jueves, 10 de noviembre de 2011

Viernes de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. Por las cosas creadas se puede llegar al Creador, y Jesús nos habla del día en que se manifestará el Hij

Viernes de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. Por las cosas creadas se puede llegar al Creador, y Jesús nos habla del día en que se manifestará el Hijo del Hombre, en Él Dios se nos revela de modo pleno

Libro de la Sabiduría 13,1-9. Eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que es, partiendo de las cosas buenas que están a la vista, y no reconocieron al Artífice, fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes, regidoras del mundo. Si, fascinados por -su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Dueño, pues los creó el autor de la belleza; y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo; pues, por la magnitud y belleza de las criaturas, se descubre por analogía el que les dio el ser. Con todo, a éstos poco se les puede echar en cara, pues tal vez andan extraviados, buscando a Dios y queriéndolo encontrar; en efecto, dan vueltas a sus obras, las exploran, y su apariencia los subyuga, porque es bello lo que ven. Pero ni siquiera éstos son perdonables, porque, si lograron saber tanto que fueron capaces de averiguar el principio del cosmos, ¿cómo no encontraron antes a su Dueño?

Salmo 18,2-3.4-5. R. El cielo proclama la gloria de Dios.
El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra.
Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los limites del orbe su lenguaje.

Evangelio según san Lucas, 17,26-37. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.» Ellos le preguntaron: -«¿Dónde, Señor?» Él contestó: -«Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Comentario: 1.- Sb 13,1-9. Los paganos tenían que haber reconocido a Dios a través de la naturaleza creada: ésta es la tesis que desarrolla el libro de la Sabiduría. Y lo hace en medio de una sociedad helenista, como la de Alejandría. Pero han sido necios y vanos: se han quedado en lo creado, sin dar el salto al Creador. Se han dejado encandilar por la hermosura y la grandeza de las cosas, y tienen por dioses al fuego, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes. De la hermosura y del vigor de lo creado tenían que haber pasado a calcular "cuánto más poderoso es quien los hizo". El cosmos es bueno. Pero tendrían que haber descubierto a su Señor. Éste es el fallo de los que han llegado a una religión naturalista, adorando al sol y a la luna o a los grandes ríos. Aquí no leemos el otro ataque, más fuerte, que hace el autor contra otra clase de increyentes: los que se han construido con sus propias manos ídolos de piedra o de madera y los adoran. A los anteriores de algún modo los disculpa, porque el cosmos es en verdad admirable. Pero los idólatras son más necios y vanos, porque adoran la obra de sus manos.
El capítulo 13 del libro de la Sabiduría (primer siglo a. de J.C.) es uno de los que más abundantemente ponen de manifiesto la erudición helenística del autor. A la manera griega, ve en la belleza del mundo un valor religioso (v 3), piensa que el dinamismo de la creación puede dejar al descubierto a su Autor (v. 4). Pero sigue fundamentalmente fiel a su fe judía y quizá no sea inútil ver cómo ambas culturas, judía y griega, confirman al autor en su fe en la existencia de Dios.
a) La fe judía en la existencia del Creador está marcada por la lucha que el yahvismo mantiene contra las concepciones sacralizantes de la naturaleza. Para Canaán y Babilonia, la naturaleza revela un Dios que la tiene a su merced mediante la fecundidad que la envía o la niega. Ritos mágicos permiten participar en esa fecundidad; y los mitos la explican mediante la hierogamia misteriosa de los dioses y de las diosas. Para Israel, por el contrario, el mundo ha sido creado merced a una iniciativa libre y amorosa de Dios, que ha sido inmediatamente secularizada, si así puede decirse: los relatos del Génesis afirman, en efecto, la creencia en un Dios creador, pero al mismo tiempo afirman la certidumbre de que el mundo ha sido confiado por Dios al hombre, su visir. Dios es efectivamente el autor del mundo, pero no a la manera de los dioses creadores del Oriente, que lo alienan con su manera de dirigirlo. El Dios creador es en Israel más trascendente al mundo que los dioses orientales, pero la religión no es por eso menos pura; desacralizada y desmitificada, es la relación libre del hombre-visir al Dios a quien reconoce. La creación es considerada, además, por el juicio como el primer acto de un Dios que dirige la historia hasta la salvación mediante una serie de intervenciones gratuitas que suponen la colaboración del hombre. La relación del hombre con su Creador no está ya condicionada por las leyes naturales de fecundidad y su explicación mitológica, sino por la relación libre y gratuita de Dios y de su visir en el mundo.
Para la Biblia, "ignorar a Dios" (v 1) no es necesariamente negarse a creer en su existencia, sino rechazar ese diálogo personal y libre que la doctrina judía de la creación postula entre Yahvé y el hombre.
b) El concepto que los griegos se forman del mundo es bastante diferente del de los judíos y el autor parece reprochárselo. No condena tanto la idolatría -los mejores de entre los griegos no caen en esa aberración-, sino que apuntan más bien a sus especulaciones intelectuales. Los griegos no son tampoco ateos: tienen un sentido del misterio de las cosas y buscan a Dios a su manera. ¿Qué reproche se les puede hacer entonces? El de no haber podido pasar de su conocimiento de las cosas visibles al conocimiento del Ser por excelencia (v 1). El autor supone, pues, que es posible pasar de lo visible a lo invisible y reprocha a los griegos filósofos el no haber recorrido hasta el final el camino que hubiera debido llevarles hasta Dios. Pero el autor no dice cómo habrían debido comportarse los griegos para pasar de la naturaleza creada al Dios creador: se tiene la impresión de que su condena del pensamiento griego es un tanto somera. Por otra lado, los pocos argumentos utilizados, como el de la hermosura de la creación (v 3), eran conocidos y utilizados por los filósofos contemporáneos pero sin aplicarlos necesariamente a la noción de un Dios trascendente. Se limitaban, en efecto, a extraer de ellos la idea de un demiurgo organizador de una materia preexistente o la de un principio inmanente a la creación. Se concibe por tanto que el autor se sienta orgulloso de que su fe judía le proporcione la idea de un Dios personal y transcendente, pero nos quedamos a media ración cuando afirma la posibilidad de un conocimiento natural de Dios sin indicar el camino que lleva a ese conocimiento (Maertens-Frisque).
Esta página es testimonio de la erudición helenística del autor de la Sabiduría, que capta la ciencia de su época y encuentra en ella una razón suplementaria de "adorar". La belleza de la creación revela al Creador.
-Fueron insensatos todos los hombres que ignoraron a Dios y que a través de los bienes visibles no fueron capaces de conocer a "Aquel que es", ni reconocieron al Artífice considerando sus obras. La belleza del mundo tiene un valor religioso. Y no será el descubrimiento más profundo de las ciencias modernas, lo que pueda reducir la belleza del universo. El cual resulta ser mayor y más complejo aún, desde la inmensidad del cosmos a lo infinitamente pequeño del átomo.
-El fuego, el viento, el aire sutil, la bóveda estrellada, la ola impetuosa... Hay que saber detenerse ante esas maravillas. Vivimos en medio de fenómenos extraordinarios que no vemos... habitualmente. Danos, Señor, una mirada nueva para contemplar "el fuego", "el viento", "la flor", "el niño", "la estrella", «la ola» del mar.
-Si quedaron encantados por su belleza, hasta el punto de haberlos tomado como dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de todos ellos pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó. En todo tiempo los hombres han sido sensibles a la belleza: Esta era una verdadera pasión en los griegos, en la época del autor de la Sabiduría. El mundo moderno siente también inclinación a idolatrar la belleza, de hacerla un fin, de dejarse captar por su "encanto". Ayúdanos, Señor, a contemplarte, a Ti, fuente e inventor de todo lo que es bello. Tú fuiste el primero en tener la pasión de hacer cosas bellas.
-Y si fue su poder y su eficiencia lo que les sobrecogió, deduzcan de ahí, cuánto más poderoso es «Aquel que los formó», pues de la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a su autor. Es una de las más perfectas expresiones de síntesis entre: - la filosofía griega, toda ella orientada ya hacia la lógica y la ciencia... - y la teología tradicional, que admira a Dios como Creador... Toda la civilización llamada «occidental» está en germen en tales actitudes de la mente. De hecho fue en el marco de esa civilización, que se desarrollaron a la vez: - la técnica industrial, que utiliza «el poder y la eficiencia» de las cosas... - y una noción justa de Dios, a la vez presente y distinto de su creación. Pensando en el prodigioso empuje de las ciencias HOY, te alabo, Señor. Lejos de sentir miedo, según una concepción pesimista de la existencia, ¡te «contemplo» en las maravillas del «poder y de eficiencia» del mundo! -Con todo no son éstos demasiado censurables; pues tal vez se desorientan buscando a Dios: viviendo entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas y las apariencias los seducen. ¡Tanta es la belleza que sus ojos contemplan! ¡Ah, Señor, cuán positiva es esta actitud! En lugar de censurar categóricamente «a los que se dejan seducir por la belleza» del mundo, se trata de comprenderlos primero, compartiendo su punto de vista, «tanta es la belleza que sus ojos contemplan». Da, Señor, a todos los cristianos esa actitud de comprensión de su época, ese deseo de compartir con todos, creyentes y no-creyentes, las admiraciones, los entusiasmos, las actividades de los hombres de HOY. Concédenos, Señor, que tengamos los unos respecto a los otros "esa indulgencia" que nos haga decir: "no son éstos demasiado censurables"... Su error no ha sido muy grande (Noel Quesson).
Acabamos de leer unos fragmentos del largo discurso de la sabiduría sobre la idolatría. Los escritos tardíos del judaísmo y los primeros del cristianismo contienen numerosas apologías del monoteísmo. Sorprende que apenas aborden el problema de fondo al hablar del culto a los ídolos. Como si la idolatría constituyese un sistema cerrado, que sólo tiene repercusiones en el campo religioso. «Son unos desgraciados, ponen su esperanza en seres inertes, los que llamaron dioses a las obras de sus manos humanas, al oro y la plata labrados con arte, y a figuras de animales, o a una piedra insensible, obra de mano antigua» (13,10). Se contentan con calificarlos de obras humanas, subrayando su origen o su inutilidad, como el niño que destripa un muñeco, lo destroza y lo tira a la basura.
No es ningún secreto que tras los dioses fenicios, egipcios o asirios laten valores nacionales; que en el célebre panteón, donde figuran todos los dioses conocidos en la antigüedad, confluyen las más diversas corrientes del pensamiento, de las culturas, de las aspiraciones sociales y de los temores más recónditos de las civilizaciones entonces conocidas. Los dioses personifican la guerra, el sexo, la paternidad y la maternidad, la riqueza y el poder; son símbolos de los valores nacionales, de todo lo que el hombre teme o quiere poseer o dominar. Adorar un ídolo es aceptar una determinada escala de valores. El hombre moderno ha destripado los ídolos o los ha colocado en museos, sin caer en la cuenta de que está fabricando otros al divinizar el sexo, el dinero, la supremacía nacional, la casta familiar, el deporte y todo aquello en lo que, de una forma supersticiosa, ha puesto su esperanza.
Jesús, Sabiduría del Padre, nos revela el alcance de esta máxima: «Conocerte a ti es justicia perfecta, y acatar tu poder es la raíz de la inmortalidad» (15,3). En lugar de limitarse a consolidar el monoteísmo a base de mandamientos, Jesús declara dichosos a todos los que renuncian comunitariamente a dar valor al dinero, elimina de raíz todo principio de autoridad y de primacía en su grupo, recuerda que los pequeños y los sencillos son los que más fácilmente pueden "entrar en el reino". La sociedad moderna está plagada de ídolos, forjados también por manos humanas: el cine, la televisión, las revistas, la propaganda, ciertos objetos de consumo, las ideologías seductoras y las promesas de un bienestar paradisíaco contribuyen a crear en la masa silenciosa la nueva idolatría del hombre moderno. La comunidad cristiana, robustecida y confortada por la experiencia del Espíritu y alertada por el mensaje de Jesús, es la instancia critica que puede ayudar al hombre a darse cuenta de la vaciedad de sus ídolos y a descubrir la perla auténtica, por cuya posesión se puede renunciar a todos los demás valores, por seductores que sean (J. Rius Camps).
Esta crítica a los filósofos engloba el gran texto bíblico sobre la prueba de la existencia de Dios por “analogía”, y será desarrollado en Rm 1,18-32. A partir de ahí, la Iglesia enseña la posibilidad del conocimiento natural de Dios a partir de la contemplación de los seres de la creación visible: “El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas "vías", el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, "y que todos llaman Dios" (S. Tomás de A., s.th. 1,2,3)” (Catecismo 34) y en el Concilio Vaticano I se dijo que “Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza a partir de las cosas creadas con la luz natural de la razón humana”; sobre ello volvió el II diciendo que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, para estar en comunión con su creador, y “las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación en la fe. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana” (Catecismo 35). Hay una revelación natural en la creación, en la que todos contemplamos la maravilla de Dios a través de sus obras: “La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual gratuito y de la belleza moral. De igual modo, la verdad entraña el gozo y el esplendor de la belleza espiritual. La verdad es bella por sí misma. La verdad de la palabra, expresión racional del conocimiento de la realidad creada e increada, es necesaria al hombre dotado de inteligencia, pero la verdad puede también encontrar también otras formas de expresión humana, complementarias, sobre todo cuando se trata de evocar lo que entraña de indecible, las profundidades del corazón humano, las elevaciones del alma, el Misterio de Dios. Antes de revelarse al hombre en palabras de verdad, Dios se revela a él, mediante el lenguaje universal de la Creación, obra de su Palabra, de su Sabiduría: el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el niño como el hombre de ciencia, "pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13,5), "pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó" (Sb 13,3). La sabiduría es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad (Sb 7,25-26). La sabiduría es más bella que el sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la sabiduría no prevalece la maldad (Sb 7,29-30). Yo me constituí en el amante de su belleza (Sb 8,2)” (Catecismo 2500).
“El libro de la Sabiduría tiene algunos textos importantes que aportan más luz a este tema. En ellos el autor sagrado habla de Dios, que se da a conocer también por medio de la naturaleza. Para los antiguos el estudio de las ciencias naturales coincidía en gran parte con el saber filosófico. Después de haber afirmado que con su inteligencia el hombre está en condiciones «de conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos [... ], los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras» (Sb 7, 17.19-20), en una palabra, que es capaz de filosofar, el texto sagrado da un paso más de gran importancia. Recuperando el pensamiento de la filosofía griega, a la cual parece referirse en este contexto, el autor afirma que, precisamente razonando sobre la naturaleza, se puede llegar hasta el Creador: «de la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13, 5). Se reconoce así un primer paso de la Revelación divina, constituido por el maravilloso «libro de la naturaleza», con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de la razón humana, se puede llegar al conocimiento del Creador. Si el hombre con su inteligencia no llega a reconocer a Dios como creador de todo, no se debe tanto a la falta de un medio adecuado, cuanto sobre todo al impedimento puesto por su voluntad libre y su pecado” (Juan Pablo II, Fides et ratio 19).
Busquemos sinceramente a Dios, pues Él sale al encuentro de quien lo busca con sinceridad. En nuestro camino hacia Él nos encontraremos con toda su creación, en la que Él imprimió su sello. Ojalá y no nos detengamos en las criaturas de Dios, confundiéndolas con su Creador. Actualmente muchos piensan en el influjo de los astros y de toda la naturaleza sobre el hombre. Ciertamente vivimos en un universo en que todo está en una constante interrelación; nosotros hemos de aprovechar al máximo todas las capacidades y posibilidades de aquello que, desde el principio, el Creador puso al servicio del hombre. Sin embargo esto no puede llevarnos a elevar a la categoría de Dios lo que ha sido creado para servirnos. Más bien, a través de todo lo creado hemos de llegar a reconocer a Aquel que es el origen y la Causa primera de todo lo creado: Dios. Por medio de Cristo, Dios se hizo Dios-con-nosotros para que no sólo llegáramos a la conclusión de que Dios existe, sino para que, poseyendo la misma vida y el Espíritu de Dios en nosotros, podamos entrar en una auténtica relación con Él; más aún: lleguemos a ser sus hijos y, junto con Cristo, seamos herederos de la Gloria del Padre.

2. La creación entera proclama la Gloria de Dios de modo incesante. Quien contempla la creación está contemplando el amor que Dios nos tiene preparándonos una digna morada. Ojalá y no sólo disfrutemos de los dones de Dios, sino que entremos en una relación de amor y de fidelidad a Él. Y si toda la creación nos habla del poder, de la armonía y de la hermosura de Dios, ojalá y nosotros, creados a su imagen y semejanza, nos convirtamos en un lenguaje a través del cual se llegue a conocer su santidad, su justicia, su paz, su bondad, su alegría, su amor y su misericordia.
El mismo razonamiento que hace el libro de Sab lo vemos en el NT en san Pablo, en su carta a los Romanos (Rm 1 ,18-32), que hemos leído hace pocas semanas: a pesar de que Dios se nos ha manifestado en la creación, no le han sabido reconocer y, "jactándose de sabios, se volvieron estúpidos". Nosotros ya hemos dado ese salto y confesamos en nuestro Credo: "Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra". Si tenemos tiempo, hoy podemos leer los números 279-301 del Catecismo, en donde desarrolla este primer artículo de fe. No debemos perder la capacidad de admirar la hermosura y grandeza de la creación. Tanto en sus grandes dimensiones como en las pequeñas (el macrocosmos y el microcosmos), es admirable lo que Dios ha hecho. Como dice la Plegaria Eucarística IV, todo lo ha hecho "con sabiduría y amor". Los ecologistas tienen toda la razón para admirar y defender la naturaleza. Los cristianos, además, sabemos ver a Dios en todo lo creado, en el fondo de los mares y en el vigor de las montañas, en la anatomía humana y en los caprichosos colores de una flor o de una mariposa, en la grandeza de los espacios cósmicos y en la estructura de un pequeño animalito. Debemos enseñar a nuestros hijos y a nuestros educandos a ver la mano de Dios en la hermosura de la naturaleza. La evolución puede haber venido durante millones de años, a partir del "bing bang": pero detrás de toda esa maravilla, que la ciencia todavía está descubriendo con sorpresas nuevas, está la mano poderosa y amable de Dios. Tenemos que saber "leer el cosmos en cristiano" y gozarnos de él, porque para nosotros lo creó. Con el salmo podemos decir convencidos: "el cielo proclama la gloria de Dios, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra".
Juan Pablo II decía en su catequesis: “El sol, con su resplandor progresivo en el cielo, con el esplendor de su luz, con el calor benéfico de sus rayos, ha conquistado a la humanidad desde sus orígenes. De muchas maneras los seres humanos han manifestado su gratitud por esta fuente de vida y de bienestar con un entusiasmo que en ocasiones alcanza la cima de la auténtica poesía. El estupendo salmo 18, cuya primera parte se acaba de proclamar, no sólo es una plegaria, en forma de himno, de singular intensidad; también es un canto poético al sol y a su irradiación sobre la faz de la tierra. En él el salmista se suma a la larga serie de cantores del antiguo Oriente Próximo, que exaltaba al astro del día que brilla en los cielos y que en sus regiones permanece largo tiempo irradiando su calor ardiente. Basta pensar en el célebre himno a Atón, compuesto por el faraón Akenatón en el siglo XIV a. C. y dedicado al disco solar, considerado como una divinidad. Pero para el hombre de la Biblia hay una diferencia radical con respecto a estos himnos solares: el sol no es un dios, sino una criatura al servicio del único Dios y creador. Basta recordar las palabras del Génesis: "Dijo Dios: haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; (...) Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche (...) y vio Dios que estaba bien" (Gn 1,14.16.18).
Antes de repasar los versículos del salmo elegidos por la liturgia, echemos una mirada al conjunto. El salmo 18 es como un dístico. En la primera parte (vv. 2-7) -la que se ha convertido ahora en nuestra oración- encontramos un himno al Creador, cuya misteriosa grandeza se manifiesta en el sol y en la luna. En cambio, en la segunda parte del Salmo (vv. 8-15) hallamos un himno sapiencial a la Torah, es decir, a la Ley de Dios. Ambas partes están unidas por un hilo conductor común: Dios alumbra el universo con el fulgor del sol e ilumina a la humanidad con el esplendor de su Palabra, contenida en la Revelación bíblica. Se trata, en cierto sentido, de un sol doble: el primero es una epifanía cósmica del Creador; el segundo es una manifestación histórica y gratuita de Dios salvador. Por algo la Torah, la Palabra divina, es descrita con rasgos "solares": "los mandatos del Señor son claros, dan luz a los ojos" (v. 9).
Pero consideremos ahora la primera parte del salmo. Comienza con una admirable personificación de los cielos, que el autor sagrado presenta como testigos elocuentes de la obra creadora de Dios (vv. 2-5). En efecto, "proclaman", "pregonan" las maravillas de la obra divina (cf. v. 2). También el día y la noche son representados como mensajeros que transmiten la gran noticia de la creación. Se trata de un testimonio silencioso, pero que se escucha con fuerza, como una voz que recorre todo el cosmos. Con la mirada interior del alma, con la intuición religiosa que no se pierde en la superficialidad, el hombre y la mujer pueden descubrir que el mundo no es mudo, sino que habla del Creador. Como dice el antiguo sabio, "de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13,5). También san Pablo recuerda a los Romanos que "desde la creación del mundo, lo invisible de Dios se deja ver a la inteligencia a través de sus obras" (Rm 1,20)”. Luego el himno cede el paso al sol, etc. que ya no se trata en el texto de hoy.
“La liturgia pascual cristiana recoge la imagen solar del salmo para describir el éxodo triunfante de Cristo de las tinieblas del sepulcro y su ingreso en la plenitud de la vida nueva de la resurrección. La liturgia bizantina canta en los Maitines del Sábado santo: "Como el sol brilla, después de la noche, radiante en su luminosidad renovada, así también tú, oh Verbo, resplandecerás con un nuevo fulgor cuando, después de la muerte, dejarás tu tálamo". Una oda (la primera) de los Maitines de Pascua vincula la revelación cósmica al acontecimiento pascual de Cristo: "Alégrese el cielo y goce la tierra, porque el universo entero, tanto el visible como el invisible, participa en esta fiesta: ha resucitado Cristo, nuestro gozo perenne". Y en otra oda (la tercera) añade: "Hoy el universo entero -cielo, tierra y abismo- rebosa de luz y la creación entera canta ya la resurrección de Cristo, nuestra fuerza y nuestra alegría". Por último, otra (la cuarta) concluye: "Cristo, nuestra Pascua, se ha alzado desde la tumba como un sol de justicia, irradiando sobre todos nosotros el esplendor de su caridad". La liturgia romana no es tan explícita como la oriental al comparar a Cristo con el sol. Sin embargo, describe las repercusiones cósmicas de su resurrección, cuando comienza su canto de Laudes en la mañana de Pascua con el famoso himno: "Aurora lucis rutilat, caelum resultat laudibus, mundus exsultans iubilat, gemens infernus ululat": "La aurora resplandece de luz, el cielo exulta con cantos de alabanza, el mundo se llena de gozo, y el infierno gime con alaridos"…
Con todo, para los que tienen oídos atentos y ojos abiertos, la creación constituye en cierto sentido una primera revelación, que tiene un lenguaje elocuente: es casi otro libro sagrado, cuyas letras son la multitud de las criaturas presentes en el universo. San Juan Crisóstomo afirma: "El silencio de los cielos es una voz más resonante que la de una trompeta: esta voz pregona a nuestros ojos, y no a nuestros oídos, la grandeza de Aquel que los ha creado". Y san Atanasio: "El firmamento, con su grandeza, su belleza y su orden, es un admirable predicador de su Artífice, cuya elocuencia llena el universo"”.
3.- Lc 17,26-37. Si ayer nos anunciaba Jesús que el Reino es imprevisible, hoy refuerza su afirmación comparando su venida a la del diluvio en tiempos de Noé y al castigo de Sodoma en los de Lot. El diluvio sorprendió a la mayoría de las personas muy entretenidas en sus comidas y fiestas. El fuego que cayó sobre Sodoma encontró a sus habitantes muy ocupados en sus proyectos. No estaban preparados. Así sucederá al final de los tiempos. ¿Dónde? (otra pregunta de curiosidad): "donde está el cadáver se reunirán los buitres", o sea, en cualquier sitio donde estemos, allí será el encuentro definitivo con el juicio de Dios.
Lo que Jesús dice del final de la historia, con la llegada del Reino universal podemos aplicarlo al final de cada uno de nosotros, al momento de nuestra muerte, y también a esas gracias y momentos de salvación que se suceden en nuestra vida de cada día. Otras veces puso Jesús el ejemplo del ladrón que no avisa cuándo entrará en la casa, y el del dueño, que puede llegar a cualquier hora de la noche, y el del novio que, cuando va a iniciar su boda, llama a las muchachas que tengan preparada su lámpara. Estamos terminando el año litúrgico. Estas lecturas son un aviso para que siempre estemos preparados, vigilantes, mirando con seriedad hacia el futuro, que es cosa de sabios. Porque la vida es precaria y todos nosotros, muy caducos. Vale la pena asegurarnos los bienes definitivos, y no quedarnos encandilados por los que sólo valen aquí abajo. Sería una lástima que, en el examen final, tuviéramos que lamentarnos de que hemos perdido el tiempo, al comprobar que los criterios de Cristo son diferentes de los de este mundo: "el que pretenda guardarse su vida, la perderá, y el que la pierda, la recobrará". La seriedad de la vida va unida a una gozosa confianza, porque ese Jesús al que recibimos con fe en la Eucaristía es el que será nuestro Juez como Hijo del Hombre, y él nos ha asegurado: "el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (J. Aldazábal).
A medida que el año litúrgico se acerca a su fin, nuestro pensamiento se orienta también hacia una reflexión sobre el «fin» de todas las cosas. «Todo lo que se acaba es corto». A medida que Jesús subía hacia Jerusalén, su pensamiento se orientaba hacia el último fin. Cada vez que a algo le llega «su fin», deberíamos ver en ello un anuncio y una advertencia. Cuando muere uno de nosotros, es un anuncio de nuestra propia muerte... Cuando arde un gran inmueble es un signo de la profunda fragilidad de todas las cosas... Cuando un maremoto se lleva todas las gentes de un poblado, es el signo brutal de lo que pasa todos los días, en el fondo, y que acabamos por no ver... Cuando un accidente de coche causa la muerte a toda una familia es lo que, por desgracia, el tiempo -dentro de veinte, de cincuenta años- habrá hecho también. En la lectura de hoy, Jesús nos propondrá que descifremos tres hechos históricos que considera símbolos de todo «Fin»: el diluvio... la destrucción de una ciudad entera, Sodoma... la ruina de Jerusalén...
-En tiempo de Noé...En tiempo de Lot... Lo mismo sucederá el día que el Hijo del hombre se revelará... En nuestro tiempo... Una salida de fin de semana... o bien en primavera... o durante el trabajo... o en plenas vacaciones...
-Comían... Bebían... Se casaban... Compraban... Vendían... Sembraban... Construían... ¡Mirad! ¡Todo marcha bien! La vida sigue su curso normal. Estamos en una sociedad de «consumo»... de «producción»..., como decimos hoy. El hambre, la sed, el sexo, la afición por los negocios, quedan satisfechos. Comidas. Comercio. Trabajo. Amor. Tarea. Dormir. Y se llega a no ver nada más allá de todo esto. Muchos afirman hoy «no haber nada después de la muerte». Otros afirman que «ante la muerte piensan, sobre todo, en disfrutar al máximo de los placeres de la vida». Sin encuesta científica, Jesús ya había observado en su época, ese mismo frenesí de «vivir», esa despreocupación bastante generalizada.
-Entonces llegó el diluvio, y perecieron todos... Pero el día que Lot salió de Sodoma llovió fuego y azufre del cielo y perecieron todos... La vida no es una bagatela, una excursión placentera, una «diversión» agradable, como dice Pascal. Gravita una amenaza que, en la boca de Jesús, se repite como un refrán: «y perecieron todos...» Jesús evoca dos elementos -el agua y el fuego- que permiten al hombre darse cuenta de su pequeñez y experimentar su impotencia: ante la inundación y el incendio, todos los medios de defensa son a menudo bastante irrisorios, a pesar de los esfuerzos realizados.
-Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas. Jesús evoca un peligro de tal modo inminente, urgente, «que no puede perderse ni un minuto» ¡Inútil ir a buscar el equipaje! Hay que partir con las manos vacías, huir, salvarse.
-Aquella noche estarán dos en una cama, a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán. Jesús sigue repitiendo que hay que estar «siempre a punto». El lugar y la hora se desconocen: una sola cosa es cierta, ninguno de nosotros se escapará. «Dios mío, ¿será esta noche?», canta el Padre Duval. Cada día es el día del juicio (Noel Quesson).
El juicio se desvela en forma de sorpresa (17, 26-32). Como en tiempos de Lot y de Noé, los hombres siguen ocupados en los grandes afanes de la vida: fortuna, diversión, comida, sexo, clan familiar, negocios. El quehacer de ese trabajo es absorbente, de tal forma que se olvida la dimensión de profundidad: Dios que viene desde el fondo, Dios que llama y quiere convertirnos a la auténtica verdad de nuestra vida. Ante esta llamada pueden darse dos tipos diferentes de fracaso: el de aquéllos que están demasiado ocupados en sus cosas y simplemente prefieren no escuchar (como los habitantes de Sodoma); o el de aquéllos que escuchando en principio la llamada sienten la nostalgia del mundo que abandonan retornando hacia lo antiguo (la mujer de Lot). La venida del reino establece en el mundo sus propias fronteras. Los judíos suponían que la salvación se inclinaría hacia los hombres de su pueblo y mientras tanto los gentiles sufrirían la condena. La palabra de Jesús destruye esa confianza. Salvación y condena responden a la hondura radical de cada una de las vidas de los hombres. Por eso habrá dos en una misma cama: dormirán marido y mujer como formando un mismo sueño, envueltos en sus mismos ideales, llenos de las mismas esperanzas, virtudes y defectos; pues bien, el juicio pasará precisamente por el medio de esa cama, separando la actitud y la verdad de cada esposo. Lo mismo sucede con los criados que trabajan en el campo; o con las siervas que muelen en el cuarto más profundo de la casa: aparentemente han compartido unos valores y unos fallos; pues bien, el juicio les espera; en la hondura de su vida son distintos (17, 34-35). Ante una existencia semejante es necesario profundizar hasta las mismas raíces de la vida. Precisamente allí es donde se viene a decidir el juicio. Dios no se ocupa de apariencias, ni la vida de los hombres se realiza simplemente en esa altura. Lo que importa es la actitud, la decisión fundamental, aquella hondura en que se viene a decidir el verdadero valor de la existencia. Teniendo esto en cuenta, el texto nos recuerda dos verdades importantes, una de carácter más judío (17, 37) y otra de sentido ya cristiano (17, 33). La verdad judía ofrece una formulación enigmática: "Donde está el cadáver se reunirán los buitres" (17,37). La frase se concibe como respuesta a la interrogación de aquéllos que preguntan por el "dónde" del juicio. Con las palabras que parecen de un refrán antiguo Jesús ha respondido "en todas partes". Allí donde esté el cadáver (es decir, allí donde se encuentre el hombre) bajarán los buitres (vendrá el juicio de Dios a cada uno). Esta verdad ya la sabían los judíos; la iglesia vuelve a repetirla. Esa verdad está atestiguada en todos los estrados de la tradición evangélica: "El que pretenda guardarse su vida la perderá; el que la pierde la recobrará" (17,33; cf Lc 9,24; Mc 8,35, etc). Perder la vida significa entregarla como Cristo y con Cristo por los otros; recobrarla en el sentido y la verdad de nuestra Pascua. Desde aquí comprendemos que en el fondo todo el juicio de Dios sobre los hombres se identifica con la presencia y el influjo de la muerte y resurrección de Jesús sobre la historia (com., edic. Marova).
Afrontar la vida de forma irresponsable es una forma de inconsciencia que puede tener consecuencias funestas para la vida. Jesús nos invita a hacer memoria de las intervenciones de Dios en el pasado y desde ese recuerdo dar consistencia y solidez a la propia vida. La irresponsabilidad frente a los designios de Dios llevó a los contemporáneos de Noé y de Lot a una muerte funesta. A diferencia de ellos, los seguidores de Jesús deben comprender el tiempo presente como ámbito de realización de la salvación para sí mismos y para los demás. El tiempo entendido como oportunidad de salvación nos aleja de la despreocupación y de una vida “light” al que parecen conducirnos los valores vigentes en este momento de la historia. La exhortación a la huida de ese ámbito puede parecer un alarmismo excesivo. Y sin embargo, en ella reside la única forma en enfrentar los acontecimientos que debemos vivir. Como nos muestra el ejemplo de la mujer Lot, volver la mirada atrás abandonando el seguimiento de Jesús nos coloca en el peligro de la frustración y del fracaso. El tiempo es un don de Dios. Pero por su misma naturaleza está ligado a una tarea que debemos realizar. Para responder adecuadamente a ese don y a esa tarea, se exige de nosotros un compromiso en el que estamos obligados a empeñar toda nuestra fuerza y nuestra actuación. Sobre el grado de ese compromiso está presente la mirada divina sobre nuestra vida. La libertad que nos ha sido concedida no es ilimitada y debe adecuarse al querer de Dios acerca de la historia de los hombres (Josep Rius-Camps).
Si el Señor tarda en llegar, esperémoslo constantemente con gran amor, porque ciertamente Él vendrá con gran poder y majestad; pero no nos quiere encontrar embotados por las cosas pasajeras, sino vigilantes, como el siervo bueno y fiel a quien el Amo confió el cuidado de todas sus posesiones y de los habitantes de su casa. No nos quedemos sólo comiendo, bebiendo, casándonos, comprando, sembrando, construyendo, etc. Es cierto que no podemos detener el trabajo ni el avance tecnológico y científico. Pero para quienes hemos puesto nuestra fe en Cristo eso no lo es todo, sino que estamos llamados a perder, constantemente, nuestra vida en favor de los demás. Entonces, cuando sea el final, conservaremos nuestra vida eternamente escondida en Dios; ahí donde Cristo nos aguarda después de haber padecido por nosotros.
Esperamos alegres la venida de nuestro Salvador. Él llega a nosotros en cada Eucaristía que celebramos. Contemplando a Cristo llegamos a conocer el amor que Dios nos tiene. Por eso elevamos agradecidos a Él nuestra alabanza y le reconocemos como el Señor de nuestra vida. ¡Ojalá y alcancemos a interpretar los signos del amor y de la salvación, que Dios nos ha manifestado por medio de su Hijo, hecho uno de nosotros! Aceptarlo a Él y reconocerlo como nuestro Dios, como Camino, Verdad y Vida es no perder la oportunidad de que Aquel que es el esperado como Juez al final del tiempo, llegará para nosotros como Pastor Misericordioso para llevarnos, sobre sus hombros, de retorno a la Casa del Padre.
Esforcémonos constantemente por construir la ciudad terrena conforme a la orden inicial dada por el Creador al hombre: Domina la tierra y sométela. Pero no nos olvidemos que quienes creemos en Cristo, hemos sido convocados por Él para participar de su Vida y para ser enviados a construir, entre nosotros, el Reino de Dios. Sabiendo que el Señor se acerca a nosotros en cada hombre y en cada acontecimiento de la vida, sirvámosle con amor hasta que Él vuelva para dar a cada uno lo que corresponda a sus obras. Que no nos angustie la cercanía, o no, de la venida del Señor; que más bien nos preocupe entregar nuestra vida por Cristo y por su Evangelio: amando, sirviendo, socorriendo, alimentando, visitando, consolando a nuestros prójimos que viven desprotegidos. Esforcémonos también por construir un mundo más en paz y más fraternalmente unido por el amor. Entonces estaremos ciertos de que, al final, seremos de Dios y estaremos con Él eternamente.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de esperar, alegremente, la venida del Señor al final de nuestra vida para hacernos partícipes de los bienes eternos, reservados a quienes Él ama y le viven fieles. Amén (www.homiliacatolica.com).

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