ al lado de los que luego le seguirán y los ‘ve’. Entonces vemos la llamada explícita: Jesús les dijo: ‘Venid conmigo’, o simplemente, ‘sígue-me’. Como veremos en el Evangelio de mañana, esto causará estupor: está diciendo que sigamos no una doctrina, sino a Él. «Llamando». Después de ‘ver’ aparece la llamada explícita, que es también un mandato: “Venid conmigo”, “sígueme”. Estas expresiones indican la relación de cercanía y la intimidad con Jesús que deben caracterizar la vida del discípulo.

b) La llamada es personal. Jesús no llama a multitudes o grupos. Su llamada se dirige siempre a personas concretas, y su llamada es intransferible. Jesús se muestra en todo momento atento a las personas, incluso cuando tiene delante una muchedumbre: “A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba” (Lc 4,40). A lo largo de su ministerio público, Jesús llama y trata de manera distinta a personas distintas, especialmente a los apóstoles. La relación de Jesús con cada uno es diferente, y a cada uno dice cosas diferentes (Pedro, Juan, Natanael, Tomás, Judas, etc.).

B. Textos tomados de mercaba.org (2010). Durante las nueve primeras semanas del año hacemos la lectura continua del evangelio según san Marcos, el primero que se puso por escrito y el más corto de los evangelios. Los trece primeros versículos, que no leemos aquí, porque se leyeron durante los domingos precedentes, relatan muy brevemente la "predicación de Juan Bautista", "el bautismo de Jesús" y "el retiro preliminar de Jesús en el desierto, donde fue tentado"... Se podría decir, por tanto, que Marcos es el inventor de ese género literario tan provechoso que se llama «evangelio»: no es tanto historia, ni novela, sino «buena noticia». Pudo ser escrito en los años 60, o, si hacemos caso de los papiros descubiertos en el Qumran, incluso antes. Con un estilo sencillo, concreto y popular, Marcos va a ir haciendo pasar ante nuestros ojos los hechos y palabras de Jesús: con más relieve los hechos que las palabras. Marcos no nos aporta, por ejemplo, tantos discursos de Jesús como Mateo o tantas parábolas como Lucas. Le interesa más la persona que la doctrina. En sus páginas está presente Jesús, con su historia palpitante, sus reacciones, sus miradas, sus sentimientos de afecto o de ira. Lo que quiere Marcos, y lo dice desde el principio, es presentarnos «el evangelio de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios» (Mc 1,1). Hacia el final del libro pondrá en labios del centurión las mismas palabras: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). Además de leer cada año el evangelio de Marcos en los días feriales de estas nueve semanas, también lo proclamamos en los domingos de cada tres años: 1997, 2000, 2003... La página que escuchamos hoy nos narra el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea, que ocupará varios capítulos. En los versículos anteriores (Mc 1,1-13) nos hablaba de Juan el Precursor y del bautismo de Jesús en el Jordán. Son pasajes que leímos en el tiempo de Adviento y Navidad. El mensaje que Marcos pone en labios de Jesús es sencillo pero lleno de consecuencias: ha llegado la hora (en griego, «kairós»), las promesas del AT se empiezan a cumplir, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia: la Buena Noticia que tiene que cambiar nuestra actitud ante la vida. En seguida empieza ya a llamar a discípulos: hoy a cuatro, dos parejas de hermanos. El relato es bien escueto. Sólo aporta dos detalles: que es Jesús el que llama y que los llamados le siguen inmediatamente, formando ya un grupo en torno suyo.
Somos invitados a escuchar a Jesús, nuestro auténtico Maestro, a lo largo de todo el año, y a seguirle en su camino. Nuestro primer «evangelio de cabecera» en los días entre semana será Marcos. Es la escuela de Jesús, el Evangelizador verdadero. Somos invitados a «convertirnos», o sea, a ir aceptando en nuestras vidas la mentalidad de Jesús. Si creyéramos de veras, como aquellos cuatro discípulos, la Buena Noticia que Jesús nos anuncia también a nosotros, ¿no tendría que cambiar más nuestro estilo de vida? ¿no se nos tendría que notar que hemos encontrado al Maestro auténtico? «Convertíos y creed en la Buena Noticia». Convertirse significa cambiar, abandonar un camino y seguir el que debe ser, el de Jesús. El Miércoles de Ceniza escuchamos, mientras se nos impone la ceniza, la doble consigna de la conversión (porque somos polvo) y de la fe (creer en el evangelio de Jesús). El mensaje de Jesús es radical: no nos puede dejar indiferentes. «Lo dejaron todo y le siguieron». Buena disposición la de aquellos pescadores. A veces los lazos de parentesco (son hermanos) o sociales (los cuatro son pescadores) tienen también su influencia en la vocación y en el seguimiento. Luego irán madurando, pero ya desde ahora manifiestan una fe y una entrega muy meritorias. «Lo dejaron todo y le siguieron». No es un maestro que enseña sentado en su cátedra. Es un maestro que camina por delante. Sus discípulos no son tanto los que aprenden cosas de él, sino los que le siguen, los que caminan con él. Es más importante la persona que la doctrina. Marcos no nos revela tanto qué es lo que enseñaba Jesús -aunque también lo dirá- sino quién es Jesús y qué significa seguirle. «Convertíos y creed la Buena Noticia». «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron» (J. Aldazábal).
-Después que Juan fue preso, Jesús marchó a Galilea, predicando la "buena nueva" de Dios. Jesús humildemente sigue la predicación de Juan. Le ha dejado llegar hasta el final de su misión de precursor. A su desaparición, le llega a Jesús el turno de entrar en escena. ¿Sé yo dejar su lugar a los demás? Juan Bautista fue pues "detenido", y encarcelado. En esta situación dramática -la "buena nueva" es un estorbo y los portavoces de Dios son mal vistos- es cuando Jesús comienza: ya puede prever lo que le esperará dentro de algunos meses.
-Decía "Los tiempos se han cumplido... y el Reino de Dios está cerca... Arrepentíos... y creed en la "buena nueva..." Voy a meditar pausadamente sobre estas cuatro palabras. Jesús desde el principio se considera ser el término de todo el Antiguo Testamento. El tiempo fijado por Dios para cumplir sus promesas ha llegado. Una nueva era comienza. Abraham, Moisés, David, los Profetas... no eran más que una preparación: "Yo llego... cumplo... termino... Pretensión exorbitante. Se ha creído a veces poder soslayar la cuestión engorrosa que suscita la personalidad de Jesús, tratando de suprimir los milagros o de explicarlos humanamente. De hecho la conciencia que posee Jesús de su vinculación privilegiada con Dios está presente en todas las páginas del evangelio. Si se rehúsa admitir la divinidad de Jesús, no sólo se tendrán que romper algunas páginas molestas... toda la trama del evangelio quedaría rota.
"El Reino de Dios está cercano". Yo introduzco la humanidad en este reino. Es a partir de mí que este reino tan esperado va a comenzar por fin. "Convertíos". Cambiad de vida. Es urgente. "Creed en "la buena nueva." Sí, lo que acabo de deciros es bueno, ¡es una alegre nueva!
-Caminando a orillas del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés... Algo más allá vio a Santiago y a su hermano Juan... Marcos no intenta darnos una biografía real. Sabemos por el evangelio según san Juan que Jesús había ya encontrado esos mismos hombres a orillas del Jordán. Pero aquí Marcos quiere decirnos toda la importancia que, para Jesús, tienen los "discípulos". Todavía no hemos visto a Jesús ante las muchedumbres, ni ante personas precisas... Estamos sólo en el versículo 16 del evangelio... y he aquí que Jesús se rodea de cuatro hombres, que no van a dejarle más, y que veremos siempre a su alrededor. Son éstos más importantes para El que el entusiasmo de las gentes; es ya la Iglesia que se va preparando.
-Venid... Seguidme... Yo os haré pescadores de hombres. Decididamente, este joven "rabí" se impone de entrada. ¿Quién es para tener tales pretensiones y tales exigencias? Parece saber muy bien lo que quiere. Por el momento no será un "maestro" intelectual reuniendo auditores para ir pensando con El... No, hay que seguirle para una acción, hay que trabajar en su obra, hay que ayudar a salvar a la humanidad (Noel Quesson).
Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, nos ha propuesto un nuevo haz de misterios: los luminosos. Justamente estos misterios nos invitan a que no demos un salto mortal de los gozosos a los dolorosos. Nada de saltos; vayamos paso a paso recorriendo la historia vivida por Jesús desde Galilea hasta Jerusalén, recordando las palabras de Mateo: “País de Zabulón y de Neftalí, Galilea de los gentiles. A los que habitaban en tinieblas una luz les brilló”. Es bueno que nuestra contemplación se detenga en la claridad que irradia toda la manifestación de Jesús. Después de quedar deslumbrados por el fogonazo de la Navidad y antes de asomarnos a la tiniebla casi impenetrable del Gólgota y a la gloria del sepulcro vacío, acerquémonos a la luz amiga que nos llega desde las palabras del maestro, desde los milagros del carismático, desde las acciones simbólicas del profeta, desde las revelaciones del Hijo.
En realidad, tal es el camino que ha recorrido la cristología en los últimos decenios. Antes se tendía a pasar del estudio del misterio del Verbo encarnado al de la obra de la Redención, con algún interludio sobre la santidad, la ciencia y la conciencia de Jesús. Se sobrevolaba su ministerio. Sin embargo, para no caer en un mito extraño del Salvador necesitamos aferrarnos a la peripecia concreta vivida por Jesús. En ella se nos revelan los misterios del Reino, la misma verdad de Jesús y el rostro de Dios Padre. En el anuncio de la llegada del Señorío de Dios, en la llamada a la conversión, en la cercanía de Jesús a sufrientes y marginados, en la mesa compartida (“la esencia del cristianismo es comer juntos”, nos ha dicho un docto exégeta alemán), en el trato con las mujeres y los pequeños, y en tantas cosas más lo de Dios cobra un perfil concretísimo que nos liberará de falsas proyecciones. ¡Atentos, pues, a este tiempo ordinario y a su gracia cotidiana! (Pablo Largo: pldomizgil@hotmail.com).
Los primeros discípulos de Jesús no pertenecían a la clase sacerdotal que controlaba el templo, ni al grupo de los fariseos o letrados (devotos de turno o teólogos juristas), ni a los saduceos, que conforma­ban la aristocracia terrateniente. Provenían de Galilea, una región mal vista por la ortodoxia judía («Galilea de los gentiles» o de los paganos, la llamaban), llena de gente descreída y propensa a revoluciones desestabilizadoras del «orden establecido». A la «gente de bien» de entonces no les parecería el lugar más adecuado para elegir a los futuros «pescadores de personas». Jesús comienza llamando a dos parejas de hermanos, pues el reino de Dios o comunidad cristiana será una comunidad de iguales. Y los invita a seguirlo, para entregarles su Espíritu, como Elías invitó a Elíseo en el libro primero de los Reyes (Re 19,20s). Cuando reciban el Espíritu (el amor universal de Dios) quedarán capacitados para ser «pescadores de seres humanos», o lo que es igual, para llamar a to­dos, sin distinción de personas, a formar parte de la comunidad cristiana, que -hoy como ayer- debe ser una alternativa de sociedad o una sociedad alternati­va dentro de este viejo mundo que tiene por Dios al dinero. (J. Mateos-F. Camacho).
Una de las actitudes que han hecho que el cristianismo no haya llegado todavía a todos los corazones como es el deseo de Dios, es la indecisión en el seguimiento del Señor. Todos estamos muy ocupados con nuestras cosas y nuestros pensamientos. Y la verdad que lo que hacemos es importante, sin embargo cuando el Señor nos llama no hay lugar para las demoras, ni para las excusas. Y este llamado no es sólo al seguimiento apostólico, como sería el caso de los sacerdotes o religiosos o religiosas, es un llamado general para vivir con “prontitud” el mensaje del Evangelio: ¡Ven y sígueme! Será el mismo llamado para todos, apóstoles y seglares. A la voz del Maestro hay que dejarlo todo y ponerse en camino con él. Pedro , Andrés, Santiago y Juan dejaron “de inmediato” lo que estaban haciendo: Nosotros ¿cuándo? (Ernesto María Caro).
San Ireneo de Lión (hacia 130-208) obispo, teólogo y mártir, en Contra las herejías,4 14 habla de que Dios Los llama porque los ama, dice así: “El Padre nos recomienda vivir en seguimiento del Verbo, no porque tuviera necesidad de nuestro servicio sino para procurarnos la salvación. Porque, seguir al Salvador es tener parte en la salvación, como seguir a la luz es tener parte en la luz. No son los hombres que hacen resplandecer la luz sino que son ellos los iluminados, hechos resplandecientes por la luz. Los hombres nada pueden añadir a la luz, sino que la luz los ilumina y los enriquece.
Así es con el servicio que rendimos a Dios. Dios no tiene necesidad de nuestro servicio y nada le añade a su gloria. Pero aquellos que le sirven y le siguen reciben de Dios la vida, la incorruptibilidad y la gloria eterna. Si Dios invita a los hombres a vivir en su servicio es para poder otorgarnos sus beneficios, ya que él es bueno y misericordioso con todos. Dios no necesita nada; en cambio el hombre necesita de la comunión con Dios. La gloria del hombre consiste en que persevere en el servicio de Dios.
Por esto dijo el Señor a los apóstoles: “No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí a vosotros” (Jn 15,16). Con ello indica que no somos nosotros los que le glorificamos con nuestro servicio, sino que por haber seguido al Hijo de Dios, somos glorificados por él... Dios concede sus bienes a los que le sirven porque le sirven. Pero no recibe de ellos ningún beneficio ya que él es perfecto en si mismo y sin carencia de ninguna clase. Nos llama porque nos ama”.
Ha concluido la misión y el ministerio de Juan Bautista. Jesús inicia el anuncio del Evangelio. Él es el Evangelio viviente del Padre. Ante Él hay que aprender a confrontar la propia vida para dejar a un lado aquellas actitudes o criterios que nos impidan aceptarlo en nuestra existencia. Creer en el Evangelio significa aceptar a Jesús como el Enviado del Padre para liberarnos de nuestras esclavitudes al mal. Pero no basta con escuchar a Jesús y aceptar su salvación en nosotros. Debemos convertirnos en testigos suyos, uniéndonos a la misión que el Padre Dios le confió. Hay que echar las redes para pescar hombres para Dios; y si las redes están rotas hay que remendarlas para que queden preparadas para la pesca. Ante el seguimiento de Cristo no puede haber impedimentos de barcas o familia. Dios nos quiere con un amor hacia su Hijo muy por encima de la familia o de las cosas materiales. Quien siga esclavo de lo pasajero o de la familia podría llegar a utilizar la fe para negociar con ella. Y el Señor nos quiere leales a nuestro compromiso con Él, libres de intenciones torcidas en la proclamación de su santo Nombre (www.homiliacatolica.com).
Se acabó el tiempo de Navidad. Hoy añadimos: comenzamos el tiempo ordinario. El título del comentario de hoy no hace referencia a este hecho (aunque ciertamente es un alivio el volver a la vida común y saber qué día es domingo, lunes o viernes y no tener semanas con fin de semana entre medias). El verdadero alivio viene al escuchar a Jesús en el evangelio de hoy: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” e inmediatamente le siguieron. Podría haber dicho el Señor: “Apuntaros a unas clases de teología”, “leer mis obras completas”, “Voy a haceros un examen de aptitud”, “Seguro que no sois capaces de hacer esto o lo otro” o poner un anuncio en el “Jerusalem Press” buscando seguidores. Pero no, el Señor no hace nada de eso, predica públicamente y llama a los que quiere y los llama a seguirle y Él será su escuela, su vida su libro de texto, sus palabras el examen que les hará convertirse, el Espíritu Santo su maestro. Nuestra vida es ésta, seguir a Cristo. ¿A dónde? A donde nos lleve. Cada día es una apasionante aventura en la que caminamos siguiendo a Cristo. Tu casa, tu lugar de trabajo, la calle, el transporte público…, cualquier momento del día podemos vivir acompañados de Cristo que es el que nos ha llamado. Simón, Andrés, Santiago y Juan siguieron a Jesús, se marcharon con Él, sin imaginar por un momento qué sería de su vida y de su destino. Si nosotros entendemos el tiempo ordinario, la vida de cada día, como rutina aburrida es que no seguimos a Cristo, nos hemos quedado remendando las redes y sólo tendremos noticias lejanas de un tal Jesús que camina por el mundo predicando cosas que no entendemos demasiado. ¿Es posible que tú sigas hoy a Cristo?. Por supuesto, Dios no busca a los más capacitados, busca a todos, a ti también, si eres capaz de caminar tras de Él. Nos puede parecer que somos estériles como Ana y que otros se reirán de nosotros si vivimos siguiendo a Cristo o incluso se “ensañen con nosotros” como hacía Fenina. Podremos pensar que los frutos realmente importantes serán “producir” “consumir” “ser efectivos”… pero seguir a Cristo “vale más que diez hijos” y Dios que no nos deja de su mano nos hará dar fruto si somos fieles a encontrarle cada día en cada acontecimiento, en cada situación. Podrá parecerte que dejas atrás muchas cosas que el mundo te ofrece, pero estarás ganando el mundo entero al que puede dirigir hacia su creador y redentor. Mira una imagen de la Virgen que tengas cerca (un cuadro, una estampa, una medalla) y dile a María, nuestra madre: “Ayúdame a seguir a Jesús cada día, que no me distraiga de Él con tantas cosas, que aprenda a caminar detrás de Cristo en su Iglesia y a no dejar de preguntarme ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? y no deje de responderle: con mi vida fiel y humilde de seguidor de Cristo, de pescador de hombres” (Archimadrid).
Juan ha sido entregado. Jesús entregará su vida por nosotros; nadie se la quita, Él la entrega porque quiere y porque nos ama. Se retira a Galilea, desde donde subirá a Jerusalén, y de ahí a su glorificación a la diestra del Padre Dios. Toda su vida será un amor convertido en servicio, hecho cercanía a nosotros. Él conoce nuestros pecados y lo frágil de nuestra naturaleza; pero jamás ha dejado de amarnos. Él continúa llamándonos constantemente al arrepentimiento, pues su Reino debe anidar en nuestros corazones. No ha venido a buscarnos sólo para que de un modo esporádico estemos con Él. Él nos quiere tras sus huellas, hasta que lleguemos, junto con Él, a la Gloria del Padre. Se acerca a nosotros en nuestra propia realidad, pues desde ella hemos de darle una respuesta, y colaborar en la construcción de su Reino entre nosotros. A los que estaban pescando les indica que serán pescadores de hombres. A los que remiendan las redes los llama para que vayan con Él y colaboren en la restauración de la naturaleza que ha sido deteriorada por el pecado. Dios no nos separará de nuestras actividades diarias; sin embargo hemos de dar testimonio de Él, siendo constructores de su Reino, que es justicia y paz; y siendo constructores de una vida cada vez más fraterna, brotada del amor, en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia. Así, sin esclavitudes a lo pasajero, podremos decir que realmente vamos tras las huellas de Cristo trabajando para ganar a todos para Él, hasta que juntos y unidos a Él lleguemos a la posesión de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre.
El Señor nos ha llamado, pasando junto a nosotros, para que colaboremos en su proyecto de salvación. Él ha bajado hasta nuestras galileas, hasta nuestros dolores, sufrimientos, angustias, pobrezas y vejaciones. Él ha llegado hasta nosotros, porque nos ama y porque quiere anunciarnos la buena noticia del amor de Dios por nosotros. Él nos quiere santos, como Él es Santo, para que podamos permanecer con Él eternamente. Y para eso no sólo nos manifiesta su voluntad mediante su Palabra salvadora, sino que entrega su vida para el perdón de nuestros pecados, y para darnos nueva vida mediante su gloriosa resurrección y la participación de su Espíritu Santo. Este es el Misterio de comunión con el Señor que no sólo estamos celebrando, sino en el que participamos haciendo nuestra la vida y la misión del Hijo de Dios, convertido en el Verbo encarnado y redentor. Si en verdad lo amamos vayamos tras sus huellas, y colaboremos para hacer llegar su salvación hasta el último rincón de la tierra. Reconocemos que somos pecadores. Somos la Iglesia de Dios, que peregrina hacia la Patria eterna. Iglesia siempre necesitada de conversión y del perdón de Dios. Amados por Él; perdonados en su Hijo; llenos de su Espíritu Santo. No sólo hemos de ir tras las huellas de Cristo para llegar a ser santos como Dios es Santo. El seguimiento del Señor nos ha de identificar cada día más con Él, haciendo que su Palabra tome carne en nosotros; pero al mismo tiempo procurando convertirnos en testigos del amor del Padre en cualquier circunstancia en que se desarrolle nuestra vida, pues es ahí donde hemos de hacer un fuerte llamado a la conversión, de tal forma que seamos constructores de un mundo más justo, más en paz, más solidario y más fraterno. No podemos trabajar por la salvación de nuestro prójimo y continuar con las redes de maldad en nuestra mano. No podemos decir que realmente creemos en Cristo cuando continuamos destruyendo a nuestro prójimo, o cuando nosotros mismos nos convertimos en ocasión de pecado para él. Dios no sólo nos llama hijos suyos, sino que nos tiene como hijos suyos en verdad. Vivamos con lealtad ese amor que el Padre Dios nos ha tenido, de tal forma que, por medio de su Iglesia, su Hijo continúe hablando a toda la humanidad para caminar, junto con ella, a la posesión de los bienes definitivos (Homiliacatolica.com). Llucià Pou Sabaté

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