martes, 12 de junio de 2012

Miercoles semana 10 tiempo ordinario

I Corintios 3,4-11 4 Esta es la confianza que tenemos delante de Dios por Cristo. 5 No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios, 6 el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida. 7 Que si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, 8 ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! 9 Efectivamente, si el ministerio de la condenación fue glorioso, con mucha más razón lo será el ministerio de la justicia. 10 Pues en este aspecto, no era gloria aquella glorificación en comparación de esta gloria sobreeminente. 11 Porque si aquello, que era pasajero, fue glorioso, ¡cuánto más glorioso será lo permanente!

Salmo 99,5-9: 5 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante el estrado de sus pies: santo es él. 6 Moisés y Aarón entre sus sacerdotes, Samuel entre aquellos que su nombre invocaban, invocaban a Yahveh y él les respondía. 7 En la columna de nube les hablaba, ellos guardaban sus dictámenes, la ley que él les dio. 8 Yahveh, Dios nuestro, tú les respondías, Dios paciente eras para ellos, aunque vengabas sus delitos. 9 Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante su monte santo: santo es Yahveh, nuestro Dios.

Mateo 5,17-19 17 «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. 18 Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. 19 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Comentario: 1.- 2Co 3, 4-11: -Hermanos, si tenemos tanta confianza delante de Dios, gracias a Cristo... No es a causa de una capacidad personal de la que podríamos atribuirnos el mérito. Con el tema de la «tribulación», el tema de la "confianza" es uno de los más importantes de san Pablo. El cristiano no es un timorato, un semi-hombre, una larva, es un ser lleno de seguridades. Hay HOY algunas timideces, una vergüenza de ser cristiano, ciertos miedos de afirmar, que repugnarían a san Pablo si volviera entre nosotros. ¡No! Pablo no baja la vista. Frente a sus adversarios se presenta como un hombre «seguro de sí mismo». «Si tenemos tanta confianza...» Tanto más seguro porque ¡su confianza no proviene de él! Pablo se conoce. Se sabe débil e incapaz. Dame, Señor, esta confianza que se apoya en Ti y no en mí.

-Nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva alianza. Estas fórmulas nos ponen de entrada en una actitud acogedora y abierta. Ni la vida cristiana ni el ministerio en la Iglesia son realidades que construimos, son realidades que recibimos... que nos han sido «dadas». También yo, Señor, quisiera ser todo disponibilidad, tener siempre abiertas las dos palmas de mis manos, como el sacerdote en el altar, la posición del orante... en la postura del mendigo que espera recibir. Así estoy ante Ti, Señor, abre mi corazón.

-Comparación entre el ministerio de Moisés y el de los ministros de la nueva alianza: la letra y el espíritu. Los judaizantes de la Iglesia de Corinto -que reprochaban a Pablo sus novedades en relación a la antigua Ley judaica- trataban de desacreditar el carácter apostólico de san Pablo y su postura en relación a la Ley de Moisés. Pablo se defiende con una triple «comparación»: -La Ley Antigua: una «letra» demasiado material... una «gloria velada» antes deslumbrante... una «condenación del pecado»... La nueva Alianza: un «espíritu» interiorizado... «una gloria manifiesta y resplandeciente»... una «justificación del pecado»... Esta comparación confirma a Pablo en su confianza. La historia sagrada progresa. Dios conduce esa historia. Lo que Dios había revelado a Moisés en su tiempo, era bueno. Pero lo que nos revela en su Hijo Jesús es mejor aún y hace caducar todo lo precedente. Danos el sentido de TU HOY. Ayúdanos a ver claramente lo que Tú quieres para tu Pueblo, para tu Iglesia. Ayuda a esta Iglesia a no encerrarse de nuevo en «la letra» sino a dejarse llevar por el «Espíritu». Es verdad, Señor, siento siempre la tentación de pararme.

-La letra mata, pero el espíritu vivifica. En mi vida este riesgo es constante. Quedarme sólo en el cumplimiento formal de gestos, contentarme con una rectitud exterior, según la letra. Así se degradan las más hermosas cosas: lo mismo sucede con las más hermosas vocaciones, profesiones, plegarias... los más sanos amores y los más puros sentimientos. Ayúdame, Señor, a no cesar de vivificarlo todo con una nueva vida. No hacer mi quehacer de HOY sólo de un modo formal, porque hay que hacerlo, sino poniendo en él todo mi ser. «Espíritu... ven sobre el mundo... danos la vida...» (Noel Quesson).

En la vida de un cristiano, sobre todo si se dedica a algún tipo de apostolado, tiene que haber unas convicciones claras, sin las cuales le resultará difícil perseverar en su camino. También nosotros, como Pablo, ponemos nuestra confianza en Dios: por la fuerza que él nos comunica, y no por nuestras cualidades, es como podemos seguir adelante, viviendo en cristiano y haciendo algo para el bien de los demás. Lo que intentamos transmitir a otros, con nuestra palabra y nuestro testimonio de vida, es la novedad absoluta de Jesús, su estilo de vida, la Nueva Alianza sellada por su Espíritu, de la que participamos cada vez que celebramos la Eucaristía: «mi Sangre de la Nueva Alianza». Si en el AT «Moisés y Aarón con sus sacerdotes invocaban al Señor y él les respondía», como nos ha hecho decir el salmo, y descubrían la cercanía de Dios en sus vidas, cuánto más nosotros, que conocemos y seguimos al Hijo mismo de Dios, el Sacerdote supremo, a quien nos unimos para alabar a Dios e interceder por la humanidad.

El apóstol Pablo es no sólo maestro sino testigo invaluable de la obra del Espíritu Santo. Su propia experiencia de vida se resume en haber sido arrollado por las aguas caudalosas de una gracia y un amor que cambiaron todo adentro de él, o mejor: que hicieron que todo lo suyo se convirtiera en instrumento puesto en manos de Dios para manifestar su gloria. Fue este apóstol el que una vez dijo: "No vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gl 2,20). Hoy este mismo hombre nos deja ver que tiene clara conciencia de ser poseído por la virtud que viene de lo alto: "Ni siquiera somos capaces de pensar que algo procede de nosotros, sino que nuestra capacidad proviene de Dios." Este modo de obrar y hablar, este sabernos inundados del amor y del poder de Dios, es lo que llamamos vivir en el Espíritu Santo. Pablo reconoce que hay una "gloria" en todo aquello que preparó la llegada del Mesías, es decir, lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento; sin embargo, eso era transitorio. Lo permanente es esta acción nueva del Espíritu, y es permanente porque no puede ser derrotada, ya que en Cristo hemos visto que ni la furia del demonio, ni el abandono de la cruz, ni la frialdad del sepulcro fueron mayores que la vida que Cristo anunció y trajo a nosotros. Pablo lo vio y vivió; nosotros podemos verlo y vivirlo.

2. Salm 99: La acción de Dios como Rey es ejercida en la tierra estableciendo, mediante la Ley, lo que es recto, y juzgando según ello a su pueblo Israel –“derecho y justicia”: v. 4-, que ha de proclamar ante el Arca –“estrado de sus pies”, también como Templo o monte santo: vv.5.9- su santidad. Ahí se ve una referencia a la Encarnación de Jesús, glorificada en la Resurrección, como apunta Orígenes: “alguno ha dicho que el estrado de los pies es la carne de Cristo que debe ser adorada por motivo de Cristo. Y Cristo debe ser adorado por motivo del Verbo de Dios que está en él. San Jerónimo prefiere la aplicación al cuerpo resucitado del Señor: “he leído en el libro de un autor: ‘se trata, dice, de la Encarnación, es decir, que (el salmo) afirma que el Homre que Dios se dignó asumir en María, es Él mismo, el estrado de sus pies’. Aunque en realidad el hombre haya estado asumido –y, delante de Dios, toda criatura es estrado de sus pies- aun en este caso, este estrado fue estrechamente unido con Dios y con aquel que está sentado con Él. Daos cuenta de lo que me atrevo a afirmar. Lo que un día fue estrado yo lo adoro de la misma manera que el trono. Y aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora no lo conocemos ya más según la carne (2 Cor 5,16). Admitamos que haya sido estrado antes de la muerte, antes de la resurrección, cuando comía, cuando bebía, cuando tenía nuestros mismos sentimientos. Pero después de resucitar y ascender victorioso al cielo yo no distingo entre el que está sentado y el que es estrado: en Cristo todo es trono. Tú me preguntarás y me dirás: ‘¿Por qué?, o ‘¿cómo?’. Yo no sé de qué modo, y, sin embargo, creo que es así”. La Santísima Humanidad de Cristo merece adoración, culto de latría, por su unión hipostática con el Verbo de Dios.

Dios ejerce el derecho y la justicia en su pueblo a través de mediadores. Se califica a Moisés y a Aarón de sacerdotes por ser ambos de la tribu de Leví, pero sobre todo por haber sido intercesores entre Dios y el pueblo a la salida del Egipto (Ex 4,15-16), y junto a ellos se cita Samuel que medió por la monarquía, todos ellos según el querer de Dios (v. 7), que es santo y no admite el pecado y lo castiga (vv. 8-9), y la Iglesia ensalza su nombre diciendo: “Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso” (cf. Ap 4,8: notas de la Biblia de Navarra).

3.- Mt 5, 17-20 (ver domingo 6º-A y miércoles de la 3ª semana de Cuaresma). Jesús, en el sermón de la montaña, compara el AT con el NT: un tema que no resultaba nada fácil para los primeros cristianos. Jesús criticó repetidas veces las interpretaciones que se hacían de la ley de Moisés, pero no la desautorizó, sino que la cumplió e invitó a cumplirla, porque, durante siglos, había sido, para el pueblo elegido, la concretización de la voluntad de Dios.No ha venido a abolir el AT, sino a perfeccionarlo, a llevarlo a su plenitud. Pondrá, sucesivamente, varios ejemplos (referentes a la caridad fraterna, la fidelidad conyugal, la claridad de la verdad). Siempre en la línea de una interiorización vivencial, sin conformarse con el mero cumplimiento exterior.

El AT no está derogado. Está perfeccionado por Jesús y su evangelio. Los mandamientos de Moisés siguen siendo válidos. La Pascua de Israel ya fue salvación liberadora, aunque tiene su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo y en la nuestra. La Alianza del Sinaí (Juan Pablo II la llamó «la nunca derogada primera Alianza») ya era sacramento de salvación, pero ahora ha recibido su plenitud en el sacrificio pascual de Cristo en la cruz y en su celebración memorial de la Eucaristía. Lo mismo podemos decir de los sacrificios y del sacerdocio y del Templo y del Pueblo elegido de Dios: en el NT llegan a su realización definitiva en Cristo y su Iglesia. Eso sí, conscientes de que Jesús ha llevado a su perfección todo lo que se nos dice en el AT, como lo ha hecho en este sermón de la montaña con el novedoso programa de sus bienaventuranzas. No nos lo ha hecho más fácil, sino más profundo e interior (J. Aldazábal).

Hoy escuchamos del Señor: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; (...), sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). En el Evangelio de hoy, Jesús enseña que el Antiguo Testamento es parte de la Revelación divina: Dios primeramente se dio a conocer a los hombres mediante los profetas. El Pueblo escogido se reunía los sábados en la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios. Así como un buen israelita conocía las Escrituras y las ponía en práctica, a los cristianos nos conviene la meditación frecuente —diaria, si fuera posible— de las Escrituras. En Jesús tenemos la plenitud de la Revelación. Él es el Verbo, la Palabra de Dios, que se ha hecho hombre (cf. Jn 1,14), que viene a nosotros para darnos a conocer quién es Dios y cómo nos ama. Dios espera del hombre una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de sus enseñanzas: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15). Del texto del Evangelio de hoy encontramos una buena explicación en la Primera Carta de san Juan: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados» (1Jn 5,3). Guardar los mandamientos de Dios garantiza que le amamos con obras y de verdad. El amor no es sólo un sentimiento, sino que —a la vez— pide obras, obras de amor, vivir el doble precepto de la caridad. Jesús nos enseña la malicia del escándalo: «El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). Porque —como dice san Juan— «quien dice: ‘Yo le conozco’ y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él» (1Jn 2,4). A la vez enseña la importancia del buen ejemplo: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). El buen ejemplo es el primer elemento del apostolado cristiano (Miquel Masats Roca).

Los actos externos, el culto, los ritos y todos los sacrificios, no pueden todo unido llegar al valor de un simple acto de contricción, de una simple y sencilla oración que nace del corazón y que diga: “Señor, ten piedad de mi, porque soy un pecador”... “un corazón contrito y humillado tú, Oh Dios, no lo desprecias”, dice el salmo. Cuántos se habían olvidado de esto en aquellos tiempos, y cuántos hoy pensamos que para tranquilizar la conciencia basta un acto externo, una limosna, o ni siquiera eso... Hemos adaptado tanto a nuestro antojo la ley de Dios que su contenido casi ha desaparecido o nos contentamos con “decir algo a Dios de vez en cuando”... El camino de una verdadera conversión interior, es el de un leal esfuerzo por interiorizar nuestra experiencia y relación con Él, pero sin dejar de aprovechar las riquezas espirituales de la Iglesia, sobre todo a través de los sacramentos. Ahí encontraremos al Señor siempre que le busquemos. Su espíritu está ahí presente y actúa por encima de las instituciones y de las personas... “yo estaré con vosotros hasta el final del mundo”...

Nos hemos acostumbrado a ver, ya casi con naturalidad, las faltas en contra de los principios fundamentales de la familia y de la sociedad, que cometen muchos de los que se encuentran en el poder. Poco a poco va surgiendo una sociedad, no inmoral sino amoral, que ya no tiene claro el sentido del bien y del mal. Estamos llegando a una sociedad permisiva, en la que ya no quiere juzgar uno mismo sus propias acciones. La New Age está creando una sociedad light, sin sustancia y sin sustento: todo es válido, en la medida en que te deje satisfecho, sin tener que relacionarte con alguien que coarte tu libertad (¿libertinaje?). Se han encendido las luces rojas para que la Iglesia abra los ojos ante lo que muchos llaman el SIDA de la fe, pues la está afectando irremediablemente. ¿Cuáles son nuestras acciones para afianzar la fe de los que nos han sido confiados? ¿Cuál es nuestra capacidad de respuesta? Recordemos que también es un quebrantamiento de la Ley el no saber amar para convertirnos en una luz firme, segura para el hombre de nuestro tiempo. No nos lamentemos de las desviaciones en que están cayendo las nuevas generaciones; lamentémonos más bien de quedarnos con los brazos cruzados... El Señor nos pide que seamos fieles a su Ley, la Ley del Amor. La Iglesia de Cristo debe convertirse en el camino seguro del hombre hacia su plena perfección (www.homiliacatolica.com).

La idea no es arrasar con la antigua alianza; no es cosa de anular sino de "llevar a plenitud." Pero no es fácil entender cuál es esta plenitud. Una traducción dice: "llevar hasta sus últimas consecuencias;" otra dice: "perfeccionar"; otra dice: "cumplir." San Pablo nos da una idea que parece que aclara el sentido: "Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo : enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rm 8,3-4). Ello significa que Jesús alcanza lo que no alcanzaba la Ley, pero no a espaldas de la Ley ni en contra de la Ley sino más allá y en la misma dirección de la Ley, pues al fin y al cabo, la Ley vino del mismo Dios providente que después de la Ley nos ha dado el régimen de la gracia. Por esta razón no es bueno despreciar los preceptos de la Ley o tratarlos como cosas sin significado. Si alguien cree en la salvación de Dios como es propuesta en el nuevo régimen de la gracia pero comete este desprecio, en realidad el despreciado es él mismo, pues achica el significado del plan providente de Dios para sí mismo. Por eso es "el más pequeño en el Reino de los Cielos." Por el contrario, el que descubre el amor y la sabiduría de Dios incluso en las cosas elementales que fueron prescritas, también abre para sí mismo una abundancia de luz y de gracia de Dios, y así es "grande en el Reino de los Cielos (Fray Nelson).

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada