lunes, 11 de junio de 2012


Martes de la semana 10ª del tiempo ordinario: Dios nos llama a ser la sal de la tierra, luz del mundo, con nuestra vida de cristianos

II Corintios 1,18–22 (ver también Domingo 7º B): ¡Por la fidelidad de Dios!, que la palabra que os dirigimos no es sí y no. Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en Él no hubo más que sí. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él «Amén» a la gloria de Dios. Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.

Salmo  119, 129-133,135: 129 Maravillas son tus dictámenes, por eso mi alma los guarda. /130 Al abrirse, tus palabras iluminan dando inteligencia a los sencillos. /131 Abro mi boca franca, y hondo aspiro, que estoy ansioso de tus mandamientos. /132 Vuélvete a mí y tenme piedad, como es justo para los que aman tu nombre. /133 Mis pasos asegura en tu promesa, que no me domine ningún mal. /135 Haz que brille tu faz para tu siervo, y enséñame tus preceptos.

Mateo 5: 13 – 16: Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Comentario: 1.  Las relaciones de Pablo con los discípulos de Corinto no siempre fueron tranquilas. En el año 57 se produce una especial crisis en Corinto y se reclama la presencia de Pablo (2 Cor 1, 23-2, 1). Pero para no dar la impresión de "gobernar su fe" (v. 24), Pablo renunció a ese viaje, con lo que se ganó inmediatamente el reproche de "no tener palabra" (vv. 17-18). En Cristo, en efecto, no se encuentra ningún rastro de duplicidad: ha dicho sí a su Padre sin la menor reserva (v. 19) y esa obediencia ha permitido a Dios cumplir sus promesas y ser Él también fiel (v. 20a); ha permitido igualmente a los hombres que están unidos a Cristo responder sí, a su vez, al Padre (v. 20b), practicando así la sinceridad. Pablo, ministro que proclama a ese Cristo y cristiano que vive de ese Cristo, no abriga tampoco duplicidad en su corazón cuando se compromete y empeña su palabra. Y, así también, todo cristiano dice sí a los hombres y ese sí es como el eco del de Dios. Los vv. 21-22 constituyen una fórmula trinitaria. Al Padre le corresponde la unción y el sello; al Espíritu, el don de las arras de la gloria; al Hijo, el afianzamiento de la fe. Este reparto de misiones es más literario que doctrinal. El sello y la unción designan, probablemente, el bautismo; las arras son el Espíritu mismo, considerado por San Pablo como prenda de la vida eterna futura; el afianzamiento procurado por Cristo es la participación de su sí en la obediencia que es garantía del cumplimiento de las promesas.
La mentalidad moderna manifiesta una sed de sinceridad como nunca: la psicología y la sociología desenmascaran falsas verdades consideradas hasta ahora como tabúes, el arte tiende a la mayor sencillez y rechaza toda clase de florituras hasta hacerse abstracto, la opinión pública condena menos la falta o el error que la no autenticidad o la hipocresía de un personaje o de un sistema y aun cuando esas diferentes exigencias de sinceridad no sean negadas en la Iglesia, ésta se adapta afortunadamente a la mentalidad moderna no sacrificando la sinceridad a la verdad. Sin embargo, ¿no es precisamente eso lo que hemos hecho muchas veces elaborando una casuística que conseguía decir lo contrario de la ley acudiendo a distinciones sutiles o a restricciones mentales, absolutizando posiciones o definiciones que no eran más que el reflejo de condiciones históricas pasajeras? Si el mundo moderno tuviera que hacer un nuevo catálogo de las virtudes, está claro que colocaría a la sinceridad entre las virtudes principales. El Concilio Vaticano II ha desmontado una serie de instituciones eclesiales que obstaculizaban la sinceridad de la conciencia; pero la reforma no tendrá efectividad si cada individuo no se reforma a sí mismo y aprende a educar su conciencia y después a obedecerla abiertamente y sin desmayos (Maertens-Frisque). Pablo se defiende de la acusación de falta de sinceridad: Sucede a menudo que el hombre "conciliador" se encuentra dividido en su afán de querer conciliar puntos de vista y personas opuestas. Pero Pablo se defiende. Su única fidelidad no es a los partidos humanos sino a Dios. Se apoya en Dios: "tan verdadero como Dios es fiel" he tratado de ser sincero con vosotros. El mundo moderno va descubriendo las leyes de la comunicación entre las personas. Nada hay más difícil que «comunicarse». Muchas divisiones e incomprensiones provienen del «lenguaje». Las palabras no tienen el mismo sentido para todos. Se hiere sin quererlo. ¡Señor, ayuda a los hombres a comprenderse! Ayúdame a que mi lenguaje sea «sí» y "no", claro y neto.
-El Hijo de Dios, Jesucristo, que os hemos anunciado nunca ha sido a la vez "sí" y "no". Siempre ha sido un "sí". Esta definición de ti, Señor, que hoy descubro, me encanta. Cristo es un "sí". Sí, es decir, "lo positivo"; "la claridad", «la simplicidad», "la franqueza". "la acogida", "la aquiescencia", «la disponibilidad». Sí es la palabra del matrimonio, del amor, del consentimiento del otro. Sí, es el símbolo de un «ser que no está vuelto en sí mismo» sino «que se vuelve hacia el otro». Sí es una "respuesta". Hay que ser dos para que exista un sí, en correspondencia a la secreta espera del otro. De esta manera el «sí» termina y satisface una espera. Jesús es «aquel-que-ha-dicho-siempre-sí-a-Dios». Que sea yo también un «sí».
-Todas las promesas hechas por Dios han tenido su «sí» en Jesucristo. Jesucristo es el «sí» de Dios. En Jesús, Dios ha dicho «sí» al hombre. Es también una especie de matrimonio, una alianza. ¡Qué misterio! Dios se ha comprometido conmigo, como el esposo se compromete con su esposa. Ahora bien, Dios es fiel. Y ¡yo lo soy tan poco!
-Es también por Cristo que decimos "amén" a Dios, nuestro "sí" para su gloria. El término «amén» en hebreo es el equivalente a nuestro «sí». En las liturgias de la misa trataré de pronunciarlo pensando en lo que digo. Decir «sí» a Dios. Y en mi vida cotidiana lo pronunciaré mejor por los actos de cada día. "Es por Cristo que decimos "sí" a Dios." Ciertamente, «por mí mismo» sería incapaz de ello.
-Dios nos marcó con su sello -nos ha consagrado- y, en avance a sus dones nos ha dado: al Espíritu Santo que habita en nosotros. Pablo partió de una discusión en la que se defendía de los ataques contra su propia persona: pero lo vemos ahora elevado a los más altos misterios. ¡La inhabitación del Espíritu en el corazón del hombre! Pablo era un hombre consciente de llevar a Dios consigo. Señor, ¿es esto verdad? Y es sólo un «a cuenta», un «primer avance», ¡un comienzo de lo que será un día total y definitivo! ¡Gracias! (Noel Quesson)
Nosotros le tenemos que decir a ese Dios Trino, día tras día, nuestro «sí» particular. No sólo el día del Bautismo, por boca de nuestros padres y padrinos, sino nosotros mismos, a lo largo de la vida. Por eso, cada año, en la Vigilia Pascual, personalizamos el compromiso del Bautismo con las renuncias y la profesión de fe, del mismo modo que el «sí» del matrimonio, de la vocación cristiana de cada uno… se concreta a lo largo de los días y los años. Nuestra vida ¿es un «si» o un «no», tanto en nuestra relación con Dios como con el prójimo? ¿O vamos cambiando según nos conviene? Vivir en el «sí» es acoger la palabra de Dios, serle fieles y, al mismo tiempo, amar y abrirse a los demás (Fray Nelson).
La relación de Pablo con la comunidad de Corinto fue bastante compleja y cargada de tensiones y desilusiones, así como también de algunas sorpresas gratas y amables esperanzas. Por eso nos extraña que la comunicación epistolar entre el apóstol fundador de esta iglesia de Corinto y la comunidad por él fundada resultara también compleja y llena de situaciones que comprendemos bien en sus líneas generales pero cuyos detalles a veces se nos escapan. Cuando el apóstol habla, por ejemplo, del consuelo de Dios o cuando dice, como hemos escuchado en el texto de hoy: "nuestras palabras no son hoy sí y mañana no", está aludiendo a reproches, indirectas o murmuraciones -como hemos visto más arriba-  que ciertamente dificultaron su labor apostólica y le propinaron más de una amargura o disgusto. Es bueno conservar esta escala "real" al recordar las condiciones en que nació el cristianismo, para no idealizar a seres humanos que, como nosotros, vivieron sus propias dificultades y produjeron sus propias decepciones. A veces sucede, en efecto, que cuando hablamos de "los primeros cristianos", dejamos volar una especie de romanticismo espiritual que no ayuda a comprender cuál es el verdadero lugar de la fidelidad y de la gracia de Dios en la vida de ellos y en nuestra propia vida.
2. Sal : Podemos rezar con el salmo nuestra confianza en la fidelidad de Dios: «vuélvete a mí y ten misericordia, como es tu norma con los que aman tu nombre», a la vez que manifestamos nuestro compromiso de respuesta afirmativa: «enséñame tus leyes... tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma». Quizá nos pueda servir para meditar este salmo de hoy las siguientes palabras de S. Roberto Belarmino: “Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia; ¿quién, que haya empezado a gustar, por poco que sea, la dulzura de tu dominio paternal, dejará de servirte con todo el corazón? ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? Cargad –nos dices– con mi yugo. ¿Y cómo es este yugo tuyo? Mi yugo –añades– es llevadero y mi carga ligera. ¿Quién no llevará de buena gana un yugo que no oprime, sino que halaga, y una carga que no pesa, sino que da nueva fuerza? Con razón añades: Y encontraréis vuestro descanso. ¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. ¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío? ¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más preciosos que el oro fino, más dulces que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice san Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado. Por consiguiente, debes considerar como realmente bueno lo que te lleva a tu fin, y como realmente malo lo que te aparta del mismo. Para el auténtico sabio, lo próspero y lo adverso, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los honores y los desprecios, la vida y la muerte son cosas que, de por sí, no son ni deseables ni aborrecibles. Si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna, son cosas buenas y deseables; de lo contrario, son malas y aborrecibles.”
3. Este Evangelio es uno de los pasajes más estructurados de Mateo. Comprende sucesivamente los temas de la sal, de la luz y de la ciudad. Es muy importante precisar lo que Mateo ha tomado de la tradición oral y lo que procede de su propio trabajo de redacción para descifrar el o los mensajes de esta lectura.
a) El logión de Cristo sobre la sal ha sido entendido de tres maneras diferentes y colocado en tres contextos diversos por los sinópticos. Mc 9, 50 ha conservado la fórmula primitiva en la que la sentencia sobre la sal, unida a las demás sentencias por medio de las palabras-nexo sal y fuego, se incrusta en un conjunto de orientación escatológica. De sentencia que era, el logión se convierte en una parábola en Lc 14, 34-35, en donde sirve para convencer, lo mismo que la parábola del rey que emprende una guerra, de que, en el Reino, hay que ir hasta el fondo, sin desalentarse. En Marcos y en Lucas la sal designa, pues, la nueva religión y las exigencias que implica. En Mateo, por el contrario, la sentencia se convierte en una alegoría misionera. Incorpora una introducción peculiar suya ("vosotros sois la sal...") y la sal representa a los discípulos. Ser la sal de la tierra es ser su elemento más precioso: sin la sal, la tierra no tiene ya razón de ser; con la sal, por el contrario, si sigue siendo sal, la tierra puede proseguir su vocación y su historia. La Iglesia que no es ya fiel a sí misma no sólo se pierde, sino que deja al mundo sin salvador.
b) La sentencia sobre la luz (vv. 14-16) ha sido profundamente reelaborada por Mateo y en el mismo sentido alegórico que la sal. En efecto, en Mc 4, 21, la luz sacada de debajo del celemín para iluminar todo alrededor designa la enseñanza de Jesús, progresivamente descubierto y comprendido. Pero Mateo le da una interpretación alegórica y moralizante: añade de su cosecha el v. 14a ("vosotros sois...") para establecer el paralelismo con la sal, añade igualmente la imagen de la ciudad elevada (v. 14b) y concluye con una aplicación moral: cada discípulo es luz en la medida en que sus acciones se convierten en signos de Dios para el mundo. El testimonio cristiano está, pues, dotado de visibilidad y responde a una exigencia misionera: no se santifica uno de manera puramente interior: no se encuentra uno dispersado en el mundo hasta el punto de perderse en él en la conformidad total con ese mundo, o de olvidar el testimonio de la trascendencia.
Las imágenes de la sal de la tierra y de la luz del mundo interesan directamente a la eclesiología. La Iglesia puede ser considerada, en efecto, como luz para los hombres, puesto que es el cuerpo de ese Cristo que ha revelado a la humanidad el sentido último de su razón de ser: la vida con Dios. Los cristianos estaban convencidos antiguamente de ello y los resultados culturales y educativos conseguidos por la Iglesia en los países impulsados por ella hacia el desarrollo y la ilustración les fortalecían en esa convicción. Pero he ahí que la influencia cultural de la Iglesia está cediendo hoy ante la del Estado, que su autoridad es puesta en entredicho y que la inmensa mayoría de los hombres prescinden de la luz que pretende ofrecerles. Comienza a surgir una nueva raza de cristianos que ya no se aferran incondicionalmente a las convenciones, dentro de las cuales se ejercía hasta ahora la moral y la religión; unos cristianos que se saben amenazados en su fe y que no cesan de encontrar nuevas respuestas a unas preguntas permanentemente renovadas. Se preguntan sobre lo que pueden significar para ellos la "luz" y la "sal de la tierra. Pues bien: la única manera de ser luz en la humanidad actual consiste precisamente en despojarse de toda seguridad, en aceptar no saber de Dios otra cosa sino que es fiel a sí mismo y a su amor y que es Dios incluso precisamente porque puede negársele. El cristiano se convertirá en luz y sal el día en que se quede libre de todas esas "verdades", el día en que dé pruebas de su lealtad total en la búsqueda de Dios y acepte el recibir y el escuchar, el perdonar y el compartir (Maertens-Frisque) Veámoslo ahora frase a frase:
-Vosotros sois la sal de la tierra. La sal es cosa buena. Sin sal, la comida es sosa, sin sabor. Jesús acaba de exponernos el tipo de hombre que Él desea, el de las bienaventuranzas: un hombre "contento" de ser pobre, no violento, sino misericordioso, sincero y puro, perseguido, artesano de la paz. ¡Se trata de un tipo de hombre de muy alta exigencia y perfección! Si sois así, sigue diciendo Jesús, seréis entonces la sal de la tierra, seréis en verdad la fuerza sabrosa y tonificante de esta humanidad que corre constantemente el riesgo de debilitarse en la banalidad. Las gentes que han orientado toda su vida hacia el Reino de Dios son las que salvan a la humanidad... Las gentes que se alegran en las persecuciones son una fuerza irremplazable en el seno de la humanidad... La sal aumenta el sabor. ¿Qué es lo que crece y se desarrolla a mi alrededor? ¿La bondad, el amor, el sabor de Dios? o quizá ¿la amargura, la mezquindad... la banalidad?
-Si la sal se pone sosa, ¿con qué se salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pise la gente. Responsabilidad de los discípulos de Jesús. Dar "sabor" al mundo. Decididamente, Señor, no eres un predicador que halaga los instintos de facilidad de tu público. ¡Eres exigente! Hay aquí una advertencia: la vocación puede debilitarse, perder su vigor... la llamada de Dios en nosotros puede perderse en el desabrimiento... después de un tiempo de generosidad y de empuje. La Fe puede zozobrar. Se nos ha advertido. Entonces no valemos para nada. Un cristiano inútil que "no sirve para nada". Es el que ha perdido el sabor de Dios. Ser "echado fuera", como el invitado al banquete que no llevaba puesto su traje de fiesta (Mt 22, 12), como el mal servidor que enterró su talento -su millón- (Mt 25. 30). "El evangelio es sal. Algunos cristianos lo han hecho azúcar" (Paul Claudel).
-Vosotros sois la Luz del Mundo. Segunda parábola con el mismo sentido de la primera... pero, ¡en mayor grado! ¡Ser el "sol" del mundo! Sin él no hay color, ni belleza, ni actividad vital. "Sal de la tierra." "Luz del mundo" (cosmos en griego). La mirada de Jesús abarca un amplio horizonte. Propone a sus discípulos una perspectiva vasta como el mundo. Al lado de esto ¡cuán estrechos son nuestros puntos de vista! A mi alrededor ¿emana una luz resplandeciente y radiante? San Juan nos relata una palabra equivalente de Jesús: "YO soy la luz del mundo." Los discípulos no son "luz" más que por reflejo, en la medida en que son transparentes y penetrados de la luz de Jesús. ¿Qué oración me sugiere esto?
-No se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte: ni se enciende un candil para meterlo debajo del perol, sino para ponerlo en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Jesús subraya la potencia, la virulencia de la luz; no se la puede destruir, ni resistir a su irradiación. ¡Sería absurdo encender una vela para esconderla debajo de un recipiente! El discípulo, el hombre de las bienaventuranzas es un hombre irradiante.
-Así alumbre también vuestra luz a los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo. El adjetivo "vuestro" me remite a "mi" vida cotidiana. En esta frase de Jesús no se trata de ideas ni de verdades doctrinales. Lo que el mundo espera de los discípulos de Jesús son actos: la luz de la que habla Jesús, es una "vida"... "lo que hacéis, hacedlo bien". Y todo esto de un modo habitual, para Dios y para la gloria del Padre (Noel Quesson)
Todo lo que Jesús dice no era sólo por los discípulos: va por nosotros. Hoy y aquí. Nuestra fe, y la vida que Dios nos comunica, no deben quedar en nosotros mismos: deben, de alguna manera, repercutir en bien de los demás. Se nos dice que debemos ser sal en el mundo, que sepamos dar gusto y sentido a la vida. Que contagiemos sabiduría, o sea, el gusto de Dios y, a la vez, el sabor humano, sinónimo de esperanza, de amabilidad y de humor. Que seamos personas que contagian felicidad y visión optimista de la vida (en otra ocasión dijo Jesús: «tened sal en vosotros y tened paz unos con otros», Mc 9,50). Como la sal, debemos también preservar de la corrupción, siendo una voz profética de denuncia, si hace falta, en medio de la sociedad (se nos invita a ser sal, no azúcar).
Se nos pide que seamos luz para los demás. El que dijo que era la Luz verdadera, con mayúscula, aquí nos dice a sus seguidores que seamos luz, con minúscula. Que, iluminados por Él, seamos iluminadores de los demás. Todos sabemos qué clase de cegueras y penumbras y oscuridades reinan en este mundo, y también dentro de nuestros mismos ambientes familiares o religiosos. Quien más quien menos, todos necesitamos a alguien que encienda una luz a nuestro lado para no tropezar ni caminar a tientas. El día de nuestro Bautismo se encendió una vela del Cirio pascual de Cristo. Cada año, en la Vigilia Pascual, tomamos esa vela encendida en la mano. Es la luz que debe brillar en nuestra vida de cristianos, la luz del testimonio, de la palabra oportuna, de la entrega generosa. No se nos ha dicho que seamos lumbreras, sino luz. No se espera de nosotros que deslumbremos, sino que alumbremos. Hay personas que lucen mucho e iluminan poco. Se nos dice, finalmente, que seamos como una ciudad puesta en lo alto de un monte, como punto de referencia que guía y ofrece cobijo. Esto lo aplica la Plegaria Eucarística II de la Reconciliación a la comunidad eclesial: «que la Iglesia resplandezca en medio de los hombres como signo de unidad e instrumento de tu paz»; y la Plegaria V b: «que tu Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando». Pero también se pide eso mismo de las familias y las comunidades cristianas. Qué hermoso el testimonio de aquellas casas que están siempre abiertas, disponibles, para niños y mayores, parientes o vecinos. Cada vez no les darán de cenar, pero sí caras acogedoras y una mano tendida. ¿Somos de verdad sal que da sabor en medio de un mundo soso, luz que alumbra el camino a los que andan a oscuras, ciudad que ofrece casa y refugio a los que se encuentran perdidos? (J. Aldazábal).
La gente que ama mucho sonríe fácilmente, porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad a sí mismo. Y atención porque se habla de sonrisa y no de risa. “Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hch 20,35). Esos a quienes llamamos santos lograron la nota más alta en su vida porque se dedicaron a servir. Porque se entregaron sin límites a sus hermanos. La alegría del cristiano es una alegría verdadera, profunda que está llamada a ser sal de la tierra. No puede quedarse oculta. Siendo lo que es, debe calar y debe motivarnos a transmitirla, a darla a conocer a los demás. Esta felicidad se halla en el encuentro personal con Cristo. Sí, antes de salir a predicar, los santos se encontraron con Jesús. Por ello, tan sólo les bastaba una sonrisa para trasmitir a Dios, lo irradiaban, estaban rebosantes de Él. Cuentan que un día, san Francisco de Asís le pidió a uno de los frailes cofundadores que se preparara para salir a predicar con él. Salieron y estuvieron caminando y dando vueltas por todo Asís, durante una hora y media. En un cierto momento, el fraile que lo acompañaba le dijo a san Francisco: “Padre Francisco, usted me dijo que saldríamos a predicar. Hasta ahora, sólo hemos caminado y recorrido todo el pueblo”. San Francisco le respondió: “Hermano, llevamos una hora y media de predicación. No hay mejor predicación que la sonrisa y el testimonio de una vida auténticamente cristiana”. Ojalá que también nosotros prediquemos el mensaje de la felicidad, de la sonrisa, de la plenitud cristiana. Que seamos sal y luz para nuestros familiares y amigos. Quien verdaderamente se ha encontrado con Jesús no puede callar, no puede encerrarse en sí mismo, debe compartirlo con todo el mundo (Xavier Caballero).
Cuando el Señor nos dice que los cristianos debemos ser sal de la tierra, nos está diciendo que tenemos que dar sabor y sazón al alimento; pero también que debemos servir como conservantes para que el mundo no se pudra en su pecado y en sus vicios. Tenemos que ser como la levadura en la masa, o como el alma en el cuerpo. A este propósito, existe un bello texto espiritual de la época de los Padres, llamado “Carta a Diogneto”, que habla sobre la misión de los cristianos en el mundo. Dice así: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos; ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte; siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida; y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan esas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se les condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, pero abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados con la muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen; y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros el cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos porque se oponen a sus placeres. El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado del que no les es lícito desertar” (Carta a Diogneto, cap. 5-6).
Jesús no habla de la sal, sin más, ni de la luz, sin más. El tema es "sal desabrida" y "luz ocultada". Los adjetivos calificativos son importantes; son realmente básicos aquí, si queremos comprender el verdadero alcance de la enseñanza de Nuestro Señor: sal "desabrida" y luz "ocultada". Estos calificativos corresponden a sendos riesgos o tentaciones. Es fácil contentarse con ser "sal" sin percatarse de que hace rato se ha perdido el sabor. Es fácil y tentador deleitarse en el resplandor de la propia "luz" sin caer cuenta de que ya no alumbramos realmente a nadie. Frente a estas posibilidades que nos seducen en silencio se levanta la voz del profeta de Nazaret, porque no quiere que durmamos porque se apagó nuestra luz o se disolvió nuestro sabor (Fray Nelson).
Quienes hemos unido nuestra vida a Cristo hemos recibido el "Sabor" que nos viene de Él. Quien entre en contacto con la Iglesia de Cristo sabrá de su amor, de su entrega, de su cercanía, de su perdón, de su misericordia, de su Vida eterna. Hemos sido formados por Dios del costado abierto de su Hijo para que le demos un nuevo rumbo a la historia. Pero si perdemos el sabor de Cristo, si en lugar de que los demás encuentren en nosotros la Verdad y la Vida sólo encuentran destrucción, muerte y desprecio, por muy eruditos que sean nuestros discursos sobre Cristo sólo serviremos de burla para los demás y no serviremos sino para ser expulsados de la Casa del Padre par ser pisoteados, eternamente humillados por vivir como los hipócritas. Por eso, la Vida que Dios ha infundido en nosotros es como una luz, que el mismo Dios ha encendido en nosotros. No podemos ocultarla bajo nuestras cobardías. El Señor nos quiere testigos suyos. Testigos de la Verdad y de su Vida de la que nos ha hecho partícipes. En la Eucaristía el Señor no sólo ilumina nuestra vida, sino que hace que nosotros también seamos convertidos en fuego que ilumine al mundo y el camino de la humanidad hacia su plena realización en Cristo. La Iglesia es Luz que hace brillar el Rostro resplandeciente de su Señor a través de la historia. Pero esta Luz no es algo propio de la humanidad, sino un Don que Dios nos hace por medio de su Hijo. Quienes creemos en Él no podemos empañar esa luz con nuestros pecados. El Señor quiere que su Iglesia sea un signo claro de su amor, de su bondad y de su misericordia. Y para ello entregó su vida por nosotros. Celebrar la Eucaristía y participar de ella significa todo un compromiso para trabajar en orden a hacer llegar la Vida de Dios y su Espíritu, hasta el último rincón de la tierra, como la Buena Noticia del Amor de Dios que se nos ha comunicado por medio de Cristo Jesús. Esa Vida divina debe dar frutos de buenas obras en nosotros. Quienes disfruten de esos frutos, quienes sean objeto de nuestro amor, de nuestro trabajo por la paz y la justicia, de nuestra misericordia, de nuestra generosidad, estarán experimentando a Dios desde nosotros y lo glorificarán a Él, pues no buscamos nuestra gloria, sino la de Aquel que es el único autor de todo bien. Habiendo, pues recibido, el Don de Dios, no lo ocultemos. No guardemos únicamente para nosotros la santidad de vida que Dios nos ha concedido. Seamos portadores de ese regalo que el Señor quiere hacer llegar a todos.
El Señor no quiere que su Iglesia sea una comunidad de cobardes. Él no le ha pedido a su Padre que nos saque del mundo, sino que nos preserve del mal, pues, siendo de Dios, permanecemos en el mundo como testigos del amor y de la verdad. Con la valentía y la fuerza que nos viene del Espíritu de Dios, que hemos recibido, debemos abrir los ojos ante tantas miserias y pecados que han atrapado a buena parte de la sociedad. Junto con el Papa Juan Pablo II reflexionamos que no sólo se nos ha perdido una de las 100 ovejas del rebaño, sino una gran parte del mismo. Con el corazón de Cristo hemos de llegar hasta los lugares más arriesgados y peligrosos en busca de quienes se dispersaron en un día de nubarrones y oscuridad. El Señor quiere que vayamos totalmente definidos a favor de la Verdad, de la Vida y del Amor que proceden de Dios hacia nosotros. Que vayamos como luz, dispuestos a iluminar y a no dejarnos apagar en la misión que se nos ha confiado. Muchos habrá que querrán comprarnos para sí y silenciar la voz de profeta que le corresponde a la Iglesia. Tratemos de no hacerle el juego al mal ni a los poderosos de este mundo. Aprendamos a cumplir con la misión que el Señor nos ha confiado, dispuestos a correr todos los riesgos que nos vengan por creer en Cristo Jesús. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber convertirnos en auténticos testigos del amor de Dios en el mundo, de tal forma seamos una verdadera Iglesia profética por cumplir y vivir todo lo que nosotros decimos acerca del Dios amor, y que, por tanto, no sólo lo anunciamos con nuestros labios. Amén (www.homiliacatolica.com).


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