miércoles, 23 de noviembre de 2011

Jueves de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. Dios envió su ángel a cerrar las fauces de los leones para proteger sus hombres fieles. En cambio, la des

Jueves de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. Dios envió su ángel a cerrar las fauces de los leones para proteger sus hombres fieles. En cambio, la destrucción de Jerusalén es signo de la infidelidad y llamada a ser miembros de una Jerusalén celestial, verdadera

Profecía de Daniel 6,12-28. En aquellos días, unos hombres espiaron a Daniel y lo sorprendieron orando y suplicando a su Dios. Entonces fueron a decirle al rey: -«Majestad, ¿no has firmado tú un decreto que prohíbe hacer oración, durante treinta días, a cualquier dios o cualquier hombre fuera de ti, bajo pena de ser arrojado al foso de los leones?» El rey contestó: -«El decreto está en vigor, como ley irrevocable de medos y persas.» Ellos le replicaron: -«Pues Daniel, uno de los deportados de Judea, no te obedece a ti, majestad, ni al decreto que has firmado, sino que tres veces al día hace oración a su Dios. » Al oírlo, el rey, todo sofocado, se puso a pensar la manera de salvar a Daniel, y hasta la puesta del sol hizo lo imposible por librarlo. Pero aquellos hombres le urgían, diciéndole: -«Majestad, sabes que, según la ley de medos y persas, un decreto o edicto real es válido e irrevocable.» Entonces el rey mandó traer a Daniel y echarlo al foso de los leones. El rey dijo a Daniel: -«¡Que te salve ese Dios a quien tú veneras tan fielmente!» Trajeron una piedra, taparon con ella la boca del foso, y el rey la selló con su sello y con el de sus nobles, para que nadie pudiese modificar la sentencia dada contra Daniel. Luego el rey volvió a palacio, pasó la noche en ayunas, sin mujeres y sin poder dormir. Madrugó y fue corriendo al foso de los leones. Se acercó al foso y gritó afligido: -« ¡Daniel, siervo del Dios vivo! ¿Ha podido salvarte de los leones ese Dios a quien veneras tan fielmente?» Daniel le contestó: -« ¡Viva siempre el rey! Mi Dios envió su ángel a cerrar las fauces de los leones, y no me han hecho nada, porque ante él soy inocente, como tampoco he hecho nada contra ti.» El rey se alegró mucho y mandó que sacaran a Daniel del foso. Al sacarlo, no tenía ni un rasguño, porque había confiado en su Dios. Luego mandó el rey traer a los que hablan calumniado a Daniel y arrojarlos al foso de los leones con sus hijos y esposas. No hablan llegado al suelo, y ya los leones los habían atrapado y despedazado. Entonces el rey Darlo escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas de la tierra: -« ¡ Paz y bienestar! Ordeno y mando que en mi imperio todos respeten y teman al Dios de Daniel. Él es el Dios vivo que permanece siempre. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. Él salva y libra, hace signos y prodigios en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel de los leones.»

Salmo responsorial Dan 3,68.69.70.71.72.73.74. R. Ensalzadlo con himnos por los siglos.
Rocíos y nevadas, bendecid al Señor.
Témpanos y hielos, bendecid al Señor.
Escarchas y nieves, bendecid al Señor.
Noche y día, bendecid al Señor.
Luz y tinieblas, bendecid al Señor.
Rayos y nubes, bendecid al Señor.
Bendiga la tierra al Señor.

Evangelio según san Lucas 21,20-28. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. _ Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.»

Comentario: 1.- Dn 6,12-28. a) Otra famosa página: Daniel en el foso de los leones. Con una clara intención edificante: los que permanecen fieles a la ley de Dios, a pesar de las persecuciones y tentaciones del mundo, nunca quedan abandonados. Esta vez la piedra de toque no es comer o no ciertos alimentos, sino la prohibición de arar al Dios de los judíos: "Daniel no te obedece a ti, majestad, sino que tres veces al día hace oración a su Dios". El episodio, escrito para animar a los judíos de la época de Antíoco Epífanes, se ve en seguida que es una especie de apólogo o parábola, porque es impensable que, precisamente de boca del rey pagano puedan salir estas palabras: "que en mi imperio, todos respeten y teman al Dios de Daniel, el Dios vivo... él salva y libra y hace prodigios y signos en cielo y tierra".
b) Lo que interesa es que los lectores del libro se sientan animados a perseverar en su identidad de creyentes en medio de las circunstancias más adversas. Aunque no seamos arrojados al foso de unos leones, también nosotros muchas veces nos encontramos rodeados de fuerzas opuestas al evangelio de Cristo. Con nuestras propias fuerzas no podríamos vencer, pero la lección del libro de Daniel es que Dios protege a sus fieles, que les da fuerza para resistir y que vale la pena mantener la fe, porque es el único camino para la felicidad verdadera. "No nos dejes caer en tentación. Líbranos del mal". Es una lección para tiempos difíciles. ¿Y cuáles no lo son? Si Antíoco, en tiempos de los Macabeos, obligaba a los judíos a sacrificar en honor del dios Zeus, hoy el mundo nos invita a levantar altares y a ofrecer nuestras libaciones a mil dioses falsos, que nos prometen felicidad y salvación: egoísmo, placer, violencia, dinero, éxito social, poder... Ojalá hagamos como Daniel, que "tres veces al día hacía oración a su Dios". Rezar en medio de un mundo pagano es la clave para que podamos mantener nuestra identidad (J. Aldazábal).
El libro de Daniel hace de Darío un rey meda, siendo así que la historia no conoce más que a Darío el persa, sucesor de Ciro y de Cambises. Poco importa esta cuestión, ya que, una vez más, no se trata de un relato histórico, sino de una historia edificante. Los cortesanos, envidiosos de la ascensión de Daniel, que recuerda la de José en Egipto, le tienden una trampa y obtienen del inconsciente Darío un decreto por el que prohíbe a todo el mundo orar, durante un mes, a otro dios que no sea el rey divinizado. Esta divinización es anacrónica en tiempos de Darío, pero muy de actualidad en la época de Antíoco. En efecto, éste había obligado a todos sus súbditos, incluidos los judíos, a rendir culto a Baal, identificado con Zeus. El soberano seléucida, se consideraba, por otra parte, como la epifanía del dios griego; de ahí la expresión "dios manifestado" que acompañaba a su nombre en las monedas. Estas pretensiones suscitaron la resistencia de ciertos ambientes judíos que Antíoco se esforzó en eliminar mediante la persecución. Dn 6 constituye a la vez un panfleto político y una exhortación a preferir el martirio a la apostasía (com. de Sal Terrae).
-Daniel en el "foso de los leones". Aquí también tenemos que aceptar el género «parábola». Esta escena ha sido repetida a menudo en los «espiritual-negros». Daniel aparece como el símbolo de la «fidelidad a Dios, que triunfa de todos aquellos que conspiran contra él» .
-Daniel, ese deportado de Judá, no hace caso de ti, oh Rey: tres veces al día hace su oración. Esta es la denuncia. Un hombre que se atreve a hacer su oración. La plegaria que Daniel recitaba tres veces al día era sin duda el «Shema Israel». Es el signo de su Fe, el signo de su pertenencia al pueblo elegido. Jesús propondrá también una oración oficial, el «Padre-nuestro», que los primeros cristianos recitaban también tres veces al día. ¡Ayúdanos, Señor, a orar! ¿Cuál es mi fidelidad a la oración? ¿Oro con regularidad? Se critican a veces los hábitos de plegaria regular «oración de la mañana», «oración de la noche», «bendición de la mesa». Es verdad que las mejores cosas pueden pasar a ser rutinarias. Pero esto no quita el valor de las cosas. Se trata de conservar o de volver a dar su valor a todas las cosas.
-Daniel, servidor de Dios, ese Dios que adoras con tanta fidelidad. ¡La «fidelidad» no es un valor en boga HOY! Todo cambia, todo evoluciona. Y sin embargo ¿por qué no ser «fieles» a la verdad, al amor? ¿Qué pensamos personalmente de aquellos que son «infieles» a su compromiso, de aquellos que son «infieles» con nosotros? Haznos fieles, Señor. Concédenos perseverar y crecer en todos nuestros amores.
-El Dios de Daniel es el Dios vivo, permanece siempre. Una fidelidad alegre es contagiosa y misionera: revela a Dios. Por su actitud de oración, Daniel abrió una brecha en el corazón de los que lo veían vivir y orar. La oración: signo de Dios. La oración: signo existencial, experimental de Dios. La oración: acto de evangelización, que revela la buena nueva. No con palabras o con discusiones, sino con un acto, decimos «Dios». Decimos que Dios es importante para nosotros. Pero a condición de que la oración sea sincera, verdadera. A condición de que no sea tan sólo una «oleada de palabras, una charla formalista». A condición de que sea «encuentro con Dios», «diálogo con El», ¡«diálogo contigo»!
-Su reino no será destruido y su imperio permanecerá hasta el fin. El salva y libera; obra señales y milagros en los cielos y en la tierra. Toda una teología de la historia está también aquí. Una «historia sagrada» se desarrolla en el seno de la «historia profana». Dios actúa. Salva -en el presente-. Libera -en este mismo momento. Todo el esfuerzo de la revisión de vida radica en tratar de descubrir humildemente «la obra que Dios está realizando actualmente» en un «hecho de vida», en un «acontecimiento». Ayúdanos, Señor, a leer y a interpretar los acontecimientos. Ayúdame, Señor, a vivir contigo... a cooperar en tu trabajo... La oración así concebida no es una huida de la acción. Es el momento de una acción concentrada, más consciente, que gravita también sobre el mundo y sobre la historia. La oración nos remite a nuestras tareas para que «trabajemos contigo, Señor» (Noel Quesson).
Aquí hemos visto la idolatría de fabricarse imágenes falsas de Dios; pero también lo es el construirse falsos conceptos de Dios. No hay mayor idolatría que la pretensión de conceptualizar a Dios, o sea, de reducirlo a la estrechez y cicatería de nuestra mente. El dios que nace de nuestra mente, como el que surge de nuestras manos, no es Dios, es sólo una idea, un ídolo. Si la idea nos remite al Dios verdadero, cumple su función representativa; pero a veces cumple una función sustitutoria, y entonces no representa a Dios, sino al nuestro, a nuestra idea, frecuentemente a nuestro prejuicio y a nuestros intereses. Es un ídolo, una imagen mental falsa. Y es que, cuando hablamos de Dios, no deberíamos olvidar nunca lo que nos advertía Bultman, que es un hombre -no Dios- el que habla. Y la palabra humana adolece de la ambigüedad de nuestra condición y corre el riesgo de nuestra ecuación personal y social. Es lo que ha ocurrido a veces con la fiesta de Cristo Rey. El epíteto de rey, aplicado a Dios o a Jesucristo, se tinta frecuentemente, más que de colores evangélicos, de tonos indefinidos del entorno social y político. El Cristo Rey de tantas imágenes y pinturas, tan distinto del Cristo de la pasión, puede ser un recurso artístico, pero fácilmente puede ser un ídolo al que luego se sacrifican demasiadas cosas y demasiadas personas. Jesucristo es Rey y Dios, es el Señor. Pero la realeza de Cristo como el señorío de Dios nada tienen que ver con esa variopinta fauna de reyes y monarquías, señores y señoríos de nuestras historias y del presente. Nuestra experiencia del poder-poseído o padecido- de autoridad, de dominio, de sometimiento, etc., entorpecen enormemente la interpretación religiosa de expresiones como realeza de Cristo o señorío de Dios (“Eucaristía 1985”).
El autor del libro de Daniel conocía, sin duda, el salmo 22, ya que en el texto que hoy leemos amplía el tema de la salvación de la boca de los leones, apuntado en el v 22 del salmo, así como en 8,9 desarrolla el tema de la salvación del unicornio, esbozado en el mismo versículo del salmo. Con ello se quiere demostrar que los fieles a Dios serán salvados de todas las calumnias que puedan caer sobre ellos. A modo de una larga paráfrasis sobre Job 5,19-20, el libro de Daniel representa plásticamente el auxilio de Dios en los momentos difíciles: Daniel y sus compañeros han sido salvados del hambre y del fuego; ahora Daniel es salvado de la boca de los leones; más adelante lo será del unicornio; no les queda ya otra prueba. Si el autor de Daniel hubiese inventado nuevamente todo el libro, si en él no hubiese nada histórico, sería aún digno de alabanza por habernos dado estas narraciones maravillosas en las que uno no sabe qué admirar más, si el arte consumado con el que han sido escritas o bien la confianza en Dios que rezuman. Que el autor es genial, bien se adivina en otros aspectos. Conoce sobradamente el corazón del hombre y sabe cómo actúan los llamados pecados capitales. En este caso se trata de la envidia y de la manera como se buscan pretextos a fin de perder a quien, por su sola íntegra conducta, molesta a los demás. «No podremos acusar a Daniel de nada de eso. Tenemos que buscar un delito de carácter religioso» (6). La perfidia, aunque sea astuta, no logra otra cosa que poner de relieve la virtud de Daniel, ya que él no irá contra Dios. Tenemos, pues, ya la falta. Hay que acabar con Daniel. Reacción rara, si bien humana, de aquellos a quienes molesta la mera existencia del hombre piadoso, cuya sola conducta es una acusación contra ellos. Pero lo que los envidiosos ignoran es que Dios es sobradamente poderoso para salvar de todo. Quizá la doctrina de la resurrección fue un logro motivado por la lucha contra Antíoco; ¡bendita tensión que nos proporciona tamaña esperanza! Daniel será salvado de todo, ya que Dios salva a sus fieles... y les da la vida eterna (J. Mas Bayés).
Quien confía en el Señor jamás será defraudado por Él. Y todo lo que el Señor realice a favor nuestro no es sólo para que nosotros sintamos su cercanía y su amor de Padre, sino que es para que todos conozcan el amor que Dios tiene a quienes han puesto en Él toda su confianza, lo reconozcan como su Dios y Padre y experimenten su amor. La Iglesia de Cristo no sólo es depositaria del amor y de la salvación de Dios; sino que, además, debe convertirse en el instrumento a través del cual todos lleguen al conocimiento de Dios; y esto, no sólo porque lo anuncie denodadamente a través de la proclamación constante del Evangelio, sino porque, a pesar de verse perseguida y condenada a muerte, jamás dé marcha atrás en su amor y confianza que ha depositado en Dios. Muchos hermanos nuestros, por esa confianza en Dios, fueron perseguidos y entregados a la muerte, y ahora viven para siempre como un ejemplo de santidad para toda la Iglesia. Viendo cómo Jesús, después de padecer ahora reina para siempre; y viendo que es el mismo camino de testimonio que han experimentado muchos hermanos nuestros, con la mirada fija en Dios, luchemos constantemente por dar testimonio de nuestra fe sin jamás avergonzarnos del Señor, aun cuando seamos objeto de burla, de persecución y de muerte, pues desde la Resurrección de Cristo, sabemos que, no la muerte, sino la vida, tiene la última palabra.
Jesús es "el Señor". La historia que vemos aquí se repetirá más tarde: dado que Jesús era comandante en jefe de los cristianos, éstos se vieron envueltos en muy serias dificultades al negarse a poner incienso sobre el altar del César. Porque también el César reivindicaba el título de comandante, de kyrios. Esta simultánea pretensión por parte de Jesús y del César a un mismo titulo resultaba, políticamente, muy peligrosa. Las personas que proclamaban que semejante título pertenecía con todo derecho a Jesús se convertían automáticamente en insurreccionarios políticos. Hoy, en cambio, nadie es arrestado por negarse a poner incienso sobre un altar; eso ya no molesta a las autoridades. ¿Cómo sería, pues, posible ahora el hacer una confesión de fe que comprometa y desafíe a las autoridades políticas de nuestra sociedad actual, de la misma manera que aquella confesión de los cristianos primitivos desafiaba a los gobernantes de su tiempo? (“Eucaristía 1983”).
Dostoievski se enfrentaba a Jesús Rey para decirle: "Si hubieras cogido la espada y la corona, todos se hubieran sometido a ti de buen grado. En una sola mano hubieras reunido el dominio completo sobre las almas y los cuerpos, y hubiera comenzado el imperio de la eterna paz. Pero has prescindido de esto...
No bajaste de la cruz cuando te gritaron con burla y desprecio: ¡Baja de la cruz y creeremos que eres el Hijo de Dios! No bajaste, porque no quisiste hacer esclavos a los hombres por medio de un milagro, porque deseabas un amor libre y no el que brota del milagro. Tenías sed de amor voluntario, no de encanto servil ante el poder, que de una vez para siempre inspira temor a los esclavos. Pero aún aquí los has valorado demasiado, puesto que son esclavos -te lo digo-, habiéndolos creado como rebeldes...
Si hubieras tomado la espada y la púrpura del emperador, hubieses establecido el dominio universal y dado al mundo la paz. Pues, verdaderamente: quién puede dominar a los hombres, sino aquellos que tienen en su mano sus conciencias y su pan" ("Los hermanos Karamazoff").
La perspectiva bíblica -y quizá el actual camino pedagógico- parte del Reino para descubrir después al Rey, y unir finalmente Reino y Rey. Es decir, primero es preciso que exista un anhelo por el Reino, una esperanza, quizá una lucha, aunque inevitablemente parciales por humanos. Sólo quien anhela este Reino (de verdad, vida, etc.) puede descubrir en Jesús al Rey. Una vez se ha descubierto en JC al Rey del Reino, uno y otro adquieren su solidez en la fe del creyente. Y éste puede llegar a descubrir la identificación que existe -en un universo personalizado como contemporáneamente intuyó Theihard de Chardin y bíblicamente había intuido ya Pablo de Tarso- entre el Reino y el Rey (Joaquín Gomis).

2. Dan. 3, 68-74. Hay momentos en que el amor a Dios se inflama en el corazón del hombre. Para entonces todo sonríe y uno se siente amado por el Amado. Parece uno caminar entre algodones, y por muy fuertes que sean las persecuciones, uno está dispuesto a darlo todo por el Señor. Pero de repente todo ese sentimiento se derrumba y la imaginación misma deja de funcionar; pareciera que el rocío, la nieve, el hielo, el frío, la noche y las tinieblas se han apoderado de nuestro ser. Pareciera que todo ha perdido sentido y deja uno de caminar en el goce de Dios y de su cielo, y vuelve uno a la tierra en medio de angustias y de momentos difíciles y amargos que meten, incluso, dudas en la cabeza acerca de que si el Señor le sigue a uno amando, o si se alejó y nos dejó en la más terrible de las soledades. ¡Alerta! El Señor siempre está a nuestro lado. En esos momentos no podemos caer en la rutina, pues estaríamos al borde del abandono de nuestra fidelidad a Él. Hay que orar, aun cuando la oración sepa a pasto seco y no satisfaga el corazón. Rocíos y nevadas, bendigan al Señor; hielo y frío, bendigan al Señor; heladas y nieves, bendigan al Señor; noches y días, bendigan al Señor; luz y tinieblas, bendigan al Señor; rayos y nubes, bendigan al Señor; tierra, bendice al Señor. Que esta sea nuestra confesión de fe en el Señor en esos momentos en que lo sentimos lejos y en que todo pareciera haber perdido sentido.

3.- Lc 21,20-28. a) Es la tercera vez que Jesús anuncia, con pena, la destrucción de Jerusalén: "serán días de venganza... habrá angustia tremenda, caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones: Jerusalén será pisoteada por los gentiles". También aquí Lucas mezcla dos planos: éste de la caída de Jerusalén -que probablemente ya había sucedido cuando él escribe- y la del final del mundo, la segunda venida de Cristo, precedida de signos en el sol y las estrellas y el estruendo del mar y el miedo y la ansiedad "ante lo que se le viene encima al mundo". Pero la perspectiva es optimista: "entonces verán al Hijo del Hombre venir con gran poder y gloria". El anuncio no quiere entristecer, sino animar: "cuando suceda todo esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación".
b) Las imágenes se suceden una tras otra para describirnos la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada. Esta clase de lenguaje apocalíptico no nos da muchas claves para saber adivinar la correspondencia de cada detalle. Pero por encima de todo, está claro que también nosotros somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos "alzar la cabeza y levantarnos", porque "se acerca nuestra liberación". Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena. Sea en el momento del final de la historia, venga cuando venga (mil años son como un día a los ojos de Dios). Entonces la venida de Cristo no será en humildad y pobreza, como en Belén, sino en gloria y majestad. Levantaos, alzad la cabeza. Nuestra espera es dinámica, activa, comprometida. Tenemos mucho que trabajar para bien de la humanidad, llevando a cabo la misión que iniciara Cristo y que luego nos encomendó a nosotros. Pero nos viene bien pensar que la meta es la vida, la victoria final, junto al Hijo del Hombre: él ya atravesó en su Pascua la frontera de la muerte e inauguró para sí y para nosotros la nueva existencia, los cielos nuevos y la tierra nueva (J. Aldazábal).
Jerusalén sucumbe como consecuencia de su pecado. Esta destrucción, como todas las catástrofes históricas, además de ser un suceso social y político, es un acontecimiento religioso. La ciudad santa sucumbe víctima de su pecado, de haber rechazado la salvación que se le ofrecía en Jesús. Jesús expresa su compasión por las víctimas. Y pone en guardia a los discípulos para que no perezcan. Ellos no han comulgado con este pecado de Jerusalén. No deben perecer en ella. Pero la ciudad y el pueblo judío no son rechazados definitivamente. Su rechazo es una especie de tregua para dar paso a los gentiles (cf Rm 11) Ante la venida del Hijo del Hombre, que se hará patente, clara como la luz del mediodía, el pánico será la actitud del incrédulo, el gozo será la herencia del creyente. Para éste se acerca la salvación. Se toca ya la esperanza. El creyente irá con la cabeza erguida, rebosante de gozo el corazón, al encuentro de su Señor, a quien ha amado, por quien ha vivido, en quien ha creído, al que anhelante ha estado toda la vida esperando.
"¡Ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días!" (Mt 24,19), clama el Señor al contemplar en espíritu el cuadro del fin del mundo actual. Bien colocada está esta expresión al comienzo del discurso referente al terror de la destrucción de Jerusalén. Mas en el Espíritu de Cristo, que es el Espíritu del Verbo Eterno, confluye y se identifica con la visión del fin del mundo. Y en esa identificación la exclamación significa mucho más que una simple compasión humana por aquellas desvalidas mujeres menos expeditas que las otras para poder huir o resistir a las más duras penalidades. Para el Señor que contempla y advierte, ellas, en la profecía de la destrucción del mundo, se tornan imagen y tipo de aquellos a quienes el fin del mundo va a sorprender en el preciso instante en que -aún demasiado ligados al mundo presente- no se sentirán libres para poder seguir sin trabas la voz de la trompeta y salir al encuentro de la nueva aurora. Sus pies no se habrán fortalecido en el camino de la cruz de Cristo, no habrán llegado a ser ágiles en los caminos de sus mandamientos, se hallarán entorpecidos por los lazos del enemigo. Pesa sobre sus hombros la carga del falso reino de este mundo. Sus brazos abrazan las alegrías caducas de una tierra condenada a perecer. El "dios de este siglo" (2 Co 4,4) ha cegado sus ojos. No conocen el lenguaje de los signos celestiales, no pueden contemplar el brillo de la aurora. En balde se publica el mensaje y se encienden las antorchas eternas.
Los esclavos "de este siglo" y de su "dios" no pueden ver, y huyen. A ciegas van dando traspiés hacia la condena del tribunal y el fuego de su castigo, que tendrá la virtud de abrir sus horrorizados ojos (Emiliana Löhr).
La mayoría de los exégetas piensan que Lucas escribió su evangelio en los años después del 70. Los acontecimientos históricos acaban pues de demostrar que Jesús había dicho verdad al anunciar la destrucción de Jerusalén.
-Cuando veréis Jerusalén sitiada por los ejércitos... Aquí, Marcos y Mateo decían: «Cuando veréis la abominación de la desolación» (Mc 13,14; Mt 24,25). Era sin duda lo que, de hecho, había dicho Jesús, repitiendo una profecía de Daniel 11,31. Lucas «traduce» con mayor concreción.
-Sabed que está cerca su devastación. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad. Después de un siglo de ocupación romana la revuelta que se estaba incubando terminó por explosionar, en los alrededores del año 60. Los Zelotes, que habían tratado de arrastrar a Jesús a la insurrección, multiplicaron los atentados contra el ejército de ocupación. El día de Pascua del 66, los Zelotes ocupan el palacio de Agripa y atacan al Legado de Siria. Todo el país se subleva. Vespasiano es el encargado de sofocar la revolución. Durante tres años va recuperando metódicamente el país, y aísla Jerusalén. Reúne fuerzas enormes: la Vª, la Xª; y la XVª legión. Luego el emperador deja a su hijo. el joven Titus, el cuidado de terminar la guerra. El sitio de Jerusalén, fortaleza considerada inexpugnable, dura un año, con setenta mil soldados de infantería y diez mil a caballo. El 17 de julio del 70, por primera vez después del exilio, cesa el sacrificio en el Templo. Desde entonces no lo ha habido nunca más.
El historiador judío, Flavio José, habla de un millón cien mil muertos durante esta guerra, y noventa y siete mil prisioneros cautivos.
-¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! porque habrá una gran calamidad en el país y un castigo para ese pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos... Al predecir la espantosa desgracia nacional de su pueblo, Jesús no tiene nada de un fanático que clama venganza. Sus palabras son de dolor. Es emocionante verle llorar por las pobres madres de ese pueblo que es el suyo.
-Jerusalén será pisoteada por los paganos... hasta que la época de los paganos llegue a su término. Jesús parece anunciar un tiempo para la evangelización de los paganos. A su término, Israel podrá volver a Cristo a quien rechazó entonces. Esta es la plegaria y la esperanza de san Pablo (Rm 11,25-27) compartida con san Lucas (Lc 13,35) ¿Comparto yo esa esperanza?
-Aparecerán señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra se angustiarán las naciones por el estruendo del mar y de la tempestad. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, pensando en lo que se le viene encima al mundo, porque hasta los astros se tambalearán. Es el lenguaje corriente del género apocalíptico. Según la concepción de la época, los tres grandes espacios: cielo, tierra y mar... serán trastornados. El caos se abate sobre el universo. (Comparar con Is 13,9-10; 34,3-4 donde esas mismas expresiones en imágenes son empleadas en la caída de Babilonia).
-Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y majestad. ¿Sin que nos demos cuenta, se ha pasado a otra profecía, esta vez la del "fin del mundo"? Algunos exégetas lo creen. Otros piensan que Jesús continuaba hablando de la destrucción de Jerusalén: el Hijo del hombre "viene", a través de muchos sucesos históricos, en particular de éste que vio el aniquilamiento del culto del Templo... el culto verdadero proseguía en torno al Cuerpo de Cristo, en la Iglesia, nuevo Templo de Dios (Noel Quesson).
Rasgo característico de una visión profética sobre la historia es saber descubrir el sentido de los acontecimientos. La caída de Jerusalén encuentra en la reflexión de Lucas el marco para proponer la aceptación del mensaje de Jesús. Jerusalén, ciudad infiel que ha rechazado la propuesta de la paz, deberá sufrir las consecuencias de ese rechazo. Lo visto y experimentado en la caída de la ciudad se convierte en urgente invitación a aceptar aquella propuesta. Por otro lado, el tiempo que se inaugura a partir de ese acontecimiento, deberá también ser leído en clave positiva. La visión profética trata de descubrir también en el desarrollo de la historia las oportunidades de salvación que se presentan a lo largo del tiempo. La caída de Jerusalén y el dominio opresor de los paganos es también ocasión de la proclamación a éstos del anuncio de salvación. Este largo tiempo de anuncio salvífico tendrá también un límite. Este será marcado por señales que afectan a toda la realidad cósmica y que resonarán en el interior de cada hombre y de cada sociedad humana. Pero más que las señales, la importancia de este momento final de la historia está dado por el regreso de Jesús con la plenitud de su poder y de su gloria. Más allá de los alarmismos que acompañan generalmente a las representaciones sobre el fin del mundo, se nos invita a anhelarlo y a descubrir en él las consecuencias positivas que producirá en nosotros. Debemos ver en todos esos acontecimientos que nuestra liberación está próxima (Josep Rius-Camps).
El texto que hoy leemos en el evangelio tiene dos partes. Una primera habla de la destrucción del templo. Ese acontecimiento marca el final de la historia del pueblo de la antigua Alianza. De ahí en adelante ya no tiene sentido aquella distinción fundamental israelita entre los judíos y los paganos. En adelante, el nuevo pueblo de Dios, o el pueblo de Dios de la nueva alianza estará formado por personas venidas de todos los pueblos de la tierra; ya no serán "judíos o gentiles", sino que se hablará de un tertium genus, un tercer grupo o pueblo que ya superó el "muro de la separación".
En la segunda parte del Evangelio, y con un lenguaje tomado del libro de Daniel, se nos habla de ese personaje misterioso que aparece por el horizonte apocalíptico: el "Hijo del Hombre". La caída de Jerusalén manifiesta y anticipa el juicio con que Dios acompaña toda la historia y que se consumará al final de los tiempos. El Hijo del Hombre es Jesús, que, por su muerte y resurrección, testimoniadas por los discípulos, reunirá a todo el pueblo de Dios… (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Cristo Rey, última semana del año litúrgico. Rey del universo, en un Reino eterno y universal, Reino de la verdad y la vida, Reino de santidad y gracia, Reino de justicia, de amor y de paz, como lo señala la liturgia de la Misa de este domingo. ¡Qué contraste tan grande entre la actitud de los judíos manifestada a lo largo de la vida pública de Cristo y que culmina el Viernes Santo con aquel: [15] No tenemos más rey que el César, con aquella otra de San Pablo que escribe a los de Corinto: [25] es necesario que él reine, hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies (1 Cor 15, 25)! El rechazo de Cristo por parte de los judíos es la misma actitud que encontramos a lo largo de la historia en todos aquellos que no quieren recibir a Cristo, que no admiten sujetarse a la Ley de Dios y quieren organizar sus vidas al margen de Dios. Ponen antes sus intereses y sus pasiones y dejan a Dios en un segundo plano, o prescinden de Él en la práctica. Quieren repetir la actitud de nuestros primeros padres que quisieron ser como dioses, pero "sin Dios, antes que Dios y no según Dios" (S. Máximo) y siguen repitiendo aquella frase del Evangelio: No queremos que éste reine sobre nosotros (Lc 19,14). No logran entender la profundidad divina del reinado de Cristo. Pero no pensemos que ese rechazo se da solo en los que públicamente reniegan de Cristo o hacen profesión de agnósticos; debemos analizar hasta qué punto nosotros también nos oponemos al reinado de Cristo en el mundo y en nosotros mismos. Para eso, debemos entender de qué reino de trata. Jesús recibe la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías y le anuncia de inmediato la próxima pasión del Hijo del Hombre. [18] Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. [19] Te daré las llaves del Reino de los Cielos; pero ya que sus discípulos saben que es el Mesías, comienza a hablarles de la Pasión: [21] Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Revela su realeza mesiánica a la vez que su misión redentora como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos". El verdadero sentido de la realeza de Cristo se manifiesta desde la Cruz . Cristo ha venido para establecer el Reino de Dios que es la derrota del reino de Satanás."si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12,28). Los exorcismos que Jesús realiza repetidas veces en su vida pública, liberan a los hombres del dominio de los demonios (cf Lc 8, 26-39). Desde la Cruz Cristo establece definitivamente el Reino de Dios: "Dios reinó desde el madero de la Cruz", (himno "Vexilla Regis).
¿Qué Reino es el que vino Cristo a predicar? Es un Reino que hay que preparar con penitencia: [1] En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea [2] y diciendo: Haced penitencia, porque está al llegar el Reino de los Cielos (Mt 3). Y Jesús mismo comienza así su predicación: [17]... comenzó Jesús a predicar y a decir: Haced penitencia, porque está al llegar el Reino de los Cielos. (Mt. 4). Y para entrar en él, hay que cumplir con la Voluntad de Dios: [21] No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos (Mt 7).
La humildad es la puerta de entrada y condición indispensable para pertenecer a este Reino. En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. [4] Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos (Mt 18).
No caben, por tanto los que no sigan la ley de Dios, y en especial, los soberbios, pues la soberbia está en la raíz de todo pecado. [9] ¿Acaso no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, [10] ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Cor 6).
Y habrá pecadores arrepentidos, que han creído en el Hijo de Dios y han actuado en consecuencia con su fe. Díceles Jesús: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el reino de Dios. [32] Porque vino Juan a vosotros por el camino de la justicia, y no habéis creído en él, mientras que los publicanos y las meretrices creyeron en él. Pero vosotros, aun viendo esto, no os habéis al fin arrepentido, creyendo en él.
Pero nos debemos preguntar: ¿dónde debe reinar Cristo Jesús? Debe reinar, primero en nuestras almas. Debe reinar en nuestra vida, porque toda tiene que ser testimonio de amor. ¡Con errores! No os preocupe tener errores.... ¡Con flaquezas! Siempre que luchemos, no importan. ¿Acaso no han tenido errores los santos que hay en los altares? (san Josemaría). Pero es necesario esforzarse para poder entrar. [12] Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan (Mt 11).
Jerusalén, ciudad de paz; ese es su nombre; esa es su vocación. De ahí brotará la salvación como un río en crecida que fecundará toda la tierra y le hará producir frutos agradables a Dios; y llegará incluso hasta el mar de aguas saladas y lo saneará, pues nada hay imposible para Dios. Pero Jerusalén se ha corrompido y, llegado Aquel que ha cumplido las promesas y el anuncio de la Ley y los Profetas, ha sido rechazado. Por eso Jerusalén ha sido destruida y no ha quedado en ella piedra sobre piedra, y sus hijos han sido dispersados por todas las naciones. Quienes formamos la Iglesia del Cordero, ¿realmente creemos en Él? No podemos responder con sólo nuestras palabras; nuestra respuesta ha de darse de un modo vital, pues son nuestras obras, son nuestras actitudes hacia nuestro prójimo, es nuestra vida misma la que manifiesta hasta qué punto vivimos fieles al Señor. El momento en que se acabe este mundo no debe confundirnos ni angustiarnos. El Señor nos pide una vigilancia activamente amorosa para que cuando Él venga levantemos la cabeza, sabiéndonos hijos amados de Dios. No descuidemos nuestra fe constante en el Señor a pesar de lo que tengamos que padecer, pues si nos alejamos del Señor y comenzamos a destruirnos unos y otros, por más que proclamemos el Nombre del Señor, nuestro mal comportamiento echaría por tierra toda la obra de salvación. Entonces, en lugar de ser parte de la construcción del Reino de Dios seríamos destruidos irremediablemente. Trabajemos por el Señor; y no lo hagamos por temor, ni por interés, sino por amor, un amor que nos lleve a permitirle al Señor hacer su obra de salvación en nosotros, y en el mundo por medio nuestro, aun cuando para ello tengamos también que entregar nuestra vida, pues nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Dios, nuestro Dios misericordioso y Padre, nos ha convocado en este día en torno a Jesús, su Hijo, Señor nuestro. No se dirige a nosotros por medio de señales que nos llenen de terror y angustia, sino en la sencillez de los signos frágiles mediante los cuales se manifiesta a nosotros. Ahí esta su Palabra, dirigida a nosotros con toda sencillez, pero con toda su fuerza salvadora. Ahí está Él convertido en alimento nuestro en la sencillez de los signos sacramentales del pan y del vino; pero con todo su poder que nos fortalece para seguirle siendo fieles trabajando para que su Evangelio llegue a todos. Ahí está su Iglesia, representada mediante los miembros de la misma que nos hemos reunido para celebrar al Señor; somos frágiles e inclinados a la maldad, pero el Señor nos llena de su Espíritu para que seamos un signo de alegría, de paz, de misericordia y de luz para los demás. Dios no nos llamó a unirnos a Él para que nos convirtamos en perseguidores de nuestros semejantes. Hemos de desterrar de nosotros todo sentimiento de envidia y persecución. Hemos de ser un signo de Cristo que salva, y no dar una imagen que el Señor no tiene: condenar a quienes van de camino por este mundo, pues Él no vino a condenar, sino a salvar todo lo que se había perdido. Sólo al final, confrontada nuestra vida con la Palabra, se hará el juicio de nuestras obras para que reconozcamos si somos o no dignos de estar para siempre con el Señor. Por eso debemos vivir con la cabeza levantada, no por orgullo, sino para contemplar a Aquel que nos ha precedido con su cruz, y poder seguir sus huellas amando y sirviendo a nuestro prójimo, pues no hay otro camino, sino el mismo Cristo, que nos lleve al Padre. Que no sólo acudamos al Señor para darle culto, sino que vayamos a Él para ser fortalecidos con su Espíritu y poder, así, vivir nuestro compromiso de fe en medio de los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida. No vivamos en el temor, pensando que el mundo se nos acabará de un momento a otro, vivamos más bien amando al Señor y a nuestro prójimo para que, cuando Él vuelva, nos encuentre dispuestos a ir con Él a gozar de la Gloria del Padre. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de pasar haciendo siempre el bien a todos; que esto lo hagamos no por simple filantropía, sino porque amamos a nuestro prójimo como el Señor nos ha amado a nosotros, y porque seamos conscientes de que lo que hagamos a los demás se lo estaremos haciendo al mismo Cristo, pudiendo así Él reconocernos como suyos al final del tiempo. Amén (www.homiliacatolica.com).

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