domingo, 10 de enero de 2010

Navidad: 9 de Enero: Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y Jesús viene a nuestra vida, como luz en la oscuridad




Navidad: 9 de Enero: Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y Jesús viene a nuestra vida, como luz en la oscuridad



Primera carta del apóstol san Juan 4,11-18. Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amarnos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.



Salmo 71, 1-2. 10-11. 12-13. R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.


Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.


Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan.


Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.



Texto del Evangelio (Mc 6,45-52): Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida dio prisa a sus discípulos para subir a la barca e ir por delante hacia Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y Él, solo, en tierra.


Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero Él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis!». Subió entonces donde ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada.



Comentario: 1.- 1 Jn 4,11-18. Juan, en su carta, no se cansa de repetirnos las mismas ideas. Por tanto, nosotros no deberíamos cansarnos de escucharlas y tratar de que impregnen nuestra vida. Ante todo, en relación con Dios. Conocemos su amor, creemos en Jesús y así llegamos a la comunión de vida con él, que es la meta de toda la carta: «hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él», «quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios». El amor de Dios lo hemos conocido en que «nos envió a su Hijo como Salvador del mundo» y además en que «nos ha dado de su Espíritu».


El amor hace que en nuestra vida ya no exista el temor o la desconfianza. Si vivimos en el amor que nos comunica Dios, ya no tendremos miedo al día del juicio, ya que es nuestro Padre y hemos nacido de él, y actuaremos en nuestra vida como hijos, que no se mueven por miedo sino por amor. Pero del amor de Dios sacamos una vez más la conclusión de nuestro amor fraterno: «si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». «Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él». Realmente, cada frase de la página tiene una densidad y un mensaje que puede cuestionar nuestras seguridades y llenar de sentido nuestra visión de la vida.


Después de haber precisado cómo Dios es la fuente del amor (1 Jn 4,7-10), Juan vuelve a sus ideas predilectas. Insiste de manera especial en el pasaje de este día sobre los signos de la comunión que podemos tener con Dios y que son la caridad (v 12) y la confesión de la fe (v 15). El dogma sostiene la moral. Eso es lo que sabemos del amor redentor de Dios respecto a nosotros (la fe), que nos impulsa también a nosotros a amar (la moral)… fe y amor son los criterios de nuestra comunión con Dios (tema de la morada: vv 12 y 15). Para Juan las dos virtudes se compenetran y se apoderan juntas de la persona del cristiano. Toda decisión de fe implica el amor, puesto que obliga a una conversión que no puede ser más que don de sí.


La vida cristiana posee una doble dimensión, vertical y horizontal. La primera nos hace tomar conciencia de que Dios es amor (v 16), de que efectivamente nos ha amado hasta el punto de enviarnos a su Hijo (v 14) y de que quiere establecer su morada en nosotros (vv 15-16). Esto forma parte de nuestra profesión esencial de fe (v 15). Esta fe nos fuerza a amar a nuestros hermanos como nosotros somos amados por Dios (v 12).


Si este pasaje enfoca, por una parte, el temor y la seguridad en función del juicio último, sostiene, sin embargo, por otra, que el amor puede ser ofrecido en plenitud al cristiano ya desde esta vida. Y precisamente porque este puede vivir por él en la comunión con el Padre y con el Hijo, por lo que no vive ya bajo el temor del castigo, sino que puede acercarse a Dios con audacia y confianza. Una seguridad así no descansa sobre la impecabilidad del cristiano -sería una seguridad ilusoria (1 Jn 1,8)- , sino sobre el mismo Dios, que lo sabe todo (1 Jn 3,20) y conoce especialmente nuestra debilidad.


La caridad destierra el temor no sólo en los perfectos y los santos; incluso los débiles pueden llegar hasta esa caridad, puesto que ella misma extrae de Dios su poder de eliminar el temor y no de lo que una conciencia puede reprocharse a sí misma.


Debido a estos temas de temor y de amor, este pasaje evoca las actitudes más fundamentales de nuestra psicología. El hombre es radicalmente temeroso; le falta casi ontológicamente seguridad en un mundo que se levanta contra él y sobre todo frente al mundo de las divinidades y de lo misterioso sacral. El hombre pagano trata de liberarse de ese temor inventando ritos que presume le inician en lo sagrado; el hombre ateo se asegura a base de sus propios medios, transformando su yo y su técnica en medios de autodivinización; el hombre judío se lanza por otro camino muy distinto eliminando el temor a las fuerzas superiores anónimas para descubrir en cada acontecimiento, bueno o malo, la presencia del amor y de la misericordia de Yahvé. A partir de ese momento, el temor a lo sagrado deja de ser un temor ciego; aparece más bien como una exigencia de conocimiento de Dios y de correspondencia a su amor.


Ahora bien, Jesucristo lleva más lejos aún el descubrimiento de los judíos: descubre que el hombre que es El mismo es copartícipe activo de Dios en la realización de su designio salvífico: la trascendencia de Dios está a salvo y eso no obstante, el hombre es en adelante, con todos los medios que le son propios, copartícipe de la realización del designio de Dios.


En consecuencia, el cristiano se asemeja al ateo en la confianza que pone en los medios humanos para responder a los desafíos del hambre, de la guerra, de la injusticia social e internacional; pero al hacerlo así, da testimonio de la verdad del hombre realizado en Jesucristo.


La Eucaristía es el lugar de encuentro del hombre temeroso y de Dios trascendente, pero ese encuentro se realiza en Jesucristo, en quien ha triunfado el amor sobre el temor en nombre de la colaboración que Dios ofrece al hombre (Maertens-Frisque).


-Si Dios nos amó de tal manera... El don de su Hijo. La muerte voluntaria de su Hijo, por amor. No hay que pasar rápidamente sobre esas palabras. «Si Dios os amó de tal manera que nos entregó a su Hijo...» «Ni la muerte, ni el pecado no sabrían arrancarnos». «Al amor que nos viene de El...» Permanezco unos momentos en contemplación...


-Debemos amamos también unos a otros. El amor que profesamos a nuestros hermanos no es tan solo un sentimiento natural, que brota espontáneamente de una necesidad afectiva muy humana... ni tampoco un reflejo que bastaría con dejar que se manifestase... Ese amor es un "deber": debemos amarnos unos a otros. Y esto viene de Dios: «Si Dios nos ha amado tanto, debemos también nosotros...» No podemos por menos de hacer como Dios. Se trata de un amor absoluto, infinito, universal... como el de Dios.


-A Dios, nadie le ha visto. Pero, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros. La significación es clara: el verdadero amor hace visible al Dios invisible. Cada vez que amo de veras, "hago visible" a Dios. Dios está allí. Si en casa, en mi ambiente de trabajo, pongo amor, Dios se habrá hecho visible allí. Pienso a veces en cambiar de ocupación, de estilo de vida, de empleo del tiempo. Pero es mi «corazón» lo que tendría que cambiar: haz, Señor, que sepa amar la situación en que me encuentro, a las personas que me rodean... "Dios está allí, Si nos amamos unos a otros".


-Y nosotros, en la fe, hemos conocido el amor que Dios nos tiene. Así es, efectivamente. Reconocer, identificar. Frecuentemente no sabemos reconocer el amor de Dios. Está ahí y lo ignoramos.


-Dios es amor. Y yo, a menudo, soy lo contrario. Soy egoísmo. Cada uno de mis pecados es una falta de amor. Señor, Tú que eres Amor, ven a mí. Libera toda mi potencia de amar.


-Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. «Permanecer en Dios.» «Permanecer en el amor.» Saborear esa vivencia sería una fuente de gozo indestructible.


-Nuestra vida en este mundo imita lo que es Jesús. No hay temor en el amor... quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Jesús no tenía «miedo» de Dios, y El es nuestro modelo. San Juan nos invita a abandonar todo temor delante de Dios. El amor sólo es el que debe impulsar nuestro obrar. Danos, Señor, esa seguridad. No quiero tener miedo de Ti ni de tu Juicio... quiero amarte y nada más (Noel Quesson).



2. Sal. 71. Es el Señor quien tiene misericordia de los pobres y desvalidos. Ante Dios no hay acepción de personas, pues Él es el Creador de todos. Si aquí en la tierra muchos se han aprovechado de sus hermanos y los han precipitado a la ruina, o se han aprovechado de ellos para sus propios intereses, o los han explotado como si fueran animales, Dios se ha puesto de parte de los pobres y de los humildes para librarlos de la mano de los poderosos y salvarles la vida. Finalmente el Espíritu del Señor está sobre su Mesías; y lo ha ungido para evangelizar a los pobres y para liberar a los cautivos de su prisión. La Iglesia de Cristo continúa esa obra de salvación siguiendo las huellas de su Señor.



3. Mc 6, 45-52. A. Comentario mío de 2008. * Hoy vemos a Jesús en tensión, entre dos necesidades: la de estar rezando, a solas con su Padre en el Espíritu Santo, y la de atender las necesidades de los demás. La fe necesita de Dios, pero está vacía sin lo segundo. El equilibrio es difícil, pues una armonía perfecta sólo se encuentra en Cristo y la Virgen, los demás nos debatimos entre estos dos polos: la línea horizontal de este mundo y la vertical que nos une al cielo. Después de despedir a los Apóstoles y a la gente, Jesús se retira solo a rezar. Melcior Querol comenta: "Toda su vida es un diálogo constante con el Padre, y, con todo, se va a la montaña a rezar. ¿Y nosotros? ¿Cómo rezamos? Frecuentemente llevamos un ritmo de vida atareado, que acaba siendo un obstáculo para el cultivo de la vida espiritual y no nos damos cuenta de que tan necesario es "alimentar" el alma como alimentar el cuerpo. El problema es que, con frecuencia, Dios ocupa un lugar poco relevante en nuestro orden de prioridades. En este caso es muy difícil rezar de verdad. Tampoco se puede decir que se tenga un espíritu de oración cuando solamente imploramos ayuda en los momentos difíciles.


Encontrar tiempo y espacio para la oración pide un requisito previo: el deseo de encuentro con Dios con la conciencia clara de que nada ni nadie lo puede suplantar. Si no hay sed de comunicación con Dios, fácilmente convertimos la oración en un monólogo, porque la utilizamos para intentar solucionar los problemas que nos incomodan. También es fácil que, en los ratos de oración, nos distraigamos porque nuestro corazón y nuestra mente están invadidos constantemente por pensamientos y sentimientos de todo tipo. La oración no es charlatanería, sino una sencilla y sublime cita con el Amor; es relación con Dios: comunicación silenciosa del "yo necesitado" con el "Tú rico y trascendente". El gusto de la oración es saberse criatura amada ante el Creador.


Oración y vida cristiana van unidas, son inseparables. En este sentido, Orígenes nos dice que «reza sin parar aquel que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos considerar realizable el principio de rezar sin parar». Sí, es necesario rezar sin parar porque las obras que realizamos son fruto de la contemplación; y hechas para su gloria. Hay que actuar siempre desde el diálogo continuo que Jesús nos ofrece, en el sosiego del espíritu. Desde esta cierta pasividad contemplativa veremos que la oración es el respirar del amor. Si no respiramos morimos, si no rezamos expiramos espiritualmente".


** También nosotros podemos encontrarnos en medio de las tempestades y la oscuridad que señala hoy el Evangelio, con el viento en contra y el miedo en los corazones de los seguidores de Jesús. Estos días de la Epifanía, recordamos la estrella de los Magos como imagen de nuestra vocación, que abarca la existencia con la luz de la fe con la que el Señor ha dado un sentido divino a nuestra vida. Hemos de corresponder fielmente al amor de Dios, viviendo una entrega sin condiciones y haciendo mucho apostolado.


Queremos recordar a aquellos Magos que acuden de tierras lejanas de Oriente, para postrarse ante el Mesías y ofrecerle sus dones de oro, incienso y mirra, reconociendo al recién nacido como el Rey de reyes, que es perfecto Dios y perfecto Hombre. También en nosotros se ha encendido en nuestra alma una gran luz: la gracia soberana de la vocación cristiana. La realidad de aquellos personajes que sienten la llamada y emplean todas sus fuerzas para recorrer el camino que se les indica, que ante la oscuridad cuando desaparece la estrella no se hunden ni se vuelven, tienen paciencia y preguntan a los entendidos... todo ello nos indica que no hay obstáculos capaz de detenerles, saben superar el cansancio, frío, oscuridad... no se desaniman y ponen los medios a su alcance para perseverar, para alcanzar la meta, para estar con Dios. Como nosotros... la vocación es una llamada divina que nos transforma, nos da una nueva manera de ver las cosas, de vivir, de tratar a los demás... Jesús aparece en medio de la oscuridad. Cuando más negra es la noche, amanece Dios...


Hemos de quedar sellados para siempre por la gracia del Nacimiento de Jesús, de su presencia entre nosotros en la Iglesia y los Sacramentos, que confiere un sentido nuevo, divino, a nuestra existencia, nos sabemos enrolados por Cristo en la primera línea de su ejército de apóstoles, para llevar sal y luz del Evangelio a las gentes.


Todos, cada uno, hemos de responder a esta exigencia divina con plenitud de entrega, sin rebajar sus requerimientos, al modo como los apóstoles responden y los seguidores de Jesús de hoy de siempre están respondiendo a su vocación, porque en todos es idéntico el fenómeno vocacional, e igualmente diverso según los carismas que Dios da a cada uno, poderosa la gracia que nos sustenta, y que se adapta a las circunstancias propias del estado de cada uno. El Señor al mostrar la estrella a los Magos e invitarles a conocer al Mesías, les pedía a la vez la entrega total de su vida: para alcanzar ese fin debían ponerse en camino, debían dejar tantas cosas, debían secundar con plenitud la Voluntad de Dios. Igualmente nosotros como cristianos.


*** Jesús que aparece en la oscuridad. Epifanía. Gracia para la fidelidad. Correspondencia a la gracia. Vocación. Son las grandes palabras que vienen estos días a nuestro corazón. La luz de Belén brilla para todos los hombres y su fulgor se divisa en toda la tierra. Jesús apenas nació "comenzó a comunicar su luz y sus riquezas al mundo, trayendo tras si con su estrella a hombres de tan lejanas tierras" (Fray Luis de Granada). La Iglesia celebra estos días la alegría de la Epifanía, manifestación del Señor al mundo entero, la afirmación de la voluntad salvífica universal de Dios. Jesús es el nuevo Adán que, apareciendo en la condición de nuestra mortalidad, nos ha regenerado con la nueva luz de su inmortalidad (Pref. I. Navidad). Eran hombres dedicados al estudio del cielo, en medio de sus circunstancias, curiosamente de un trabajo poco "ortodoxo" pues iba unido a la magia en la interpretación de los signos celestiales, ahí les busca Dios, y mirando al cielo, acostumbrados a buscar en el, el cielo se les revela, con estos signos: "hemos visto su estrella y venimos a buscar al rey de los judíos". Iluminados por una gracia interior se pusieron en camino. La gracia se escapa a las normas, aparece "por donde Dios quiere", nunca mejor dicho, a veces de modo sorprendente... Dios nos acompaña siempre, en el camino de la vida. San Bernardo nos dice "Él que los guió, también los ha instruido y el mismo que les advirtió externamente mediante una estréllala los ilumino en lo interior de su corazón". De los Magos debemos de aprender, el modo como correspondieron a las gracias que el Señor les otorgo, es una buena manera de considerar si realmente la vida es para nosotros un camino que se dirige derechamente hacia Jesús y para que examinemos si correspondemos a las gracias que en cada situación, recibimos del Espíritu Santo.



B. Textos tomados de mercaba.org en 2010. Después del milagro de los panes, Jesús ofrece otra manifestación de su misión calmando la tempestad. Los discípulos van de sorpresa en sorpresa. No acaban de entender lo que pasó con los panes, y en seguida son testigos de cómo Jesús camina sobre las aguas, sube a su barca y domina las fuerzas cósmicas haciendo amainar el recio viento del lago. La carta de Juan nos anima una vez más a vivir en el amor. Tanto en dirección a Dios como en dirección a nuestros hermanos. Nadie creerá que es excesiva la insistencia del apóstol, porque somos conscientes de que necesitamos que nos lo digan muchas veces: es lo que más nos cuesta en la vida. Si asimiláramos ese amor, nuestra relación con Dios no estaría basada en el miedo o en el interés, sino en nuestra condición de hijos y en nuestra confianza en el Padre, en el Hijo que se ha entregado por nosotros, y en el Espíritu que nos ha sido derramado en nuestro corazón y que nos hace decir: Abbá, Padre. Si asimiláramos un poco más ese amor, nuestra relación con el prójimo estaría impregnada de una actitud de comprensión, de entrega. No sólo cuando las personas son amables y simpáticas, sino también cuando lo son un poco menos. Porque el motivo de nuestro amor no son las ventajas o el gusto que encontramos al amar (eso sería amarnos a nosotros mismos en los demás), sino como respuesta al amor que a todos nos ha regalado gratuitamente Dios, y que se ha manifestado de modo entrañable en estas fiestas de Navidad.


En nuestra vida también pasamos a veces por el miedo que experimentaron aquella noche los discípulos, a pesar de ser pescadores avezados. A nuestra barca particular, y también a la barca de la Iglesia, le vienen a veces vientos fuertes en contra, y tenemos miedo de zozobrar. Como para aquellos apóstoles, la paz y la serenidad nos vendrán de que admitamos a Jesús junto a nosotros, en la barca. Y podremos oír que nos dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La expresión «no tengáis miedo», que tantas veces aparece dirigida por Yahvé en el A.T. y por Jesús en el N.T. a los llamados a realizar alguna misión, se nos dirige hoy a todos. Es también una de las consignas que el papa Juan Pablo II ha ido repitiendo en las diversas partes del mundo a unas comunidades cristianas que están a veces asustadas por las dificultades del momento presente. La invitación a permanecer en el amor, y la seguridad de que Cristo Jesús es el que vence a los vientos más contrarios, nos deben dar las claves para que nuestra vida a lo largo de todo el año esté más impregnada de confianza y alegría (J. Aldazábal).


El relato de Marcos nos cuenta lo siguiente: Es de noche en el mar de Galilea. Los discípulos de Jesús se encuentran en el lago con su barca, remando con grande esfuerzo porque el viento les es contrario. Jesús, desde tierra, contempla sus trabajosos esfuerzos, y hacia la cuarta vigilia de la noche se dirige a ellos andando sobre el agua. Para poner a prueba su fe, pasó muy visiblemente por donde ellos se encontraban. Mas los discípulos, temiendo que fuera un fantasma, se pusieron a gritar, "porque, como dice el evangelio, su corazón estaba ofuscado". Pero Jesús les dijo: "Soy yo, ¡Confiad y no temáis!". Y al subirse con ellos al bote se apaciguó el viento y la barca corrió hacia la orilla.


Tal nos acontece a diario a nosotros mismos en el mundo del espíritu. Nos esforzamos, en la noche de esta vida, con la práctica de ayunos y otros ejercicios, no paramos de trabajar en nuestra conversión moral. A base de enormes trabajos probamos de hacer arribar nuestra barquichuela a la playa, es decir, a la paz de la unión con Cristo. Pero el viento nos es contrario; tropezamos con la tempestad de la agitación del mundo exterior, de nuestro propio destino y sobre todo, con el viento de nuestras pasiones que nos impulsan, muy a pesar nuestro, y nos llevan mar adentro de los apetitos desordenados. Ponemos en práctica todo cuanto la escuela de la ascética y de la moral cristiana nos pueden enseñar; aplicamos el timón de la voluntad, ora probando con maña, ora con ímpetu; usamos los remos de un trabajo lleno de celo; desplegamos las velas del anhelo y de la añoranza de Dios... ¡Pero no conseguimos avanzar y Jesús parece estar muy lejos de nosotros! Sin embargo, a la cuarta vigilia de la noche, hacia la madrugada, a la hora de celebrar la santa liturgia, Cristo se nos aparece. Y nosotros, enfrascados en las cosas exteriores incluso ahora cuando lo tenemos presente a El, que puede infinitamente más que nosotros y que todos nuestros esfuerzos, seguimos ciegos y sin darnos cuenta de su dulce presencia. No osamos arriesgarnos a dejar los remos y a lanzarnos al agua al encuentro de Jesús, dejando el estrecho bote de nuestro propio ser. No osamos arriesgarnos en esta hora -que es la hora de Cristo-, en esta hora de la presencia de Dios en el sacrificio y de su obrar en nosotros, a entregarnos a El por completo, a darnos a su presencia divina, que nos trae la paz y la salud eternas, según se nos enseña al final del evangelio. Y, en cambio, dejamos que la multitud sencilla y crédula del pueblo nos pase delante y nos lleve ventaja, movida solamente por su fe viva y su activo amor: "Cuantos le tocaban, quedaban sanos" (Mc 6, 56). Mientras que nosotros, a despecho de la presencia del Señor, permanecemos en un desconcertante alejamiento de la salud. (...)


La liturgia es el sabbat, el "día santo del Señor", y puede muy bien aplicársele lo que dice el profeta: "Si haces que tus pies respeten el sabbat -el reposo sagrado- y miras de no hacer tu propia voluntad en mi santo día, si llamas al sabbat día lleno de delicias y día santo del Señor, si lo respetas sin seguir tus caminos, sin hacer tu querer y sin decir palabras vanas, entonces te vas a gozar en el Señor y Yo te voy a levantar más alto que toda la tierra y te voy a dar pasto en la heredad de tu padre Jacob. La boca del Señor ha hablado" (Is 58,13-14).


Esto es lo que nos falta. Y si no sabemos apreciar en la santa liturgia el sabbat de la divina presencia, ¿cómo podemos entonces hablar de que celebramos la liturgia? Aquel que está de fiesta, reposa. Sin duda que la liturgia es un obrar, pero es un obrar de Dios; y allí donde es Dios quien obra, al hombre no le queda más que la alabanza, la admiración, el hacer fiesta. Dios es el que obra y nosotros celebramos la obra del Señor: Quam magnificata sunt opera tua, Domine! "¡Cuán magníficas son tus obras, Señor!" (Sal 91,6). "Me has llenado de gozo, Señor, con tus obras. ¡Estallo de entusiasmo ante la obra de tus manos!" (Sal 91,5).


Precisamente lo que nos hace falta es este "gozarnos en el Señor", el sentirnos en paz en su presencia y el saber contemplar con tranquilidad sus obras. Tenemos delante al Señor de la casa, pero nosotros seguimos obrando como si no hubiese aún llegado y continuamos preparando afanosos la casa para su venida. ¡Como si el resplandor de su presencia no fuese mucho más potente que todo nuestro afán de purificación! Luego ¿se va a seguir de aquí que tenemos que renunciar a lo moral y a lo ascético? ¡Ni mucho menos! Lo que pasa es que olvidamos con demasiada frecuencia el hecho de que el ejercicio no es más que cosa subordinada y preparatoria, a la vez que descuidamos también el más importante de todos los ejercicios, que es la mortificación de la propia voluntad. "Haz que tus pies respeten el sabbat y mira de no hacer tu propia voluntad en mi santo día; no digas palabras vanas". A veces, el renunciar al ejercicio resulta ser la más costosa de las mortificaciones.


Si nos empeñamos en seguir obrando y el viento nos es contrario, ¿qué puede el hombre entonces? Cuando el Señor está presente se hace por sí sola la calma y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos en la orilla. Pero, ¿cómo va a reinar en mí la paz si no quiero calmarme al punto que el Señor lo ordena? Si no quiero renunciar a mis trabajos en el mar, ¿cómo va a poder el Señor hacerme arribar a la orilla? El ayuno de la propia voluntad, por más que sea ésta una voluntad recta y que nos incite a la piedad y a la mortificación, es el más imprescindible ejercicio de penitencia. Ello adereza el sitio para el Señor que se va a hacer presente, y entonces el "gozo en el Señor" colma todas las humanas aspiraciones. Como dice la Escritura, "sapientia complevit labores illius", pues cuando interrumpimos una obra por obedecer a la voluntad de Dios, su sabiduría la lleva a cabo (Sb 10,10). Y si para honrar su presencia en el sabbat hemos dejado incluso de pronunciar una palabra, ésta es la primera que Dios escucha: Delectare in Domino, et ipse dabit tibi petitiones cordis tui. "Pon en el Señor tu gozo y El te dará lo que pide tu corazón" (Sb 36,4) (Emiliana Löhr).


La marcha sobre las aguas: un nuevo signo. ¿Qué significa? ¿Qué es lo que Dios quiere decirnos a través de este signo? -Enseguida, después de la multiplicación de los panes, Jesús mandó a sus discípulos subir a la barca y precederle al otro lado, frente a Betsaida, mientras él despedía a la muchedumbre. Hay aquí una intención. ¿Cómo explicar este comportamiento algo especial? Si bien los apóstoles estaban dispuestos a participar en la organización de las comidas, como "ministros", -la palabra significa "servidores", en griego-... no lo estaban todavía para canalizar los entusiasmos demasiado triunfantes ni las ambigüedades que surgen en esta muchedumbre sobreexcitada por el milagro: quieren hacer de Jesús su rey (Jn 6,15). Es un riesgo siempre actual: el riesgo de la confusión entre lo temporal y lo eterno, entre lo político y lo religioso. Encerrarse en lo temporal, es, para los ministros de la Iglesia una terrible tentación y un temible subterfugio; es arriesgarse a abandonar la tarea esencial de la Iglesia... es el riesgo de invadir "la autonomía necesaria" de las tareas temporales (Concilio Vaticano II).


Viendo que sus apóstoles no están maduros para esta distinción necesaria, viendo que se dejarían arrastrar por la pendiente natural de la muchedumbre, Jesús les obliga a partir -estaban prestos a dejarse llevar por la multitud- y El mismo se encarga de poner las cosas en su sitio.


-Después de haberlos despedido se fue a un monte a orar. Ya tenemos un segundo signo. Aquí está lo esencial para El. Aquí está el hambre esencial del hombre, como dirá mañana (Jn 6,27). Aquí está el único alimento imperecedero. Aquí está la tarea irreemplazable de la Iglesia. Cuando la Iglesia se compromete, como tal, en lo temporal, no olvidemos que se trata, normalmente, de una suplencia pasajera que no ha de ser nunca un subterfugio que la dispense de la tarea que sólo ella está encargada de realizar.


-Llegado el anochecer, se hallaba la barca en medio del mar y él solo en tierra. Viéndolos fatigados de remar porque el viento les era contrario, hacia el fin de la noche vino a ellos andando sobre el mar... Una noche de esfuerzos agotadores. Una tentativa para remar contra el viento. Así parece ser a menudo la barca de la Iglesia Los discípulos hacen humanamente lo que pueden, hasta la venida de Jesús.


-Hizo ademán de pasar de largo. Cuán curioso es volver a encontrar aquí este símbolo. La tarde del día de Pascua, también, Jesús "hará como quien va más lejos" dejando estupefactos a los discípulos de Emaús (Lc 24,8). Dios es sorprendente. No corresponde siempre a lo que se esperaba. Siempre va más allá que nosotros. Señor, acepto dejarme sorprender por ti.


-Comenzaron a dar gritos. Pero Jesús les habló en seguida y les dijo: "¡Animo! Soy Yo. No temáis". Subió con ellos a la barca y el viento se calmó. Presencia.


-Se quedaron en extremo estupefactos, pues no se habían dado cuenta de lo de los panes; su corazón estaba endurecido. Abre nuestros corazones a los signos (Noel Quesson).


El mes pasado hablamos sobre el miedo. Volvemos sobre el asunto, que tiene muchas ramificaciones. Hoy se nos narra que los discípulos, en medio de la noche y a punto de zozobrar, se espantan de Jesús al confundirlo con un fantasma. Una de las jugadas maestras que gana y una de las bromas pesadas que gasta el miedo es ésta: deforma nuestra percepción de la realidad, incluso de la mejor realidad. Proyectamos sobre el "objeto intencional" (perdonad la expresión) nuestros peores sueños. ¿Cómo vencer esta emoción negativa? Contraria contrariis curantur: aprender o reaprender a ver las cosas en su objetividad. Así es como actúa Jesús con su "Ánimo. Soy yo". Sólo con voluntad de objetividad nos zafamos de ese poder negativo que tiene aherrojadas nuestras posibilidades vitales y merma nuestro servicio a la vida. Se dice que el miedo es libre. No estoy seguro de adivinar qué significado verdadero se puede esconder bajo tales palabras. Quizá se quiera insinuar que nadie tiene derecho a decir a otro: "¡le prohíbo sentir miedo!". Bastante problemas tiene uno con el miedo para que le vengan encima con órdenes impertinentes que evocan su mal y lo exacerban. La salvación es un proceso de liberación, tanto de malos poderes interiores como de fuerzas negativas exteriores. Dios nos concede que "libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad". Y los mártires no tenían ese particular apego a la vida que cursa indefectiblemente con el miedo a la muerte. Habían aprendido la rara sabiduría de amar la vida y a la vez renunciar a ella por un amor más grande. Descartes, el filósofo que promovió una ciencia más empírica y eficaz, pensaba que con el tiempo se llegaría a superar la vejez e incluso la muerte. Sin embargo, creía haber aprendido algo mejor: a no temer a la muerte. No es él nuestro gran maestro, sino los mártires, y más aún Jesús, que conoció el pavor mortal, pero también "soportó la cruz sin miedo a la ignominia" (Heb 12,2) (Pablo Largo).


Tres veces aparece Jesús orando en el evangelio de Marcos. La primera, después del primer día de actividad en Cafarnaún, cuando expulsó un demonio de la sinagoga, curó a la suegra de Simón y sanó a muchos; la segunda, después de dar de comer a la multitud; la tercera será en el huerto de Getsemaní. En las tres está en juego la verdadera imagen de un Mesías que no se queda en el triunfo fácil, ni en el éxito logrado, sino que considera que el verdadero triunfo se consigue cuando se entrega la vida para dar vida. Por eso, cuando en Cafarnaún los discípulos le dicen «todo el mundo te busca», Jesús les dice: «vámonos a otra parte a predicar también allí, pues para eso he salido». No hay tiempo para recoger éxitos y aplausos, pues hay mucha misión por delante. Cuando da de comer a la multitud en territorio judío, Jesús despide a la gente e invita a los discípulos a hacer la travesía del mar hasta llegar a las paganos, que están a la otra orilla, a quienes hay que anunciar también el Evangelio. En el huerto, la tercera vez, Jesús pide a Dios aceptar el duro camino de la cruz para abrir un sendero de vida para todos. Esta es la decisión que Jesús toma en oración con el Padre. Tal vez en aquella ocasión pediría a Dios que sus discípulos aceptasen seguir el mis mo camino. Los veía tan poco identificados con este proyecto, que, mientras Él oraba, se durmieron (J. Mateos-F. Camacho).


Cuando las olas de la vida se levantan con ímpetu sobre nuestra pobre vida, incluso nos puede parecer que el mismo Jesús pasará de largo dejándonos a merced del viento. El evangelio de hoy nos muestra que Dios siempre está con nosotros, que "viendo nuestros esfuerzos" por alcanzar la orilla, se pone en camino para rescatarnos y llevarnos a puerto seguro. Es importante darnos cuenta del esfuerzo que estaban haciendo los discípulos. Lo mismo Dios nos pide simplemente cooperar a su gracias, que no es otra cosa que hacer lo que está en nuestras manos, con la confianza puesta en que él mismo completará la obra y nos sacará de la crisis. Por ello, nunca te sientas ni solo ni defraudado, las crisis nos sirven para crecer y para aprender a confiar totalmente en Dios (Ernesto María Caro).


"Cánticos de Salomón" (texto cristiano de principio del siglo II): "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo": "Mi gozo es el Señor, y mi alma tiende a él. / Hermosa es la ruta hacia el Señor, pues él me sostiene. / Se da a conocer él mismo en su simplicidad; / su benevolencia es más grande que su majestad. Se hizo semejante a mí para que le acoja; se hizo semejante a mí para que me revista de él. / Su vista no me espanta, pues él es la misericordia. / El tomó mi naturaleza para que yo le conozca, y asumió mi rostro para que no me aparte de él. / El Padre de la sabiduría es el Hijo de la sabiduría. / El que creó la sabiduría es más sabio que las criaturas. / El que me creó sabía antes que yo existiese lo que haría yo una vez llamado a la existencia. / Por esto tuvo misericordia de mí y me dio la posibilidad de dirigirme a él en la oración y participar de su sacrificio.


Sí, Dios es incorruptible, es la plenitud de los mundos y es su Padre. El se manifestó a los suyos para que conocieran a su hacedor, y no pensasen que tienen en ellos mismos las raíces de su origen.


El ha abierto un camino hacia el conocimiento, ha ensanchado el conocimiento, lo ha prolongado y conducido a su perfección.


El ha marcado el conocimiento con las huellas de su luz, desde el principio hasta el fin, porque el conocimiento es obra suya.


El se ha complacido en su Hijo. A causa de la salvación ejerce su omnipotencia y el Altísimo será conocido por los santos;


Para anunciar la venida del Señor a los que cantan, para que salgan a su encuentro y le alaben gozosos".


Los discípulos, solos en la barca, todavía están digiriendo lo que ha pasado con la multiplicación de los panes. Todavía no comprenden. Están en el comienzo del proceso de su travesía espiritual. Ese es el simbolismo de la barca en el lago. Nuestra vida en el mundo. Dice el evangelio que ellos estaban remando con trabajo pues había viento contrario. Esto aumentaba el miedo de ellos. Primero no comprenden el milagro, se sienten aturdidos; y para colmo tienen que enfrentarse a vientos contrarios. Es así para muchas personas en nuestras vidas. Hemos conocido de Dios, hemos aceptado a Jesús como nuestro Salvador en nuestras vidas, pero todavía estamos en el comienzo de la travesía. No comprendemos muchas cosas que pasan en ella; y, ante cualquier viento contrario tenemos miedo. El evangelio nos comunica una buena noticia para esos momentos en que la travesía parece endurecerse por lo contrario del viento. Dice la palabra que Jesús miraba a los discípulos desde tierra mientras ellos estaban en medio del lago. Él ve el esfuerzo con el que está remando y decide ir hacia ellos. Debemos tener fe. Jesús está mirando la situación por la cuál estamos pasando, ya sea individualmente o como colectividad. Él vendrá en nuestro auxilio, se dará prisa en socorrernos. Pidamos a Dios que nos llene de su amor para estar atentos a la llegada de Jesús en medio de la tribulación y podamos invitarlo a subir a nuestra barca (Miosotis).


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