domingo, 10 de enero de 2010

El Bautismo del Señor: El “Siervo” de Dios, preferido, es ungido con la fuerza del Espíritu Santo, cuando Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo. Ahí nosotros oímos también “tú eres mi hijo… te he engendrado hoy”.

El Bautismo del Señor: El "Siervo" de Dios, preferido, es ungido con la fuerza del Espíritu Santo, cuando Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo. Ahí nosotros oímos también "tú eres mi hijo… te he engendrado hoy".

 

Libro de Isaías 42,1-4.6-7. Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

 

Salmo responsorial Sal 28,1a y 2.3ac-4.3b y 9b-10. R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.

 

Hechos de los apóstoles 10,34-38. En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: - «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

 

Evangelio según san Lucas 3,15-16.21-22. En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: - "Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego". En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma e paloma, y vino un voz del cielo: - "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto."

 

Comentario: Los tres ciclos dominicales repiten hoy las dos primeras lecturas y varían el evangelio. Las dos primeras lecturas indican que no se trata sólo de celebrar el bautismo de Jesús (y el nuestro) sino la manifestación de Dios que autentica la persona y la misión de JC. Todo lo que el pueblo de Dios esperaba (1.lectura) y todo lo que Jesús hizo y la Iglesia cree y anuncia (2. lectura) está incluido en la proclamación del Jordán: Él es el lleno del Espíritu de Dios que podrá manifestar y comunicar al Padre, al Dios del amor (ya que él es el Hijo, el amado, "en quien he puesto mi amor "=" el que es el predilecto").

La escena del bautismo nos es presentada por Lc con evidente intención del paralelismo con la que él mismo describirá como acontecimiento inicial de la Iglesia (Pentecostés). De ahí que Lc atribuya a Juan la profecía de que "el os bautizará con Espíritu Santo y fuego". Se trata, por tanto, de subrayar el inicio de la misión profética de JC, que después continuará en la Iglesia de sus discípulos.

Es preciso tener también en cuenta la importancia que la primera comunidad cristiana daba a este hecho del bautismo de J. como inicio de la realización eficaz de su misión (véase la 2. lectura: el resumen característico de la predicación de Pedro = el esquema fundamental de los sinópticos = el esquema básico de la primera predicación cristiana) (J. Gomis).

La fiesta del Bautismo del Señor es una fiesta de una gran riqueza de contenidos que la hacen atractiva y sugerente. Domingo de transición: el Bautismo del Señor cierra el ciclo de Navidad e inaugura a la vez la primera semana del tiempo ordinario. Con la escena del bautismo culmina la manifestación de Jesús como Hijo de Dios que hemos celebrado a lo largo de toda la Navidad, pero a la vez se nos presenta a un Jesús ya adulto, dispuesto a iniciar su ministerio público. Esto comportará, sin duda, alguna dificultad en la ambientación, la cual, aunque continúe siendo navideña, tendrá que eliminar el protagonismo del niño Jesús en el pesebre.

Por otro lado, el bautismo de Jesús tiene un contenido y un sentido propio que lo diferencian del sentido y significado del bautismo cristiano. Pero también es cierto que este bautismo de Jesús de alguna manera prefigura, e inevitablemente evoca, nuestro bautismo, y será oportuno recoger también esta referencia.

El bautismo de Jesús es una escena epifánica, que certifica una vez más la divinidad de Jesús. En este sentido el bautismo culmina el ciclo navideño: si la Navidad es la manifestación de Cristo en el ámbito humilde de Belén, y la Epifanía es la manifestación universal, a todos los pueblos, el Bautismo es la manifestación absoluta, en plenitud, de la divinidad de Cristo. De hecho, podríamos afirmar que, propiamente, el Bautismo es un eco o continuación de la fiesta de Epifanía, ya que completa su sentido con otra escena de tipo epifánico o teofánico. El núcleo de la liturgia de hoy es el texto del evangelio que nos muestra a Jesús en el momento de ser bautizado por Juan en el Jordán, y es ungido por el Espíritu Santo y proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre desde el cielo. Escena de gran contenido teológico, y concretamente trinitario: el Padre revela que Jesús es su Hijo y lo unge con el don del Espíritu. A partir de aquí, Jesús ya puede empezar a llevar a término la misión encomendada por el Padre en medio de los hombres.

Los textos eucológicos insisten en este carácter teofánico de la escena del bautismo: en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado envinndole tu Espíritu Santo (colecta); en este día manifestaste a tu Hijo predilecto (ofrendas); hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres (prefacio).

- El bautismo de jesus y nuestro bautismo. El sentido del bautismo que Jesús recibe es distinto al del bautismo cristiano. El mismo Juan dice en el evangelio: Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espiritu Santo. El bautismo de Juan era un bautismo de conversión, una expresión del deseo de convertirse. El hecho de que Jesús se ponga en la cola de los pecadores es un signo más de la encarnación de Dios entre los hombres: él, que no necesitaba puruficación ninguna, se identifica con todos aquellos que quieren convertirse. Pero el bautismo, en sí mismo, tan sólo tiene este valor simbólico. Lo importante de la escena es la teofanía que se produce en el marco del bautismo de Jesús. En cambio, nuestro bautismo es un sacramento real, que nos hace hijos de Dios y, por la fuerza del Espíritu Santo, nos incorpora a Crsito muerto y resucitado.

A pesar de estas diferencias, no hay duda de que hay resonancias de nuestro bautismo en toda la liturgia de hoy. Si tomamos las lecturas propias del ciclo B, en la 1. lectura tenemos un texto de Isaías que, con la clave del agua, nos anuncia los planes de Dios: Oíd, sedientos todos, acudid por agua ...venid a mí: escuchadme y viviréis. Con la misma imagen del agua, insiste el salmo en la salvación que Dios nos ofrece: Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación. Y en la 2. lectura, de la primera carta de san Juan, se nos explica cómo todos nosotros hemos nacido de Dios por la fe en el hijo.

De alguna manera, pues, el bautismo de Jesús prefigura el nuestro, en el sentido de que, así como en aquel momento el Padre certificó la filiación divina de Jesús ungiéndolo con el Espíritu antes de iniciar su misión, también nosotros en el bautismo somos consagrados hijos de Dios en Jesucristo por el Espíritu Santo. Tal como afirma el prefacio: en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo bautismo. También en la oración colecta pedimos: concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Y en la poscomunión: que escuchemos con fe la palabra de tu Hijo para que podamos llamarnos, y ser en verdad, hijos tuyos.

Así, pues, hoy es un día apropiado para rememorar nuestro bautismo, para agradecerlo a Dios y también para renovar nuestro compromiso bautismal. Con uno u otro signo (el cirio pascual, la aspersión, los bautizos durante la misa, el credo dialogado) hoy hemos de expresar que la Iglesia, pueblo de bautizados, renueva su adhesión a Cristo (Xavier Aymerich).

Fiesta que cierra el ciclo de navidad. La fiesta del Bautismo del Señor enlaza con la Epifanía por su condición de celebración de la primera manifestación pública de Jesús, al comienzo de su ministerio. Hemos pasado, en la celebración de los misterios, de la infancia a la edad adulta de Jesús. La antífona de entrada (Mt 3,16-17) expresa bien el contenido celebrativo de esta solemnidad: "Apenas se bautizó el Señor, se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él. Y se oyó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto". Hay varios signos epifánicos: el abrirse el cielo, cerrado para la humanidad por su pecado, el posarse sobre Jesús el Espíritu en un gesto que recuerda la primera creación, ungiéndole como Mesías, y la voz del Padre manifestando que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto (prefacio). Esto mismo expresa la oración colecta: "Dios todopoderoso y eterno, que en el Bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo"... El Bautismo de Jesús es la revelación solemne, la epifanía esplendorosa de quién es aquel que forcejea para que Juan le bautice. Con esta fiesta se cierra el ciclo navideño de las manifestaciones de Dios en la carne, para dar paso al tiempo ordinario.

El misterio del nuevo bautismo. Jesús se acerca al Jordán para someterse al Bautismo de penitencia, al que Juan invitaba como preparación para recibir el Reino de Dios. Pero en el Bautismo de Jesús tienen lugar "signos prodigiosos" (prefacio). Esos signos se ordenan a "manifestar el misterio del nuevo Bautismo" (prefacio), del Bautismo en el agua y el Espíritu Santo, que trae Jesús. Por él, los cristianos sepultados en Cristo, renacen a él por una vida nueva. Por él quedan libres de todo pecado y se convierten en hijos de adopción; por él, incorporados a Cristo, entran a formar parte de un pueblo sacerdotal que proclama en el mundo las maravillas de Dios.

Es éste un buen día para presentar a los fieles toda la profundidad del Bautismo cristiano como: el primer sacramento de la nueva Ley, sacramento de la fe, nacimiento a la vida de Dios, sacramento pascual (Ritual del Bautismo de niños 3-6; Catecismo 535-537).

El Bautismo es el fundamento de la llamada a la santidad, el fundamento del deber y derecho a vivir el culto "en espíritu y en verdad". Es el primera peldaño del proceso de iniciación cristiana, que debe crecer con el don efusivo del Espíritu (Confirmación) y el sentarse por primera vez a la mesa del Señor (Eucaristía).

Del bautismo del jordán, por el misterio, a la cruz y resurrección. Jesús en el Bautismo del Jordán asume "la realidad de nuestra carne para manifestársenos" (2a oración colecta). La asume en aparente condición pecadora, como siervo, poseído totalmente por el espíritu, en condición humilde y paciente. Su misión es promover el derecho y la justicia, siendo luz y liberando de las esclavitudes de los hombres (Is 42,1-4.6-7).

El libro de los Hechos resume la misión de Jesús poniendo en boca de Pedro la síntesis del anuncio de la fe (10,37-38): "Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo: porque Dios estaba con él". Lástima que el texto de la 2. lectura se corte en ese punto y no continúe la exposición del misterio pascual completo, que incluye la pasión, muerte, resurrección de la que los apóstoles son testigos (Hech 10,39-43). Con el Bautismo Jesús comienza su camino ministerial de proclamación de la Buena Nueva, que le llevará a la cruz y resurrección. Es el Espíritu Santo el que, desde el Bautismo, le irá conduciendo cual nuevo Isaac (Gen 22,1-2); desde el Jordán Jesús emprende su camino hacia el sacrificio de su vida y la glorificación.

Las peculiaridades de lucas. Lucas destaca como peculiaridad de su Evangelio que "Jesús también se bautizó", añadiendo la circunstancia "en un bautismo general". Lucas destaca el detalle de solidaridad de Jesús con el pueblo entero que acudía a Juan necesitado de conversión. Lucas precisa algo que los restantes sinópticos no indican: "En aquel tiempo el pueblo estaba en expectación". Se había creado una situación especial de anhelo y de esperanza en torno a Juan. Jesús sintonizando con este "movimiento", haciéndose uno más, mostrándose como un penitente más, se acerca a Juan. Así asume la condición humana, incluso la apariencia de pecado y realiza la profecía de Isaías: "No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará" (1. lectura) y lo que afirma la 2a: "...pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo". Es todo un ejemplo para los bautizados, que renunciando al pecado están llamados a compartir toda la realidad humana en una solidaridad que se concreta en el amor de Dios. Así seremos imagen de Cristo que nos am6 hasta el fin y lo asumió todo, excepto el pecado (Ramiro González).

Santo Tomás de Aquino hablaba de los "misterios de la vida de Cristo": el resplandor de Dios en el hombre Jesús de Nazaret. Él será hoy el centro de nuestra celebración y de nuestra contemplación: él, bautizado en el Jordán. Es una fiesta nueva, que aún no tiene tradición y pasa desapercibida por el pueblo. Para la gente, las fiestas de Navidad se han terminado. Pero litúrgicamente se prolongan hoy y el domingo próximo, en el que todavía escucharemos el testimonio de Juan y asistiremos a la "transferencia" de discípulos entre Juan y Jesús (en el Ciclo B).

El evangelio da el tono, porque incluye el relato del bautismo. El bautismo es, según los estudiosos, uno de los datos históricos más seguros de la vida de Jesús. Los evangelistas están interesados en subrayar que, aun siendo bautizado por él, Jesús es superior a Juan: éste es el sentido de las palabras que Mc pone en boca de éste, en las que contrapone bautizar sólo con agua y bautizar con el Esp. Sto, como ya encontramos en el segundo domingo de Adviento-B.

El relato del bautismo tal como figura en los evangelios no es una descripción de lo que acaeció, sino un relato teológico, que va dirigido a unos creyentes (los lectores del libro). Inaugura, con el relato de las tentaciones (cara y cruz), el ministerio público de Jesús, de la misma manera que el relato de la transfiguración (cf. segundo domingo de Cuaresma) da paso a la segunda parte de este ministerio, que desemboca en la muerte en Cruz. Este tipo de textos teológicos que toman forma narrativa ya los hemos encontrado en las fiestas de Navidad (J. Totosaus).

-La gran manifestación. Las iglesias orientales celebran el bautismo del Señor en la fiesta de la Epifanía. La iglesia latina ha preferido en esta fiesta leer el evangelio de la adoración de los magos. Pero, ciertamente la gran Epifanía, tal como consta en los cuatro evangelios, y en la primitiva predicación de los apóstoles (cf. 2a.lect.), es el bautismo en el Jordán. Aquí tiene lugar la gran Teofanía que ya anuncia la Pascua. El Padre manifiesta, proclama, que Jesús es su Hijo, el amado; y el Espíritu desciende del cielo sobre las aguas como una paloma recordando el fin del antiguo diluvio y el establecimiento de una Alianza nueva, definitiva. Fijémonos que todo eso tendrá su plenitud en la Pascua: entonces, en la resurrección, Jesús es declarado Hijo de Dios (cf. Rom 1, 4) y se convierte en emisor del Espíritu (cf Jn 20, 22). La Epifanía, celebrada sobre todo en el bautismo del Señor, anticipa la Pascua. Conviene remarcar esta visión sobre todo porque ahora, según la nueva ordenación del año litúrgico, celebramos el bautismo de Cristo el domingo que cierra el ciclo de Navidad. Conviene recordar asimismo que nuestra Pascua empezó el día de nuestro bautismo, porque éste es sepultura y resurrección con Cristo. Hay que insistir en la valoración del bautismo del Señor como misterio salvador, ya que los fieles occidentales suelen desconocerlo, pues en la liturgia latina nunca se celebraba en domingo y, por esta causa, no se predicaba.

El bautismo de Jesús en el Jordán anunció el nuevo bautismo (cf prefacio de la misa). Efectivamente por el bautismo nosotros somos incorporados a Cristo, formamos una sola cosa con Él: miembros de su Cuerpo. Sobre nosotros, pues, baja la voz del Padre: ¡Eres mi hijo! El Espíritu viene también sobre nosotros y nos pone en el corazón la nueva alianza, el amor de Dios que nos hace exclamar: ¡Abba!¡Padre! Por eso es apropiado hoy celebrar el bautismo en la misa con la comunidad reunida, y también renovar las promesas del bautismo después de la homilía con la profesión de fe bautismal. También es conveniente empezar la misa con la aspersión con el agua bendita.

-Según Pedro (2a.lect.), el inicio de la vida evangélica de Jesús, el Enviado (Apóstol) del Padre, fue el bautismo en el Jordán. Dios le consagró, le ungió con el Espíritu y Él empezó a "pasar haciendo el bien" por todas partes y liberando a los que vivían oprimidos por el Maligno. Nuestra vida de enviados del Padre y de Cristo arranca también de la consagración bautismal, de la "unción del Espíritu". En el A.T el ungido es el elegido de Dios, el enviado, el designado para llevar a término una misión salvadora. Por el bautismo y la confirmación (que forman la unidad sacramental básica, juntamente con la eucaristía, de la vida cristiana) nos convertimos en "apóstoles", enviados. Recibimos de Cristo y con Él la misión de pasar haciendo el bien por todas partes. No hay que olvidar que hoy especialmente, en esta eucaristía dominical, renovamos los sacramentos recibidos: bautismo y confirmación, según las palabras de Pedro en la segunda lectura, y también en el evangelio: la presencia, la unción del Espíritu en el baño bautismal.

No es indiferente que fuese en el Jordán donde bautizaba san Juan. Sin duda, es el único río de Palestina, pero los Padres de la Iglesia han visto en él, paralelamente al mar Rojo, un tipo del bautismo. Orígenes escribe a propósito de esto: "Para que admitamos la interpretación del Jordán que calma la sed y está lleno de gracia, será de utilidad citar a Naamán, aquel sirio curado de la lepra. De la misma manera que nadie es bueno, sino uno solo, Dios Padre, así entre los ríos ninguno es bueno, más que el Jordán, capaz de librar de la lepra a aquel que con fe lava su alma en Jesús" (ORÍGENES. Comentario sobre san Juan Vl, 47, GCS 4, 155). Orígenes refiere, pues, al Antiguo Testamento el poder purificador del Jordán. San Lucas, por otra parte, recogiendo el episodio del Segundo Libro de los Reyes (5, 14), había escrito: "Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio" ( Lc 4, 27). En su homilía sobre san Lucas, Orígenes comentará estos versos de Lucas en el mismo sentido (ID., Homilía sobre san Lucas 33 SC 87 399). El paso del Jordán por Elías y Eliseo llama también la atención de Orígenes: "Hay que observar que Elías, en el momento de ser arrebatado al cielo por el huracán, habiendo tomado su manto, lo enrolló y golpeó con él el agua que se dividió en dos y pasaron ambos, Elías y Eliseo. Estuvo más preparado para ser arrebatado a lo alto estando bautizado en el Jordán, ya que Pablo, según hemos dicho, ha denominado al paso milagroso del agua, bautismo" (ORÍGENES, Comentario sobre san Juan, 6, 46, GCS 4, 155). El paso del mar Rojo y el del Jordán son dos figuras tradicionales del bautismo. Sin embargo, el Nuevo Testamento, a propósito del bautismo de Jesús no señala este paralelismo, como lo hizo para Elías. No obstante, en el paso del Jordán por Josué los Padres han visto el tema de la liberación que caracteriza el paso del mar Rojo. Dado que Josué es una figura de Cristo (Josué-Jesús), su paso del Jordán se ha considerado tipo bautismal. SAN GREGORIO NISENO escribe en su tratado sobre el bautismo: "Tú te has revolcado durante mucho tiempo en el barro, apresúrate hacia mi Jordán, no ante la llamada de Juan, sino a la voz de Cristo. En efecto, el río de la gracia corre por todas partes. No tiene cauces en Palestina para desaparecer en el vecino mar, pero envuelve la tierra entera y desemboca en el Paraíso, corriendo a contracorriente de los cuatro ríos que allí descienden y llevando al Paraíso cosas más preciosas que las que salen de él. Porque éstos aportan perfumes, cultivo y germinación de la tierra; y él, hombres engendrados por el Espíritu Santo. Imita a Jesús, hijo de Navé. Lleva el Evangelio como él el arca. Abandona el desierto, es decir, el pecado. Atraviesa el Jordán. Apresúrate a la vida según Cristo, hacia la tierra que da frutos de alegría, donde según la promesa corren leche y miel. Derriba a Jericó, la vieja costumbre, no la dejes fortificarse. Todas esas cosas son figura nuestra. Todas son prefiguraciones de las realidades que ahora se manifiestan" (Citado por Danielou, Biblia y Liturgia). El Jordán representa, pues, aquí al bautismo, cuyo tipo es el paso del río por Josué (Adrien Nocent).

1. Is 42,1-4.6-7. El cuidado de Dios va más allá del siervo. Llega hasta la "caña cascada" y el "pábilo vacilante", es decir, llega hasta hombres que, a juicio de los demás y desde su propia impresión, están acabados; a hombres de quienes la sociedad nada puede esperar, porque no van a aportar nada al resto; a personas sobre las que no quedaría más que romper el bastón en sus espaldas, como cuando al pábilo vacilante sólo le cabe esperar una mano que lo apague: el hijo no querido en el seno de la madre, el viejo que se acaba y que no es más que una carga para el entorno y, en fin, todos aquellos de los que se dice o al menos se piensa, "mas valía que no existieran". El siervo de Dios actúa de otra manera; actúa por encargo del Señor, en su nombre, guiado por su Espíritu y, en definitiva, a la manera que Dios actúa, que también es diferente. El siervo no pronuncia grandes discursos ni palabras altisonantes: "No grita, ni clama, ni vocea por las calles". Promueve fielmente el derecho, que no es precisamente como el del mundo; su lenguaje son los hechos; y éstos no consisten en acabar con la caña cascada ni en apagar el pábilo vacilante ("Eucaristía 1989").

Tenemos aquí la primera de las cuatro piezas literarias que se conocen con el nombre de "cantos del siervo de Yahveh". Se trata de un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión. Se describe la figura del discípulo verdadero de Yahveh que ha sido elegido para enseñar "el derecho" a las naciones (esto es, la religión legítima), que ha sido fortalecido para aguantarlo todo con tal de cumplir su misión y que, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios. La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta exegéticamente imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Probablemente se refiere a todo un grupo dentro de Israel.

"Siervo" es aquí un título honorífico, no tiene que ver nada con la condición y el "Status" sociológico de los esclavos. Frecuentemente se llama "siervo" a personas físicas; por ejemplo, a Abraham, a Moisés, a David..., todos ellos son llamados en la Biblia "siervos de Yahveh". También se da este nombre a todo el pueblo de Israel.

Estas primeras palabras tienen el sentido de una designación; es decir, de una elección y de una presentación. Dios elige al Siervo y lo presenta a Israel y a las naciones. Esta designación difiere de la designación de los reyes y de la vocación de los profetas. En el caso de los reyes, Dios elige a un caudillo carismático y lo presenta al pueblo para que éste lo acepte y después sigue la proclamación real; en el caso de los profetas, la vocación acontece sin testigos. Dios elige al Siervo porque quiere, porque se complace en él, sin fijarse en las cualidades que tenga y sin justificar ante nadie su elección. Dios elige a su Siervo soberanamente, y lo presenta después a todo el mundo.

La misión del siervo de Yahveh es sentenciar justicia y llevar el derecho a las naciones. El siervo dará una nueva constitución a los pueblos y establecerá un orden nuevo en el que habite la justicia. Se piensa aquí especialmente en la sentencia que ha de resolver el pleito de Yahveh con todas las naciones y que pondrá en claro que Yahveh es el único Dios. La proclamación del nuevo orden no se hará según la costumbre de los reyes orientales que sancionaban las leyes antiguas y establecían otras nuevas tan pronto ascendían al trono, que las hacían pregonar por las calles y las plazas en todas sus ciudades. El Siervo de Yahveh actuará en silencio, sin el ruido y la pompa de los conquistadores de este mundo, que, como Ciro, conmueven toda la tierra para establecer el derecho de los más fuertes. Esta sentencia no será ejecutada violentamente contra los débiles, los vencidos y los que estén ya moribundos.

Aunque el Siervo de Yahveh es también una caña cascada, no se quebrará ni vacilarán sus rodillas hasta implantar la justicia. El será la fortaleza de todos los oprimidos. Como otro Moisés será mediador en la nueva alianza entre Dios y su pueblo. Como "luz de las naciones" llevará a todas partes el conocimiento de Dios. Su misión es universal. Por fin, se subraya el carácter liberador del Siervo de Yahveh ("Eucaristía 1987").

El autor ha vivido entre los deportados a Babilonia, ha conocido las victorias de Ciro, rey de Persia, pero no parece haya visto la caída de Babilonia. Los primeros oyentes del anuncio de la llegada del "Siervo" se encontraban en una calle sin salida. Habían perdido la patria, el poder político y el centro de su vida religiosa -el templo- era un montón de ruinas. En esta situación les llega el mensaje del siervo que anuncia la liberación. Se presenta como elegido de Yahvé, consagrado por el espíritu, para que establezca en los pueblos el derecho=la ley de Dios. Es una decisión que ha tomado el Señor ante testigos. Tiene un carácter político. Es como una acción judicial entre Dios y los pueblos y constituye una declaración jurídica según la cual la pretendida divinidad de los dioses es nula y falsa porque sólo Yahvé es Dios. Este parece ser el sentido y contenido de los vv. 1-4. La misión del Siervo se formula con una serie de negaciones y la figura que de ellas resulta es totalmente contrapuesta a la tradición oriental. Según ella, en los procesos, después de proclamar la condena, el heraldo rompía una caña y apagaba una lámpara, signos de muerte. Esto es lo que no hará el Siervo... El siervo proclamará la misericordia de Dios a todos los pueblos y les hará conocer el derecho de Yahvé. Realizará su misión con firmeza = fidelidad y verdad. Con un juego de palabras, que remite al v. 3, dice que no se apagará ni quebrará hasta que haya cumplido su misión (P. Franquesa).

De un modo abrupto e inesperado, rompiendo la unidad literaria de estos capítulos, se nos presenta por vez primera y en toda la literatura profética un personaje misterioso, el siervo y ungido de Yahveh, que encarna en sí los rasgos más finos y característicos tanto del pueblo elegido como de sus principales personajes históricos. Es este el primero de cuatro cánticos dedicados a este siervo doliente. Literariamente homogéneos, teológicamente complementarios y con igual objetivo temático, estos cánticos parecen ser obra de un discípulo inspirado del Deuteroisaías, posteriormente insertados en los contextos donde ahora se encuentran. No cabe duda de que su ambientación histórica son los años del destierro o inmediatamente siguientes. Sin embargo, si queremos comprender un poco mejor cómo el profeta veía este personaje individual o colectivo que la historia y la revelación posterior han identificado con Jesús de Nazaret, es imprescindible leer conjuntamente los cuatro cánticos con su respectivo comentario: cf 49, 1-6; 50, 4-9a; 52, 13-53, 12. En este primer canto que nos ocupa se presenta al Siervo de Yahveh distinto del pueblo histórico y realizando una doble misión de trascendental relieve. De un lado, renovar la alianza hecha con Israel. De otro, repatriar a los exiliados y establecer la verdadera religión en medio de todas las naciones paganas. Para ello el autor se sirve de la terminología propia de la creación, "Yo te he formado", como al primer hombre. Es que con su siervo comienza un Nuevo Mundo, una Nueva Creación, un nuevo orden de cosas a través de la Nueva Alianza realizada con su pueblo. A partir de él todo será nuevo. "Los ciegos" o paganos abrirán sus ojos a la revelación; "los presos" o israelitas serán liberados de las tinieblas o equivocaciones en que viven desterrados. Y todo lo hará el que todo lo hizo con el soplo de su palabra, el creador de cielos y tierra. Creador y Redentor serán siempre ideas correlativas en nuestro profeta.

No menos llamativo es el modo cómo este siervo realizará su misión. Encargado de brindar el "derecho", es decir, la torah o doctrina revelada a todos los pueblos, lo hará compaginando las prerrogativas reales, proféticas y sacerdotales simultáneamente. Como rey implantará el derecho y justicia en la tierra. Derecho y justicia que están muy por encima de los conceptos modernos impregnados de legalismo o sociología; implican una actividad salvífica a todos los niveles sobre la base de los designios de Dios. Como sacerdote, es a él a quien compete exponer lo mismo que el rey debe implantar: el derecho. Tal era la costumbre en el pueblo de Israel. Como profeta, le compete ser el paciente altavoz de la voluntad divina en medio de todas las naciones de la tierra. Rey, sacerdote y profeta en maravilloso contraste con los reyes, sacerdotes y profetas de su tiempo. Nada de procedimientos militares ni de griteríos en las plazas ni de legalismo humano. Sencilla y llanamente transformando la interioridad de los individuos, reavivando la mecha a punto de extinguirse, llevando a cabo la verdadera revolución querida por Dios con las armas de la paz. Y todo ello será efecto de la acción dinámica de Yahveh en él, del espíritu divino que lo anima. En el bautismo y en el Tabor nos encontraremos con la realización de esta profecía en Jesús como primicia. Más tarde, en Pentecostés, sobre la naciente Iglesia como comunidad salvífica y medianera universal. Los exiliados no podían llegar tan lejos. A nosotros se nos ha revelado (Edic Marova).

 

2. Salmo 28. 1.Epifanía gloriosa de Cristo. Es como un canto a la voz humana de Jesús; la que imperaba al viento y al mar: 'tace!', 'obmutesce!' "Increpó al viento y dijo al mar: «Calla, enmudece!» Y el viento cesó y sobrevino una gran bonanza". También a un grito suyo -desde la Cruz-, tembló la tierra, las rocas se resquebrajaron y los sepulcros se abrieron. De este modo se nos declara la potencia divina del Señor sobre los seres naturales. Y así son también las acciones salvadoras que Él obra, no sólo en la historia humana, sino también en la historia singular de cada alma. Acciones salvíficas que se dan cita en ese lugar privilegiado que es la Liturgia, sin la cual, el Cristianismo sería sólo ideología. Liturgia que es lugar privilegiado de encuentro cierto de los cristianos con Dios y con su enviado, Jesucristo. Agustín se complace en describir las maravillosas operaciones que la voz de Jesús realiza también en el corazón humano: voz que "humillaba a los soberbios mediante la contrición del corazón, ... que arrastraba a unos hacia su amor, mientras dejaba a otros en su propia malicia, ... que manifestaba la opacidad de los misterios contenidos en la Sagrada Escritura, ... ". Desde esta perspectiva, las palabras del salmo instilan en nuestro alma esa "familiaridad estupenda y desmedida" con Jesús, de la que trata la «Imitación de Cristo». Que, por medio de este salmo, la impaciencia de nuestro amor se atreva a soñar en los misterios que encierran las palabras, siempre nuevas, del Señor. ¡Ojalá puedan nuestros oídos glorificados escuchar la voz de Cristo, cuando nos asomemos a su alma en el día de las confidencias eternas!

El Evangelio de Juan nos refiere que Jesús hablaba del templo de su Cuerpo cuando declaraba: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré" (Io 2,19). En el interior de ese templo, que es Él mismo, en el 'Sancta sanctorum' de su alma humana, se da un grito unánime: «¡Gloria!».

Esta glorificación del Padre, que en Jesús fue incesante a lo largo su vida terrena, encontrará su prolongación en la Liturgia celeste donde El se constituye en Mediador del sacrificio de alabanza ofrecido a Dios por toda la creación. Agustín nos describe la vida del Cielo como una gloriosa adoración presidida por Jesús, Pontífice y Sumo Sacerdote de la Ciudad Santa. ¡Qué grandioso es este espectáculo de la vida cultual en la Jerusalén celeste! El Cielo, convertido en templo de glorificación perfecta, es una asamblea de adoradores agrupados alrededor del Dios sacrificado, el Cordero inmolado.

Único Sacerdote y Hostia universal, Cristo concentra en Él el homenaje de la creación entera debido al Creador y Dueño de todo. Recíprocamente, don de Dios a los hombres y de los hombres a Dios, Cristo personifica y realiza el estado de dependencia total de la humanidad a su Creador.

"La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado; el Señor se sienta como Rey eterno. Aleluya." De este modo la liturgia del Bautismo de Jesús y del Tiempo Pascual nos enseña a reconocer en esta estrofa el anuncio de la Realeza de Cristo, quien, saliendo victorioso de la lucha y tras sentarse sobre su trono de gloria, hace partícipe a su pueblo de la fuerza, de la potencia y de la bendición en su Reino de paz.

En efecto, este salmo- que habla tanto de tempestad- termina con una apacible visión de paz, como si se tratara de un reflejo literario de aquella otra tempestad de Viernes Santo que concluye con la luz gozosa de la Resurrección: tras la lucha y las borrascas de la vida presente, si la voz del Señor encuentra acogida en nuestro interior, nos espera el sosiego de la vida eterna (Félix Arocena).

El "bautismo de Jesús" se ve ahí en el salmo: "Se abrió el cielo... Se oyó una voz... Tú eres mi Hijo". El evangelio como cosa normal, utiliza todos los esquemas culturales del pueblo en el cual fue primeramente proclamado. .. Para un judío de ese tiempo, el "trueno", era "la voz de Dios". Y San Juan, no vacila en narrar lo siguiente: "Una voz vino del cielo: yo lo he glorificado y lo glorificaré aún". La muchedumbre que se encontraba allí y que había oído decía que se trataba de un trueno: otros decían que un ángel le había hablado". (Juan 12,28-29). El mismo San Juan, en el Apocalipsis, escuchó también "Siete ruidos de trueno" (Apocalipsis 10,3 - 4), exactamente como en este salmo. Se comprende por qué, el día de Pentecostés, también la presencia de Dios se sintió como una tempestad que conmovió la casa en que los apóstoles estaban reunidos... y por qué Saulo fue derribado por un relámpago en el camino de Damasco (Hechos 9,3 - 4).

Para actualizar este salmo, y meditarlo en el hoy del mundo moderno, no se puede hacer caso omiso de las dos lecturas precedentes. Por el contrario, habiendo comprendido el lenguaje utilizado por los antiguos, debemos traducirlo en nuestra propia cultura contemporánea.

Comulgar con las grandes fuerzas de la naturaleza que nos superan. Nuestra civilización científica tiende a separarnos del medio natural. Sabemos hoy (algo que ignoraban los pueblos antiguos), que la tempestad tiene leyes precisas, y que el rayo no es más que electricidad, que sigue leyes ya bien conocidas que nos permiten tomar las precauciones del caso. Pero esto no es óbice para que hoy también comprendamos nuestra pequeñez ante la furia de las potencias cósmicas. ¿No puede acaso la tempestad hablarnos de Dios? ¿Es demasiado metafórico hablar de la "voz de Dios?" ¡Y quien haya vivido la belleza salvaje de una tempestad en la montaña, nunca podrá olvidarla! El encuentro con Dios puede tomar la apariencia del relámpago que fulmina y desvanece (la experiencia de San Pablo en el camino de Damasco); ciertos convertidos recientes se expresan con el mismo lenguaje.

En medio de los "miedos" y de los terrores humanos, permanecer como un hombre de paz. Cuando todo tiembla alrededor de Israel, el pueblo creyente, "canta serenamente la "gloria de Dios", en su templo, se encuentra tranquilo bajo las "bendiciones de un Dios" que lo colma de beneficios". ¡Esto es admirable! ¡Es la palabra final de este salmo! Con ojos abiertos y oídos atentos comprobamos que si bien el hombre se ha liberado de algunos miedos pánicos que asediaban el cielo de nuestros antepasados, es presa de otros terrores como el miedo atómico, el miedo por el futuro, la degradación de la naturaleza, los terrores sociales de toda clase, fuerzas nuevas difícilmente controlables, la huelga, la inflación, los desequilibrios económicos, etc. Recitar este salmo hoy día es erguirse arrogantemente, valientemente, y pensar que el hombre de fe no tiene miedo, no tiene miedo de nada, pues sabe que todo está en manos de Dios. Recordemos aquel pasaje en que Juan fue llamado por Jesús: "Boanerges", es decir "hijo del trueno" (Marcos 3,17). No era pues un "hombre a medias"; exiliado, torturado en Patmos, seguía proclamando "la gloria de Dios" en el corazón mismo del Imperio Romano, el perseguidor. Ese es el hombre de fe (Apocalipsis 1,9).

La certeza de la victoria final de Dios. "El domina, el Señor reina eternamente". La imagen de la tempestad que fulmina los cedros, que domina la fuerza de las aguas, nos dice elocuentemente que Dios tendrá efectivamente la última palabra contra todas las potencias hostiles. Jesucristo es este "Señor de la gloria" cantado ya por el salmista. El es verdaderamente la "voz del Señor", su palabra triunfante que como el fuego "destruirá el pecado con el soplo de su boca" (2 Tes 2,8). No, el mal no puede permanecer ante Dios ¡Alegrémonos por ello! Que nuestras liturgias sean un grito ininterrumpido: "¡Gloria!" (Noel Quesson).

Cuando el cielo se oscurece. El cielo está oscuro, la tempestad se enfurece, las fuerzas del mal parecen haberse apoderado de cielo y tierra. La tempestad es símbolo y realidad de destrucción y confusión, de peligro y de muerte. El hombre teme a la tempestad y corre a protegerse cuando los rayos descargan. El hombre, desde su infancia personal e histórica, siempre ha tenido miedo a la oscuridad.Y, sin embargo, tú me enseñas ahora, Señor, que la tempestad es tu trono. En ella avanzas, te presentas, dominas los cielos y la tierra que tú creaste. Tú eres el Señor de la tempestad. Tú estás presente en la oscuridad tanto como en la luz; tú reinas sobre las nubes como lo haces sobre el cielo azul. El trueno es tu voz, y el rayo es la rúbrica de tu mano. He de aprender a reconocer tu presencia en la tormenta oscura, así como la reconozco en la alegre luz del sol. Te adoro como Señor de la naturaleza. «La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica, la voz del Señor descuaja los cedros del Líbano. La voz del Señor lanza llamas de fuego». Después de reconocerte en las tormentas de la naturaleza, llego a reconocerte también en las tormentas de mi propia alma. Cuando mi cielo privado se oscurece, tiemblan mis horizontes y rayos de desesperación descargan sobre la soledad de mi corazón. Si las bendiciones vienen de ti, también vienen las pruebas. Si tú eres sol, también eres trueno; y si traes la paz, también traes la espada. Tú te acercas al alma tanto en el consuelo como en la tentación. Tuyo es el día y tuya es la noche; y después de venerarte como Dios de la luz del día, quiero también aprender a venerarte como Señor de la noche en mi propia vida. Aún te siento ahora más cerca en la tempestad, Señor, que en la calma. Cuando todo va bien y la vida discurre su curso normal, te doy por supuesto, reduzco al mínimo tu papel en mi vida, me olvido de ti. En cambio, cuando vienen las tinieblas y me cubren con el sentido de mi propia impotencia, al instante pienso en ti y me refugio a tu lado. Por eso acepto ahora con gratitud el misterio de la tormenta, la prueba del relámpago y el trueno. Me acerco a ti más en mis horas negras, y me inclino ante tu majestad en el temporal que ruge por los campos de mi alma. El Dios de las tormentas es el Dios de mi vida. «El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como Rey eterno. El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz».

Juan Pablo II decía: para algunos es "uno de los textos más antiguos del Salterio. Es fuerte la imagen que lo sostiene en su desarrollo poético y orante:  en efecto, se trata de la descripción progresiva de una tempestad. Se indica en el original hebraico con un vocablo, qol, que significa simultáneamente "voz" y "trueno". Por eso algunos comentaristas titulan este texto:  "el salmo de los siete truenos", a causa del número de veces que resuena en él ese vocablo. En efecto, se puede decir que el salmista concibe el trueno como un símbolo de la voz divina que, con su misterio trascendente e inalcanzable, irrumpe en la realidad creada hasta estremecerla y asustarla, pero que en su significado más íntimo es palabra de paz y armonía. El pensamiento va aquí al capítulo 12 del cuarto evangelio, donde la muchedumbre escucha como un trueno la voz que responde a Jesús desde el cielo (cf. Jn 12, 28-29)…

Son dos los momentos y los lugares a los que el cantor bíblico nos lleva. Ocupa el centro (vv. 3-9) la representación de la tempestad que se desencadena a partir de "las aguas torrenciales" del Mediterráneo. Las aguas marinas, a los ojos del hombre de la Biblia, encarnan el caos que atenta contra la belleza y el esplendor de la creación, hasta corroerla, destruirla y abatirla. Así, al observar la tempestad que arrecia, se descubre el inmenso poder de Dios. El orante ve que el huracán se desplaza hacia el norte y azota la tierra firme. Los altísimos cedros del monte Líbano y del monte Siryón, llamado a veces Hermón, son descuajados por los rayos y parecen saltar bajo los truenos como animales asustados. Los truenos se van acercando, atraviesan toda la Tierra Santa y bajan hacia el sur, hasta las estepas desérticas de Cadés.

Después de este cuadro de fuerte movimiento y tensión se nos invita a contemplar, por contraste, otra escena que se representa al inicio y al final del salmo (vv. 1-2 y 9b-11). Al temor y al miedo se contrapone ahora la glorificación adorante de Dios en el templo de Sión.

Hay casi un canal de comunicación que une el santuario de Jerusalén y el santuario celestial:  en estos dos ámbitos sagrados hay paz y se eleva la alabanza a la gloria divina. Al ruido ensordecedor de los truenos sigue la armonía del canto litúrgico; el terror da paso a la certeza de la protección divina. Ahora Dios "se sienta por encima del aguacero (...) como rey eterno" (v. 10), es decir, como el Señor y el Soberano supremo de toda la creación.

Ante estos dos cuadros antitéticos, el orante es invitado a hacer una doble experiencia. En primer lugar, debe descubrir que el hombre no puede comprender y dominar el misterio de Dios, expresado con el símbolo de la tempestad. Como canta el profeta Isaías, el Señor, a semejanza del rayo o la tempestad, irrumpe en la historia sembrando el pánico en los malvados y en los opresores. Bajo la intervención de su juicio, los adversarios soberbios son descuajados como árboles azotados por un huracán o como cedros destrozados por los rayos divinos (cf. Is 14, 7-8). Desde esta perspectiva resulta evidente lo que un pensador moderno, Rudolph Otto, definió lo tremendum de Dios, es decir, su trascendencia inefable y su presencia de juez justo en la historia de la humanidad. Esta cree vanamente que puede oponerse a su poder soberano. También María exaltará en el Magníficat este aspecto de la acción de Dios:  "Él hace proezas con su brazo:  dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos" (Lc 1, 51-52).

Con todo, el salmo nos presenta otro aspecto del rostro de Dios:  el que se descubre en la intimidad de la oración y en la celebración de la liturgia. Según el pensador citado, es lo fascinosum de Dios, es decir, la fascinación que emana de su gracia, el misterio del amor que se derrama sobre el fiel, la seguridad serena de la bendición reservada al justo. Incluso ante el caos del mal, ante las tempestades de la historia y ante la misma cólera de la justicia divina, el orante se siente en paz, envuelto en el manto de protección que la Providencia ofrece a quien alaba a Dios y sigue sus caminos. En la oración se conoce que el Señor desea verdaderamente dar la paz. En el templo se calma nuestra inquietud y desaparece nuestro terror; participamos en la liturgia celestial con todos "los hijos de Dios", ángeles y santos. Y por encima de la tempestad, semejante al diluvio destructor de la maldad humana, se alza el arco iris de la bendición divina, que recuerda "la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra" (Gn 9, 16).

Este es el principal mensaje que brota de la relectura "cristiana" del salmo. Si los siete "truenos" de nuestro salmo representan la voz de Dios en el cosmos, la expresión más alta de esta voz es aquella con la cual el Padre, en la teofanía del bautismo de Jesús, reveló su identidad más profunda de "Hijo amado" (Mc 1, 11 y paralelos). San Basilio escribe:  "Tal vez, más místicamente, "la voz del Señor sobre las aguas" resonó cuando vino una voz de las alturas en el bautismo de Jesús y dijo:  "Este es mi Hijo amado". En efecto, entonces el Señor aleteaba sobre muchas aguas, santificándolas con el bautismo. El Dios de la gloria tronó desde las alturas con la voz alta de su testimonio (...). Y también se puede entender por "trueno" el cambio que, después del bautismo, se realiza a través de la gran "voz" del Evangelio" (Homilías sobre los salmos PG30, 359).

 

3. Hch 10,34-38. En el contexto de uno de los cinco discursos misioneros de Hechos, lucanos en su construcción y reflejando el kerigma primitivo en el fondo, encontramos dos temas principales: universalidad del mensaje y función de Cristo. El primero de ellos (vv. 34-36) empalma con el contexto inmediato de Hechos, la conversión de Cornelio, consiguiente apertura del Evangelio a los gentiles y explicaciones de Pedro, primero a los catecúmenos y luego a los de la comunidad primitiva (cap. 11 de Hechos). Es una vez más la afirmación de la universalidad del mensaje. No plantea problemas en términos generales hoy día, pero puede hacerlo cuando se desciende a detalles. A todos nos cuesta relativizar nuestra inteligencia de lo cristiano, sobre todo cuanto tiene vinculación con temas que son irrenunciables o que consideremos cercanos a ellos. Pero deberíamos tener más prudencia a la hora de discernir cuáles son esos temas irrenunciables. La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de cómo se ha dado marcha atrás en muchos puntos que se creían vinculados incuestionablemente al cristianismo. Y es natural, porque ninguna forma humana, tampoco eclesiástica, puede recoger adecuadamente, toda la riqueza de la Revelación. Es necesario tener las que consideramos imprescindibles, pero siempre abiertos como Pedro a la novedad del Espíritu. "El otro tema, la persona de Jesús, su personalidad terrestre y su unción por el Espíritu que los Evangelios concretan en el bautismo, tomando ocasión del probable descubrimiento humano que Jesús hizo de su misión en ese momento (F. Pastor).

Pedro se encuentra en casa de Cornelio, comparte con él la misma mesa y le anuncia el Evangelio. Comprende que no debe distinguir ya entre alimentos puros e impuros, tampoco entre gentiles y judíos. Pero proclama la universalidad de la salvación que realiza Dios en Cristo. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios. Pedro confiesa abiertamente que ahora comprende lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones (Dt, 10, 17; Rm 2, 11; Gal 2, 6) y que el Evangelio no puede detenerse ante las fronteras de ningún pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, esto es, por los cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Pero confiesa que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres (Mt, 28, 18-20; Jn 1, 1ss; Fl 2, 5-11). Después de esta introducción, Pedro pasa ahora a predicar el Evangelio de Jesucristo. La descripción que se hace aquí de la actividad pública de Jesús a partir del Jordán y comenzando en Galilea recuerda el Evangelio según San Marcos, que recoge precisamente la tradición de San Pedro. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo. Jesús es el "ungido", es decir, el Cristo o Mesías. Sobre él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora.

Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador (Soter) y Benefactor (Euergetes), títulos que solían dar los antiguos a los soberanos después de su apoteosis. Claro que todos estos "salvadores y benefactores" no entendieron su autoridad como un servicio que se acercaba al menos al que prestó el Siervo de Yahveh. Los cristianos de la naciente Iglesia, confesando su fe en Cristo, el Señor, protestaban contra todo culto a los emperadores. Sólo Jesús vino a servir y no a ser servido, por eso Jesús es el Señor ("Eucaristía 1987").

Esta perícopa forma la primera parte del discurso de Pedro vv. 34-43. La evangelización de los gentiles constituyó un grave problema para las comunidades cristianas. La intervención de Dios, en el caso de Cornelio, hizo superar las barreras. La misión a los gentiles no será una victoria de las ideas o decisiones de Pablo o de Pedro, sino una obligación derivada de la intervención de Dios. El plan literario y teológico de los Hechos depende en gran parte de la concepción de Lucas según el cual la proclamación del mensaje se inicia en Jerusalén y llega a toda la tierra. En este caminar misionero el Espíritu tiene la función de guía. En el episodio de Cornelio, Pedro reconoce el designio de Dios sobre los gentiles.

Pedro, antes que Pablo y más allá de cualquier propuesta humana, asume que la iniciativa de bautizar a los gentiles no proviene de los hombres sino de Dios. Dios, que no hace distinciones, toma una decisión que señala un cambio decisivo. Desde este momento nadie puede ser tenido por impuro. Todo hombre puede ser grato a Dios.

Lucas habla siempre a lectores que, a su juicio, conocen los acontecimientos de la vida y muerte de Jesús. Se trata siempre de algo que ha acontecido en medio de vosotros. Son hechos que no se pueden discutir, que se pueden reconstruir históricamente, pero que deben ser interpretados. De ahí la fórmula de Pedro: Conocéis lo que aconteció en el país de los judíos. Comienza por el bautismo de Jesús, la unción por el Espíritu significa que Jesús ha sido elegido para realizar la salvación. Con Jesús llegó el "fuerte" que despoja al enemigo. Las enfermedades que Jesús cura tienen una incidencia que va más allá del cuerpo. Jesús, con su obra, ha abierto el camino de la libertad, es el salvador (P. Franquesa).

 

4. Lucas, a diferencia de Mateo y Marcos, toca el tema del bautismo sólo de paso y para poner de relieve la teofanía. Los rasgos peculiares de Lucas son: -la oración de Jesús, un tema característico de Lucas (cfr. 5,16; 6,12; 9,18.28-29; 11,1); -la forma corpórea de la paloma. El evangelista quiere, con esta forma de representar la manifestación de Dios, dar una respuesta perceptible a la oración de Jesús.

El Bautista rechaza toda dignidad mesiánica, pero deja muy clara su relación personal con el Mesías. Su persona, actividad, su vida, sólo se comprenden a la luz de Jesús. ¿Cuál es la relación entre el bautismo de agua y bautizar con Espíritu? Bautizar con Espíritu es una forma figurada de proclamar que la efusión del Espíritu Santo por medio del Mesías es el primer don de la época de la salvación y del reino. El Espíritu es el don por excelencia del Mesías.

Pero la presencia del Espíritu, como don de salvación, opera siempre un juicio. Aquí el fuego no es símbolo de la acción purificadora del Espíritu, sino del juicio, como muestra claramente el versículo siguiente. La actitud con que cada uno se prepara para recibir al que viene y la actitud que toma frente a él, hace que el bautismo sea con Espíritu o con fuego.

Lucas se esfuerza por clarificar el mensaje de Jesús. El descenso, el aletear, del Espíritu en forma de paloma parece aludir al inicio del mundo (Gn 1,2). Allí el espíritu aleteaba sobre las aguas para iniciar el orden cósmico. Con su descenso sobre Jesús el Espíritu inicia una nueva creación (Pere Franquesa).

"El os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego". Los sacramentos de la Iglesia (el sacramento del bautismo, la eucaristía), no son sólo unos ritos externos, con su simbolismo más o menos rico, acompañados de nuestra plegaria personal y comunitaria, de nuestros deseos, propósitos o compromisos. Con el agua, el celebrante, la comunidad reunida y nosotros mismos, hay siempre -¡y sobre todo!- "el que puede más que yo". Aquel sobre el cual bajó el Espíritu Santo nos bautiza a nosotros "con el Espíritu Santo y con fuego". La acción de los sacramentos penetra hasta el fondo de nuestro ser como un fuego purificador, transforma íntimamente como sólo el Espíritu de Dios puede hacerlo. También nosotros, pues, según nuestra capacidad, tenemos el cielo abierto, también sobre nosotros desciende el Espíritu Santo, también escuchamos la voz del Padre que nos dice: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto" (Josep M. Totosaus).

Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo. Después de la preparación que Juan ha llevado a cabo (cf. domingos 2 y 3 de Adviento), Jesús aparece en público y tiene lugar la manifestación divina que marca el inicio de su misión. La primera parte del evangelio de hoy presenta el contraste entre Juan y Jesús, que Lucas quiere resaltar especialmente por las confusiones que seguramente se daban en su ambiente. Juan, con su bautismo de agua, hace solamente un acto simbólico de voluntad de purificación. Jesús, en cambio, aparece con las características del enviado de Dios para los últimos tiempos: es "poderoso" y realizará la transformación definitiva esperada, la irrupción de Dios "con Espíritu Santo y fuego". La segunda parte presenta a Jesús en el Jordán, el lugar adonde se dirige el pueblo deseoso de purificación. Lucas dice casi de pasada que Jesús es bautizado, y se centra en la teofanía que tiene lugar a continuación. La escena ocurre en la oración, es una experiencia de relación intensa con Dios, como a Lucas le gusta subrayar a menudo. Y la experiencia es explicada recurriendo a referencias del AT: el cielo se abre para que Dios baje y dé cumplimiento al anhelo manifestado en Is 45,8 y 63,19; el Espíritu baja sobre Jesús evocando a Is 61,1 y también las promesas del fin de los tiempos; y lo hace en forma de paloma, revoloteando sobre las aguas del mismo modo que en la creación, para señalar que se inicia una nueva creación. Finalmente, las palabras que se oyen son el inicio del primer cántico del siervo de Yahvé (Is 42,1-7): Jesús es este siervo, y a él se aplica con propiedad el nombre de Hijo amado; él, como dice el cántico, será alianza del pueblo, luz de las naciones, para devolver la vista a los ojos que han quedado ciegos...

Lucas empezará su segundo libro, los Hechos de los apóstoles, con otra escena como ésta, pero que tiene como destinatarios a todos los creyentes: Pentecostés (Josep Lligadas).

"Decir que Jesús es el Mesías significa relacionar a Jesús con la utopía". La utopía cristiana. Utopía significa "lo que no está en ningún lugar". No está en ningún lugar porque es un bastión, una meta por conquistar, una meta harto difícil, una meta no lograda, pero no irreal. "Real es todo aquello que hace realmente feliz al Hombre" (Cabodevilla). La utopía es necesaria como el aire para respirar, y hasta tal punto que "ser hombre significa tener una utopía" (Ernest Bloch). La utopía puede definirse como algo inalcanzable. Definición que no sirve cuando se trata del Reino de Dios, que está ya ahí aunque todavía no, que está en el camino pero lejos de la meta, que ha germinado pero aún no es tiempo de recolección y cosecha... Con la certeza, al final, de un "ya" definitivo. Es, pues, la utopía cristiana meta para tender a ella, norte para buenos aventureros, brújula para arriesgados caminantes. Es como un sueño, pero diferente: soñar con manzanas y encontrarse una, en la mano, al despertar. Sí, una en la mano porque es el plan de Dios y El anda al quite. He aquí la utopía cristiana: "que nadie desate a nadie las sandalias", es decir, que nadie niegue a nadie sus derechos, que nadie niegue a nadie el amor, que nadie renuncie a llamar a nadie "hermano"... Que nadie niegue a nadie el pan, la vida, la calle, el abrazo, el hogar... La tarea está cargada de escollos y dificultades y no soplan buenos vientos para la utopía. Los nuevos tiempos inaugurados por Jesús son arriesgados, pero nos va en ello el ser. Cuando somos incapaces de utopía viene la ley para aplacar y meter al personal en varas, y aún está por demostrar que la ley haya hecho avanzar a la humanidad más que la solidaridad y el amor. Cuando la Iglesia, en la noche de los tiempos, perdió su capacidad de utopía e intemperie, aprendió matemáticas, se interesó por sistemas de seguridad, empezó a frecuentar, con asiduidad, la mesa de los señores, volvió la espalda a la sencillez y frescura de la Primitiva Comunidad y los montes alumbraron dos mil y muchos cánones... Aprendió a contar los millones de hambrientos, a catalogar las verdades en seguras y menos seguras y pactó con los poderosos a través de su propia escuela de diplomacia... pero no empujó, con decisión, el tren de la solidaridad, perdió, casi, el comboy de la juventud, y lloró, en soledad, el mal trato de los poderosos. Se quedó sin utopía. Pero siempre permaneció, en esta misma iglesia, un resto de creyentes, hilo conductor de la utopía e insignificante "grano de mostaza" en Francisco de Asís, Alberto Magno, Bernardo de Claraval, Teresa de Jesús y tantos otros, que han llegado hasta nosotros, a través del Vaticano II, como reto e invitación para que la mecha humeante no se extinga. ¡Soñemos, alma, soñemos...! No sé quién ha dicho que "el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando calcula" (Benjamín Cebolla).

Es difícil encarnar en la vida las exigencias del bautismo. Nunca resultó sencillo ser cristiano. Y buena prueba de ello es el catálogo de los mártires, de los que sufrieron violentamente la muerte y de los que también sufrieron violencias, aunque murieran de "muerte natural". Todo eso, ¿por qué...? Porque el bautizado sólo puede ser consecuente con su fe en el mundo, pero en un mundo que se ha agazapado cómodamente en una situación hostil. Sorprendente, pero así es: la misma sociedad que nos empuja alegremente hacia la pila bautismal, resulta ser luego la primera interesada en que no ejerzamos nuestro compromiso bautismal. ¡Cuántos gritos no se darían en todos los periódicos, si un sacerdote osase aconsejar a ciertos padres que no bautizasen a su hijo! Y, sin embargo, ningún grito, ninguna denuncia contra esa sociedad que trata de sofocar todo brote cristiano y que margina inexorablemente a quienes tratan de vivir auténticamente el Evangelio, o la doctrina social de la Iglesia. Cabría preguntarse: ¿qué tiene que ver con el Evangelio el capitalismo, el hedonismo, las grandes fortunas, el paternalismo enervante con que se menosprecia a los trabajadores, el clasismo, la arbitrariedad, y tantas otras cosas que tienen patente de corso en nuestra sociedad? Pero, a pesar de todo, resulta amable situarse de parte del dinero, del poder, del bienestar... sin sentir la más mínima vergüenza de sabernos bautizados, es decir, hijo de Dios. ¿Es posible que nos creamos hijos de Dios? ¿Todos? ¿Así, como vivimos? Lo peor de esta situación es que el hombre trata de dividirse en dos: el ciudadano que coquetea y se casa con todo eso antievangélico, y el seudo-creyente, que pretende recluir su bautismo en el "foro interno". Pero así no es posible ser cristiano. Todo aquel que sistemáticamente -por miedo o comodidad- trata de evadirse del mundo y sus problemas, no sólo no es un cristiano, sino que ni siquiera es un hombre. Quizá sea un extra-terrestre ("Eucaristía 1971").

En los demás evangelistas viene narrado cómo sobre el bautizado se abrieron los cielos, descendió el Espíritu en forma de paloma y se dejó oír la voz invisible del Padre: "Este es mi Hijo muy amado" (Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 3,22). Toda la Santísima Trinidad se manifiesta para dar testimonio de la encarnación del Hijo, es decir, de la manifestación de Dios en carne humana. La fe de la Iglesia fluye de esta manifestación divina y del testimonio que la acompaña; la liturgia bebe también su fuerza y esplendor en ella. Pues su fe es el mismo Dios encarnado y la liturgia no hace otra cosa que celebrar al Dios aparecido en carne humana.

Mas ¿qué sería esta fe si, a una con el Dios hecho hombre, no conmemorase también al crucificado y al resucitado? ¿Qué sería esta liturgia si, junto con el Dios que se nos aparece en carne humana, no viese también a la carne humana de Dios elevada y glorificada? La fe y la liturgia de la Iglesia no son únicamente fe y liturgia de Navidad, sino que son fe y liturgia, sobre todo, de Pascua. La manifestación de Dios hecho hombre no hace más que echar las raíces de su fe, y constituye su objeto en cuanto es inseparable de la cruz y de la resurrección. Lo mismo de siempre: el mensaje completo de la Navidad es éste: Dios viene y nos salva. La salvación, empero, reside en la cruz y la resurrección.

Mirándolo desde este punto de vista, comprendemos con cuánta razón la Iglesia funda su fe, y la liturgia de Epifanía alcanza su culmen, en el bautismo del Jordán. Al ser este bautismo una resplandeciente epifanía de Jesús, es decir, una manifestación de su Divinidad, testimonio infalible de su aparición en carne humana, es también un anticipo simbólico y una imagen de su pasión, muerte y resurrección. El bautismo en el agua es una clara alusión al bautismo de sangre en la cruz, del cual dijo Jesús: "Tengo que recibir un bautismo. ¡Y cuán angustiado me siento hasta tanto que se vea cumplido!" (Lc 12,50). Por ello, el bautismo del Jordán se presenta como símbolo de su determinación de sufrir, lo mismo que de su subsiguiente resurrección salvadora. Símbolo que se ofrece al comienzo, mejor dicho, en el punto crucial de su camino terreno, que de Belén y Nazaret, pasando por el Jordán y el desierto, sube hasta Jerusalén.

Por esta misma razón la conmemoración litúrgica del bautismo del Jordán convierte a la Epifanía en el total misterio de la encarnación, muerte y resurreción del Señor, y le permite correr parejas en importancia y en amplitud redentora con la fiesta de Pascua. Porque, así como ésta culmina en la venida del Espíritu Santo, de la misma manera viene representado este llegar a la perfección pascual en el Bautismo del Jordán. En efecto, del Jordán, igual que de la tumba, sube Cristo; sobre el se mece el Espíritu Santo en figura de paloma y la voz invisible del Padre da testimonio de El: "Este es mi Hijo muy amado". ¿Qué es esto sino la plenitud de redención que nos viene con Pentecostés, anticipada aquí en imagen? Es la cima de la redención que nos viene a los cincuenta días de la fiesta de Pascua: en ella, el Espíritu Santo unge y llena de su fuerza vital divina la naturaleza humana, purificada ya con la sangre de Cristo y resucitada con El de la muerte del pecado, y luego la incorpora con Cristo a la vida de la Santísima Trinidad, tal como nos lo anuncia el Evangelio del día de Pentecostés: "Aquel que me ame, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él para habitar en él" (Jn 14,23).

Teniendo en cuenta que este hombre purificado en el bautismo de sufrimiento de Jesús y glorificado por su resurrección, lleno ya de Dios, no es uno sólo, sino más bien un cuerpo compuesto por muchos miembros, podemos ahora comprender enteramente el porqué de celebrar hoy la liturgia de Epifanía el bautismo de Jesús en el Jordán, visto desde el aspecto de baño nupcial de la Iglesia.

Podemos, asimismo, comprender la razón de por qué, al celebrar la Epifanía, se presenta a la Iglesia la plenitud de la redención bajo la imagen de unas sagradas bodas. En último término, la redención que nos trae el Dios que viene no es nada más que la unión del hombre bautizado con Dios trino, en la muerte de Cristo (Emiliana Löhr).

San Hilario dice (Comentario al evangelio de S. Mateo 2,6): "En él quedan también patente la economía del misterio celeste. En efecto, una vez que se hubo bautizado y se abrieron las puertas del cielo, el Espíritu Santo es enviado y conocido visiblemente bajo el aspecto de una paloma, y de este modo queda bañado por la unción del amor paterno. Después una vez que venía del cielo se expresa así: 'Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy' (Lc 3,22; Salmo 2,7). Por medio de la voz y de la visión queda designado como Hijo de Dios y al pueblo infiel y desobediente a los profetas se envía de parte de su Señor el testimonio de la visión y de la palabra, para que por aquello mismo que se estaba realizando en Cristo conociéramos al mismo tiempo que, después del bautismo, el Espíritu vuela hacia nosotros desde los cielos y que quedamos bañados en la unción de la gloria celeste y que nos convertimos en hijos de Dios por la adopción de la voz del Padre, dado que la verdad ha prefigurado, por los mismo efectos de los hechos, la imagen del misterio así preparado para nosotros".

En el sacramento del Bautismo confluye todo el misterio de la vida: el pasado del pecado, el presente del hombre nuevo y la esperanza del mundo definitivo. El Bautismo es regeneración vida nueva, nacimiento de lo alto, participación de la resurrección, revestimiento de Cristo, signó de la filiación divina unción del Espíritu. Contemplando y definido así desde la teología se comprende su importancia y valor. Sin embargo, desde la realidad pastoral concreta el Bautismo tiene ano ciertos matices de celebración sociológica.

Se pide el Bautismo desde diversas instancias: la costumbre, la religiosidad, la tradición familiar. Aunque es verdad que actualmente el nacimiento de un niño y su Bautismo ya no están indisoluble y automáticamente unidos, como ocurría antes. Es creciente la toma de conciencia, por parte de todos, de la seriedad y exigencias que comporta este sacramento fundamental, para que no sea un gesto estéril.

A quienes abogan radicalmente por el retraso del Bautismo hasta la edad adulta para que haya un compromiso personal, conviene recordarles algunas de las razones presentadas en el nuevo ritual promulgado como fruto de la reforma litúrgica del Vaticano II: los niños son bautizados no por su fe personal, sino en la fe de la Iglesia, proclamada por los padres, padrinos y la comunidad; la respuesta y conversión personal de los niños es exigencia posterior al Bautismo que necesita una educación progresiva en la fc eclesial.

En este domingo celebramos la fiesta del bautismo del Señor. Es oportuno recordar las exigencias de nuestro propio bautismo a la luz del Bautismo de Cristo, que fue manifestación de su filiación divina, comienzo de su misión pública, proclamación de una nueva fidelidad, un nuevo amor, y una nueva ley. Los bautizados debemos manifestar en toda circunstancia que somos hijos de Dios, ungidos con un espíritu nuevo, que vence toda cobardía y egoísmo.

Porque estamos bautizados tenemos que vencer el miedo a profesar una auténtica conciencia bautismal en todas las circunstancias básicas y a recobrar actitudes fundamentales que han podido abandonarse a lo largo del camino de la vida. Tareas específicas del bautizado son: vivir las obras de la luz en medio de las tinieblas, luchar contra las estructuras de la injusticia, enfrentarse al pecado del mundo, buscar afanosamente la fraternidad universal, construir el futuro de una historia nueva (Andrés Pardo).

El hombre vive en el mundo. Esta afirmación no debe entenderse como si el hombre viviera simplemente en un lugar y un tiempo determinado, sino en el sentido de que el hombre vive en el mundo de los hombres y, por lo tanto, en relación con los hombres y ocupado con ellos en los asuntos y problemas de la convivencia humana. Cuando una persona no hace acto de presencia en el mundo así entendido, da la impresión de que su vida se diluye en un mundo de fantasía y que pierde realidad. En este sentido si el Hijo de Dios nacido de la Virgen María no hubiera llegado a una confrontación pública con los hombres, si no se hubiera manifestado en lo que es ante el mundo, su encarnación hubiera quedado incompleta; no podríamos decir que Dios ha venido a nuestro mundo, porque nuestro mundo no es como un bosque de árboles en el que cada uno está simplemente ahí, sin intimidad, o sin intimidad para los otros hombres. El hombre vive siempre en relación con los otros hombres, en una confrontación de su yo con el tú y con el vosotros. Así, pues, la vida pública de Cristo, que comienza en el bautismo y termina en la cruz debe entenderse también como la encarnación llevada a sus últimas consecuencias.

Por eso los Apóstoles serán testigos de todo lo que Jesús hizo y dijo a partir de su bautismo en el Jordán hasta la resurrección de entre los muertos.

El bautismo de Jesús en el Jordán es la presentación de Cristo como el "Hijo" de Dios y el "Ungido por el Espíritu Santo" ante el pueblo de Israel. Precisamente es San Lucas el que destaca mejor que ningún otro esta dimensión pública del bautismo de Cristo, pues presenta el acontecimiento del bautismo de Cristo en el Jordán como un hecho visible para todos los presentes. Todos según San Lucas, vieron cómo descendía el Espíritu Santo sobre Jesús y escucharon la voz del Padre: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto". El que había sido concebido por obra del Espíritu Santo, el que era ya en verdad Hijo de Dios desde su concepción, es ahora proclamado como tal ante el pueblo. Cristo es presentado como el enviado del Padre y el "Ungido por el Espíritu Santo".

A partir de este momento comenzará a proclamar el Reino de Dios, primero en Galilea, y toda su predicación será el anuncio de lo que él mismo es para todos los hombres en el mundo de los hombres. Porque él es la plenitud del Reino de Dios: él es el Hijo de Dios que se somete al Padre y que cumple en su vida toda la voluntad de Dios y todas las promesas. En Él se inaugura el "hoy" de nuestra salvación. El es aquel en quien habita la plenitud del Espíritu Santo. El es el "ungido" por el Espíritu de fortaleza, como había anunciado ya el profeta Isaías.

El camino de Cristo en su vida pública es la manifestación detallada de lo que ya al principio se manifiesta globalmente en su bautismo. El, el "ungido", lleno del Espíritu de Dios, "pasará haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo" con la fuerza del dedo de Dios, del Espíritu. Y movido por ese mismo Espíritu ofrecerá su vida en la cruz para redención de todos los hombres, y por la virtud de ese Espíritu, como dice San Pablo, será resucitado de entre los muertos y, así, en medio de su debilidad se manifestará la fuerza de Dios. El, de quien dice San Pedro, que "Dios estaba con él", el "Ungido" con el espíritu de fortaleza, es también el que pronuciará aquellas palabras en la cruz: "¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" Y, paradójicamente, en el supremo abandono de la cruz comenzará también su exaltación.

El es "el Hijo", el amado, predilecto del Padre, y toda su vida se alimentará de cumplir la voluntad del Padre, porque para eso ha venido a este mundo, para hacer la voluntad del Padre. Pero la voluntad del Padre es nuestra salvación. Cristo es el Siervo de Yavé del que nos habla el profeta Isaías en la primera lectura de hoy. El ha sido llamado "para promover fielmente el derecho, para implantarlo en la tierra, para abrir los ojos a los ciegos y sacar a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas". Hace todo esto no con la ostentación de un poder, sino sin griterío y con la fuerza de su aparente debilidad.

También la vida del cristiano comienza en el bautismo. En el bautismo el cristiano es hecho hijo de Dios y recibe ya la comunicación del Espíritu. La confirmación no es otra cosa que la confirmación del bautismo, un rito en el que de una manera más expresa se nos confiere el don del Espíritu. Por el bautismo y la confirmación, el cristiano es invitado por Dios a llevar el testimonio de su vida a la realidad del mundo de los hombres. El cristiano no es para el mundo fuerza de Dios si no promueve la justicia y la liberación de los oprimidos y si no hace todo esto en la debilidad de su servicio, si no se alimenta también como Cristo de la voluntad del Padre y si no ve en la voluntad del Padre el servicio al mundo de los hombres. No es con griterío y con ostentación y poder como el cristiano ha de vivir realmente en el mundo. No es clamando y "voceando por las calles o cascando la caña quebrada y apagando el pábilo vacilante..." El cristiano ha de ser como el siervo de Yavé. Su bautismo le compromete para llevar el evangelio a la realidad de los hombres. En esta confrontación el cristiano no corre otro riesgo que el de Cristo.

Es posible que su vida termine en la cruz, pero cree firmemente que el que muere con Cristo resucitará con él.

Es una inconsecuencia de nuestra sociedad el que se bautice con "tanta alegría" a los niños y el que después se extrañe si por ventura, y por gracia de Dios, alguno de éstos trata de llevar el Evangelio con todas sus consecuencias a la vida pública ("Eucaristía 1971").

Hoy es el último día del tiempo de Navidad. La "manifestación" de Dios y su acercamiento a nuestra historia han tenido etapas sucesivas: la espera del Adviento, el gozo del Nacimiento, la fiesta de la Madre, la invitación a los pueblos paganos en los Magos... Ahora, con el Bautismo de Jesús en el Jordán, se completa esta manifestación y se proclama su misión de Mesías ante todo el pueblo.

El bautismo de Jesús es una escena importante en el evangelio: en él se nos anuncia claramente que Jesús es el predilecto de Dios, su Mesías y Enviado, lleno de su Espíritu, dispuesto a iniciar su misión de Maestro y Salvador.

Isaías ha hecho como un retrato profético en el "canto del Siervo" que hemos leído: "mirad a mi Siervo, mi Elegido, a quien prefiero: sobre él he puesto mi Espíritu, para que traiga el derecho a las naciones....".

Lucas en el evangelio nos ha dicho cómo se cumple este retrato de Jesús de Nazaret. Se abre el cielo (¿no ha sido todo el tiempo de Navidad la celebración de cómo se ha abierto el cielo y cómo Dios ha querido hacerse de nuestra historia?), se oye la voz de Dios: "tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto" (la misma descripción de Isaías) y baja el Espíritu sobre él (también el profeta decía que sobre el Siervo descendía el Espíritu de Dios).

El que es llamado por Dios y enviado a una misión recibe, en la Biblia, para que pueda cumplir bien esta misión, la fuerza y el Espíritu de Dios. Aquí, Jesús inaugura el ejercicio oficial de su vocación mesiánica: su Bautismo es una verdadera teofanía y epifanía de Jesús como Mesías, Profeta y Salvador.

Después del tiempo de Navidad, la fiesta del Bautismo de Jesús es como un puente de unión, como el programa para todos los domingos del nuevo año. Escucharemos la voz del Enviado de Dios, no de un profeta cualquiera. El Jesús que se nos ha manifestado en la Navidad o en Epifanía, va a ser nuestro Maestro, de parte de Dios. Hoy comienza su misión.

Isaías describe el estilo de actuación del futuro Siervo: "no gritará, no voceará por las calles...." El elegido de Dios trabajará a favor de la justicia y el derecho. Pero lo hará con un estilo propio: no con la violencia, no a gritos, sino con suavidad. La caña que está a punto de romperse, no la acabará de quebrar. Al contrario, la ayudará a mantenerse. Abrirá los ojos de los ciegos, libertará a los cautivos...

Es exactamente el retrato que nos hace Pedro en la segunda lectura y el que aparece a lo largo del evangelio: Jesús "pasó haciendo el bien". Siempre comprensivo y servicial, cercano a los débiles y los marginados. La misión mesiánica, de parte de Dios, y lleno de su Espíritu, la cumple Jesús curando a los enfermos, consolando a los atribulados, perdonando a los pecadores, resucitando a los muertos, enseñando y proclamando a todos la buena noticia de la salvación.

En el evangelio de hoy, Lucas nos dice cómo Jesús, aun sin tener pecado, se pone en fila con los que acuden a recibir el Bautismo de la conversión en el Jordán: es la solidaridad con los pecadores y con toda la humanidad que empezó ya en su Nacimiento, que sigue en esta escena, y que culminará con su Muerte en la Cruz.

Todos participamos de su misión mesiánica de alguna manera: por los sacramentos de iniciación hemos renacido como hijos de Dios y hemos sido incorporados a Cristo como pueblo sacerdotal (bautismo), hemos recibido el don y la fuerza del Espíritu para cumplir nuestra misión en el mundo (confirmación) y nos hemos incorporado a la comunidad eucarística (primera comunión). Si El era el Ungido (Cristo y Mesías significan lo mismo: el Ungido, o sea, el que ha sido lleno del Espíritu de Dios), nosotros también somos ungidos, "cristianos", y Dios nos ha encomendado una misión. La iglesia en Pentecostés, y nosotros en la Confirmación, hemos recibido el Espíritu de Dios para esa misión. Como Cristo la cumplió radicalmente, nosotros también somos invitados a ser consecuentes con nuestro Bautismo y Confirmación, testigos de Dios y su Buena Noticia en el mundo de hoy. La Eucaristía dominical (o la diaria, para algunos) son nuestro alimento y nuestra continua reorientación a la escuela y a la mesa de Cristo.

Es bueno que nos miremos también al espejo de Cristo en el estilo de vida con que El cumplió su vocación. También nosotros, en medio de este mundo, somos ungidos a trabajar por la justicia y la verdad, para hacer triunfar los valores de Dios: pero no con la violencia o la impaciencia, sino con la comprensión, la servicialidad, y con la entrega total de nosotros mismos. De modo que se pueda decir también del seguidor del Mesías: "pasó haciendo el bien, curando, enseñando... porque Dios estaba con él" (J. Aldazábal).

 

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