sábado, 23 de junio de 2012

Domingo de la semana 12 de tiempo ordinario; ciclo B

Ante los miedos y tempestades en el mar de nuestra vida, podemos estar seguros si sabemos que Jesús es el hombre invisible que va en nuestra barca, ya que es Dios y aunque nos quedemos dormimos, con Él no nos hundimos.

«Aquel día, llegada la tarde, les dice: Crucemos al otro lado. Y despidiendo a la muchedumbre le llevaron en la barca tal como se encontraba, y le acompañaban otras barcas. Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, de manera que se inundaba la barca. Él estaba en la papa durmiendo sobre un cabezal; entonces lo despiertan, y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Y levantándose, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento, y se produjo una gran bonanza. Entonces les dijo: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Todavía no tenéis fe? Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4, 35-41).

1. En el Evangelio Jesús va con sus discípulos a la otra orilla y “se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: —Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” “Jesús, yo estoy contigo en la barca de mi vida. Como en la travesía del Evangelio, a veces se levantan olas de todo tipo que ponen en peligro mi barca: exámenes o presiones profesionales que me agobian; sufrimientos o roces familiares que me hunden en la tristeza; la ola de la pereza, que no me deja avanzar; la ola de la sensualidad, que llena de agua mi barca...

«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» Jesús, ¿dónde estás mientras yo estoy peleando por sobrevivir en mi vida cristiana? Parece que estás dormido, que estás ausente. Pero estás: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20). Estás esperando que a la vez que pongo todos los medios humanos te despierte, te pida ayuda” (Pablo Cardona). «Cristiano, en tu nave duerme Cristo; despiértale, que Él increpará a la tempestad y se hará la calma» (San Agustín).

“Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: —¡Silencio, cállate! El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: —¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe? Se quedaron espantados y se decían unos a otros: — ¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!” “Jesús, mientras permanezca en la barca contigo, no tengo nada que temer. Ayúdame a trabajar con fuerza, con ahínco, para llevar tu barca a buen puerto. Y si, alguna vez, me agobio o pierdo la esperanza de mejorar, que sepa acudir a Ti, a tus sacramentos, a la comunión especialmente, y te despierte: en el fondo era yo el que estaba dormido espiritualmente, porque no me daba cuenta de que seguías estando junto a mí” (Pablo Cardona).

Navegamos por un mar donde los vientos y tempestades no faltan, dice san Agustín: parece que Jesús está dormido porque muchos no creen en Dios, pensamos que si Él estuviera vivo y despierto, no nos sacudirían estas tempestades, no matarían misioneros o no habría tantas guerras, la gente viviría el mandamiento del amor, si Jesús vigilara despierto... ¿Y qué significa Jesús dormido? Quizá es que soy yo el que duermo y por eso Jesús no puede hacer mucho y prosperan los malos. Despierta a Jesús, diciéndole: ¡Maestro, que perecemos!, para que Jesús nos despierte y Él viva en nosotros para cambiar el mundo: por la fe habita Cristo en nuestros corazones. Por la fe habita Cristo en ti. La fe presente es Cristo, la fe despierta es Cristo despierto, la fe olvidada es Cristo durmiente. Despiértalo, pues; sacúdete, di: ¡Maestro, que perecemos! Cuando le decimos: Levántate, Señor, ¿por qué duermes?, somos nosotros quienes dormimos, y cuando se dice que se levanta Él, somos nosotros quienes nos levantamos. Tu nave es tu corazón. Jesús estaba en la nave: la fe habita en tu corazón. Dile: «Despierta, Señor, que perecemos», para que dé órdenes a los vientos y se produzca la calma en tu corazón (que sepamos hacer las paces, arreglar las cosas que hemos hecho mal, perdonar y pedir perdón, saber amar, vencer la pereza…). Cuando Cristo, es decir, cuando tu fe está despierta en tu corazón, se alejan todas las tentaciones o, al menos, pierden toda su fuerza. Por tanto, ¿qué significa “levántate”? Muéstrate, manifiéstate, hazte notar. Levántate, Señor, y ven en mi auxilio. Es el milagro de la tempestad calmada…

Te pido, Jesús, que cuando vaya a comulgar rece el "Padrenuestro", la oración de los hermanos, para prepararme bien como hijo de Dios, que sepa amar y perdonar, y me prepararé para comulgar sin miedo, sin estar distraído, para verte mejor, porque depende de cómo me preparo que te vea mejor, puedo imaginarme también con los ojos del alma a los ángeles adorándote en la Hostia. Puedo imaginarme que estoy con los discípulos de Emaús, que te reconocieron en la fracción del pan, que pasaron de estar desanimados a felices. A veces estoy como Tomás, que le cuesta creer: "si no lo veo no lo creo", y me hundo en las tempestades hasta que Tú te apareces después resucitado y le dices: "Tomás, no seas incrédulo, sino creyente… bienaventurados (felices) los que sin haber visto creerán". Buen momento para decir yo también: "¡Señor mío y Dios mío!" y pedirte más fe cuando te recibo: "creo firmemente que estás aquí con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad. Auméntame la fe, la esperanza y la caridad... te adoro con devoción, Dios escondido".

2. Job era un personaje de la historia de un hombre bueno que lo pasa mal, pero “el Señor habló a Job desde la tormenta” y le dijo que Él dominaba el mar y las nubes y las olas. El sufrimiento en el mundo es como el mar con olas altas, y Dios parece que no responde, pero habla en la tempestad, en el Salmo se habla de que cuando rezamos nos ayuda, nos oye siempre y aparecen entre las olas “las obras de Dios, sus maravillas en el océano. El habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto; subían al cielo, bajaban al abismo, el estómago revuelto por el mareo. Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar. Se alegraron de aquella bonanza, y Él los condujo al ansiado puerto. Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres”. Hoy las lecturas nos hablan del miedo y el mar.

3. San Pablo nos habla del amor de Cristo, que “murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos… El que vive con Cristo, es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo”.

Me hago nuevo con la comunión, que me transforma, cuando dice Jesús: "si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros". Así como la comida es necesaria como alimento del cuerpo, mi alma necesita la Eucaristía, para amar, para sentir como San Pablo: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí".

Decía S. Josemaría: «Tu barca -tus talentos, tus aspiraciones, tus logros- no vale para nada, a no ser que la dejes a disposición de Jesucristo, que permitas que El pueda entrar ahí con libertad, que no la conviertas en un ídolo. Tú solo, con tu barca, si prescindes del Maestro, sobrenaturalmente hablando, marchas derecho al naufragio. Únicamente si admites, si buscas, la presencia y el gobierno del Señor, estarás a salvo de las tempestades y de los reveses de la vida. Pon todo en las manos de Dios: que tus pensamientos, las buenas aventuras de tu imaginación, tus ambiciones humanas nobles, tus amores limpios, pasen por el corazón de Cristo. De otro modo, tarde o temprano, se irán a pique con tu egoísmo» (Amigos de Dios 21).

Virgen María, quiero pedirte, Madre mía, para que se haga día a día más realidad este vivir en Cristo, y que sepa poner en él las cosas que tengo en la cabeza, que al estar con él en la barca, seguro, nunca me dejes estar triste. Que vea que todo será bueno si estoy contigo en la barca con Jesús, no quiero dejar nunca las tres avemarías de la noche, el escapulario. Tú has sido generosa con Dios, has dicho: “hágase en mí según tu palabra”. Ayúdame a que yo también sea generoso, diga a Jesús que sí, ayúdame a estar cerca de Jesús, a no dejarle, a volver si me voy lejos de su barca. A dejarme guiar por tu corazón Inmaculado, por los sentimientos del Corazón de tu Hijo. Entonces estaré a salvo de las tempestades y reveses de la vida.

Llucià Pou Sabaté




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