viernes, 8 de octubre de 2010

Viernes de la 27 semana: es la fe la que nos hace hijos de Dios, la nueva ley. Y ante ella, ningún poder puede hacer frente: “Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”: Jesús es la nueva ley

Viernes de la 27 semana: es la fe la que nos hace hijos de Dios, la
nueva ley. Y ante ella, ningún poder puede hacer frente: "Si yo echo
los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha
llegado a vosotros": Jesús es la nueva ley y la libertad.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 3,7-14.
Hermanos: Comprended de una vez que hijos de Abrahán son los hombres
de fe.

Además, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles
por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia: «Por ti serán
benditas todas las naciones.» Así que son los hombres de fe los que
reciben la bendición con Abrahán, el fiel. En cambio, los que se
apoyan en la observancia de la ley tienen encima una maldición, porque
dice la Escritura: «Maldito el que no cumple todo lo escrito en el
libro de la ley.»
Que en base a la ley nadie se justifica ante Dios es evidente, porque
lo que está dicho es que «el justo vivirá por su fe», y la ley no
arranca de la fe, sino que «el que la cumple vivirá por ella.» Cristo
nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un
maldito, porque dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un
árbol.» Esto sucedió para que, por medio de Jesucristo, la bendición
de Abrahán alcanzase a los gentiles, y por la fe recibiéramos el
Espíritu prometido.


Sal 110, 1-2. 3-4. 5-6. R. El Señor recuerda siempre su alianza.

Doy gracias al Señor de todo corazón, / en compañía de los rectos, en
la asamblea. / Grandes son las obras del Señor, / dignas de estudio
para los que las aman.
Esplendor y belleza son su obra, / su generosidad, dura por siempre; /
ha hecho maravillas memorables, / el Señor es piadoso y clemente.
Él da alimento a sus fieles, / recordando siempre su alianza; / mostró
a su pueblo la fuerza de su obrar, / dándoles la heredad de los
gentiles. R.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 11, 15-26: En aquel
tiempo, habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud
dijeron:
-«Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.»
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. Él,
leyendo sus pensamientos, les dijo: -«Todo reino en guerra civil va a
la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en
guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los
demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el
poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por
eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios
con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a
vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes
están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita
las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo
está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un
espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto,
buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice:
"Volveré a la casa de donde salí." Al volver, se la encuentra barrida
y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él,
y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el
principio.»

COMENTARIO: 1.- Ga 3,7-14. a) Pablo recurre al ejemplo de Abrahán, que
pueden entender muy bien sus interlocutores de Galacia. Los
judaizantes se sentían orgullosos de ser hijos de Abrahán. Pablo
revuelve el argumento a favor de su evangelio, el de Jesús. Abrahán
recibió de Dios una misión universalista: "previendo que Dios
aceptaría a los gentiles por la fe, le dijo a Abrahán: por ti serán
benditas todas las naciones". Parece que los judíos han olvidado este
universalismo que era rasgo de su identidad ya desde el principio. Lo
mejor de Abrahán fue su fe. Para Pablo, la ley del AT no salva a nadie
-la llama "maldición" varias veces- si se entiende meramente como un
cumplimiento de leyes y de obras. Incluso los que se salvaron antes de
Cristo, se salvaron por su fe, no por sus obras. Y desde la venida de
Cristo, mucho más.
b) El dilema, para Pablo es: apoyarnos en nuestros propios méritos o
en la bondad de Dios, centrar nuestra espiritualidad en las obras
cumplidas o en nuestra apertura a la gracia de Dios. Un dilema que
puede ser de actualidad en nuestra vida. La fe de Abrahán es modélica.
Era pagano cuando fue llamado a una misión que no acababa de entender.
Pero se fió totalmente de Dios y emprendió su peregrinación. Eso es lo
que le hace modelo de los creyentes. Dios no le eligió por sus obras,
sus méritos anteriores. Dios actúa con gratuidad. Pero él creyó en
Dios. A nosotros también nos pide una fe absoluta en su Hijo Jesús,
una fe que ciertamente comportará obras de fe y una conducta
coherente: pero no es la conducta la que nos salva, sino la gracia de
Cristo. No llevamos contabilidad de las cosas buenas que estamos
haciendo por Dios. ¿Lleva contabilidad un padre o una madre por lo que
hace por la familia? ¿pasa factura un amigo por un favor que ha hecho?
A nosotros no nos salvará "la ley" que hemos cumplido, aunque
seguramente la hemos cumplido, y con amor, sino la gratuita
generosidad de Dios. Tampoco nos salvará el pertenecer "a la raza de
Abrahán": para nosotros, el formar parte de la Iglesia, o de una
familia cristiana, o de una comunidad religiosa. Es la respuesta de
cada uno ante el amor y la gracia de Dios la que decidirá. Son "hijos
de Abrahán", no los que provienen de él por lazos de raza, sino los
que le imitan en su actitud de fe.
…"Los que viven de la fe, esos son los hijos de Abraham…" Encontramos
aquí el eco de las controversias de Jesús con los judíos de su tiempo,
relatadas por el evangelista san Juan. No aguanta la tesis
contraria…¡el evangelio de Pablo es en verdad el evangelio de Jesús!
Los judaizantes, pretendían que se había de ser «hijo de Abraham», que
había que «hacerse judío» para poder ser cristiano. Pablo no lo niega,
y reconoce la continuidad en el proyecto de Dios... la Biblia de los
judíos, el Antiguo Testamento, es también la Escritura sagrada de los
cristianos. Pero Pablo añade en una visión genial que desarrollará en
la Epístola a los Romanos: que «todos» los hombres pueden llegar a ser
«hijos de Abraham», no por la práctica de la Ley, sino por la Fe...
Pues esto es precisamente lo que ha caracterizado a Abraham: «¡el
hombre de la Fe!»
«Todas las naciones.» ¿Qué amplitud tiene mi visión, la mía? ¿Es tan
abierto mi proyecto, como el de Dios? El término «católico» ¿tiene
para mí resonancias de ghetto y de fronteras, de conservación rígida
de ciertos principios, de exclusión de todos los que no comparten esos
principios? O bien el termino «católico» significa de veras para mí
«universal», «abierto a todos», «misionero». ¿Tengo ansia interna de
anunciar la «buena nueva» a los paganos? ¿Qué hago yo para ser un
testigo de ese amor universal?
-Así pues, todos los que viven de la fe, son bendecidos en Abraham,
«el hombre de la fe». En cuanto a los que viven de las obras de la ley
incurren en maldición:... Puesto que la ley no «justifica» a nadie
ante Dios, ¡es cosa evidente!
Para mostrar que esas perspectivas, heréticas por nuevas según los
judaizantes, son muy tradicionales en el fondo... Pablo, en este
pasaje, acumula citas de la Biblia. «La Escritura, la verdadera
doctrina que tenéis siempre en los labios, les dice, pues bien,
leedla: ella es Palabra de Dios, y la que siempre ha dicho que la
justificación del hombre es un «don» de Dios a los creyentes y no a
los que «practican» la Ley.»
-"Cristo nos rescató de la maldición de la Ley... A fin de que la
bendición de Abraham llegara a todas las naciones paganas en
Jesucristo, gracias a la fe": Es pues algo grave parecer que se
retrocede sometiéndose, aunque sea exteriormente, a una Ley caducada.
La lealtad a Cristo se expresa en san Pablo con fórmulas de una
violencia casi insostenible: «Cristo nos ha rescatado de la maldición,
haciéndose "maldición" por nosotros.» Que Cristo haya aceptado por
nosotros ser un hombre «maldito» para salvarnos de la maldición que
pesaba sobre nosotros... ¡qué misterio! (Noel Quesson).
Pedro confirmó la «verdad del evangelio» (en este caso: la
incorporación sin reservas de los gentiles a la salvación) no sólo
mediante un acuerdo en Jerusalén, sino también mediante una retirada
honrosa una vez que se había equivocado en Antioquía. Para evitar la
persecución, Pedro y Bernabé estaban dispuestos a consentir que los
cristianos gentiles tuviesen las reuniones litúrgicas separados de los
judíos. No era por cuestiones de lengua ni por ayudar a que los
gentiles desarrollasen un estilo más propio, sino porque así los
judíos conservarían una apariencia de su pureza legal. Pablo entendió
que eso era ceder en una cuestión de principio. Y Pedro, ante su
protesta, le dio la razón. Porque no son las obras de la ley las que
hacen al hombre aceptable delante de Dios, sino la fe en Jesucristo y
la vida que nos viene por esta fe. La antigua identificación entre
judíos-justos y gentiles-pecadores cae por tierra cuando unos y otros
reconocen la necesidad de la redención por Jesucristo.
Pablo, en su conversión, comprendió que todos sus valores eran papel
mojado ante el don de Cristo. Sabe que su única vida es la de Cristo
en el cielo, como si él mismo hubiese sido crucificado. Y descubre que
también Abrahán fue aceptado a causa de su fe. Y da el máximo valor a
la profecía de Habacuc: en medio de un mundo en ruinas, el justo
vivirá por la fe. Sin ir más lejos, los mismos gálatas han sido
testimonio de esta verdad. En su pasado no figuraba ninguna de las
obras de la ley. Y, sin embargo, en un instante recibieron, juntamente
con la fe, toda la plenitud de los dones del Espíritu. ¿Quieren ahora
volver al pie de la montaña, cuando ya están colocadas en la cumbre?
(J. Sánchez Bosch).
Sal. 9. Gracias sean dadas al Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, porque por su gran poder y amor hacia nosotros, nos ha
librado de nuestros enemigos, juzgando al orbe con justicia y rigiendo
a las naciones con rectitud. Quien vive fiel a Dios no vacilará jamás;
en cambio los malvados se hundirán en la tumba que hicieron y su pie
quedará atrapado en la red que escondieron. Dios vela por nosotros
para que no nos alcance ningún daño. Dios se ha convertido en nuestro
fuerte defensor que siempre está a nuestro lado. Confiemos en Él,
démosle gracia y proclamemos a todos sus maravillas para que el mundo
sepa, comprenda y entienda que nos hay Dios como nuestro Dios, que no
hay roca que nos salve como lo hace el Señor Dios nuestro con aquellos
que lo ama.
3.- Lc 11,15-26 (cf jueves 3ª de Cuaresma). a) La oposición contra
Jesús, por parte de sus enemigos, llegó a extremos curiosos: "algunos
dijeron: si echa los demonios, es por arte de Belcebú, el príncipe de
los demonios". ¿Cómo se puede luchar contra el demonio precisamente en
nombre del demonio? Jesús responde con ironía, preguntando si es que
había guerra civil en los dominios de Satanás, y también, en nombre de
quién echaban los demonios los que en Israel ejercían el ministerio de
exorcistas, que también los había. Lo que pasaba es que los enemigos
de Jesús no querían llegar a la conclusión que hubiera sido la más
lógica: "el Reino de Dios ha llegado a vosotros". Pero también nos
avisa de que puede haber recaídas en el mal y en la posesión
diabólica: "cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, vuelve con
siete espíritus peores y el final resulta peor que el principio".
b) Todos estamos implicados en la lucha entre el bien y el mal. El mal
-el Malo- sigue existiendo y nos obliga a no permanecer neutrales,
sino a posicionarnos en su contra, junto a Cristo. Al leer cómo Jesús
libera a los posesos y cura a los enfermos, estamos convencidos de que
"el Reino de Dios ya ha llegado a nosotros", que su fuerza salvadora
ya está actuando. A nosotros no se nos ocurrirán las excusas ridículas
de los que no querían aceptar a Jesús. Pero sí podemos caer en una
actitud de pereza o de miedo, o bien no ser conscientes de que en
efecto existe el mal, dentro de nosotros y en el mundo y en la
Iglesia. Jesús es "el más fuerte" que ha vencido al poder del mal, en
su Pascua, y ahora nos invita a que nos unamos a él en esa lucha: "el
que no está conmigo, está contra mí". No podemos ser meros
espectadores en la gran batalla. También haremos bien en escuchar su
advertencia: no estamos seguros de haber vencido al mal y al pecado.
Puede venir ese espíritu maligno "con otros siete espíritus peores" y
"meterse a vivir" en nosotros. Lo que sería una ruina peor. La llamada
a la vigilancia es evidente. Cada uno sabe qué demonios le pueden
tentar desde dentro y desde fuera. Haremos bien en decir humildemente,
con el Padrenuestro, "no nos dejes caer en la tentación". Cuando
comulgamos, se nos invita a participar de Cristo Jesús, que es "el que
quita el pecado del mundo". La Eucaristía es la mejor fuerza que Dios
nos da en la lucha contra el mal (J. Aldazábal).
Ciertamente, el Reino es un futuro y se confunde con la plenitud de
Dios a la que tienden los humanos. Sin embargo, el Reino es a la vez
algo presente; es precisamente aquello que sucede y se realiza cuando
Jesús expulsa a los demonios, perdona los pecados y suscita un campo
de fraternidad entre los hombres. No viene el Reino en signos
exteriores, en estrellas que se caen, por la peste o en la guerra. El
Reino acaece (se empieza a mostrar) allí donde Jesús libera a los
hombres de la fuerza del diablo (lo inhumano) y les conduce hacia el
futuro de gracia, libertad y vida. Esta es la fe del evangelio, en
contra de la opinión de los fariseos, que interpretan la obra de Jesús
como expresión de la presencia y el influjo de Satán, el diablo (Com.,
edic. Marova).
Para muchos cristianos, el pecado encuentra suficiente explicación con
la libertad del hombre y dicen que la personificación del mal -Satán-
pertenecía a una época en la que el hombre era juguete de las fuerzas
cósmicas. Sin embargo, el evangelio habla del demonio y Jesús es
consciente de que su vida es una lucha contra el espíritu del mal.
El mal no se explica totalmente en razón de la libertad humana. Tiene
raíces extremadamente profundas que no podemos desarraigar.
Jesús ha venido a destruir este imperio del mal.
El Reino de Dios es el futuro del hombre. Es la plenitud de Dios a la
que tiende el hombre y que no puede realizarse plenamente en el mundo
actual. Sin embargo, el Reino es a la vez algo presente; es
precisamente aquello que sucede y se realiza cuando Jesús expulsa a
los demonios, perdona los pecados. El reino de Dios se empieza a
mostrar allí donde Jesús libera a los hombres de la fuerza del diablo
-todo lo inhumano- y los conduce hacia un futuro de gracia, de
libertad y de vida.
-Reino de verdad y de vida. -Reino de santidad y de gracia. -Reino de
justicia, de amor y de paz.
La mentalidad bíblica contempla la vida de la humanidad como una lucha
entre dos espíritus: los que rigen y dominan al hombre natural, y el
Espíritu de Dios que lo hace partícipe de la libertad divina.
Expulsando a Satanás, Cristo revela que un nuevo Reino acaba de hacer
su aparición sobre la tierra, un Reino capaz de destruir el reino de
Satanás. Para pertenecer a este nuevo Reino es necesaria una opción
ilimitada de fidelidad y de entrega a Jesús (Misa dominical 1990).
-"Algunos de los asistentes dijeron: "Echa los demonios con poder de
Belzebú, el jefe de los demonios..". otros, para comprometerle le
exigían una señal que viniera del cielo..." Una de las mayores
indigencias es ser incomprendido, despreciado; es ver deformados sus
propósitos, sus propias intenciones. Jesús conoció esa clase de
indigencia. ¡Se le acusó de ser un destructor del Reino de Dios! Se le
acusó de estar del lado de Satán. La acusación era dura y
despreciativa: Belzebú significa ¡"Baal del estercolero... Señor de
las moscas"! Esto es lo que se decía de Jesús en su lengua, el arameo.
Ayúdanos, Señor, a evitar todas las interpretaciones malévolas.
Ayúdanos, Señor, a soportar, si somos víctimas de ellas, como Tú lo
fuiste, esas críticas o esas calumnias.
-"Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "Todo reino dividido
contra sí mismo queda asolado... Si pues Satán está dividido contra sí
mismo ¿cómo va a mantenerse en pie su reino?" En esta controversia,
Jesús subraya la importancia de la unidad. La guerra civil destruye
más los imperios que los ataques del exterior. Quien usa la "acción de
dividir" para atacar será destruido por esa misma división que recaerá
contra sus propias tropas.
-"Pero, si Yo echo los demonios "con el dedo de Dios", señal es que el
reino de Dios ha llegado a vosotros". El "dedo de Dios" es imagen de
la potencia divina: Dios no tiene que esforzarse, con sólo mover la
punta del dedo, actos ingentes se realizan (Éxodo 8, 15; Salmo 84) La
traducción "el reino de Dios ha llegado a vosotros" es algo pálida; el
texto griego es mucho más fuerte: "el reino de Dios os ha llegado por
sorpresa... ha venido de súbito... os ha sorprendido... os ha
alcanzado". Se trata de una "irrupción absoluta y rápida" que corta el
aliento, que impide parar el golpe. El golpe dado a Satán no tiene
esquiva posible.
-"Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su casa, sus bienes
están seguros". Pero cuando otro "más fuerte" lo asalta y lo vence, le
quita las armas... Lucas es el único, y en esto se diferencia de Mateo
(12, 29) a consignar la presencia de uno "más fuerte", nombre que Juan
Bautista había dado al mesías (Lucas 3, 16). Jesús "más fuerte" que el
mal, más fuerte que Satán, ven en mi ayuda, en ayuda de nuestra pobre
humanidad.
-"El que no está conmigo, está contra mí". En Lucas 9,50, Jesús había
dicho: "el que no está contra vosotros, está a favor vuestro". Aquí,
el pensamiento es otro: Jesús quiere, según las circunstancias,
ampliar la visión de sus discípulos... o, por lo contrario, quiere
inculcarles una cierta intransigencia en la elección de los dos
reinos.
-"Cuando echan de un hombre el espíritu inmundo, éste va atravesando
lugares resecos buscando un sitio para descansar; al no encontrarlo,
decide volver a la casa de donde lo echaron... Entonces va a buscar
otros siete espíritus peores que él, vuelven y se instalan allí. Y el
estado final de aquel hombre resulta peor que el principio". Jesús se
sirve de las representaciones demoníacas corrientes de su tiempo. Lo
esencial está en la advertencia seria y grave: el que escapó un día al
poder del mal no debe por ello considerarse inatacable. Son muchos los
hombres modernos que no creen ya en Satán. No obstante, la psicología
profunda revela abismos. El hombre antiguo se creía juguete de unas
fuerzas cósmicas invisibles. Sin volver a las representaciones
antiguas, tenemos, sin duda, de qué desconfiar: quien niega el poder
de Satanás le entrega armas. ¡Nada es peor en un combate que el no
ver, no ser consciente del poder del adversario! (Noel Quesson).
Hoy contemplamos asombrados cómo Jesús es ridículamente "acusado" de
expulsar demonios «por Beelzebul, Príncipe de los demonios» (Lc
11,15). Es difícil imaginar un bien más grande —echar, alejar de las
almas al diablo, el instigador del mal— y, al mismo tiempo, escuchar
la acusación más grave —hacerlo, precisamente, por el poder del propio
diablo—. Es realmente una acusación gratuita, que manifiesta mucha
ceguera y envidia por parte de los acusadores del Señor. También hoy
día, sin darnos cuenta, eliminamos de raíz el derecho que tienen los
otros a discrepar, a ser diferentes y tener sus propias posiciones
contrarias e, incluso, opuestas a las nuestras.
Quien lo vive cerrado en un dogmatismo político, cultural o
ideológico, fácilmente menosprecia al que discrepa, descalificando
todo su proyecto y negándole competencia e, incluso, honestidad.
Entonces, el adversario político o ideológico se convierte en enemigo
personal. La confrontación degenera en insulto y agresividad. El clima
de intolerancia y mutua exclusión violenta puede, entonces,
conducirnos a la tentación de eliminar de alguna manera a quien se nos
presenta como enemigo.
En este clima es fácil justificar cualquier atentado contra las
personas, incluso, los asesinatos, si el muerto no es de los nuestros.
¡Cuántas personas sufren hoy con este ambiente de intolerancia y
rechazo mutuo que frecuentemente se respira en las instituciones
públicas, en los lugares de trabajo, en asambleas y confrontaciones
políticas!
Entre todos hemos de crear unas condiciones y un clima de tolerancia,
respeto mutuo y confrontación leal en el que sea posible ir
encontrando caminos de diálogo. Y los cristianos, lejos de endurecer y
sacralizar falsamente nuestras posiciones manipulando a Dios e
identificándolo con nuestras propias posturas, hemos de seguir a este
Jesús que —cuando sus discípulos pretendían que impidiera que otros
expulsaran demonios en nombre de Él— los corrigió diciéndoles: «No se
lo impidáis. Quien no está contra vosotros, está con vosotros» (Lc
9,50). Pues, «todo el coro innumerable de pastores se reduce al cuerpo
de un solo Pastor» (San Agustín).
Jesús actúa con el Poder de Dios, pues al expulsar a Satanás nos llena
de la Vida Divina y del Espíritu Santo. Así, libres de toda influencia
del mal en nosotros, manifestamos con obras que el Reino de Dios ha
llegado a nosotros. Por eso nuestra vida de fe no puede convertirse en
un simple juego; no podemos actuar con hipocresía de tal forma que,
aparentando una fe que nos hace cercanos a Dios, llevemos en realidad
una vida lejos de Él. Es entonces cuando se puede aplicar a esa clase
de hipócritas las palabras con que Dios recriminaba a esa clase de
gentes: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está
lejos de Mí. Si hemos hecho nuestra la vida de Dios no dejemos vacío
nuestro corazón; permitámosle a Dios que Él sea quien habite en
nosotros, de tal forma que, siempre ocupada por Dios nuestra vida no
haya espacio, en nosotros, para que nuevamente tome posesión en
nuestro interior el autor del pecado.
En esta Eucaristía el Señor quiere hacerse huésped de nuestra vida. Él
habitará en nosotros si es que nosotros le permitimos vivir en nuestro
propio interior. Su presencia en nosotros no es algo ocioso. Quien
participa de la vida y del Espíritu de Dios, es porque tiene una
misión que cumplir: trabajar esforzadamente porque el Reino de Dios se
extienda a más y más corazones. Jesucristo nos pide no sólo reconocer
nuestras miserias y pedir perdón sabiendo que el Señor es rico en
misericordia. Nos pide que, al aceptar su perdón, abramos todo nuestro
ser a su presencia en nosotros, de tal forma que, entrando en comunión
de vida con Él, podamos convertirnos en un signo vivo de su amor en
medio de nuestros hermanos.
Efectivamente, quien ha entrado en comunión de vida con Dios debe
trabajar constantemente para que quienes han sido esclavizados por el
mal se vean libres de aquello que los ha oprimido. No sólo hemos de
luchar por erradicar la pobreza, sino porque aquellos que la han
causado abran sus ojos ante las miserias de sus hermanos, no se
esclavicen a lo pasajero y sean más justos en la retribución que han
de dar a sus trabajadores. No sólo hemos de orar por la paz en el
mundo, hemos de hacernos cercanía para quienes la han destruido, para
que vivan con mayor lealtad el servicio al bien de la sociedad que
está en sus manos, para hacer que todos vivan con mayor dignidad y no
llevarlos hacia su propia destrucción. No sólo hemos de pedirle a Dios
que se viva conforme al Evangelio, hemos de tomar nuestra propia
responsabilidad y convertirnos en aquellos que proclaman la Buena
Nueva a todos y que viven conforme a los criterios del Evangelio que
se anuncia. Mientras nos arrodillemos piadosamente ante Dios, pero
después actuemos en contra de la fe que decimos profesar, estaremos
manifestando, con las obras, que quien habita en nosotros es Satanás,
pues Dios estaría, en realidad, muy lejos de nosotros.
Roguémosle a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen María, que
nos conceda la gracia de ser esforzados constructores del Reino de
Dios entre nosotros para que, viviendo como hermanos, podamos, algún
día ser dignos de participar de la Gloria de Dios eternamente. Amén
(www.homiliacatolica.com).

--
Llucià Pou Sabaté:
http://alhambra1492.blogspot.com/

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