martes, 1 de noviembre de 2011

Solemnidad de Todos los Santos. Todos estamos llamados a ser santos, es decir a ser plenamente hijos de Dios, por el amor

Solemnidad de Todos los Santos. Todos estamos llamados a ser santos, es decir a ser plenamente hijos de Dios, por el amor



Libro del Apocalipsis 7,2-4,9-14: Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello de Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: No dañéis a la tierra ni al mar, ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios. Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén. Y uno de los ancianos me dijo: ¿Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido? Yo le respondí: Señor mío, tú lo sabrás. Él me respondió: Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero.

Salmo 23,1-2,3-4ab,5-6: R. Éstos son los que buscan al Señor.
Del Señor es la tierra y cuanto la llena / el orbe y todos sus habitantes: / Él la fundó sobre los mares, / Él la afianzó sobre los ríos.
¿Quién puede subir al monte del Señor? / ¿Quién puede estar en el recinto sacro? / El hombre de manos inocentes / y puro corazón.
Ése recibirá la bendición del Señor, / le hará justicia el Dios de salvación. / Este es el grupo de los que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

Primera carta del apóstol san Juan 3,1-3: Queridos hermanos: ¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a Él. Queridos: ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se hace puro como puro es Él.

Evangelio según san Mateo 5,1-12a: En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos; y Él se pudo a hablar enseñándolos:
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Comentario: Todos los Santos es una típica fiesta cristiana, expresión de la esperanza que nos habita: lo que Dios ha realizado en los santos lo esperamos nosotros, confiados en su amor, y lo vivimos ya ahora: "Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos... seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es" (2ª lect.). También el prefacio: "y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita" (prefacio I). Las lecturas anuncian la dicha (vestiduras blancas, palmas, cantos de alabanza; seremos semejantes a Dios y le veremos tal cual es; dichosos vosotros, el Reino de los Cielos...) por los caminos del seguimiento realista de Jesús ("vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero"; "el mundo no nos conoce"; a los dichosos...). Si nos llenamos el corazón de júbilo, no nos apartamos de la lucha, y si nos invitan a mirar hacia el final de nuestra aventura, no dejan de decirnos que "ahora somos hijos de Dios" y hemos sido marcados con el sello del Dios vivo. El camino de los hijos -que es el que desemboca en la gloria de la Jerusalén celestial- no es otro que el camino del Hijo: él ha pasado por la gran tribulación, el mundo no lo ha conocido, ha sido perseguido y calumniado. "Nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión" (prefacio I). Todos los Santos es una fiesta familiar: la de quienes han caminado con Jesús y ahora gozan con su dicha. Reconocemos en ellos a María, Pedro, Esteban, Agustín, Francisco, Ignacio... Hombres y mujeres de carne y hueso como nosotros, que han recorrido esta tierra como nosotros. Es como una carrera de relevos, como una procesión inmensa, la cabeza de la cual ya ha "entrado", mientras nosotros vamos caminando y otros empiezan a salir o esperan su turno: "para que, animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona que no se marchita" (J. Totosaus).
1. Ap 7.2-4.9-14. Sólo el final de la historia (escatología) nos permite comprender el sentido de las precedentes etapas históricas. Y como esta última etapa no puede ser descrita en su realidad histórica por ningún mortal, de ahí que los autores que la describen deban echar mano de las visiones, imágenes simbólicas, etc., (apocalíptica). Esta literatura hará mucho uso de la comparación "como", "similar a"... La apocalíptica judía trata de buscar un saber del pasado para interpretar el presente y escrutar el futuro; pero Juan, no. El apocalipsis del Nuevo Testamento describe los avatares de la historia de la salvación desde la primera venida de Cristo hasta la segunda. En la lucha entablada entre Cristo y Satán, Cristo ya ha vencido; pero el poder del adversario sigue desplengándose sobre la Iglesia. La "bestia feroz" que sale del mar (=el Imperio) y la gran "prostituta" (=Roma) son el instrumento de Satán para desplegar su persecución sobre la Iglesia. (Nótese la forma encubierta de narrar acontecimientos coetáneos al autor. También Juan estaba expuesto a la persecución). Es la hora de la prueba. Junto a la amargura del presente, el autor va presentando cuadros apocalípticos del final de los tiempos, que traen paz y serenidad a los atribulados, a la vez que sirven de acicate para continuar luchando en este mundo en la batalla de la fe. Al final, Dios vencerá por medio de Cristo, que debe actualizar el plan de salvación contenido en el libro de los siete sellos (5,7,9). La Jerusalén celeste, la nueva sociedad de salvados, inaugura el reinado de Dios. Entre el sello sexto (6,12-17) y el séptimo (8,1) se inserta la perícopa de esta fiesta, dividida en dos escenas: la visión de los "marcados" y la visión de la muchedumbre de "los que vienen de la gran tribulación". En los dos casos se destaca la iniciativa de Dios: El es quien marca sus siervos, para preservarlos. El, por el misterio pascual de Jesucristo -"en la sangre del Cordero"-, es quien ha hecho posible la existencia de esta muchedumbre sacerdotal -"con vestiduras blancas" - que canta el cántico nuevo. Juan escribe hacia los años 94-96, en unas circunstancias particularmente adversas para las comunidades cristianas. La persecución de Nerón, iniciada con el incendio de Roma hacia el año 64, se había extendido por todas partes en tiempos de Domiciano. El Apocalipsis es, por la tanto, un libro de la clandestinidad, lo que explica en parte la dificultad de su interpretación. Es también un libro en el que el autor exhorta a los cristianos y levanta el ánimo de las iglesias, un libro de la resistencia cristiana o de la "paciencia", que es algo muy distinto de la simple resignación. La paciencia vive de la esperanza, de una esperanza invencible. El Vidente de Patmos ve los acontecimientos e interpreta los signos o señales de los tiempos a la luz del Día del Señor, revelando así el verdadero sentido de las persecuciones de la iglesia en el decurso de la historia. De ahí que la exhortación del Apocalipsis tenga todavía para nosotros vigente actualidad.
Todo esto lo ha visto el Vidente como si estuviera fuera del mundo y pudiera abarcarlo con una mirada. Desde su punto de vista puede oír también el número de los marcados con el sello del Dios vivo. Desde una situación concreta de opresión y de constante amenaza, este creyente supera la anécdota del momento para abrirse, movido por la esperanza, al profundo misterio de la historia y escuchar la palabra de Dios que lo interpreta. Para ver y oír de esta manera hace falta esperar contra toda esperanza humana, superarlo todo en alas de la esperanza cristiana. Se trata de un número simbólico. El número 12 significaba tanto como "totalidad", y el número 1.000 "muchedumbre". Israel es el pueblo de Dios. Suponiendo que cada tribu fuera una "muchedumbre" (=1.000), la "totalidad (=12) de cada tribu sería 12.000 miembros y la "totalidad" de Israel (con sus 12 tribus) sería 144.000 miembros. De ahí que este número signifique simplemente la totalidad de los elegidos y no una cantidad numérica bien determinada y conocida por nosotros. El autor quiere decirnos que Dios protege a todos y a cada uno de sus elegidos. Dios protegerá a los suyos en medio de la tribulación. Y ahora el Vidente, situado más allá de la historia, ve lo que será al fin y al cabo. En su visión ha dado un salto, dejando atrás todas las luchas y persecuciones, para mostrarnos el triunfo del pueblo de Dios. Una muchedumbre incontable, de todas las razas, lenguas y naciones, con palmas en las manos celebra la victoria. Esta hermosa utopía nos muestra que el ideal de la humanidad es la superación de todas las fronteras y de todas las discriminaciones, una comunidad festiva en el reino de la paz y de la libertad. En este sentido podemos afirmar que una sociedad sin clases es también el sueño de todos los cristianos auténticos. La victoria y la salvación que se celebra se debe al Cordero (Jesucristo) y a Dios, a quienes la muchedumbre incontable y los ángeles tributan "todo honor y toda gloria". Es como una gran doxología y una liturgia celestial que la iglesia militante, todavía en la tierra de la historia, anticipa en sus celebraciones eucarísticas. Aunque todos han sido salvados por Dios y por la sangre del Cordero, Dios no ha ahorrado a ninguno de sus elegidos el pasar por la lucha y las tribulaciones de la historia. Y esto es lo que hace mayor el gozo
Vs. 1-8: los elegidos de la tierra. La destrucción y el pánico del sexto sello se detienen. Los vientos que soplan de los cuatro ángulos de la tierra simbolizan las fuerzas destructoras de este mundo y el anuncio del último día. Los cuatro ángeles (seres al servicio de Dios) detienen la destrucción. La salvación viene de Oriente (v. 2). Por Oriente sale el sol y allí está el Paraíso. La marca o sello (v. 3) indica pertenencia, incluso hoy, y protección. A pesar de los vaivenes de la historia que sacuden a la Iglesia, ella será protegida.
Vs 9-17: suerte de los elegidos en el cielo. Ya han alcanzado la gloria y la victoria simbolizadas por la túnica blanca y las palmas. Es una muchedumbre innumerable, sin distinción de razas, que prorrumpe en un himno de agradecimiento. Superadas las dificultades, viven ya sin ansiedad. La salvación o victoria se debe a Dios y al Cordero; pero este don o gracia requiere una respuesta humana (v. 15). Todo esto ocurrirá en un futuro. Esta visión de final debe suscitar interés y entusiasmo para la lucha del presente, donde se fragua la eternidad. La visión de una historia concreta hace que Juan nos presente una clave de interpretación histórica válida para todas las edades (Dabar 1980).

Lamentablemente, para muchos cristianos no hay más santos que esa docena que ellos conocen y que se han convertido en abogados de algo: S.Blas y los males de garganta, San. Cristóbal y los conductores, S.Isidro y la agricultura, S.Antón y los animales, etc. Es decir, a los santos se acude más por lo que se puede sacar de ellos que por lo que de ellos se puede aprender. Y no es que no tengan su valor como mediadores e intercesores; es que, si no podemos ver a Dios como alguien para tapar nuestros agujeros, menos aún lo son los santos. S.Pancracio con perejil y un billete de lotería es un gesto más propio de la superstición que de la fe; y, sin embargo, gestos así abundan entre los cristianos. De forma sintetizada vamos a recordar aquí lo que el Conc. Vaticano II, a lo largo de sus diferentes Constituciones, Decretos y Declaraciones, va diciendo sobre los santos: -están unidos a los Apóstoles y los mártires en la veneración de la Iglesia (LC 50); -están recomendados a la devoción e imitación de los fieles (LG 50); -realizan una función de impulsarnos hacia lo eterno (LG 50), -de ejemplo e iluminación para nuestra vida (LG 50); -Dios se manifiesta en los santos (LG 50); -los santos son hombres como nosotros (LG 50); -se transforman en imagen de Cristo (LG 50); -realizan una función reveladora y de signo (LG 50); -son testigos que atraen (LG 50), -y dan testimonio de la verdad del Evangelio (LG 50); -damos culto a los santos por su ejemplaridad (LG 50); -su culto nos une a Cristo (LG 50); -la Eucaristía nos pone en comunión con los santos (LG 50); -cantan alabanzas a Dios e interceden por nosotros (SC 104); -ya han llegado a la perfección (SC 104); -cumplen el misterio pascual en sí al sufrir y ser glorificados con Cristo (SC 104); -la Iglesia les rinde culto y los venera (SC 111); -proclaman las maravillas de Cristo y proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles (SC 111); -por medio de los santos, los fieles son atraídos por Cristo al Padre (SC 104), -y la Iglesia implora los beneficios divinos (SC 104); -finalmente, ellos manifiestan la variedad de los dones del Espíritu Santo en la Iglesia (UR 2). La verdad es que tenemos que reconocer que son muchos los valores, méritos y cualidades de los santos como para que nosotros los reduzcamos a la mera función de "desfacedores de entuertos". Hay que reconocer que nos tomamos a los santos con poca seriedad; quizá sea porque todavía pervive en nosotros esa falsa imagen de los santos como supermanes, tan fomentada por la espiritualidad y la devoción de tiempos pasados pero aún no acabados; quizá sea porque no basta con las ceremonias más o menos grandiosas que se desarrollan con motivo de las beatificaciones y canonizaciones para hacer llegar las vidas de los santos a la gran mayoría del Pueblo de Dios. Sea la razón que sea, lo cierto es que hay un innegable y lamentable divorcio entre los santos y el pueblo fiel; los santos no acaban de "servirnos" para todo eso que el Concilio dice que debían "servir"; los santos tienen una misión dentro de la Iglesia pero, al parecer, no estamos por la labor de que realicen esa tarea entre nosotros. Hay, por tanto, mucho que revisar en este terreno de la santidad y de los santos: hay que buscar la forma de que haya santos cercanos a nosotros, en el tiempo, en el medio ambiente en que vivieron, etc; hay que conocer -y dar a conocer, quienes sean responsables de ello- mejor sus vidas y su ejemplo; hay que desmitificarlos, fijarnos un poco menos en aspectos espectaculares y un poco más en su "vida cotidiana", auténtica base de su santidad en la mayoría de las ocasiones. Hoy, fiesta de Todos los Santos, puede ser un buen día para revisar nuestra visión de los Santos (L. Gracieta).


2. Así lo comenta Juan Pablo II: “El antiguo canto del pueblo de Dios, que acabamos de escuchar, resonaba ante el templo de Jerusalén. Para poder descubrir con claridad el hilo conductor que atraviesa este himno es necesario tener muy presentes tres presupuestos fundamentales. El primero atañe a la verdad de la creación: Dios creó el mundo y es su Señor. El segundo se refiere al juicio al que somete a sus criaturas: debemos comparecer ante su presencia y ser interrogados sobre nuestras obras. El tercero es el misterio de la venida de Dios: viene en el cosmos y en la historia, y desea tener libre acceso, para entablar con los hombres una relación de profunda comunión. Un comentarista moderno ha escrito: "Se trata de tres formas elementales de la experiencia de Dios y de la relación con Dios; vivimos por obra de Dios, en presencia de Dios y podemos vivir con Dios" (G. Ebeling). A estos tres presupuestos corresponden las tres partes del salmo 23, que ahora trataremos de profundizar, considerándolas como tres paneles de un tríptico poético y orante. La primera es una breve aclamación al Creador, al cual pertenece la tierra, incluidos sus habitantes (vv 1-2). Es una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la antigua visión del mundo, la creación se concebía como una obra arquitectónica: Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las aguas caóticas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas por la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida sobre este abismo, y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva en el ser y en la vida.
Desde el horizonte cósmico la perspectiva del salmista se restringe al microcosmos de Sión, "el monte del Señor". Nos encontramos ahora en el segundo cuadro del salmo (vv 3-6). Estamos ante el templo de Jerusalén. La procesión de los fieles dirige a los custodios de la puerta santa una pregunta de ingreso: "¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?". Los sacerdotes -como acontece también en algunos otros textos bíblicos llamados por los estudiosos "liturgias de ingreso" (cf Sal 14; Is 33,14-16; Mi 6,6-8)- responden enumerando las condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto. No se trata de normas meramente rituales y exteriores, que es preciso observar, sino de compromisos morales y existenciales, que es necesario practicar. Es casi un examen de conciencia o un acto penitencial que precede la celebración litúrgica. Son tres las exigencias planteadas por los sacerdotes. Ante todo, es preciso tener "manos inocentes y corazón puro". "Manos" y "corazón" evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es "no mentir", que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, "mentira". Así se reafirma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo: "No jurar contra el prójimo en falso". Como es sabido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud.
Así llegamos al tercer cuadro, que describe indirectamente el ingreso festivo de los fieles en el templo para encontrarse con el Señor” (vv. 7-10), que no comentamos porque ya no entra en el fragmento que hoy leemos, aunque viene bien una historia para este final; es una escena en Diálogo de carmelitas de Bernanos. La protagonista en una procesión lleva la cruz que es llamada «el pequeño rey de la gloria». Desde lejos oye las notas de la carmañola. Tiene un momento de confusión, y aterrorizada deja caer la estatua del «pequeño rey de la gloria», que se hace pedazos; entonces una religiosa exclama: -¡Qué débil y qué pequeño! -Pero otra replica: -¡No, no..., qué grande y qué fuerte! Una tercera añade: -Ahora ya no tenemos «rey de la gloria», sólo nos queda el cordero de Dios. Ser cristianos es aceptar a este rey de la gloria que desaparece, que se hace pequeño, que se convierte en rey de burla para diversión de los soldados, que se deja crucificar como un delincuente, no será poniéndonos de puntillas como veremos a Dios, sino abajándonos. La grandeza para un cristiano se mide precisamente en su capacidad de hacerse pequeño, y en el amor que de ahí viene: La iglesia ortodoxa venera a san Cosme, un mendigo infatigable que recorría a pie o a lomos de mula todas las regiones de Grecia. Tenía un modo original para pesar el amor de los cristianos. Cuando llegaba a la plaza de un pueblo, plantaba una gran cruz y allí entablaba un diálogo con la gente que había acudido a escucharle.
-Si hay alguien en esta asamblea que ame a sus hermanos, que se levante y me lo diga, porque quiero darle mi bendición y pedir a todos los cristianos que le absuelvan.
-Yo, hombre de Dios, amo a Dios y a mis hermanos.
-Muy bien, hijo mío. Te doy mi bendición. ¿Cómo te llamas?
-Constantino.
-Qué oficio tienes?
-Pastor.
-Cuando vendes el queso, ¿lo pesas?
-Claro, lo peso.
-Pues bien, hijo, tú has aprendido a pesar el queso y yo el amor. Por eso quiero pesar tu amor... ¿Cómo puedo saber si amas a los hermanos? Recorriendo los pueblos para predicar yo no ceso de repetir que amo a Constantino como a mis propios ojos. Pero tú para creerme, exiges pruebas. Fíjate, yo tengo pan y tú no lo tienes. Si lo divido contigo, esto significa que te amo. Pero si me como todo mi pan, mientras tú pasas hambre, esto quiere decir que mi amor es falso... Tú, por ejemplo, ¿amas a aquel muchacho pobre?
-Sí, le amo.
-Si le amases le habrías comprado una camisa, ya que no tiene ninguna. Tu amor es falso. Si quieres que tu amor sea auténtico viste a los muchachos pobres...
Si a las puertas del templo hubiese un guardián encargado de «pesar» nuestro amor, ¿cuántos de nosotros obtendrían el permiso de entrada? (Alessandro Pronzato).
La Liturgia percibe en este salmo un anuncio profético del misterio de la Encarnación y se sirve de sus estrofas para celebrar el ingreso de Cristo en este mundo. La tradición patrística interpretó también este salmo como una profecía del misterio de la Ascensión de Cristo a los cielos: "Los mismos Ángeles -dice san Ambrosio-, se maravillaron de este misterio. Cristo Hombre, al que vieron poco antes retenido en una estrecha tumba, ascendía, desde la morada de los muertos, hasta lo más alto del Cielo. El Señor regresaba vencedor. Entraba en su templo, cargado de una presa desconocida. Ángeles y Arcángeles le precedían, admirando el botín conquistado a la muerte. Y, aunque sabedores de que nada corpóreo puede acceder a Dios, contemplaban, sin embargo, a sus espaldas, el trofeo de la Cruz: era como si las puertas del Cielo, que le habían visto salir, no fueran lo suficientemente anchas para acogerlo de nuevo. Jamás habían estado a la altura de su nobleza, pero, después de su entrada triunfal, se precisaba un acceso todavía más grandioso. Ciertamente, a pesar de su anonadamiento, nada había perdido. No es un hombre el que entra, sino el mundo entero, en la Persona del Redentor de todos. Y puesto que sube al Cielo, sube tú también con Él, uniéndote a los Ángeles que le acompañan y le acogen. Y a aquellos Espíritus que dudan porque aprecian en su Cuerpo los estigmas de la Pasión -de los que carecía cuando salió del Cielo- y preguntan: «¿Quién es este Rey de la gloria?», tú les responderás: Es el Señor, héroe valeroso, héroe de la guerra (v 8). Y si te preguntan, como en el diálogo del Profeta Isaías: «¿Quién es éste que viene de Edom, es decir, de la tierra?, ¿cómo es que está rojo su vestido y sus ropas como las del que pisa un lagar?» entonces tú les mostrarás la veste de su Cuerpo, embellecida por los ornamentos de su Pasión y de su Divinidad, como nunca brillaron de tanto amor y de tanta belleza” (Félix Arocena).
¿Quién puede entrar en el lugar santo de Dios, el cielo? Respuesta: Todos aquellos que han vivido bajo el signo de la conciencia, del amor verdadero. ¡Señor, haznos dignos de tu Santidad, Tú que eres el amor! (Noel Quesson).
Juan Pablo II formuló la pregunta que plantea todo hombre que busca a Dios evocando las palabras de la Biblia: "¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?": el Salmo responde haciendo "la lista de condiciones para poder acceder a la comunión con el Señor en el culto", explicó el Papa. "No se trata de normas meramente rituales y exteriores que hay que observar, sino más bien de compromisos morales y existenciales que hay que practicar". Tres exigencias: Ante todo hay que tener "manos inocentes y puro corazón". "Manos" y "corazón" "evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre que debe ser radicalmente orientado hacia Dios y su ley... La segunda exigencia es la de "no decir mentiras", que en el lenguaje bíblico no sólo hace referencia a la sinceridad, sino también a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, "mentira". Se confirma así el mandamiento del Decálogo: la pureza de la religión y del culto". Por último, para encontrar a Dios, el Salmo exige "no jurar contra el prójimo en falso": "La palabra, como es sabido, en una civilización oral, como la del antiguo Israel, no podía ser instrumento de engaño, sino que más bien era símbolo de las relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud". Con estas condiciones, el corazón del hombre se prepara para el encuentro con Dios, quien como muestra el Salmo 23, siendo "infinito, omnipotente y eterno", "se adapta a la criatura humana, se acerca a ella para salirle al encuentro, para escucharla y entrar en comunión con ella". "Y la liturgia es la expresión de este encuentro en la fe, en el diálogo y en el amor”.
Cuando nos encontramos en la montaña de nuestra experiencia cristiana, podemos ver nuestro futuro claro, nuestra visión se expande, tenemos confianza y paz; sin embargo, cuando nos encontramos en uno de los valles de nuestra vida, nuestra visión se limita, nuestro futuro no se ve claramente, y nuestros sueños sufren. Pero debemos saber que los valles son los lugares más fructíferos de la tierra. “Los valles producen frutos”. Puedes esperar una cosecha valiosa en el valle donde te encuentres, porque Dios te acompaña. Y si Dios está contigo, Dios te sacará de allí con una gran victoria. Si el enemigo te ha atacado y estas dudando del amor libertador de Dios, recuerda, que aun siendo pecadores, Cristo murió por nosotros, y también sabemos, que "a los que aman a Dios todas las cosas le ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Rom 8,28). Pasaremos por la dificultad, pero no nos quedaremos en ella, porque sabemos que Dios es Dios en todas partes, y Él nos levantará para ir, de monte en monte y de victoria en victoria, alimentados por los frutos adquiridos en el valle de la aflicción. Olvidaremos las dificultades pasadas y recordaremos la fidelidad y la lealtad de Dios, la cual nos ha libertado.
3. 1 Jn 3,1-3: "cielo", en definitiva, es el encuentro con Cristo resucitado. "Cielo quiere decir participación en esta forma existencial de Cristo -estar sentado a la derecha del Padre- y, en consecuencia, plenitud de lo que comienza con el bautismo" (Ratzinger). Y puesto que el encuentro con Cristo resucitado es encuentro con todos los que están en El, el "cielo" es también la gran realidad de la comunión de los santos en toda la plenitud. Estas dos referencias -a Cristo y a la Iglesia- ayudan a comprender las afirmaciones de la 2. lectura. En efecto: el bautismo y la confirmación nos han situado ya en comunión con el Cristo resucitado, dentro de la comunión de los santos; ya hemos sido "marcados". El resto de la vida es "tribulación", búsqueda del rostro del Señor, esperanza, pobreza y persecución... Todo esto, sin embargo, vivido en Cristo y en la Iglesia, como forja de la plena realización gloriosa. En los santos, en estos "hijos de la Iglesia encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad" (Prefacio); son historias muy concretas que nos los hacen más próximos y semejantes en esta comunión que nos une como hijos de Dios. Son sus propias experiencias de camino las que nos animan a orar con ellos al Señor (P. Tena). Una de las características esenciales de la santidad de la Nueva Alianza es que los santos en Cristo Jesús forman una asamblea. Hay que decir también que la santidad les es ofrecida en la respuesta que ellos dan al llamamiento que los reúne. En otras palabras, los cristianos son santos en tanto que son miembros de la Iglesia; la santidad de la Iglesia les precede siempre. Con ello se declara que la santidad del cristiano se halla siempre en radical dependencia de la santidad de Cristo y de la Iglesia que es su Cuerpo y a través de la cual es comunicada la vida de la cabeza; forman una asamblea porque la santidad de Cristo es una fuerza que reúne a la Humanidad entera, y su nombre es amor (Maertens-Frisque).
San Bernardo, abad, dice: “¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires; con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes; para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos: resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.
El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria”.
Una oración-poesía de Gustavo Adolfo Bécquer: “Patriarcas que fuisteis la semilla / del árbol de la fe en siglos remotos, / al vencedor divino de la muerte / rogadle por nosotros.
Profetas que rasgasteis inspirados / del porvenir el velo misterioso, / al que sacó la luz de las tinieblas / rogadle por nosotros.
Almas cándidas, Santos Inocentes, / que aumentáis de los ángeles el coro, / al que llamó a los niños a su lado / rogadle por nosotros.
Apóstoles que echasteis en el mundo / de la Iglesia el cimiento poderoso, / al que es de la verdad depositario / rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis vuestra palma / en la arena del circo, en sangre rojo, / al que os dio fortaleza en los combates / rogadle por nosotros.
Vírgenes semejantes a azucenas, / que el verano vistió de nieve y oro, / al que es fuente de vida y hermosura / rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate / pedisteis paz al claustro silencioso, / al que es iris de calma en las tormentas / rogadle por nosotros.
Doctores cuyas plumas nos legaron / de virtud y saber rico tesoro, / al que es caudal de ciencia inextinguible / rogadle por nosotros.
Soldados del Ejército de Cristo, / Santas y Santos todos, / rogadle que perdone nuestras culpas / a Aquel que vive y reina entre nosotros”.
Aunque esta filiación divina de los creyentes es ya una realidad, todavía es una realidad escondida e incipiente. Ni los mismos hijos de Dios saben ahora y tienen clara experiencia de lo que realmente son. Cuando se manifieste plenamente y llegue a pleno desarrollo lo que son, los hijos de Dios se sorprenderán y verán que son semejantes a Dios. Entonces los hijos de Dios serán alzados a la altura de los ojos del Padre, y le verán como él mismo les ve. Esta esperanza de encontrarnos cara a cara con el Padre y de ser semejantes al Padre es la verdadera motivación cristiana de la santidad (Mt 5,48; Hb 12,14). Es la esperanza que nos anima a seguir el ejemplo del "Primogénito entre muchos hermanos", o sea, de Jesús (cf 2,6), y a entrar por el camino de las bienaventuranzas (“Eucaristía 1983”). Vivimos una situación de gestación, de expectación, como el campo sembrado de trigo, pero en el que todavía durante el invierno no se ve por ninguna parte la cosecha. Habrá que esperar hasta la primavera en que despunten los brotes o hasta el verano en que se recoja la cosecha. Sin embargo, igual que el labrador sabe que ha sembrado y espera con impaciencia el día de la cosecha, así nosotros debemos creer y esperar el día en que se ponga de manifiesto lo que ya somos por la gracia de Dios.
La segunda parte de la primera carta de San Juan se abre con el mensaje de que todos somos hijos de Dios. A este mensaje sigue una exigencia: debemos vivir como hijos de Dios. Para los sinópticos la filiación divina es una realidad escatológica. Con san Pablo ya se hace presente en este mundo (cf Rm 8,16; Ga 4,5s). En san Juan la filiación divina es actual y llega a todos los hombres que aman a Jesús y guardan sus mandamientos. La razón de fondo es el amor del Padre. El autor no puede contener su admiración ante el don maravilloso que Dios nos ha hecho a los hombres: la filiación divina. Al decir: "Mirad qué amor..." nos invita a mirar no con los ojos del cuerpo sino a verificar, constatar, que aunque el amor es una realidad invisible es perceptible por los efectos. La filiación divina es obra del amor del Padre. Si Dios ama tanto a los hombres que llega a entregarles a su propio Hijo es para darles la vida eterna, para hacerlos hijos de Dios. "El mundo no conoce..." El conocimiento supone un vínculo de unidad entre el que conoce y lo conocido. De ahí que el conocimiento que ahora tenemos sea imperfecto. En la vida presente la realidad de la filiación se posee en forma limitada y por tanto el conocimiento es parcial. No conocemos todavía lo que llegaremos a ser. Toda la vida cristiana debe tender a manifestar que somos hijos de Dios y que amamos como él amó. Esta vida se vive ahora en medio de dificultades y el gran amor que nos tiene el Padre no lo llegamos a ver en su totalidad, pero mantenemos la esperanza firme de que un día se manifestará (Pere Franquesa).
Se puede decir lo que no habrá allí; pero ¿quién podrá decir lo que habrá? Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre (1 Cor 2,9). Con razón, pues, dijo el Apóstol: Los sufrimientos de este tiempo no admiten comparación con la gloria futura que se revelará en nosotros (Rom 8,18). Sábete, ¡oh cristiano!, que, sufras lo que sufras, no es nada en comparación con lo que has de recibir. Es certeza que nos procura la fe: nunca se aparte de tu corazón. No puedes comprender ni ver lo que llegarás a ser; ¿cómo será lo que no puede comprender ni siquiera quien lo va a recibir? Seremos lo que seremos, pero no podemos comprender eso que seremos. Supera nuestra debilidad, sobrepasa nuestro pensar, excede nuestro entendimiento; pero seremos eso. Amadísimos, dice Juan, seremos hijos de Dios.
Evidentemente ya lo somos por adopción, por la fe, por la prenda que tenemos. Hemos recibido como prenda, hermanos, al Espíritu Santo. ¿Cómo puede engañar quien nos ha dejado tal prenda? Somos hijos de Dios, dijo, y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3,2). Dijo que aún no se ha manifestado, pero no dijo qué es lo que aún no se ha manifestado. Aún no se ha manifestado lo que seremos. Si hubiese dicho: «Seremos esto o seremos así», ¿a quién se lo hubiese dicho de haberlo dicho? No me atrevo a decir quién, pero sí a quien lo hubiese dicho. Y quizá él pudiera haberlo dicho, porque él fue quien descansó sobre el pecho del Señor y en aquel banquete bebía la sabiduría del pecho del Señor. Repleto de aquella sabiduría eructó: En el principio existía la Palabra. Esto es lo que dijo: Sabemos que, cuando se manifieste lo que seremos, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. ¿Semejantes a quién? Sin duda alguna, semejantes a aquel de quien somos hijos. Amadísimos, dijo, somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a aquel de quien somos hijos, porque le veremos tal cual es. Y ahora, si quieres conocer aquello a lo que serás semejante, si quieres conocer a aquel a quien serás semejante, mírale, si puedes. Aún no puedes. Desconoces a aquel a quien serás semejante; en consecuencia, desconoces en qué medida serás semejante a él. Desconociendo aún lo que es él, desconoces lo que serás también tú.
Pensando en estas cosas, amadísimos, estemos siempre a la espera de nuestro gozo sempiterno y pidámosle continuamente fortaleza en nuestros trabajos y pruebas temporales, tanto yo para vosotros como vosotros para mí. No penséis, hermanos, que vosotros necesitáis de mis oraciones, pero no yo de las vuestras. Recíprocamente tenemos necesidad de las oraciones de los unos por los otros, puesto que las mismas oraciones de los unos por los otros se encienden con la caridad y son un sacrificio de olor suavísimo que se ofrece al Señor desde el altar de la piedad. En efecto, si hasta los apóstoles pedían que se orase por ellos, ¡cuánto más nosotros, tan desemejantes a ellos, pero en todo caso deseando seguir sus huellas, sin poder saber ni atrevernos a decir en qué medida lo conseguimos!

4. Cf. también el Domingo 4º (A) y 6º (C): Las Bienaventuranzas son el texto del acto constitucional del nuevo pueblo, y su es un canto a las personas que sufren por intentar hacer posible el Reino de Dios. Es un canto fantástico por su sencillez y que ciertamente gustan en toda su hondura las personas que saben de sufrimiento por construir algo mejor (Dabar 1980). No son propiamente una enseñanza sino una declaración. Jesús declara dichosas a todas aquellas personas que se encuentren en las siguientes situaciones: pobreza voluntaria, no violencia, llanto, ansia de justicia, ayuda a los demás, limpieza de miras, búsqueda de la paz y, por último, persecución por causa de la justicia o por seguir a Jesús. Las personas que Jesús declara dichosas son todas ellas activas y comprometidas en la consecución de un orden de cosas diferente al habitual. A todas ellas Jesús les abre un futuro y una esperanza: el futuro y la esperanza que tienen su origen en el orden de cosas en el que Dios en persona está comprometido (Alberto Benito). La solemnidad de Todos los Santos comenzó a celebrarse en torno al año 800. Resume y concentra en un día todo el santoral del año, pero principalmente recuerda a los santos anónimos sin hornacina ni imagen reconocible en los retablos. Son innumerables los testigos fieles del Evangelio, los seguidores de las Bienaventuranzas. Hoy celebramos a los que han sabido hacerse pobres en el espíritu, a los sufridos, a los pacíficos, a los defensores de la justicia, a los perseguidos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón. ¿Quienes son los santos? Son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre. Santos son los que han hecho de su vida una epifanía de los valores trascendentes; par esa quienes buscan a Dios lo encuentren can facilidad humanizado en los santos. Me parece que es Bernanos el que ha escrito lo siguiente: "He perdido la infancia y no la puedo reconquistar sino por medio de la santidad". ¿Qué es, pues, la santidad? La santidad es la totalidad del espíritu de las Bienaventuranzas, que se leen en el evangelio de la Misa. La totalidad es pobreza, mansedumbre, justicia, pureza, paz, misericordia. Es apertura y donación que tienen como símbolo la confianza de un niño. Santidad es tener conciencia efectiva de ser hijo de Dios. Este sentido de filiación debe ser acrecentado a través de la purificación interior y así alcanzar la meta plena de nuestra conformación con Dios. Santidad es pluralidad. Cada uno debe seguir a Cristo desde su propia circunstancia y talante; desde su nación, raza y lengua, en los días felices y cuando la tribulación arranca lágrimas del corazón; en la soledad del claustro o en el vértigo de la ciudad; en la buena y en la mala salud. Alcanzar la santidad es descubrir el espíritu de alabanza y paz que debe animar toda la existencia. Buscar lo bueno siempre. Defender la teología de la bendición en medio de tantas maldiciones. La santidad es una aventura, un riesgo que vale la pena correr. La transformación del mundo la han hecho fundamentalmente los santos con su testimonio de vida coherente que desbarata las rivalidades y crea la nueva fraternidad. "En el camino hacia Cristo todos somos condiscípulos, compañeros del viaje a la santidad" (Mons. Ott, Roma: Andrés Pardo).
Las bienaventuranzas no son una compensación fantaseada para hacer que las masas se resignen más fácilmente ante las frustraciones que ofrece la realidad; no son un consuelo por las privaciones que impone la vida, no son un estímulo para encajar situaciones injustas; no son un freno al cambio activo de la realidad: son más bien la voluntad inconformista y decidida de transformar la realidad. Jesús en esta catequesis habla de hombres y mujeres activos que, frente a situaciones concretas injustas, adoptan actitudes justas. Y por el solo hecho de adoptarlas, son bienaventurados, no desgraciados o ilusos según criterios de muchísimos humanos. Porque en realidad sólo Dios es capaz de hacer justicia, y es él quien los llama dichosos (“Eucaristía 1988”).
Llamando bienaventurados a los pobres, Jesús no expresa simplemente un buen deseo para que todo les vaya bien, sino que proclama un hecho: que "de ellos es el Reino de los Cielos" (esto es, el Reino de Dios; los judíos hablaban de los "Cielos" refiriéndose a Dios, no a un lugar). Aunque este Reino está por venir, vendrá ciertamente para los pobres y no para los que no lo son. A partir de la cautividad de Babilonia se llamaba "pobres" a los fieles o "justos" y a la inversa, pues eran precisamente los pobres los que mantenían la esperanza y conservaban la fe de Israel. Jesús llama "pobres" a quienes, no teniendo nada (sentido social de la pobreza) ponen su confianza en Dios (sentido religioso de la pobreza). A partir de ahí Mateo acentuaría más el sentido religioso y Lucas el sentido o significado social de la pobreza. La especial atención que presentó Jesús a los desposeídos, a los enfermos y marginados de su tiempo, demuestra que puso en primer plano la pobreza real sin la que no es posible la pobreza espiritual. Sólo cuando nos olvidamos de que Jesús exigió la pobreza real como condición para seguirle, podemos utilizar ideológicamente lo que en la versión de Mateo se dice de "los pobres de espíritu". La pobreza espiritual no es otra cosa que la radicalización e interiorización de la pobreza real y, de ningún modo, un pretexto para hacer más confortable el cristianismo a los que siguen siendo ricos a costa de los pobres. Mientras Lucas se refiere al hambre corporal, Mateo nos habla del hambre y sed de Justicia. Ciertamente que la "justicia" es aquí el cumplimiento de la voluntad de Dios o de la palabra de Dios, que es el alimento de la verdadera vida; pero los que sienten hambre de esta justicia no pueden estar satisfechos con las injusticias sociales. Por otra parte, cuando se manifiesta toda la justicia de Dios no quedará sin cumplir cualquier otra justicia (“Eucaristía 1985”).
S. Agustín comenta que son los modos de llegar a la vida feliz: “Comienza, pues, a traer a la memoria los dichos divinos, tanto los preceptos como los galardones evangélicos. Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. El reino de los cielos será tuyo más tarde; ahora sé pobre de espíritu. ¿Quieres que sea tuyo el reino de los cielos más tarde? Considera de quién eres tú ahora. Sé pobre de espíritu. Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu. El reino de los cielos está arriba, pero quien se humilla será ensalzado (Lc 14,11). Pon atención a lo que sigue: Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra. Ya estás pensando en poseer la tierra. ¡Cuidado, no seas poseído por ella! La poseerás si eres manso; de lo contrario, serás poseído. Al escuchar el premio que se te propone: el poseer la tierra, no abras el saco de la avaricia, que te impulsa a poseerla ya ahora tú solo, excluido cualquier vecino. No te engañe el pensamiento. Poseerás verdaderamente la tierra cuando te adhieras a quien hizo el cielo y la tierra. En esto consiste el ser manso: en no poner resistencia a Dios, de manera que en lo bueno que haces sea él quien te agrade, no tú mismo; y en lo malo que sufras no te desagrade él, sino tú a ti mismo. No es poco agradarle a él, desagradándote a ti mismo, pues agradándote a ti le desagradarías a él. Presta atención a la tercera bienaventuranza: Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El llanto significa la tarea; la consolación, la recompensa. En efecto, ¿qué consuelos reciben los que lloran en la carne? Consuelos molestos y temibles. El que llora encuentra consuelo allí donde teme volver a llorar. A un padre, por ejemplo, le causa tristeza la pérdida de un hijo, y alegría el nacimiento de otro; perdió aquél, recibió éste; el primero le produce tristeza, el segundo temor; en ninguno, por tanto, encuentra consuelo. Verdadero consuelo será aquel por el que se da lo que nunca se perderá ya. Quienes lloran ahora por ser peregrinos, luego se gozarán de ser consolados. Pasemos a lo que viene en cuarto lugar, tarea y recompensa: Dichosos quienes tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Ansías saciarte. ¿Con qué? Si es la carne la que desea saciarse, una vez hecha la digestión, aunque hayas comido lo suficiente, volverás a sentir hambre. Y quien bebiere -dijo Jesús- de este agua, volverá a sentir sed (Jn 4,13). El medicamento que se aplica a la herida, si ésta sana, ya no produce dolor; el remedio, en cambio, con que se ataca al hambre, es decir, el alimento, se aplica como alivio pasajero. Pasada la hartura, vuelve el hambre. Día a día se aplica el remedio de la saciedad, pero no sana la herida de la debilidad. Sintamos, pues, hambre y sed de justicia, para ser saturados de ella, de la que ahora estamos hambrientos y sedientos. Seremos saciados con aquello de lo que ahora sentimos hambre y sed. Sienta hambre y sed nuestro hombre interior, pues también él tiene su alimento y su bebida. Yo soy -dijo Jesús- el pan que ha bajado del cielo (Jn 6,41). He aquí el pan adecuado al que tiene hambre. Desea también la bebida correspondiente: En ti se halla la fuente de la vida (Sal 35,10). Pon atención a lo que sigue: Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Hazla y se te hará; hazla tú con otro para que se te haga contigo, pues abundas y escaseas. Oyes que un mendigo, hombre también, te pide algo; tú mismo eres mendigo de Dios. Te piden a ti y pides tú también. Lo que hagas con quien te pide a ti, eso mismo hará Dios con quien le pide a él. Estás lleno y estás vacío; llena de tu plenitud el vacío del pobre para que tu vaciedad se llene de la plenitud de Dios. Considera lo que viene a continuación: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Éste es el fin de nuestro amor: fin con que llegamos a la perfección no fin con el que nos acabamos. Se acaba el alimento, se acaba el vestido; el alimento se acaba porque se consume al ser comido; el vestido porque se concluye su tejedura. Una y otra cosa se acaban, pero un fin es de consunción, otro de perfección. Todo lo que obramos, lo que obramos bien, nuestros esfuerzos, nuestras laudables ansias e inmaculados deseos, se acabarán cuando lleguemos a la visión de Dios. Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios? O ¿qué le puede bastar a quien no le basta Dios? Queremos ver a Dios, buscamos verlo y ardemos por conseguirlo. ¿Quién no? Pero mira lo que se dijo: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Prepara tu corazón para llegar a ver. Hablando a lo carnal, ¿cómo es que deseas la salida del sol, teniendo los ojos enfermos? Si los ojos están sanos, la luz producirá gozo; si no lo están, será un tormento. No se te permitirá ver con el corazón impuro lo que no se ve sino con el corazón puro. Serás rechazado, alejado; no lo verás. Pues dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¿Cuántas veces ha repetido la palabra dichosos? ¿Qué cosas producen esa felicidad? ¿Cuáles son las obras, los deberes, los méritos, los premios? Hasta ahora en ninguna bienaventuranza se ha dicho porque ellos verán a Dios... Hemos llegado a los limpios de corazón: a ellos se les prometió la visión de Dios. Y no sin motivo, pues allí están los ojos con que se ve a Dios. Hablando de ellos dice el apóstol Pablo: Iluminados los ojos de vuestro corazón (Ef 1,18). Al presente, motivo a la debilidad, esos ojos son iluminados por la fe; luego, ya vigorosos, serán iluminados por la realidad misma”.
San Bernardo, abad se pregunta: “¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo. El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires; con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes; para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención. Despertémonos, por fin, hermanos: resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria. El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria”.

***

La fiesta de todos los santos nos recuerda la multitud de los que han conseguido de un modo definitivo la santidad, y viven eternamente con Dios en cielo, con un amor que sacia sin saciar. Es también la fiesta de todos os que estamos llamados a unirnos a los que forman la Iglesia triunfante: nos anima a desear esa felicidad eterna, que solo en Dios podemos encontrar. Vivimos en esperanza, somos varones de deseos (como el profeta Daniel), de que Dios saciará todo el afán de felicidad que anida en nuestro corazón, como decía San Agustín: “nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. San Pablo dice que nadie puede imaginar las maravillas que Dios nos tiene reservadas. Saciarán sin saciar, y este pensamiento de plenitud nos ha de ayudar a llevar la cruz de cada día sin caer en conformarnos con premios de consolación, con pequeñas compensaciones efímeras, que a la hora de la verdad son engaños, cartones repintados que defraudan las ansias de cosas grandes de nuestro corazón.

San Juan Apóstol, que en sus años mozos siguió al Señor, nos dice ya en su madurez que vale la pena: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y palparon nuestras manos... lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su hijo Jesucristo. Esto os lo escribimos para que vuestra alegría sea completa” (1 Juan, 1). Estamos llamados a pertenecer a la familia de Cristo, desde toda la eternidad hemos sido pensados, amados, para este fin, y para ello hemos sido creados: predestinados como hijos queridísimos, por puro amor (como comienza diciendo la carta a los Efesios. Esta gratuidad de la llamada a la amistad con Dios está desarrollada en muchos otros lugares como 1Tes. 4,3).

"La meta que os propongo -mejor, la que nos señala Dios a todos- no es un espejismo o un ideal inalcanzable: podría relataros tantos ejemplos concretos de mujeres y hombres de la calle, como vosotros y como yo, que han encontrado a Jesús que pasa ‘quasi in occulto’ por las encrucijadas aparentemente más vulgares, y se han decidido a seguirle, abrazados con amor a la cruz de cada día. En esta época de desmoronamiento general, de cesiones y desánimos, o de libertinaje y de anarquía, me parece todavía más actual aquella sencilla y profunda convicción...: estas crisis mundiales son crisis de santos” (San J. Escrivá).

Para ello tenemos los medios de siempre, que hay que adaptar a las circunstancias de cada vida: oración y sacramentos, que son medios y no fines, el fin es al que se va avanzando como el que va hacia una luz, paso a paso: con la gracia de Dios, y la lucha alegre, vamos hacia Jesús, a corresponder a su amor con nuestra correspondencia que se manifiesta en la sensibilidad para hacer la voluntad de Dios. Con estos medios tenemos experiencia de Dios, como la tuvo Moisés en el Monte Sinaí ante la zarza ardiendo sin consumirse, cuando se le manifestó el Señor diciéndole: “descálzate porque este lugar es santo”, y cuando bajó del monte, cuando su faz reflejaba la luz divina. Es también la experiencia de San Pablo camino de Damasco: ciego ante la luz, para penetrar en la luz interior. Eso es la santidad: sentir a Dios en nosotros, sentirse mirados por Dios que tira de nosotros con suavidad y fuerza hacia arriba, si le tomamos la mano que nos ofrece para que allá donde está Él también vayamos nosotros. Esa determinación de seguir a Cristo se va desplegando en una serie de virtudes que al procurar vivir con alegría y constancia, se va haciendo heroísmo.

Ha dicho Jesús: “Una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42): la santidad personal. Este es el secreto de la alegría, la buena nueva para el mundo, la siembra de paz que necesita la sociedad. La gran solución para todo, es la santidad: ese encuentro personal con Dios, que ponemos –ante el ofrecimiento de su gracia- buena voluntad, es decir correspondencia: lucha, esfuerzo personal por ser mejores y hacer el bien, pues la fe, si no va unida a las obras, está muerta.

En esta vocación que es la vida, escucha y correspondencia, diálogo abierto del hombre con Dios, parece que lo más importante es lo que hacemos nosotros sin embargo luego vemos que en realidad lo fundamental es lo que hace Dios, de ahí la vida como “dejar hacer” a Dios, como ofrenda agradecida, de acción de gracias. Decía P. Urbano que “un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios, a fuerza de vaciarse de sí... un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza… un hombre que todo lo toma de Dios: un ladrón que le roba a Dios hasta el Amor con que poder amarle... El quid de la santidad es una cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto el ‘yo hago’, como el ‘hágase en mí’... El santo ni ama, ni cree, ni espera a solas: él siempre cuenta con el Otro. Por eso el santo confía... uno de esos que se fía de Dios. Pero hay que decir que, antes, Dios se ha fiado de él”. Y la meta es inabarcable, siempre en construcción: “¿La cima? Para un alma entregada, todo se convierte en cima que alcanzar: cada día descubre nuevas metas, porque ni sabe ni quiere poner límites al Amor de Dios”.

Hoy festejamos a esa incontable multitud que ha alcanzado el cielo (incluso muchos que no se veneran en los altares) después de pasar por el mundo sembrando amor, paz y alegría. Son personas corrientes, como nosotros, estudiantes, profesionales, obreros, madres de familia; ancianos y jóvenes; hombre y mujeres; cultos e iletrados, que hicieron su trabajo y recorrieron su vida en la tierra, quizá sin ningún brillo humano, pero que alcanzaron la gloria eterna y ahora están gozando de la gloria celestial e intercediendo por nosotros.

Una voz de esperanza para todos nosotros: si somos fieles, alcanzaremos, como ellos, la gloria eterna. Es seguro que estos santos tuvieron en su vida dificultades parecidas a las nuestras y que debieron recomenzar muchas veces, como nosotros procuramos hacer. Por supuesto que tuvieron derrotas en sus luchas de la vida interior y muchas veces tuvieron que pedir perdón al Señor y pedir su ayuda. Sin embargo, lograron la victoria y ahora gozan para siempre.

«Haec est voluntas Dei, santificatio vestra». Dios lo quiere. Basta que secundemos este querer de Dios para que lo logremos. Todos llamados a la plenitud del Amor, a luchar contra las propias pasiones y tendencias desordenadas. Estos que hoy celebramos no fueron santos sino al final de su vida, después de luchar y sentirse pecadores. Como tú y yo.

Es muy consolador pensar que, en el cielo contemplando el rostro de Dios, hay personas con las que hemos tratado hace algún tiempo aquí en la tierra y con las que seguimos unidas por medio de lazos entrañables. Por ejemplo, los padres, abuelos, hermanos, tíos, conocidos, parientes, etc.

Decía S. Pablo: «ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha pasado por mente alguna lo que Dios tiene reservado para los que le aman». Vale la pena entregar la vida para obtener ese premio. Debemos atesorar para el cielo y no actuar neciamente. La vida del hombre en la tierra pasa como un soplo, y «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo, si al fin pierde su alma?». El cielo es para siempre, para siempre y allí estaremos gozando de todo lo que puede aspirar el hombre.

La Comunión de los santos es un misterio relacionado con la fiesta de hoy, todos estamos interconexionados: la Iglesia triunfante, la purgante y la militante constituyen la única Iglesia de Cristo. Los lazos que nos vinculan con la triunfante son muy fuertes. Allí están todos los santos pidiendo al Señor por nosotros: acudamos a su intercesión, especialmente los que sentimos que son intercesores más cercanos a nosotros, porque nos conocen y nos quieren de modo especial, por parentesco o porque nos sentimos sus hijos espirituales.

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