martes, 29 de noviembre de 2011

Miércoles de la 1ª semana de Adviento. “…no quiero despedirles en ayunas, para que no desfallezcan en el camino”, dice el Señor que invita a su convit

Miércoles de la 1ª semana de Adviento. “…no quiero despedirles en ayunas, para que no desfallezcan en el camino”, dice el Señor que invita a su convite y enjuga las lágrimas de todos los rostros como profetizó Isaías: Jesús cura a muchos y multiplica los panes


Isaías 25,6-10a. Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»

Salmo 22,1-3a.3b-4.5.6. R. Habitaré en la casa del Señor por años sin término.
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.

Evangelio según san Mateo 15,29-37. En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.» Los discípulos le preguntaron: -«¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?» Jesús les preguntó: -«¿Cuántos panes tenéis?» Ellos contestaron: - «Siete y unos pocos peces.» Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

Comentario: 1.- Is 25, 6-10a. (ver domingo 28 A). -Aquel día, el Señor, Dios del universo, preparará, sobre su montaña, un banquete de manjares muy condimentados y de vinos embriagadores, un banquete de platos suculentos y de vinos depurados...
En las costumbres orientales y bíblicas el banquete forma parte del ritual de entronización de los reyes. Con frecuencia la magnificencia en el aderezo de la mesa, la calidad de los manjares y de los vinos eran el signo del poder de un rey, y muy particularmente eran el modo de celebrar una victoria.
También nosotros festejamos nuestras alegrías en familia con una comida más exquisita. Para anunciar los tiempos mesiánicos, Dios anuncia que será el anfitrión de su propia mesa. Jesús hizo de la comida el signo de su gracia. ¿Me doy cuenta de que en la eucaristía Dios me recibe en su propia mesa? ¿Es una comida gozosa, una fiesta? ¿Tengo algo a conmemorar o a celebrar cuando voy a misa? ¿Valoro la acción de gracias?
-Para todos los pueblos... sobre toda la faz de la tierra... Ese universalismo, es sorprendente para aquella época. Un Mesías no reservado exclusivamente al pueblo de Israel. Un Mesías cuyos beneficios se extenderán sobre toda la humanidad: promesa divina... ¡Señor, ensancha nuestros corazones hasta la dimensión del mundo entero! ¿Es para mí un sufrimiento pensar que todavía HOY son muchos los hombres que ignoran esa buena nueva?
-Apartará de los rostros el velo que cubría todos los pueblos y el sudario que envolvía las naciones. Destruirá la muerte para siempre. Efectivamente, Dios celebra una victoria al invitarnos a ese festín gozoso. En la victoria sobre la «muerte». El enemigo. La muerte es la gran obsesión de la humanidad, el gran fracaso, el gran absurdo, el símbolo de la fragilidad y del sufrimiento. Es también la gran objeción que hacen los hombres a Dios: si Dios existe, ¿por qué hay ese mal? Debemos escuchar la pregunta y también la respuesta de Dios. Hay que darle tiempo, saber esperar su respuesta. «El Señor quitará el sudario que envolvía los pueblos». ¡Tal es su promesa, su palabra de honor! «El Señor destruirá la muerte para siempre.» Tal es la buena nueva de Jesucristo. Comenzada en Jesucristo y celebrada en cada misa. Cada eucaristía, ¿es para mí una comida de victoria sobre la muerte? Proclamamos tu muerte, Señor, celebramos tu resurrección.
-El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros. ¡Lo ha prometido! ¡Admirable imagen! Dios... enjugará... las lágrimas... de los rostros de todos los hombres! ¡Señor, cuán reconfortante será ese día! Lo espero en la Fe y, en la espera de ese día procuraré consolar algunas lágrimas del rostro de mis hermanos.
-Se dirá aquel día: ¡Ahí tenéis a nuestro Dios, en El esperábamos y nos ha salvado... exultemos, alegrémonos, porque nos ha salvado! La muerte no es el final del hombre, no es su fin. El fin es la exultación, la alegría, la salvación. Esto es lo que Dios quiere, lo que Dios nos ha preparado (Noel Quesson).
El poema de Isaías ofrece un anuncio optimista: después de la victoria, Dios invitará a todos los pueblos, en el monte Sión, a un banquete de manjares suculentos, de vinos generosos, al final de los tiempos. No quiere ver lágrimas en los ojos de nadie. Se ha acabado la violencia y la opresión. Así ven la historia los ojos de Dios. Con toda la carga poética y humana que tiene la imagen de una comida festiva y sabrosa, regada con vinos de solera, que es una de las que más expresivamente nos ayuda a entender los planes de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. La comida alimenta, restaura fuerzas, llena de alegría, une a los comensales entre sí y con el que les convida.
En Sión, finalmente, Dios preparará un banquete que dará vida eterna a todos los hombres. Mediante la muerte de Cristo, quienes lo acepten como Señor, Salvador y Mesías en su vida, participarán de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres; salvación hecha realidad a costa de la muerte redentora del Salvador. Él se convierte para nosotros en pan de vida; Él nos sienta a su mesa para que participemos del banquete-sacrifico que Él mismo ha preparado. Hechos uno con Cristo; unidos por un sólo Espíritu, formamos el Cuerpo del Señor del que Él es Cabeza. Si nosotros vivimos a plenitud este compromiso que brota de nuestra fe en Él, viviremos como hermanos, libres del llanto, del sufrimiento, de la persecución y de los asesinatos. Más todavía, gracias a Jesús, resucitado de entre los muertos, quienes participamos de su Vida y de su Espíritu, sabemos que la muerte no tendrá en nosotros ningún dominio, pues, aun cuando tengamos que pasar por ella, no nos detendremos en ella, sino que, destruida la muerte, viviremos para Dios eternamente. No desaprovechemos esta gracia que Dios nos ha ofrecido en Cristo Jesús, su Hijo hecho uno de nosotros.
La Iglesia, signo de la presencia amorosa de Cristo en el mundo, se esfuerza continuamente por hacer desaparecer la tristeza, el llanto, el hambre y la afrenta que envolvían a muchas personas. Nos alegramos por todo aquello que realizan a favor de los demás muchos miembros de la Iglesia, que se despojan, incluso, de su propia vida, para que los demás disfruten de una vida digna. No es la simple filantropía la que los mueve, sino el amor hacia Cristo, presente especialmente en los pobres, desvalidos y desprotegidos. Así la Iglesia es el monte desde el que el Señor reparte a manos llenas todos los dones de su amor a favor de la humanidad entera. Sin embargo tenemos que lamentar que muchos viven todavía como si no conocieran a Dios, pues continúan siendo ocasión de sufrimiento para los demás. Por eso el Señor nos invita a confrontar nuestra vida con la vocación a la que hemos sido llamados, y que hoy nos ha recordado, haciéndonos ver qué es aquello que Él ofrece al mundo por medio nuestro. A partir de entonces hemos de iniciar un auténtico camino de conversión para que el Señor nos salve, y nos ponga en camino como testigos de su amor y de su misericordia.
El Señor dispondrá un festín para todos los pueblos. Es lo que anuncia el profeta Isaías: Dios, vencidos los enemigos, dispone un banquete abundante, regio, e invita a todos los hombres. A los invitados les hace el regalo de su presencia personal, quitando el velo que les impide contemplarlo: «es un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos». La imagen que nos presenta el profeta es un pálido reflejo de lo que realmente preparó Jesucristo con la Eucaristía, que nos dispone al banquete de la gloria eterna. «El Señor mostró su benignidad y nuestra tierra ha producido su fruto». Consoladora promesa para los que se preparan a la solemnidad de Navidad. En la comunión eucarística nos da Dios Padre su benignidad: una gran festín de manjar exquisito, Jesucristo, el Salvador, su muy amado Hijo. Jesucristo se hace nuestro alimento y nos da su carne y su sangre, su espíritu y su vida. Con la fuerza de la sagrada comunión, la tierra de nuestra alma produce sus frutos: la virtud, la santidad, la unión con Dios. La Iglesia nos llama a esta inestimable fuente de santificación, que es el banquete eucarístico. El llanto y el dolor desaparecen. El pan que Jesús reparte a la multitud anticipa el banquete en que Él se entrega a Sí mismo en comida a los invitados.

2. –Salmo 22: Ante la manifestación de la ternura de Dios que nos prepara un lugar en el banquete eucarístico y escatológico de su Hijo bien amado, la liturgia de hoy reza con el salmista: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». El Señor es nuestro Pastor. Con él nada nos falta. Nos hace recostar en verdes praderas, nos conduce hacia fuentes tranquilas y repara nuestras fuerzas. Nos guía por senderos justos. El camina con nosotros y con él nada tememos. Su vara y su cayado nos sosiegan. Prepara una mesa ante nosotros enfrente de nuestros enemigos, nos unge la cabeza con perfume y nuestra copa rebosa. Su bondad y su misericordia nos acompañan todos nuestros días. El salmo prolonga la perspectiva: el Pastor, Dios, nos lleva a pastos verdes, repara nuestras fuerzas, nos conduce a beber en fuentes tranquilas, nos ofrece su protección contra los peligros del camino. "Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».
En este breve, pero delicioso salmo, bien conocido de los creyentes. I. El salmista reconoce en Yahweh a su pastor (v. 1). II. Narra sus experiencias de las bondades que ha tenido para él este divino pastor (vv. 2, 3, 5). III. Infiere de aquí que no ha de faltarle ninguna cosa buena (v. 1), que no tiene por qué temer ninguna cosa mala (v. 4) y que Dios nunca le abandonará en el camino de la misericordia; por lo que él resuelve no abandonar jamás a Dios en el camino del deber (v. 6).
Por ser Yahweh su pastor, infiere David que no le ha de faltar ninguna cosa que sea realmente buena para él (v. 1). También David fue pastor en su juventud. En 78:70,71, nos dice Asaf que «Dios sacó a David de los apriscos del rebaño; de detrás de las ovejas lo trajo.» Sabía, pues, por experiencia la preocupación y el afecto que un buen pastor siente hacia su rebaño. Recordaba la necesidad que de un tal pastor tienen las ovejas y que una vez había arriesgado la vida propia por salvar la de un cordero. Con esto ilustra el cuidado y el interés que tiene Dios por los suyos; y a esto parece referirse nuestro Salvador cuando dice: «Yo soy el buen pastor» (Jn. 10:11). El trae las ovejas al redil y las provee de todo lo necesario. Debemos conocer la voz de tal pastor y seguirle. Al considerar David que Yahweh es su pastor, bien puede decir con toda confianza:
«Nada me faltará», es decir, «de nada careceré». Si no tenemos algo que desearíamos tener, podemos concluir o que nos es dañoso o que lo tendremos a su debido tiempo.
Al considerar la bondad con que Yahweh, como buen pastor, cuida de él, infiere David que no tiene motivos para temer ningún mal en medio de las mayores dificultades y de los más graves peligros en que se pueda encontrar (vv. 2-4). Véase aquí la dicha de los santos como ovejas del prado de Dios:
(A) Están bien situadas: «En lugares de delicados pastos me hará descansar» (v. 2a). De la mano de Dios nuestro Padre tenemos el pan de cada día. La mayor abundancia es para el perverso un pasto seco, sin gusto, cuando sólo busca en él el placer de los sentidos; en cambio, para el hijo de Dios, que gusta la bondad de Dios en todo lo que disfruta, es un pasto delicado, delicioso, aun cuando tenga poca cosa del mundo (37:16; Pr. 16, 17). Dios hace que sus santos puedan reposar, pues les da paz de conciencia y contentamiento de corazón, cualquiera sea la suerte que les quepa en este mundo; el alma de los buenos descansa a gusto en el Señor, y eso hace que todos los pastos les resulten frescos y deliciosos.
(B) Van bien conducidas: «Junto a aguas de reposo me pastoreará» (v. 2b). Quienes se alimentan de la bondad de Dios, la dirección de Dios han de seguir: El les dirige los ojos, el camino y el corazón, hacia su amor. Dios provee para su pueblo, no sólo pasto y descanso, sino también refrigerio y placer santo. Dirige a los suyos, no a las aguas estancadas, que se corrompen y recogen suciedad, ni a las aguas bravías y encrespadas del mar, sino a las aguas silenciosas de los arroyos, porque las aguas de reposo que, sin embargo, fluyen silenciosas sin cesar, son las más aptas para representar la comunión espiritual de quienes caminan sin cesar hacia Dios, pero lo Hacen en silencio. «Me guiará por sendas de justicia», añade David (v. 3b), por el camino del deber, en el que me instruye por medio de su palabra, y me conduce por medio de su providencia. El camino del deber es el camino del verdadero placer, pero en estas sendas no somos capaces de caminar, a menos que El nos guíe a ellas y nos guíe en ellas.
(C) Van bien cuidadas cuando algo anda mal: «Confortará (o restaurará) mi alma» (v. 3a). Cuando, después de cierto pecado, su propio corazón hirió a David, y cuando después de otro pecado más serio, Natán fue enviado a decirle: «Tú eres ese hombre», Dios le restauró el alma.
Aun cuando permita Dios que los suyos caigan en pecado, no permite que yazcan tranquilos en el pecado. «Aunque pase por valle de sombra de muerte», es decir, por un valle tenebroso, expuesto al asalto de fieras y ladrones, «no temeré mal alguno» (v. 4). Hay aquí cuatro palabras que atenúan el terror:
(A) No se trata de muerte, sino de sombra de muerte, sombra sin cuerpo, figura sin realidad; ni la sombra de una serpiente pica, ni la sombra de una espada mata.
(B) Es valle de sombra, bastante profundo como para ser tenebroso, pero los valles son también fructíferos, como lo es aun la misma muerte para los piadosos hijos de Dios (Fil. 1:21).
(C) Es un pasar, como un corto paseo.
(D) Y es un pasar por el valle, no se perderán en el valle, sino que saldrán a salvo al monte de especias aromáticas que hay al otro lado. No hay allí mal alguno para el hijo de Dios, pues ni la muerte puede separarnos del amor de Dios (Ro. 8:38). El buen pastor, no sólo conduce, sino que escolta, a sus ovejas a través del valle. Su presencia las anima: «porque tú estarás conmigo». La vara y el cayado del final del versículo no son sinónimos. La vara es un palo recio que el pastor de Palestina usa todavía para defenderse a sí mismo y a sus ovejas, mientras que el cayado es un báculo más largo, no tan recio, curvado muchas veces en un extremo, que el pastor usa para conducir a las ovejas y para apoyarse él mismo en el suelo. Por Lv. 27:32, vemos que el pastor contaba las ovejas bajo la vara (Hebr. shábet).
De los beneficios que la generosidad de Dios le ha concedido, infiere David la constancia y perpetuidad de las misericordias de Yahweh (vv. 5-6): «Aderezarás mesa delante de mí en presencia de mis adversarios; tú me provees de todo lo necesario para mi alma y para mi cuerpo, no sólo en el tiempo, sino por toda la eternidad: alimento conveniente, una mesa bien preparada, bien llena la copa: mi copa está rebosando, de forma que no sólo tengo para mí, sino también para mis amigos». «Ungiste mi cabeza con aceite, como buen anfitrión» (v. Lc. 7:46). Al principio había dicho (v 1): «Nada me faltará»; pero ahora habla de forma positiva (v. 6): «Ciertamente la bondad y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida.» Dice Ryrie: «David se ve a sí mismo, no sólo como a un huésped-para-un-día, sino como recipiendario del pacto de Dios: de la bondad perpetua suya.» «Me seguirán», dice David, como el agua de la roca seguía al campamento de Israel por el desierto (1 Co. 10:4). «Me seguirán todos los días de mi vida, porque al que Dios ama, le ama hasta el final y hasta el extremo» (Jn. 13:1). «Ciertamente será así: la bondad y la misericordia que me han seguido hasta aquí, me seguirán también en adelante hasta el final.» «La casa de Yahweh» significa comúnmente el santuario; a veces, toda la Tierra Prometida (Jer. 12:7; Os. 8:1; 9:8, 15; Zac. 9:8). Dice Arconada: «Aquí creemos que es un rasgo alegórico, como las demás comparaciones del salmo, y que equivale a estar oculto bajo las alas o protección de Yahweh (17:8).» En todo caso, era tipo de la casa de nuestro Padre en el Cielo, en la cual hay muchas mansiones (Jn. 14:2: "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." Editorial CLIE).
El Señor ha salido como el Buen Pastor en busca nuestra, que vivíamos como ovejas descarriadas, lejos de su presencia. Y Él nos ha conducido a las aguas bautismales para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para que podamos caminar, ya no tras las obras de la maldad, sino tras las obras del bien que proceden de Dios. Él nos ha sentado a su mesa para hacernos partícipes del banquete de salvación que ha preparado con su Cuerpo y con su Sangre, para que quienes nos alimentemos de Él entremos en comunión de Vida con el Señor y, transformados en Él seamos testigos de su amor para todos los pueblos. Él ha derramado en nosotros su Espíritu Santo para que, ungidos por Él, seamos constructores de su Reino, iniciándolo ya desde esta vida. Así, nosotros, hechos hijos de Dios y teniendo al mismo Dios como Pastor de nuestra vida, somos conducidos por Él para que vivamos en la Casa del Señor por años sin término. A esa meta final es a la que aspiramos quienes somos hombres de fe en Cristo; que Dios nos conceda no perder el rumbo que nos hará llegar sanos y salvos a su Reino celestial.
Hemos sido bautizados e injertados en Cristo Jesús. Su Vida y su Espíritu son nuestra Vida y nuestro Espíritu. Él mismo se convierte para nosotros en pan de Vida eterna, sentándonos a su Mesa para que en adelante ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Hechos uno en y con Cristo, el Señor sigue estando presente en el mundo por medio nuestro, que, como siervos fieles, trabajamos por su Reino. No confiamos en nuestras débiles fuerzas, sino en su gracia salvadora. Por eso el Señor es el único que nos da seguridad. Perseveremos firmes en su presencia y dejemos que su bondad y su misericordia nos acompañen todos los día de nuestra vida; de tal forma que, fortalecidos por Él, algún día podamos llegar a vivir en su casa por años sin término. Sabemos que continuamente seremos sometidos a prueba; y que muchas veces parecería como que el Señor nos hubiese abandonado. Sin embargo, aún en las cañadas oscuras, sigamos confiando en Aquel que nos ama y que nos quiere conducir sanos y salvos a su Reino celestial.

3. En el Evangelio (Mt 15, 29-37) Jesús está en un lugar desértico, sin comida para tanta gente como lo escuchaba: “tengo compasión de estas gentes, porque hace ya tres días que perseveran conmigo y no tienen que comer y no quiero despedirles en ayunas, para que no desfallezcan en el camino”. Recuerdo una novela de Marlo Morlan, “Las voces del desierto”, que narra de un viaje por el interior de Australia, junto a una tribu de aborígenes. Al inicio del viaje, es invitada a ponerse ropa adecuada, y ve con horror como todas sus pertenencias son echadas al fuego. Jesús vive en contacto con la naturaleza, no llevan un “camión almacén” con provisiones, no necesita nada; la ecología es uno de los muchos aspectos bellos del Evangelio. En la citada novela se puede leer: “Sólo cuando se haya talado el último árbol, sólo cuando se haya envenenado el último río, sólo cuando se haya pescado el último pez; sólo entonces descubrirás que el dinero no es comestible”. De alguna forma, en el desierto la ausencia de todo lo superfluo purifica, y la protagonista va aprendiendo a comer de todo, resistir el cansancio y el dolor al andar descalza por la arena quemada. Al contrario de una sociedad de la previsión y de querer controlarlo todo, ellos viven al día, toman de la naturaleza lo que necesitan, cuidando del ecosistema. Forman parte de un “Todo” en que todos somos de Dios, y Él proveerá. No hay que dejar de hacer las cosas por el miedo: “el único modo de superar una prueba es realizarla. Es inevitable”, dice otro de los personajes que viven en ese retiro (“walkabout”) en medio del desierto australiano (“outback”). Allí se vive la liberación de ciertos objetos, incluso de ciertas formas de creencia que no ayudan a nuestra vida auténtica. Así, sin esas formas de egoísmo y con la mente abierta, la transparencia y sinceridad viene la apertura a los demás, la empatía, y según algunos cierta forma de telepatía, de comunicación sin ni siquiera palabras. Para ello hay que vivir el desierto interior, perdonar las ofensas, sabernos perdonar a nosotros mismos, quedar a la espera. Hoy hemos olvidado esa interioridad, ese “hacer desierto”, y la falta de reflexión lleva a depender de las circunstancias, y al no poseerse a uno mismo esto genera miedo, genera amenazas para controlar a los demás, y la seguridad de los Estados funciona a base de amenazas sobre otros países, volviendo así al reino animal donde la amenaza desempeña un papel importante para la supervivencia. Pero si conocemos la providencia divina no podemos tener miedo, la fe y el miedo son incompatibles (si la fe es auténtica). En cambio, el tener cosas genera cada vez más miedo de perderlas, al final sólo se vive para tener cosas. En el desierto, la oración surge simple desde el corazón: “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para apreciar la diferencia”; todo es una oportunidad para el enriquecimiento espiritual. Es lo que recordamos hoy: “Llega el Señor y no tardará; iluminará los secretos de las tinieblas y se manifestará a todos los pueblos” (Antífona entrada, Ha 2, 3; 1 Cor 4, 5).
Así como el Pueblo de Israel esperó la venida del Salvador durante miles de años, y vivió su desierto, también nosotros hemos de tener un desierto interior en el que limpiemos nuestro interior. ¡Cuántos descaminos, cuánta inutilidad en pensamientos, cuántas omisiones! La plenitud de los tiempos, ese momento tan especial del encarnarse de Dios, la alegría de la Navidad, nos ha de coger atentos, bien dispuestos: gozosos en esa espera, ya que “¡El Señor está cerca!” En Adviento de 1980, Juan Pablo II en sus catequesis tradicionales en las parroquias de Roma la tarde de los domingos se dirigió a dos mil niños con estas palabras: -“¿Cómo os preparáis para la Navidad?”
-“Con oración” -le responden a gritos.
- “Bien, con la oración -les dice el Papa-, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis?”
- “¡Lo haremos!, le responden con voz todavía más fuerte.
- “Sí, debéis hacerlo”. Y luego les dice como confidencialmente: “El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño-Dios”.
Jesús ha nacido en Belén precisamente para revelarnos la verdad salvífica, para darnos la vida de la gracia, seguía diciendo el Papa: “¡Empeñaos en ser siempre partícipes de la vida divina infundida en nosotros por el Bautismo. Vivir en gracia es dignidad suprema, es alegría inefable, es garantía de paz, es ideal maravilloso”; y ¡qué bueno es este Dios que nos perdona siempre! En el desierto australiano, las nubes de moscas parecen asaltar al viajero, pero lo limpian como lo hiciera el agua. Muchas cosas malas, como el veneno de las serpientes, tienen una utilidad buena, medicinal. Todo tiene un sentido, si sabemos poner cada cosa en su sitio. Hasta lo malo adquiere un valor bueno, aunque sólo sea por la experiencia que nos ayuda a mejorar.
Y luego viene la multiplicación de los panes y peces: si ponemos de nuestra parte, el Señor viene y nos da la Sagrada Comunión: es la Navidad de todos los días. Si queremos... Dice San Josemaría Escrivá (Forja, n.548): "Ha llegado el Adviento. ¡Qué buen tiempo para remozar el deseo, la añoranza, las ansias sinceras por la venida de Cristo!, ¡por su venida cotidiana a tu alma en la Eucaristía! - "Ecce veniet!" -¡que está al llegar!, nos anima la Iglesia".
Un modo muy especial de prepararnos es cuidar los detalles de amor, para recibir a Jesús, si podemos cada día. Él dispone la mesa, el milagro de la multiplicación de los panes. Santa María Esperanza nuestra, nos ayudará a recorrer este camino del Adviento usando esos medios (oración, Eucaristía), para disponer nuestra alma para la llegada del Señor.
-Muchas gentes fueron a Jesús llevando consigo cojos, ciegos, baldados, mudos y otros muchos enfermos. He ahí la pobre humanidad que corre tras de Ti, Señor. La lista de San Mateo es significativa, por la acumulación de miserias humanas. La atención de Dios va en primer lugar hacia éstos. La misericordia amorosa de Dios se interesa primero por los que sufren, por los pobres, por los enfermos. En este tiempo de Adviento, propio para reflexionar sobre la espera de Dios que se encuentra en el corazón de los hombres, es muy provechoso contemplar esta escena: "Jesús rodeado... Jesús acaparado... Jesús buscado... por los baldados, los achacosos.
-Y los pusieron a sus pies y El los curó. Es el signo de la venida del Mesías: el mal retrocede, la desgracia es vencida. ¿Es éste también el signo que yo mismo doy siempre que puedo? ¿Procuro también que el mal retroceda? Y mi simpatía, ¿va siempre hacia los desheredados? Mi plegaria y mi acción ¿caminan en este sentido?
-Entonces la multitud estaba asombrada... y glorificaron a Dios. La venida del Señor es una fiesta para los que sufren. Cuando Dios pasa deja una estela de alegría. ¿Me sucede lo mismo cuando trato de revelar a Dios? Sé muy bien, Señor, que las miserias materiales no suelen ser aliviadas hoy; quedan muchos baldados, ciegos, achacosos... Es una de las graves cuestiones de nuestra fe. Quiero creer, sin embargo, que Tu proyecto es suprimir todo mal. Quiero participar en él... con la esperanza de que por fin el mal desaparecerá. Y aun cuando desgraciadamente, las miserias físicas no puedan ser siempre suprimidas, creo que es posible a veces transfigurarlas un poco. Señor, da ese valor y esa transfiguración a todos los angustiados.
-Y Jesús, convocados sus discípulos, dijo: "Tengo compasión de estas turbas..." Jesús está visiblemente emocionado. Hay una emoción sensible en estas palabras. Contemplo este sentimiento tan humano en su corazón de hombre y en su corazón de Dios. Hoy todavía Jesús nos repite que se apiada y sufre con los que sufren. Si "llama a sus amigos", es para hacerles participar de su sentimiento. ¿Ante quiénes experimenta hoy Jesús lo mismo? ¿A quiénes quiere hacerles partícipes de su actitud de amor?
-"No tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino... ¿Cuántos panes tenéis?... El Señor nos invita a prestar atención al grave problema del hambre. Los que hoy tienen hambre. Todas las hambres: el hambre material, el hambre espiritual.
-Siete panes y algunos pececillos... Es de este "poco" que va a salir todo. Siete panes no es mucho para una muchedumbre. Es en el reparto fraterno que se encuentra la solución del hambre y en el amor siempre atento a los demás.
Jesús multiplica. Pero ello ha tenido un primer punto de partida humano, modesto y pequeño. A pesar de ver cuán insuficientes son mis pobres esfuerzos, ¿no debo, sin embargo, hacer ese esfuerzo? Señor, he aquí mis siete panes, ¡multiplícalos! (Noel Quesson).
En nadie mejor que en Jesús de Nazaret se han cumplido las promesas del profeta. Con él ha llegado la plenitud de los tiempos. También él, muchas veces, transmitía su mensaje de perdón y de salvación con la clave de comer y beber festivamente. En Caná convirtió el agua en vino generoso. Comió y bebió él mismo con muchas personas, fariseos y publicanos, pobres y ricos, pecadores y justos. Hoy hemos escuchado cómo multiplicó panes y peces para que todos pudieran comer. Y cuando quiso anunciar el Reino de Dios, lo describió más de una vez como un gran banquete preparado por Dios mismo. Jesús ofrece fiesta, no tristeza. Y fiesta es algo más que cumplir con unos preceptos o resignarse con unos ritos realizados rutinariamente.
a) Está bien que en medio de nuestra historia, llena de noticias preocupantes de cansancio y de dolor, resuenen estas palabras invitando a la esperanza, dibujando un cuadro optimista, que hasta nos puede parecer utópico. Podemos y debemos seguir leyendo a los profetas. No se han cumplido todavía sus anuncios: no reinan todavía ni la paz ni la justicia, ni la alegría ni la libertad. La obra de Cristo está inaugurada, pero no ha llegado a su maduración, que nos ha encomendado a nosotros.
La gracia del Adviento y de la Navidad, con su convocatoria y su opción por la esperanza, nos viene ofrecida precisamente desde nuestra historia concreta, desde nuestra vida diaria. Como a la gente que acudía a Jesús y que él siempre atendía: enfermos, tullidos, ciegos. Gente con un gran cansancio en su cuerpo y en su alma. ¿Como nosotros? Gente desorientada, con experiencia de fracasos más que de éxitos. ¿Como nosotros?
b) Tendríamos que «descongelar» lo que rezamos y cantamos. Cuando decimos «ven. Señor Jesús». deberíamos creerlo de veras. El Adviento no es para los perfectos, sino para los que se saben débiles y pecadores y acuden a Jesús, el Salvador. Él, como nos aseguran las lecturas de hoy, compadecido, enjugará lágrimas, dará de comer, anunciará palabras de vida y de fiesta y acogerá también a los que no están muy preparados ni motivados. No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
El Adviento nos invita a la esperanza ante todo a nosotros mismos. «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación». Para que acudamos con humildad a ese Dios que salva y convoca a fiesta. Nos invita a mirar con ilusión hacia delante, a los cielos nuevos y la tierra nueva que Cristo está construyendo.
c) Pero también podemos pensar: nosotros, los cristianos, con nuestra conducta y nuestras palabras, ¿contribuimos a que otros se sientan invitados a la esperanza? ¿enjugamos lágrimas, damos de comer, convocamos a fiesta, curamos heridas del cuerpo y del alma de los que nos rodean? ¿multiplicamos, gracias a nuestra acogida y buena voluntad, panes y peces, los pocos o muchos dones que tenemos nosotros o que tienen las personas con las que nos encontramos? Si es así, si mejoramos este mundo con nuestro granito de arena, seremos signos vivientes de la venida de Dios a nuestro mundo, y motivaremos que al menos algunas personas glorifiquen a Dios, como hicieron los que veían los signos de Jesús.
d) En la Eucaristía nos ofrece Jesús la mejor comida festiva: él mismo se nos hace presente y se ha querido convertir en alimento para nuestro camino. Si la celebramos bien, cada Misa es para nosotros orientación y consuelo, fortalecimiento y vida. Nunca mejor que en la Eucaristía podemos oír las palabras de Jesús: venid a mi los que estáis cansados. Y sentir que se cumple el anuncio del banquete escatológico: «dichosos los invitados a la cena del Cordero». La Eucaristía es garantía del convite final, en el Reino: «el que me come tiene vida eterna, yo le resucitaré el último día» (J. Aldazábal).
A una de las suaves colinas que bordean el mar de Galilea, subió un día Jesús y se sentó. El evangelista Mateo nos dice que le llevaron toda clase de enfermos y que él los curó provocando, claro está, la admiración de la gente que prorrumpía en alabanzas a Dios. Luego vino el banquete: ante la impotencia de los discípulos que no sabían de dónde sacar comida para tanta gente, Jesús pronuncia la acción de gracias sobre siete panes y unos pocos peces, los va entregando a los discípulos y éstos al gentío. Todos comieron, y se saciaron y recogieron siete canastos con las sobras. Es la realización de la visión de Isaías, porque Jesús es el Mesías y el salvador prometido, en él realiza Dios todas las promesas. No vale la pena que nos preguntemos cómo pudo Jesús hacer todo eso, si es verdad lo que nos cuenta el evangelista. Lo importante es que contemplemos la salvación en acto, fluyendo desde el monte santo de Dios, para alegrar la tierra, para salvarnos a todos los que sufrimos bajo el peso del pecado, del mal y de la muerte.
Es a nosotros los cristianos a quienes corresponde manifestar la verdad del evangelio. Ya comenzando casi un nuevo milenio sabemos por las estadísticas que todavía hay hambre en el mundo, entre tantísimos males. Que millones de seres humanos, muchos cientos de millones, no tienen alimentos suficientes para vivir una vida digna y sana. Mientras tanto, otros tenemos o tienen de sobra. Hasta llegar a destruir alimentos que no se consumen, además de que se gastan millones de millones en cosas superfluas, en sobrealimentación dañina. Sin mencionar los gastos de la muerte: en armas sobre todo; gastos que alcanzarían, dicen los especialistas, para erradicar definitivamente el hambre en el mundo.
Prepararnos para celebrar y conmemorar el nacimiento de Jesús es disponernos a escuchar su Palabra, a seguirle en su solidaridad con los pobres, a realizar junto con él la voluntad de Dios. A comprometernos a luchar contra tantos males que aquejan al mundo. No por culpa de Dios, sino por nuestros pecados que son, radicalmente, de egoísmo (J. Mateos-F. Camacho).
Un Mesías misericordioso. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: Me da lástima esta gente (Mateo 5, 7). Esta es la razón que tantas veces mueve el corazón del Señor. Llevado por su misericordia hará a continuación el espléndido milagro de la multiplicación de los panes. Y nosotros, para aprender a ser misericordiosos debemos fijarnos en Jesús, que viene a salvar lo que estaba perdido, a cargar nuestras miserias para salvarnos de ellas, a compadecerse de los que sufren y de los necesitados. Este es el gran motivo para darse a los demás: ser compasivos y tener misericordia. Cada página del Evangelio es una muestra de la misericordia divina. La misericordia divina es la esencia de toda la historia de la salvación. Meditar en la misericordia del Señor nos ha de dar una gran confianza ahora y en la hora de nuestra muerte, como rezamos en el Ave María. Sólo en eso Señor. En tu misericordia se apoya toda mi esperanza. No en mis méritos, sino en tu misericordia.
De forma especial, el Señor muestra su misericordia con los pecadores: les perdona sus pecados. Nosotros, que estamos enfermos, que somos pecadores, necesitamos recurrir muchas veces a la misericordia divina: Muéstranos, Señor, tu misericordia. Y danos tu salvación (Salmo 84, 8), repite continuamente la Iglesia en este tiempo litúrgico. En tantas ocasiones, cada día, tendremos que acudir al Corazón misericordioso de Jesús y decirle: Señor, si quieres, puedes limpiarme (Mateo 8, 2). Esto nos impulsa a volver muchas veces al Señor, mediante el arrepentimiento de nuestras faltas y pecados, especialmente en el sacramento de la misericordia divina, que es la Confesión. Pero el Señor ha puesto una condición para obtener de Él compasión y misericordia por nuestros males y flaquezas: que también nosotros tengamos un corazón grande para quienes rodean. En la parábola del buen samaritano (cf San Agustín, La ciudad de Dios) nos enseña el Señor cuál debe ser nuestra actitud ante el prójimo que sufre: no nos está permitido “pasar de largo” con indiferencia, sino que debemos “pararnos” con compasión junto a él.
El campo de la misericordia es tan grande como el de la miseria humana que se trata de remediar. Y el hombre puede padecer miseria y calamidad en el orden físico, intelectual y moral. Por eso las obras de misericordia son innumerables, tantas como necesidades tiene el hombre. Nuestra actitud compasiva y misericordiosa ha de ser en primer lugar con aquellos con quienes Dios ha puesto a nuestro lado, especialmente con los enfermos. Nuestra Madre nos enseñará a tener un corazón misericordioso, como el de Ella (Francisco Fernández Carvajal, resumido por Tere Correa de Valdés).
Con que facilidad se nos cierra el camino a los hombres: ¿donde conseguiremos pan para toda esta multitud? Con mucha frecuencia se nos pierde de vista que Jesús es Dios. Si él mandaba dar de comer es porque el mismo proveería la manera de hacerlo. En nuestro día de trabajo, de estudio, de actividad, debemos tener siempre presente que Dios nos acompaña, que nunca está lejos; que lo que para nosotros parece imposible, para Dios no lo es. Dios utiliza nuestros pocos y pobres recursos para satisfacer la necesidades humanas y espirituales de todos los que lo van siguiendo. Pongamos a disposición del maestro nuestros recursos humanos y espirituales y dejemos que lo imposible se haga realidad delante de nuestros propios ojos (Ernesto María Caro).
El Evangelio hoy nos habla de cómo los paganos glorificaron al Dios de Israel, pues hasta ellos llegó Dios como el que se levanta victorioso sobre el pecado y la muerte y las diversas manifestaciones de muerte, como son las diversas enfermedades. Todo esto manifiesta un gesto del amor misericordioso de Dios para quienes vivían en tierra de sombras y de muerte. Es Cristo mismo quien expresa: me da lástima esta gente; no quiero despedirlos; no quiero que desmayen por el camino. Dios se hace fuente de salvación y fortaleza para todos los hombres de buena voluntad. Él, sentado en la cumbre del monte, prepara un festín suculento para todos los pueblos haciendo que siete panes y unos cuantos pescados alcancen para dar de comer a más de cuatro mil gentes, y que todavía se recojan siete canastos de sobras. Así anuncia que con su muerte bastará y sobrará para que, quien lo acepte a Él, participe del pan de vida, y que quien lo coma viva para siempre, pues Él lo resucitará en el último día. Cristo ha venido a nosotros como salvador y a saciar nuestra hambre y sed de justicia; ojalá y no lo rechacemos, sino que dejemos que habite en nosotros como en un templo y que su Espíritu guíe nuestros pasos por el camino del bien.
Reunidos para celebrar la Eucaristía, venimos al Monte Santo, que es Cristo, para disfrutar de la salvación y de los bienes eternos, que Él ha preparado para nosotros. El Señor nos hace participar del amor de Dios, pues entrando en comunión de vida con Él, hacemos nuestra la misma Vida que Él recibe de su Padre Dios. Y el Señor no se muestra tacaño con nosotros. Él mismo se nos da en plenitud. De nosotros depende quedarnos sólo como espectadores en su presencia, o sentarnos a su Mesa y alimentarnos, tanto de su Palabra, como de su Pan de Vida, que Él parte para nosotros. Dios, presente así en nuestra vida, se quiere convertir para nosotros en el Buen Pastor que nos alimenta, pero que al mismo tiempo, conduciéndonos por delante con su cruz, nos hace caminar como testigos de su amor y de su misericordia especialmente hacia los más desprotegidos y pecadores. Este es el compromiso que tenemos como Iglesia; ojalá y no lo echemos en un saco roto, sino que lo vivamos en plenitud.
Ojalá y no vayamos por la vida olvidándonos del Señor y alimentándonos sólo de las cosas temporales, que muchas veces oprimen nuestra mente y nuestro corazón. Dios quiere que arranquemos del mundo todo signo de dolor, de lágrimas y de afrentas. Dios no quiere que vengamos a la Celebración Eucarística, y que tal vez nos acerquemos a su Mesa, para después volver a los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida a quitarles el alimento a los demás, a quitarles la paz, la alegría y la vida. Ojalá y la Iglesia de Cristo sea un lugar en el que todos encuentren colmadas sus esperanzas de construir un mundo más imbuido en el amor fraterno y solidario, más justo y más en paz. Ojalá y pongamos toda nuestra vida al servicio del bien y de la salvación de quienes nos rodean, pues Dios no quiere que actuemos con tacañerías en la proclamación de su Evangelio. Por eso no podemos decir que le dedicamos al Señor unos momentos de oración, y tal vez algunos momentos de apostolado a la semana, sino que toda nuestra vida se ha de convertir en un testimonio de bondad, de misericordia, de comunión y de solidaridad dado continuamente, ahí donde desarrollamos nuestras diversas actividades.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser motivo de esperanza en un mundo que necesita renovarse, día a día, en el amor de Cristo hasta lograr que, compartiendo lo que somos y tenemos, vivamos en un fundo más justo y más fraterno, signo de la presencia del Reino de Dios entre nosotros. Amén (www.homiliacatolica.com).
La Iglesia en su liturgia pone en nuestros labios esta exclamación: «Ven, Señor, no tardes. Ilumina lo que esconden las tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hab 2,3; 1 Cor 4,5). La oración colecta (Gelasiano) pide al Señor que El mismo prepare nuestros corazones, para que cuando llegue Jesucristo, su Hijo, nos encuentre dignos del festín eterno, y merezcamos recibir de sus manos, como alimento celeste, la recompensa de la gloria.
Jesús cura a muchos enfermos y multiplica los panes. Jesucristo tiene predilección por los pobres, por los oprimidos, por los enfermos. Nos lo dice el Evangelio de hoy. También nosotros nos encontramos entre ellos: nos hemos hecho cojos por el apego a las criaturas, lisiados por el amor propio, ciegos por el orgullo, mudos por la soberbia y hemos contraído otras enfermedades espirituales. Hemos de pensar que solo Él es quien sana y que los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía han sido instituidos para esto. Miremos a Jesús, cómo se compadece de la multitud que le sigue sin acordarse del sustento necesario. Y cómo realiza el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, que es símbolo de la Eucaristía, como lo ha entendido toda la tradición de la Iglesia. En la Santa Misa hemos de integrarnos, con todo lo que somos y tenemos, en las necesidades de nuestros hermanos. Hemos de ayudarlos. La ofrenda de nuestras acciones, de nuestros sufrimientos, de nuestras alegrías, de nuestro trabajo, durante la celebración eucarística vienen a ser parte integrante del sacrificio, unidos nosotros a Cristo, teniendo sus mismos sentimientos. Hemos de participar en la Santa Misa con mente y corazón, con plena disponibilidad, para identificar siempre nuestra voluntad con la voluntad de Dios (Manuel Garrido Bonaño).

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