domingo, 31 de enero de 2010

Domingo 4 Tiempo Ordinario (C) juvenil


1. Jeremías nos cuenta cómo al sentir la llamada de Dios para ser el profeta de las naciones (su vocación) se ve a sí mismo un hombre, débil, tímido. Por un momento desea ser como uno de tantos, y no tener esta vocación de profeta. Sabe muy bien que su conciencia recta, al ver lo que está mal y desagrada a Dios, le hará hablar contra esas costumbres tan malas de los israelitas de su tiempo, y tiene miedo de su reacción. Jeremías no es precisamente un valiente, voluntario para servir al Señor en esta vocación, como lo fue Isaías. Pero resulta que no está solo ante la llamada –como no lo estamos ninguno de nosotros-, el Señor te llama desde la eternidad, antes de que nacieras, y te dará las cualidades y fuerzas que necesites para responder a esa vocación, que será tu misión en la vida. El Señor nos dice, como a Jeremías en la intimidad de la oración: “lucharán contra ti, pero no te podrán, porque Yo estoy contigo para librarte”.
2. En el Salmo 70 pedimos a Dios que nos acompañe toda la vida hasta que seamos viejos, como lo hace el salmista: «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza / y mi confianza, Señor, desde mi juventud. / En el vientre materno ya me apoyaba en ti; en el seno, tú me sostenías; / siempre he confiado en ti. / No me rechaces ahora en la vejez; / me van faltando las fuerzas; no me abandones». Qué bonito cuando los abuelos pueden vivir con nosotros, los nietos pueden cuidar de ellos, jugar una partida de parchís o ajedrez, acompañarlos en su paseo por el parque. Y recibir de ellos consejos, experiencias, historias interesantes…
Hoy, desafortunadamente, nuestro mundo piensa que aquella persona que no “sirve” para nada –minusválidos, los ancianos en sillas de ruedas, o que quizá empiezan a olvidar quiénes son- pues es mejor quitarla de en medio para que no “moleste”... Mi boca contará tu auxilio, / y todo el día tu salvación. / Dios mío, me instruiste desde mi juventud, / y hasta hoy relato tus maravillas. ¡Qué bonito es esto que dice el anciano del Salmo! Confía en el Señor, que le enseñó cuando era joven –como tú ahora… ¿te dejas enseñar por el Señor, a través de tus padres, tus abuelos, tus profesores, los sacerdotes?- y todo lo que el Señor le enseñó, sus maravillas, hasta el final de su vida sigue entusiasmado contándolas a los que le rodean. Puedes rezar así: “Alabado seas, mi Señor, / en todas tus criaturas, / especialmente en el Señor hermano sol, / por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor, / de ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor, / por la hermana luna y las estrellas, / en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.
Alabado seas, mi Señor, / por el hermano viento y por el aire / y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, / por todos ellos a tus criaturas das sustento.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, / por el cual iluminas la noche, / y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.
Alabado seas, mi Señor, / por la hermana nuestra madre tierra, / la cual nos sostiene y gobierna / y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
Alabado seas, mi Señor, / por aquellos que perdonan por tu amor, / y sufren enfermedad y tribulación; / bienaventurados los que las sufran en paz, / porque de ti, Altísimo, coronados serán.
Alabado seas, mi Señor, / por nuestra hermana muerte corporal, / de la cual ningún hombre viviente puede escapar (Francisco de Asís)
3. San Pablo habla a los Corintios del Amor: El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Lo que les está enseñando en realidad san Pablo es que los cristianos no deben distinguirse por los milagros, prodigios, discursos que puedan hacer, y que también pueden darse como fruto del Espíritu Santo. Lo que debe distinguir a un cristiano –entonces y hoy- es ver que es capaz de amar con sencillez y perseverar amando, porque el amor es lo único que nos llevará hasta las puertas del mismo cielo, hasta nuestro Padre Dios. Cuando la fe y la esperanza ya no sean necesarias , por la sencilla razón de que ya estaremos gozando de lo que ahora creemos que existe y que no vemos, y tendremos lo que era el objeto de nuestra esperanza, a Dios mismo, entonces el Amor seguirá existiendo, será lo único eterno, que une este mundo con la eternidad: Dios es Amor, como también nos enseña san Pablo, y sólo llenando nuestros corazones de ese Amor que el Espíritu Santo nos concede a toneladas si se lo pedimos, seremos capaces de amar en esta vida a aquel que vive a nuestro lado, que nos gusta menos, que nos fastidia, que incluso nos hace mal… No es ningún heroísmo amar así, es para lo que hemos nacido. Para un amor de entregarse, no un amor de esperar algo a cambio. Y lo bueno es que todos, absolutamente todos nosotros, niños y mayores, jóvenes y viejos, minusválidos y deportistas, listos y menos listos…todos podemos amar como Jesús. Si no fuera posible, no nos lo habría pedido Él mismo: “Amaos unos a otros, como Yo os he amado”.
4. Jesús, en el Evangelio de hoy, aún en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, se nos presenta como el verdadero y definitivo Profeta. Pero sus paisanos no supieron ver más allá de las apariencias, para ellos sólo era el carpintero del pueblo que, encima, se había mudado a Cafarnaum a hacer allí milagros y curaciones… ¿Y ellos qué? ¿No eran acaso los que lo habían visto crecer entre José y María? Y ahora se atrevía a presentarse ante ellos para decirles que tenían poca fe. La verdad duele. No nos gusta oír nuestros defectos. Es incómodo vivir cerca de esa persona que siempre se porta bien. Ese niño que hace lo que debe hacer, que perdona a los compañeros con una sonrisa, que deja sus cosas sin que se las pidan, que está atento a aquel otro niño que pudiera necesitarlo, en el juego, en los deberes… Ese niño que vive como Jesús quiere que vivamos todos, ese niño a veces nos resulta incómodo porque es un espejo: nos enseña sin quererlo cómo deberíamos ser los que lo miramos, y no somos. Es hora de dejarse de rabietas orgullosas y linchamientos (a Jesús quisieron tirarlo desde un monte a la salida de Nazaret) y hacer equipo con el bien. Para ganar al mal hemos de luchar todos juntos, cada uno vale para una cosa, y Dios lo ha pensado desde la eternidad para una misión, como a Jeremías, como al mismo Jesús, su Hijo. Hace un par de domingos, la Madre de Jesús nos daba la receta que no falla: “Haced lo que Jesús os diga”. Con la oración y el Espíritu de Jesús, con las enseñanzas de nuestros padres, abuelos, profesores, sacerdotes… podremos amarnos unos a otros como Jesús nos pidió.
llucia.pou@gmail.com

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