jueves, 7 de junio de 2012

Viernes de la semana 9ª del tiempo ordinario: el camino de retorno a Dios se realiza en Jesús, el Salvador.

PRIMERA LECTURA
El que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 3, 10-17

Querido hermano:

Tú seguiste paso a paso mi doctrina y mi conducta, mis planes, fe y paciencia, mi amor fraterno y mi aguante en las persecuciones y sufrimientos, como aquellos que me ocurrieron en Antioquia, Iconio y Listra.

¡Qué persecuciones padecí! Pero de todas me libró el Señor.

Por otra parte, todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido.

En cambio, esos perversos embaucadores irán de mal en peor, extraviando a los demás y extraviándose ellos mismos.

Pero tú permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.
Palabra de Dios.

Sal 118, 157. 160. 161. 165. 166. 168
R. Mucha paz tienen los que aman tus leyes, Señor.

Muchos son los enemigos que me persiguen,
pero yo no me aparto de tus preceptos. R
.

El compendio de tu palabra es la verdad,
y tus justos juicios son eternos. R.

Los nobles me perseguían sin motivo,
pero mi corazón respetaba tus palabras. R.

Mucha paz tienen los que aman tus leyes,
y nada los hace tropezar. R.

Aguardo tu salvación, Señor,
y cumplo tus mandatos. R.

Guardo tus decretos,
y tú tienes presentes mis caminos. R.

EVANGELIO

Tobías 11: 5 – 17 5 Estaba Ana sentada, con la mirada fija en el camino de su hijo. 6 Tuvo la corazonada de que él venía y dijo al padre: «Mira, ya viene tu hijo y el hombre que le acompañaba.» 7 Rafael iba diciendo a Tobías, mientras se acercaban al padre: «Tengo por seguro que se abrirán los ojos de tu padre. 8 Úntale los ojos con la hiel del pez, y el remedio hará que las manchas blancas se contraigan y se le caerán como escamas de los ojos. Y así tu padre podrá mirar y ver la luz.» 9 Corrió Ana y se echó al cuello de su hijo, diciendo: «¡Ya te he visto, hijo! ¡Ya puedo morir!» Y rompió a llorar. 10 Tobit se levantó y trompicando salió a la puerta del patio. 11 Corrió hacia él Tobías, llevando en la mano la hiel del pez; le sopló en los ojos y abrazándole estrechamente le dijo: «¡Ten confianza, padre!» Y le aplicó el remedio y esperó; 12 y luego, con ambas manos le quitó las escamas de la comisura de los ojos. 13 Entonces él se arrojó a su cuello, lloró y le dijo: «¡Ahora te veo, hijo, luz de mis ojos!» 14 Y añadió: ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito su gran Nombre! ¡Bendito todos sus santos ángeles! ¡Bendito su gran Nombre por todos los siglos! 15 Porque me había azotado, pero me tiene piedad y ahora veo a mi hijo Tobías. Tobías entró en casa lleno de gozo y bendiciendo a Dios con toda su voz; luego contó a su padre el éxito de su viaje, cómo traía el dinero y cómo se había casado con Sarra, la hija de Ragüel, y que venía ella con él y estaba ya a las puertas de Nínive. 16 Tobit salió al encuentro de su nuera hasta las puertas de Nínive, bendiciendo a Dios, lleno de gozo. Cuando los de Nínive le vieron caminar, avanzando con su antigua firmeza, sin necesidad de lazarillo, se maravillaron. Tobit proclamó delante de ellos que Dios se había compadecido de él y le había abierto los ojos. 17 Se acercó Tobit a Sarra, la mujer de su hijo, y la bendijo diciendo: «¡Bienvenida seas, hija! Y bendito sea tu Dios, hija, que te ha traído hasta nosotros. Bendito sea tu padre, y bendito Tobías, mi hijo, y bendita tú misma, hija. Bienvenida seas, entra en tu casa con gozo y bendición.»

Salmo 146,1-2,6-10 1 ¡Aleluya! ¡Alaba a Yahvé, alma mía! 2 A Yahvé, mientras viva, he de alabar, mientras exista salmodiaré para mi Dios, 6 que hizo los cielos y la tierra, el mar y cuanto en ellos hay; que guarda por siempre lealtad, 7 hace justicia a los oprimidos, da el pan a los hambrientos, Yahvé suelta a los encadenados. 8 Yahvé abre los ojos a los ciegos, Yahvé a los encorvados endereza, ama Yahvé a los justos, 9 Yahvé protege al forastero, a la viuda y al huérfano sostiene, mas el camino de los impíos tuerce; 10 Yahvé reina para siempre, tu Dios, Sión, de edad en edad.

Marcos 12,35-37 35 Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: «¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? 36 David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. 37 El mismo David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?» La muchedumbre le oía con agrado.

Comentario: 1. Tras la despedida de los padres empieza la narración del viaje de Tobías y el ángel, en la cual resplandece nuevamente la fe y la obediencia del hijo de Tobit. Llegados a la orilla del Tigris, Tobías baja a bañarse. Allí tiene lugar el episodio del pez, que, por designio divino, será el instrumento que sanará a Tobit y Sara. El hígado, el corazón y la hiel de determinados peces poseen virtudes curativas. Concretamente, Plinio habla del poder curativo de la hiel respecto a enfermedades de los ojos. El proceso de la misma narración confirmará posteriormente la utilidad del acto de obediencia que hace Tobías sin ver su inmediato provecho. Porque el ángel dice a Tobías que el corazón y el hígado obrarán como exorcismos liberadores (v 8). A partir del versículo 9 se inicia el desarrollo del plan divino respecto a la boda de Tobías y Sara, hija de Raguel. En Nm 36,6-8 se habla de la obligación que tenían las hijas de Salfajad: «Se casarán dentro de los clanes de la tribu paterna». Así, pues, Tobías, como miembro de la misma tribu y familia, era el primero que tenía derecho a casarse con la hija de Raguel. El ángel, verdadero instrumento del beneplácito divino, insiste en este sentido. Sin embargo, Tobías conoce las desgracias de Sara con los siete maridos que se acercaron a ella en la cámara nupcial. El ángel tranquiliza a Tobías: el hígado y el corazón del pez alejarán de Sara el espíritu maligno, el cual, después de oler el humo producido por la quema de las mencionadas vísceras, jamás volverá a ella. Con todo, es preciso no olvidar la plegaria al Dios omnipotente. Por encima de todo remedio humano están la misericordia y la salvación, que sólo pueden venir de aquel Señor que siempre se compadece de los hombres. Más aún: Sara estaba reservada a Tobías desde la eternidad. Este pensamiento encierra una realidad profundísima: la providencia eterna de Dios para con sus escogidos. Tal pensamiento debe infundir siempre gran confianza a todos los que viven en paz con Dios (J. O`Callaghan).

Una vez terminadas las ceremonias de su matrimonio, Tobías y Sara se ponen en camino hacia la casa del viejo Tobías. Apenas llega, el joven Tobías aplica la medicina de Rafael a los ojos de su padre y éste recupera la vista (vv. 11-13) e inmediatamente da gracias a Dios por su bondad (vv. 14-17). El libro de Tobías es la historia simbólica de las familias judías en el Exilio: sumergidos en las tinieblas, descubren progresivamente que los ojos del corazón son los únicos capaces de permanecer siempre alerta. Un colirio misterioso devuelve la luz a los ojos enfermos (Ap 3, 18) y les permite enfocar los acontecimientos al estilo de Dios y no ya al estilo miope de los hombres. Los judíos de aquel entonces sentían tal devoción por los ángeles que no podían comprender la curación de Tobías sino mediante la intervención de Rafael, cuya mediación sirve a veces de pantalla a la presencia actuante de Dios. Para un hebreo la luz designa fundamentalmente la felicidad. Al igual que la vida, está considerada como un don de Dios que adquiere su verdadera dimensión en la alianza. Yavhé es la luz de su pueblo porque le ama y espera de él fidelidad en correspondencia. Pero el hombre es pecador y la conciencia del pecado es el reino de las tinieblas o de la infelicidad. Yahvé espera, por tanto, su conversión para otorgarle definitivamente la luz. A medida que se van ampliando los ángulos de sus puntos de vista respecto a la retribución temporal, Israel toma conciencia de que la luz no es sólo un bien material. Lo esencial está situado a un nivel más interno: lo que tiene que iluminarse es el corazón del hombre para que pueda estructurarse la felicidad requerida, y es él el que debe rechazar el pecado. Pero no lo consigue sino en la medida en que Dios le ofrece su claridad. El Padre ha hecho ya que Jesús pasara de las tinieblas a la gloria y todos cuantos sigan las huellas de Cristo conseguirán esa misma iluminación (Jn 8, 12: Maertens-Frisque).

La narración empieza con una delicada contraposición entre la angustia de los padres de Tobías y la intención, por parte de los suegros, de que el joven permaneciera en casa. Las escenas de la despedida están inspiradas, literariamente, en la perícopa de Gn 24,54-61. En los vv 11-13 se puede descubrir el deseo de los israelitas de ver asegurada la descendencia. Son delicados y generosos los consejos a Sara para que honre a sus suegros, porque desde aquel momento serán ya sus padres. Nuevamente, la bendición dirigida a Dios en labios de Tobías como testimonio conclusivo de todos los bienes recibidos en el hogar de Ragüel. La escena en que la madre aparece sentada esperando la vuelta del hijo tiene un sabor muy bíblico. Recuerda la parábola del hijo pródigo (Lc 15,20). Al fin y al cabo, la felicidad de los padres siempre depende de los hijos... porque están unidos a ellos por amor. Amar es hacerse vulnerable... estar siempre al alcance del amado. Algunos detalles precisos hacen pensar que Jesús pudiera utilizar reminiscencias de ese texto para relatar la parábola del «hijo que regresa a su casa».

-Ana iba a sentarse todos los días al borde del camino, sobre una altura desde donde podía ver a lo lejos. En cuanto lo divisó corrió a anunciarlo a su marido. La mujer de Tobit, la que antaño injuriaba a su marido, participa ahora con él de la espera febril del hijo. ¡Todo está bien si acaba bien! ¡El tiempo arregla muchas cosas! En este libro optimista, todo se arregla al final. «Vale más así», podríamos decir. ¡Si fuera siempre verdad! Pero, de hecho, esa convicción positiva ¿no deberían adoptarla más a menudo, sobre todo las personas propensas a angustiarse?: es uno de los aspectos de la esperanza... después de todo y no el menor y ¡a menudo verdadero! ¡Confesémoslo!

-Rafael dijo al joven Tobías: «En cuanto entres en tu casa adora al Señor tu Dios»; y después de darle gracias acércate a tu padre y abrázalo. Lejos de tratarse de una serie de prácticas formalistas esta oración es una maravillosa disposición permanente que hace que la «acción de gracias" surja a propósito de todo: "¡gracias, Dios mío!"... «Bendito seas,.... Voy donde alguien, toco el timbre: ¡una plegaria mientras espero! Voy de compras, camino por la calle: ¡una plegaria! Alguien ha llamado a la puerta. Voy a abrir: ¡una plegaria mientras voy!

-Entonces el perro que los había acompañado en el viaje se adelantó corriendo, llegó como mensajero meneando la cola en señal de alegría. El padre ciego se levantó, echó a correr, tropezó, tomó la mano de un niño para alcanzar a su hijo, lo abrazó, lo besó lo mismo que a su mujer y todos lloraron de alegría. El texto pertenece al gran arte narrativo, con su sentido del detalle concreto bien observado. Es, sencillamente, muy humano. La Encarnación del Hijo de Dios en una verdadera familia, en situaciones humanas reales, nos dirá pronto que la aventura divina se realiza en el corazón de las realidades más humildes, más cotidianas.

-Cuando hubieron adorado a Dios y dado gracias, se sentaron. Entonces Tobías tomó la hiel del pez y frotó con ella los ojos de su padre... Este recobró la vista. La curación del ciego de nacimiento es interpretada explícitamente por Jesús como símbolo de esta "luz que proviene de Dios y que permite mirar los acontecimientos a la manera de Dios" (Juan 9, 40-41). En efecto, la luz es «ver como Dios", esto es la fe y la felicidad. Por el contrario, el pecado es tinieblas y desgracia. Abre nuestros ojos, Señor... haznos lúcidos y clarividentes... ilumina nuestras vidas.

De acuerdo con los preceptos del ángel, Tobías ungió con la hiel los ojos de su padre; cayeron las escamas, y Tobit volvió a ver. Este reencuentro de Tobit con su hijo es evidentemente el punto culminante de la narración. Dios no abandona a los justos. La prueba se transforma en bendición. De hecho ahora Tobit recupera mucho más de lo que había perdido. La lectura acaba con la gozosa bendición de Tobit tras haber recobrado la vista. En esta bendición alaba al Señor de la misma forma que en los pasajes anteriores. Tobit tiene muchos motivos para alabar a Dios. Todas las páginas del libro están impregnadas de la convicción de que la providencia del Señor gobierna todo. El Señor nunca abandona a los justos. Por eso Tobit puede decir (14): «Bendito sea Dios, bendito su gran nombre..., porque si antes me castigó, ahora veo a mi hijo Tobías". Es un final que, con mucha más razón que las purificaciones exigidas por los cánones de la tragedia griega, deja al alma convencida de que Dios es, sobre todo, un padre que ama. La historia se acerca a su fin. Naturalmente, no la escuchamos entera, y no estaría mal que aprovecháramos para leerla íntegra en la Biblia, porque tiene otros muchos matices interesantes.

-Todos glorificaban a Dios: él, su mujer y todos sus conocidos. El viejo Tobit decía: «Yo te bendigo, Señor, porque me has afligido y me has salvado." ¿Es la "bendición", el dar gracias a Dios, el clima habitual de mi vida? Acaso en mi felicidad, mis alegrías, mis éxitos ¿me olvido de Dios? (Noel Quesson/J. O`Callaghan). Lo que parece desastroso en nuestra historia, muchas veces resulta para bien. Dios lo conduce todo para nuestro provecho. Cuántas veces tenemos la experiencia de que una enfermedad, o la falta de suerte, o un accidente, o un fracaso que nos hicieron sufrir, luego han resultado beneficiosos para nuestra vida. ¿Sabemos reaccionar con una cierta serenidad y con actitud de fe ante las pruebas de la vida? ¿nos hundimos fácilmente, o somos capaces de bendecir a Dios incluso en la desgracia? ¿sabemos, luego, en el momento de la felicidad, dar gracias a Dios? No está mal que aprendamos la lección de este relato edificante: Dios no deja sin premio la fe y la conducta leal de las dos familias, de Tobías y Sara, o la nuestra. Nuestra oración nunca deja de subir a su presencia. Nuestros esfuerzos por vivir honradamente como personas y como cristianos nunca quedarán sin recompensa, aunque no sepamos cuál será el momento y el modo de esta recompensa.

2. Sal. 146/145. El salmo de hoy nos inspira los sentimientos justos para nuestra vida: «alaba, alma mía, al Señor, que mantiene su fidelidad perpetuamente», «el Señor liberta a los oprimidos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan», «el Señor ama a los justos y trastorna el camino de los malvados». “La contemplación del profeta, le empuja a situarse, por así decir, en el final de los tiempos. Entonces, viendo la fragilidad de todo lo que, por ser terreno, resulta caduco, no piensa más que en alabar a Dios. Este fin del mundo vendrá presto para cada uno de nosotros: vendrá en el momento en que muramos y nos desliguemos de cuanto nos rodea. Enderecemos, pues, nuestros afanes hacia lo que constituirá, al fin, nuestra ocupación perenne” (Casiodoro).

Las acciones que cuenta el salmo con las que Dios manifiesta su poder y bondad (poder del Dios de Jacob, que además realiza su misericordia hacia los necesitados en distintas situaciones, por eso se puede confiar en Él en cualquier momento), las ha realizado Jesús: sus milagros son signos de su obra redentora, cumpliendo las palabras del salmo (cf también Is 61,1-2; Lc 4,17-21).

3. - Mc 12, 35-37: -Jesús enseñaba en el templo. A menudo se menciona esa función de Jesús: Enseñaba a las gentes. Función eminente. Ruego por los que la ejercen hoy en la sociedad y en la Iglesia. De una u otra manera, es una función que a todos nos incumbe.

-"¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David?" Ahora es Jesús el que pregunta. David mismo, inspirado por el Espíritu Santo ha dicho: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra" Jesús cita el salmo 110. Ya hemos comentado que debía saberlos de memoria. Era la plegaria habitual de la comunidad, y el repertorio de cánticos usados en las sinagogas. ¿Me gusta leer o recitar salmos? ¿Me doy cuenta, cuando los pronuncio de que son una plegaria de Jesús; una plegaria que Jesús ciertamente ha pronunciado y que vuelve a pronunciar, por así decir, por mis labios?

-Si el mismo David le llama Señor: "Entonces, ¿cómo puede ser Hijo suyo?" Tenemos aquí un ejemplo típico de argumentación rabínica: se cotejan dos textos de la Escritura para llegar a una síntesis nueva. El argumento de Jesús es el siguiente: es inconcebible que un padre de familia otorgue el grandioso título de "Señor" a uno de sus hijos. ¿Cómo, pues, os contentáis con llamarme "hijo de David", como si yo no fuera sino esto? Si es Señor, ¿cómo puede ser hijo? Con esta pregunta, Jesús querría llamar la atención sobre el misterio de su persona. Jesús sabe que no es solamente "hijo de David" sino "hijo de Dios". Lo afirma discretamente, pero también con firmeza. La cualidad de Mesías no se confunde con la filiación davídica: aquella sobrepasa a ésta. Ha sido preciso que David estuviera inspirado por el Espíritu Santo, para hacer una tal declaración: "El Señor dijo a mi Señor..." Señor, ayuda a los hombres de nuestro tiempo a no reducir el formidable misterio de tu Encarnación, con el pretexto de que es difícilmente concebible imaginar un hombre-Dios. Quiero adorarte sin comprender. Todo prueba que esta pretensión exorbitante ha sido la tuya.

-"Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. Los primeros cristianos han citado a menudo este pasaje del salmo 110, para aplicarlo al Señorío de Jesús que ha sido revelado muy particularmente en su resurrección; Hechos 2,34; 7,55; Ap 3,21; Col 3,1; Hb 1,3; 1 P 3,22. Estar sentado a la diestra de Dios, es participar de su poder. La realeza de Jesús sobrepasa en todos los aspectos a la realeza nacional de David; es de otro orden. Es la resurrección de Jesús lo que constituye su realeza: y la muerte es el enemigo que ha puesto debajo de sus pies por nosotros... Es de este Cristo, con esta estatura del que tenemos necesidad. Un hombre, incluso excepcional, un superhombre, no nos bastaría. Es necesario que Cristo sea Dios para salvarnos del último abismo, del último enemigo (Noel Quesson).

Al rey David se le prometió que de su casa, de su descendencia, vendría el Mesías. Pero en el Salmo 109 («Oráculo del Señor a mi señor»), que se atribuía a David, éste le llama «Señor» a su descendiente y Mesías. ¿Cómo puede ser hijo y a la vez señor de David? La respuesta hubiera podido ser sencilla por parte de los letrados: el Mesías, además de ser descendiente de la familia de David, sería también el Hijo de Dios, sentado a la derecha de Dios. Pero eso no lo podían reconocer. Sus ojos estaban cegados para ver tanta luz.

Cuarta discusión de Jesús con los representantes de las sectas judías, que esta vez son los fariseos. Inmediatamente toma la iniciativa y orienta el tema hacia los orígenes del Mesías. Los escribas piensan que el Mesías es hijo de David cuando David, por su parte, pensaba que era Señor. Ahora bien, en Oriente es inconcebible que un padre de familia conceda el título de Señor a uno de sus hijos. Por consiguiente, David tuvo que haber estado inspirado por el Espíritu al hacer una declaración de ese tipo. La argumentación de Jesús se fundamenta en un procedimiento rabínico consistente en contraponer dos tradiciones o dos textos bíblicos para llegar a una síntesis. Y precisamente a esa síntesis va a pasar la última pregunta de Cristo: "Si es Señor, ¿cómo puede ser hijo?" La solución sería evidentemente decir que el Mesías no puede ser al mismo tiempo hijo de David y Señor si no es a la vez hombre y Dios (Rom 1,3-4). Los cristianos encontrarán la solución contemplando el misterio de Pascua y citarán con frecuencia el salmo 109/110 para aclarar cómo el hijo de David es también hijo de Dios (Act 2,34; 7,55-56; 1 Pe 3,22; Ap 3,21; Col 3,1; Heb 1,3-13, etc.). El reino mesiánico de Jesús trasciende, pues, el reino nacionalista de David. Pero las palabras de Cristo las recogió con particular esmero la comunidad primitiva que vio en ellas una prueba de su resurrección y de su filiación divina. En efecto, entendió la palabra "Señor" en el sentido que le daba después de la resurrección y quiso que la realeza mesiánica de Jesús tuviera cumplimiento en su soberanía de Hijo de Dios resucitado. Esta asociación entre el título mesiánico y el título señorial de Jesús (cf. Rom 1,1-5) permite comprender que Dios no se ha unido tan sólo con la humanidad en general, sino con una humanidad concreta, condicionada por el contexto social y político de Palestina. El Mesías es un regalo de Dios, pero es también un fruto de la historia de los hombres (Maertens-Frisque).

Jesús de Nazaret, el Mesías, el hijo de David, es el Señor, el Hijo de Dios. En todo el evangelio de Marcos estaba resonando esta pregunta: ¿quién es en realidad Jesús? Nosotros respondemos fácilmente: Jesús es el Señor y el Hijo de Dios. Él mismo nos ha dicho que Él es la luz, el camino, la verdad, la vida, el maestro, el pastor. No sólo sabemos responder eso, sino que hemos programado nuestra vida para seguirle fielmente, y aceptar su proyecto de vida, vivir y pensar como Él. En eso consiste sobre todo nuestra fe en Cristo. No sólo en saber cosas de Él. Sino en seguirle: o sea, hacer nuestros los valores que Él aprecia, imitar sus grandes actitudes vitales, su amor de hijo a Dios, su libertad interior, su entrega por los demás, su esperanza optimista en las personas y en la vida... (J. Aldazábal).

Hoy, el judaísmo aún sabe que el Mesías ha de ser “hijo de David” y debe inaugurar una nueva era del reinado de Dios. Los cristianos “sabemos” que el Mesías Hijo de David es Jesucristo, y que este reino ha empezado ya incoativamente —como semilla que nace y crece— y se hará realidad visible y radiante cuando Jesús vuelva al final de los tiempos. Pero ahora ya Jesús es el Hijo de David y nos permite vivir “en esperanza” los bienes del reino mesiánico. El título “Hijo de David” aplicado a Jesucristo forma parte de la médula del Evangelio. En la Anunciación, la Virgen recibió este mensaje: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre» (Lc 1,32-33). Los pobres que pedían la curación a Jesús, clamaban: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (Mc 10,48). En su entrada solemne en Jerusalén, Jesús fue aclamado: «¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David!» (Mc 11,10). El antiquísimo libro de la Didakhé agradece a Dios «la viña santa de David, tu siervo, que nos has dado a conocer por medio de Jesús, tu siervo». Pero Jesús no es sólo hijo de David, sino también Señor. Jesús lo afirma solemnemente al citar el Salmo davídico 110, cita incomprensible para los judíos: pues resulta imposible que el hijo de David sea “Señor” de su padre. San Pedro, testigo de la resurrección de Jesús, vio claramente que Jesús había sido constituido “Señor de David”, porque «David murió y fue sepultado, y su sepulcro aún se conserva entre nosotros (…). A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros» (Ac 2,14). Jesucristo, «nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios», como dice san Pablo (Rm 1,3-4), se ha convertido en el foco que atrae el corazón de todos los hombres, y así, mediante su atracción suave, ejerce su señorío sobre todos los hombres que se dirigen a Él con amor y confianza.

Jesús es consciente de su Mesianidad, de su ser Señor y Rey. Sin embargo toda su vida se desarrolla en el servicio y en la entrega en amor por nosotros; amor que llega hasta el extremo de llevarle a dar su vida por nosotros, como si nosotros fuésemos los Señores. Él mismo diría: ¿Quién es el más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo, que soy su Maestro y Señor, he estado en medio de ustedes como el que sirve. Él nos ha dado ejemplo, para que hagamos como Él lo ha hecho. Efectivamente el camino de la Iglesia es el camino del servicio. Hemos sido ungidos por el Espíritu Santo, y hemos sido hechos hijos de Dios por nuestra unión con Cristo, para ser enviados como testigos del Evangelio y ser puestos al servicio de la salvación de todos. No podemos vivir como opresores, ni como simples maestros que proclamen el Evangelio desde los estrados. Necesitamos caminar con la gente para remediar sus diversos males. Entonces no sólo seremos aquellos que anuncian el Evangelio, sino aquellos que dan testimonio del mismo con la vida, hecha Evangelio viviente del Padre para la humanidad entera. El Señor nos ha mostrado el camino, vayamos tras las huellas de Cristo… Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber escuchar su Palabra, meditarla en nuestro corazón, encarnarla en nuestra vida diaria y proclamarla como fuente de salvación para todos. Amén (www.homiliacatolica.com).

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