viernes, 15 de enero de 2010

Viernes de la 1ª semana de Tiempo Ordinario: Dios responde a nuestras peticiones, no nos deja solos… vemos hoy esos encuentros con Jesús misericordioso

Viernes de la 1ª semana de Tiempo Ordinario: Dios responde a nuestras peticiones, no nos deja solos… vemos hoy esos encuentros con Jesús misericordioso

 

Primer libro de Samuel 8,4-7.10-22a. En aquellos días, los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. Le dijeron: -«Mira, tú eres ya viejo, y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.» A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. El Señor le respondió: -«Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.» Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey: -«Éstos son los derechos del rey que os regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores burros y bueyes, se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. Y vosotros mismos seréis sus esclavos. Entonces gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.» El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió: -«No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en la guerra.» Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor. El Señor le respondió: -«Hazles caso y nómbrales un rey.»

 

Salmo 88,16-17.18-19. R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro; tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo y el Santo de Israel nuestro rey.

 

Texto del Evangelio (Mc 2,1-12): Entró de nuevo en Cafarnaum; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra.

Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?». Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate, toma tu camilla y anda" Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa"».

Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida».

 

Comentario: 1. 1S 8,4-7.10-22a: La escena de hoy es un momento crucial en la historia de Israel. Después de unos doscientos años bajo la guía de los Jueces, el pueblo pide un rey. Hasta entonces las doce tribus iban por su cuenta, no muy bien coordinadas. Ahora se dan cuenta de que les iría mejor, social y militarmente (en su lucha contra los filisteos), que hubiera una fuerza unificadora, tal como ven que tienen los pueblos vecinos. Y piden a Samuel un rey. Se ve en seguida -y se sigue viendo en toda la historia sucesiva- que a Samuel no le gusta nada la idea. Que no es nada «monárquico». Interpreta esta petición como una ofensa a Dios: ¿no les ha ayudado Dios hasta ahora? ¿es que se rebelan contra él? ¿van a olvidar sus incontables beneficios? ¿no es el Señor su rey? A pesar de que Dios le dice a Samuel que se lo conceda, éste muestra sus reticencias dirigiéndoles un discurso antimonárquico, con una lista de agravios que les esperan si eligen un rey: el rey se «absolutizará», no se sentirá mediador entre Dios y el pueblo, los tiranizará. Esta lista de agravios -que fue escrita ciertamente después, a partir de la experiencia de tantos reyes malos- en aquel momento no consigue convencer al pueblo. Quieren a toda costa «ser como los demás pueblos», lo que no deja de ser legítimo desde el punto de vista técnico y político. Pero Samuel teme con razón que quieran copiar otras cosas: las costumbres morales y la religión idolátrica. Ciertamente no se pueden negar las ventajas sociopolíticas y militares que la monarquía les aportó, si pensamos en reyes como David y Salomón. Como tampoco se puede ocultar la parte de razón de Samuel, si recordamos otros reyes caprichosos y tiránicos de la historia de Israel.

Monarquía o república o cualquier otro sistema político: todo puede ser bueno y malo. Lo importante, en cualquier régimen político, es buscar el bienestar de la comunidad siguiendo fielmente los valores de Dios. Los valores que nos ha propuesto ya en la Alianza del AT, pero sobre todo en la Alianza nueva en Jesucristo. Así será verdad lo de que «dichoso el pueblo que camina a la luz de tu rostro», como decimos en el salmo. Ciertamente el estilo de autoridad que nos enseñó Jesús a los cristianos es diferente de éste que teme Samuel y que por desgracia han podido experimentar todos los pueblos a lo largo de la historia. Jesús les dice a sus apóstoles que no hagan como los jefes de este mundo, que tiranizan y dominan, sino que entiendan la autoridad como un servicio. Imitándole a él, que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida por los demás. La consigna de «ser como los demás pueblos» puede tener aspectos legítimos, porque unos y otros podemos ayudarnos en aspectos políticos y económicos, y más si llegamos a una cooperación internacional que tiene en cuenta también a los más débiles. Pero seria una falsa consigna si «ser como los demás» fuera sinónimo de vivir como los no creyentes, de olvidar los caminos de Jesús, de absolutizar dioses falsos, de imitar las costumbres de la mayoría. Porque no siempre está la voluntad de Dios en la mayoría estadística ni en la moda ideológica del momento. Esto, que nos toca a todos los cristianos, de un modo particular puede ser aviso para los sacerdotes y religiosos, que han aceptado seguir a Cristo a partir de una llamada más radical de cumplimiento de su evangelio. Cuántas veces les dice Cristo a sus seguidores que estarán en el mundo, pero no deben ser del mundo.

La historia política de Israel llega a uno de sus virajes más importantes. Desde que entraron en la Tierra prometida, hasta aquí, las doce tribus han vivido sin necesidad de ningún gobierno central. Cada tribu posee su propia organización, elemental sin duda. Bajo el peso de algunas amenazas demasiado acentuadas de los vecinos, una tribu se une a otras de vez en cuando, ocasionalmente. Entonces, un jefe militar, un "Juez" consigue la confederación de dos o más tribus para la defensa común. Pero, con el tiempo, se considera muy precaria esa organización ocasional y se desea estar tan armados como los pueblos vecinos tanto política como militarmente.

-Se reunieron todos los ancianos de Israel y fueron a ver a Samuel. La reunión de los ancianos. Su deliberación. Su decisión. También el hombre moderno pasa mucho tiempo en «reuniones». Se habla mucho de «concertación». Todo ello forma parte de la naturaleza del hombre, ser social, destinado a vivir «con los demás». Los niveles de concertación incluso se han agrandado considerablemente. El hombre que quiere vivir «solo» o cuyo nivel de participación es muy elemental, corre el riesgo de quedar envuelto por influencias lejanas. Desde mi Fe y bajo la mirada de Dios, reflexiono sobre esta evolución de la sociedad humana. En tiempo de Samuel, se trataba de pasar de la «tribu» demasiado pequeña, a la «nación». ¿Cuál es mi grado de participación a la vida de la sociedad?, ¿a la vida de la Iglesia?

-«Ponnos un rey para que nos juzgue y gobierne, como todas las naciones.» El argumento principal es pues, "ser como las demás naciones". Es una reacción sana, en el fondo: a problemas nuevos, estructuras nuevas. Dios nos ha dado la inteligencia para «dominar la tierra y someterla». Parece que hay una cierta pereza a remodelar pura y simplemente las soluciones del pasado. Es una tentación constante de todas las organizaciones y de la misma Iglesia: no inventar más, estancarse, permanecer inadaptado a las nuevas circunstancias. Esto es también verdad de mi propia vida humana, profesional, familiar: quien no avanza, retrocede y está muy cerca de quedar vencido. Es también verdad de mi vida espiritual: quien se deja invadir por la rutina, por el sueño, está muy próximo a abandonar.

-Disgustó a Samuel que dijeran: "Danos un rey"... e invocó al Señor. Pero el Señor dijo a Samuel: «Haz caso a todo lo que el pueblo te dice, porque no te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, porque no quieren que reine sobre ellos.» Se manifiesta ya la divergencia de opción política. El pueblo y los ancianos piden una monarquía... pero el profeta Samuel no está de acuerdo. Y lleva a la oración este asunto. Y he ahí que Dios está de acuerdo con el profeta y, a la vez, con el pueblo: «haz lo que te pide». Efectivamente, las cosas políticas son complejas. Por un lado es verdad que el pueblo de Dios es «un pueblo aparte». Y el hecho de pedir un rey, parece un retroceso: hasta aquí Dios era quien gobernaba directamente ese pueblo. Y el profeta está molesto, disgustado. Por otro lado también es verdad que el pueblo de Dios es un pueblo humano y regido por las mismas leyes de todas las sociedades humanas: quieren llegar a ser como «las demás naciones». Al concederles con cierto disgusto la monarquía, Samuel les anuncia, por adelantado, todos los inconvenientes del sistema: el fuero del rey les oprimirá. Ayúdanos, Señor, a ver claro en nuestras situaciones ambiguas (Noel Quesson).

En nuestra lectura de la palabra de Dios representa un gran peligro lo que podríamos llamar «comer a la carta», o sea, llegarnos a la Biblia sumidos en nuestros prejuicios y fijarnos solamente en aquellos pasajes que parecen corroborar nuestra ideología o nuestros intereses. Esa instrumentalización de los textos sagrados es especialmente peligrosa en el campo de la política. El famoso obispo y predicador francés Bossuet había escrito con absoluta buena fe un libro que tituló "Política sacada de la Sagrada Escritura", el cual, por más que estuviera relleno de citas bíblicas, en el fondo se inspiraba en Hobbes y otros pensadores de su tiempo, que le llevaban a justificar teológicamente la monarquía absoluta de Luis XIV. Y podríamos mencionar todavía ejemplos más recientes y más cercanos de la manipulación de la palabra de Dios a favor de determinadas ideas políticas, económicas o sociales. Las lecturas de estos días sobre la aparición de la monarquía en Israel nos pueden vacunar contra esa enfermedad de nuestra religión al darnos cuenta de que el redactor de los libros de Samuel recogió intencionadamente en su trama narrativa documentos procedentes de ambientes que juzgaban distintamente la institución monárquica. El Espíritu Santo es pluralista. Los textos de hoy (lunes) y los del jueves próximo pertenecen a la versión llamada «antimonárquica», según la cual el deseo de Israel de tener un rey "como todos los pueblos" (8,5) es una especie de infidelidad a la que Yahvé y Samuel acceden de mal grado; las lecturas de martes y miércoles, sin embargo, corresponden a la versión «monárquica», que, si no fuese completada por la anterior, nos llevaría a creer que la iniciativa fue puramente de Dios. No podemos quedarnos con una sola de las dos versiones. Ni tampoco limitarnos a subrayar la contradicción y caer en el escepticismo tanto en lo que se refiere al deseo legítimo de conocer algo del origen histórico de la monarquía en el pueblo escogido como por el interés de extraer de ello alguna consecuencia en relación con la sociedad en que vivimos. Y la conclusión más importante y general que debemos sacar es seguramente la complejidad del fenómeno político y la ambigüedad de su relación con el reino de Dios.

Mañana veremos cómo sale Dios al encuentro de las necesidades y aspiraciones de su pueblo y, por medio del profeta Samuel, le otorga un rey. La lectura de hoy nos muestra cómo, a pesar de todo la monarquía de Israel no debe ser como la de «los demás pueblos»: unos reyes déspotas que además pretenden divinizarse. Dios quería para su pueblo una convivencia fraterna y unos gobernantes al servicio de sus hermanos. Los inconvenientes de la monarquía, descritos en el capítulo 8,10-22, son los que se daban en las ciudades cananeas y que, de hecho, hallaremos asimismo en los tiempos de Salomón (H. Raguer).

 

2. Sal. 88. Dios siempre está con nosotros. Pareciera que a veces nuestros enemigos nos cobraran ventaja. Sin embargo, al igual que en Cristo, en nosotros la muerte no tiene la última Palabra. Dios siempre estará de nuestra parte y hará que, junto con Cristo, nos levantemos victoriosos sobre el pecado y la muerte. Por eso, quienes hemos puesto nuestra fe en Dios y caminamos a su luz nos sentimos confiados en el Señor como niños recién alimentados en brazos de su madre. Dios es nuestro honor y nuestra fuerza; Él es nuestro escudo y nuestro Rey ¿a quien vamos a tenerle miedo? ¿quién podrá hacernos temblar? Si Dios está con nosotros ¿quién estará en contra nuestra? ¿quién podrá vencernos? Confiemos en el Señor y dejémonos guiar por su Espíritu Santo.

Nunca faltará materia de gozo (v 16). Así también los que se regocijan en Jesucristo siempre tienen bastante para contrarrestar las penas y aflicciones; por consiguiente, su gozo es completo (1 Jn 1,4). Su relación con Dios es su mayor honor y dignidad (v 16b): «Y en tu justicia será enaltecido, es decir, la alta posición de Israel se debe al cumplimiento del pacto que Dios ha hecho con su pueblo.» No se debe esto a la fuerza ni al mérito de Israel, sino al favor y a la buena voluntad de Dios (v 17). Nótese cómo el salmista cambia súbitamente de persona («su... nuestro»), para incluirse a sí mismo como miembro de una nación que disfruta de tal bendición. La expresión (lit.): «nuestro cuerno es exaltado» tiene aquí el sentido, según Cohén, de levantar retadoramente la cabeza enfrente de sus enemigos.

Su relación con Dios es también su protección y seguridad (v 17):

«Porque de Yahweh es nuestro escudo (el rey, comp. con 84,9) v del Santo de Israel es nuestro rey» (lit. Comp. 71,22). Si el poder procede de Dios,también procederá de Él la protección de su pueblo. ¿Quién podrá, entonces, hacernos daño?

Ya había mencionado antes el salmista el pacto que había hecho Dios con David y su descendencia (vv 3,4); pero ahora vuelve a ampliar el mismo tema. Ciertamente apunta a Cristo, pues en Él se cumplió mejor que en David. Los consuelos de nuestra redención fluyen del pacto de la redención; todas nuestras fuentes están ahí (Is 55,3). «Os daré las misericordiosas y fieles promesas hechas a David» (Hch 13,34).

La seguridad que tenemos de la verdad de la promesa, lo cual puede animarnos a construir sobre ella (v 19): «Entonces hablaste en visión a tus santos» (lit. a tus devotos). La promesa a David, a la cual se alude aquí, fue dada en visión a Natán el profeta (2 S 7,12-17), y fue otorgada a David con juramento (v 35). Eso fue ya suficiente; no necesitó jurar dos veces, como lo hizo David (1 S 20,17), puesto que su palabra y su juramento son dos cosas inmutables (He 6,17,18).

La elección de la persona a la que es otorgada la promesa (vv 19,20). David era el rey según la elección de Dios, lo mismo que Cristo, por lo que ambos son llamados reyes de Dios (2,6). David era poderoso. Dios le enalteció y ordenó a Samuel que le ungiese. Pero esto se aplica mejor a Cristo, pues: 1. Él es poderoso, capaz de efectuar una salvación completa. 2. Como David, también Él fue escogido del pueblo (v 19c), pues participó de nuestra carne y de nuestra sangre (He 2,14). 3. Dios lo ha hallado; es decir, es un salvador provisto por Dios (Jn 3,16).

 

3. Es simpático y lleno de intención teológica el episodio del paralítico a quien le bajan por un boquete en el tejado y a quien Jesús cura y perdona. Es de admirar, ante todo, la fe y la amabilidad de los que echan una mano al enfermo y le llevan ante Jesús, sin desanimarse ante la dificultad de la empresa. A esta fe responde la acogida de Jesús y su prontitud en curarle y también en perdonarle. Le da una doble salud: la corporal y la espiritual. Así aparece como el que cura el mal en su manifestación exterior y también en su raíz interior. A eso ha venido el Mestas: a perdonar. Cristo ataca el mal en sus propias raíces. La reacción de los presentes es variada. Unos quedan atónitos y dan gloria a Dios. Otros no: ya empiezan las contradicciones. Es la primera vez, en el evangelio de Marcos, que los letrados se oponen a Jesús. Se escandalizan de que alguien diga que puede perdonar los pecados, si no es Dios. Y como no pueden aceptar la divinidad de Jesús, en cierto modo es lógica su oposición. Marcos va a contarnos a partir de hoy cinco escenas de controversia de Jesús con los fariseos: no tanto porque sucedieran seguidas, sino agrupadas por él con una intención catequética.

Lo primero que tendríamos que aplicarnos es la iniciativa de los que llevaron al enfermo ante Jesús. ¿A quién ayudamos nosotros? ¿a quién llevamos para que se encuentre con Jesús y le libere de su enfermedad, sea cual sea? ¿o nos desentendemos, con la excusa de que no es nuestro problema, o que es difícil de resolver? Además, nos tenemos que alegrar de que también a nosotros Cristo nos quiere curar de todos nuestros males, sobre todo del pecado, que está en la raíz de todo mal. La afirmación categórica de que «el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados» tiene ahora su continuidad y su expresión sacramental en el sacramento de la Reconciliación. Por mediación de la Iglesia, a la que él ha encomendado este perdón, es él mismo, Cristo, lleno de misericordia, como en el caso del paralítico, quien sigue ejercitando su misión de perdonar. Tendríamos que mirar a este sacramento con alegría. No nos gusta confesar nuestras culpas. En el fondo, no nos gusta convertirnos. Pero aquí tenemos el más gozoso de los dones de Dios, su perdón y su paz. ¿En qué personaje de la escena nos sentimos retratados? ¿en el enfermo que acude confiado a Jesús, el perdonador? ¿en las buenas personas que saben ayudar a los demás? ¿en los escribas que, cómodamente sentados, sin echar una mano para colaborar, sí son rápidos en criticar a Jesús por todo lo que hace y dice? ¿o en el mismo Jesús, que tiene buen corazón y libera del mal al que lo necesita? (J. Aldazábal).

*Cuatro hombres audaces llevan a un paralítico ante Jesús, tal era la dificultad para acercarse, que bajan la camilla por el techo... y abierto el techo, le descolgaron con la camilla al medio, delante de Jesús (cuenta también el pasaje paralelo de Lucas 5, 17-19). Cuenta J. A. González Lobato, como queriendo meterse dentro de la escena: "Hemos logrado, a pesar del gentío, introducirnos en la casa, junto a Pedro, muy cerca del Señor. Muchos, por no caber dentro, se han quedado fuera. Como nosotros tantas veces. Se oye el murmullo, que crece por momentos, de la gente que llega en oleadas cada vez más numerosas. Se contentan con la esperanza de ver a Jesús cuando salgamos. O de tocar su túnica al pasar. Jesús está enseñando.

No faltan, sentados también muy cerca de Él, varios fariseos y doctores de la ley, que habían venido de todos los lugares... ¡Qué lástima nos dan! Son los que lo saben todo, los que critican siempre. Se empeñan en mantenerse en esa postura frente a Jesús, y no quieren cambiar. Examinan nuestro grupo, y escuchan la palabra del Señor buscando sólo qué censurar. ¡Qué distinta disposición espiritual la de estas gentes sencillas que nos rodean dentro de la sala, la de ese cartero enfermo, que no pide siquiera su curación; la de esos pobres padres de una sirvienta, que venden su borriquillo para ayudar con su importe a los gastos apostólicos; la de esa mujer que presenta su hijo niño aún, para que se una a nosotros y siga al Señor!

La placita del pueblo está llena de gente. Una vez más se aprietan unos a otros, porque todos quieren ser los primeros. Por las calles adjuntas se derraman, sin querer, los que sobran.

Mientras tanto, cuatro hombres audaces, con fe en el Señor, traen a un paralítico para que lo cure. Y hacen diligencia para meterlo dentro y ponerle delante. Ni siquiera pueden entrar en la plaza. Luchan, forcejean, procuran abrirse paso; pero nadie cede su puesto. Se encuentran como con un muro impenetrable.

Ese mundo bueno -mundo que quiere ver a Cristo- les impide el camino. Pero no se dan por vencidos. Se van por otras calles, llevando consigo al enfermo. Hasta alcanzar por detrás la casa donde estamos con el Señor. Logran poner pie en la escalera, por la que se sube al terrado.

Escuchamos sus pasos en el techo. Jesús sigue hablando. Demasiado sabe Él lo que está ocurriendo. Después, comienzan a dar golpes. Todos miramos hacia arriba: están perforando el terrado.

El Señor no se inmuta. Caen trozos de barro seco, a pesar del cuidado de quienes lo hacen. Por fin se ve, por la abertura, el cielo.

Luz y sombras de los que trabajan encima. Manos afanosas. Jesús sigue hablando.

Pero todos miramos al boquete descubierto, que se hace más y más grande. Trabajan de rodillas, se ven sus rostros. Con cuerdas descuelgan la camilla, que forma un fardo común con el cuerpo muerto de aquel hombre vivo. Y así, lo colocan delante del Señor. Todos guardamos silencio.

El Señor suspende su enseñanza. Mira al hombre paralítico y le sonríe. Los ojos del hombre, que está ahí, en el suelo, se avivan. Los cuatro audaces se han quedado en el techo. Sus cuatro caras pegadas miran respetuosas y atentas. No dicen nada. El Señor también les mira a ellos. Quisieran esconderse, no pueden. La humildad brota en sus semblantes. Y también les sonríe.

Con Jesús volvemos nuestra mirada al paralítico. Parece como si toda su vida se agolpara en sus ojos: miran llenos de esperanza. La compasión divina se posa en esa esperanza. Vuelven a avivarse los ojos del hombre. La Misericordia infinita y la miseria ínfima, frente a frente. Y en la sala, un silencio impresionante.

-Tus pecados te son perdonados.

Los escribas y los fariseos se remueven en sus asientos: están pensando mal. Jesús quita sus ojos del enfermo para encararse con ellos, más miserables que el paralítico, por ignorar su miseria.

-¿Qué es lo que andáis revolviendo en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda ...?

La figura de Jesús está erguida, serena, dominando el ambiente. Misericordiosa y protectora para el humilde caído, desafiante y acusadora para la soberbia engreída.

Los aludidos bajan los ojos y enmudecen. Sus cabezas se inclinan.

El Señor les sigue hablando, pero ellos no oyen ya, turbados de vergüenza... Cuando han sentido alivio, porque los ojos de Jesús han vuelto a posarse sobre los que le miraban con silenciosa esperanza, logran levantar los suyos.

-¡Levántate!.. . Carga con tu camilla y vete a tu casa.

Jesús al momento mira a los cuatro del tejado, y nosotros con Él. Como que es este milagro un premio a su fe callada y operativa. Y por mirar arriba no observamos cómo fueron los primeros movimientos del hombre curado. Nos sorprende, ya de pie, levantando su camilla. Por el pasmo, todos los ojos se agrandan más y más.

Es que no nos acostumbramos a los milagros: nos sorprenden siempre.

Y el que había sido paralítico obedece, y sale lleno de gozo, dando gloria a Dios. Desde dentro escuchamos el clamor de las gentes en la plaza. Se sorprendieron al ver la obra de Dios, realizada a pesar de ellos.

Salió el hombre de aquella casa por donde no entró. Y volvió a su hogar por un camino que no había andado, a vista de todo el mundo, de forma que todos estaban pasmados y dando gloria a Dios, decían: Jamás habíamos visto cosa semejante.

¿Quiénes serían aquellos que vimos por última vez en la brecha del techo?

Hemos aprendido de ellos, confirmándolo el Señor, que la audacia debe llevarnos a poner por obra lo que nos enseña la fe. Que no hay dificultad para los hombres de Dios.

A un hombre así, que vive conmigo, le encomendaron una misión dificilísima, llevada ya a cabo felizmente, porque entendía algo de aquella cuestión, «y porque era lo suficientemente lanzado como para no darse cuenta que era imposible»".

Desde hace muchos años, este es un pasaje de los evangelios a través del cual me siento directamente interpelada por Jesús. Sus palabras son directas y claras para mí, así las oigo: "Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y echa a andar" Sin embargo, no siempre mi corazón es todo oídos a esas palabras. Muchas veces me cuesta ponerme delante del Señor y pedirle que me levante de la cama en la que estoy postrada. Gracias a su infinito amor, tengo hermanas y hermanos en Cristo que, como a este paralítico, me llevan cargada en dicha camilla y me ponen frente a él. Ese ponerse delante de Jesús no es tarea fácil. Requiere de mucha fe, confianza y amor a Él. Muchas cosas me lo impiden. En algunos momentos estoy tan acostumbrada a la camilla que me da miedo salir de ella. ¿Qué haría yo de pie? ¿Qué haría si pudiera andar? Levantarse de la camilla es un acto de confianza en Dios que debemos renovar cada día. Saber que desde ese momento en adelante, él tendrá el control de nuestras vidas nos aterra. Nuestra condición humana lucha contra ello. Queremos nosotros controlar, por eso preferimos quedarnos en la camilla. En algunas ocasiones pensamos que es mucho más fácil lidiar con el dolor que sobrellevamos, que con la felicidad que nos tiene preparada nuestro Dios, por eso preferimos quedarnos postrados.

Señor, permíteme que día a día pueda renovar ni confianza en ti. Renovar delante de ti, día a día mi decisión de ponerme delante de ti y echar a andar. Quiero dar gracias por tantas hermanas y hermanos quienes día a día, aunque sea con una sencilla oración, toman mi camilla y la ponen delante ti (Miosotis).

** Seguimos hoy con las expresiones de la misericordia divina, encarnada en Jesús. Como ayer, si hoy nos parecen tiempos difíciles de pasar, Cristo viene en nuestra ayuda y nos conforta... Dios contempla a la humanidad en su miseria, agitada por sus deseos y preocupaciones de este mundo que causan la muerte del alma. Por eso viene el Señor como médico, para traernos el remedio. Y si hay parálisis, incapacidad de ir hacia Él, promueve el Señor apóstoles para ser instrumentos suyos, para llevarle las almas a sus pies, gente con fe, para llevar las almas a escuchar el mensaje divino, que da el encuentro con Cristo especialmente en los sacramentos, y ese encuentro produce la curación.

A veces es parálisis mental, de no entender los planes de Dios, de ver en "hacer la voluntad de Dios" algo arduo y sin libertad, cuando precisamente es dejarse querer por Él, ensanchar nuestro corazón, y al escuchar su voz descubrir que es fuente de libertad, de felicidad, y comunicarla, hacerla realidad en el mundo que nos ha tocado vivir. Cuando hay motivaciones profundas, es más fácil llevar adelante las cosas, y ese núcleo de la respuesta cristiana que es el "hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas" ya no se ve obedecer algo externo y como impuesto, sino que responde a una motivación interior, que conduce a la oración, a frecuentar la Eucaristía. Porque sería una forma de parálisis limitar la vida cristiana a cumplir unos cuantos ritos. Conduce a buscar la formación –las "piedras grandes", decíamos en el anterior pasaje- y alimentación para el alma. Muchas veces la acción social, que hoy vemos en formas de voluntariado, es un primer paso para luego ir a la fuente del amor en Dios, y llevar de esa agua viva a los demás, como vemos en la escena de hoy.

¿Qué iba a buscar esa gente que se aglomeró entorno a Jesús? ¿Y los escribas? ¿Hasta dónde llegaba la esperanza de los amigos del paralítico que montaron aquel espectáculo de quitar el techo para poner a su amigo ante Jesús? Marcos pretende clarificar la misión de Jesús, que primero perdona los pecados a aquel hombre. Es siempre la conversión, que va unida al Amor misericordioso de Dios, es decir el camino del perdón va unido al de la aceptación de ese amor. Jesús sanó a aquel paralítico; tal vez está sanando nuestras parálisis cuando nos atrevemos a cambiar de actitud, tenemos fuerzas para escuchar a quien lo necesita, y trabajar con honestidad, etc.

Muchas veces pensamos que Dios es como una cosa mágica, y rezamos para que "nos haga" el milagro: aprobar un examen, conseguir algo deseado... pero Jesús, que nos quiere dar lo que nos conviene para nuestro bien (que no siempre es lo que pedimos, quizá lo bueno para nosotros será aquello pero de otro modo), pero antes quiere curar nuestro corazón de sus "parálisis". A veces la vida cristiana no va como hace un tiempo, pues cuando uno es niño es fácil rezar, pero después es difícil continuar, puede haber largos períodos de alejamiento hasta que un día... quizá son amigos, como los de la escena de hoy, que nos llevan a la relación con la fe, y entonces de golpe vemos que Dios ha estado siempre allí, en sus vidas. Ante esas luces imprevistas, gozosas que llenan aquel vacío interior que antes había, la presencia de Dios está llena de entusiasmo y alegría; y es bueno que sea así, y gozar esos momentos. No importa si luego cuesta otra vez, será cuestión de amar de un modo más maduro, como decía san Josemaría: "La conversión es cosa de un instante. -La santificación es obra de toda la vida" (Camino, 285). La alegría del paralítico perdonado y curado es doble: luego puede costar volver a lo de cada día. Recuerdo una persona que tenía cáncer de pierna, y en el hospital, cuando estaba prácticamente desahuciado, encontró en el sufrimiento –y la ayuda de una enfermera, que para él fue un ángel- al Señor. Volvió feliz a los sacramentos, revisó su vida de "yuppie", empresario centrado en conseguir más dinero, y vio que aquello no era vida, encontró a Jesús y la alegría de la fe. La ceremonia de la unción de los enfermos fue muy emocionante. Luego, también vino la curación física, y volvió al trabajo... al cabo de un tiempo, vino a verme: "estaba mejor enfermo, he vuelto a perderme en la vorágine del día a día y no estoy feliz"... es esa re-conversión diaria, la que más cuenta: aunque sean diez minutos, de oración, de conversar con Dios, y eso en el día a día no es nada fácil. Si un día decidimos rezar el Rosario, vemos que es algo precioso, pero seguir rezándolo... requiere tenacidad. La presencia de Dios también se consigue con pequeñas jaculatorias, que nos dan un tono de paz que ilumina nuestro día, entre las actividades que nos llenan, y no digamos la atención a la familia, que es punto central en el que vale la pena poner toda la atención. Y lo mismo leer el Evangelio, y "meternos" ahí, como un personaje más. Algunas prácticas de piedad mariana son bien sencillas, como rezar el Ángelus al mediodía, o las tres Avemarías por la noche. También bendecir la mesa, o bien ofrecer el día a Dios por la mañana. Pero también es muy útil leer algún libro espiritual, pues es ha hecho muchos santos; como un breve examen de conciencia al acostarnos.

*** Pero, entre todos los medios que tenemos para nuestro caminar, el Evangelio de hoy nos recuerda que cuando nuestra debilidad o falta de voluntad nos venza, acerquémonos a Jesús en el sacramento de la reconciliación, y procuremos llevar a otros, que es la imagen de llevar la camilla. Esta semana del Bautismo del Señor, que nos recuerda el nuestro, es muy apropiada para profundizar en la filiación divina, que con el Bautismo recibimos. Y esa fuerza se renueva con la consideración, que tenemos en el rezo del Padrenuestro: por lo cual, vosotros, santos hermanos, partícipes de la vocación celestial, considerad esa vocación vuestra (Hebr 1, 3; cfr. 1 Cor 1, 26): vocación a hijos de Dios por los méritos de la sangre de Cristo, que ha de completarse por la vida como hijos de Dios. "Yo os acogeré, y seré yo vuestro Padre, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas, dice el Señor todopoderoso" (2 Cor 6, 18). Santo Tomás comenta el sentido de la expresión "seréis mis hijos", diciendo que, por el progreso que alcanza el hombre llevado por el Espíritu Santo (Eph 3, 16), el hombre alcanza la perfección; pues el mismo Dios que da la vida espiritual da también el incremento y, puesto que el arquetipo de todos los regenerados es el hermano mayor Jesucristo (Rom 8, 29), el pleno desarrollo o el vigor de la edad consiste en alcanzar la estatura de Cristo. Tal es el ideal al que estamos llamados, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del hijo de Dios, al varón perfecto, a la edad perfecta de la plenitud de Cristo (Eph 4, 13), quien transformará nuestro vil cuerpo, y le hará conforme al suyo glorioso (Phil 3, 4).

Dentro de un brevísimo tiempo vendrá aquel que ha de venir, y no tardará. Entretanto el justo vivirá por la fe (Hebr 10, 37-38). Así como el cuerpo tiene vida por el alma, en la vida del espíritu lo que primero une el alma con Dios es la fe; pero si desertare -a saber, de la justicia y de la fe- no será agradable a mi alma (Hebr 10, 38), es decir, a la voluntad de Dios, que ha de ser la regla de nuestras acciones; mas nosotros no somos de los hijos de desertan para perderse, sino de los fieles para poner a salvo el alma (Hebr 10, 39). Se dice que es hijo de alguien quien está sujeto a su señorío, y nosotros no queremos ser hijos de la perdición (cfr. Ps 72, 26; Ps 1, 6) sino hijos de Dios, renacidos en Cristo por la fe para salvación del alma. Igual que el bautismo nos abre las puertas de los sacramentos de la fe, los demás sacramentos de la iniciación cristiana nos llevan a participar del misterio Pascual de Cristo: en la Eucaristía tiene el ápice la vida cristiana, cuando se participa del sacrificio del Calvario, Jesucristo se ofrece a Dios Padre y nosotros con Él. Es la actualización del misterio pascual, participación de Cristo de un modo altísimo e inefable, como alimento y perfección de esta unión que es tan importante para la filiación divina y en grado superior a la unión que normalmente existe en lo humano por la filiación. La unión del que engendra con su hijo es semejanza y transmisión de fuerza, pero la unión de este alimento es sustancial. Todos los sacramentos están así dirigidos a la Eucaristía, como principio de unidad del Cuerpo de Cristo, de vida espiritual. Es donde se lleva a la perfección la incorporación a Cristo obtenida en el bautismo. Por último, por la Penitencia volvemos a la casa del Padre (cf. Lc 15). «En la vida del cuerpo sucede a veces que uno enferma, y si no se le administra la medicina convenientemente, muere. En la vida del espíritu se enferma por el pecado, y es necesaria también una medicina para recobrar la salud. Este remedio es la gracia que se recibe en el sacramento de la penitencia». La penitencia se convierte en una actualización del bautismo.

El ministerio de la reconciliación es una maravilla: Dios perdona siempre, incluso antes que le pidamos perdón, (Cf. Is 43, 22-28) sale a nuestro encuentro y nos lo ofrece con abundancia y nos da facilidades para que busquemos y aceptemos ese amor, como leo en un documento litúrgico: Entre los muchos caminos por los que Dios pudo haber ofrecido la salvación al hombre, quiso hacerlo por su Hijo, Jesús nuestro Señor, que se encarnó e hizo historia con nosotros los humanos. Historia de amor y perdón, que se prolonga a través de su Iglesia; salvación encarnada, que se comunica a los hombres por un proceso visible y sacramental. Dice el Vaticano II: "Los que se acercan al sacramento de la penitencia abstienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones".

Sólo Dios puede perdonarnos, como se recuerda hoy en el Evangelio: ante la afirmación llamativa de Jesús, que dice a un paralítico: "hijo, tus pecados te son perdonados", los oyentes sorprendidos pensaron: "¡éste blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?". En el pecado el ofendido es el mismo Dios amor, aunque va unido esto a que el pecado nos hiere y nos daña por dentro. Pues esta herida sólo Dios puede sanarla, ahí está unido el poder infinito y su amor misericordioso. Y es lo que Jesús dice al perdonar: "pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados; miró al paralítico y le dijo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".

Todos estos milagros fueron realmente convenientes para manifestar que Jesús para esto vino al mundo, para salvar a los hombres: Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él (Jn 3,17). Muchos de estos milagros los hace el Señor por modo imperativo, dice M. de la Fuente, con una sola palabra (quiero; sé limpio; levántate) y, a veces, a distancia del beneficiado (como la curación del hijo del centurión, o la hija de la cananea). Otras veces, en cambio, hacía alguna cosa más que la simple palabra, como tocar a los enfermos, mojarles los ojos con saliva, etc. E incluso en alguna oportunidad no curó instantáneamente sino por grados, como al cieguito de Betsaida que fue viendo de a poco (cf. Mc 8,22-26) o los leprosos que quedan curados de camino a presentarse ante los sacerdotes (cf. Lc 17,14). Santo Tomás opina, además, que a los milagros corporales acompañaba siempre el perdón de los pecados a los beneficiados, aunque no siempre lo dijera externamente: "Como hemos dicho, Cristo hacía los milagros con el poder divino, y las obras de Dios son perfectas, según leemos en el Deuteronomio (32,4), y nada hay perfecto si no consigue su fin. Pues bien, el fin de la curación exterior realizada por Cristo es la curación del alma. Por eso no convenía que Cristo curase a nadie en el cuerpo sin que le curase también el alma. Por lo cual, comentando San Agustín aquellas palabras de Cristo: He curado del todo a un hombre en sábado (Jn 7,23), dice: 'Porque le curó para que fuese sano en el cuerpo, y creyó para que fuese sano en su alma'. Expresamente le dijo al paralítico: Tus pecados te son perdonados (Mt 9,2), porque, como dice San Jerónimo, 'con esto se nos da a entender que los pecados son la causa de la mayor parte de las enfermedades, y tal vez por esto se perdonan primero los pecados, para que, quitada la causa de la enfermedad, fuese restituida la salud'. Por eso leemos en San Juan (a propósito del otro paralítico de la piscina): No vuelvas a pecar, no sea que te suceda algo peor (Jn 5,14). Sobre lo cual dijo San Juan Crisóstomo: 'Por aquí se ve que la enfermedad provenía del pecado'. Sin embargo, según observa el mismo Crisóstomo, 'tanto como el alma es de mayor valor que el cuerpo, tanto el perdonar los pecados es más que salvar el cuerpo; mas, porque aquello no aparece al exterior, hace lo que es menos, pero que es manifiesto, para demostrar lo más, que no es manifiesto".

CUANDO SE TE CIERRAN TODAS LAS PUERTAS SIEMPRE QUEDA UN HUECO POR EL TEJADO. Tal es el mensaje del evangelio de hoy. Vamos por partes. Jesús entra en una casa. Todos se agolpan para escuchar su palabra. Mejor dicho, no todos: un paralítico no puede llegar hasta Jesús a causa del gentío. Sus compañeros deciden subirle por el tejado, abrir un hueco y descolgar la camilla. Hace falta ser muy osados, estar muy necesitados, tener mucha prisa y poco sentido del ridículo para hacer lo que aquellos hombres hicieron. En esta lectura se esconde un mensaje de esperanza: nunca se puede hablar por completo de que todas las puertas se han cerrado, de que las cosas no tienen arreglo. Y aunque las puertas estén cerradas siempre queda un hueco por el tejado. Dios, dice el refrán, aprieta pero no ahoga. Dios aprieta pero no ahoga porque lo suyo es la esperanza, que además es lo último que se pierde. De la historia del paralítico saco algunas reflexiones, algunas actitudes que nos pueden venir muy bien a cada uno de nosotros:

AUDACIA: Ser capaces de ver más allá de nuestras narices. Significa conocer la realidad, dar vueltas a las cosas y proponer soluciones inteligentes al alcance de nuestra mano. A alguien se le tuvo que ocurrir la brillante idea de subirse al tejado.

RIESGO: No es fácil tomar esta decisión. No es fácil cargar con un paralítico y ascender a un tejado. Lo más cómodo es esperar sentado que llegue nuestro turno. Esperar sentados parece que no es una actitud muy acorde con el Reino de los Cielos.

CONFIANZA: Muy seguro hay que estar de que me van a solucionar mi situación para obrar de tal manera. Muy seguro tengo que estar de mi Dios.

LLAMAR LA ATENCIÓN: Imagino que el primer sorprendido de la escena sería el propio Jesús. Después de esbozar una sonrisa concedería lo que le pidieron. Parece, por tanto, mejor estar dispuestos a ser llamativos, porque cuestiona más, que unos pobres cristianos del montón.

NO TENER MIEDO AL RIDÍCULO: al qué dirán, a que a uno le tachen de cualquier cosa. Porque al final Dios se saldrá con la suya.

CREATIVIDAD. Parece el resumen de todo lo dicho anteriormente. Nuestro Dios es Novedad, nosotros, cristianos, apostamos por la creatividad.

Creo que merecen una sencilla reflexión aquellos cuatro camilleros que subieron al paralítico. En ocasiones seremos paralíticos, en otras camilleros. Gracias a su esfuerzo y tenacidad aquel hombre pudo regresar por su propio pie. Ellos también tuvieron un premio a su esfuerzo.

SANACIÓN TOTAL. Nosotros, en muchas ocasiones, solemos separar lo corporal de lo espiritual, a Dios de nuestra vida de todos los días. La sanación, el encuentro con Dios es algo total, algo que implica todas las realidades de la vida. Sólo así podemos entender que Jesús curara y perdonara pecados, que en sus labios y en su vida fueran una misma cosa (Oscar: claretmep@planalfa.es).

Podemos acabar pidiendo a la Virgen esa fe de los amigos del paralítico, que "viendo Jesús la fe de ellos, dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados": muchos necesitan un buen amigo que los ponga delante de Jesús; la Virgen nos dará fe y audacia. Gracias a ellos, en un callejón de Cafarnaum quedó una camilla abandonada. Pues la mirada de Jesús penetró hasta el fondo del alma del paralítico, y con su misericordia le dio confianza, y con la fe el perdón y la curación. En el paralítico nos podemos ver reflejados cada uno de nosotros; todos necesitamos verdaderos amigos que nos lleven a Dios, y lo mismo hemos de hacer nosotros con los demás.

Mañana seguiremos contemplando en el Evangelio esta misericordia de Jesús con los pecadores, cuya garantía externa está en las palabras de la absolución. Al comienzo del tiempo ordinario, la Iglesia nos recuerda con este Evangelio la necesidad del encuentro con Jesucristo misericordioso.

 

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