lunes, 4 de enero de 2010

Domingo 4º de Adviento, ciclo C. María exulta de gozo porque lleva el Señor, y nos lo comunica.

Domingo 4º de Adviento, ciclo C. María exulta de gozo porque lleva el Señor, y nos lo comunica.

 

1. Miqueas nos trae una profecía del Señor: "Tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel… hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornarán a los hijos de Israel. En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y ésta será nuestra paz". Aquí se nos habla del Salvador: NOS PREPARAMOS A CELEBRAR EL NACIMIENTO DE JESÚS, con María y José: - pensando en nuestro corazón que vendrá el Rey de Reyes, Dios, a nuestra casa… - dedicándole los mejores cuidados: haciéndole el Belén y cuidando de hacer un Belén en mi corazón donde esté a gusto, con pañales y todo lo que vaya a necesitar... - Visitándole en el Sagrario para felicitarle por su próximo cumpleaños. - Asistiendo a Misa para verle en la Eucaristía y aprender a adorarle. - Empezando a ensayar los Villancicos que le cantaremos cuando llegue su día. - Rezando la Comunión espiritual, por ejemplo esta: "Yo quisiera, Señor, / recibiros / con aquella pureza, / humildad y devoción / con que os recibió / vuestra Santísima Madre, / con el espíritu / y fervor de los santos". Así esperaremos con ilusión el Nacimiento de Jesús y nos prepararemos para que nazca en nuestro corazón. Le podemos decir cuando le visitamos: Jesús, creo que estás aquí, que eres el mismo que naciste en Belén, que adoraron los pastores y los Magos, y sobre todo tu Santísima Madre y San José. Yo también te adoro como ellos te adoraron.

Y es que en el mundo muchos están como dormidos, no se dan cuenta de que va a venir y no se preparan. Cuando Jesús nació en Belén, muy pocos le esperaban y muy pocos le recibieron. "Vino a los suyos y los suyos no le recibieron". Cuando José buscó posada para Jesús, los vecinos de Belén no le recibieron. Algunos sí, fueron a verle… ¿recuerdas? Los pastores, los Magos, dos ancianos que vivían en el Templo, y una cantidad de ángeles... y ahí estaban María y José. Y ahí queremos estar nosotros estos días, bien preparados: "VEN, VEN, SEÑOR, NO TARDES, QUE TE ESPERAMOS, VEN, PRONTO, SEÑOR. El mundo muere de frío. Al mundo le falta vida, el alma perdió el calor, al mundo le falta luz, los hombres no son hermanos, al mundo le falta cielo, el mundo no tiene amor.    Al mundo le faltas Tú..."

Por eso celebramos Santa María de la O. Recuerdo el "paso" de Semana Santa, que sale un poco más allá de la Esperanza de Triana, la "Trianera". Todo el Adviento nos habla de la Virgen que está en estado de buena esperanza, a las puertas mismas del Portal de Belén, y todos dicen: "¡Oh!, ¡que viene!" Dime, niño, ¿de quién eres? Ya suenan los villancicos que preguntan de dónde viene el Niño, "Los peces en el río" y el "¡Arre borriquito!", la "Marimorena", el de "Dime niño" nos habla del "chiquillo vestido de blanco": "Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo", nos ilumina con la luz del misterio. Y cantamos: "Resuenen con alegría los cánticos de mi tierra y ¡viva el Niño de Dios, que nació en la Nochebuena!" Y sabemos que todo se acaba: "La nochebuena se viene, la nochebuena se va; y nosotros nos iremos y no volveremos más", pero queda abierta la puerta de la esperanza. Porque la Navidad es la cercanía del Niño-Dios que vence los temores, como dicen los ángeles a los pastores: "No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor". Sin miedo, porque ha nacido Jesús, porque se acerca la fiesta de Navidad.

2. El Salmo reza: "Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve… Despierta tu poder y ven a salvarnos… vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa… Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste, no nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre". Es la oración de Jesús por la salvación de su viña, que somos nosotros, el jardín de Dios. Cuando rezamos, tenemos una fuerza sobrenatural: "donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, estoy yo en medio de ellos", dice Jesús, "yo lo que pidáis en mi nombre os lo concederé" (aunque nos lo da a veces de manera distinta). El Señor visita su viña. Y aunque llegan tempestades, Él nos protege, pero hemos de decirle: "No nos alejaremos de ti". Él era -nos dice- la luz de los hombres. Y la luz brilló en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron. Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho por Él, pero el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a los que le recibieron (felizmente) les dio poder para ser hijos de Dios.

3. La carta a los Hebreos nos dice que cuando Cristo entró en el mundo dijo a Dios: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad»", porque Dios no quiere sacrificios raros sino que procuremos portarnos bien, como decimos en el Padrenuestro: "hágase tu voluntad", y así de verdad decimos "santificado sea tu nombre". Esto explica que el mérito de Jesús no es sufrir en la cruz, sino obedecer hasta el final, por amor, que ésta es la religión "en espíritu y en verdad", decir "Aquí estoy" no sólo con la palabra sino principalmente con los hechos.

4. El Evangelio nos dice que María obedeció la sugerencia del ángel: "se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: -¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Ejemplo de servicio, pero alegre: -¡Dichoso el que cree y espera! María iría con su marido José, van a Ain Karem donde residían Isabel y Zacarías cuando no estaba éste último al servicio del templo. Isabel y María no se veían a menudo pero se querían. Esta escena ha inspirado a muchos pintores, como el cuadro del románico que se ve que el ojo que miran con la cara pegada es el mismo, están tan unidas que miran con la misma mirada, y queremos decir a María hoy: "que sepa mirar con tu mirada, desde tu corazón, las cosas de este año que está para comenzar, del resto de mi vida que quiero vivir pegado a ti como en este abrazo que te diste con santa Isabel…". María en los brazos de Isabel, Isabel en los brazos de María.

Dos mujeres habitadas por el Espíritu Santo comparten la obra de Dios en un impulso de ternura de donde brota un fuego, tan grande que Juan el Bautista se pone a bailar en el seno de su madre, Isabel a profetizar, María a exultar en extasis… aquello es una fiesta: "Feliz, le dice Isabel, tú que has creído".  Queremos llenarnos de este fuego, que llena de amor eterno en aquella oración que rezamos en el Avemaría: "Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y, exclamando en alta voz, dijo: Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre". A lo que responde María: "Mi alma canta la grandeza del Señor". Al llegar la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II se reunió con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: ¿Cómo os preparáis para la Navidad? Con la oración, responden los chicos gritando. Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis?  Y los millares de chicos, más fuerte todavía, responden: ¡Lo haremos! Sí, debéis hacerlo,  les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios. Pues eso: Prepararnos a recibir al Señor en Navidad haciendo una buena Confesión en Adviento (en cursiva, tomado de Ricardo Martínez Carazo).

 

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